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Cascajo

PERDIDO

cascajo portadaEn estos meses de confusión y luto sobran relatos. La gente muere en masa. Es el abono certero de reporteros y editores.

 Y para un modesto chismoso como yo, ya poco puede decir en su periódico virtual.

Los lectores se alejan. Viven más preocupados en su sobrevivencia.

Por ejemplo, en mi caminata diaria pude conocer a un hombre atribulado, no viejo ni joven, de edad media.

Me abordó.

Su aspecto no era el de una persona cuerda: andrajoso, huesudo y hambriento.

—Compártame algo de dinero —clamó con las manos en los bolsillos de su holgado pantalón vaquero.

Yo me encontraba descansando en una banca del parque Les Cerfs.

Por Skype el médico familiar me recomendó hacer un poco de ejercicio antes de meterme en la cama. En esta ocasión, decidí dejar el departamento.

Después de recibir los cinco dólares, el vagabundo me dio las gracias y su nombre: Jacques.

Lo vi alejarse con la cabeza baja, encamellado.

Media hora más tarde retornó con dos sodas y dos bolsas de papas fritas.

—Tal vez no sean tiempos de consumir productos chatarra —dijo al tiempo de ofrecerme la mitad de su carga—, pero déjeme compartir un poco de mi alimento del día, gracias a su generosidad…

Muy a mi pesar acepté su ofrenda. El sans-abri quería descargar su pena. Necesitaba un alma receptiva.

—Me llamo Adrián Vega y soy méxico-canadiense —dije para darle confianza— y usted seguramente es canadiense-canadiense…

—Ni uno ni otro —respondió tras sentarse a mi lado—, yo ya no sé quién realmente soy ni de dónde vengo, pero de repente como que sí lo sé, usted me entiende…

No pos’sí, pensé.

Y fue entonces que me enteré que provenía de Nueva York y tenía esposa e hijos.

Sin embargo, un día despertó en una banca de la Place des Arts sin recordar su nombre y procedencia. Ningún documento de identificación cargaba y por temor prefirió no acudir a la policía.

—Y entonces, ¿por qué afirma que su nombre es Jacques, es neoyorkino y tiene familia?

 —Simplemente lo creo…

Tampoco supo decirme cómo se allegó de la ropa que vestía y el no llamarse John o Williams, sino Jacques, un nombre galo o quebequés.

Y además, nuestra conversación fue en francés.

Jacques no hablaba inglés ni castellano.

Mientras lo escuchaba recordé uno de los tantos sueños que he experimentado al dormir.

En una ocasión, me vi perdido en una ciudad rural. Llegué acompañado de mi esposa y tres hijos —uno de brazos— y al ir a orinar a los sanitarios de la terminal de autobuses descubrí que había perdido la cartera.

Cuando retorné al andén, el autobús había partido.

Sin dinero e identidad me vi perdido. Y empecé a vivir un calvario, tan intenso como el del personaje de larga barba que, a mi lado, no paraba de hablar y degustaba su refresco de cola y un puñado de papas fritas.

HEMEROTECA: TELE28JUI20

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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