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El relincho del miedo

AÑORANZA

relincho del miedo portada1

Es necesario desdoblarnos mientras ocurre la pérdida de consciencia. La noche se adueña del espacio vital. No importa si el mundo pierde su consistencia o eres una alma errante de un espacio incierto.

O un simple filamento transparente de la achicoria salvaje.

Hay algo de vida mientras duermes o mucho de muerte mientras vives.

Huayacocotla es una referencia de mi vida.

Y ahí queda.

2

Desde lo alto de la cúpula celeste, en pleno vuelo, diviso la arquitectura desigual del pueblo: cada calle con su caserío de adobe, piedra y cartón petrolizado; la plaza Constitución flanqueada por una añeja iglesia de dos torres y atrio con gruesos laureles y truenos, una enorme nave laminada —el mercado municipal—, el parque Hidalgo con sus bancas de hierro y la sede del ayuntamiento de tres plantas, donde militares y policías, de sangre otomí, resguardan la prisión y una caja fuerte de acero, adherida bajo el piso de la oficina del alcalde.

Mientras siga en estado cataléptico, aun puedo recuperar cada detalle del lugar, acordonado de montañas y acantilados.

Mi cerebro logró reconstruirme —oh magia del espíritu— y elevarme a un cielo sin neblina.

Y llevo así una década.

Lejos, muy lejos de aquella bruma gélida y al roce amoroso de los ojos de mi madre.

Y entonces, según lo quiero imaginar, no hay cuna, ni camastro, ni petate. Me han abandonado en el piso de tierra…

Mocoso, llorón, hambriento…

Lejano…

La avenida Revolución —alba y gravosa: sonda vital de mis diarias caminatas— enlaza en línea directa hacia Tulancingo y la Ciudad de México.

3

Días imborrables: lunes, martes, miércoles, jueves y viernes.

Después de beber café negro y consumir la mitad de un bolillo con nata, la tía Olga me aguarda atenta y de pie.

La bendición es obligada antes de franquear el zaguán.

La escuela federal Wilfrido García me espera.

—Nada de peleas…

—No, tía…

—Mucho estudio…

—Sí, tía…

—Me saludas a la maestra Tencha…

—Sí, tía…

Me santigua y besa las mejillas encremadas.

Tiritando, mochila al lomo, inicio la caminata.

Uniforme impecable: sombrero de palma, pantalón azul marino, camisa blanca de manga larga, suéter rojo y jorongo de lana.

4

Ruta inolvidable.

Tras cruzar el portón, flanco derecho.

Y reanudo la marcha sin abandonar la banqueta.

Primer desacelere: saludar a don Luis Gómez, el hosco tendero de la tienda La Bodega.

—Buenos días don Luis…

—Mmmmm —pujido e indiferencia.

E imagen recurrente: don Luis acodado en el mostrador, cabeza gacha, algodonada, leyendo el periódico Excélsior.

En menos de un minuto entro a la bocacalle de la Manuel Gutiérrez Nájera. Otra vez, flanco derecho.

Trasciende el bullicio en el colegio de monjas.

Un poco más adelante, observo la gris y cacariza fachada de la estación de radio Huayacocotla, concesionada a sacerdotes jesuitas.

E inicio el largo descenso por una tira de tierra y cascajo resguardada con yerbajos silvestres, cercas de tablón y casas encaladas.

Y sin amainar el paso, llego a la calle Morelos, donde el abuelo Elmer Quiroga levantó su imperio económico: tienda de abarrotes y hotel de cincuenta cuartos.

En la siguiente calle transversal  —la Gaspar Garrido— se encuentra la oficina de Telégrafos y Correos. El administrador, falto de una pierna, los fines de semana lava el inmueble al lado de sus ocho hijos.

—Por esta bendita oficina comemos —recita don Ernesto— y debemos cuidarla aunque sea propiedad del gobierno.

Solitario y pensativo, prosigo la marcha.

Y al alcanzar la calle General Carolino Olgaya, tuerzo a la izquierda.

La arteria aparece flanqueada con construcciones de tabiques rojos, huertos frutales y cercos de madera ennegrecida atada con alambre de púas.

En ese tramo descendente intento arrancar tréboles de cuatro hojas. Los de la suerte.

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Durante la caminata pocas veces me cruzo con personas.

Mi única preocupación es ser atacado por perros callejeros.

El instinto juega un papel predominante.

—No corras —me advierte la tía Olga—. Ten cuidado, porque los perros huelen el miedo…

La tía no comulga con esos animales.

—Te respetará si miras a la bestia de frente —insiste antes de santiguarme—. Recuérdalo, los perros huelen el miedo y ven a los muertos…

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En la calle General Carolino Olgaya habita la familia Prado. Durante las fiestas patrias, la mayor de las hijas —Rosa María— había ganado un certamen de belleza. Su padre, don Serafín, era propietario de una carpintería. Tenía graves problemas de alcoholismo.

En su carpintería pasaba la mayor parte del tiempo. La construyó en la calle Lázaro Cárdenas, a la orilla del Llano grande.

Doña Leonor Zamarripa, su vecina vende dulces y galletas. Su estanquillo es lúgubre. La esquelética anciana de piel mortuoria y sin dientes, usa una bata deshilachada y pantuflas astrosas.

Nos atiende por un pequeño hueco aluzado con una veladora. Lo cubre con una tabla sin pintar al término de las actividades escolares.

Durante los días de clases nos arremolinábamos en el estanquillo de madera. Yo soy un adicto a los chicles motita y al chile piquín con sal y limón en polvo.

Difícil olvidar el enflaquecido rostro de aquella decrépita mujer.

Irradia miedo…

El cruce del Llano grande tiene su atractivo, de acuerdo al clima. En otoño e invierno, el pasto es fangoso y proliferan los ajolotes, sapos y ranas.

La niebla nos impide ver más allá de dos metros.

Y en primavera y verano, el color verde prevalece, pero la perenne humedad nos obliga cubrirnos el pecho con alguna chamarra o suéter.

7

En el centro del Llano grande se haya la escuela primaria federal Wilfrido García.

La escuela cuenta con doce aulas, un salón de actos y la oficina del director.

En un patio rectangular de cemento —y frente al asta bandera— nos forman en seis hileras —una por grado—, bajo la vigilancia de nuestros maestros. Ocurre después del toque de campana.

Cada lunes hay una ceremonia cívica. El salón designado es quien la preside. La mentora o mentor funge de maestro de ceremonia. Un alumno dice alguna recitación alusiva a la patria.

Es mi turno.

La maestra Tencha me hizo aprenderme los 152 versos de La Suave patria de Ramón López Velarde:

Patria: tu superficie es el maíz,

tus minas el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

 

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros del petróleo el diablo.

8

Huayacocotla siempre huele a madera tierna, de pino, y cagada de recua.

Las calles sin pavimentar son el refugio idóneo de los mosquerones azules, los escarabajos y las pulgas.

En la base de los tablones semipodridos —por la perene humedad— se reproduce una achicoria de filamentos blancos, mágica ante mis ojos: la Diente de león. Suelta diminutos rehiletes de algodón que vuelan y se pierden en la altura.

Infinidad de historias fantásticas cruzan por mi mente.

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Los moribundos del exilio nunca dejamos de soñar. Siempre lo he creído.

Menos, si en realidad la cama del hospital es una prisión.

HEMEROTECA: Eugenio Oneguin – Aleksandr Pushkin

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UN ADIOS EN GUAYAQUIL

Ana Cristina Navarro:

¿Qué le gustaría mirar desde un agujerito sin ser visto?

Gabriel García Márquez:

La vida desde la muerte

relincho del miedo portadaLos años tienden agrietar la piel y desteñir los cabellos.

El olor rancio de la vejez apenas es difícil disimular.

El glaucoma empantana el iris y convierte los ojos en lagunas de sangre.

No hay retroceso.

No importa si la tierra es prisionera de la mar o si los lagos, prisioneros de la tierra.

La muerte es ineludible desde el primer suspiro.

Es mejor el instinto que la racionalidad, porque el entendimiento del corazón es mejor que el entendimiento de la mente.

¿Por qué el hombre pierde la brújula de su existencia cuando juguetea en el umbral de la vida?

La senectud intenta rejuvenecer con los recuerdos. Hace del sueño su mejor transporte hacia el pasado. Parientes y amigos vuelven a reencontrarse en cualquier terruño montañoso o playa sembrada de fósiles marinos.

Tieta podía insistir sin entregarse plenamente. Ensuncho aun dormía. Su arrugado pecho regurgitaba, arenado y seco.

Fue cauta.

La habitación seguía intacta, sin el televisor encendido, y las cortinas corridas para evitar los avistamientos de la luz diurna.

“Quiero olvidarme del tiempo”, clamó Ensuncho antes de desnudarse.

Tieta desconfiaba de Ensuncho, después de la entrevista con su médico y de degustar en el restaurante Ala Brava, el de la avenida Brasil. Seguían presentes los sabores de las alitas adobadas de pollo y de la chicha de jora, aderezada con pimienta dulce y clavo de olor.

Todo ahora era distinto.

Los dos yacían en el hotel San Francisco, frente al restaurant elegido por Ensuncho. Sin cruzar palabras.

Las anotaciones sobre la vejez y la muerte eran una advertencia. Ella prefirió ignorarlas. Estaba acostumbrada a sus quejumbres, depresión y arrebatos de cólera.

¿Por qué seguir en Quito, cuando tenían el chalet de Guayaquil cerca del rio Guayas y ante la imponente isla Santay con sus manglares y guasmos?

No lo entendía.

La decrepitud empieza con los sueños perdidos y los amaneceres despiertos.

Vivir odiando y amar, pagando.

Maniaco, su mayor divisa.

Pocos pueden aceptar las miserias pasadas y el deterioro moral presente.

Tieta no era una beldad, pero tenía lo suyo. Llamaba la atención al paso por la calle y junto al vejestorio que la acompañaba. Los del barrio de la Armada la compadecían, pero pocos imaginaban que había aprendido a amarlo.

Ensuncho fue su maestro de francés durante sus dos años de bachillerato.

Las dolencias de huesos y piernas, producto de la humedad –o eso imaginaban—los obligó a viajar a Quito.

El doctor Estrada lo mantuvo cautivo cinco horas contiguas sin probar alimento. Lo liberó hasta estar seguro del diagnóstico.

“¿Todo bien, amor?”.

“Estamos los dos y es lo importante”, fue su respuesta.

Por prudencia, Tieta venció su curiosidad y preocupación.

“Nuestro vuelo es en hora y media”, recordó mientras avanzaban hacia la salida de la clínica.

“Olvídalo, hoy dormiremos aquí y en el hotel San Francisco que tantos buenos recuerdos me traen”.

“Y mira quien lo dice”, murmuró Tieta y entrecerró los ojos.

La marca de su aliento frugal acicalaba sus deseos uterinos.

Tieta fue desflorada en la misma habitación donde ahora reposaban. No por Ensuncho, se aclara.

Tres meses después, el doctor Estrada practicó el aborto. Ensuncho cubrió los gastos y asumió la responsabilidad del embarazo ante fa-miliares y conocidos.

El despido laboral fue inminente, como la boda civil y religiosa.

Yo he sido joven y he envejecido; pero no he visto a un justo desamparado, ni a sus descendientes mendigando pan.”

La referencia bíblica, del libro de Corintios, aun le era imborrable.

El sacerdote la pronunció al desposarlos sin la presencia de sus padres, hermanos y allegados.

Ezequiel Albán —su compañero de estudios y el verdadero responsable de lo ocurrido— observó la ceremonia. Permaneció oculto en un rincón de la catedral Metropolitana.

La inmadurez y cobardía impidieron que asumiera su papel de padre y marido.

El pasado poco importaba. Tieta ya amaba a Ensuncho y admiraba su tenacidad para evitar que el infortunio los separara.

El dinero no escaseaba. El ex mentor vendió las propiedades heredadas e impartía clases particulares de francés. Nunca permitió que Tieta trabajara. Sin embargo, ella lo convenció de la necesidad de hacerlo ante su incapacidad de quedar embarazada.

“Lo entiendo y lo respeto, con un niño como yo es suficiente y te doy las gracias.”

La edad se pesa con los besos acumulados y el susurro de los amo-ríos febriles.

Tieta es una sirena desvalida que intenta vigorizar al viejo Odiseo. Entre los balbuceos de un falso efebo intenta regresar a Ítaca para recuperar su reino.

Imposible. Quedaron atrapados dentro del laberinto de Dédalo y bajo el escrutinio del Minotauro.

Tieta cerró la libreta de apuntes, apagó la lámpara de cabecera y besó los secos labios de su marido:

“Bonne nuite mon amour”, exclamó amorosa.

Ensuncho Carchi jamás despertaría…

HEMEROTECA: tele7jui20

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NO SE SUMAR…

No se sumar, no se restar, pero atención… conozco el mar…

Facundo Cabral

relincho del miedo portada—Ve por un jugo, amor y unas lunetas de chocolate…El viaje será largo…

—¿Por qué esta ocurrencia a cinco minutos de la salida?

—Es el último sacrificio. Imagina lo que haremos a partir de mañana…

—No lo puedo creer, en serio. Dos millones de dólares…

—Debes creerlo… Ya tenemos el cheque… Lotto Quebec hizo su trabajo…

—Viste cómo Irene y Rubio casi enloquecen al saber la noticia… Irene fue renuente. Ella hubiera obtenido una tajada de los dos millones… Lo siento por Rubio que seguirá tambien atado a la agencia de publicidad…

—De inmediato, la agencia buscará a alguien que te sustituya, amor. Nadie sobra o falta en estos tiempos…Pero dejemos de hablar tonterías y por favor… ve por el jugo y unos chocolates…

—Mira, el chofer del autobús no deja de mirarte… Me molesta… Te he dicho que no uses tanto escote… Casi se te salen las tetas…

—Celoso… Allez, allez… El jugo de naranja y los chocolates…

—Deja agarrar el abrigo… No quiero enfermarme, menos ahora que nos estamos por ser ricos… Ya quiero imaginarme panza arriba en una playa de Varadero, hinchándome de mojitos y langostas a la plancha…

—Nunca debemos perder nuestra capacidad de soñar… Y gracias por confiar en mí, amor…

Silvio se aleja. Carmina no ingresa al autobús, sino abandona a grandes trancos el andén. Ni siquiera mira hacia atrás.

En el dépanneur –así llaman a los estanquillos en Quebec–, Silvio observa que tres personas —una mujer y dos hombres— aguardan su turno para pagar. Le incomoda el retraso.

No está dispuesto a regalarle los dos dólares al indiano.

Los jugos están en oferta: tres por dos dólares.

Las lunetas de chocolate cuestan un dólar. En el bolsillo de la camisa tiene un billete de cinco dólares con el grabado del Primer ministro francófono, Sir Wilfrid Laurier, orgullo de los quebequés.

Su teléfono portátil repica.

—Voy…ya voy amorcito… Solo falta que una mujer pague… Menos de un minuto…

—Olvídate del jugo y los chocolates… Solo te hablo para despedirme…

—Déjate de bromas, Carmina…

—No es ninguna broma. Lo nuestro ya no funcionaba. Tú cada día apestabas más, como un cerdo. Y mírate en el espejo: eres una asquerosa bola de grasa…

—Dime, por favor… que es una más de tus bromas…

—¡Silvio, Silvio! Supuse que eras inteligente. Y aun estuve dispuesta a superar mi asco, si el cheque salía solo a tu nombre. Te agradezco que lo registraras ante Lotto Quebec tambien con el mío… ¡Nunca imaginé cuánto me querías! El problema es que, en mi caso, nada siento por ti… Miento, algo siento: ¡repulsión y coraje!

—No puedes echar a la basura nuestros veinte años de matrimonio, de luchar hombro con hombro, amor…

—No me digas, amor… Eres un pendejo. Desde que provocaste el aborto, lo nuestro dejó de existir…

—Fue un accidente…

—¿Accidente? Ya no mientas. Si no te refundí en la cárcel en esa ocasión, fue porque yo era una estúpida. ¡Estaba enamorada de un cobarde estúpido!  ¡Tú me empujaste! ¿Ya se te olvidó?

—Eso fue hace diez años… Se trató de un accidente… y es un asunto superado….

—Quedar estéril y perder a una hija que le daría sentido a mi vida… ¿Es algo que puede superarse? Te pregunto: ¿Es algo que puede superarse?

—Hablémoslo frente a frente…

—Demasiado tarde, Silvio… Patrick está a mi lado y en su automóvil… Por lo mismo, decidí hablarte por teléfono…

—Si así lo quieres… Solo recuerda que quien ríe al último, ríe mejor…Suerte con tu nueva pareja, veinte años menor… Ilusa, pensabas que no lo sabía…

Silvio interrumpe la conversación. Hace una mueca, parecida a una sonrisa. El indiano, de cabello relamido y anteojos, devuelve los dos dólares y guarda, en una bolsa plástica, los jugos y chocolates.

Durante la modesta transacción, Silvio, sin mirar al propietario del establecimiento, dice en castellano:

—Sabe usted que hace seis años un chino de un dépanneur me vendió un billete de lotería…

No le importa que el tendero sea ajeno al contenido de sus palabras.

—¿Pardon?

—Resulta que al día siguiente, al regresar del trabajo, comprobé que era el billete premiado con seis millones de dólares. Se lo dije a mi esposa. Juntos nos presentamos al depanneur. El maldito chino me vendió un billete-muestra con los resultados de la semana anterior. Por lo mismo, todos los números coincidían. El empleado nos observó con conmiseración. En vez de reprocharnos, le pidió al intérprete que nos dijera que lamentaba el engaño. Carmina no habla francés y dejé que la mentira continuara. La hice creer que iría a las oficinas centrales de Lotto Quebec en Montreal para recoger el cheque. Así que lo diseñé en el ordenador de la oficina e imprimí con el logotipo de Lotto Quebec. Lo puse a nombre de Carmina. Solo intenté ganar tiempo para recomponer nuestro matrimonio. En la ciudad de Quebec haría perdidizo el cheque y culparía a ella del descuido. Estaba al tanto de su infidelidad con el cartero. La pasión nos quema el entendimiento. Desde que dejé Colombia y la policía migratoria me entrevistó, jamás me sentí tan miserable, como en aquella ocasión…

Bonne journée… —saluda el tendajero.

Aussi par vous…

Tras franquear la puerta y aspirar aire fresco, Silvio camina en sentido contrario de la terminal de autobuses.

El teléfono celular vuelve a repicar. Silvio mete la mano al bolsillo del abrigo, lo extrae y comprueba que se trata de Carmina. Y de inmediato lo arroja a un contenedor de desperdicios.

Las langostas a la plancha de Varadero aguardarían su presencia en otra ocasión.

Y empezó a canturrear Va pensiero de Verdi…

Va, pensée, sur tes ailes dorées…

HEMEROTECA: Guerra en el paraiso – Carlos Montemayor

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PIEL ABIERTA

No en parte alguna puede estar la casa del inventor de sí mismo.

Nezahualcóyotl

relincho del miedo portadaTu llegada al bar a nadie sorprende. Eres un borracho puntual. El lugar se encuentra semivacío. Saludas a Sam. Lee el periódico tras la barra y te devuelve la atención con un movimiento de cabeza.

El bonjour lo escuchas al instante de llenar el tarro de cerveza.

—Salma murió anoche —dice Sam y regresa a su banquillo para continuar su lectura.

La calva le brilla por el reflejo de la lámpara de neón adherida al espejo, sobre las franjas de licores y copas.

Salma tuvo sus momentos de fulgor en las calles del viejo Montreal. Difícilmente podrías sustraerte a los recuerdos. Fue tu esposa durante diez años. Las drogas la sepultaron en vida.

Rodenko ingresa al tugurio y tirita.

—Maldito frio me tiene hasta la coronilla —lanza el reproche y mete la gorra de lana en un bolso del chaquetón.

Sam le entrega un vaso al tope de vodka. No suelta el periódico.

Le Journal de Montreal resalta a grandes letras los posibles sobornos de un funcionario chino a políticos liberales para obtener concesiones mineras en territorio quebequés.

Tú sigues ensimismado, sufriendo por la ausencia definitiva de Salma.

Salta a tu mente el momento que la abordaste en el tren subterráneo. Le entregaste el bolso que tiró por las prisas.

Todo encajó perfectamente. Ella y tu ocuparon los dos asientos vacíos.

El navajazo de una voz, rasga el recuerdo.

—¿Vas a regresar a la oficina, Andrew?

Rodenko está al costado con su vaso de vodka aun intacto. La barba negra chorrea al diluirse la nieve y moja su camisa de franela de cuadros.

—Es posible —respondes con sequedad y ahogas las palabras con un largo trago de cerveza.

El santé pasa por alto ante el duelo y la rabia.

Nunca fuiste capaz de ayudarla, de sacarla de su infierno.

Y optaste por darle la espalda, seguir tu mediocre vida de archivista del Ministerio de Cultura.

Durante el trayecto del tren subterráneo obtuviste su nombre y número telefónico. Un mes después la invitaste a tu departamento, donde cenaron y bebieron grandes cantidades de vino tinto chileno. No faltó la yerba y el fuego.

Después de soltar la carga seminal, reprodujiste uno de tus viejos poemas, escrito originalmente a una compañera de trabajo. Se lo leíste.

Mutaste el nombre de Carol por Salma y le hiciste creer que lo acabas de escribir.

SALMA

Me gusta cuando entras en casa

bajo el ramaje alegre de tu risa clara,

y amar soñando,

y gozar gritando,

hasta lamer tu torso

como si en el campo arara.

 

Me gusta cuando pisas las alfombras

en zapatillas rojas y el cabello suelto,

y ceder andando

y apretar besando

hasta sentirme un corso

entre tu talle esbelto.

 

Me gusta cuando hablas en el lecho,

rememorando cosas de tu vida incierta.

Y abrazar llorando

y descender bebiendo,

en el islote oscuro

de tu piel abierta.

—Murió Salma, no lo merecía —murmuraste sin importar que Rodenko te escuchara.

—En realidad se suicidó y fue anoche en uno de los mesones para vagabundos… —aclaró Rodenko.

Y vació el vaso de un solo trago.

HEMEROTECA: Monsivais Carlos – Aires De Familia

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¡MORELIA!

relincho del miedo portadaLos sueños son una prolongación de las falsas intenciones. De ello están conscientes los escritores profesionales. Un algo interior —¿Musas? —  permite reconstruir relatos maquinados en el subconsciente y logran conmover al propio autor.

Decirles tal monstruosidad a los alumnos nada significa. Depende de ellos asumir su responsabilidad creativa, sin esperar reconocimientos o dinero.

 Escribir es una vocación, un oficio y requiere disciplina.

—¿Quieres escribir?, escribe, es todo.

Lutero Rojas es conciso en sus respuestas.

En esta ocasión, los muchachos de uniforme naranja aguardaron los rigores del embalaje de imágenes dispersas que carecían de nudo y un desenlace sorpresivo.

Les recordó el momento que el país enfrentaba, a pesar de vivir bajo una civilización tejida con tecnología y mortero.

—El individuo, en su lógica de ocio, es el punto de partida, porque al final podría transformarse en un revolucionario de ideas afines a la demanda de justicia social y felicidad compartida.

De la masa inconforme chorrea lo mejor y transforma al país.

Un tallerista sobresaliente, Carlomagno Kelowna, intentó refutar su tesis. Le recordó que en su pesadilla anterior pudo permanecer al lado de un personaje de cabello relamido, cargado de años e imbuido en un traje gris cincuentero con grandes hombreras y corbata de moño.

El hombre lo adoptó como su hijo y convirtió en su asistente sin nombramiento oficial.

Lancelot Cage era el jefe del área de los archivos criminales. Su trabajo consistía en almacenar la información recabada en los lugares donde yacían los cadáveres humanos.

—¿Y cómo llegaste a su casa?

La pregunta de Marc-André a nadie sorprendió.

El formato del relato exigía un planteamiento inicial con todos los personajes principales. En este caso, Carlomagno y Lancelot ya existían en el imaginario del grupo y, por lo tanto, Carlomagno Kelowna tendría que continuar con la acción y presentarles el poder de la contraparte para enfrentar el bien contra el mal.

Premiar al fuerte.

Maldad e inteligencia, en ambos polos, sin distingo moral.

—Llegué y punto… —subrayó Carlomagno y su oscura caparazón, muy semejante a un rudo boxeador de peso completo, volvió a enjaretarse al asiento.

El rostro de mejillas chupadas y pálidas de Lune Carey sobresalía del mesabanco.

Lutero Rojas lo recibió con agrado.

La jovencita tenia madera de narradora. Le sorprendió su relato relacionado al Papa Francisco enfrentando con rigor al sicario con leucemia que le provocó una caída ante la mirada de millones de feligreses.

El líder mundial de la grey católica visitaba un miserable suburbio de Michoacán.

Morelia era el título del relato.

Le aclaró que, de publicarse, posiblemente lo llamaría ¡No sea egoísta!*.

La historia abordaba el tema de un asesino arrepentido con una enfermedad terminal. Supuso que podría sanar con solo tocar la casulla papal.

En la reconstrucción de lo ocurrido recuperó la verdadera esencia humana del anciano irascible que reaccionaba a una agresión involuntaria.

Lune se puso de pie y frotándose las manos con evidente nerviosismo dirigió sus cuestionamientos a Carlomagno.

—¿Por qué antes de comentarnos tu trabajo no aclaraste que se trató de un sueño inducido por la mariguana? ¿Por qué crees que tu historia está ambientada en la década de los cincuenta sin precisar lugar? y ¿Por qué no desarrollaste con más detalle el aislamiento del burócrata y lo que realmente lo motivó a compartirte una de las recámaras de su aristocrático departamento de Montreal?

Lune evitó ahondar sobre el propósito creativo de los villanos o villanas que le darían sentido al thriller.

El principal interés lo encauzó a dos grandes temas humanos, poco explorados: amistad y soledad.

El mal y el bien eran unos asuntos literarios recurrentes y podrían sortearse con facilidad. Describir el submundo de la inconformidad individual significaba entrar en el terreno del psicoanálisis o la psicología inductiva.

Una sola persona podría cambiar el destino del mundo.

—Por ley y para su estudio —sugirió— deberían preservarse los cerebros de la gente sobresaliente en un centro de neurología.

Lutero Rojas, sin disimular su satisfacción ante los alumnos, confirmó que Lune Carey coincidía abiertamente con su tesis sobre el comportamiento humano desde la soledad y sus silencios.

Y confirmó que no araba en el desierto al impartir clases de arte creativo en el taller de literatura de la prisión de Bordeaux de Montreal.

Lo importante era defender al individuo libre, sin perder el sentido de humanidad y amor al prójimo.

En su celda y frente al ordenador intentaría desarrollar mejor su idea.

Lo haría antes de ser deportado a España por el asunto de la independencia de Cataluña y los bombazos de la Plaza Mayor de Madrid.

*Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, realizó una gira pastoral en México del 12 al 17 de febrero de 2016. En Morelia, Michoacán ocurrió el incidente. El causante de su caída no fue un criminal, sino un feligrés entusiasta que acudió a un estadio deportivo al encuentro de jóvenes católicos. ¡No sea egoísta! fue la expresión lanzada por el Papa.

HEMEROTECA: El Vaticano Como Nunca Te Lo Habian Contado

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LOS SUEÑOS DE CHAMPLAIN

relincho del miedo portadaIntentas escribir y te detienes.

Debes terminar de leer el libro biográfico de Samuel de Champlain, fundador de la primera ciudad canadiense, Quebec.

Navegante y espía francés,

David Hackett Fisher realizó la portentosa investigación y fisgoneó en archivos inimaginables de Brouage, Paris, Londres, Quebec y Montreal.

No ha sido traducido al castellano. Champlain también incursionó territorios gringos y mexicas, en calidad de espía.

Lo hizo bajo el imperio español.

El libro de casi mil páginas: Le Rêve de Champlain.

La obra te obliga a sumergirte en los encuentros y desencuentros del navegante

 Des Sauvages: ou voyage de Samuel de Champlain (Salvajes o el viaje de Samuel de Champlain) te sorprende, al confirmar que fue un intelectual liberal y alentó el matrimonio entre nativos y europeos; respetó las diversas creencias religiosas y culturales de sus aliados algonquinos, hurones e iroqueses y llegó a suponer que, en la Nueva Francia, podría construirse una sociedad de iguales: cristianos, pacifistas y respetuosos de la ley y el orden.

Hackett aclara que llamar sauvages a los amerindios, significaba identificarlos como moradores de la foresta, no personas ignorantes, como pudiera creerse.

Tú piensas diferente.

Después de leer Des Sauvages: ou voyage de Samuel de Champlain compruebas que, el enviado del rey Enrique IV, tuvo comentarios desafortunados en contra los habitantes originales de Canadá.

Su propósito era someterlos y crear una nueva colonia francesa para comercializar pieles de castor, pescado —principalmente sardina—, plata y oro.

Sin embargo, no diezmó amerindios a la manera inglesa o estadounidense.

Su estadía en Tadoussac —la primera fortificación canadiense en territorio de Quebec— quedó consignada en sus memorias y mapas que elaboró con su propia mano.

De Champlain frisaba los 27 años cuando en 1603 arribó a ese pequeño saliente rocoso que bordea el rio Saint Lawrence, habitado en un principio —en 1535— por su paisano y excelente navegante, Jacques Cartier.

Champlain en un pasaje de su diario describió a grandes trazos  la presencia de los algonquinos que visitaron Tadoussac:

“Tous ces peuples, ce sont gens bien proportionnés de leurs corps, sans aucune difformité; ils sont dispos, et les femmes bien formées, remplies et potelées, de couleur basanée.”

(Todas esas personas eran gente bien proporcionada de sus cuerpos, sin ninguna deformidad; estaban dispuestos y las mujeres bien formadas, disciplinadas, satisfechas y rollizas, morenas).

Champlain aseguró que, después del saludo, las mujeres adultas y sus hijas adolescentes se desnudaron y empezaron a cantar y bailar.

—0—

El texto que has interrumpido, antes de sumirte en la vida y obra de Champlain —quien muriera por un infarto cerebral el 25 de diciembre de 1635—, intentaba ser un breve esbozo del origen de Acapulco, un puerto mexicano.

En esta ocasión, consignaste la presencia de un monje budista chino en territorio guerrerense.

Escribiste:

Fa Hsien era un monje budista y aventurero. Vivía en Hong Kong y se embarcó en un barco comercial de remos y aspas, construido de madera y juncos. Los trece navegantes invirtieron nueve días, sin tocar costas filipinas, para llegar a Nueva Guinea. Tuvieron que recorrer más de cuatro mil kilómetros de mar abierto. Uno de los tripulantes, avejentado y sin dientes, empezó a gimotear. Fa Hsien repitió un pensamiento de Siddhartha Gautama: “Si tiene solución, ¿por qué lloras? Si no tiene solución, ¿por qué lloras?”. Año 415 de nuestra era y Fa Hsien invertiría otros dos años para hundir sus deshilachadas sandalias en arenas acapulqueñas. El puerto estaba a quince mil kilómetros de Hong Kong, separado por la inmensidad aterradora del océano Pacifico, conocido entonces como el Mar del Sur.

—0—

Tu teléfono portátil lanzó pujidos sobre la mesa. Tras el oui, escuchaste la voz de Anne para recordarte que a las tres de la tarde partirían a Toronto.

Los ciento sesenta y tres sirios —hombres y mujeres— arribarán al aeropuerto Internacional Pearson.

Son los primeros refugiados acogidos por el gobierno y la sociedad canadiense. Parte de los veinticinco mil sirios beneficiados que huyen de la guerra en el Oriente Medio.

El sábado 12, otros ciento sesenta pisarán territorio quebequés. La mayoría ha sido apadrinada por familias montrealenses.

—No te olvides de tus botas de invierno, porque puede haber sorpresas durante el trayecto —recomienda Anne.

—Y un par de condones…

Lanzas la puya para recordarle sus deberes.

—Por supuesto… De eso nadie se salva…

—0—

La isla vive inmersa en el edredón del atardecer. Un olor a pimienta negra y clavo empieza a filtrarse a tu recámara.

Los vecinos del departamento de arriba iniciaron los preparativos de la cena. No tardarán en encender su televisor.

Seguramente en contra de tu voluntad tendrás que zamparte un concierto del egipcio Amr Diab o de la libanesa Elissa.

Todas las tardes ocurre lo mismo y no te quejas.

Bendita libertad…

HEMEROTECA: Las ensenanzas de don Juan – Carlos Castaneda

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FIN DEL CICLO (Epílogo)

Por Everardo Monroy Caracas

EPILOGO

Viernes 27 de marzo.

14:15 PM.

El primero de junio cumpliré cuatro años de residir en el departamento donde escribo estas líneas.

Tiene una recámara.

Tres años lo compartí con un nieto. Ahora vive con su madre. Es alumno de una escuela secundaria de Hamilton.

He permanecido siete años en Montreal. Durante cuatro, renté cinco habitaciones en diferentes departamentos compartidos.

No fue nada fácil.

Mis compañeros de claustro, en su mayoría hombres,  eran máquinas de trabajo. Su única virtud, de serla, era la tenacidad. Nunca los oí quejarse.

De sobrevivir, merece ser contada la historia de cada personaje.

Todos, en demasía, bebían alcohol o fumaban marihuana. Nunca les vi un libro en la mano. El cansancio físico era evidente. Dormían con el televisor encendido. Nuestras charlas —muy breves—, solo abordaban asuntos familiares o de trabajo.

El primer departamento que habité era rentado por el novio de una amiga entrañable. Durante mes y medio dormí en la sala, sobre una alfombra algo deshilachada. El desorden era absoluto. M jamás tuvo un empleo fijo y P estudiaba francés y recibía ayuda social.

Por Internet localicé una habitación que un centroamericano rentaba. El departamento hallábase en el bulevar Pie-IX. Ahí permanecí quince días. Prácticamente salí huyendo.

Y no me importó perder los 250 dólares del depósito.

F, un hombretón de casi dos metros, era el propietario. Estaba ahogado en deudas y rencor. Su esposa lo abandonó y enfrentaba un juicio de divorcio. Para cubrir la hipoteca del departamento rentaba la sala y la recámara. Dormía en la cocina-comedor. Un paisano, sin estatus migratorio, habitaba la sala. Yo, la recámara.

Mi corto paso por el departamento permitió que escribiera una novela corta: El chacal de Pie-IX.

En el departamento de la rue Walkley, al sur de Montreal, tampoco la tuve fácil.

En año y medio compartí  el inmueble con una cauda de personajes fellinescos: ex veteranos de guerra, prostitutas, estudiantes apegados a la cannabis, cirróticos, profesionistas desempleados, cleptómanos, etcétera.

Terminé enfrentado y con líos judiciales.

La experiencia valió la pena. Me permitió allegarme de historias reales, humanas.

Y no me quejo.

Parte de la experiencia quedó consignada en la novela Morir en Montreal.

Por recomendación de P fue posible vivir en una casona de tres recámaras, ocupada por tres estudiantes universitarios. Me cedieron la sala.

En un supermercado cercano compré un cobertor y un colchón inflable.

La hornaza de marihuana era recurrente. Estaba a la orden del día. Las 24 horas. Sus pulmones eran unos fuelles imparables.

Me desplazaba por terreno minado, lleno de cenizas o papeles chamuscados. En todos los rincones y pasillos, principalmente en el baño y el comedor.

Una semana resistí.

Y la salida la aceleró el robo de mi cartera con mil dólares. Dinero que utilizaría para la renta de un departamento. Después me enteraría que uno de los estudiantes, de padres caribeños, era adicto a la heroína.

Un anuncio del periódico El Chasqui permitió contactar con un peruano que rentaba una habitación por trescientos dólares mensuales.

Es difícil olvidar la fecha: jueves 23 de diciembre.

Nevaba.

IG fue en su automóvil a recogerme en una estación del tren subterráneo. Su departamento era tétrico y desordenado. Sus deudas lo obligaban a compartirlo para ahorrarse cuatro mil dólares anuales.

Un matrimonio de venezolanos abandonó el inmueble. Sus alegatos hartaron a IG. Tuvo que echarlos.

La necesidad de encontrar un espacio para vivir, obnubiló mi sapiencia. No dudé en firmar el contrato. Dormiría, a partir del 6 de enero, en la sala.

El mismo día partí a Hamilton donde pasé las fiestas decembrinas y el año nuevo al lado de mi hija L y mis nietos.

Regresé a Montreal en la fecha acordada. De inmediato solicité ayuda social en Emploi Quebec. Fui aprobado.

En mi nueva morada existía un punto a mi favor: la edad.

IG era sexagenario, como yo.

Y su necesidad de dinero le impedía confrontar ante cualquier reclamo.

Por ejemplo, no dejar platos cochambrosos en el lavatrastos o papel con gargajos en una bolsa plástica en la puerta del sanitario. O el escuchar la radio con volumen alto.

Terminó respetando los silencios de la lectura y producción literaria.

Le tomé aprecio.

La presencia de mi nieto en Montreal me obligó a buscar un nuevo departamento. El niño necesitaba aprender francés. Y quise apoyarlo.

No tuve contratiempos para encontrar el inmueble donde  actualmente resido.

Mi nieto cumplió su ciclo pedagógico y retornó al hogar materno.

Ahora estoy solo y enfrento solo la pandemia provocada por el coronavirus.

Quebec amaneció con 18 muertos y dos mil 21 personas infectadas de Covid 19. Es posible que se declare una especie de estado de sitio para impedir el tránsito humano en las calles.

François Legault, en su conferencia mañanera, invitó a los quebequés a no visitar Montreal.  La mayoría de los infectados viven en la isla y Estrie.

El precio de los principales productos básicos aumentó un 30 por ciento. Hay una demanda extraordinaria de huevo, proteína animal, frutas y verduras, pañales y papel sanitario.

El hambre empieza a hacerse presente entre algunas familias desempleadas. Hay largas filas frente a los bancos de alimentos.

De 450 mil demandantes de alimentos sin costo por semana, pasó a 800 mil, en el mismo lapso, según  Claudia Gastonguay, vocera de la red de bancos de comida, La Bouchée généreuse de Québec

Es posible que algunos barrios del centro-oeste sean aislados, como ocurrió en China, por la incidencia de infectados.

Yo, por necesidad, me preparo a tomar la calle para allegarme de alimentos.

banque alimentaire

A la espera de un poco de alimento sin costo. (Foto tomada de Le Journal de Montreal)

HEMEROTECA:La alegria de vivir – Emile Zola

 

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NO ES EL FIN DEL MUNDO

Por Everardo Monroy Caracas

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Jueves 26 de marzo.

14: 40 PM.

No es el fin del mundo.

Es una gripa severa con nombre propio y apodo: Covid 19 alias Coronavirus.

La cuarentena es lo que nos hace flaquear. El aislamiento altera el orden de las ideas; las noticias mediáticas, las contamina de miedo.

El dolor nos arrodilla; la muerte nos horroriza. Seguimos anclados a un hecho experimentado.

Cada personaje cercano, principalmente del vecindario, carga una cruz y aprieta los dientes.

El apagón de ayer, mientras leía y escuchaba música, me provocó cierto pánico. Es normal experimentar tres o cuatro veces por año un suceso semejante, principalmente durante el invierno.

La nieve afecta algunos transformadores y el cableado de alta tensión.

Hydro-Québec, consciente del problema, de inmediato graba un mensaje de voz para tranquilizar a los usuarios. No se trata de un apagón general, que afecte a la isla. Únicamente a dos o tres manzanas del barrio. El desperfecto es reparado en dos horas, a lo máximo.

Lo ocurrido ayer en la tarde tiene otras connotaciones para el comportamiento humano sometido a la cuarentena. Parte de nuestra sobrevivencia depende de los alimentos refrigerados y la calefacción.

La esposa del conserje, de sangre cubana, tuvo la responsabilidad de tranquilizar a los inquilinos.

—Ya hablamos a Hydro-Quebec —me informó por teléfono—, y pronto repararan el imperfecto, no se preocupe…

Aprovechó el contacto para preguntar sobre mi salud.

—Sano y trabajando, señora, muchas gracias por su interés… ¿Y ustedes como están sorteando el aislamiento?

PE tiene que salir por sus negocios y yo estoy al frente de los niños, pero todos estamos bien, la Virgen del Cobre nos protege y el santo Chárbel…

Es posible que al dormir, el apagón le abonó incomodidad al subconsciente.

En mi sueño me vi despierto, desesperado, frente a un refrigerador sin electricidad, chorreando agua rojiza por la hendidura inferior de la puerta.  Imaginé que en su interior, en estado putrefacto yacían las verduras y los trozos de carne de pescado y ave.

No es mentira.

La pesadilla ocurrió.  

Le comenté de lo ocurrido al vecino del departamento 3.

Los dos, en piyama y chamarra, coincidimos junto a los buzones del lobby del edificio.

Después de escuchar mis cuitas, reveló:

—Mis sueños son otros. Me veo de niño al lado de mis padres y hermanos… Usted sabe que en Culiacán la violencia está al orden del día y ahora con el encierro nuevamente descubro a mi padre ensangrentado, tirado en el patio de la casa…

En una ocasión me confió esa parte trágica de su vida.

Me arrepentí de haberle externado el asunto del refrigerador y los alimentos podridos.

Mi subconsciente no concatenó añoranzas o temores filiares.

Mis hijas y nietos, durante el sueño, no fueron los personajes protagónicos.

Francisco, de nueve años, vivió en carne propia el ajusticiamiento de su padre, un agricultor pobre que se negó a sembrar amapola. Su madre, él y sus cinco hermanos, de rodillas y con las manos en la cabeza fueron obligados a mirar el fusilamiento.

Los tres asesinos, a la usanza chera, hicieron su trabajo, sin tocar a la familia.

La mayoría de inmigrantes de Quebec son descendientes del horror de la guerra y el autoritarismo. Pocos países del mundo, de los 195 existentes —incluyo a Palestina y el Vaticano— disfrutan una vida plena y en paz.

Mi encuentro con Francisco me hizo reflexionar. Estoy por cumplir sesenta y cinco años y en Montreal nada me ata físicamente a la familia. En mis quince años de estancia en Canada, diez he permanecido solo. Mis hijas, al madurar, se independizaron. Ahora solo velan por su bienestar. Y una, la mayor, por sus hijos.

Es la norma natural.

La guerra mediática y la muerte de 22 mil 993 por el coronavirus —solo 36 canadienses— nos tienen paralizados.

Es la verdad.

Nuestra realidad cotidiana quedó constreñida a cuatro paredes, un ordenador, un teléfono portátil y un televisor.

Internet, como metáfora bíblica del Árbol del conocimiento del bien y el mal, nos mueve a su voluntad.

Está claro que el Covid 19 no se transmite por aire, sino únicamente por la saliva y el sudor humano.

Sin embargo, China, durante su cuarentena, nos proporcionó imágenes de su población con el rostro con cubrebocas y las manos enguantadas.

En la conferencia mañanera del primer ministro provincial, François Legault, después de informar sobre el deceso de otras dos personas por el Covid 19 y la hospitalización de 106 —de las 1629 enfermas—, hizo un llamado para no utilizar innecesariamente los cubrebocas.

— Necesitamos usar las mascarillas juiciosamente. Todos los países están tratando de tener cuidado con su consumo —subrayó al lado del director de Salud Pública, doctor Horacio Arruda, y del ministro del Trabajo y Solidaridad Social, Jean Boulet.

De acuerdo a lo recomendado por los expertos de la Organización Mundial de la Salud, solo deben utilizar tales aditamentos —guantes y cubrebocas— el personal que labora en hospitales.  Es quien tiene contacto directo con los enfermos.

   Media hora antes de encender e ordenador, recibí una llamada telefónica.

El primo Beto, el de la risa a flor de labios, ve el asunto de la pandemia como algo pasajero. Radica en la Ciudad de México.  Y no es muy apagado a socializar con la familia.

En esta ocasión lo hizo para enterarse de mi salud.

—Aun hablando contigo —respondí a su pregunta.

No es el fin del mundo, primo —exclamó, sin evidenciar temor o preocupación— y te recomiendo que te apartes un poco de la televisión…

CANABIS

En Montreal, compra de marihuana en tiempos del coronavirus, (Foto tomada del diario La Presse)

HEMEROTECA:Soy leyenda – Richard Matheson

 

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CRUCIFIXIÓN ADELANTADA

Por Everardo Monroy Caracas

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Miércoles 25 de marzo.

13: 52 PM.

La imagen de OH me intranquilizó durante varias horas. Su situación no era nada agradable ante el yugo de dos paisanos alcoholizados y presionados por el desempleo. Algo debía aportar para superar el remordimiento.

Hojeé la agenda telefónica, en busca de una tabla de salvación.

El ulular de ambulancias o patrullas es continuo.

Los gritos infantiles detienen mi búsqueda. Me asomo por la ventana. Dos niñas rubias en bicicleta regresan de hacer compras en la tienda Dollarama. Lo evidencian las bolsas verdes de la empresa que cuelgan del manubrio. Discuten y reinician el pedaleo.

Nada grave.

Detengo la mirada en un nombre de la agenda: OB.

Hace tres meses la contacté telefónicamente por un problema familiar. Al día siguiente me recibió en su oficina. Es argentina-quebequés y cuáquera.

Mi asunto fue saneado con su ayuda. El servicio fue gratuito. Asistence aux femmes es financiado por el Ministerio de Salud y Servicios Sociales de Quebec. (http://www.assistanceauxfemmes.ca/)

Antes de meterme a la cama le dejé un mensaje en el buzón de voz. Diez minutos después atendió el llamado.

—Le doy las gracias por su rápida respuesta —dije algo avergonzado por la hora—. La llamé sin el propósito de alterar su tranquilidad.

—Por desgracia, son tiempos del coronavirus y no podemos darnos el lujo de desdeñar las demandas de ayuda… Dígame, monsieur M en qué puedo ser buena…

Y a grandes trazos le expuse el asunto de OH. Me pidió el número telefónico de la paisana y se comprometió tomar el caso con absoluta prioridad.

En la madrugada, sin ánimo de continuar en la cama a pesar de lo irregular del sueño, descubrí que tenía un mensaje de voz en el teléfono portátil. Era de OH. Lo envió a la media noche y me extrañó no haber escuchado el timbreo.

Don E, muchísimas gracias por  su ayuda, ya me habló una trabajadora social y es posible que mañana (hoy) me vaya a un albergue para mujeres… Yo le llamo nuevamente de donde me encuentre. Buenas noches.

El claustro sanitario no merma mi ánimo. De eso estoy seguro. Mis sesenta genuflexiones de brazos y piernas, permiten aligerar la circulación de la sangre y la movilidad de los músculos.

Nada de alcohol. Nada de café. Nada de tabaco.

El calvario de la Semana santa se adelantó para los militantes del cristianismo. Soy parte de ese ejército de fe. Fui bautizado y apadrinado en Huayacocotla.

Por el momento, mis dos hijas y nietos libran la cuarentena en paz. Cada una acompañada de gente buena y solidaria.

No me quejo.

Quebec amaneció con mil 339 enfermos por el Covid 19. 336 más que el martes. Solo 35 se encuentran hospitalizados. Las cifras ascienden.

En las últimas 24 horas, por el virus, se registraron otros dos decesos. Hasta este miércoles, seis familias perdieron un ser cercano.

Somos ocho y medio millones de quebequés —recordó el primer ministro, François Legault en su conferencia mañanera—, ocho y medio millones de soldados comprometidos en el combate pacifico, pero vital contra el virus. Y cada cambio que hacemos nos aproxima a la victoria.

La policía montreales está muy activa.

Infinidad de jóvenes de ambos sexos hacen caso omiso a la alerta sanitaria. Echan por borda las recomendaciones de la sana distancia. En algunos departamentos y casas se drogan y alcoholizan. Los vecinos son quienes denuncian.

  Los Bergeron lograron resolver el asunto del primogénito. La policía intervino. Lo canalizó a un centro juvenil de rehabilitación. De no hacerlo, por sus constantes salidas, ponía en riesgo la salud de la familia.

IR me habló por teléfono en los momentos que desayunaba. Quiso conocer mi estado de salud. Por ser empleado de un hospital no puede ausentarse.

—¿Y cómo te sientes? —mi pregunta no tuvo la intención de incomodarlo.

—Lleno de miedo —afirmó sin ocultar su preocupación—. Y no solo yo lo tengo, sino todos los que trabajamos en el hospital…

IR es un hombre de 63 años. Su turno laboral es de las ocho de la mañana a las cuatro de la tarde, de lunes a viernes. Es chef.

Boris, el cubano, sigue enfiestado, pero sin alterar la tranquilidad del vecindario. Imagino que está bien apertrechado de ron y cerveza. Me comentó que durante la primera semana de abril recibirá su primer cheque del Seguro de desempleo. Su renta y comida está garantizada.

—¿Y la familia?

—Muy bien de salud y está tranquila por el aislamiento domiciliario ordenado por el régimen —respondió sin dar visos de angustia—. Por el momento no hay manera de mandar dinero. Las agencias de envío están cerradas y el banco, donde tengo mi cuenta, no ofrece ese servicio…

—¿Y cómo libran sus necesidades de alimento y agua?

—El cubano es muy unido cuando se trata de estas vainas y el régimen hace su parte…

Es virtual nuestro contacto con el mundo exterior. No faltan la energía eléctrica, la calefacción y el agua potable.

El transporte público —autobuses y tren suburbano— aun funciona sin variar los horarios preestablecidos.

Una aplicación en nuestro ordenador móvil de la Société de transport de Montréal nos permite visualizar en tiempo real la ruta del autobús que nos interesa abordar.

Enfrentamos una calamidad de salud pública. El aislamiento es el único recurso viable para no contaminarnos del mortal germen.

Y contrario a lo que se pensara, el director general de  Suicide Action Montréal, Luc Vallerand informó que en los últimos diez días han disminuido considerablemente las llamadas de auxilio de personas con intención de quitarse la vida.

El domingo 5 de abril es el inicio de la Semana santa. Ningún templo católico abrirá sus puertas.

La liturgia obligada, en esta fecha de duelo, tendrá que aplicarse a través de las redes sociales.

Una novela de Émile Zola, de la trilogía Las tres ciudadesParis—, me permite disipar temporalmente mis preocupaciones.

Me angustia imaginar el sufrimiento de las personas vulnerables. Sobre todo, de mis familiares y amigos. Dos hermanos radican en España y ocho en México.

HEMEROTECA: tele24mar20

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UNA PAISANA EN APUROS

Por Everardo Monroy Caracas

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Martes 24 de marzo.

14: 38 PM.

—Don E, buenos días…

—¿Quién habla?

OH, ¿me recuerda?

—Claro que la recuerdo… ¿Está usted bien?

—Regular, ayer nos avisó el supervisor que se cerrará la fábrica durante tres semanas, por lo del coronavirus

—Lo bueno que usted recibe ayuda social…

—Le hablo para saber si no quiere compartir su departamento, le ayudaría con algo de dinero…

—¿Tiene problemas donde vive?

—Sí, le soy sincera… Mis compañeros se quedaron sin trabajo y se la pasan borrachos…

OH es mexicana de sangre zapoteca. En diciembre del año pasado entró a Canada por aire y en el aeropuerto solicitó refugio político. Es madre soltera con cuatro hijos, tiene 35 años y trabaja en una fábrica sin el permiso del gobierno.

Hace tres semanas la conocí en un supermercado latino de la rue Saint-Huber. Mientras aguardaba mi turno para ordenar un plato de chicharrón con salsa verde y arroz jardinado, me preguntó en castellano sobre el contenido de una de las charolas de alimentos del aparador-mostrador.

—Es lengua de res enjitomatada —le dije.

—Prefiero lo que usted pidió…

—¿De qué parte de México es originaria?

El físico evidenciaba su posible mexicanidad: morena, robusta, cara regordeta, nariz corta y ancha, labios delgados y resecos y grandes dientes.

—Soy de Oaxaca, de un pueblo cercano a Puerto Juárez…

—¿Y que hace tan lejos? —cuestioné—, sobre todo en un país tan frio y ajeno al sol del trópico?

—La necesidad…

El amigo que me acompañaba —IR— vio la oportunidad de intimidar con una mexicana. Es un hombre solitario como yo.

—Déjeme invitarle el almuerzo —ofreció antes de presentarse.

IR es un camarada  —dije al presentarlo—, es peruano, pero ya tiene la ciudadanía canadiense…

En la mesa, OH nos narró parte de su odisea del viaje de Puerto Juárez a Montreal. De su boca escuchamos por qué dejó a sus hijos en manos de su madre.

En el hotel donde laboraba querían obligarla a vender drogas. Al negarse, fue amenazada de muerte y huyó. En base a esa historia demandó el refugio político por miedo fundado.

Un amigo radicado en Montreal, vecino de su comunidad, fue quien la convenció del viaje a Canada. En la actualidad, el gobierno no le exige visa de turista a los mexicanos.

—Cuando bajes del avión solicitas refugio político —le aconsejó su amigo.

Un mes después de su arribo, el gobierno provincial, a través de Emploi Quebec, le proporcionó dinero —750 dólares mensuales— para alimentarse y rentar una habitación en algún departamento compartido.

Su amigo, también zapoteco, la llevó a vivir a su departamento de una recámara. Él y otro oaxaqueño duermen en la sala. Ella ocupó la habitación que tiene puerta.

En Montreal existen agencias de empleo que contratan obreros y jornaleros sin documentos migratorios. El gobierno las tolera ante la demanda de mano de obra. Hay un déficit anual de cuarenta mil a cincuenta mil plazas laborales.

Las factorías, comercios y agroindustrias, por medio de esas agencias, se allegan de trabajadores sin papeles. La mayoría, demandantes de refugio político. Por lo mismo, fácilmente se deshacen de ellos, sin necesidad de enfrentar alguna demanda laboral. Pagan al contado (l’argent noir, en francés) con el respaldo de la agencia de empleo.

OH así sobrevive en Montreal. El dinero de la ayuda social se lo envía integro a su madre.

Cuando la conocí, su situación económica era desastrosa.

La agencia le pagaría su primer sueldo en tres semanas. Y su problema en el departamento se originó por robarle comida a sus compañeros.

La única solución, en estos casos, es acudir a los bancos de comida.

La hoja marrón como solicitante de refugio, expedida por el Ministerio de Inmigración y Ciudadanía, permite recibir ese tipo de ayuda.

—Señora, todos los inmigrantes somos sobrevivientes al llegar a Canada —le recordé—, pero los quebequés no desamparan a los grupos vulnerables, menos a los que huyen de su país por temor a ser asesinados…

En diciembre de 2019, el asunto del coronavirus era una simple referencia periodística. Únicamente los chinos lo enfrentaban sin la ayuda de otras naciones.

Y tres meses después de la experiencia china, Canada experimenta el mismo infierno.

Quebec amaneció —hoy martes 24 de marzo— con mil trece personas hospitalizadas por el virus. François Legault prevé que seguirá a la alza y le ha solicitado al gobierno federal equipo médico, porque aún no alcanzamos la cresta de la pandemia.

OH nunca imaginó que el Covid-19 alteraría radicalmente su propósito de mejorar la situación económica de sus hijos. El más pequeño tiene un año seis meses de edad.

Pero me tranquiliza saber que cuenta con la protección económica del gobierno quebequés. Los bancos de comida aun proporcionan ayuda, de requerirse.

OH paga trescientos dólares mensuales de renta. Dispone de cuatrocientos cincuenta para enviarles a sus hijos, mientras superamos la pandemia.

Tal vez pensó que yo le proporcionaría refugio sin pagar renta o comprar alimentos.

—Lo lamento, paisana —dije sin mentirle ni sentir remordimiento—, estoy enfrentando el mismo dilema. Te recomiendo que busques por teléfono a tu trabajadora social y le digas que no te sientes segura en el lugar donde vives. No dudarán en enviarte a un refugio para mujeres solas (abri pour femmes en danger), donde te darán alimentos calientes y una habitación donde dormir. No pagarás ni un quinto y podrás enviarle a tu mamá el dinero de la ayuda social.

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En espera para comprar alcohol en una vinateria. ¡Que Baco los protega! (foto publicada en Le Journal de Montreal)

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