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Mentiras para sonar

DANTE

mentirasLa arrogancia marcaba el carácter intragable de X.

Tal vez sus apretadas lecturas de novelas costumbristas o el apego excesivo al mosto de cebada abonaban parte de su nada grato comportamiento.

Lo hablábamos después de cerrar la edición del periódico y en el bar de José Luis C, el gañan de ojos astutos que aguardaba cualquier viso de debilidad para atacar el bolsillo de los parroquianos.

Y la estúpida arrogancia de X, a pesar de no dañar nuestra cercana amistad, si provocaba cierto distanciamiento o un cuestionamiento cuando asumía su papel de sobrado.

Es muy mamón el bato, soltaba Berna sin ocultar sus sentimientos y con la cámara fotográfica al costado. Si Monsivais hubiese querido le da el bajón y lo exhibe ante el gobernador.

En parte tenía razón.

El gobernador quiso estar presente en el encuentro, bajo la anuencia de Monsivais. O mejor dicho por sugerencia de su amigo, el propietario del periódico.

X era sin duda un profundo conocedor de la literatura italiana y no se tentó el corazón de ningunear a Elba, por el solo hecho de equivocar el nombre del autor de La Divina Comedia. Lo llamó Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Ni Monsivais, un iconoclasta portentoso, pudo llegar a tanto.

Los doscientos setenta años del natalicio de Alighieri estaban por celebrarse. El gobernador, admirador sublime del florentino, quería hacerla en grande.

Don Lucas Marciano, al fin un burgués ilustrado y poco ortodoxo, abonó la idea. No por ser un seguidor consecuente de la obra del poeta —muerto en 1321—, sino por los dos o tres millones de pesos que recibiría al promocionar en su rotativo el mes cuasi litúrgico de La Divina Comedia.

Y X hizo su parte, sin importarle que, por simple prudencia, Monsivais marcara su distancia.

No entiendo el por qué me he metido en este embrollo verbal, camarada Pierre. Pero has de entender que algo debe salir durante esta larga espera.

Hablar y hablar o pensar y pensar, es lo mío.

La noche está aún inalcanzable y nos queda poca reserva. La resaca puede castigarnos de no alcanzar el objetivo trazado. Menos tribulaciones provocas, camarada Pierre, si escuchas o recibes las monedas con los ojos cerrados.

Y retomo el asunto de la arrogancia, porque en el bar de aquel ojete mencionado, X llegó del brazo de Monsivais. Lo acaparó durante el corto tiempo que permaneció acodado en la barra.

Nosotros permanecimos en una de las mesas, sin tener el interés de llamar la atención o hacernos presentes. Locadio, Berna y Odilón siguieron poniéndome al tanto de la balacera y los seis muertitos en la Melchor Ocampo, en el pleno corazón de la ciudad.

El escritor chilango de grandes anteojos y algo de prognatismo nunca tocó la cerveza que le impuso el barrigón de José Luis C. Bebía agua de la botella de dos litros que le regalaron en el periódico.

Ni siquiera bajó la vista o limpió los cristales de sus lentes cuando X, en su permanente arrogancia, quiso imitar la voz del gobernador.

En la parte que, en alusión a la obra de Dante Alighieri, asumió su papel de intérprete y repitió algunos  cánticos de La Divina comedia. Y fue precisamente del Proemio del infierno.

La arrogancia, camarada Pierre, no es una virtud, sino un defecto. Es sinónimo de farsante. Es apropiarse de falsos honores, como un vil delincuente. De ahí que la mofa —muy merecida si hubiese salido de la pluma de Monsivais— nos provocara incomodidad y no risa.

Insisto. Ni el laureado cronista hizo gestos para festinar la ocurrencia de nuestro jefe de información.

Y déjame repetir aquellos nueve versos que, por desgracia, se adueñaron de espacios de mejor utilidad en mi memoria, algo lastimada por la ansia de aguardiente.

Ibase el día, envuelto en aire bruno,/aliviando a los seres de la tierra/de su fatiga diaria, y yo, solo, uno,/me apercibía a sostener la guerra,/en un camino de penar sin cuento,/que trazará la mente, que no yerra./¡ Oh musas! ¡oh alto ingenio, dadme aliento!/¡ O mente, que escribiste mis visiones,/muestra de tu nobleza el nacimiento!

El gobernador, por el contrario, recibió un rápido comentario de Monsivais por su interés de promover la lectura y abonar el debate público sobre la relación entre el poder y la religión.

La Divina Comedia, en su tiempo, desnudó a la aristocracia y clero —afines a la pederastia, crimen y corrupción— y los metió al infierno (como una especie prisión-horno).

Y tuvo la bendita prudencia de no atentar contra los intereses políticos y económicos de don Lucas Marciano.

Monsivais estaba consciente que Alighieri fue homofóbico y antisemita, y su obra poco era difundida en algunos países con gobiernos islámicos y judaicos.

X, ya embotado por la cerveza, dejó el bar del brazo de su invitado.

Ahí te encargo esto, me dijo X al tiempo de entregarme tres libros de la autoría de Monsivais. Y tienes mi permiso de leerlos, manito.

  Desde nuestra mesa seguimos los pasos de la pareja, hasta abordar un taxi que, minutos antes, había solicitado por teléfono José Luis C.

Monsivais estaba hospedado en un hotel céntrico y al día siguiente (sin la presencia del gobernador) daría una charla sobre la obra de Dante Alighieri en la Universidad Regional del Valle.

HEMEROTECA: 6La fugitiva – Marcel Proust

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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