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El relincho del miedo

EL KARMA DE GUY

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La ciudad empezó a crujir. Lorenz Morandé aun permanecía en el vestidor. Era su primer día de trabajo en el supermercado Kayalo. Y en bata de carnicero, manchada de sangre de cabra, tuvo que abandonar el lugar para no quedar atrapado bajo los escombros.

Pronto se vio en la calle Deshapran Sashmal, descalzo, metido en una especie de dhoti y rodeado de una muchedumbre enloquecida por el miedo de morir aplastada.

En esos instantes comprendió que su mayor enemigo era la ignorancia idiomática.

Nada bueno le aguardaba al meterse al miserable slum de Calcuta y desconocer cualquiera de las dos mil lenguas indianas o el árabe. Tendría que confiar en el francés quebequés y su instinto de aventura.

Pensó:

El corazón de estas chabolas miserables será mi tumba: Tollygunge.

—¡El tren no pasará!, ¡El tren no pasará!… ¡El tren no pasará! —repetía a gritos un niño desnudo, cobrizo, y sin dejar de correr a lo largo de la vía férrea.

Las bicitaxis o rickshaws se entrecruzaban a gran velocidad, bajo el pedaleo desesperado de sus conductores.

—¿Puede usted ayudarme? —le preguntó Lorenz a una mujer esquelética, chimuela y de cabellera enmarañada y polvosa.

Un sari —o lo que podría parecer— apenas cubría parte del pecho de la anciana. Su salwar —bombacho y ajustado a los tobillos— presentada rasgaduras en los costados.

—¡Corra!.. ¡Corra, que se acaba el mundo! —respondió la vieja en inglés, pero sin tener la mínima intención de abandonar su refugio: una ceiba de grueso tronco, donde tambien resguardaba sus pertenecías y a una diosa de arcilla: Amman.

2

Lorenz llevaba dos días en Calcuta. En un costado del parque Maidan, en Sudder Street, logró alquilar un catre en el hostal Blue Sky.

La decisión de llegar ahí fue por la sugerencia de una viajera rusa ataviada de una kameez rosa —especie de túnica india— y suecos holandeses. La conoció en la estación del metro de Dum Dum.

—Y no te preocupes —le dijo en francés—, si tienes hambre y quieres ahorrar unas pocas rupias, muy cerca del hostal se encuentra la casa hogar de la madre Teresa de Calcuta. Las madres teresianas nunca te negaran un plato de arroz o lentejas…

—Quiero trabajar para ganarme la comida  —aclaró Lorenz.

—Vete entonces a Chinatown —sugirió la rusa— y en cualquier supermercado necesitan mano de obra ilegal para la limpieza o separar las verduras y frutas en proceso de descomposición. No te dan dinero, pero sí algo de alimento… Pero nunca olvides repetir la palabra Namaste, el juntar las palmas de las manos y hacer una breve inclinación de cabeza… Los indios aprecian mucho esos detalles de respeto…

La mujer, demacrada y con una pesada mochila a la espalda quedó rezagada en el tumulto de salida. La mayoría de pasajeros se amontonaba en el pasadizo de la estación del tren subterráneo.

3

Durante las veinticuatro horas de vuelo de Montreal a Calcuta, Lorenzo experimentó un encuentro similar. Mientras aguardaba su turno para ingresar al sanitario del avión, ocupado por una anciana, fue abordado por un árabe de chilaba y turbante o kafiyyeh blanco. Llevaba el mismo interés de vaciar su vejiga.

El diálogo en el pasillo fue breve, pero muy útil para Lorenz.

—Es la primera vez, sí… Quería ir a Tokio, pero preferí conocer Calcuta…—Lorenz habló un francés pausado ante la demanda de su interlocutor.

—Yo hubiese preferido Tokio o Nueva Delhi, menos Calcuta. Por desgracia, por asuntos del negocio, estoy obligado a permanecer en la ciudad un par de semanas…

—Bueno, en mi caso, solo acato las reglas que nos trazamos los mochileros

—Sí, así es —asentó su acompañante, aprensivo por la necesidad de orinar—. Mi única recomendación es que cuide su mochila y el estómago al comer. No confíe en las comidas callejeras ni en los vagabundos y prostitutas. Calcuta es una ciudad contaminada y peligrosa, muy deshumanizada por la miseria.

4

Y Lorenz lo comprobó el mismo día que llegó a Calcuta y abordó un taxi en el aeropuerto internacional Nataji Subash.

Por confiarle al conductor —en pésimo inglés— que era su primera visita a la India, tuvo que desembolsar cinco euros —y no tres— para llegar a la calle Lake Towns, cerca de la oficina postal, en donde nunca se presentó Guy Fontaine.

5

Después vendría su viaje en el tren subterráneo, gris y austero como sus creadores: los rusos.

En el hostal, las cucarachas pululaban y el olor a orines le alteraron el sueño durante su primera noche en el hostal, quemante y húmeda.

Lorenz, al despertar, descubrió por la pequeña ventana sin vidrios y cubierta con una cortina de bambú, a cuatro hombres en cuclillas, defecando. Lo hacían en un traspatio cubierto de tamarindos e higueras. Utilizaron su mano izquierda para limpiarse el trasero. Posteriormente la lavaron con el agua de una botella plástica.

La misma imagen se repetiría en días posteriores.

—La mayoría de indios comen sin cubiertos —le había confiado Guy Fontaine cuando planeaban sus vacaciones de julio–. Y lo hacen con la mano derecha, la diestra. Por eso nunca debes saludarlos con la mano izquierda, la siniestra, porque es con la que se limpian el culo e intentarlo sería faltarles al respeto. Y además, les encanta sembrar su mierda en lugares públicos, porque hay una gran carencia de sanitarios domiciliarios.  Una vasta zona de Calcula carece de drenaje. Tambien escasea el papel sanitario que acaparan los hoteles y restaurantes y la diarrea es algo normal entre los turistas…

6

Lorenz jamás se imaginó que enfrentaría la tragedia de un terremoto. Y principalmente el mismo día que obtuvo un empleo temporal.

Y ahora estaba atrapado, semidesnudo y descalzo, en una de las principales calles de Tollygunge: la Deshapran Sashmal.

Tendría que dirigirse hacia el norte, por la misma vía asfaltada, para llegar al hostal y allegarse de ropa y calzado.

El transporte público había quedado paralizado. Y de Tollygunge a Dum Dum la distancia era considerable.

Los calcutenses y turistas corrían desaforados entre escombros y bestias enloquecidas: perros, cabras, monos macacos, cerdos, vacas, bueyes, caballos…

En las márgenes del rio Hugli —de aguas lodosas y turbias— flotaban cadáveres de bestias y humanos.

7

En Montreal, un mes después del terremoto en Calcuta, Lorenz Morandé evocaba lo ocurrido frente a su primo Théodule.

—Somos polvo cósmico… —reflexionó doblegado por la pesadumbre—. Nuestro paso por la vida tiene un propósito, bueno o malo. Destruimos al prójimo o nos destruyen. Liberamos o nos liberan, esa es la verdad. Guy siempre me lo repetía…

En la fábrica de calzado, el patrón aceptó contratarlo para suplir la plaza de su ex compañero de departamento y amigo de infancia, Guy Fontaine.

El sagrado rio Ganges se lo había tragado…

VIDEOTECA:

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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