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Mentiras para sonar

REGRESA, VEN…

Camino sobre el mar y las nubes que me traje:

son mi tierra firme.

¿Quién me la puede quitar?

Luis Cardoza y Aragón/Siempre

mentiras

Y al correr las cortinas, lo primero que miraba era un recuadro con palmas, achicorias amarillas y plantas de menta, epazote y tomillo. La imagen de Araceli se hacía presente.

Mi esposa anhelaba envejecer en una casa rodeada de arcos de sillería con un jardín cargado de rosales y no me olvides. No en un hospital psiquiátrico.

La callesca quedó en el pasado. El verano impuso sus normas, como normalmente lo hace un soberano solar ataviado de hornillas encendidas. El calor era excesivo, pero escaseaba el descanso.

Son tiempos idos, fundidos en la nada, camarada Pierre. Y debo reconocerlo.

Hasta mi nombre tuvo que mutar. Y ni se digan los apellidos.

El exilio tiene su precio. Lo pago sin regatear.

 Con un estarcidor de fibracel impuse mi presencia en el barrio de Hochelaga.

L’itinérance est une vertu, pas un péché.

Dispersé mi rostro en alto contraste, semejante al del mítico guerrillero argentino Ernesto Che Guevara.

Tinta roja, no negra.

Y una semana después, bajo la complicidad de la noche, imprimí dos palabras bajo la cara barbada:

Soyez généreuse 

Mi reflejo en el cristal estaba acompañado de otra imagen, menos espiritual. Los ojos liberaban fuego y la boca, aliento de chacra.

Y la evoqué nuevamente, camarada Pierre. Junto a la estufa, sollozando.

De la cacerola ahumada huían olores agradables.

Los trozos de papa, después de ser reblandecidos por el calor del agua, terminarían en un sartén mezclados con aceite de oliva, sal, huevo, queso amarillo, pimienta, cebolla y polvo de ajo.

Y, por simple maldición del exilio, cada producto fue rebautizado. Una nueva cultura se impuso. Sucedió contra mi voluntad.

Pomme de terre por papa y ognon por cebolla o fromage jaune por queso amarillo o poudre d’ail por polvo de ajo o poivre por pimienta o huile d’olive por aceite de oliva o sal por sel.

La retahíla del hambre.

Y míranos ahora, camarada Pierre.

Mendingando:

—¿Veuillez partager une monnaie avec moi?

Los algerianos son muy semejantes a los latinos.

—¿Por favor, puedes compartir una moneda conmigo? —hago eco.

La súplica queda en el aire. Y entonces recurro al francés y, en algunas ocasiones —muy escasas por cierto—, las dos o tres monedas de veinticinco centavos caen al vaso de cartón.

El camarada Pierre me observa desde la banqueta contraria.

Es un hombre bueno, porque habla poco. El silencio es una virtud en labios inteligentes.

En El Universal, uno de los tantos diarios de circulación nacional, el jefe de información X siempre me sugería no abrir la boca si desconocía el tema. Y ponía de ejemplo a la periodista y escritora Elena Poniatowska.

—Elenita prefería escuchar y aprender del entrevistado, que hacerse pasar de lista… El ignorar no significa ser estúpido… Mas oreja y menos boca…

Por leer la obra de José Revueltas, un comunista durangueño, fui encasillado como reportero zurdo.

Por lo mismo, X me endilgaba trabajos reporteriles relacionados a mis lecturas o discusiones en el bar: marchas de protesta, conferencias de prensa convocadas por dirigentes sindicalistas y reuniones de trabajo de intelectuales de izquierda.

Y así conocí al poeta guatemalteco, Luis Cardoza y Aragón. Tal vez octogenario en esas fechas. Su figura, de indio maya, resaltaba a pesar de su baja estatura. Tenía nariz aguileña y melena nívea.

X me dijo:

—Vaya a la calle Juan de la Barrera, en el número…, de la colonia Roma y cubra una reunión de escritores que hablarán de la guerra civil nacaraguense…

—¿Voy con el fotógrafo?

—No, él llegará cuando la reunión haya comenzado… No hay pierde —agregó al ver mi incertidumbre de provinciano—. Es cerca del parque España…

Seguí sus instrucciones. Llegué a la casona indicada, de fachada lúgubre, y toqué el timbre. El poeta chapín, en chanclas, salió en persona.

—Vengo de El Universal a cubrir la reunión —dije plantado en el descanso de entrada.

Cardoza y Aragón hizo un mohín con el entrecejo.

—Es una reunión privada, de amigos…

—Me envió el jefe de información…

El poeta dulcificó el semblante y me hizo pasar a una amplia sala con dos muros cargados de libros, largos sillones negros y un escritorio de roble laqueado, junto al hueco de un pasillo en penumbras.

Cardoza y Aragón, intrigado quiso saber cómo se enteró X del encuentro.

—¿Usted sabe quién soy? —preguntó tras ofrecerme una taza de café.

—No…

—Empezamos bien —dijo e hizo una mueca de sorna.

Me hizo sentar en el sillón del escritorio, frente a una vieja máquina de escribir Olivetti. Él hizo lo propio en la silla de los invitados. Agradecí su gesto de humildad.

Y empezó a hablar:

—En Nicaragua hay una guerra civil alentada por los brutales asesinatos perpetrados por militares somocistas y marines… Precisamente hoy me visita un dirigente sandinista y llegará acompañado de amigos míos… Nada que ponga en riesgo la soberanía del país que me acoge… Llama la atención que su periódico lo enviara, porque nunca hice público este encuentro.

El monologo duró tres o cinco minutos y jamás intenté grabar sus palabras o hacer anotaciones en la libreta de taquigrafía. Fue así que supe que era poeta y ensayista y que, durante el corto gobierno del coronel Jacobo Arbenz, fungió como Secretario de Relaciones Exteriores.

En días posteriores ahondaría en lo ocurrido en Guatemala, durante el golpe de estado del 27 de junio de 1954.

Y antes de despedirnos, el poeta me sugirió aprovechar algunos de sus infidencias para elaborar una nota informativa.

—Confío en su buena memoria —me dijo al despedirme en la puerta.

X se sorprendió al tener en sus manos la nota que redacté a ocho párrafos.

—¿Te dio la entrevista, Luis Cardoza? —inquirió con una mirada inquisidora, de duda.

—Si —asentí—, pero fue una respuesta corta y no quiso que lo grabara…

En esos momentos se acercó Araceli, entonces diseñadora de publicidad. Cruzamos miradas. Su belleza me cautivó.

—Licenciado X —dijo después de saludarnos—, Rigo quiere verlo…

—Gracias, en seguida bajo…

Desde ese instante, camarada Pierre, la presencia de Araceli entró por mis venas y contaminó mi alma.

Y cinco palabras asaltaron mi subconsciente:

Tengo que volver a verla.

HEMEROTECA: La vaca – Augusto Monterroso

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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