Categorías
Crisalida

LA LIBERTAD DE HU LUO (Relato 5)

crisalidaHu Luo intenta superar con la inmovilidad el miedo y la falta de sueño. Tenso contabilizaba el paso de los remolcadores, las dragas y las lanchas transportadoras que, imparables, entraban y salían en los ancladeros del puerto de Nansha.

Hu Luo observaba ensimismado la escena. Tenía sus manos femeninas acunadas en una mandíbula de huesos frágiles con vestigios de maquillaje.

Habían transcurrido dos días de su llegada a la polvosa bodega de fertilizantes, inmersa el tercer nivel de un edificio construido al borde de la carretera Gangqian.

Hu Luo era indiferente al intenso trajín de los trabajadores de uniforme negro y casco blanco que le inyectaban una movilidad constante a las orugas motrices que estibaban los contenedores depositados en sus plataformas con ayuda de las grúas de inmensos aguilones rojos.

Los montacargas parecían inquietas cucarachas de un amarillo fosforescente. Iban y venían entre los cabrestantes, almacenes, bandas recolectoras de embalajes y bajo las pasarelas metálicas, crujientes y resbaladizas, adheridas a las gabarras y muelles.

Un transbordador de proa achatada, pintado de azul índigo, lo transportaría al territorio, ansiado por la población pobre y aventurera, de la China capitalista: Hong Kong.

La Diosa del Pacifico navegaría por las aguas plomizas del río Las Perlas, en medio de unas construcciones asimétricas y el verdor cambiante de los cañeríos de bambú y una interminable hilera de fresnos, sauces, olmos, saucos, álamos y juncos.

De no existir contratiempos, en un par de horas dejaría atrás —a ciento treinta kilómetros de distancia—, a una de las ciudades portuarias más cosmopolitas e industrializadas de China: Guangzhou, llamada Cantón antes de 1918.

La libertad de Hu Luo dependía de lo que le deparara el destino: una especie de suerte natural, inherente en su transitar por la orografía equivocada de la vida.

Hu Luo creía ciegamente en la voluntad de la suerte, sin interferencia divina.

Hu Luo estaba seguro que, durante el cabotaje y tras abandonar la dársena de Nansha, no habría avasallamientos incómodos de la burocracia del Ministerio de Transporte o de cualquier autoridad militar, aduanal y policiaca.

Desearlo así, por el simple hecho de creerlo, significaba haber avanzado un importante tramo de su propósito de fuga.

El miedo seguía adherido a su piel, como una sanguijuela enfermiza.

El dolor ardiente de sus riñones advertía, como si se tratara de un experimento de Pavlov, que en cualquier momento podría ser detenido, torturado y ejecutado.

Por lo mismo, difícilmente lograba desprender de sus entrañas la molesta sensación de orinar o vaciar sus intestinos.

Tenía la percepción ciega de que policías del Ministerio de la Seguridad del Estado, la MSE, sembraba de ojos electrónicos  todos los rincones del país y que, su presencia omnisciente, hallábase en el cerebro de los pobladores, sin importar género, credo o edad.

Imposible escapar a su control.

Imaginaba que los mil trescientos millones de chinos nacían con una especie de chip en el cerebro, programado a no disentir con su gobierno o cualquier signo de autoridad.

Vivir bajo el yugo milenario de un taoísmo o maoísmo condescendiente.

Su hermana Xiang Luo interpretaba esa realidad de una manera mística.

—Recuerda las palabras del gran Lao Tse, hermano: El que sabe cuándo detenerse no continúa hacia el peligro y puede resistir mucho tiempo… No lo olvides…

Resistir, resistir, de eso se trataba.

Llevaba dos días enclaustrado. Únicamente consumía agua, té verde, miel y sopas instantáneas.

El supervisor de la fábrica reportaría su ausencia al día siguiente, miércoles 8, al no checar su tarjeta de ingreso.

El lunes, Hu Luo se declaró enfermo.

El médico de la Clínica Comunitaria de la Industria haría un detallado informe sobre el posible mal que aquejaba a Hu Luo y lo imposibilitaba trabajar.

Hu Luo operaba una maquina ensambladora de calzado.

Durante sus doce años de laborar en Shoes Italian Company jamás se había ausentado durante dos turnos consecutivos.

Por norma de la empresa, los obreros tenían la obligación de informar por escrito su interés de abandonar el puesto y quedar bajo disposición del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social. No hacerlo significaba rebeldía y sospecha. Podría ser detenido, interrogado e internado a un Centro de Reprogramación por Conducta Antisocial.

Tal  vez Xiang Luo y su hermanastro Jang Li no avalaran del todo su comportamiento, producto de una decisión consensuada con la familia y algunos compañeros de trabajo. En él depositaron su esperanza de materializar sus ansias de un cambio radical de vida.

Si los extranjeros inversionistas multiplicaban su capital con el trabajo de los chinos, ¿por qué ellos no imitaban su proceder y se convertían también en empresarios exitosos?

No importaba si Hu Luo fuera homosexual.

El primer paso sería abrir una especie de cabeza de playa en América, principalmente en Canadá e incursionar en los negocios.

Por su origen de proletario y no contar con suficiente dinero tenía limitaciones para obtener documentos migratorios y un permiso oficial que le permitiera salir legalmente de China.

Xiang Luo tenía la herramienta ideal para materializar sus planes.

La hermana de Hu Lou era una excelente secretaria ejecutiva que hablaba inglés, chino mandarín y cantones, portugués e italiano. Formaba parte de la vida afectiva y sexual del septuagenario empresario de calzado femenino, Jacob Petrovich.

No importaba la diferencia de edades —el viejo era una especie de Hugh Hefner de setenta y tres años y ella una conejita treintañera—.  En China existía esa especie de entendimiento moral o social.

El manejo estratégico de los negocios del calzado recaía en Xiang Lou: por teléfono o correo electrónico enlazaba a los propietarios de las principales cadenas comerciales de calzado de Europa, Asia y América; supervisaba la contabilidad de la empresa, pagaba los impuestos, la nómina y los servicios de mantenimiento y triangulaba los ingresos de dinero obtenido por las ventas a un banco off shore de Santa Lucia, en una de las islas caribeñas de Barlovento.

Xiang Lou conocía sus limitaciones afectivas, ante el ruso y su familia.

Ella asumía con suma paciencia el papel de empleada leal, callada y sumisa; la amante perfecta, tan perfecta como si se tratara de una geisha importada del antiguo Japón imperial.

Rada Kozak, la esposa de Jacob, accedía a compartir con ella su propio lecho para satisfacer los gustos extravagantes de su marido.

“Si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo”, sentenciaba frente a sus amigas cuando abordaba el tema del matrimonio y el significado de las palabras lealtad y fidelidad conyugal.

Por tal razón, Xiang Luo contaba con el apoyo solidario de Rada para ayudar a su hermano en la odisea. Ella logró convencer al viejo Jacob para que pagara los sesenta mil dólares americanos exigidos por la triada.

Ya con el dinero en sus manos, los pasos subsiguientes se facilitarían.

El hermanastro de los Lou, Jang, fue el responsable de contactar y negociar con Los Cabezas de Serpiente —los Shetou—: organización criminal china dedicada al tráfico humano.

Jang laboraba de mesero en el bar del Hotel Mayestic, en la zona comercial de Nong Lin Xia Road.

 El negocio le permitía relacionarse con personajes de distintos oficios y profesiones.

La mayoría de clientes buscaban lo mismo al acudir al ruidoso negocio: esparcimiento, emborracharse y una aventura sexual furtiva.

El bar se abarrotaba los fines de semana. No faltaban en la barra y las mesas algunos oficiales de la Policía Armada, militares y ex funcionarios del gobierno.

El corte de pelo los delataba.

En repetidas ocasiones, Jang les recomendaba, para sus fiestas privadas, prostitutas de todas las nacionalidades.

Su jefe, Yuga Lee, le presentó al ex director de la Comisión Municipal del Transporte de Guangzhou, de apellido Wang. Tuerto, usaba gafas oscuras y un tosco uniforme de paño marrón oscuro.

Jang le entregó el dinero y acordaron que, el lunes por la mañana, recogerían a su hermano.

Por teléfono describirían el lugar y la hora del encuentro.

El trato se realizó en uno de los privados del bar del Hotel Mayestic.

—¿Tenemos alguna garantía de que no seremos estafados, camarada? —Jang miró fijamente a su interlocutor.

—No, nada es seguro…

Wang  no dijo más. Metió el dinero en un delgado portafolio de piel de saurio y continuó bebiendo su cerveza Tsingtao.

El jefe de Jang, un pensionado capitán del ejército del pueblo, intervino y con voz pausada, de maestro de escuela, expresó:

—Un alumno de Confucio, llamado Tse kung, le preguntó a su maestro cómo se legitimaria un gobierno y Confucio dijo que todo era posible si existían suficientes alimentos, pertrechos militares y confianza. Nuevamente Tse kung preguntó: ¿Y si hubiera de prescindir de dos de ellas? El gran Confucio respondió: “Que sean los pertrechos militares y el alimento. Porque desde la antigüedad la muerte ha sido la suerte para todos los hombres. Pero si no existe confianza, entonces ya no hay modo que se sostenga nada”.

Jang  no dijo más y se apartó del integrante de Los Cabezas de Serpiente.

Hu Luo estuvo al tanto del encuentro. Ahora aguardaba el momento de dejar atrás a la China comunista.

En cualquier momento abordaría el transbordador.

Posiblemente a la medianoche seria sacado de la habitación y colocado en el camarote de los fogoneros de guardia.

En el viaje estaría acompañado de dos inmigrantes de Guangzhou, según le había revelado el tipo que, dos días antes lo enlazó, de barba caprina, calvo y de orejas grandes y puntiagudas.

Jamás abandonaba su BlackBerry donde no cesaba de escribir o utilizar el servicio de voz.

En una furgoneta de tres ruedas, de la empresa de estibadores de Nansha, el lunes fue recogido en uno de los costados del Museo Provincial de Guangdong, entre las calles de Wenming y Yuexiu.

Durante el recorrido de casi una hora, no cruzó palabra con el tipo de la BlackBerry.

La furgoneta plateada se desplazó por el eje vial de Xinguang Expy  —construido en un segundo piso—, enlazó con la avenida Nansha, igual de rápida que la primera; descendió por un paso a desnivel, la Jingang, y concluyó su odisea en la carretera Gangqian.

La puerta de acceso de la bodega de fertilizantes zumbó al abrirse con ayuda de un circuito eléctrico, activado desde la furgoneta.

Ya en el interior del edificio, Hu Luo fue guiado a una habitación del segundo piso.

El hombre le informó que sería recogido el miércoles, sin especificar horario, para trasladarlo a La Diosa del Pacífico.

Y desde el ventanal señaló con el dedo índice al transbordador azul índigo que destacaba en el muelle.

—Esa es La Diosa del Pacifico y tendrá a dos compañeros de viaje —dijo en inglés antes de cerrar la puerta a sus espaldas y escuchar el correr del cerrojo.

Hu Luo fue encerrado con llave, como prisionero de guerra o una mercancía negociable.

Hu Luo sintió unas fuertes punzadas en el abdomen y los riñones. Tuvo que cambiar de posición.

Las manos le sudaban. Tenía la boca seca y amarga.

Optó por ponerse de pie y dirigirse al sanitario.

En cuclillas y sobre la poceta, no pudo contenerse y exhaló un profundo suspiro.

Mientras defecaba, sintió la tibia presencia de las lágrimas que descendieron por las ondulaciones de sus flacas mejillas hasta estrellarse en la loza marmolada, en forma de copos transparentes.

En esos instantes evocó a Xia Lu Di.

El llanto arreció.

Su amante había sido asesinado con su túnica de seda y zapatillas de madera. Lo ejecutaron al intentar conseguir hormonas femeninas en el mercado de Jin Bao, el de la calle Zhan Xi Lu.

Hu Luo lo aguardaba su arribo en el departamento de su hermana, donde celebraría su veintiséis aniversario de vida.

Nunca llegó…

HEMEROTECA: tevenotas5mayo2019

Categorías
Crisalida

EL SECRETO (Relato 4)

crisalidaEl aeropuerto es una mampara de rótulos en inglés y francés, a la imagen y semejanza del país anfitrión: Canadá.

La bella Berenia Campomanes aguardaba a Ramiro Baca, bajo un anuncio resplandeciente de la Coca cola. Tendría que abandonar el lugar en el horario acordado.

 Edgar les reiteró que el encuentro sería a las seis o Ana se iba sin ellos.

Su rostro moreno de rasgos delicados nunca evidenció intranquilidad. Significaba mucho el terreno avanzado. Sin problemas, lograron cruzar territorio estadounidense.

Toronto, ahora representaba un nuevo alivio para sus vidas.

La pesadilla estaba a punto de ser enterrada.

Berenice quiso creerlo.

Imaginó que sus adversarios —principalmente de Ramiro— difícilmente lograrían rastrearlos en la segunda metrópoli más poblada de Canadá.

El comandante Joaquín Robles y Lupe Ayala El Cachacas enfrentarían esa limitante territorial e idiomática.

Nuevamente hojeó El Universal y aceleró el mascado del chicle.

En la portada del rotativo sobresalían notas relacionadas al funeral de Juan Pablo II y el intento de desafuero de un Jefe de Gobierno, el del Distrito Federal.

Berenia aspiró el aire con fruición.

Estaban en territorio canadiense.

Hombres uniformados y adustos la observaron con aparente indiferencia.

Tras recoger su equipaje en las bandas movibles de la Sala Dos, ella y Ramiro tendrían que internarse al área de ventanillas. Ahí, por separado, serian interrogados por personal de migración.

Aparentarían no conocerse.

Edgar les advirtió por teléfono:

 “Existe la posibilidad de que los obliguen a enseñar el dinero que portan. Es una simple formalidad, porque dos agentes son compañeros de lucha y los dejarán pasar. No se preocupen… yo estaré cerca para auxiliarlos”.

Berenia escuchó claramente los acordes de la Novena Sinfonía de Beethoven.

Un presentimiento la asaltó.

La gente empezó a moverse con mayor lentitud, demasiada lentitud.

Paralizada observó la puerta que arrojaba hombres y mujeres de caras alargadas, inconmovibles. Iban adheridos a sus belices y mochilas.

Las piernas fuertes y torneadas de Berenia, se animaron a dar los primeros pasos.

Las mismas piernas que horas antes, en la habitación 114 del hotel The Sun, Ramiro admiró, besó y acarició, arrebolado por la pasión. Sin importarle experimentar aquel confuso deseo de rechazo. La atracción de presentarse como una hermosa Centauro de pechos femeninos y sosteniendo en la entrepierna un férreo báculo cavernoso.

Las atractivas extremidades sobre sus hombros avivaron la urgencia de poseerla. En el impasse besuqueó con fruición los pies femeninos de uñas barnizadas de rojo y los tobillos, adornados con dos cadenas de oro blanco.

¿Bach? ¿Su Cantata 140? Dimensión distante, profunda. ¿Por qué la adrenalina desencadenaba su apetito sexual?

 “No hay cosa más importante que hacer el amor”, repetía con sus respiros de asmática, sin mencionar nombres o apellidos.

Coger”, simplemente “coger”: un verbo sin el sujeto y complemento.

Ramiro intentaba entender aquellas palabras. Descifrarlas bajo el fragor de las caricias y el entrampado de la lucha política e ideológica.

Y las respondía con sus largos silencios.

Ella era su todo: una reafirmación emocional, ajena a otras motivaciones, como las que enfrentaba día a día, ante las fuerzas oscuras y letales de la contrainsurgencia.

Su experiencia en el campo político lo tenía devastado.

Los compañeros de lucha habían muerto. Ninguno pudo trasponer los enrejados de la cárcel.

Ramiro estaba solo, o casi solo.

Berenia representaba su otro yo, el menos idealista, el más práctico: su escape mediato y trascendente. El que le permitía, como en esos instantes, activar un algo vivo, sin nombre y materia; repetir esquemas de una sensación inenarrable u obscena, dentro de lo que él entendía como algo sucio en su propia sexualidad.

 No era un asunto de género, sino de aceptación mutua.

El Victor—Victoria de Blake Edwards, en el pellejo de Berenia, no en el Julie Andrews.

Un argumento ajeno al enjuiciamiento y ejecución de Míster Wilson, el propietario de la cadena de cafeterías Wilson Time, en Guerrero y Morelos.

Durante dos meses estuvo bajo su responsabilidad el vigilarlo en su celda.

Ramiro fue quien le leyó textos bíblicos, como demanda de un condenado a muerte.

El Comando Mao Tse Tung decidió ejecutarlo al no apegarse a sus reclamos el gobierno: liberar a dos camaradas, presos políticos en Chiapas y consignar penalmente al procurador General de la República por ordenar el asesinato de treinta guerrilleros, durante la Guerra sucia.

En respuesta, la represión se recrudeció. Seis de los quince comisionados en el operativo tuvieron que suicidarse, al ser ubicados por las fuerzas contrainsurgentes del gobierno federal.

Los otros guerrilleros —ocho para ser exactos—terminaron en manos del Cachacas.

Jamás imaginaron que Míster Wilson les haría más daño muerto que con vida.

Philip, el mayor de sus hijos, era abogado y trabajaba para un cártel de Sinaloa. Uno de los capos contactó con el comandante Nereo Robles. La orden fue rotunda: cazar a los involucrados en el asesinato del empresario.

 “Quiero el corazón de esos hijos de puta en mis manos. ¿Entiendes Robles? El corazón de cada uno… Me vale madres que así los encuentre la policía. Quiero su corazón de esos desalmados. Por lo pronto, ofrece un millón de pesos por la cabeza de cada desgraciado”.

Robles rastreó  al Cachacas, un ex guerrillero y sicario de Leopoldo Arenas El X—uno.

Su corpulencia y saña lo convirtieron en una leyenda.

El Cachacas utilizaba las manos para deshacerse de sus víctimas. Las estrangulaba. Y, como firma personal, les arrancaba la cabeza.

Nereo Robles utilizó toda la tecnología e información proporcionada por los cuerpos de seguridad del gobierno para allegarse de nombres y direcciones de guerrilleros, principalmente de los responsables de secuestrar, en Cuernavaca, al empresario estadounidense.

El Cachacas conocía el modus operandi de la mayoría de sus ex compañeros de armas.  Por ejemplo, las motivaciones para involucrarse en un movimiento subversivo antiimperialista y prosocialista.

—o—

La orfandad de Ramiro contribuyó a evitar ser capturado o asesinado. Había crecido en albergues y parques públicos. Carecía de familia y documentos oficiales que dieran fe de su origen.

Ramiro fue una simple referencia armada por el propio Ramiro. Era autodidacta y sus conocimientos académicos, los asimiló con el apoyo de un ex preso político oaxaqueño: Gilberto Baca.

Del maestro de primaria heredó su primer apellido.

Gilberto lo protegió desde el día que Ramiro le demandó una moneda para comer.

—Me escapee de un internado de monjas de Puebla y no he comido —le dijo en el zaguán de la escuela donde laboraba Gilberto.

Desde ese momento lo acogió como un hijo. Sin embargo, evitó darle asilo permanente en su departamento para evitar habladurías.

Cada domingo, por la noche, le impartía clases de gramática y matemáticas. De esa manera lo enganchó en la literatura e historia universal.

“Usted no necesita un papel del gobierno para demostrar que es inteligente e informado. No necesita ir a la escuela y terminar como esclavo de la burguesía. Viva su libertad con plenitud y construya su mundo con estas herramientas que yo le entrego”.

Esas fueron sus palabras.

Ramiro las asimiló y aprovechó hasta donde pudo.

Gilberto tuvo la paciencia de inocularlo de las prédicas de Marx, Engels, Mao, Stalin y Lenin.

De paso, le dio un directorio de amigos y conocidos, otrora guerrilleros y presos de conciencia en Lecumberri.

De Lenin, en su Carta a un camarada sobre tareas de nuestra organización, recordó:

 “Todo el arte de la organización conspirativa debe consistir en saber utilizar a todos y todo, en dar ‘trabajo a todos’, y al mismo tiempo mantener la dirección de todo el movimiento, no por la fuerza del poder, se entiende, sino por la de la autoridad, de la energía, por la mayor experiencia, variedad de conocimiento y talento”.

Y de Mao aprendió de su ensayo Problemas de la Guerra y la Estrategia:

 “La tarea central y la forma más alta de toda revolución es la toma del Poder por medio de la lucha armada, es decir, la solución del problema por medio de la guerra. Este revolucionario principio marxista—leninista tiene validez universal tanto en China como en los demás países.”

De Federico Engels, el protector y amigo inseparable de Marx, se enteró:

“La insurrección es un arte, lo mismo que la guerra o cualquier otro arte. Está sometida a ciertas reglas que, si no se observan, dan al traste con el partido que las desdeña […] La primera es que jamás se debe jugar a la insurrección a menos se esté completamente preparada para afrontar las consecuencias del juego […] La segunda es que, una vez comenzada la insurrección, hay que obrar con la mayor decisión y pasar a la ofensiva. La defensiva es la muerte de todo alzamiento armado […] Hay que atacar por sorpresa al enemigo mientras sus fuerzas aún están dispersas y preparar nuevos éxitos, aunque pequeños, pero diarios, mantener en alto la moral que el primer éxito proporcione; atraer a los elementos vacilantes que siempre se ponen del lado que ofrece más seguridad, obligar al enemigo a retroceder antes de que pueda reunir fuerzas”.

o

Su mundo ahora era distinto.

Ramiro estaba sustraído, a sus 36 años, en la confusión y el desánimo.

De no ser por Berenia, difícilmente hubiese logrado abandonar México con su nueva personalidad, la de empresario de mariscos.

Y escapar de sus verdugos.

Robles y El Cachacas conocían de su existencia, pero no contaban con material gráfico o de un historial confiable para ubicar los antecedentes políticos o delictivos de Ramiro.

—o—

Los hechos se alteraron por una decisión de Philip: ofreció un  millón de pesos a quien proporcionara datos de los secuestradores y asesinos de su padre.

Una amiga de Berenia, empleada de la Procuraduría General de Justicia de Guerrero, quiso obtener el dinero y reveló lo que sabía.

Y Robles, con datos más precisos de Berenia, inició la cacería.

Lograron allegarse de información personal de Berenia.

En dos hojas carta, a renglón cerrado, esclarecieron dudas y acortaron distancias.

Artemio Campomanes o Berenia Campomanes de 25 años de edad; transexual (en proceso de practicarse la vaginoplastía), soltero, hijo de dos abogados de Chilpancingo y egresado de la Universidad Autónoma de Guerrero. Aun sin titularse en la escuela de Derecho. Es militante del Movimiento de Liberación Nacional Genaro Vázquez Rojas.

La amiga de Berenia conoció Ramiro en una discoteca de Acapulco.

 “Es un tipo bien parecido, como de uno setenta de estatura, muy fuerte y con una voz ronca, como de tenor. Probablemente  no pasa de los treinta años. Baila muy bien y toca la guitarra. Nunca habló de política y sí de música clásica. Es un fan de Mozart, Bach y Beethoven, porque nos habló mucho de ellos”.

Ni las huellas dactilares, obtenidas en el departamento de Berenia, les permitieron identificar a Ramiro. El guerrillero tampoco estaba inscrito en el Registro Nacional de Electores.

 “Este hijo de la chingada se parece al personaje de la película El Chacal, me cae de madres”, repetía Robles.

Sus gruesas patillas a la Elvis Presley transpiraban un sudor pegajoso y su ojo izquierdo amenazaba con ensombrecerse ante la presencia de una vieja carnosidad mal atendida. Nunca se desprendía de un grueso medallón de oro y una argolla en el lóbulo de la oreja izquierda.

Ramiro tuvo el cuidado de evitar algún registro fotográfico oficial.

Sin embargo, un falso pasaporte le permitió salir del país en un vuelo directo El Paso—Toronto.

En Ciudad Juárez sus contactos se encargaron de introducirlo ilegalmente a Texas, donde tenía reservado un boleto de Mexicana de Aviación.

—0—

Ramiro no se dio por enterado que las discotecas de Acapulco contaban con cámaras de video.

Gigi Islas, la amiga de Berenia, precisó día y hora de su ingreso a la discoteca Los Bebe’s.

El gerente del local entregó el material filmado en la fecha indicada.

La imagen del guerrillero terminó en el escritorio de Robles. El policía supuso que se trataba de un centroamericano o sudamericano. Por lo mismo, solicitó ayuda de la Interpol.

Los resultados fueron nulos.

Ningún gobierno latinoamericano o caribeño lo hacía suyo.

—0—

Berenia estaba bajo vigilancia. Robles aguardaba que cometiera un error.

Y así sucedió.

En Ciudad Juárez hizo una llamada telefónica: habló con su madre y pidió quinientos dólares americanos. Necesitaba pagar el hotel donde se hospedaba y un boleto de avión a Acapulco.

 “Te anda buscando la policía”, advirtió su madre. “Es mejor que te entregues. Vamos a defenderte ante cualquier autoridad judicial, porque el hombre que anda contigo es un asesino peligroso. Por favor recapacita”.

Berenia preguntó:

“¿Y quién me persigue?”

Su madre, respondió:

 “Un comandante de la PGR, de apellido Robles y otro hombre, según nos confío el procurador. Están fuera de control y teme lo peor contra ti. Por favor, hija, entrégate a alguna autoridad judicial. Allá en Juárez también tenemos amigos, como el presidente de la Barra de Abogados. Búscalo”.

Berenia cortó la comunicación.

El dinero le fue enviado, pero no intentó recuperarlo.

Ramiro resolvió el entuerto: sus contactos hicieron el pago, vía Internet.

—0—

Robles y El Cachacas, alertados por la conversación grabada, decidieron volar a Toronto.

No involucrarían a la policía canadiense.

Una acción, de esa naturaleza, sería contraproducente. El arresto tendría que hacerse por los canales diplomáticos y de inmediato los fugitivos recibirían protección oficial.

Un juez optaría por llamarlos perseguidos políticos. E incluso, podrían ser arropados por  organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Robles, antes de abordar el avión, contactó telefónicamente con Giovanni Bianco, un matón italiano de Toronto.

Las fotografías de Ramiro y Berenia terminaron en el correo electrónico del sicario.

“No deben salir vivos del aeropuerto”, fue la consigna.

—0—

En una pantalla del área de espera, el público observó la ceremonia del sepelio de Juan Pablo II.

Los gritos de “Santo, santo, santo”, atronaban en la plaza principal del Vaticano.

El cadáver del Papa terminó en uno de los extremos de la basílica de San Pedro.

Doce ujieres, de negro y blanco, cargaron el modesto féretro de madera de ciprés al término de una misa, donde asistieron cardenales y jefes de Estado.

Giovanni y tres acompañantes, siguieron con atención la ceremonia luctuosa.  Estaban de pie cerca del mostrador de Mexicana de Aviación.

 —o—

 “Hoy cumplió años mi hija Estela”, recordó el Cachacas. “Viernes ocho de abril y yo en este desmadre. Debería estar con los chamacos. Estela es mi orgullo, me salió muy chingona en la universidad y está estudiando leyes”.

Robles guardó silencio.

No era grato viajar por aire, menos experimentar el descenso de la nave, como en esos instantes ocurría. Una azafata pidió que levantaran los respaldos de sus asientos y ajustaran los cinturones de seguridad.

Sin objeciones.

—o—

En la sección de equipaje, metros abajo, Edgar contactó con Ramiro y pidió que no recogiera sus maletas.

Dijo:

 “Por seguridad tienen que separarse. Ana los aguarda en el estacionamiento 102, en una camioneta VAN, roja, con placas de Chicago”.

Ramiro se tusó la barba. El cabello lo cambio de negro a rubio. Usaba pupilentes y traje oscuro y corbata de seda del mismo color.

La Novena Sinfonía de Beethoven empezó a invadir el aeropuerto.

 Por la escalera eléctrica descendían Robles y el Cachacas.

Edgar y Ramiro aguardaban el arribo del equipaje.

Berenia cruzó la puerta y caminó hacia Ramiro.

 Robles la identificó.

Edgar, la interceptó para evitar que contactara con Ramiro. La tomó del antebrazo y condujo hacia otro extremo de la sala.

 “Soy Edgar… No me sueltes, ni te acerques a Ramiro”.

Berenia alcanzó a observar  a Ramiro que caminaba hacia el área de Migración, sin mirar hacia atrás.

 Los tres fueron aceptados como turistas.

En esos momentos, Berenia comprendió que Edgar fue compañero de vuelo.

La presencia de Ramiro pasó inadvertida para los italianos. Sus ojos enfocaban en Berenia y su acompañante.

Ambos tendrían que abandonar al área de taxis y cruzar la calle para introducirse al estacionamiento del edificio contiguo.

Berenia ya no volvió a visualizar a Ramiro.

La puerta vidriada se abrió y  Berenia recibió una bofetada gélida. Apenas tuvo tiempo de sobreponerse.

Cuatro hombres los envolvieron e introdujeron a una camioneta gris, con el motor en marcha.

Berenia entrecerró los ojos y creyó seguir escuchando los coros de la Oda de la Alegría.

En medio de la nieve, el vehículo se alejó del aeropuerto a gran velocidad.

HEMEROTECA: 2-4-tvnotas

Categorías
Crisalida

ACRÓSTICO (Relato 3)

crisalida

La ocurrencia del guionista no cae al vacío.

El productor la avala con las narices blanqueadas y una copa de coñac en la mano.

—Es sencilla, Tristán. Va: un transexual enfermo de SIDA, resentido por el maltrato que recibe en las clínicas de salud y de su familia, decide inocular de la enfermedad al dirigente nacional del partido en el gobierno y así poder enviar un mensaje de denuncia al mundo: los enfermos de VIH no son insectos, sino seres humanos que piensan y aman.

Lara, que copula con la rubia de las pantorrillas y nalgas tatuadas, detiene el fragor y comenta:

—Chingona la idea, pero no te olvides que la tensión del argumento debe centrarse en la preparación del atentado y no en el puto mensaje. De ser así, sería una película panfletera y el cine en esencia es acción, comedia o drama…

La güera protesta, aun tallándose el pene con frenéticos movimientos de mano.

—No pierdas el ritmo, cabrón, que estoy por venirme

El guionista vuelve a esnifar otra línea del polvo blanco que yace en la mesa de centro. Avala la sugerencia con un movimiento de cabeza.

—El nombre… —suelta el productor, aun en tanga y la pesada barriga flotando en sus flacas rodillas color difunto.

—¿Cuál nombre?

—El nombre de la película, pendejete

Violent in the hell —responde el argumentista con el popote metálico entre sus regordetes dedos.

—Mejor, Votary in the hell… —propone la güera.

—Me cuadra la idea —confirma el productor—, una religiosa o devota en el infierno y es el acróstico perfecto de VIH…

Ahora el que reclama es Lara:

Cabrona, tenías que meter la cuchara… y mira, esta chingadera ya valió madres, tocó piso

El amanecer aún era lejano. La güera, de tetas de silicona, seguía disponible para compartir placer y repasar sus diálogos.

Lara dirigía la película con dinero de su marido.

HEMEROTECA: PRO214

Categorías
Crisalida

AGUAS ROJAS (Relato 2)

crisalidaLas aguas arrastraban cadáveres, troncos y marañas. Eran pastosas y pestilentes. Habían desgajado los bordes —semipoblados de  jacalones y cercos— y derrumbado los dos únicos puentes de las carreteras San Fernando y Los Reyes Magos.

Pedro Lora y Nelson Galindo aguardaban lo inevitable.

Su equipo y comida enlatada fue devorada por la turbulencia del rio San Juan.

Los constantes relámpagos aluzaban instantáneamente las aguas turbias y espumorosas, donde flotaban y descendían, a gran velocidad, basura inorgánica e infinidad de bestias hinchadas e inermes: perros, gatos, vacas, burros, mulas, yeguas, cerdos, caballos, toros, gallinas…

 Los sicarios estaban atrapados en una isleta de cañabrava y manglares.

El huracán los agarró de repente, embotados por el sopor de la mariguana y el mezcal.

La orden de deshacerse del Mayor Pérez estaba resuelta. Otro hecho les preocupaba.  La vida de sus hijos.

El cuerpo destazado (si así podría llamársele) seguía a sus espaldas, sin brazos ni cabeza, junto a los “cuernos de chivo” y media caja de municiones y cargadores.

En dos bolsas negras reposaban las tres extremidades humanas, sanguinolentas.

La orden de Gabo Mujica fue rotunda:

—Se deshacen del cuerpo de ese cabrón, pero la cabeza y los brazos los arrojan frente al Palacio Municipal de San Juan.

Les entregó una cartulina con grandes letras rojas, donde se leía:

“Este puto era dedo y ya se lo yebo la chingada y asi acabaran los osicones…”

Pedro y Nelson, ajenos a los estruendos y el ajetreo hiriente del pasado —por ser eso, pasado—, seguían en la misma posición: encuclillas, ensimismados y, por el momento, sin entender lo que ocurría.

  Un día antes, a la medianoche, entraron al pueblo de Los Reyes Magos donde ejecutaron a tres hijos del Mayor y seis guaruras.

Lograron acatar las instrucciones de su jefe: secuestrar al capo, darle una madriza, obligarlo a escuchar una grabación y finalmente descuartizarlo a machetazos.

Jamás imaginaron lo que ocurriría después.

La tormenta obligó al gobierno abrir las compuertas de la presa del Carmen. Las aguas del rio San Juan se precipitaron encabritadas hacia los valles y arrastraron e inundaron todo lo que encontraban a su paso. Desaparecieron jacalones, bardas de contención y los dos puentes.

La loca carrera fluvial provocó derrumbes y ahogamientos.

El infierno.

En menos de dos días, como lo vaticino el alcalde Josefat Carrera, todo ser viviente de San Fernando seria “vomitado en el océano y devorado por los tiburones”.

Los sicarios tardarían varias horas en asimilar lo ocurrido. Carecían de un plan de contingencia, a pesar de poseer el don de las bestias: crueldad e instinto de sobrevivencia.

En su cerebro solo resonaba la amenaza de Mujica:

—No tolero los errores. El que falla, paga y no importa si caen antes. Mi venganza alcanza a sus padres e hijos… Y lo saben.

El viernes por la noche ascendieron por la ladera poniente del cerro Bola hasta la cumbre. De ahí, en una camioneta prestada, incursionaron a Los Reyes Magos.

Los lugareños, protegidos y amenazados por el Mayor, avalaron el ataque. Le temían y odiaban. Sus hijas y esposas padecieron los infiernos de su lascivia. Sus matones también los ultrajaban y saqueaban. Eran sudamericanos, principalmente de Colombia y Paraguay.

Pedro y Nelson no encontraron  resistencia en el poblado. Por el contrario, una colaboración absoluta.

El presidente del comisariado ejidal, don Lencho les describió a detalle la rutina del cacique y sus sicarios y cada rincón de la amurallada casona de muros de roca y techumbre de acero.

Todas las noches, El Mayor, cual batracio de aguas pantanosas, nadaba en un brazo del riachuelo La Joya. Lo hacía en compañía de dos mujeres extranjeras, desnudas y jariosas por tanto pasón de coca. Nunca lo abandonaban en sus zambullidas.

Los guardaespaldas, pertrechados con fusiles metralleta, confiaban en el entorno natural y la colaboración de los lugareños de Los Reyes Magos.

El Mayor ordenó crear cinturones de seguridad a treinta kilómetros de su fortaleza. Los halcones tenían instrucciones de informar cada movimiento extraordinario en las rancherías y cabecera municipal. Lo hacían a través de radios walkie—talkie.

Los policías municipales y algunos militares estaban en su nómina.

El jefe de seguridad del cacique subestimó la astucia de los dos sicarios contratados por Gabo Mujica, el temible capo del Cartel de La Sierra. Nelson y Pedro cruzaron el anillo de seguridad e incluso traspusieron los puestos de vigilancia de militares acantonados en San Fernando.

El Mayor y sus matones fueron sorprendidos en su madriguera, como suricatos y topos.

En pocos minutos, protegidos por la oscuridad, Pedro y Nelson exterminaron a sus adversarios. El estupor invadió a las dos mujeres y al Mayor, aún atolondrado por el alcohol, viagra y cocaína.

Nada pudieron hacer los sicarios sudamericanos frente el poder de la metralla de sus verdugos, gatunos y de piel oscura.

Nelson tuvo la puntada de darles el tiro de gracia en la nuca.

Al jefe de seguridad, atlético y rubio, le orinó la cara antes de cortarle la cabeza.

Después de la carnicería, el problema era otro. El huracán Rosa trastocó el plan original.

Los sicarios, oriundos de la Arauca colombiana,  quedaron atrapados en una saliente del rio San Juan. No lograron cruzar el puente de Los Ángeles.

En medio de una reducida mancha verde, plagada de manglares y huizaches y de tierra movediza, impávidos observaron la fiereza de las aguas rivereñas. Los lagartos y serpientes huían a gran velocidad, sin encontrar salida por tierra firme. Luchaban por su sobrevivencia, indiferentes a la presencia de los sicarios y su sanguinolenta carga.

Su hábitat ya no era el mismo.

El torrencial y los vientos huracanados confundían los olores de la naturaleza y la sangre humana.

Perdidos en un trozo de páramo maltrecho, Nelson y Pedro intentaban sacar fuerzas. No rendirse. El propósito final era encontrar una sólida salida para cruzar las aguas turbulentas y oscuras.

Una avioneta aguardaba su arribo en la cabecera municipal de San Juan.

Pedro y Nelson tenían algo en común: su mudez. De ahí que el esquelético Gabo Mujica confiaba ciegamente en su lealtad.

En su época de paramilitares optaron por cortarse la lengua al ser detenidos por guerrilleros de las FARC. Obtuvieron su liberación en un intercambio de rehenes con el Ministerio de la Defensa.

Y un detalle más:

Pedro y Nelson, quince años antes de su incursión a Los Reyes Magos, se casaron por lo civil en San Francisco, California. Un mes después, por acuerdo mutuo, adoptaron a dos niños de un barrio pobre de Belice.

Pedro II y Nelson II —brillantes alumnos de una high school montrealense— eran huéspedes de honor de Gabo Mujica, en su hacienda de Guadalajara.

HEMEROTECA: Clio.Historia 03.2019

Categorías
Crisalida

FIERROS VIEJOS (Relato 1)

crisalida6

Dhona Chalor Sanjuán…

Palabras ajenas, lejanas, con olor a crisantemo.

—Repítaselo… algo debe saber…

—Lo dudo, se la presenté como Crisálida.

La voz de Gael fue interrumpida por otra voz, femenina y autoritaria:

—Se lo presentó, quiso usted decir…

—¿Por qué debo mentir?  —se quejó mi vecino—, Dios sabe que digo la verdad…

Dhona Chalor Sanjuán—alguien le hizo caso.

De inmediato sentí un leve golpe en la mejilla derecha.

Preferí hacerme el muertito.

Todo estaba claro.

La enfermedad de Gael hizo de las suyas. Crisálida no logró percibirlo, por tratarse de una enajenada comerciante del sexo.

Hasta en el subconsciente intenté conservar su imagen femenina.

Sus ojos verdes y pies alados, como de bailarina húngara, hablaban de su extraordinaria belleza.

Nada importaba la ambivalencia del género.

—No haga eso, oficial, puede provocarle un sincope cardiaco, es ya un hombre viejo…

Imaginé al médico intentando conservar activa mi respiración, por encontrarme bajo su resguardo profesional.

En algo ayudaba estar tullido y tuerto.

—No lo creo —la mujer defendió su derecho a sacar adelante su despiadado oficio de investigadora—. Este anciano, como usted lo llama, fue un peligroso asesino en México y tenga la seguridad que es un simulador. No tiene marcapaso y tampoco lo veo en la sala de terapia intensiva rodeado de cardiólogos… Es un simulador decrépito…

De algo estaba seguro, difícilmente lograría imitar a Gael en su papel de cadáver.

El motivo: yo no padecía catalepsia y menos era afín a las terapias electroconvulsivas…

FIN

 

RELATOS INCLUIDOS EN EL LIBRO:

FIERROS VIEJOS

Eddy Murphy bromea.

El conductor de Sábado Nocturno, Garsson Jeremías, celebra las ocurrencias del comediante de doble sentido.

Murphy asegura que el viagra acrecentó la venta de las vacunas antitetánicas. Los televidentes secundan el chiste con aplausos y carcajadas.

Incluso, a seiscientos kilómetros de distancia, el médico forense, Bernard Lorenz, hace lo mismo.

En la plancha hay un cadáver.

Es “una persona de origen haitiano, de piel oscura y cabellera con tinte azul plumbago. Al parecer víctima de tres disparos de arma de fuego”.

Su asistente, Evelyn Díaz, hombruna, corta de piernas y sin cintura — por su adicción desmedida a las hamburguesas y Coca-Cola–, tuvo que ceder a su ignorancia.

 “No entendí”.

Bernard masculla, tras empujar con el dedo índice sus lentes de grueso vidrio bifocal:

 “Por lo de los fierros viejos, mujer… Carajo… No das una…”

 “Sigo en las mismas…”

Bernard Lorenz prefiere callar e iniciar la faena.

El cadáver aún porta un jean con valencianas acampanadas, blusón blanco de hilaza  —oscurecido por la sangre—, y unos botines negros de charol y puntas lastimadas por el arrastre.

Evelyn corta el blusón y dos promontorios mamarios, de enormes proporciones y puntas oscuras, como chupones de mamila, son expuestos ante la mirada indiferente del forense.

Una bala había perforado el abdomen y el sangrado era menos espectacular. La hemorragia mayor provenía del orificio de la cabeza, a la altura de la sien izquierda.

 “Noche de lobos, hay luna llena…”, dice Evelyn.

 “Las ratas y cucarachas salen de su escondrijo…”, complementa Bernard Lorenz.

En treinta y cinco años de servicio, nada le sorprendía.

Había destazado más de treinta mil cadáveres de todas las edades y géneros. Hasta el olor a formol en nada alteraba su gusto por la buena mesa y el vino blanco.

Bernard Lorenz comprobó el parte policiaco. La víctima se llamaba William Carter, de 28 años. Radicaba en el barrio Côte—des—Neiges.

El levantamiento del cadáver tuvo lugar en el parque Dufferin, en una de las banquetas de la calle Finchley, frente al bar Les Trois Sexes.

 “Veintiuno de agosto…”

 “Así es jefe… Sábado de luna llena…”

 “Cada mes es la misma historia… Los lobos no aceptan a los murciélagos…”

 “Pocos toleran las diferencias —dice Evelyn—: o eres ratón o eres mariposa… No hay punto intermedio. Pienso que su mayor error es imitar la promiscuidad de los quirópteros. Si se midieran un poco…”.

 “Anda, anda, quítale la ropa y bájale un poco el volumen al televisor. La noche es corta y tenemos que hacer el reporte… La pizza vegetariana nos espera”

—o—

Eddy Murphy en uniforme de policía.

El siguiente chiste aborda la visita de un hombre a la comisaria. Busca al ladrón que una noche antes saqueó su departamento.

Lo aprehendieron al activarse la alarma.

“¿Por qué quiere hablar con él?”, dice el comediante que le preguntó al nervioso sujeto.

“Para saber cómo le hizo sin despertar a mi mujer que es un verdadero dolor de cabeza”, me respondió”.

—0—

Garsson Jeremías está apoltronado entre el público. Tiene un disfraz de hada madrina. Es el animador del programa.

Aplaude y ríe escandalosamente.

Uno de los mayores aciertos del productor, Terry Bedard es tener al comediante en su programa.

Y precisamente por conseguir tal proeza, Terry organizó una gran fiesta en su mansión de Saint Leonard.

Eddy Murphy asistiría a su programa nocturno.

Eso ocurrió durante la primera semana de septiembre.

Los diarios locales dejaron constancia de sus excentricidades.

Terry, sin soltar su copa de champagne, presentó a su novio de veintiún años: actor de televisión y modelo de pasarela.

Le triplicaba la edad.

Una nueva versión de Behind the Candelabra.

 Terry en el papel de Walter Liberace.

Únicamente faltó Steven Soderbergh, el autor de la idea fílmica.

—0—

Mientras hurgaba las entrañas del cadáver para observar las coloraciones y olfatear los riñones, hígado, intestinos y el estómago, Bernard Lorenz no pudo sustraerse a esa visión reveladora: la presencia del miembro masculino, flácido e inclinado sobre una de las piernas.

El olor a alcohol, emitido por la perforación del estómago, aportó ingredientes a su reflexión.

William Carter no había alcanzado los treinta años cuando fue asesinado.

De acuerdo al dossier, arribó a Canadá una década antes de su muerte. Lo hizo solo, sin la presencia de algún familiar o amigo.

Era originario de Puerto Príncipe.   Al demostrar los abusos recibidos por su condición de homosexual, obtuvo el refugio político.

En menos de seis años trabajó su cuerpo con hormonas, ejercicio y cirugías, hasta darle la apariencia femenina.

En diciembre le practicarían una vaginoplastía.

No lo logró.

Un asunto pasional truncó sus sueños de ser animadora de televisión, según comentó el policía que elaboró el reporte preliminar.

—0—

Testigos del bar Les Trois Sexes confirmaron que un hombre de “sesenta o setenta años y cabello muy blanco” discutió con “la chica negra”, veinte minutos antes de escucharse las detonaciones.

Le reclamaba haberlo visto con su hijo en un hotel céntrico y robarle dinero de su pensión.

 “Serian como las once y media de la noche del viernes” y unos cuarenta minutos después del crimen, la policía recibió, por teléfono, la denuncia anónima.

En el bar veían el programa Sábado Nocturno cuando ocurrieron los hechos.

Uno de los testigos dijo que recordaba bien la hora.

En esos instantes Eddy Murphy “contaba el chiste” de los tres veteranos de guerra que bebían cerveza y hablaban de la vida y los éxitos económicos de sus hijos. También de su apego a la amistad.

Los tres residían en Montreal.

Uno era vendedor de bienes y raíces y otro propietario de una agencia de autos. Los dos le regalaron un departamento y un automóvil Ferrari a un amigo en común.

El tercer amigo era un veterano de guerra: coronel con bigotes a la káiser Guillermo II.

Este, dijo sobre su vástago:

“Debo confesarles que  mi hijo es homosexual y no trabaja, pero tiene dos amantes: uno es vendedor de casas y le regaló un lujoso departamento de tres recámaras y el otro tiene una agencia de autos deportivos y le regaló un auto deportivo de un millón de dólares.”

—0—

Evelyn, aún con la masa encefálica de la haitiana en las manos, prorrumpió en una risa repetitiva y ruidosa e interrumpió los pensamientos del forense.

—¿Y ahora qué te pasa..?

—Lo de los fierros viejos… Ya lo entendí… y es cierto, las vacunas antitetánicas son una bendición para las jovencitas caza-abuelos

HEMEROTECA: Martinez Jose Luis – Hernan Cortes

Categorías
Crisalida

LA OSCURIDAD (Cap.5-6, Final)

crisalida5

Jueves 1 de diciembre

Crisálida no respondía a mis llamados. Era urgente ponerla al tanto de mi descubrimiento, pero mis palabras terminaban en el buzón de voz. Lleno de ansiedad, y con temor a desvanecerme, dejé el edificio. En mi cacharro rodante enfilé a la costosa guarida de la stripper.

—Contesta, contesta, maldita sea…—repetía cada vez que activaba el teléfono portátil.

Mi imprudencia tuvo consecuencias.

En la calle Ontario fui alcanzado por una patrulla. Su conductor, un policía de rasgos asiáticos, me conminó con el altavoz a detenerme y orillarme.

Obedecí. Me quedé engarrotado frente al volante. Le rogué al Gran Stalin —colgado en el espejo retrovisor— que me zafara de la bronca.

—Sus documentos, por favor… —demandó el policía, güero y pecoso.

Desde la patrulla y tras el volante lo observaba su pareja.

—¿Qué hice, oficial?

—Sus documentos…

Los extraje de la guantera y entregué: permiso de conducir, contrato de aseguranza y credencial de ciudadano canadiense.

El policía cara-de-fresa, en una IPad metió algunos datos que copió de mis documentos. Dos minutos después, menos hosco, me los devolvió con una advertencia:

—Señor Almicar, tiene que ser más prudente al manejar… Pudo haber provocado un accidente al doblar por la calle Saint André…

—Discúlpeme, tendré más cuidado…

Mi cerebro dejó de codificar lo ocurrido. Retomó el asunto por el que me dirigía al departamento de Crisálida.

Me angustiaba imaginar una escena dantesca al entrar a la habitación donde dejé el cadáver: Crisálida destazando a Gael Arteaga con una sierra eléctrica y metida en un jorongo de plástico negro para protegerse de la sangre.

La desesperación es la madre de la imprudencia.

El haber hurgado los archivos virtuales de Gael permitió dilucidar algunas incógnitas sobre su vida. Jamás imaginé que fuera un enfermo crónico, con un grave problema de ansiedad y esquizofrenia. En dos ocasiones, su madre lo internó en un hospital psiquiátrico. Los medicamente que ingería no debían mezclarse con alcohol o cocaína. De hacerlo, alteraría su personalidad y convertiría a su entorno en un campo de batalla.

Crisálida lo obligaba a consumir Viagra, según me reveló. El medicamento tambien podría ser lesivo para su salud.

Iba a tomar el teléfono e insistir en el marcaje, pero reculé. Había llegado al edificio donde yacía, bocarriba, el cadáver de mi amigo.

La escena que visualicé casi paraliza mi corazón.

En la entrada principal estaban aparcadas dos patrullas con las torretas encendidas y una ambulancia. Lo mismo, una veintena de curiosos. No les importaba el frio.

La nieve cubría la banqueta, a pesar de haber sido salpicada de sal.

Pensé en huir.

Sin embargo, la insistencia de ponerme en contacto con la stripper me obligó a ser menos obcecado e imprudente. La policía fácilmente daría conmigo. Mi nombre y número telefónico aparecían en los móviles de Gael y Crisálida.

Tendría que enfrentar la verdad. Dar mi versión de lo ocurrido, era lo mejor.

El peritaje del médico forense esclarecería la causa del deceso. El único cargo que podría enfrentar ante el fiscal sería el de omisión de socorro, o algo por el estilo.

Mi saliva perdió dulzura. Empecé a tragar algo parecido al jugo de sábila.

Las piernas se me aflojaron. Tendría que romper el anillo humano para internarme al edificio.

Lo mejor será entregarme a la policía, pensé.

Un hecho era claro: yo nada tenía que ver con la muerte de Gael. Solo quise auxiliar a su amante. Lamentaba que Crisálida sería la pagana de la tragedia, al no poseer un estatus migratorio. Sin duda la investigarían en un Centro de Detención Preventiva del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración. Su única carta legal sería demandar refugio político y aguardar, en encierro obligado, que un juez migratorio decidiera su futuro.

Deja de pensar en ella, pendejo… Piensa en ti… En lo que te va a ocurrir cuando comprueben que eres un pinche comunista arrepentido, que madreaba a su esposa, a Patricia Mora, y que, por esa razón, te refundió en la cárcel en seis ocasiones y al final, al saber que tu padre fue gobernador, te mandó a chingar a tu madre…”

Me sorprendió que los tres policías que custodiaban la entrada no me retuvieran o interrogaran. Ni siquiera les interesó mirarme. Seguían en lo suyo. Incluso, uno fumaba y bostezaba.

Así que continué la marcha…

En el piso donde radicaba Crisálida, observé a dos paramédicos con uniforme azul turquesa y botas de minero. Sostenían una camilla.

Un policía, de espaldas, hablaba con alguien en la puerta del departamento.

Una cabeza conocida apareció sobre el hombro del agente.  En la camilla observé a Crisálida. Parte del rostro lo cubría una mascarilla entubada a un tanque de oxígeno..

Me quedé trabado. Un latigazo eléctrico, impredecible, caracoleó en mi organismo y golpeó mi cabeza.

El aire dejó de ventilarme los pulmones y el cerebro.

Me desplomé.

La oscuridad fue absoluta.

Lo único que lamenté fue no poder introducirme al pinche túnel negro con la lucecita al fondo. De lograrlo, hubiese tenido la oportunidad de reencontrarme con mis padres y la vieja Coralia Quintanilla, mi gruñona bisabuela la que, dos veces por semana, me apaleaba de niño.

—0—

6

Dhona Chalor Sanjuán…

Palabras ajenas, lejanas, con olor a crisantemo.

—Repítaselo… algo debe saber…

—Lo dudo, se la presenté como Crisálida.

La voz de Gael fue interrumpida por otra voz, femenina y autoritaria:

—Se lo presentó, quiso usted decir…

—¿Por qué debo mentir?  —se quejó mi vecino—, Dios sabe que digo la verdad…

Dhona Chalor Sanjuán—alguien le hizo caso.

De inmediato sentí un leve golpe en la mejilla derecha.

Preferí hacerme el muertito.

Todo estaba claro.

La enfermedad de Gael hizo de las suyas. Crisálida no logró percibirlo, por tratarse de una enajenada comerciante del sexo.

Hasta en el subconsciente intenté conservar su imagen femenina.

Sus ojos verdes y pies alados, como de bailarina húngara, hablaban de su extraordinaria belleza.

Nada importaba la ambivalencia del género.

—No haga eso, oficial, puede provocarle un sincope cardiaco, es ya un hombre viejo…

Imaginé al médico intentando conservar activa mi respiración, por encontrarme bajo su resguardo profesional.

En algo ayudaba estar tullido y tuerto.

—No lo creo —la mujer defendió su derecho a sacar adelante su despiadado oficio de investigadora—. Este anciano, como usted lo llama, fue un peligroso asesino en México y tenga la seguridad que es un simulador. No tiene marcapaso y tampoco lo veo en la sala de terapia intensiva rodeado de cardiólogos… Es un simulador decrépito…

De algo estaba seguro, difícilmente lograría imitar a Gael en su papel de cadáver.

El motivo: yo no padecía catalepsia y menos era afín a las terapias electroconvulsivas…

FIN

 

HEMEROTECA: pro94

Categorías
Crisalida

CORAZA ESPECIAL (Cap. 4)

crisalida4

Jueves 1 de diciembre.

Sin la evidencia física del ahora fiambre, pude regresar a mi cueva. La imagen de Gael hecha trocitos me incomodaba. Opté por beber vino tinto y semiemborracharme. Necesitaba tranquilizarme. Dormir sin sobresaltos.

En la ciudad no quedaba rastro de la tormenta de nieve del 20 de noviembre. Campeaban el frio y la humedad.

Dormí a plenitud, sin sueños o pesadillas; menos remordimientos.

Como a las cuatro de la tarde abri los ojos y comprobé que respiraba.

No lo lamenté.

El manojo de llaves continuaba en el taburete que utilizo de buró. Recordé que antes de reencontrarme con Crisálida planeé curiosear en el departamento de Gael. Lo tomé de sus enormes pantalones, sin consultarlo con ella. Me atreví en un intento de hurgar algo de su pasado y presente.

Me preocupaba el asunto de la familia de Gael. Lógico, en pocos días notarían su ausencia y seguramente lo buscarían. Entonces, las cosas entrarían en el terreno ministerial.

Era necesario hacer algo.

Por primera vez cambié el café disoluble por una buena ración de vino chileno. Ya animado y en bata de dormir, descendí al piso, donde Gael tenía su departamento de dos recámaras.

Al abrir la puerta, un ramalazo de calor me dio la bienvenida.

 La calefacción seguía encendida. Significaba que Gael planeaba regresar la misma noche, de no ocurrir la tragedia.

Al internarme en aquel solitario y desordenado lugar, observé que en el vano de la puerta de su habitación, se filtraba una tira de luz amarillenta.

—Gael… —murmuré pensando que alguien estuviera dentro—, Gael, soy Almicar…

Silencio y penumbras. Hacia esfuerzos por caminar de puntitas.

Giré la perilla y empujé la madera.

El dormitorio era un desastre. El televisor estaba encendido, sin volumen. Sobre una sucia almohada yacía un libro de bolsillo: Los cuentos completos de Guy de Maupassan, en castellano. Se lo regalé en su cumpleaños. Uno de los relatos, Bola de sebo (Boule de suif), fue el que más le impresionó. Sirvió de pretexto para beber whisky y pasar una buena velada en su departamento.

En algo coincidíamos: la mejor gente es la marginada y vituperada por la burguesía, aristocracia y la izquierda burocrática.

Me dolía pensar que al día siguiente tendría que descuartizarlo; convertirlo en carne molida. Merecía distinto final, porque durante los doce años de buena vecindad, siempre fue alegre y solidario. Sin embargo, nunca habló de su familia o amigos, únicamente de la fábrica de chicles y chocolates y algunas aventuras amorosas en bares, lugares de masaje y centros nocturnos.

Mientras cavilaba, escudriñé su closet y la mesa que utilizaba de escritorio, donde hallábase su computadora portátil. La encendí. En la pantalla apareció la fotografía de Marilyn Monroe agarrando un frasco de perfume Chanel 5.  Me apoltroné en el sillón y empecé a auscultar los archivos.

Tuve algunas previsiones, gracias a mi afición a las novelas policiacas: llegué equipado de un par de guantes de plástico y unas chanclas de baño que posteriormente incineraría.

Estúpida decisión.

Mis huellas dactilares podrían ser registradas en todos los rincones de aquel polvoso cuchitril. Lo mismo de Crisálida.

Me sorprendió encontrar en una de las carpetas cientos de fotografías de transexuales desnudos y videos triple equis. En el mismo archivo, abri dos carpetas rotuladas con las palabras Crisálida y ladyboy. Las causantes de su muerte o la muerte del caguamo.

Quedé anonadado al descubrir todo el material videograbado de su intimidad sexual e infinidad de chats.

En una memoria USB que tomé del caparazón de una tortuga —convertido en tazón—, copié el material gráfico y videograbado. Lo analizaría en mi departamento. Lo mismo hice con un archivo, intitulado Famille, donde hallé correspondencia electrónica y fotografías del peruano junto a distintas personas, latinas y quebequés.

El retorno a mi departamento tuvo dos inconvenientes. Fui avistado por un par de chamacos al cerrar la puerta de la buhardilla de Gael. El otro hecho infortunado: en los instantes de ascender por los escalones me topé con Guillaume Exarchopoulos que, sin ocultar su animadversión hacia mí, advirtió que le hablaría a la policía si volvía a invadir su lugar del estacionamiento.

—No ha sido solo una vez, señor Almicar –dijo con su bocaza de rubio desteñido y falsa dentadura— y hoy tuvo suerte que no lo hiciera, porque llevé mi automóvil con el mecánico…

—Le pido disculpas…

Bah –profirió, salpicando de saliva mis barbas y continuando su ascenso—, no necesito sus hipócritas disculpas… Usted avergüenza a la comunidad latina de Montreal…

Sus insultos no me calaron.

Los viejos tenemos una coraza especial, después de enfrentar la muerte durante varios años. Le temía a la prisión por haberla ya experimentado. Te vacía y mata lentamente.

Es la tortura más ruin que puede experimentar un revolucionario.

Mi preocupación fue otra, ante los inesperados encuentros: el saberme descubierto en chanclas y bata de dormir, después de salir de la madriguera de Gael.

De iniciarse una investigación policiaca, por denuncia de sus familiares, quedaría concatenado a los hechos. En Quebec, los agentes llegarían hasta las últimas consecuencias para esclarecer la desaparición de un obrero jubilado.

Gael Arteaga seria hallado completo o en cachitos.

No era un asunto fácil mentirle a la policía. Menos en un país especializado en interrogar a posibles delincuentes y generar guerras psicológicas, a través de la televisión, prensa escrita y radio. De llegar a focalizarme como sospechoso, tendría que despedirme de mi libertad.

HEMEROTECA: Taibo II, Paco Ignacio – Pancho Villa. Una Biografía Narrativa [pdf]

Categorías
Crisalida

MENUDA BRONCA (Cap. 3)

crisalida3

Miércoles 30 de noviembre.

Sus gritos fueron como picotazos de cuervo y calaron.

Ni la incomodidad de la tina impidió el viaje ad infinitum.

Los viejos dormimos poco y durante cuatro horas quedamos en absoluto estado de indefensión.

—¡Señor Almicar! ¡Señor Almicar! ¡Señor Almicar!

Pude destrabar el párpado y me enfrenté al atractivo rostro de Crisálida, pero lo confundí con un pez rosáceo a punto de morir asfixiado.

—¿Qué horas son? –cuestioné con somnolencia.

La suciedad del cobre jugueteaba en el paladar.

—Las cinco de la tarde…Tiene que acompañarme…

—No entiendo —repuse tallándome el ojo sano—, es muy riesgoso salir a esta hora…

Crisálida, perfectamente maquillada y enfundada en una escotada blusa guinda que apenas lograba retener sus balones de silicona, aguardó a que abandonara la tina del baño y me calzara.

—El encargado de la seguridad  —dijo— aceptó recibirme en la oficina del conserje… Es uno de mis clientes…

—¿Y yo qué pitos toco en esa bronca? La que da los servicios a domicilio es usted, ¿qué no?

—En esa oficina está la videograbadora —informó— y mientras yo intimido con Guy, usted recupera el disco compacto porque a las ocho de la noche lo relevan… Según Guy, cada veinticuatro horas le entrega el compact disc a la compañía, que es la responsable de brindar la seguridad al edificio…

—Creo que no hicimos lo correcto  —concluí malhumorado.

Crisálida optó por rehuirme. En la habitación contigua y frente al espejo del tocador, se dio los últimos toques de tintura roja en los labios. Sus nalgas, por lo corto de la falda, quedaban a la intemperie, al igual que sus gruesos chamorros que terminaban en un par de zapatillas blancas con tacones de aguja.

Sin evidenciar preocupación, hizo un comentario para inyectarme confianza:

—Los videos nunca los checan, señor Almicar, mientras nada ocurra en el edificio o si la policía los solicita…

Dando de trompicones, mientras me fajaba la camisa, entré al único dormitorio del departamento, donde, en la cama matrimonial, yacía una gigantesca cordillera ensabanada.

Crisálida durmió en el pasillo de entrada del departamento, sobre un sofá negro brillante. Tuve tiempo para engullirme un platón de macarrones y beber una cerveza con medio vaso de oporto.

Estaba metido en un embrollo y era demasiado tarde para zafarme.

Desde ese momento tendría que respaldar a Crisálida hasta el final e intentar salir lo menos dañado, en caso de ser detenidos por la policía.

Deshacernos del cadáver no sería una faena sencilla.

La compra del enorme congelador lo realizó Crisálida por Internet. Pagó los seiscientos dólares con mi tarjeta de crédito. En dos días lo instalarían.

Sin embargo, los enviados de la tienda de equipos para cocina podrían desconfiar al preguntarse ¿por qué el cliente, o sea Crisálida, necesitaba un congelador de tales dimensiones, en un pequeño departamento de soltero?.

—Tenemos que crear una empresa argentina, de exportación e importación de carnes frías —sugerí mientras consumía los macarrones.

—¿Y cómo? Eso tardaría varios días, me imagino, y lo que menos tenemos es tiempo…

—No va por ahí —solté con fastidio—, hay que pegar carteles en los muros del departamento de la supuesta empresa… Yo puedo diseñarlos en la computadora, pero alguien tiene que salir a imprimirlos en Wal-Mart o en el cibercafé de la calle de Saint Catherine

—Descansemos un poco para no cometer errores —recomendó Crisálida—. Ya veremos que se puede hacer antes de que Gael empiece a oler feo…

Tenía razón.

En mi caso, llevaba veintisiete horas sin dormir correctamente.

Gael nos esperaría, de eso estaba seguro. Aun así, lamentaba que mi vecino no recibiría un funeral digno y que su familia fuera ajena al deceso.

En mis tiempos de guerrillero, infinidad de compañeros fueron abandonados en tumbas clandestinas y sin que sus allegados dieran con su paradero.

El gobierno canadiense lo sabía, porque lo declaré ante los agentes migratorios cuando hice mi demanda de refugio político.

—¿Usted es cristiano? —preguntó uno de los agentes, observándome detenidamente.

—Lo soy…—respondí sin titubeos—y siempre le oramos a los caídos e incluso a los del bando contrario, sean militares, policías o sicarios

Con Gael no lo hice, porque en su muerte nunca intervine.

Me era ajeno. Si estaba ahí era porque su amante demandó mi ayuda y no tuve el valor de negársela.

Cuando descendimos por los escalones para alcanzar el primer piso, el taconeo de Crisálida me recordó a las prostitutas que visitaban al gordo Gael en su departamento. Me buscaba antes de introducirlas a su tóxico refugio y así saber de ellas.

Normalmente las meretrices eran cocainómanas. Por lo mismo, no me sorprendió que se relacionara con Crisálida.

Una anciana pasó por el corredor principal, jalando un pesado bolsón de compras con ruedas.

En el tablero del elevador la vieja apretó uno de los botones negros, sin volver la cabeza para vernos.  Después, nos escudriñó de pies a cabeza con sus ojos rapaces, sin hacer nungun intento de saludarnos.

Crisálida aguardó a que abandonara el lugar para hundir una larga uña escarlata en el timbre del departamento 3, donde en un pequeño rótulo dorado se leía la palabra Conserge.

Un negro calvo y de uniforme azul marino y camisa gris la recibió, pelándole los dientes.

Yo estaba oculto en una de las columnas de la escalera que conducía al estacionamiento.

Después de aguardar un par de minutos, penetré a la oficina del conserje.

En un largo escritorio con plancha de vidrio reposaba un monitor de cincuenta pulgadas. Seguramente era el lugar de trabajo del policía voyerista. La pantalla emitía en pequeños recuadros los distintos lugares del edificio: la entrada al recibidor, la sección de buzones, el estacionamiento y distintos escenarios de la calle.

No tuve necesidad de hurgar mucho. Ahí mismo, bajo el escritorio, hallábase el CPU.

Rápidamente extraje el compact—disc y lo sustituí con otro que agarré al azar de uno de los cajones.

La pareja proseguía en el sanitario.

Los resoplidos agónicos del negro.

Los gritos sobredimensionados de Crisálida, lograban trascender.

Me encontraba menos tenso.

Todo había ocurrido sin incidentes. Sin embargo, al abrir la puerta casi me voy de nalgas. La anciana del bolsón estaba frente a mí con el ceño fruncido y una caja de comida china en sus rugosas manos.

—Está con su esposa —alcancé a balbucir con premura—, le sugiero que venga más tarde…

Los jadeos del negro alcanzaron los decibeles salvadores. La mujer, sin despedirse, dio un rápido giro y caminó de prisa en dirección al elevador. La seguí y no paré hasta llegar al estacionamiento.

En menuda bronca estaba metido.

HEMEROTECA: pro84

Categorías
Crisalida

LA MUERTE DEL CAGUAMO (Cap. 2)

crisalida2

Miércoles 30 de noviembre.

El teléfono celular brincoteó y zumbó sobre la mesa. Tuve que interrumpir mi trabajo: escribir un largo relato en la laptop sobre  un hecho ocurrido durante un encuentro de hockey en Montreal.

Maldije.

Eran las tres cuarenta de la mañana. Ninguna persona consciente tendría la ocurrencia de molestar a esa hora, supuse, salvo que se tratara de algún asunto de mi ex esposa.

Seguramente Patricia no puede dormir y busca sacarme de mis casillas”, imaginé.

Ella seguía sin asimilar nuestra separación, ocurrida  doce años atrás. En vez de molestar a mis hijastros, domesticaba su furia con el hombre que la alimentó y amó durante casi dos décadas, a pesar de vivir en la clandestinidad.

—Almicar…

—¡Señor Almicar, soy Crisálida, por favor venga a mi departamento! ¡Su amigo Gael está muerto!

—¿Qué dice?

Había entendido perfectamente aquellos aullidos, pero quería estar seguro de lo que escuchaba.

—¡Está muerto, muerto, Dios bendito!  —y tras un largo sollozo, Crisálida pudo sobreponerse y repetir ya sin gritar—: Gael está muerto… No sé qué hacer, por favor, ayúdeme señor Almicar…

—Repítame su dirección…—demandé y anoté los datos en la contraportada de un libro de Malraux.

La nieve había embadurnado de blanco a la isla. La mayoría de los autos aparcados eran unos auténticos turrones de azúcar congelada.

Mi viejo Chevrolet 93, tras limpiar el parabrisas, los vidrios laterales y el espejo retrovisor, tardó cinco o diez minutos en rumiar para después sumergirse en la solitaria avenida de Le Commune en Paris.

Crisálida vivía en el viejo Montreal, cerca de la riviera del Saint Lawrence. Por el momento, gracias al frio, las avenidas y comercios permanecían solitarios.

Turistas y lugareños preferían permanecer en sus habitaciones, ver televisión y demandar, por teléfono, comida rápida.

Hasta las prostitutas se negaban a salir.

En menos de veinte minutos me introduje al estacionamiento del edificio y busqué el lugar del inquilino 303.

El chaquetón y la gorra rusa dabanme la apariencia de un veterano de guerra. Posiblemente las cámaras de seguridad registrarían mi arribo y el andar retorcido, que tanto molestaba a Patricia en mis tiempos de enclaustramiento en la finca de Los Olvidados.

Nuestras discusiones eran continuas al escasear los alimentos.

Sin embargo, la imprudencia provocó mi detención, tortura y encarcelamiento.

Crisálida  abrió de inmediato la puerta y observé que su rostro deslavado, menos femenino, reflejaba miedo y preocupación.

La seguí y en una de  las habitaciones apareció Gael en cueros, sobre el lecho matrimonial.  Semejaba una inmensa montaña de carne amarillenta. Tenía la boca y  los ojos abiertos, como si lo hubiesen estrangulado.

—Se la estaba mamando —gimoteó Crisálida, en bata y pantuflas—y empezó a asfixiarse y nada pude hacer para ayudarlo, Dios… Dios bendito…

—La muerte del caguamo  —murmuré—, pocos tienen esa bendita suerte…

—¿Qué hago?

La respuesta la lancé a descobijo:

—Lo que usted diga…

—No entiendo…

—El muerto sigue en su cama… No vale la pena preocuparse, murió por una mamada

Crisálida seguía en shock. Difícilmente dimensionaba lo tragicómico del asunto.

La policía haría su trabajo y confirmaría que Gael murió de un infarto, según pude deducir al verlo enterito, sin sangre visible y con los testículos arrugados, como pasas, reteniendo un trozo de carne algo venuda y con punta morada y gruesa, sin brillo.

—Soy una ilegal, señor Almicar, esa es la puritita verdad… —dijo Crisálida—, si me regresan a México, me matan… No puedo ser deportada, ayúdeme por favor…

Observé sus pies y me entusiasmaron. Si algo me vuelve loco son los pies de una mujer, no sus mentiras.

Crisálida tenía unos pies pulcros y perfectos en tamaño y color, muy femeninos.

Debo confesarlo, a pesar de aquel escenario inverosímil, de inmediato evoqué a Patricia y me calenté.

Me arrebolaba besarle los pies.

Lo cierto es que mientras ella se masturbaba con la punta de una botella de perfume no soltaba el revólver y repetía la misma palabra:

“Fidel… Fidel… Fidel…”

 En sus fantasías sexuales, no era nada fácil compartirla con el comandante cubano, pero la lealtad a la revolución prevalecía sobre cualquier inversión de cama.

—El problema es el tamaño…—le dije con sequedad a Crisálida.

—Pero si la tenía muy pequeña…

—Me refiero a su volumen, pesa no menos de cientos treinta kilos…

—Dígame lo que debo hacer y lo hago —asentó la atribulada dama con la bata abierta.

Las prótesis de plástico, enormes y altivas como una modelo de Playboy, quedaron evidenciadas. Eran muy parecidas a las de Kim Kardashian. Incluso, el transexual portaba mejores nalgas que la gringa.

—Por lo pronto —sugerí—, tiene que descansar… y después debe comprar un buen congelador para que mi amigo no se apeste…

—Como usted diga…

—¿Dónde está el cuarto de las cámaras de seguridad del edificio?

—Lo desconozco…

—Hay que borrar las huellas de Gael y las mías donde quedó grabada nuestra entrada al departamento…

Crisálida entendió el mensaje. Sin importarle lo que podía enseñar bajo la bata blanca, me llevó a la cocina y sacó del refrigerador una botella de oporto.

—Conozco al conserje y mañana investigo todo lo que usted me acaba de decir, no debe preocuparse… —dijo con más tranquilidad, mientras llenaba las dos copas con oporto.

—Bueno, hay aguardar a que el miércoles haga de las suyas, porque por el momento el asunto está controlado  —dije tras vaciar la copa—. Tenemos que descansar un poco y además no sería sano que nos filmaran saliendo…

Tirarme en cualquier rincón de aquel incomodo departamento en nada alteraba mi salud o estado de ánimo.

En Tierra Caliente había transitado y dormido en algunos lugares inimaginables, donde el páramo, el valle o la montaña, infectados de reptiles o arácnidos venenosos, eran nuestro único hábitat.

—¿Y no le dijo nada de la renta de su departamento antes de meterse a su cama? —lo mencioné, porque la esposa del conserje, un día antes, me preguntó si Arteaga enfrentaba problemas de dinero.

—No, solo me pidió que no se la mordiera… —respondió Crisálida.

Cabrón, le advertí que se dejara de mamadas…

Crisálida llenó nuevamente su copa de oporto y con una teta al aire, inclinó la cabeza. Su llanto convirtió sus tetas del 36 D, en un par de badajos tibios, duros e inquietantes.

—Le confieso que al gordo le encantaba hablarme de usted, mientras hacíamos el amor…

No me extrañaba escuchar esas palabras.

El peruano siempre estuvo al corriente de mis hábitos domésticos. En algunas ocasiones me sobreprotegía porque le preocupaban las consecuencias emocionales de mi soledad y defectos físicos.

—No hablemos más del difunto —dije tras vaciar la copa—. Pensemos ahora que mientras no sea molestada por su familia o el gobierno, tendrá que darle hospedaje… Le recomiendo que se acostumbre a su presencia y siga trabajando…

llamando-a-las-puertas-de-la-re-karl-marx1

HEMEROTECA: TvNotas – 14 Agosto 2018

Categorías
Crisalida

SIEMPRE DE FRENTE… (Cap.1)

crisalida

1

Martes 29 de Noviembre.

…Y continúa sobre la isla de Montreal una brillante y enceguecedora malteada de nieve.

El restaurante-bar acoge a una veintena de comensales solitarios, enfermos de melancolía. Gael Arteaga iza la mano, enorme como una manopla, y compruebo que está acompañado de Crisálida. Me sorprende. El acuerdo fue que primero lo hablaríamos antes de tomar la decisión final.

—¿Quiere la mesa junto a la terraza? –pregunta  la mesera del hiyab azul hielo e intenta ganarse la propina con una sonrisa agradable.

—No, gracias, me espera un amigo…

La joven de mandil blanco se aleja a pasos rápidos y continúo mi marcha. He dejado la chaqueta en el perchero de la entrada, pero olvidé meter mis guantes y la gorra de lana en los bolsillos. Incidentes como este pueden provocar la pérdida de ambos pertrechos contra el frio.

Gael me recibe de pie. Después del abrazo, hace la presentación.

Es una rubia que difícilmente puede ser ignorada, por lo ajustado de la blusa y su afán de destacar  lo que hay adentro. Sus labios son abultados, carnosos, y sigue intacto el tinte fucsia.

Deduzco que aún no han desayunado.

—Ella prefirió acelerar las cosas y acortar distancias —suelta Gael antes de dejar caer su pesado trasero en el sillón empotrado al muro.

Me siento a su lado para quedar frente a la stripper. Su perfume cala. No es desagradable.

Le alargo el brazo y su respuesta es inmediata. Nos estrechamos la mano. Así permanecemos unos segundos.

Es ella quien toma la iniciativa.

—Si usted va a contar mi vida que sea siempre de frente  —dice haciendo un coqueto guiño con el ojo derecho, verde esmeralda, y bajo unas largas y falsas pestañas onduladas—. Le dije a Arteaga que prefería empezar de cero a entregarle lo que ya he escrito.  Usted es el periodista y yo la roca de mármol a la que debe moldear… Acuérdese que somos dos en un solo cuerpo y tendrá que acostumbrarse…

Gael Arteaga fue el enlace, después de escuchar mi intención de terminar una novela corta que quince años antes empecé a escribir en Ciudad Juárez. Ambos vivimos en el edificio 1389 de la calle Maisonneuve y somos pensionados. Nos hermanó el gusto por la cerveza y el cine francés.

En contadas ocasiones terminamos bebiendo cerveza o ron en algún bar o centro nocturno.

Gael es oriundo de Cusco, Perú. Durante treinta y cinco años trabajó como empacador de chicles y chocolates, en una fábrica quebequense.

Su gordura nunca es un impedimento para seducir mujeres. Normalmente es ignorado en los bares de Montreal. No así en los países caribeños —República Dominicana, Puerto Rico o Cuba—, donde viaja una vez al año, en plan de turista.

Sus dólares lo transformaban en un dandy musculoso, varonil y simpático, de acuerdo a los comentarios de las jineteras que recoge en los malecones.

—El destino es un asunto serio —reflexioné en voz alta, en el instante que arribaba la mesera con bloc y bolígrafo en mano—. La historia me seduce porque en mis tiempos de reportero tuve la oportunidad de conocer a una persona con los mismos sueños de usted y por desgracia ignoré el desenlace de su vida… Compartía casa con ella y otros dos compañeros, uno era fotógrafo del mismo periódico donde yo trabajaba como reportero investigador… Le hablo de finales de los años ochenta… Ya llovió…

La mesera, ajena a nuestra conversación, focalizó a Gael en su interés de conocer lo que consumiríamos.

—El combo dos con café, no té, por favor —ordenó mi amigo y le entregó a la mujer las tres carpetas plastificadas de los menús.

No objetamos.

Gael pagaría la cuenta. Además, el combo demandado contenía un omelette con queso manchego, puré de papa, dos grandes trozos de tocino frito y jamón y un par de rebanadas de pan tostado con mantequilla.

Suficiente alimento para sobrevivir hasta las seis de la tarde.

Crisálida ya es ciudadana canadiense, como te lo comenté —dijo Gael, consciente que mentía.

—¿Entonces el tratamiento y algunas cirugías fueron subvencionadas por el Ministerio de Salud?

—No —aclaró Crisálida—, aquí llegué ya transformada y lo único que el gobierno hizo fue reconocer mi nuevo género y entregarme la carta de aceptación con el nombre que elegí: Dhona Chalor Sanjuán. Le aclaro que el Sanjuán es mi verdadero apellido materno…

—Pero le gusta que la llamen Crisálida  —precisó Gael—, porque es como la conocen en el centro nocturno…

Mi vecino no me había ocultado el asunto de la familia de Crisálida. Tal vez esa parte oscura o trágica de su vida fue la que despertó mi interés para aceptar la invitación del desayuno.

Crisálida nació en México, en una clínica de salud privada de un pueblo del eje volcánico mexicano: Yautepec.

En su adolescencia tuvo que enfrentar los crueles castigos corporales de su padre.

Crisálida lo apuñaló a los trece años para impedir que el policía municipal la matara de un balazo en la cabeza.

Los detalles del hecho tendrían que ser consignados, en caso de aceptar  la faena literaria.

En uno de sus tantos encuentros de cama con Crisálida, Gael seguramente le habría revelado algunos aspectos de mi vida: el ser periodista, ex guerrillero y refugiado político en Canadá, tras sobrevivir a largas sesiones de tortura y aislamiento carcelario.

Sin embargo, los empresarios o comerciantes canadienses ni siquiera podrían aprovechar el poco vigor físico que creía poseer, por estar tuerto y tullido de la pierna izquierda, producto de la metralla. No en balde me gané a pulso el sobrenombre de El Cuasimodo Almicar en la prisión de Saltillo, donde cumplí parte de mi condena.

Por presión de Amnistía Internacional fui indultado por el gobernador de Coahuila.

—No me responda ahora, señor Almicar —pidió Crisálida al terminar su almuerzo y repintarse los labios—. Lo invito el próximo lunes a cenar en mi departamento y tocaremos nuevamente el tema, porque además quiero enseñarle unas fotografías que le van a interesar…

No objeté y le tendí el puente del reencuentro:

—Trataré de no infartarme antes y tenga la seguridad que acudiré a la cena…

VIDEOTECA: