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SUIT SUIT

cascajo portadaLa vejez es un espejismo.

Lo dice Jerry —el nieto— antes de meterse a la cama.

El abuelo acababa de cambiarse el pañal.

En esta ocasión fue Jerry quien lo arrojó a la bolsa de los desechos.

Soy un viejo y no tienes porque no creerlo, reprochó Charles Borrel arrastrando las chanclas de fieltro.

El suit-suit-suit cesó hasta que se internó en su habitación.

La abuela continuaba echada en la cama, cercana a los cortineros negros.

Después de los setenta, el declive urinario. Goteo pertinente. Molesto.

Necesitas bacinica, abuelo, sugiere Jerry. Es molesto limpiar tus miados en el rodete de la poceta.

Escucha a Jerry, dice la abuela.

Ve una película de dibujos animados en el televisor.

¡Yo pago los servicios y la renta, dejen de molestar!, protesta Charles Borrel.

Jerry lavó los trastos y retornó a la cochera-estudio. Enviaría tres correos electrónicos —uno a su ex esposa— e intentaría terminar la nota de la deforestación.

Un año antes, con el aval de la burocracia montrealense, un grupo de empresarios había talado dieciocho mil fresnos para construir viviendas y comercios.

El doce por ciento de la ciudad tiene áreas verdes.

Los perros cuentan con 49 parques cercados y los humanos, diecinueve.

El abuelo empezó a vociferar.

No pararía su guerra hasta que Dina abandonara la cama y le diera su medicamento.

Lo de llevarlo al parque quedó desechado.

La incontinencia urinaria irritaba a Charles Borrel, jardinero pensionado.

Prefiero darme un tiro a terminar como el abuelo, pensó Jerry. Es un pernicioso y decadente espejismo.

HEMEROTECA: tele11auot20

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LAS OSTRAS

cascajo portadaUsted puede caminar tranquilo por el boulevard Leannec de Saint Brieuc. La gente trabaja.

Huele a mariscos.

Las ostras y el yodo se han apropiado de la ciudad.

El canal de la Mancha es su abrevadero. La salinidad, razón de sus actos. No hay salida.

Meterse al Youpala Bistrot es perder el tiempo. Estaremos borrachos al término de la tarde.

Y nos maldeciremos por un asunto conyugal. Un divorcio está en puerta.

Una forma peculiar de funcionar la relación humana en Francia, España e Italia.

Hay algo de irracional ante los embates de la tristeza diaria.

Nadie se lo explica.

—Tienes que callarte, Che —pido—. Estamos aquí porque esto debe tener una salida…

Ricky sigue con su bermuda zurrada de lodo. Ha bebido demasiado vino vasco. Los zuecos de goma imprimen su marca negra en la banqueta.

Lilia casi exhibe los senos al descender del autobús. Viste el mismo bikini de hilo dental.

Unos cuantos curiosos captan el incidente.

Los lugareños se han acostumbrado a tolerar a turistas desarrapados.

Mientras dejen Euros, en la ciudad de Saint Brieuc es posible cerrar los ojos.

El morbo en Saint Brieuc no es negocio.

Deseo comer ostras y camarones fritos. Es necesario ascender a la rue Des Capucines y girar a la izquierda. El andar es continuo hasta alcanzar la rue Palasne de Champeaux, callejuela estrecha, limpia, extremadamente limpia.

El Youpala Bistrot es de un nivel. Vieja tienda de confitería. En una tira negra, el nombre está rotulado a dos colores: Youpala en fondo café y Bistrot en blanco.

Todo es rústico. Me sorprende.

Las construcciones de piedra y tabicón conservan el antiguo toque de principios de siglo.

Menos de cincuenta mil personas viven en la ciudad pesquera.

Por la mañana visitamos los criaderos de ostras. En menos de una hectárea de playa, sin cerco, la familia Zola reproduce moluscos al aire libre.

No necesita bucear para extraerlos de los arrecifes.

—Eso es lo que me incomoda —digo y manoteo sin poderme contener—. En México tenemos mejores playas que  en Saint Brieuc y producimos mierda y botellas de plástico…

Ricky echó la mona y Lilia prefirió acompañarme en mi caminata.

—¿Puedo dormir esta noche en tu habitación?

—Es tu habitación…

—Gracias Leo…

HEMEROTECA: pro9aout20

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DON NADIE

cascajo portada

Y despertó de noche sin reconocer el lugar.  En una calle solitaria. Sin algún documento de identidad. Ni siquiera recordaba su nombre.

El lugar es citadino. Esporádicamente ve circular autos y motocicletas. La calle es de un solo sentido con edificios y casas con balcones y fachadas de ladrillo.

Un penetrante olor a desinfectante le permite sentirse vivo.

Viste suéter gris de rayas negras y pantalón verde de franela. Anda descalzo.

Con la cartera vacía en la mano derecha, nerviosamente con la siniestra empieza a esculcarse los bolsillos.

Y detecta un atado en el bolsillo trasero.

En una bolsa sandwichera descubre doce billetes de cincuenta dólares canadienses y una micro-tarjeta de memoria.

Una sensación de miedo lo contamina. El poseer algo de valor pone en riesgo su vida. Mientras camina cree ver sombras amenazantes.

Lunes de luna llena.

Verano húmedo con árboles de largas ramas cargadas de hojas vigorosas.

Noche iluminada y silenciosa.

La ciudad tiene alumbrado público.

Las lámparas, colocadas en la parte superior del poste, parecen jarrones vidriados con luminarias de mercurio en su interior.

Una larga sombra se desprende de una esquina.

—¿Tiene encendedor? —escucha una voz cavernosa.

Sin emitir palabras, opta por acelerar su marcha.

La sombra no intenta acosarlo. Vuelve a replegarse en su escondrijo.

Él, sin sacudirse el miedo, da grandes zancadas sin girar la cabeza.

Cada cuadra presenta la misma arquitectura: casas y edificios y algunos dépanneur con carteles de promociones y luces apagadas.

Ningún automotor desacelera.

Ningún semáforo controla su paso.

El dinero en el bolsillo quema su entrepierna.

Por su seguridad había decidido ocultarlo en el calzoncillo.

¿Dónde estaba y a donde iría?

¿Por qué despertó en esa calle sin nomenclatura y  sin recordar nada?

¿El tipo que le pidió fuego en qué idioma le habló?

¿Por qué no pudo verle el rostro y solo el cigarrillo apagado entre sus labios?

Las luces de dos fanales lo encandilan. Lo obligan a detenerse. Del automóvil incoloro descienden dos sombras.

—La tarjeta —demanda la primera sombra sin rostro.

—¿Qué tarjeta? —pregunta aterrorizado.

—No queremos el dinero —aclara la sombra acompañante—. Es tuyo, fue tu paga. Solo la tarjeta…

Sin aclarar sus dudas, cede. Entrega la tarjeta y los observa darle la espalda e introducirse al automóvil.

Nada le dice el tufo de gasolina quemada.

Ser un don Nadie es garantía de vida.

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BARBIQUIU

cascajo portadaPersonajes:

Margol: Esposo de Vela.

Vela: Hermana de Willy.

Willy: Esposo de Cora y ex esposo de Vela.

Cora: Prima hermana de Vela y ex esposa de Margol.

Lugar: Traspatio de un edificio de departamentos.

Margol es el anfitrión y prepara las carnes asadas en un asador de carbón.

Su esposa e invitados en torno a una mesa circular plástica. Beben cerveza. Solo Vela fuma.

Cora:

Es posible que dejemos Montreal y vivamos en México.

Margol (con mandil):

Tu sueño de siempre…

Willy:

Yo estoy de acuerdo, prefiero terminar mis días en Tepoztlán o Huayacocotla.

Vela:

México no es seguro… Diariamente son asesinadas entre sesenta a setenta personas…

Cora:

En Estados Unidos o cualquier país de Europa, África y Medio Oriente la violencia tambien es muy alta, cuñada…

Vela:

Es de acuerdo en el suburbio que vivas…

Margol:

En Montreal la tasa de crímenes es muy baja. Menos de cien muertos al año. Tal vez el robo de bicicletas y las adicciones estén a la orden del día. Pero nada de qué preocuparse…

Vela:

Montreal es el mejor refugio en estos momentos. El Coronavirus dejó a un cuarto de la población mundial sin empleo. El hambre y la inseguridad pública asolan a la mayoría de las naciones, ricas o pobres. Además, la infección obliga al confinamiento y el estar esbozado, como delincuente…

Morel:

No es sano ser tan pesimista, querida. Menos ahora que pintamos canas y tenemos problemas con las coyunturas. Vivamos el momento. Si Cora y Willy quieren vagabundear, adelante. Ya están pensionados y pueden hacerlo. Lo importante es sentir la adrenalina hasta el último segundo de vida…

Vela:

Canada tiene todo: valles, praderas, desiertos, islas, ríos, lagos, montañas, nieve… Y hay libertad, tolerancia, igualdad de género, democracia… Y sobre todo, nuestro sistema de salud pública es de lo mejorcito…

Cora:

Aquí nos come el aburrimiento, el tedio, el silencio… Por favor  Vela, no confundas bienestar con felicidad. En Montreal siempre seremos inmigrantes. No es nuestro país. Nunca lo elegimos. Si estamos aquí es por nuestros padres. Ni siquiera el francés es nuestra lengua, menos el inglés. Tú no eres feliz, lo has repetido cada vez que salimos de la ciudad.

Willy:

Vela tiene los pies en la tierra y no deberías ser tan dura con ella, amor. Y gracias a su carácter, nuestro negocio no se fue a la basura. Por ella resistimos y sacamos adelante el restaurante y nos hicimos de un departamento…

Margol (interrumpiendo):

Nadie la contradice. Simplemente creo que esa parte de nuestra vida ya fue superada. Ahora tenemos derecho a conocer otros lugares y recuperar el tiempo perdido. En Córcega y Holanda tenemos amigos y parientes y  podemos pasar largas temporadas a su lado. Y lo hemos hecho, ¿o no querida?

Vela (a Margol):

Cora y Willy no hablan de vacacionar, sino de cambiar de residencia, de morir fuera de Montreal. De eso están hablando.  Lo que no entiendo, ¿por qué irse a morir en Tepoztlán o Huayacocotla?

Willy:

Un compañero de oficina es de Tepoztlán, que es un pueblo de comerciantes y campesinos muy cercano a la Ciudad de México. Pablo decidió regresar, después de recibir su pensión, y nos ha hecho la invitación de vivir a su lado. Su finada esposa, Mara, era de Huayacocotla, una comunidad serrana de Veracruz, muy húmeda por estar cubierta de niebla seis o siete meses al año…  Cora, hace tres años fue al sepelio de Mara y conoció los dos pueblos y le gustaron. Por desgracia faltaba poco para mi jubilación y no pude acompañarla.

Margol (a Willy):

Cuñado, ¿puedes traerme la botella de tequila que está en el asiento trasero de la Van, por favor?

Vela (a Margol):

¿Compraste tequila?

Margol:

Tú sabes que Cora me lo pidió, ¿verdad cuñadita?

Willy sale de escena.

Vela (a Cora):

¿No me digas que sigues teniendo tus cosas con Melquiades, el mexicano?

Cora:

Ya enviudó y sus hijos no quieren dejar Canada. Está solo y nos ofrece parte de su casa. Tepoztlán es un lugar generoso por su clima y paisaje.  Está en un valle rodeado de montañas y la vida es muy tranquila y segura.

Vela (riendo):

Golosa…

Margol (a Vela):

Deberíamos seguirlos, querida…

Vela:

Prefiero Montreal.

Cora (a Vela, en voz baja):

Y a ti te tiene de los ovarios Hitachi, tu maestro de yoga. No lo niegues…

Margol:

Ya te oí, pilluela… Guarda tu lengua de áspid…

HEMEROTECA: tele4auot20

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EL TURCO

cascajo portada—Solo una manzana…

—¿Puedo cambiarla por otro cucharon de sopa?

—No.

Le alegró el hecho de negociar con el hombre de la filipina y gorro blanco un algo necesario para su sobrevivencia. Y todo, gracias a un encendedor de plástico obtenido en un contenedor de basura.

Un milagro inesperado.

La calle es como un cajón de tapicero. Miraç Yıldız lo aprendió desde que dio sus primeros pasos y percibió el picante olor del thinner y pegamento. Desde la pata de cabra, semejante a su habilidad de obtener dinero con lástima, hasta las tijeras de fiero filo para el asunto del bricolaje emocional.

En la charola de seis compartimientos resumía el verdadero sentido de su vida: satisfacer su apetito o sepultar la angustia del hambre.

 El trozo de carnero con papas hervidas y la generosa ración de col, cebolla morada y zanahoria con vinagreta, le provocaron una sensación parecida al orgasmo.

—¿De dónde vienes?

La pregunta le incomodó. El hombre que la lanzaba, tan parecido a él por el mono naranja, aun no tocaba sus alimentos. En el banquillo y la mesa imperial, otros veintidós comensales consumían con avidez sus raciones.

Prefirió no responder. Ni siquiera intentó ver al interesado. Miraç Yıldız tenía hambre. Pensaba en las distintas fragancias que percibía su olfato.

Era la misma sensación placentera que experimentaba al incursionar, dos veces por semana, en el colmado de Mademoiselle Alyson. O cuando observaba desnuda a la hija mayor de los Ferrer —Cindy— en la mansarda del chalet rodeado de prados y manchones forestales.

—Bordeaux es vecindad, chaval, piénsalo…

No le importó escuchar la amenaza. Lo que degustaría era lo suficientemente importante como para temer por su vida.

Durante la pandemia ni siquiera pudo obtener en las calles desperdicios comestibles, menos en su refugio de la Chamin Queen.

El prenderle fuego al Cadillac coupé-cabriolet fue uno de sus grandes aciertos.

Ahora estaba en prisión y celebraría su cumpleaños veintidós con una gran comilona.

Miraç Yıldız, el turco, rencontró la felicidad dos días antes de ser apuñalado.

HEMEROTECA: 7El tiempo recobrado – Marcel Proust

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SIN MANECILLAS

cascajo portadaVi a un hombre demacrado, casi cadavérico, hablar en un reloj-pulsera. Fue compañero de viaje.

Durante el trayecto observé de reojo cómo maniobraba aquel diminuto artilugio electrónico.

Lo vi feliz.

Hablaba y veía la imagen de una joven de cabello corto y voz catarrienta.

Mi mayor sorpresa fue ver a la mayoría de pasajeros del autobús con tabletas y teléfonos celulares.

Al igual que el hombre del costado, viajaban ensimismados, ajenos al comportamiento de sus vecinos.

Tal vez —en esos precisos instantes—, los seguidores de Alá o Yavé enfrentaban a sus adversarios en distintos confines del mundo.

Oía risas, murmullos y estornudos.

Y frente al volante, el conductor hacía lo propio: graso, rapado y sediento (no cesó de beber agua embotellada). En perpetua comunicación con un Bluetooth: el kit de manos libres.

Asunto de locos.

En la jaula rodante, solo yo poseía un libro de papel verdadero (y que me perdone la naturaleza).

Retornaba de la Gran biblioteca pública. Me había allegado del diario personal del navegante francés Jacques Cartier.

En julio, Montreal experimentaba un agradable clima. Mermaba el sentimiento festivo de los pobladores. Mes patrio. Los quebequés, como siempre, en búsqueda de una identidad propia, ajenas a las otras provincias canadienses.

Sony, Macintosh, Microsoft, Nokia, Pioneer: tiempo libre y  ocio.

Montreal ahora existe por los corporativos extranjeros.

Es la isla mayor poblada de ordenadores, teléfonos celulares, tabletas, reproductores MP3 y videojuegos portátiles…

El autobús transportaba su carga humana por una de las principales calles del corazón de la ciudad: La Commune.

Del otro lado de la ventanilla, lugareños y turistas en pantalón corto.

El rio San Lorenzo de aguas turbias por el incesante paso de las lanchas y buques.

El verde se imponía en las jardineras y parques.

—No llegues tarde —insistió el hombre del reloj transmisor—. Tienes que estar a las siete, porque la película empieza a las siete quince…

Enclenque, cadavérico y con un bigotillo rojizo.

—No, no… siete quince… Es La Cosa Nostra, la de Charles Bronson… Si, si, trata sobre la mafia… Lino Ventura la hace del Padrino Vito Genovese… Exacto… Y Bronson es Joseph Valachi…

Un francés nasal y menos ríspido que el inglés o ruso.

El hombre de los pelos parados acercó la muñeca del brazo derecho a los labios. Mantuvo la misma posición durante todo el trayecto.

La imagen fue evocativa: los Thunderbirds (la familia Tracy) en acción.

La película del soplón de la mafia, aludida por mi vecino de viaje, la proyectarían durante la noche en un cine club del boulevard René Lévesque.

Terense Young la dirigió en 1972.

Sin proponérselo, Young utilizó un reloj transmisor con el agente inglés James Bond que encarnó Sean Connery.

La última imagen que retuve del reloj pulsera fue un corazón rojo palpitante.

El tiempo-espacio no tiene límite.

La tecnología, como el pensamiento, acorta distancias y robotiza.

Y entretiene a los solitarios.

Sin hablar emite un lenguaje codificado.

Nadie podrá sustraerse al algoritmo de la diversidad encapsulada.

En cada país —virtual o no— pervive un estudiante asesinado y un político asesino.

El negocio ilegal de una ley obsoleta o maniobrable.

El autobús urbano prosiguió su marcha.

Y en un parpadeo terminé en la acera, frente a una peluquería dominicana.

Soy uno más de los siete mil millones de humanos que enfrenta la supervisión diaria de los guardianes del mundo.

Los 194 países son minuciosamente vigilados desde el espacio: 967 satélites-policías hacen su trabajo sin preocuparse de nuestros temores o plagas.

Su tecnología —Tik tok, Skype o Messenger— acercó, en un autobús en marcha, a una pareja turca.

Los hijos de Estambul-Montreal y el reloj de pulsera.

Hasta Valachi y Genovese deben estar orgullosos de haber sido observados con rostros diferentes (Bronson y Ventura) durante una empalagosa e intensa noche de amor.

Benditas redes sociales.

HEMEROTECA: pro2aout20

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LA TRAICIÓN

cascajo portadaNo hables de dinero en casa del avaro.

No hables de comida frente al enfermo de gula.

No hables de honorabilidad ante el tesorero del príncipe.

Y Gamael Handal echó por tierra las recomendaciones de su abuelo. Ya viejo le confió a su entrañable amigo —ahogado en deudas— sus planes de retiro.

—¿Y cuándo vienes a Tiro, hermano Handal?

—Es posible que en enero o febrero, Zyad. Ya ansío un buen plato de falafel preparado con las manos de mi cuñada Aliyah.

—Que Allah te recompense con el bien —remató al despedirse Zyad Maalouf.

Los dos amigos, oriundos de Líbano, video charlaron por Messenger. Tan iguales en gustos y modas, pero dispares en asuntos de religión y política. Los hermanaba la edad y el color cenizo de la cabellera, bigote y barba.

El burócrata Zyad, consecuente con su militancia sunita, envidiaba el desprendimiento material de Handal —chiita— y su profundo sentimiento de amor y piedad al prójimo en desventura.

Después de enterarse de los planes de su amigo, Zyad pensó desempolvar una denuncia penal contra Gamael —por el presunto delito de difamación en contra del líder supremo de Halba—, a pesar de haber transcurrido más de dos décadas de aquel incidente.

La traición seguía latente. El espíritu libertario de Handal, desterrado en Quebec, tendría sus consecuencias, no muy halagadoras de hacer su arribo a Tiro, donde radicaba su único hermano.

La envidia, como pecado capital, también se anidaba en el corazón de Zyad para desgracia de su amigo, un decano periodista musulmán.

HEMEROTECA: 4Sodoma y Gomorra – Marcel Proust

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PERDIDO

cascajo portadaEn estos meses de confusión y luto sobran relatos. La gente muere en masa. Es el abono certero de reporteros y editores.

 Y para un modesto chismoso como yo, ya poco puede decir en su periódico virtual.

Los lectores se alejan. Viven más preocupados en su sobrevivencia.

Por ejemplo, en mi caminata diaria pude conocer a un hombre atribulado, no viejo ni joven, de edad media.

Me abordó.

Su aspecto no era el de una persona cuerda: andrajoso, huesudo y hambriento.

—Compártame algo de dinero —clamó con las manos en los bolsillos de su holgado pantalón vaquero.

Yo me encontraba descansando en una banca del parque Les Cerfs.

Por Skype el médico familiar me recomendó hacer un poco de ejercicio antes de meterme en la cama. En esta ocasión, decidí dejar el departamento.

Después de recibir los cinco dólares, el vagabundo me dio las gracias y su nombre: Jacques.

Lo vi alejarse con la cabeza baja, encamellado.

Media hora más tarde retornó con dos sodas y dos bolsas de papas fritas.

—Tal vez no sean tiempos de consumir productos chatarra —dijo al tiempo de ofrecerme la mitad de su carga—, pero déjeme compartir un poco de mi alimento del día, gracias a su generosidad…

Muy a mi pesar acepté su ofrenda. El sans-abri quería descargar su pena. Necesitaba un alma receptiva.

—Me llamo Adrián Vega y soy méxico-canadiense —dije para darle confianza— y usted seguramente es canadiense-canadiense…

—Ni uno ni otro —respondió tras sentarse a mi lado—, yo ya no sé quién realmente soy ni de dónde vengo, pero de repente como que sí lo sé, usted me entiende…

No pos’sí, pensé.

Y fue entonces que me enteré que provenía de Nueva York y tenía esposa e hijos.

Sin embargo, un día despertó en una banca de la Place des Arts sin recordar su nombre y procedencia. Ningún documento de identificación cargaba y por temor prefirió no acudir a la policía.

—Y entonces, ¿por qué afirma que su nombre es Jacques, es neoyorkino y tiene familia?

 —Simplemente lo creo…

Tampoco supo decirme cómo se allegó de la ropa que vestía y el no llamarse John o Williams, sino Jacques, un nombre galo o quebequés.

Y además, nuestra conversación fue en francés.

Jacques no hablaba inglés ni castellano.

Mientras lo escuchaba recordé uno de los tantos sueños que he experimentado al dormir.

En una ocasión, me vi perdido en una ciudad rural. Llegué acompañado de mi esposa y tres hijos —uno de brazos— y al ir a orinar a los sanitarios de la terminal de autobuses descubrí que había perdido la cartera.

Cuando retorné al andén, el autobús había partido.

Sin dinero e identidad me vi perdido. Y empecé a vivir un calvario, tan intenso como el del personaje de larga barba que, a mi lado, no paraba de hablar y degustaba su refresco de cola y un puñado de papas fritas.

HEMEROTECA: TELE28JUI20

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LA SIRENA

cascajo portadaLugar:

Bar con barra y pista de baile.

Personajes:

Olegario, Diputado federal.

Israel, agente del ministerio público.

Anabel, lideresa de tianguistas.

Elsa, cantinera de la barra.

Un trio de músicos.

Seis parroquianos.

Elsa a los músicos:

—Órale, échense la de los hermanos Mejía…

Israel:

—Caso sin resolver…

Anabel:

—Usted no se agüite, licenciado… De todos modos usted siempre es el ganón…

Israel:

—Y nuestro Patrón….

Diputado:

—Todos ganones, todos chingones… ¿o no mi Elsita?

Elsa (sirviendo la bebida):

—Así es Patrón… En Los Laureles todos le tenemos ley, por derecho… (y dirigiéndose al trio), Órale cabrones, la que les pedí… Y es de mi inspiración…

Trio (con guitarra):

En Los Laureles señores

un martes 4 de enero

sucedió una tragedia

por el maldito dinero…

 

Dos humildes albañiles,

Alberto y Carlos Mejía,

en el Bar de La Sirena

su vida les cambiaria.

 

Sus enredos con Carlota,

la dueña del lupanar

les permitió enterarse

de un negocio singular.

 

“Se trata de hacer caletas

en la finca de un mafioso”,

les propuso la mujer

después de calmar su gozo.

 

Los muchachos accedieron

y viajaron separados

A Acapulco, Guerrero

donde fueron contratados.

 

Después de hacer su trabajo

el capo le dijo a Alberto

para obtener tu lealtad

me pagarás con un muerto.

 

Alberto no tuvo de otra

lo hizo pistola en mano

y el bulto que balaceó

por desgracia fue su hermano.

 

Un martes 4 de enero

por culpa de su vileza

el Cain de los Mejía

se disparó en la cabeza.

Diputado:

Buena la rolita y verdadera… Eres una cabrona, Sirena

Elsa:

Fue la ambición diputado… Los ignorantes y jodidos siempre quieren ganar plata de la manera más fácil… Y hay que aprovechar la oportunidad para reclutarlos… ¿O no, licenciado?

Israel:

No, pos’si… Primero los pobres…

Anabel:

Y no hay de otra… Hasta en nuestro negocio tenemos que aprender a compartir… Lo de la ley de la milpa es un asunto verdadero…

Diputado (ríe):

El mil pa’ti (señala a Anabel), mil pa’mi (se toca el pecho) y mil’pa él (le apunta el dedo al agente del MP)… no falla… Y todos felices… (Dirigiéndose al trio), échense la que me cuadra…

Trio:

La pobreza no es pretexto

para triunfar en la vida

y el hijo de un jornalero

dejó su vida afligida.

 

Primero vendió naranjas,

después, sembró marihuana

y en menos de cinco años

se hizo de mucha lana.

 

Para ayudar a la raza

se metió en la política

Y para este negocio

compró a la prensa crítica.

 

La justicia tiene precio

y el Patrón pudo alquilarla

y ahora que es diputado

ha sabido aprovecharla.

 

Palomita mensajera

y burócrata pendejo

ya les cayó el Patrón

el dueño de su pellejo.

Elsa:

—¿Y cuándo se va a su finca, Patrón?

Diputado:

—En dos o tres meses. A la alcaldía de Acapulco ya la tengo en la bolsa…

Anabel:

—Tiene nuestro total apoyo, Patrón… La Asociación Nacional del Comercio Informal cerrará filas con su candidatura…

Israel:

—El magistrado Domínguez ya está moviendo a los jueces y agentes del MP para darle tambien su espaldarazo, Patrón…

Diputado (al trio):

—Órale, rasca cuerdas, ahora tóquense algo de José Alfredo… (y mirando a Estela), dales una buena propina a estos señores y nada de pequeñeces… ¿Estamos, Sirena?

Estela:

—Su orden es ley, Patrón…

Trio:

Yo sé bien que estoy afuera,

pero el día que yo me muera

eé que tendrás que llorar.

Llorar y llorar…

Llorar y llorar…

Dirás que no me quisiste,

pero vas a estar muy triste

y así te me vas a quedar

Con dinero y sin dinero

yo hago siempre lo que quiero

y mi palabra es la ley;

no tengo trono ni reina

ni nadie que me comprenda,

pero sigo siendo el rey.

HEMEROTECA: 2A la sombra de las muchachas en flor – Marcel Proust

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DUALIDAD

cascajo portadaPersonajes:

Oleg: anciano 1 y 2*.

Habitación iluminada. Hay un gran espejo y muebles.

Oleg 1 y 2 desnudo(s) frente al espejo. A la diestra, en un taburete, una botella de whisky y una copa plateada.

Oleg 1: Un día más… Y ya son casi las dos de la tarde… (bebe whisky). Tal vez esté enferma Duscha, debería hablarle… Llegue a su parcela y casi me arrolla con el tractor. Yo aún no lograba ponerme la camisa. Ayer cumplió años y la vi igualita, como si nunca hubiera envejecido… Casi veinte años sin vernos… (Sus movimientos se repiten en el espejo).  ¿Y cuál es la rutina? Verla en mis sueños y hablar y hablar hasta quedarnos dormidos. Creo que ya es tiempo del reencuentro. Soy un saco de huesos con el cerebro consumido por el alcohol. Mis tiempos de trovador y poeta se fueron al carajo. Terminé aquí, solo, encerrado en no sé qué vaina. Ni siquiera me doy el lujo de meterme un poco de polvo para zafarme de mis cuitas pedorras. Ser un fracasado, si, un estúpido fracasado que jamás se dio cuenta que la juventud es un espejismo. Todo sucedió tan de repente. Duscha me lo advirtió: Sin amor eres basura, Oleg. Cuida lo nuestro. Y mi respuesta solo abonaba resentimientos: Vive el momento, el mañana es indescriptible. La tesis de los alcohólicas anónimos es aplicable. Lo que hagas hoy es lo que vale. No tenemos la vida comprada.

Oleg 2: Pero te equivocaste, pendejo… (el Oleg del espejo toma vida propia).  Duscha era una cría cuando se enamoró de ti, de tu labia de serpiente. Tú la transformaste en la Medusa maldita que destruye matrimonios y hombres.  ¿Y qué le prometiste? Ser la reina de la noche y la dama de las tempestades.  Varenko pudo ser mejor marido y lo traicionaste. Y ahora la tiene de amante y jornalera. Era tu hermano, el que te pago tus clases de guitarra y literatura… Eres una mierda, Oleg…

Oleg 1: De la sangre de Medusa nace Pegaso, estúpido. Yo, el Perseo de sus sueños, liberó su mediocre alma de hija sometida. Varenko anhelaba ser un burócrata más, sin aspiraciones mundanas.  Su piedad apestaba. Has el bien sin mirar a quien, repetía y repetía, pero el tarado no se daba cuenta que se burlaban a sus espaldas. Duscha no lo amaba. Yo era su hombre ideal. Ella quería reír, bailar, divertirse, ser alegre y no una esposa esclavizada en la cocina y la cama.

Oleg 2: Y mírate ahora, estúpido. Todo carcamán, sin amigos y familia. Aguardando a que la muerte penetre por la ventana o bajo la puerta y te arrastre al infierno. Por desgracia, en tu autodestrucción me arrastraste.

Oleg 1: No te quejes, sigues aquí, a mi lado, como la sombra de aquel niño de James Matthew Barrie que no podía crecer. Pero en tu caso, arrugado y encogido por la vejez.  Lo comido y bailado nadie no los quita, miserable. Deja de quejarte. Yo no me quejo de  mi mediocridad. Si me auto inflijo castigos verbales, es para levantar mi autoestima. Jamás ha pasado por mi mente practicarme el seppuko o colgarme en el baño. Si he de morir será en la cama y cagado. Y claro que me cala el no terminar empiernado con Duscha, escuchando sus lamentos de mártir y recomendándome ayudar al prójimo o ir a la misa dominical. Mi nihilismo es fortuito y creo que a nadie debe interesarle.

Oleg 2: Primero te quejas, alma perdida. Y ahora que te reclamo, defiendes lo indefendible. ¿Y qué harás hoy? Lo mismo que ayer, antier, anti antier… Emborracharte, tragar huevos revueltos con tortilla o pan integral, rasgar las cuerdas de tu vieja guitarra y soltar algunos versos insípidos, sosos… como aquellos de

En una noche estrellada

la fiesta desentonaba;

recuerdo cuanto la amaba

mientras ella me olvidaba.

 

Recuerdo, en aquella fiesta

nuevos amores surgieron

y aquellos que perecieron

renacieron en la siesta.

 

Los amantes son eternos

iluminan la esperanza

aunque dejemos de vernos.

 

La dama deja de ser mansa,

el hombre ya carga cuernos

y el descredito se afianza.

Cancioncitas pedorras, disfrazadas de sonetos, pero intrascendentes. Y mírate ahora… O más bien, mírame a mí para que tú puedas verte. Eres solo paja presente que en cualquier instante se incinera. Y sin el espejo no existimos. Ni siquiera el reflejo del agua es confiable.

Oleg 1: Prefiero no contestarte. Después de terminarme la botella, iré por otra. Y me será placentero hacerlo solo, sin tu desagradable compañía. No creo en la dualidad, menos en la multitud adoctrinada. La familia es una peste… Prefiero seguir las reglas de aquel dios mexica, el de la borrachera —Ometochtli— y ya borracho desdoblarme en una infinidad de personajes con vida propia. Hasta tú puedes experimentarlo, sin salir del espejo… Duscha debería reencontrarse con el otro yo que odia la granja y su papel de amante sometida. Es la representación perfecta del pollo que engorda y al final sacrifica para alimentar a su familia. De ser Pegaso, terminó siendo una ave de corral por cobardía y mediocridad, al servicio de Varenko, otro carroñero del sistema… ¿Por qué guardas silencio? Anda, discute… Hay suficiente whisky para arrojar saliva al cielo…

*Dos hermanos gemelos pueden representar a Oleg 1 y 2.

HEMEROTECA: Mazurca para dos muertos Camilo – user