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Mentiras para sonar

EL PALILLO

mentirasEra una joya inapreciable, camarada Pierre. Bonne chose, cher ami. No entiendo por qué pelas tu apestosa cantera de carbón, si solo percibes los ruidos de un afónico.

Je ne suis rian.

Es lo que dicen tus ojos de moribundo.

Y te repito, olvídate del tiempo. Las imágenes bullen como una tira de celuloide. El Gabo estaba ahí, en el corro de reporteros.

Todos atentos a sus palabras, a su ironía. En su papel de filósofo griego.

Lanzaba dardos. Su buen humor era óptimo.

La industria del cine comercial destruye nuestros sueños.

Gabriel García Márquez lo dice en la fondita esquinera de la calle Tlacquemetlac, a pocos pasos de la cerrada de Fresas 13.

En la colonia del Valle se encontraba el cuartel general del semanario X.

El colombiano bigotón insistía, en su hablar costeño:

Por malas películas, odio que el trabajo del escritor se quede sin lectores.

En mi caso, aguardaba el momento para apoderarme del palillo que acababa de utilizar para trasegarse los dientes, después de haberse enjaretado tres chalupas de frijoles refritos con cebolla picada y queso Oaxaca.

Una señora de pelo grisáceo y un mandil pringado de manteca de cerdo había recogido los desperdicios de las tres mesas replegadas, donde convivíamos con el flamante escritor.

La charola con los platos sucios y botellas vacías terminó en una mesa cercana al mostrador.

En el plato del Gabo yacía la preciada joya de madera.

Nunca he quedado satisfecho con las adaptaciones que se hacen de mis cuentos o novelas. La imagen expuesta destroza la belleza de la palabra escrita.

En la revista X, muy apreciada por los intelectuales de derecha e izquierda, el Gabo acababa de entregar su colaboración de la semana.

El tema del texto hasta hoy pende en mi tetera, porque fui de los afortunados en obtener una fotocopia autografiada.

El cuento del cuento, lo intituló. Se publicó en dos partes.

Y anotó con letra manuscrita:

Al joven Gilberto, el futuro Marlín de la verdad.

GGM.

La fecha estaba en la copia del artículo, pero el tiempo ha hecho sus estropicios en mi cabeza.

Ya no tengo agallas para rastrear el famoso escrito y tranquilizar mi curiosidad de tundemáquinas.

El oficio se fue a la mierda.

Una A hizo que durante varios años intentara descifrar la intención de esa palabra: Marlín. Por el momento supuse que la metáfora estaba relacionada al personaje mítico del siglo VI.

Por la boca muere el pez o Estar como un pez en el agua. ¿Esa era su intención? ¿El mensaje deseado?

Porque el diccionario llamaba marlín a un pez y no al famoso hechicero inglés que educó a su pupilo Arturo de Bretaña para construir un nuevo imperio.

El enigma surgió al aparecer la palabra con una eme mayúscula.

Me dio pena esclarecer el entuerto con mis compañeros de redacción. Todos poseían una copia del texto con dedicatoria.

Dos reporteras, apreciadas por el director general, se hicieron acreedoras de una rosa dibujada por el autor de Amores en tiempos de cólera.

En fin, camarada Pierre, el propósito de soltar esta chorrada es por la fijación que me despertó aquel minúsculo trozo de madera con masa de maíz.

Solo aguardaba el momento para ponerme de pie, bajo el pretexto de ir al baño, y apropiarme del mentado palillo.

Y la oportunidad llegó cuando el más veterano de los reporteros levantó un brazo y demandó una nueva ronda de coronitas.

Me puse de pie y enfilé al lugar indicado por mis supuestas urgencias de vejiga.

Sin importarme que alguien de la cocina viera mi osadía, pesqué el palillo con paluegos y continué la marcha.

Lo conservaría en un frasco de ampolleta con la etiqueta:

Mondadientes utilizado por Gabriel García Márquez durante un encuentro en la fonda de doña Teresita.

Y la fecha.

La palabra mondadientes, por palillo, le daría más caché al ser expuesto entre familiares y amigos.

El Gabo vestía camisa alba de seda y saco deportivo color crema. Sus mocasines café eran de gamuza. Se veía lozano, a pesar de ser un cincuentero.

Su designación como premio Nobel de literatura ocurriría en meses posteriores. Amigo Pierre, creo que eso tuvo lugar un año después de nuestro encuentro en la fondita.

Mí apresurada salida de México hizo de las suyas. Lo lamento: perdí varios libros con la dedicatoria de su autor, revistas, fotografías, ropa, películas, afiches y el mentado palillo del laureado escritor colombiano.

Y te voy a ser una sucia revelación, camarada Pierre: mientras orinaba, olfateé el palillo.

El olor no fue nada agradable, de eso estoy seguro.

Del texto que me dedicó el Gabo, puedo recitarte algunos párrafos. No importa que te hayas quedado dormido. Estos siguen intactos en mi memoria. Pero déjame beber un poco de whisky para aclararme el gañote.

Poco antes de morir, Álvaro Cepeda Samudio me dio la solución final de La Crónica de una muerte anunciada. Yo había vuelto de Europa después de un viaje muy largo, y estábamos en su casa de domingos frente al mar miserable de Sabanilla, cocinando su legendario sanchocho de mojarras de a dos mil pesos.

—Tengo una vaina que le interesa –me dijo de pronto–: Bayardo San Román volvió a buscar a Ángela Vicario.

Tal como él lo esperaba me quedé petrificado.

“Están viviendo juntos en Manaure –prosiguió–, viejos y jodidos, pero felices.”

No tuvo que decirme más para que yo comprendiera que había llegado al final de una larga búsqueda.

VIDEOTECA: [youtube:https://www.youtube.com/watch?v=0NBguBV8WaI%5D

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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