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EL FLORETE DE FONST

EL ESCUPITAJODesde la colina arrasada por los aguaceros de  septiembre podía divisarse una llanura brillante con caseríos dispersos y manchones de quebrachos y guayacanes arremolinados en los traspatios y parcelas. El puente del rio Akaray había quedado atrás con sus doce pilarones verdosos enlazados al lodoso camino de Asunción con Itarkyry y la supercarretera Itaipu que conducía al puerto de Foz de Iguazú, a donde se dirigen los Solano.

No era un día transitable por los excesos de humedad y lo solitario del paraje. Debían llegar a su destino ante el urgente requerimiento de salvarle la vida a Julio César Franco por indicaciones del párroco y el Intendente de Toledo Caaguazú, Nicanor Rojas.

El forastero logró sobrevivir de dos enfrentamientos a cuchilladas. Sus perseguidores tuvieron que desistir en su detención al refugiarse en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen y demandar ayuda.

Todo sucedió en Vaquería, pero el origen del conflicto se  inició en Asunción. Estaba relacionado a un hecho político de gran envergadura: el intento de asesinato del presidente de la república. El malherido lo reveló e insistió en su inocencia.

Franco responsabilizó de lo ocurrido a las Fuerzas Armadas del Paraguay.

El padre Francisco Molina sobrepuso sus temores. Les dijo a los dos militares que llevaban la orden de rematar a Franco que primero pasaban por su cadáver antes de presenciar una ejecución en suelo sagrado y frente a la Virgen del Carmen, la Santa Patrona de Toledo Caaguazú.

Los feligreses guaraníes,  presentes en la ceremonia del rosario, formaron un gran círculo en torno al párroco y el herido.  Tres eran policías comunitarios. Portaban viejos fusiles máuser. Fueron los responsables de sacar a Franco por los túneles del curato.

—No creo que lleguemos a tiempo. El cristiano se desangra y se pone muy blanco —advirtió Roque a sus dos hermanos que iban en el asiento delantero de la Van—. ¡Maena poco! Es mejor quedarnos en Itarkyry y dejarlo en la Intendencia para que lo atiendan.  Es mi creencia…

Hermes Solano, quien conducía la camioneta, lo contuvo:

—Sos no creas nada hermano y cumplamos las recomendaciones del padre Molina. Primero dejarnos matar que entregar a este hombre a las fuerzas castrenses, porque merece ser juzgado por una autoridad civil, aunque no sea del Paraguay.  En  Foz de Iguazú podrá ser protegido por los brasileños y que sus autoridades determinen si vos es culpable o inocente…

El menor de los Solano, Washington Credo, prefirió desatenderse de la conversación y enfocar sus instintos en la vigilancia.

El oxidado máuser 7.62 milímetros quemaba sus manos.

Habían transcurrido dos horas de trayecto y faltaba otro tanto para alcanzar su objetivo.

Los Solano sabían que los militares iban tras la cabeza de Franco. De alcanzarlos, pagarían las consecuencias.

El herido iba descamisado, con gruesas vendas empapadas de sangre en el torso y abdomen. Desconocían la gravedad de las lesiones. De acuerdo a lo dicho por el intendente Rojas, los puñales no perforaron el hígado o algún órgano vital, porque no sangraba por la boca, oídos y nariz.

Posiblemente sobreviviría si llegaban a un puesto de socorro antes del amanecer.

La noticia del atentado al presidente Macchi no había trascendido. En Toledo de lo único que se hablaba era lo mismo que Franco repitió ante el sacerdote y los guaraníes.

Mboré, yo solo vi que arriaban la bandera frente al Palacio de López cuando alguien hizo varios disparos… y el presidente cayó de espaldas sin que sus guardias lograran hacer algo… Yo estaba entre el grupo de deportistas y militares que acudimos a la ceremonia, cuando un oficial me metió una pistola en la axila y empezó a gritar que yo había hecho los disparos… Un coronel ordenó que no me mataran y tuve que defenderme con mi florete cuando uno de los uniformados empezó a lesionarme con una bayoneta… Yo no soy un chalai o un caballo loco, pertenezco al equipo de esgrima de la  Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción…

También se enteraron de su huida por el parque De los Desaparecidos y la bahía de Asunción.

En el atracadero de las Aduanas y Puertos robó una lancha rápida para llegar a la avenida General José Gervasio Artigas, donde fue auxiliado por unos campesinos de Vaquería a quienes les dijo que fue asaltado.

En la camioneta de redilas cargada de cerdos pudo superar el peligro. Trecientos kilómetros más adelante fue abandonado al borde de la carretera 13, en una de las entradas de la avenida San Blas.

En Vaquería lo aguardaba un guardia municipal para asesinarlo.

Pos este bobo es un gato montuno, ¡japirona!  y estoy seguro que la libra —el carichueco intendente Rojas exclamó sorprendido por lo que escuchaba.

Franco caminó desangrándose veintisiete kilómetros, de Vaquería a Toledo Caaguazú,  dejando a sus espaldas un cadáver con una fina perforación en el pectoral izquierdo.

Lo único que nunca abandonó en su huida fue su florete. Le perteneció al campeón olímpico de esgrima, de origen cubano, Ramón Fonst Segundo.

El rector de la universidad se lo había regalado. Hermes Solano prefirió arrojarlo al rio Akaray para evitarse problemas en caso de ser detenidos por la policía nacional o el ejército paraguayo.

HEMEROTECA: Dictadura Resistencia Buch Esteban – Musica

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PIADOSAS RAZONES…

EL ESCUPITAJOLa lluvia es escasa en estos tiempos. Tienes que acostumbrarte a racionalizarla. Debes aprovechar las aguas grises y bañarte una vez por semana.

Es lo más recomendable.

Te lo dice Jacinto Moya, el mayordomo mayor, antes de santiguarse con una rodilla en la tarima.

—Así es y así será padrecito… Dios sigue encorajiento con nosotros…

Te niegas a escucharlo. Odias a los indios.

Y si das tus servicios sacramentales en la parroquia de Cristo Rey es por simpatizar con los activistas de Bandera Negra de Coahuila.

El obispo así lo decidió. Debes acatar sus órdenes.

Ya habrá otra oportunidad para rebelarte.

—¿Cuándo me traen el alba y la casulla? —preguntas por preguntar, porque ya conoces la respuesta.

—Déjeme ir con Lupita pa’que me dé sus razones, padrecito…

—Dos semanas tienes repitiéndomelo y hasta el cíngulo y la estola ya apestan…

Claro, lo repites en voz baja y de espaldas al indio.

Cristo te observa desde la cruz de bronce pulido, con los ojos abiertos, azorados.

Tiene sangre reseca en la frente y el rostro demacrado, blanco y barbado.

Tampoco te conmueve su aspecto. Te han hecho creer que los pobres deben ser una prioridad en su iglesia.

Y no es así.

Es lapidaria tu conclusión: los miserables son ladinos, impuros, mitoteros, débiles y nada inteligentes.

Te dan asco y rabia, sin perder tu sonrisa bonachona, de abuelo paciente y tolerante.

Los huaraches de Jacinto rechinan.  Siempre te perseguirán mientras permanezcas en Texcatepec.

Es un ruido molesto, electrizante.

Si pudieras falsificar la custodia te permitiría allegarte de dinero fresco y adquirir una casa en Huayacocotla.

Es de oro macizo y tiene esmeraldas incrustadas.

El cáliz, la crismera, el hisopo y las vinajeras también son del mismo cuño.

Hay una fortuna en el altar y los indios son sus principales custodios. Jamás los pierden de vista.

Debes ser prudente.

De lograr la operación, únicamente los fines de semana permanecerías en este maldito rancho cubierto de bosta y moscas.

Los cerros han amurallado el lugar y el caserío sobresale en distintos puntos de la llanura. Hasta los oyameles asumen su rol de custodios. Sientes que día y noche te observan.

Les temes.

En fin, ya pensarás algo para recuperar tu ascendencia y no perder contacto con los compañeros de Bandera Negra.

La cita que utilizaste en la introducción de tu carta, reafirmará lo que piensas de la oligarquía coahuilense que se ha negado a comprar armas para la causa anticomunista. Se lo has reiterado a Franz y te dio la razón.

Hitler lo había visualizado y lo consignó en sus memorias.

El mundo burgués es marxístico, pues cree en la posibilidad del dominio de un determinado grupo de hombres (burguesía), mientras el marxismo busca calculadamente entregar el mundo a manos de los judíos.

Después de permanecer unos minutos en el altar, decides regresar al curato y recostarte en el sucio camastro de ixtle.

Tu sudor ha impregnado la colchoneta sin sábanas. La falta de ventilación contribuye con el problema. El olor es rancio y cala. Te deprime. Por lo mismo, prefieres no continuar tus lecturas e intentarás dormir, antes de celebrar el rosario.

La Biblia y Mi Lucha, te permiten seguir consciente y convencido de tu gran misión salvadora.

Un Adolfo Himmler Mendoza nunca traicionará sus principios, piensas.

Y en tu rostro ario trazas una sonrisa de satisfacción, como si te masturbaras.

Tus ojos azules refulgen. Son herencia de tus padres y abuelos.

Y evocas la recomendación de Jacinto:

—Padrecito, la lluvia es escasa en estos tiempos y tiene que acostumbrarse a racionalizarla…

Y no te contienes:

—Malditos indios…

HEMEROTECA: tele28ene20

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EL METICHE

hqdefaultCaso resuelto.

Regreso a mi cueva con la laptop bajo el sobaco. Quince dólares pagué por activar el icono de acceso a Internet.  

La libré.

Y el Metiche estaba, como siempre, en el vestíbulo del edificio.

Larguirucho, colorado y vaciando su termo con whisky barato.

Piquet tiene su escondrijo en el basement.

—¿Ya arregló su compu? —me recibe escarbando algún asunto que no le incumbe—. Le dije a Guty que si necesitaba ayuda, yo conozco a un técnico.

—Gracias, todo está bien…

Piquet es una garrapata. Si le abres la puerta de tu departamento te ves obligado a permitirle abrir tu refrigerador. Él hace lo mismo cuando lo visitas.

La diferencia gravita en el contenido del frigo. En su caso, es una caja semivacía que tirita y arroja un vaho frio. Es posible que solo encuentres una tapa con tres huevos y cervezas de lata.

Reparar mi laptop no fue algo sencillo.

La baja temperatura amorata la piel. Hay que chapotear en los montículos de nieve.

El tipo que me vendió el aparato sigue ausente. Un rótulo colocado en la puerta de su changarro anunciaba su reapertura el 19 de enero.

En el andén comercial de Saint-Hubert descubrí un local donde reparan celulares y ordenadores. La chica que atendía el mostrador era venezolana. Su esposo, quebequés, es técnico en informática.

En diez minutos resolvió el problema.

—¿Fui hackeado? —pregunté, un poco ciscado por haber experimentado otras acciones parecidas.

—Todo es posible —asentó el hombre pelirrojo y pecoso—. ¿Descarga películas, libros o alguna publicación sin pagar derechos?

—En algunas ocasiones.

—Tenga cuidado, algunos sitios descargan virus.

—Regalar tiene sus costos —murmuro.

—Perdón, no entendí…

—Nada, que muchas gracias por reparar mi ordenador portátil.

Lo cierto es que los libros o revistas que regalo en mi blog están a la deriva del mar virtual. Yo solo lanzo el anzuelo y comparto lo capturado.

Una hora después, en el vestíbulo del edificio, acepté el ofrecimiento del Metiche. Bebí un poco de whisky del termo.

Acido puro.

Lo necesitaba por el frio.

Durante treinta minutos tuve que mamarme la retahíla verbal de Piquet. En un francés champurrado, muy quebequés, me puso al tanto de las aventuras y desventuras cotidianas de cada inquilino.

Y seguramente también estaba al tanto de mis cuitas.

A Guty, mi amigo y vecino, se le afloja la lengua con un poco del whisky chafa del Metiche.

HEMEROTECA: pro11ene20

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EL PARTIDO

EL ESCUPITAJOEl Viernes Santo lo apalearon por arrojar agua a un parabrisas.

En ambulancia dos paramédicos lo auxiliaron, después que un taxista le reventó los labios, fracturó la nariz y le quebró dos costillas.

Durante el trayecto al hospital alcanzó a murmurar su nombre  —Uriel Santamaría— y después perdió el conocimiento.

Iba sucio, descalzo y cubierto de trapos desgarrados.

 El hedor de pies era molesto.

—Tengo guardia  —reiteró Onésimo Calderón por el teléfono celular adherido en el tablero—, no creo que hoy pueda ir contigo, discúlpame.

Su bigote recortado era parecido al de Groucho Marx, el comediante estadounidense, o Adolf Hitler, el líder alemán nazi.

No ocultaba su enfado.

Victor Torres, su compañero de labio leporino y una suástica tatuada en el antebrazo derecho, volvió a ingerir cerveza de la ánfora plateada.

El tráfico vial era un caos, a pesar de ser Semana santa.

—Vete con mi hermana… El domingo vamos a bailar a donde quieras… Entiéndeme, estoy trabajando. Ahorita llevamos a un apestoso pordiosero al hospital, le partieron la madre por limpiar un parabrisas…

Uriel tenía la boca abierta. La sangre amenazaba con ahogarlo.

Estaba inmóvil, bocarriba y atado a la camilla por ambas muñecas.

La ambulancia no cesaba de chillar.

El paramédico del ánfora plateada entrecerró los ojos e intentó abstraerse del ruidoso monólogo de su compañero. Harto estaba de escuchar sus broncas de enamorado.

Tenía suficientes problemas domésticos como para impregnarse de otros, ajenos a su cotidianidad. Su madre era alcohólica y trabajaba de bailarina en un burlesque del centro de la ciudad.

Nunca faltaban en el departamento los frascos de anfetaminas y whisky.

Las pastosa barba del desarrapado, roja y grisácea, dábanle un aspecto de crucificado.

Víctor bajó la vista y descubrió que el paciente tenía grabado, en uno de los pectorales, el rostro tumefacto de Jesús el nazareno con todo y corona de espinas.

Sangraba desde la frente a la barbilla. Y miraba hacia el cielo.

—No quiero pelear, por favor  —recriminó Onésimo—. Te digo que estoy trabajando… ¿Cuáles putas? Yo no me mando solo y tú lo sabes. El capitán Sánchez decidió quienes íbamos a estar de guardia este fin de semana.

Si su padre no los hubiera abandonado, él seguiría seguramente en la preparatoria e ingresado a la facultad de medicina, pensó Victor.

Su padre optó por vivir con la secretaria de su jefe y solicitar su cambio de plaza. Dejó la ciudad de México para radicar con su amante en una comunidad fronteriza, a dos mil kilómetros de distancia.

De no ser por el Partido y el amor a su madre habría hecho una estupidez. Su vida no tenía sentido antes de conocer en la preparatoria a Onésimo.

—Tú me conoces Jessica, ya deja de dudar… Por Dios, eso quedó en el pasado. Ya tenemos un hijo y ustedes son mi prioridad…

Equis-pe-uno a Jaguar amarillo, cambio… Equis-pe-uno a Jaguar amarillo, cambio…

—Espera mi amor, ahorita te hablo —pidió Onésimo—, nos llaman por la radio… ahorita, te llamo, por favor…

—Aquí, Jaguar amarillo, adelante… aquí, Jaguar amarillo, adelante…

—Alfa grande, repito Alfa grande dice que lleven al lesionado a otro hospital, porque en el Lucero ya no hay camas… Repito, llevar al lesionado a otro hospital… ¿Copiaron?

Sí, si Equis-pe-uno, comprendimos… copiamos…

—¿Pueden darme algunos datos del paciente, Jaguar amarillo? cambio…

—Si Equis-pe-uno… solo sabemos que se llama Uriel Santamaría. Repito: Uriel Santamaría… y lo levantamos en el cruce de la Uno y 25, al parecer fue golpeado por dos sujetos que iban en una Van blanca sin placas… ¿Me copia, Equis-pe-uno? cambio

—Sí, si Jaguar amarillo, le copio… ¿Tienen su edad y domicilio, Jaguar amarillo? Cambio…

—No, Equis-pe-uno, pero calculamos que no pasa de los cuarenta años y sin domicilio fijo… Cuando lo levantamos traía una botella de plástico con agua, una franela y como diez pesos en monedas, cambio…

—Aguarde Jaguar amarillo, aguarde…

Víctor y Onésimo observaron al lesionado que seguía ajeno a ellos  y al escándalo de la ambulancia.

La hemorragia no cesaba. La sangre algo negruzca empapaba su larga cabellera y el almohadón.

La lesión interna podría ser más grave de lo que suponían.

El teléfono de Onésimo volvió a repicar.

—Hay una emergencia, por favor… ahorita te hablo….

Y cortó la comunicación bruscamente.

—Jaguar amarillo ¿me escucha? Cambio… Jaguar amarillo, ¿me escucha? Cambio…

—Si Equis-pe-uno, lo escucho, cambio… Alfa dos, a la línea… repito Alfa dos, a la línea, cambio y fuera…

El teléfono celular de Víctor vibró dentro del estuche colgado al cinturón.

—¿Sí?

—Alfa grande ordena que sigan los recorridos en la ciudad ¿Me copian, camaradas? Nos vemos en la garita… cambio y fuera….

—Le copiamos, entendido camarada Alfa dos… cambio y fuera…

La ambulancia dejó de ulular y abandonó la ciudad.

Onésimo logró convencer a Víctor que al menesteroso lo sacrificarían con una sobredosis de ácido lisérgico.

Su propia sangre lo ahogaría y el deceso no despertaría sospechas.

—¿Qué vas hacer el domingo? —preguntó Onésimo. Lo hizo por simple distracción.

Realmente pensaba en su esposa, en Jessica.

—Iré al supermercado con mi madre, eso espero… Y en la noche tengo una reunión de Partido… Ojalá no se le ocurra al camarada Cedeño madrear más miserables y prostitutas… Ya lo conoces…

—Adoro hacerlo, me relaja —dijo Onésimo, pellizcándose el bigotito.

HEMEROTECA: Mexico en llamas – Anabel Hernandez

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OJOS SIN LUZ

EL ESCUPITAJOBajo el ramaje plástico del pino, un recién nacido permanece quieto, metido en su cuna de lianas y paja.

En breves minutos arribará la luz del aura.

El bebé no duerme, como el viejo Zapata. Está desnudo y con sus manitas levantadas.

La habitación huele a romeritos, carne asada, tortillas frescas, cebada fermentada, perfume de jengibre…

Imposible conservar el mismo silencio, por ser un día especial.

La noche tuvo sus bemoles.

 En cada departamento hubo jaleo. Excesos de alcohol y música.

Verbena de fe.

La brújula enloquece. El crucero flota en un lecho de heno, aun en su caja con manchones azules.

Por allá, el caballo de crin dorada, sin arreos o herraduras de diamante. Un simple jamelgo de pilas, dispuesto a arrastrar dos patas y lanzar relinchos entre sus belfos articulados.

Cléante aún conserva un mocasín, a pesar de estar echado en el diván.

Diez pasos adelante, tras la puerta de la habitación, Marie y José Luis duermen desnudos.

En el segundo cuarto, el de Joseph, la soledad es plena. El muchacho está ausente. Decidió dormir en casa de Lina, su vecina y compañera de aula. No era la primera vez.

El padre de Lina —José Luis— seguramente es ajeno de lo que ocurre en su departamento. Es padre soltero.

Las luces del pino-plástico siguen encendidas. En las esferas de distintos colores, se refleja la imagen desvalida de Cléante, el padrastro de Joseph.

Cada personaje carga su propio drama.

En siete días, algo nuevo les espera, según el oráculo de las hilanderas romanas, Morta, Nona y Décima.

En la isla sin nieve, solo un frio cortante.

El viejo del basement, distrae su insomnio con una película romántica de Richard Linklater: Before Sunrise. Una de tres con el par de personajes: Céline es francesa y Jesse, estadounidense.

Teatral, evocativa, intelectualizada.

Largo anecdotario extraído por Linklater y Kim Krizan (los argumentistas), de periódicos, revistas o libros de psicología.

El abuelo de  Joseph gimotea. Don Daniel Zapata —como el cuentista y poeta José Luis Borges—, solo puede leer los subtítulos con los sueños de sus  ojos sin luz.

HEMEROTECA: tele24dic09

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EL DOBLE

EL ESCUPITAJOEl reloj bilógico no tiene manecillas. Gira hacia cualquier dirección, de ahí la diversidad emocional y física.

Es una gramola de tierra.

Y como en Las Vegas, lo que suceda en la tierra se queda en la tierra.

No desechen su accionar diario en bagatelas.

La parcela deseada en el Jardín del Edén no es para mediocres y cobardes. Menos para arrepentidos y chillones.

Detienes la marcha. No te importa el clima. El carrito negro con ruedas es un cilindro deforme. Levantas la tapa y hurgas en sus entrañas. Inhalas el vaho de sudor rancio impregnado en la ropa.

La idea no puede desecharse.

En la libreta anotas, solo en la fría calle, a tres manzanas de la lavandería.

Es lunes.

Y cada dos semanas lavas tus triques y los de la cama.

Sigues sobrio, a pesar de ser mediodía.

Raphael, El Divo de Linares, dejó de aullar en tu videoreproductor PSP. Con hígado ajeno y color de pelo, aun atrae multitudes. En el aparatito posees los 83 álbumes de sus canciones y las quince películas donde actuó.

Por el momento, la rola Yo soy aquel quedó truncada.

Un tipo desgarbado, con las manos metidas en las bolsas de la chamarra, hace un alto. Tiene la cara cárdena, alargada como un bumerán, los ojos apenas perceptibles, lagrimeantes, y una nariz enorme, cacariza, de alcohólico.

—¿Tienes un cigarro que me regales? —te dice en francés.

—Te lo debo… —respondes.

Te observa garabatear una página de la libreta. Lo ignoras.

Y lo primero que te llega a tu mente son dos preguntas:

¿Este hombre de donde proviene? ¿Cómo pudo llegar a esta edad y al crucero?

Traes en el estómago un poco de miel y cereal con leche. No quisiste iniciar la mañana con una taza de café y coñac.

Juan El Bautista, el profeta, solo se alimentaba de miel y langostas.

Y perdió la cabeza por ejercer el periodismo crítico. Le incomodaban las calenturas sexuales de Herodes Antipas.

Evocar el detalle te alegra el momento.

La lavandería está semivacía. Las dos mujeres que charlan sentadas en una banca de madera, cercana a una hilera de lavadoras, ignoran tu llegada. No están ahí por el servicio, sino refugiándose de la baja temperatura. Sus rostros lo dicen todo: hinchados por los excesos de alcohol. Despiden los inconfundibles aromas, etílico y de nicotina.

Una de las mujeres, rubia y ajada, te recuerda a Lizbeth Gary, tu maestra de francés.

Dicen que en la tierra deambulan personas muy semejantes físicamente.  Y lo crees. Tu eres el mayor ejemplo.

La doctora en anatomía de ciencias forenses, Teghan Lucas lo demostró en un meticuloso estudio realizado con cuatro mil militares estadounidenses.

Concluyó:

Hay una de cada 135 posibilidades de que exista una pareja de dobles perfectos.

Los criminales más buscados, deberían aprovechar esa oportunidad natural para perderse de la policía, los parientes y sus matones.

La ciencia ahora les permite incursionar en el género contrario, sin perder su virilidad.

No te contienes.

La risa estalla, después de insertar, en una rejilla, las ocho coins (monedas de veinticinco centavos) y meter en la lavadora, una toalla, dos sábanas, dos fundas, cinco chones, ocho playeras, dos camisas, un pantalón de mezclilla y tres piyamas.

La doble de Lizeth te aborda.

—¿Me podrías regalar una monedas?  —te pide en castellano.

—Bien sûr que oui… —respondes en francés.

Le depositas en su pálida palma, cuatro monedas de dólar.

Al activarse la lavadora, te alejaste de la mujer.

Tus recuerdos como alumno de Lizbeth Gary no eran gratos. Odia a los inmigrantes y no lo esconde.

—Ustedes solo vienen a quitarnos los buenos empleos y a abaratar la mano de obra calificada —reiteraba en francés, durante algunos recesos.

Ella suponía que todos los alumnos no entendían sus reproches.

En el área de las maquinas secadoras, retomaste tu comunicación con El Divo de Linares.

Y canturreaste:

…Y estoy aquí aquí, para quererte./Estoy aquí aquí, para adorarte./Yo estoy aqui aqui, para decirte,/que como yo, nadie te amó…

Lo escuchabas y lamentabas.

Por falta de dinero, a Miguel Rafael Martos Sánchez, apodado Raphael, difícilmente lo abordarías en alguno de los teatros de Madrid, para que comprobara tu gran parecido físico a él.

Hasta te tatuaste la curvatura de sus cejas pelirrojas.

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NIÑA LUZBEL

EL ESCUPITAJO Hay dos maneras prácticas para evadir la incomunicación y suponer que el mundo nos escucha con solo cerrar los ojos: el sueño e internet. El hecho es tan real que asusta porque cada usuario suelta lo que tiene dentro y convierte la palabra escrita en una pintura fresca, impregnada de sentimientos, dudas o resentimientos. Del humor a la tragedia, depende de unas cuantas teclas del ordenador…

Luzbel Garrido, sobrina del gobernador de Tabasco, nunca pensó ver lo que, cien años después fue posible: estar en una gran metrópoli, comprar  botas de nieve y observar un enfrentamiento a balazos entre policías y sicarios.

Luzbel se lo contó a su madre durante el carnaval de Tenosique, en una comilona de barbacoa.

Y Matilde se lo confió a Tomás Garrido Canabal.

—Nieve, nieve.. Ay cuñada, dile a Luzbel que la va a conocer y muy pronto… Tengo planes de ir a la capital y me la llevo al Iztaccihuatl.

Y le cumplió:

El 24 de diciembre de 1919, Garrido Canabal tuvo un encuentro con el general Álvaro Obregón , en la ciudad de México. En el viaje se hizo acompañar de su hermano Pio Sexto, Matilde y Luzbel.

El gobernador interino no simpatizaba con Venustiano Carranza. Era aliado de una camarilla de sonorenses que intentaban tener el control político del país.

El jefe guerrillero Emiliano Zapata  había sido ejecutado nueve meses atrás. En la misma fecha, el general Francisco Villa entró en negociaciones con el gobierno federal para deponer las armas y retirarse a la hacienda de Canutillo, Durango.

Venustiano Carranza quería imponer como su sucesor en la presidencia de la república a su embajador en Washington, Ignacio Bonillas. Eso molestó a Garrido Canabal, enemigo acérrimo del clero católico.

Luzbel no disimuló su alegría al enterarse que conocería la nieve, como en sus sueños.

Durante su cumpleaños nueve, Garrido Canabal le regaló un cerdo blanco llamado El Papa.

Y siempre que los visitaba preguntaba por el cerdo y la perra María, una dálmata que adquirió durante un viaje a San Francisco.

A su primogénito, primo de Luzbel, lo llamó Lenin.

También organizó un comando paramilitar, denominado Camisas rojas. Lo utilizó para perseguir y asesinar a sacerdotes y mayordomos de los templos católicos.  No dudó en ordenar el fusilamiento de santos, vírgenes y cristos de yeso y madera.

El gobernador, adoctrinado con la experiencia bolchevique, suponía que la iglesia católica era la responsable de todos los males sociales predominantes en México.

Su misión —y la hizo saber a sus seguidores—, era poner en marcha un programa de educación laica, pública y gratuita.

Y a los maestros  rurales los convirtió en promotores de la revolución cultural tabasqueña. Su cruzada antirreligiosa duraría casi quince años.

Desde su asiento del vagón, Luzbel observó las montañas del Iztaccihuatl y Popocatepetl.

De boca de Tomás Garrido se enteró de una leyenda indígena, relacionada a los volcanes.

Popocatepetl era un general azteca e Iztaccihuatl, la hija del emperador Tezozomoc.

El jefe militar, antes de contraer nupcias con Iztaccihuatl, fue comisionado para someter a un dirigente rebelde oaxaqueño. Al retornar de la misión, le informaron que la princesa se había suicidado. Ella creyó que su esposo había muerto en manos de los zapotecos.

Entonces, Popocatepetl tomó en sus brazos a la hija de Tezozomoc y abandonó Tenochtitlán (hoy Ciudad de México).

Detuvo su marcha a cincuenta y cinco kilómetros de  Tenochtitlán ahí se quitó la vida.

Los enamorados suicidas se transformaron en los volcanes Iztaccihuatl y Popocatepetl.

Luzbel lloró al recordar la tragedia de los enamorados aztecas.

Su madre, conmovida, le confió de lo ocurrido a Garrido Canabal.

El gobernador en una de las charlas informales, se lo comentó al general Obregón, que divertido, dijo:

—Calan más las historias de amor, que los desencuentros políticos, cargados de odio. El Barbas (Carranza) ya quiere ser inmortalizado… Apúntate Tomás para que lo cargues…

Luzbel con más de cien años a cuestas, alcanzó a conocer los ordenadores portátiles y los teléfonos celulares.

En 1984 decidió vivir en Montreal. Nunca quiso regresar al México de sus ancestros, al suponer que su tío Tomás había sido traicionado por el presidente Lázaro Cárdenas del Rio.

Estaba segura que el general michoacano alentó la trifulca de la Plaza de Coyoacán, en febrero de 1934, que provocó el asesinato de una jovencita católica y el linchamiento de un camisa roja.

Su tío, entonces Ministro de Agricultura y Ganadería, tuvo que renunciar y exiliarse en República Dominicana y posteriormente en Costa Rica.

En 1940, muy enfermo regresó a México.

Tres años después, el 8 de abril de 1943, murió en un hospital de Los Ángeles, California.

El domingo 8 de abril de 2012, en su diario, Luzbel escribió con una caligrafía perfecta:

Hay dos maneras prácticas para evadir la incomunicación y suponer que el mundo nos escucha con solo cerrar los ojos: el sueño e internet. El hecho es tan real que asusta porque cada usuario, hombre y mujer, suelta lo que tiene dentro y convierte la palabra escrita en una pintura fresca impregnada de sentimientos, dudas o resentimientos. Del humor a la tragedia, depende de unas cuantas teclas del ordenador…

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INJUSTICIA

EL ESCUPITAJOEn 1975 viajé a Los Mesones Hidalgo, Oaxaca. Lo hice en compañía de un indígena zapoteco, empleado de  una casa de materiales de construcción, en Orizaba, Veracruz.

En la ranchería, partida por una carretera mal asfaltada, vivían sus padres y seis hermanos.

Don Pancho, su padre, era ciego, pesado de carnes y nunca se separaba de sus huaraches y un sombrero de lona, grasoso por la falta de aseo. Tendría setenta años y una barba hirsuta, grisácea, como su intrincada cabellera.

Doña Margarita era la madre de Margarito. Mujer fuerte, sumisa y callada. Tenía bajo su control el poco maíz, frijol y chile seco que conseguía con la ayuda económica de su hijo mayor, mi amigo ideológico.

Margarito heredó el silencio de la mujer y el corazón de su padre.

“Usted se duerme en el catre y nosotros en el suelo, al fin ya estamos acostumbrados”, me ofreció don Pancho, bordón en mano, al poner mis pies en su cabaña.

Me negué, obvio.

Su esposa y el bebé de seis meses descansaban en un petate, junto al tlecuil (fogón, en náhuatl).

Doña Margarita cocinaba con leña de pirul y de roble. Cada semana, don Pancho y sus hijos hacían la recolecta de barañas en sus alrededores.

Una treintena de casas de Los Mesones Hidalgo fueron edificadas en un páramo, entre los pueblos de Pinotepa Nacional y Putla.

La mayoría de las viviendas eran de lodo y techos de cartón enchapopotado.

Hay un hecho que sigue latente y supura, difícil olvidarlo: el enfrentar el hambre sin quejumbres o reclamos.

Una semana después de arribar al lugar, sin dinero, los alimentos escasearon. Mis únicas pertenencías eran una muda de ropa y dos libros básicos: Economía Política, de Nikitin y Los conceptos elementales del materialismo histórico, de Marta Harnecker.

Mi parte racional se impuso. Por fortuna, salí avante.

Doña Pilar preparaba el nixtamal tres veces al día y molía el grano en un metate de piedra volcánica. Sus manos encallecidas por el azadón y el fuego, elaboraban diez o doce tortillas de un metro de diámetro.

 En una enorme olla de barro hervían los frijoles y, en un molcajete de piedra porosa de cuatro patas, molía el chile tostado, mezclado con sal y agua de un riachuelo lejano.

Como ocurre con las familias marroquíes, nos sentábamos en torno al tlecuil. En silencio, arrancábamos pedazos de tortilla y los zambullíamos  en nuestro cuenco con frijoles humeantes. Teníamos derecho a una pequeña cucharada de chile.

Tengo presente la imagen de la cuchara de peltre, oxidada y con manchones azules.

Hacia un gran esfuerzo para no hacerme visible en el instante de pellizcar las tortillas.

Distraía el hambre pensando en mi infancia, en los contenidos de alguna lectura o mi paso por la Armada de México.

Mi abuelo Antonio Caracas me regaló, en una de mis visitas a su rancho de San Andrés Tuxtla, una obra del ruso Piotr Ivanovich Nikitin: Economía política.

El libro me marcó. Por Nikitin supe que el hombre, desde sus orígenes, para no morirse de hambre, aprendió a producir sus alimentos con trabajo e imaginación.

 Primero se reguarneció en cavernas y descubrió el fuego (comunismo primitivo); luego, sometió al débil para explotarlo laboralmente (esclavismo); posteriormente, el jornalero con aparente libertad fue sometido por un generoso soberano que se asumía descendiente directo de Dios (feudalismo) y finalmente, por el desarrollo de la tecnología, la invención del sistema bancario (usura) y la filosofía de la desigualdad (dialéctica idealista), surgió el capitalismo.

En el modo de producción capitalista, el hombre alquila su fuerza de trabajo para allegarse de bienes y servicios: vivienda, alimentos, ropa, calzado, energía eléctrica, agua potable, etcétera.

El tema fue ampliamente estudiado y difundido por un economista y filósofo alemán: Karl Marx.

Marx aseguró que los asalariados podrían gobernar sin necesidad de depender de los patrones (socialismo-comunismo).

Por esta conclusión lógica, el mundo se pobló de cadáveres y armas nucleares.

El descubrimiento de tal verdad histórica provocó, en mi caso, que fuera echado de la Armada de México. Enfrenté un Consejo de honor, presidido por mis superiores.

Los oficiales amañaron las conclusiones del juicio para ridiculizarme.

Renuncié a la corporación, el 2 de agosto de 1974.

Tenía 19 años de edad.

En 1982, como reportero de la revista Proceso, tuve acceso a mi expediente. Un colega era el director de Comunicación Social de la Secretaria de la Marina.

Mis superiores manipularon las causas del juicio.

Pasé en vela mi última noche en la cabaña de los padres de Margarito.

En una solapa del libro de Nikitin, escribí que lamentaba haber enfrentado tan cruda e infame realidad.

El hambre me había doblegado.

No quería radicalizarme, meterme en la hecatombe de la redención justa ante una injusta verdad. Se lo expresé a Margarito, afín de tomar las armas para combatir la injusticia social.

Un hecho más:

Doña Margarita fue hasta el lugar donde leía y me abrazó.

Y por primera vez escuché su propia voz.

“Gracias, Everardo. Francisco siempre ha creído que nosotros no existimos, pero ahora tú te vas a llevar un poco de lo que aquí pasa. Espero que nunca te olvides de nosotros”.

Y besó mi frente…

HEMEROTECA: Nikitin P – Manual de Economía Política

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El escupitajo

LA TRAICIÓN

EL ESCUPITAJOVeinticinco minutos faltaban para terminar el segundo tiempo. El teléfono repicó con insistencia. Pumas aventajaba  al América —cuatro goles a tres—, y confiaba que el empate se daría en cualquier momento.

Heinrich se vio en la necesidad de bajarle el volumen al televisor para contestar la llamada.

Diez veinte de la noche.

Su mujer dormía en la cama contigua.

—Heller… —murmuró.

Su lugarteniente, Constantino Caratazo informó que Susana se había presentado al hotel del periodista. Llevaba consigo una pequeña maleta con documentos comprometedores.

—Les dijo a los muchachos de seguridad que regresaría en una hora, porque iría con su acompañante a cenar cabrito en la taquería de Marucha Torres.

—¿Los buscaron en otros hoteles o en su casa?

—Kiko nos informó que salieron juntos del Zumbido y abordaron la camioneta de Susana…

—Nos vemos en la oficina en una hora, los quiero a todos ahí…

El futuro secretario de Protección y Vialidad sintió una piedra caliente en la boca del estómago.

Putísima madre, lo que me faltaba”.

No le importó que Cuauhtémoc Blanco igualara el marcador.

El delantero americanista lanzó una espectacular chilena. El balón se le escapó de las manos al guardameta Sergio Bernal.

Heller, furioso, se metió los pantalones y enjaretó una gorra beisbolista, blanca.

Del cajón del buró extrajo su Parabellum Luger, regalo del Yeyo.

Sin apagar el televisor abandonó su recámara.

El chofer-guarura lo aguardaba en la entrada, junto al garaje.

No hubo necesidad de explicar hacia donde se dirigían.

Caratazo lo había alertado, a través del walkie-talkie.

En quince días tomaría posesión de su nuevo cargo. El incidente parecía una paradoja. Mujeres como Susana transitaban en todos los puteros de Tamaulipas.

Sin embargo, reconoció su estupidez. Dejó en manos vulnerables, ajenas a la organización, la vigilancia del periodista.

Sus guevos ganaron la batalla, como se lo restregó a El Chaneque antes de meterle dos balazos en la cabeza y ordenar que lo desaparecieran en las tierras cenagosas de Palenque.

La tonelada y media de cocaína fue decomisada en un acto imprudencial: desviarse de la ruta para contactar telefónicamente con Ahil Acam.

Los seis agentes de la policía judicial federal lo liberaron con la consigna de no reclamar el narcótico. Además, entregarles, en esos precisos momentos, quinientos mil pesos contantes y sonantes.

El traficante acudió a Caratazo e hizo el pago.

En El Porvenir, donde fue abandonado, un comando encabezado por el propio Heller se hizo presente.

No puso trabas y lo ejecutó.

El mismo final tuvieron los policías ministeriales.

La droga no fue recuperada.  Los agentes se la vendieron un traficante beliceño.

La historia se repetía, pero el final no sería trágico.

Don Camilo jamás le perdonaría tan lamentable falla. Gaudencio Palma fue muy claro:

—Hay que desprestigiar a ese hijo de puta y matarlo de un infarto. Una buena dosis de Telmisartan por el culo lo dejará con el alma en el infierno… Ahí te lo encargo.

Jamás intuyó que Susana lo traicionaría. Fue demasiado condescendiente.

Nunca le escuchó una queja o protagonizó escenas de celos.

En la cama dio lo mejor.

 En menos de tres meses le tuvo ley. Incluso, supuso que era la mujer perfecta para un político de su nivel: excelente amante: callada, fiel, hermosa, sensual, mesurada en gastos y nada exigente.

Ahora comprendía porque El Chaneque jamás suplicó antes de ser ejecutado. Por el contrario, pidió que protegiera a Ahil Acam y ayudara económicamente a su familia.

Y así lo hizo.

En Champerico, sus padres recibían quinientos dólares mensuales.

El policía que la desgració deambulaba castrado por todo Guatemala.

De paso, los Maras Salvatruchas, contratados para ese trabajito, le cortaron la lengua.

La Van tomó la carretera 101, en dirección a Matamoros. Trece kilómetros delante, cerca del ejido Miguel Hidalgo, torció hacia la derecha y se internó a una brecha sin alinear, llena de breñales.

Dando tumbos llegó a un claro, rodeado de pinos. Divisó una cabaña de madera y teja colorada.

Una decena de matones aguardaba.

Caratazo salió de la construcción para recibir a Heller. Del hueco de la puerta brotó una bocanada de luz fosforescente.

Caratazo era de padres griegos, de la ciudad de Heraklion. Poseían una fábrica de materiales para embalaje. Don Camilo era el socio principal.

Caratazo no le tuvo gusto a la escuela y decidió probar suerte en México.

En ocho años aprendió el castellano. Por sus antecedentes de rompehuelgas, entrenado por un coronel del Peloponeso, se convirtió en mercenario y cabeza del grupo de Los Jarochos: un comando armado del Cártel de Veracruz.

—No llegaron a su departamento y ningún hotel tiene registro de su presencia. Como te dije: Susana entró a su habitación y sacó algunas cosas, seguramente del periodista…

Heller escuchó con atención y escudriñó los ojos de sus hombres.

Ninguno lo miró con fijeza o evidenció inseguridad y temor.

Fueron ajenos a la decisión tomada por Susana, intuyó.

Le dijo a Caratazo en inglés:

—Quiero todos los reportes de las garitas de paso, casetas, moteles y los aeropuertos de Matamoros, Laredo, Reynosa y Ciudad Victoria. La hija de la chingada tratará de llegar a McAllen. Yo lo haría…

—¿Crees que el periodista la siga?

—Si lo alertó, de pendejo se regresa a México; sabe que ahí la tiene perdida. Su única visa de salida es la puta de Susana, porque tiene dinero y conoce la región. Cualquier pollero puede cruzarlos a Estados Unidos.

—La gente ya se está moviendo por todos lados —dijo Caratazo. Su rostro empedrado contrastaba con su mirada zopilotera. El tupido mostacho cobrizo cubría su labio superior—. Tienen las placas de la camioneta y las características de los dos hijos de puta. Hemos corrido la voz entre los polleros de que habrá veinte mil dólares para quien les ponga dedo.

En castellano, Heller ordenó:

—Necesitamos limpiar la plaza de Matamoros. Hay que sacar a Zamarripa de la clínica Vogel y darle en la madre, como escarmiento, y achicar la nómina del penal. Seis o siete cabrones menos.

Caratazo hizo una mueca siniestra.

Seguramente Vitórico, El Maya y El Azul no esperaban la contraofensiva. Habían robado una carga de anfetaminas en La Escondida, a un par de kilómetros de la frontera con Nuevo León.

En el operativo mataron a cuatro de sus hombres.

El hecho sucedió seis meses atrás y las instrucciones de Palma fueron que recularan hasta nueva orden.

Aguardarían a que sus adversarios se confiaran, creyeran que todo quedaba en el olvido.

Por el momento, controlaban una de las principales rutas de acceso a Texas.

La clínica estaba en el Paseo de Reforma, dentro del perímetro de la Lucero. Los policías judiciales responsables de vigilar a Zamarripa —sobreviviente de un infarto cerebral— se harían los desatendidos.

Le pagaba el Cártel.

Caratazo estaría al frente del comando. Pondría en marcha lo asimilado por ex militares israelíes. El entrenamiento le permitió huir de la prisión de Ciudad Mante.

La fuga lo convirtió en una leyenda: armó un potente explosivo con cloruro de potasio, extraído del blanqueador; gasolina blanca, vaselina y cera e hizo un enorme hueco en un muro de la celda.

Huyó con el apoyo de dos integrantes del comando.

Jacinto Nepomuceno lo designó capo o sgarrista, como le gustaba que lo llamaran en el comando de Los Jarochos.

Palma, por la ausencia del sobrino de don Camilo, hacia el papel de Consigliere. Heller era un Underboss o Sotto Capo.

De Caratazo, seguían los soldados o piciottos.

La estructura de mando era réplica de una organización criminal de Sicilia.

Don Camilo, bajo ese criterio, representaría al Capo de tutti capo o Capo crimini.

Don Camilo, digno admirador de Vito Casio Ferro, fundador de la mafia siciliana, llegó al extremo de obligar a sus leales a hacer el juramento de sangre —extraída de un pinchazo en un dedo— y remojar una esfinge de la Virgen de las Mercedes.

 Las estampas fueron adquiridas en Puebla de Soto, Murcia, al sureste de España. Ahí, el viejo tamaulipeco poseía huertos de melocotones y albaricoques.

El icono era incinerado en las manos ahuecadas del recién incorporado al Cártel de Veracruz. Después, depositadas a una pequeña urna de plata.

Y repetía:

—Juro lealtad a mis hermanos; no traicionarlos nunca y socorrerlos siempre. Si no lo hiciera, que sea quemado y reducido a cenizas como esta imagen.

Caratazo y sus matones, en overol negro, retomaron la carretera 101 para enfilar a Matamoros.

Heller tenía prisa de llegar a San Fernandino.

Durante el trayecto se comunicó con Palma. Le comentó que sus “trabajadores” irían por “los tablones” al “aserradero de San Pedro”.

Palma se encontraba en el rancho del Cangrejal, a diez kilómetros del aeropuerto La Pesca, muelle de la laguna de Almagre.

—Todo bien acomodadito, para que no tenga quejas el cliente, por favor… —pidió Palma.

—No, no habrá ningún problema.

—Necesitamos hablar mañana, en el lugar de siempre. Vente preparado para cazar patos y sacar camarón. La joda va a estar buena…

—Llevo las chelas

—Sale… Saludos a tu compadre.

Heller tenía certeza que era del conocimiento superior la huida de Susana y el periodista.

Palma le demandó el encuentro.

Su reciente nombramiento de secretario de Protección y Vialidad debía garantizar su sobrevivencia. La falla tendría un lamentable costo para su futuro político.

Don Camilo nunca perdonaba los errores, menos de esa naturaleza.

Estanislao Yepes lo llamó asesino y senil y lo responsabilizaba de todos los males sociales ocurridos en Tamaulipas.

En uno de sus reportajes aseguró que don Camilo que encabezaba a una red de tratantes de blancas.

En otra ocasión, escribió:

Camilo Nepomuceno Sierra debe ser investigado y detenido, porque seguramente es quien promueve el secuestro y asesinato de algunas mujeres de Matamoros. Hay quienes aseguran que en sus ranchos se organizan orgías, como en la antigua Grecia, y no le importa que las muchachitas prostituidas y drogadas sean menores de edad. Una fuente creíble de la Procuraduría General de la República asegura que Camilo, a pesar de ser un octogenario, es muy dado a pervertir adolescentes.

Don Camilo le hubiese perdonado su audacia reporteril. En realidad traficaba con drogas, indocumentados y fayuca.

Sin embargo, no le perdonaría el haberlo involucrarlo en una actividad que dañaba su reputación y lo condenaba a ser objeto de burla ante conocidos y familiares.

Y así se lo hizo saber a Palma.

Susana, hija de tu puta madre, no tienes idea en el lío que me metiste…, pensó Heller, antes de meterse su segunda cerveza griega.

Desconocía que Caratazo llevaba la consigna de ejecutarlo.

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El escupitajo

ECOLE CUÁ

EL ESCUPITAJO

La libertad se multiplica como un antiguo espejo roto con luz propia…

—Si fuera tu adversario, antes de darte un tiro en la cabeza te cortaría las manos…

Willy Peña, su mejor amigo, lo soltó en la mesa, frente a Rita Salas, Fidel Santos, Doris Aquino y Pedro Bustos.

—¿Y por qué escribes? —preguntó Rita, campeona en ventas de publicidad política de Santo Domingo.

—Es una necesidad… ¿Me copiaste? —dijo Santos, pisando parejo a pesar de zumbarse litro y medio de cerveza.

—Un buen negocio, dirás… Qué cool —complementó Bustos.

Suave. No, una necesidad. Es mi oficio y no es un asunto de dinero o reconocimientos.

Lámeme los bolones, Santos —alegó Willy Peña—, a ti te gusta ser un chivato, estar oliéndole los pedos a la chusma y meterte whisky hasta sacarlo por las orejas…

Willy Peña era el jefe de prensa de la ex alcaldesa de Santo Domingo, Fabiola Quirola. Intentaba utilizar la pluma de Santos para ventilar el asunto de la avenida George Washington y lo del sistema de drenaje de la base naval 27 de septiembre.

El director de desarrollo comunitario, hermano de la ex alcaldesa, estaba metido en los contratos de las remodelaciones y la constructora Brega’s.

—¿Y por qué te gustaría cortarle las manos, Willy?

Bustos iba por su quinta mamajuana. Lo evidenciaban sus ojos achispados, de sapo.

Rita Salas, Bustos y Santos trabajaban en El Diario de hoy, un periódico vespertino.

—Aquí mi compadre no ha entendido que los capitaleños nos cocemos aparte…

Doris Aquino inclinó su cabeza pasuda, de cocola caribeña, hasta tocar la nariz ñata de Willy Peña y susurró:

—Ya está, jumo cabrón, deja de decir pendejadas… Fidel Santos es un escritor y punto…

Y Willy Peña se levantó de la silla de bejuco y empezó a barbotar:

—Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias. Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia, que no está siendo uno mismo. Ni siquiera se conoce…

Santos abrazó a Doris Aquino, su amante y esposa del fotógrafo Bustos, y secundó a Willy Peña en su perorata extraída de algún texto de Ray Bradbury:

Pues el primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos. Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas; Dios sabe que viviría más sano…

Su bulla había trascendido desde el Dao al Pecao —un modesto bar de fachada amarilla y terraza solar— hasta el viejo bunker de la policía turística.

La resaca salina dejó de imprimir su sello de pertenencia al heredarla, desde el parto. Tampoco  alteraron el sueño de la mar y sus ventiscas.

Prisioneros del cuadrante de La Fortaleza, el río Osama y la ruinosa iglesia colonial de Santa Clara.

Los cinco lo sabían.

Y para distraer al destino tan fútil y allantoso, prefirieron festejar a su manera, sin perder su amistad y desvergüenza: meterse ron y cerveza con hartazgo; tragar sancocho y tostones de banana, declamar poemas patrioteros de Pedro Mir y bailar merengue hasta el amanecer, bajo los acordes de Juan Luis Guerra o Chichi Peralta…

Pero Willy Peña, como buen bacano de la Alfau y Las Damas, insistiría:

—Oye cocolo, mi brother, tendrés que poner una pizzería o un bar de tapas como este y entonces escribes lo tuyo. Hazme caso cocolo y cubramos de manto a los Quirola… Tendrás tu platica, de eso me encargo yo… No es bueno andar de murciélago por el barrio… Tú eliges…

—Como diría Bradbury —hipeó Santos. De su bocaza de zambo salió una exhalación pastosa, quemante—: Uno tiene que mantenerse juquiao de escritura para que la realidad no nos destruya —y mostrándole los brazos a su amigo, espetó—. Ten mi brother, échale candela y córtamelas… Prefiero ser murciélago que rata

El asunto de las dictaduras de Lilis, Trujillo y Balaguer o la invasión de los marines, en 1965, dejó de ser pretexto de rencillas de cantina.

Tenían entretenidos a los dominicanos con la diáspora haitiana, como la calificaba Santos, y con los chuchazos entre la fanaticada de los partidos de Liberación y el Revolucionario.

Los juquiaos tundemáquinas o tragaletras dejaron de escribir durante la noche…

HEMEROTECA: proc234