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El relincho del miedo

SIGUES AHÍ

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Hoy decidí abrir la puerta. Quise mirarte de frente antes de volver a cerrarla y despedirme. Seguramente ya no eres la misma. En doce años debieron ocurrirles extraños cambios a la geografía de tu  cuerpo.

 Durante un poco más de una década tuve la oportunidad de recorrerlo en su verano perenne, cuando el zigzagueo de la sangre volcánica y aprensiva, provocaba tumultos y terremotos, hasta dejarme exangüe.

Hoy es distinto.

El polvo de la divinidad te ha contaminado. Buscas redimirte ante el insólito final de las evocaciones amargas.

El mundo gira de una manera imperfecta que cada continente premia por casilla adivinada.

Los ilusos debemos aguardar veinticuatro horas de rigor para conocer el número y el color designado: luz o ceguera, oro o petróleo, ying o yang, día y noche…

Todo depende del crupier asignado.

En la apuesta hay trampas y lo desconoces. Tú confías ciegamente en la honorabilidad del verdugo al ofrecerte los próximos mil años de gloria.

Escribo en la cocina y miro hacia el traspatio. No dejo de recordarte.

2

Te recuerdo en la hamaca yucateca que una vez colgó entre los dos arces retorcidos y fantasmales de nuestra primera casa rentada.

Tú estabas ahí, dormitando, con la novela histórica sobre tus pechos desnudos y la cicatriz del vientre, en perene sonrisa.

Nunca pude leer tus pensamientos, porque hablabas de noche. Quienes lo hacen están condenados a perder la memoria y parte de sus fantasías.

—¿En qué piensas? —pregunté estúpidamente.

—En nada —respondiste y proseguiste con la mirada baja, escudriñando el libro.

—Spota es un buen narrador —dije.

—¿Quién es Spota?

No aclaré tu duda. Leías –o eso creí– una de sus novelas: La Pequeña Edad.

 Y aguardé a que entrecerraras los ojos para tomar la novela y depositarla en la mesita de mimbre, donde aún permanecía una botella inconclusa de ron y un vaso vacío.

Habías amarillado, con un marcador, dos párrafos.

Entre las sombras que le brindaban impunidad bajo el corredor, la pareja continuaba su juego —un juego sin duda muy agradable, pues a los roncos requiebros del hombre respondía su compañera con risas fuertes, bruscas a veces como cacareos, y luego con murmullos o pequeños grititos si el racimo de dedos de una mano atrevida buscaba sus pechos, o, alzándole la enagua, el centro de sus muslos.

—Estese quieto… Oh, ande… Ay, no… No… ¡Suélteme…! No sea grosero —instaba la voz de la mujer, pero sin enfado; más bien para incitar al galán; y éste, sordo a la exigencia, terco en que su mano llegara a donde él quería, enardecido al contacto de la firmeza juvenil de aquella carne por nadie rozada antes, reiteraba su acoso de caricias, —’ora déjese… No sea rejega. Espérese, hombre. Ándele… —decía él, avanzando, avanzando.

Tengo presente el detalle. Eras entonces una mujer de carne y lava. Hoy es distinto: algo dejó de funcionar.

3

Los silencios se tornaron salvadores por acercarnos a la literatura, como medio de escape.

El cigarrillo ató nuestras cadenas de humo, amarillando la sonrisa.

El ron y la cerveza son inacabables, como si provinieran de una fuente sagrada.

En la licorería de la rue Diderot —Bonheur éternel— nos tienen al tanto de sus ofertas y descuentos.

—La caja de seis botellas de La Biére de garde está a siete dólares—me repetía We Cheu tras escuchar el tintineo de la puerta al abrirse.

—No, no, prefiero la Kolsch —digo.

El precio es un poco mayor —dos dólares de diferencia—, pero los vale.

Le apuesto al molto alemán que al francés o belga.

Para Tina le es indiferente su sabor. Prefiere el ron dominicano, pero si tiene sed acepta cualquier marca de cerveza que le imponga.

Solo por algo extraordinario la consumiría, como ocurrió durante la pandemia. El ron escaseó un par de semanas.

4

En nuestro barrio, los vagabundos y viciosos embellecen nuestras banquetas.

¿Cómo podría entender aquello sin descifrar los códigos propios de su belleza?

En Montreal tendría que afianzar el gusto por el territorio.

“Un bello artificial que, en lo que se refiere a las costumbres consiste en adaptarse a los usos de su nación, al genio de sus conciudadanos y a sus leyes…”

Denis Diderot lo escribió al reflexionar sobre lo bello. No exigía mucho.

La lengua, por lo tanto, es fundamental para no ser distinto al otro y tomar para sí cada trozo de la ciudad sin desdeñar el pasado.

5

Tina y yo no nos quisimos adoptar a una verdad irrefutable: el adaptarnos al nuevo mundo.

Terminamos atrapados en el silencio imperecedero.

De dos, pasamos a uno y de uno a cero.

Los pensamientos descifrados en el castellano heredado, quedaron enjaulados en una prisión de huesos y nervios incoloros, alimentados por nuestra propia sangre.

Después todo se diluyó.

6

La novela de Luis Spota se fue deshojando durante el otoño, junto a los deshechos ocres de los arces.

Y el casero tuvo que contratar a un mexicano sin documentos migratorios para vaciar la veintena de cajas copeteadas de botellas vacías y cajetillas retorcidas de cigarrillos.

Lo último que quedaba de Tina.

También Diderot dejó de interesarme.

Terminé trotando por la parte sur de la isla hasta habitar un pequeño departamento del boulevard que lame las aguas plomizas de Saint-Lawrence.

Mi entorno natural es distinto.

Y ahora, sin dejar de mirar la puerta, temo que en cualquier momento entre y reclame por no tener hielo en la nevera.

 O no recordarle que en ocho días tendremos que ir al cementerio a dejar flores a la tumba de su hijo Pascal.

Doce años han transcurrido.

En verdad sigo sin entender, porque el mapamundi de su cuerpo entonces tibio y bronco, dejó de girar. Tampoco sus labios cesaron de destilar fragancia y miel.

Tornasol deslumbrante por su ausencia.

7

El trozo de página amarillada, aún me permite rescatar algunas líneas redactadas por Spota.

esa poética incógnita de ser sin ser, siendo, gracias a la cual comenzaba ahora a descubrir la existencia de un universo que constituye el último reducto privado de que dispone la persona humana, y al que no tienen acceso los intrusos…

Me dejé llevar por el murmullo de los maremotos internos, hasta que el sueño hizo sus estropicios.

Me sepultó en vida.

Y en ese instante tuve un reencuentro con Tina, tan lúcida y candente.

No dejé de complacerla con el acordeón. Le gustaban los vallenatos…

Y a mi la geografía de su cuerpo de hechicera caribeña.

HEMEROTECA: Dario Ruben – Obras Completas 16 – El Canto Errante

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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