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El relincho del miedo

AÑORANZA

relincho del miedo portada1

Es necesario desdoblarnos mientras ocurre la pérdida de consciencia. La noche se adueña del espacio vital. No importa si el mundo pierde su consistencia o eres una alma errante de un espacio incierto.

O un simple filamento transparente de la achicoria salvaje.

Hay algo de vida mientras duermes o mucho de muerte mientras vives.

Huayacocotla es una referencia de mi vida.

Y ahí queda.

2

Desde lo alto de la cúpula celeste, en pleno vuelo, diviso la arquitectura desigual del pueblo: cada calle con su caserío de adobe, piedra y cartón petrolizado; la plaza Constitución flanqueada por una añeja iglesia de dos torres y atrio con gruesos laureles y truenos, una enorme nave laminada —el mercado municipal—, el parque Hidalgo con sus bancas de hierro y la sede del ayuntamiento de tres plantas, donde militares y policías, de sangre otomí, resguardan la prisión y una caja fuerte de acero, adherida bajo el piso de la oficina del alcalde.

Mientras siga en estado cataléptico, aun puedo recuperar cada detalle del lugar, acordonado de montañas y acantilados.

Mi cerebro logró reconstruirme —oh magia del espíritu— y elevarme a un cielo sin neblina.

Y llevo así una década.

Lejos, muy lejos de aquella bruma gélida y al roce amoroso de los ojos de mi madre.

Y entonces, según lo quiero imaginar, no hay cuna, ni camastro, ni petate. Me han abandonado en el piso de tierra…

Mocoso, llorón, hambriento…

Lejano…

La avenida Revolución —alba y gravosa: sonda vital de mis diarias caminatas— enlaza en línea directa hacia Tulancingo y la Ciudad de México.

3

Días imborrables: lunes, martes, miércoles, jueves y viernes.

Después de beber café negro y consumir la mitad de un bolillo con nata, la tía Olga me aguarda atenta y de pie.

La bendición es obligada antes de franquear el zaguán.

La escuela federal Wilfrido García me espera.

—Nada de peleas…

—No, tía…

—Mucho estudio…

—Sí, tía…

—Me saludas a la maestra Tencha…

—Sí, tía…

Me santigua y besa las mejillas encremadas.

Tiritando, mochila al lomo, inicio la caminata.

Uniforme impecable: sombrero de palma, pantalón azul marino, camisa blanca de manga larga, suéter rojo y jorongo de lana.

4

Ruta inolvidable.

Tras cruzar el portón, flanco derecho.

Y reanudo la marcha sin abandonar la banqueta.

Primer desacelere: saludar a don Luis Gómez, el hosco tendero de la tienda La Bodega.

—Buenos días don Luis…

—Mmmmm —pujido e indiferencia.

E imagen recurrente: don Luis acodado en el mostrador, cabeza gacha, algodonada, leyendo el periódico Excélsior.

En menos de un minuto entro a la bocacalle de la Manuel Gutiérrez Nájera. Otra vez, flanco derecho.

Trasciende el bullicio en el colegio de monjas.

Un poco más adelante, observo la gris y cacariza fachada de la estación de radio Huayacocotla, concesionada a sacerdotes jesuitas.

E inicio el largo descenso por una tira de tierra y cascajo resguardada con yerbajos silvestres, cercas de tablón y casas encaladas.

Y sin amainar el paso, llego a la calle Morelos, donde el abuelo Elmer Quiroga levantó su imperio económico: tienda de abarrotes y hotel de cincuenta cuartos.

En la siguiente calle transversal  —la Gaspar Garrido— se encuentra la oficina de Telégrafos y Correos. El administrador, falto de una pierna, los fines de semana lava el inmueble al lado de sus ocho hijos.

—Por esta bendita oficina comemos —recita don Ernesto— y debemos cuidarla aunque sea propiedad del gobierno.

Solitario y pensativo, prosigo la marcha.

Y al alcanzar la calle General Carolino Olgaya, tuerzo a la izquierda.

La arteria aparece flanqueada con construcciones de tabiques rojos, huertos frutales y cercos de madera ennegrecida atada con alambre de púas.

En ese tramo descendente intento arrancar tréboles de cuatro hojas. Los de la suerte.

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Durante la caminata pocas veces me cruzo con personas.

Mi única preocupación es ser atacado por perros callejeros.

El instinto juega un papel predominante.

—No corras —me advierte la tía Olga—. Ten cuidado, porque los perros huelen el miedo…

La tía no comulga con esos animales.

—Te respetará si miras a la bestia de frente —insiste antes de santiguarme—. Recuérdalo, los perros huelen el miedo y ven a los muertos…

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En la calle General Carolino Olgaya habita la familia Prado. Durante las fiestas patrias, la mayor de las hijas —Rosa María— había ganado un certamen de belleza. Su padre, don Serafín, era propietario de una carpintería. Tenía graves problemas de alcoholismo.

En su carpintería pasaba la mayor parte del tiempo. La construyó en la calle Lázaro Cárdenas, a la orilla del Llano grande.

Doña Leonor Zamarripa, su vecina vende dulces y galletas. Su estanquillo es lúgubre. La esquelética anciana de piel mortuoria y sin dientes, usa una bata deshilachada y pantuflas astrosas.

Nos atiende por un pequeño hueco aluzado con una veladora. Lo cubre con una tabla sin pintar al término de las actividades escolares.

Durante los días de clases nos arremolinábamos en el estanquillo de madera. Yo soy un adicto a los chicles motita y al chile piquín con sal y limón en polvo.

Difícil olvidar el enflaquecido rostro de aquella decrépita mujer.

Irradia miedo…

El cruce del Llano grande tiene su atractivo, de acuerdo al clima. En otoño e invierno, el pasto es fangoso y proliferan los ajolotes, sapos y ranas.

La niebla nos impide ver más allá de dos metros.

Y en primavera y verano, el color verde prevalece, pero la perenne humedad nos obliga cubrirnos el pecho con alguna chamarra o suéter.

7

En el centro del Llano grande se haya la escuela primaria federal Wilfrido García.

La escuela cuenta con doce aulas, un salón de actos y la oficina del director.

En un patio rectangular de cemento —y frente al asta bandera— nos forman en seis hileras —una por grado—, bajo la vigilancia de nuestros maestros. Ocurre después del toque de campana.

Cada lunes hay una ceremonia cívica. El salón designado es quien la preside. La mentora o mentor funge de maestro de ceremonia. Un alumno dice alguna recitación alusiva a la patria.

Es mi turno.

La maestra Tencha me hizo aprenderme los 152 versos de La Suave patria de Ramón López Velarde:

Patria: tu superficie es el maíz,

tus minas el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

 

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros del petróleo el diablo.

8

Huayacocotla siempre huele a madera tierna, de pino, y cagada de recua.

Las calles sin pavimentar son el refugio idóneo de los mosquerones azules, los escarabajos y las pulgas.

En la base de los tablones semipodridos —por la perene humedad— se reproduce una achicoria de filamentos blancos, mágica ante mis ojos: la Diente de león. Suelta diminutos rehiletes de algodón que vuelan y se pierden en la altura.

Infinidad de historias fantásticas cruzan por mi mente.

9

Los moribundos del exilio nunca dejamos de soñar. Siempre lo he creído.

Menos, si en realidad la cama del hospital es una prisión.

HEMEROTECA: Eugenio Oneguin – Aleksandr Pushkin

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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