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Mentiras para sonar

EL VERSERO

Y yo no sabré dónde guarecerme

porque todas las puertas dan afuera del mundo.

Mario Benedetti/Esta es mi casa

mentirasY así como los borrachos alquilan el alma para purificar su hígado, los malos poetas hacen lo propio sin saber el propósito. Versean y versean sin soltar la botella. Se arriman y riman en torno a una banda alcoholizada.

Pienso por pensar e hipeo.

Donde quiera que estés llegaré

No importa si viviré

Ahí estaré…

La botella de aguardiente chino, hecho a base de alcohol de caña y no de arroz, hace su recorrido de mano en mano hasta retornar a mis manos.

La espera es larga, tortuosa. Es un infierno seguir la ruta semicircular.

La rue Laurent no es la mejor plancha para festinar la nueva adquisición: una botella de dos litros de aguardiente sin etiqueta.

—Lance otra, maestro Gabo —pide Villegrande con la bocaza aun chorreando de baba.

¿Es la soledad

un imán de infelicidad

o bendita calamidad?

De los siete, tal vez el puertorriqueño es quien mejor entiende lo que digo. Es un palurdo bañado de betún, pero nos hermana el pisto. Los dos fuimos paridos por la misma tragedia. La del exilio.

Aldo Barba es mudo y cojo. Y ha sabido capitalizar su par de defectitos. De todos, es el que mejor recauda limosna. Su suerte la compensa con actos de generosidad. Nos surte de alcohol cuando la resaca fríe el buen humor. Siempre he desconfiado de los guatemaltecos, por usar de escalinata a sus iguales. Tal vez Barba no sea de allá y es su manera de autoflagelarse.

No me importa cuánto avances

Mientras no me alcances

Sucios lances…

La calle es el mejor refugio de los sin casa, desechos liberados por la sociedad quebequés.  Los polis nos observan sin molestarnos. Es verano. Saben que cualquier plaga acortará nuestras caminatas por Montreal.

Uno de los rusos, Boris, es espléndido cuando recita unos versos de su paisano Pushkin. Solo su hermano Ósip festina el detalle. El fermento de caña los convirtió en gruesos sacos de jugo de granate.

Es Françoise Lecacheur la que menos interactúa del grupo de sans-abris. Habla poco y bebe mucho. Nadie le exige dinero para comprar aguardiente o refrescos. En dos o tres ocasiones llevó sándwiches de jamón con queso amarillo. Nos entretuvo el hambre.

Como un mal bicho

tantas cosas he dicho

desde el nicho.

Y su peor es nada, tan borracho como yo, es jamaiquino y labrado en obsidiana. Es parlanchín, gritón, peleonero y pedinche.

Cada uno con su historia y mentiras. Yo en lo mío: atrapado en el pasado, verseando y bebiendo pisto hasta embrutecerme y dormir.

Nos cuidamos. Si el sueño me vence, Barba hace guardia. Lo mismo ocurre con los Mayakovski. Osip y Boris solo confían en Françoise. No en Henri, el bullanguero jamaiquino.

Aun así, la banda es fuerte y unida. Solo nos distanciamos cuatro o cinco horas al día para allegarnos de dinero. Los montreales de banqueta son piadosos. La doctrina cuáquera hizo buen trabajo.

Por fortuna, solo una minoría lee o ha leído a Nietzsche.

Tanto has hablado del cielo

en pleno vuelo

que recelo.

Cabrones tus versos, maestro Gabo  —insiste Villegrande.

Me recuerda a un paisano de apellido Irra. Nunca quise escuchar sus sugerencias.

—Has canciones y véndelas… Tienes el don de la rima… Y el que rima, arrima…

En Aracataca, don Onésimo Buendía tambien insistía.

—Mira chamaco, tienes memoria y palabras domingueras, aprovecha esos dones y échate a rodar al mundo y no termines como yo, viejo y garbimba esperando la pasta del retiro como un huevón

La mejor escalera

te lleva a la acera

si el destino quisiera…

Todo se tuerce si te contamina la revolución. El humanismo prolonga la pobreza. Es como la pasión de dama. Enfermedad que castra y te condena al exilio, cárcel o muerte.

Y si el encierro

apesta a fierro,

es encierro.

La caminata fue larga. Brinqué de país en país y a los diecisiete años, recién cumplidos, puse los botines en Matamoros, una ciudad fronteriza de México. Lo primero que pensé al escuchar el barullo del mercado Juárez.

En Matamoros,

jaula de loros,

no hay moros.

Algo murmura Henri en francés. Villegrande me lo transfiere al mismo tiempo de entregarme la botella.

—Dice que hablas mucho contigo mismo y pregunta si estás cuerdo, maestro Gabo.

Respondo:

Si hay depresión

habrá eclosión

con su canción.

Y después del trago y la falta de aire, un suspiro tan largo como el quejumbre de un aparecido.

El pecho se incendia y su lava llega hasta los intestinos.

Y si el encierro

apesta a fierro

es entierro.

La rubia de nieve, Françoise, sonríe. Seguramente ha experimentado tal tortura. Los rusos liban antes de entregar la botella.

Una ronda imparable. De locos atados al mismo infierno. Lagrimeo involuntario. Es el momento que más odio. El recibir el ramalazo de la lucidez.

Cavila mientras puedas,

porque con dos O harás ruedas

y explosiones acedas.

HEMEROTECA: Dario Ruben – Obras Completas 15 – Autobiografia

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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