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Mentiras para sonar

COSA INCIERTA

mentirasDe Tuxtla Gutiérrez a San Cristóbal el paisaje es deslumbrante. Son cincuenta kilómetros de verdor y cielo nuboso. En otoño, el oro pálido sobresale en los bordes de la carretera. Y en ciertos tramos, aparecen las caídas de peñascos y laderas recubiertas de pastizales y árboles de alto tronco.

Y frente a nuestros ojos, una tira de cordilleras violáceas e inalcanzables.

Mi hija Clara me acompañaba.

La Combi Volkswagen tenía comprador en San Cristóbal. La operación comercial la apalabré por teléfono con el interesado.

En la llamada, el cliente —del que supuse era joven por el tono de la voz— pidió que no llevara los documentos de la unidad, por mi seguridad.  Después del trato iría por ellos a San Andrés Tuxtla. La sugerencia me inyectó confianza.

El precio acordado fue de ochenta mil pesos. Originalmente le demandé cien mil.

—No me gusta regatear, compadre —aclaró el tipo que dijo llamarse Rigoberto Cuevas y ser sobrino del obispo emérito de San Cristóbal—. Cerremos el trato en ochenta mil pesos y para su seguridad, depositaré el dinero en el banco que usted disponga.

En una hora llegaríamos al punto de encuentro: la zona centro de la ciudad, cerca de la plaza 31 de marzo. Y la operación la realizaríamos en la sucursal bancaria BBVA.

Clara era una niña, camarada Pierre. Entonces yo laboraba de reportero en el periódico La República en Chiapas.

Arcelia tardó en habituarse en su nuevo hogar.  No fue fácil dejar el confort de la ciudad y seguir al marido —o sea yo— a una ciudad provinciana, lejana a los seres que amábamos: padres, hermanos y amigos.

Tuxtla Gutiérrez destilaba fragancias de guácimo, muy saludable para las quemaduras, y quebracho, parecido a un surreal abanico de largo mango rojizo.

Uno tarda en saber la existencia de otras variedades de árboles o hierbas tropicales, muy arraigadas en la región.

Por primera vez escuché las palabras guapaque, magle o cedrela. Lo mismo ocurrió al recorrer los bosques cercanos, dañados por la deforestación.

Poco a poco, mi esposa e hija lograron aclimatarse. Los reproches cesaron. Clara asistió a una escuela pública y tuvo que soportar algunas burlas por ser chilanga.

No sé por qué te cuento estos detalles, camarada Pierre, pero tu compañía es grata. Villegrande adolece del mal de la indiferencia. El compa no tiene empatía con el sufrimiento del prójimo.

Ha pasado tanto tiempo, que ni siquiera recuerdo los rostros de los míos.

Te hablo del viaje a San Cristóbal de las Casas por lo sucedido en el trayecto. Mató mi ánimo de vivir.

Y si sigo aquí en Montreal, es porque tengo una misión de vida que hasta la fecha desconozco.

Ya habrá tiempo de transmitírsela, de suceder, camarada Pierre.

La cita estaba pactada a las diez de la mañana. Por esa razón, Clara no asistió a la escuela. Araceli pidió que me acompañara y estuve de acuerdo. Mi esposa colaboraba en el periódico. Vendía publicidad, pero no recibía un salario o prestaciones de ley. Por cada anuncio cobrado, la empresa le daba el quince por ciento de comisión.

—Es posible que amarre un buen contrato con la distribuidora de cerveza San José —me dijo—. Y debo estar con el administrador a las doce del día. Me será muy problemático ir por la niña al colegio.

No repliqué. Clara siempre fue una parte importante de mi vida. Y ya te has de imaginar cómo me ha dolido su ausencia, camarada Pierre. Aun no logro superar la pérdida.

Un retén de militares, a la altura del kilómetro 35 de la carretera Tuxtla Gutiérrez-San Cristóbal de las Casas, me obligó detenerme. Eran tiempos de la guerrilla.

Chiapas, por su cercanía a Guatemala, era considerado el refugio idóneo de la ultraizquierda centroamericana.

Un guacho, de dos que resguardaban el retén, se acercó a la combi, amagándome con su fusil metralleta.

—No puede continuar  —afirmó sin alterar los músculos de su rostro indígena—, hay un operativo del ejército más adelante.

—Soy periodista —dije sin evidenciar temor sino fastidio— y tengo una cita en el ayuntamiento de San Cristóbal —y para reafirmar mis palabras le mostré la credencial firmada por el director del periódico—. Pueden ustedes confirmarlo…

—Siga por el atajo a El Escopetazo y de ahí baja a San Cristóbal —ordenó—. Y no estamos aquí para negociar…

No insistí. La presencia de Clara me hizo ser prudente. Metí reversa y me interné a la arteria sugerida.

Y aproximadamente tres kilómetros más adelante, una valla de piedras me obligó frenar.

—Tengo miedo papá —exclamó mi hija al borde del llanto.

—Todo va a salir bien —intenté darle confianza.

De los costados de la brecha brotaron dos tipos con gorras montañesas cubriéndoles el rostro. Traían fusiles y ropa militar, pero no calzaban botas, sino huaraches.

—¡Salgan con las manos en alto! —ordenó el hombre que me apuntaba con su fusil frente al parabrisas.

Mi hija empezó a llorar. La tomé de la mano e hice que me siguiera. Y por la portezuela del conductor abandonamos la unidad.

—Soy periodista —dije con voz trémula—. No tengo dinero, solo mi reloj y una cadenita de oro…

 El otro sujeto se introdujo a la combi.

—¡Muévanse, ora… rápido! —exclamó el tipo rechoncho de ojos inyectados de sangre.

El cañón del fusil se me encajó en la espalda. En esos instantes, Clara soltó mi mano y echó a correr. Se perdió en la espesura del bosque.

—No le hagan daño, por favor, es solo una niña —clamé.

El asaltante no respondió, ni intentó seguir a mi hija.

—¡Quite las piedras! ¡Órale, apúrele! —gritó, empujándome con la punta del cañón del arma.

Obedecí.

—¡Vámonos, ya está hecho! —urgió su compañero, también con ojos sanguinolentos.

Cuando quedó liberada la brecha, giré la cabeza y comprobé que el sujeto que me amagaba había abordado la unidad. Sería el piloto.

Tuve que apartarme de un salto para no ser arrollado. Los dos truhanes esbozados jamás me dijeron palabras altisonantes. Tampoco su acento estuvo cargado de expresiones propias de los chiapanecos.

No tardé en sobreponerme del robo de la combi. De inmediato inicié la búsqueda de mi hija. No pude hallarla.

El retén, supuestamente militar, había desaparecido.

La policía encontró el cuerpecito de mi hijita tres días después del asalto. El médico forense aseguró que fue atacada por un jaguar.

El ejército se deslindó de lo ocurrido.

Y el tal Rigoberto Cuevas nunca fue ubicado, camarada Pierre.

Como verás, hay mucho que contar. Si no fuera por este aguardiente y mi cobardía, tal vez ya estaría al lado de mi hijita.

Mi paso por la tierra ha sido un calvario.

Nací para morir…

Y antes del entierro,

encierro:

dulce sufrir.

 

Una caminata acorde…

Y a la miseria, denuedo

bajo el in corde

del miedo.

 

No hay retorno

 ni vedo,

es el trastorno

que hospedo

en el tocorno

del degredo.

HEMEROTECA: tele14jui20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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