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Mentiras para sonar

EL PINTOR

mentiras—Es pintor, eso me dijeron…

—¿Y tiene su nombre?

—Sepa…

En los Tres reyes magos no era común ver alguien de esa talla y color de ojos. Me recordó a Vicent Van Gogh en Arlés.

Lope de Vega Medrano, como honrado comisario municipal, jamás andaba de metiche. Por curiosear podría terminar degollado.

Los vecinos no le decían Lope de Vega sino Lopitos. Y fue su padre, un guerrillero guerrerense y lector asiduo del finado poeta madrileño, quien le impuso el nombre.

Y ahora que sigo aquí, en guardia permanente en las escalinatas de la basílica de Notre-Dame, dimensiono el grado de peligro que viví durante mis tiempos de reportero, camarada Pierre.

Era confusa, de adoctrinamiento y un humanismo exacerbado.

Ningún obstáculo puso X al aceptarme como corresponsal itinerante en Oaxaca. Trabajé bajo su mando en la sala de redacción de Uno más uno y avalaba mis habilidades de metiche profesional.

—X no estuvo muy de acuerdo de mi partida a la zona triqui, camarada Pierre. Lo cierto es que respetaba mis ideas y yo quería impartir el taller de periodismo entre los maestros rurales de Santiago Juxtlahuaca y sus alrededores.

Y cuando llegué a Juxtlahuaca terminé en un cobertizo pegado al Panteón Municipal. Ahí dormí, sobre un petate y protegido por un sucio jorongo incoloro, y a las cinco de la mañana —después de beber un jarro de café negro y comer la mitad de una enorme tortilla embarrada de frijoles machacados con chile serrano— partimos hacia la comunidad de los Tres reyes magos.

Uno de los dos guías fue precisamente Lopitos Medrano. El otro, el profe Lorenzo Cejas, llevaba la consigna de protegerme durante el trayecto. La caminata seria larga y tediosa, por estar el rancho a diez horas a pie de Juxtlahuaca. Tendríamos que trepar una montaña por veredas y despeñaderos.

—No quisimos alarmarlo, licenciado —me dijo el profe al recibirme en la parada de autobuses—, por eso lo citamos aquí.

—¿Algún inconveniente?

—Solo uno, el principal —dijo sin dudar en su respuesta—. Dos o tres compañeros andan alzados, usted sabe… Y hay guachos  que los quieren muertos…

La trepadera por un desfiladero de peñas ocres casi me mata. Tal vez me dio el mal de altura y vomité en varias ocasiones. Unos tragos de mezcal ayudaron un poco.

Los indios triques, por culpa de la persecución religiosa, construyeron sus jacales en la punta de la cumbre, un paisaje de aire ralo y frio. Ya en la cima, al fondo cerros circulares y hondonadas se apreciaba el rancho. De otro lado se apreciaba un terraplén con escaso bosque y a la vera varias parcelas y arriates de árboles frutales.

Una vista impresionante para un nuevo intruso, alimentado de smog, cocacolas y tacos callejeros de sudadero y al pastor.

Usted hubiera sido feliz en ese lugar, camarada Pierre.

En Los tres reyes magos el mezcal corría a raudales. Nunca faltaba una tortilla de un metro de diámetro y un plato de frijoles negros con chile molcajeteado.

Por esas fechas aún no trataba a Araceli.

El viaje a Oaxaca aconteció dos años antes de trabajar en El Universal.

En la escuela Carlos Septien me hice amigo de un estudiante de periodismo —Filemón Robles— que asistía en la misma aula. Era descendiente de triquis. Muy ocurrente, por cierto. Es quien me conectó con los representantes de su comunidad. Con Filemón, por primera vez probé el mezcal. Después supe que la bebida provenía de un  agave, muy parecido al maguey.

Y aquí viene lo bueno, camarada Pierre. De uno de los jacales de zacate y lodo, salió un tipo güero, garrudo, de ojo claro y grandes manos con manchones de pintura.

Vestía una especie de overol con pechera y huaraches. El profe Cejas fue quien hizo la presentación.

—El señor es un artista alemán —me dijo— y su español no es muy bueno, licenciado…

—Jorge Becerra —prorrumpió el artista sin esperar más protocolo.

Y estiró el brazo con la mano extendida. Se la estreché.

—Gilberto San Martin, a sus órdenes —devolví al gesto.

Después me enteraría, ya con el trato, que en realidad se llamaba Georg Baselitz y efectivamente procedía de Alemania.

—Me han dicho que viene a dar un taller sobre las tesis de Mao —dijo el pintor tras invitarnos a pasar a su jacal.

—No —aclaré un poco confundido por el comentario—. Estoy en la comunidad para impartirles a los maestros rurales un taller de periodismo. Ese fue mi compromiso…

Me impactó ver, en una especie de santuario —colocado al lado del fogón—, un cuadro con diversas tonalidades marrón, donde destacaba una especie de enano, de cara mortuoria, en short negro. Su mano izquierda agarraba un largo falo, semejante al as de bastos de la baraja española.

La grande noche perdida —dijo el profe Cejas sin necesidad de preguntársele—. Así se llama el cuadro, según nos dijo Jorge…

HEMEROTECA: tele21jui20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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