Categorías
El relincho del miedo

¡RESPIRAR O MORIR!

Por Everardo Monroy Caracas

respirador5

Sábado 21 de Marzo.

Día soleado, pero frio. Ocho grados bajo cero.

Mi área de acción corresponde al barrio de Ahuntsic-Cartierville, en la parte norte de Montreal.

La municipalidad tiene un registro de casi doscientos mil habitantes en  el barrio.

Soy uno más.

Y según el Ministerio de la Salud y Servicios Sociales de Quebec en la provincia solo hay tres mil ventiladores mecánicos y mil camas de cuidados intensivos.

No olvidar que en la provincia radican nueve millones de habitantes.

El dato preocupa. De ahí la importancia de acatar las recomendaciones de los especialistas de mantenernos alejados temporalmente del contacto humano.

Una gripa severa, como la que provoca el Covid-19, afecta el sistema respiratorio. Nuestra respiración se dificulta. Los enfermos crónicos o personas de la tercera edad es posible que necesiten de un ventilador mecánico para no asfixiarse.

En la fase uno que tanto cacarean los especialistas de la salud no es necesario el aislamiento social.

Sin embargo, según la experiencia china, es el momento de aislarnos voluntariamente en nuestra casa o departamento si notamos algún cambio radical en nuestra salud. De agravarse, es necesario que nos hospitalicen.

Y aquí empieza el desmadre.

En el barrio de Ahuntsic-Cartierville pululamos no menos de cuarenta mil viejos, en su mayoría con problemas de salud.

Por desgracia, el diez por ciento de los habitantes mayores de trece años consume en exceso drogas o alcohol.

Y predominan un alto porcentaje de personas obesas o enfermas de cáncer, diabetes, hipertensión arterial, Sida, etcétera.

Y solo existen tres mil ventiladores mecánicos en toda la provincia.

De ese tamaño está el problema.

La pandemia no solo hace estragos en nuestro equilibrio emocional. Por la falta de previsión de los barones del dinero y sus políticos debilitaron el derecho de la clase obrera a organizarse, capacitarse y proteger su salud. La televisión adormece, enajena.

Después de la pandemia vendrá una etapa de rapiña salarial con xenofobia.

Y, como siempre, los únicos ganones serán quienes tienen el control absoluto de los bancos, los hidrocarburos, la energía eléctrica, las redes sociales, la telefonía y la agroindustria.

En una palabra, nos tienen de los cojones. Y disculpen la expresión.

Por lo pronto, WalMart envió un comunicado electrónico para informar que, a partir del lunes 23 de marzo, de las siete a las ocho de la mañana, en nueve provincias se atenderá a las personas de sesenta y cinco años y más. Quebec, tal vez por ser francófona, quedó fuera.

En Quebec se han confirmado cuatro nuevos decesos. Van cinco hasta hoy, a las 14: 24 horas, tiempo de Montreal. Y 223 personas se encuentran hospitalizadas por el Coronavirus.

El director general de la Salud Publica, Horacio Arruda informó que las cuatro víctimas del Covid 19 eran septuagenarias y vivían en el mismo asilo de ancianos.

VIDEOTECA:

Categorías
El relincho del miedo

INVIERNO EN FUGA

Por Everardo Monroy Caracas

4

Viernes 20 de marzo.

17: 30 PM.

Cambios obligados. La pandemia modifica hábitos y consumo.

De agravarse el asunto, mi reserva de toallas de papel tendrá otro fin: transmutarse de servilleta de mesa a papel sanitario.

Lo mismo ocurrirá con el trapo de limpieza absorbente. Por necesidad lo utilizaré como servilleta. Cada vez que lo use podré lavarlo para una siguiente ocasión.

Y algo más:

Empiezo a leer y ver videos sobre la manera de limpiarme el trasero a la usanza de los árabes e indios.

Nuevamente no tuve suerte. Hoy encontré vacíos los estantes destinados al papel sanitario en tres supermercados y dos farmacias.

Tengo una reserva de diecinueve rollos. Los suficientes para no padecer durante una buena temporada.  De creerle a Donald Trump, todo volverá a la normalidad entre julio o agosto.

Los alimentos aun no escasean.

Los montrealenses son altos consumidores de papa (pomme de terre, en francés). Aun así, hay suficiente, pero condicionada su venta a dos bolsas por cliente de cinco kilos cada una.

En la década de los sesenta, los habitantes de Huayacocotla —de donde soy originario—, nos limpiábamos el ano con papel estraza o de periódico. Los más pobres, usaban hojas de los arboles y olotes. Hasta las piedras cumplían esa función sanitaria.

Quebec, hasta el momento, tiene registrados 157 enfermos por el Covid 19 y solo un deceso, el ocurrido hace tres días.

En el edificio no todas las familias enfrentan razonablemente la pandemia. Algunos adolescentes se han rebelado. No soportan el encierro. En el departamento cuatro hubo gritos y portazos.

El primogénito de los Bergeron abandonó el edificio de prisa, sin importarle las amenazas y jalones de su madre.

—¡Ya estoy harto —exclamó el muchacho larguirucho y de cara afilada—, voy con mis amigos y regreso antes de las nueve!

—Solo quieres drogarte desgraciado  —reclamó la mujer desaliñada, en bata de dormir—. Tú sabes que tu abuela tiene problemas de salud…

Yo me encontraba en el lobby, pegado a la plancha de buzones. El muchacho casi me empuja al cruzar la puerta de salida. Cargaba una patineta bajo el brazo.

En esos instantes repicó mi teléfono portátil. Se trataba de RP, un ex compañero de departamento.

—Ni vengas a Jean-Talon —me sugirió—. Todo está cerrado.

La avenida Jean-Talon se encuentra en el barrio italiano donde radica un considerable número de latinos. En esa parte de la isla es común escuchar pláticas en castellano, como ocurre en Miami o Los Ángeles.

Los bolivianos, argentinos y peruanos predominan sobre las otras culturas.

—¿Conseguiste papel sanitario? —cuestioné.

—Nada —reveló con desaliento—, la gente madruga para apañar lo que llega.

—¿Y cómo vas en el trabajo?

—Todo sigue su curso, gracias a Dios —afirmó—. No puede cerrar por ser una empacadora de frutas y verduras. Mi supervisor nos pidió que en caso de tener algún problema de salud, permanezcamos en nuestra casa. Y de inmediato nos apoyan con el seguro del desempleo.

La tragedia de Italia y España es muy difundida en los noticieros de radio y televisión. Por el virus, en Italia han muerto cuatro mil personas y en España, mil 52.

Poco dicen de la pandemia de China donde casi ha sido superada. Tampoco resaltan lo que ocurre en Estados Unidos. Han muerto 218 personas y 16 mil 461 personas se encuentran hospitalizadas.

La Asociación de psiquiatras quebequés advierten que la pandemia dejará graves secuelas psicológicas entre la población. Auguran una alta tasa de personas con enfermedades mentales que repercutirá en la convivencia familiar.

Las cajeras del supermercado Metro, próximo a mi departamento, se quejan por la elevada carga de trabajo y no contar con equipo especial de protección. Solo utilizan guantes de goma para el manejo del dinero contante y sonante.

En algunos comercios ya no reciben billetes y monedas. La compra debe hacerse con tarjetas de débito o crédito.

Las quejas han arreciado.

Un alto porcentaje de montrealenses están en el buró de deudores o simplemente prefiere pagar sus compras al contado, principalmente las personas de la tercera edad.

Ningún pariente de México ha enfermado. Me tranquilizan enviándome correos electrónicos o mensajes de voz.

Canada —y por ende Montreal— ha cerrado sus fronteras terrestres con Estados Unidos. Únicamente le permiten la entrada a ferrocarriles, barcos y tráileres cargados de alimentos y productos del hogar.

Algunos bancos de comida aun dan servicio.

La demanda de alimentos aumenta entre los inmigrantes de recién arribo y que sobreviven con la asistencia social, mientras se define su estatus migratorio.

WalMart donará 500 mil dólares para abastecer de alimentos perecederos a los bancos de comida de todas las provincias y territorios de Canada. De paso, en un comunicado, demandó no hacer compras de pánico e informó que cuenta con suficientes provisiones de alimentos y productos domésticos.

Menos papel sanitario y así lo demuestran los hechos.

El insomnio me ha robado la mayor parte del sueño. Y el ejercicio, los libros y las películas intentan combatirlo.

Mientras escribo estas líneas, escucho el aullido del viento y veo, tras la ventana, un panorama gris y sin movimiento humano. Los arces siguen pelones y al verlos en esa ridícula condición me hacen sonreír.

Pienso:

Ni una pinche hoja para sustituir al papel sanitario…

Y solo falta un día para que acabe el invierno.

montrial soledad

Foto tomada de Le Journal de Montreal

HEMEROTECA: Douglas, kirk – El hijo del trapero

Categorías
El relincho del miedo

CUENTA REGRESIVA…

Por Everardo Monroy Caracas

3

Jueves 19 de marzo.

El teléfono muy activo.

Familiares y amigos intercambiando experiencias. No es halagador el aislamiento para quienes su vida diaria está en la calle, comercio u oficina.

Quebec, hasta las seis de la tarde (hora Montreal) tiene 128 enfermos por el Covid 19 y todos están hospitalizados. Solo un deceso se ha registrado.

La hija de una amiga entrañable enfrenta este infierno. La obesidad y diabetes contribuyeron en su caída.

NG, su madre, es una mujer de ochenta y seis años, y no se arredra ante el problema de salud de su hija.

—Y no te preocupes —me dijo— me cuido para no contaminarme tambien. Mis nietos me ayudan.

La mujer que murió por el Covid 19, de nombre Mariette Tremblay, tenía 82 años y era residente de Lavaltrie. Dejó cuatro hijos y nueve nietos. Precisamente su nieta Bibianne Lavallée recomendó en su sitio de Facebook: « Nous voulons que le décès de ma grand-mère, première victime au Québec de la Covid-19 puisse aider à sauver des vies».

(Nosotros queremos que la muerte de mi abuela, primera víctima del Covid 19 en Quebec, pueda ayudar a salvar vidas).

Es decir, sugiere que cada familia debe ser más prudente con el trato a las personas mayores y no exponerlas al contagio.

En el edificio donde habito, los niños y adolescentes empiezan a incomodarse con los adultos. Exigen movilidad y espacio. No todos son adictos a los videojuegos o libros. La sociedad montreales es afín al deporte, visitas a restaurantes, bares, plazas comerciales y parques e ir de compras.

La televisión solo emite noticias preocupantes. Muertos y enfermos por todo el mundo. La palabra Coronavirus cabalga día y noche en el subconsciente de la sociedad.

Por lo pronto, hoy hice sentadillas en la taza del sanitario —sesenta— y cincuenta planchas (o lagartijas) de pie. Apoye las manos en el filo de la plancha de la cocina e hice las flexiones requeridas.

No debemos dejarnos morir.

Mi médico familiar (que es gratuito en Canada) me envió un correo electrónico para ofrecerme sus servicios por teléfono. Me aclaró que no podrá atenderme en la clínica pública, en  caso de no enfrentar la letal gripa.

De estar infectado me dará las orientaciones necesarias. De requerir hospitalización al no poder respirar, debo marcar un número telefónico asignado para esos menesteres.

Las vituallas, por el momento, cubren mis necesidades. No hay déficit de papel sanitario, jabón, pasta dental o enseres de limpieza. Trabajan correctamente los servicios de Internet, telefonía, calefacción y agua potable.

Gracias a las redes sociales tengo acceso a películas y libros.

El primer ministro de Quebec, François Legault sugirió, en conferencia de prensa, que los habitantes de la provincia compren los productos quebequés para reforzar el empleo, el comercio y la agroindustria local.

Subrayó:

“Si nunca ha ordenado sus compras en línea, ahora es la oportunidad perfecta para hacerlo. Y mientras lo hace, ¿por qué no priorizar la compra de productos desde aquí llenando su canasta virtual? ¿Necesita un par de zapatos nuevos para salir a caminar? Vaya a la línea de un minorista local”.

Y puntualizó:

“Al multiplicar este tipo de ejemplos, los quebequés ayudarán a nuestras empresas que luchan para superar la crisis. Es importante comprar los productos de Quebec. Es esencial, si queremos darnos la oportunidad de proteger a nuestras empresas”.

El gobierno provincial anunció que cuenta con dos mil 500 millones de dólares para paliar los efectos negativos de las empresas. La gente que ha perdido su trabajo recurre al seguro del desempleo. Significa que recibirá cada mes la mitad del salario registrado por su patrón.

El salario mínimo en Quebec es de 13 dólares la hora. Sin embargo, los ingresos varían de acuerdo a la empresa, comercio u oficina donde la persona labore.

Por ejemplo, IR, un amigo, es ayudante de cocina de un hospital privado y percibe 25 dólares por hora. De rescindirle temporalmente el contrato, tendrá que depender del seguro del desempleo que administra el gobierno federal.

En un solo bar del centro de la ciudad, setenta personas se quedaron sin empleo.

El ministro de Empleo, Jean Boulet estimó que el gobierno provincial destinaria 150 millones de dólares este año, en caso de perder su trabajo 65 mil quebequés.

Ningún templo religioso se encuentra disponible para orar. En Montreal, los pastores, sacerdotes e imanes ofrecen sus servicios por Internet.

Estamos aislados los solitarios y únicamente Internet y el teléfono celular nos conectan con los familiares y amigos.

Dios nos agarre confesados. Y no ironizo.

muere

Madame Mariette Tremblay, primer victima en Quebec por el coronavirus.

HEMEROTECA: MarxYLaPoblacion-

Categorías
El relincho del miedo

SILENCIO OBLIGADO

fleury

Por Everardo Monroy Caracas

2

Miércoles 18 de marzo.

Obligado. No hay de otra.

Es de rigor ir a la lavanderia. Lo hago cada dos semanas. Y prefiero no molestar a terceros.

 Francisco N, del departamento 3, me habló por teléfono, antes de ir a su trabajo. Es mecánico industrial.

Compa  —dijo con su tono bronco, de norteño mexica—, en Toronto no habrá transporte público…  Lo cosa se complica. Mi hijo acaba de informármelo…

Lo desmiento:

—Tranquilo, amigo. Todos los días reviso los sitios web del transporte público de Montreal y Toronto y el servicio sigue funcionando.

—Sí —me confirma—, en Montreal no he tenido problema. Solo hubo un cambio: no podemos acceder por la puerta delantera para proteger al chofer. Lo hacemos por la puerta de descenso y el servicio es gratuito…

—Así es… —y tuve que cortar por lo sano—. Lo dejo porque voy a la lavandería y ya sabe que tienen mucha demanda las secadoras

—Sale, sale compa, le hablo cuando regrese del jale

Mientras meto la ropa a la bolsa de lona reflexiono sobre la actitud asumida por los vecinos. No ocultan su temor o preocupación. Prefieren aislarse que hacer vida social.

El asunto del coronavirus ha dañado la convivencia colectiva.

En Quebec, por la enfermedad, una persona murió hoy y setenta y dos se encuentran hospitalizadas.

Al arribar a la banqueta me di cuenta que el dépanneur del árabe estaba cerrado. Normalmente le compro limones frescos, pulpa de guayaba, sardinas de lata y harina de maíz.

Tendría que ir al negocio de los indianos. El dépanneur se encuentra a diez minutos de donde vivo. No hay de otra. Prohibidas las quejumbres o guevonear. Son tiempos de guerra.

En la lavandería me enfrenté a la hosquedad de dos mujeres maduras, de pelo cano. Casi me fusilan con la mirada. Su tez blanca y la claridad de sus iris evidenciaron su esencia quebequés. Las saludé sin recibir respuesta.

Durante la hora que permanecí en el establecimiento, opté por leer mi novela lejos de las mujeres y en una banca solitaria.

Marek Halter permitió distraer la mente y adentrarme a la Argentina de  la década de los cincuenta, la Argentina de Domingo y Eva Perón.

La novela fue escrita en francés. El autor es polaco.

La editorial Presses Pocket le cambió el título: de La vie incertaine de Marco Mahler a Argentina Argentina.

Tras secar la ropa, calladito y pensativo, la doblé y metí en el bolsón rodante.

Las damas continuaron con lo suyo: cuchicheando y vigilando el trajinar de las lavadoras.

 Las calles estaban semidesiertas. Ningún conocido avisté a mi paso.

Solo me interesaba llegar al departamento, lavarme las manos y el rostro, colgar la ropa, tender la cama e ir de compras.

Y no hubo contratiempos.

Retomé el sendero de la vida exterior. En la calle, confirmé que había marchantes en el supermercado Metro y la farmacia Jean Coutu. No así en la imprenta del ruso y el restaurante coreano.

La librería Renaud-Bray tampoco abrió sus puertas. Un cartel informaba la causa: proteger a los empleados del coronavirus.

El negocio indiano seguía funcionando. Me alegré. Pude allegarme de tres paquetes de tortillas, salsa picante, una bolsa de papas y dos latas de jitomate.

El propietario —moreno y de barba rala—, cubría sus manos con guantes elásticos. Me confesó que de seguir bajas las ventas tendría que cerrar y solicitar ayuda del gobierno federal.

—El primer ministro (Justin) Trudeau se ha comprometido en apoyarnos con dinero y estímulos fiscales… —dijo mientras le pagaba.

—Suerte —repuse. Y antes de empujar la puerta, pregunté—: ¿Sigue escaso el papel sanitario?

—Ni un rollo, lo lamento…

—Hábleme por teléfono cuando le surtan, por favor —demandé.

—Lo haré, no se preocupe…

Es posible que hiciera un gran esfuerzo para contener la carcajada.

HEMEROTECA: tele17mars20

Categorías
El relincho del miedo

EL RELINCHO DEL MIEDO*

caballo

Por Everardo Monroy Caracas

1

Martes 17 de marzo.

Escucho golpes insistentes en la ventana de la sala. Dejo de escribir en el ordenador.

11:18 de la mañana.

Es la segunda vez que sucede algo parecido. En junio del año pasado fue un policía quien alteró mi tranquilidad. Un llamado de auxilio alentó su presencia en el edificio. Mi ventana da a la calle y buscó mi apoyo al no tener respuesta en el interfon de la anciana que demandó el servicio por un asunto conyugal.

El marido estaba borracho y la golpeó.

Sin objeción, abri la puerta de acceso al edificio. En menos de diez minutos, el colérico anciano fue sometido, esposado y ensartado en una patrulla.

En esta ocasión  —martes 17—, se trataba de un adolescente afrocanadiense. Cuando vio mi barbada cara tras el cristal, sin dejar de sonreír exclamó en francés:

—¿Necesita que le haga sus compras, señor?

Me intrigó su ofrecimiento.

—¿De qué se trata?

—Vivo en el edificio de al lado —dijo— y mi mamá me pidió que lo buscara para ofrecerle mi ayuda…

—Por el momento no te necesito, hijo —dije aun confundido por sus palabras.

—Si cambia de opinión, este es mi número telefónico —acotó y colocó en el vidrio una hoja de cuaderno con once números escritos con plumón negro.

El muchacho estaba bien abrigado y con botas de nieve. Le pedí que aguardara unos segundos para anotar la sarta de signos.

De regreso al escritorio descifré el misterio.

Por el asunto del coronavirus, el gobierno provincial les ha recomendado no salir a la calle a las personas de la tercera edad.

Los estudiosos del tema suponen que los ancianos son los más vulnerables de morir, en caso de ser tocados por el maledicente bicho.

Desde el viernes 13 de marzo (número cabalístico) se declaró el estado de emergencia y la mayoría de los lugares públicos han cerrado.

El primer ministro de Quebec, François Legault informó que será hasta el 27 de abril cuando se reabran las escuelas públicas, bibliotecas, museos y centros de recreación.

Hasta el lunes 16, el ministerio de la salud de la provincia tenía el registro de cincuenta personas enfermas por el Covid-19.  En su mayoría septuagenarios.

En Quebec, la religión católica es predominante. De los casi nueve millones de habitantes, seis millones son fieles seguidores del Vaticano. Datos de la arquidiócesis confirman que el clero católico cuenta con mil 782 parroquias, cuatro mil 242 sacerdotes, mil 188 monjes y doce mil 672 religiosas.

Por lo mismo, la mayoría de las escuelas públicas están bajo el control de la comunidad católica.

En el edificio contiguo donde habito radican familias árabes. Es evidente que profesan la religión islámica. El adolescente que me ofreció sus servicios seguramente es musulmán.

Los seguidores del Corán son respetuosos de sus padres y ancianos. Difícilmente se deshacen de ellos enviándolos a las casas de retiro. Su libro sagrado es muy claro:

Tu Señor ha ordenado que adoréis sino a Él y que seáis benévolos con vuestros padres.  Si uno de ellos o ambos llegan a la vejez, no seáis insolentes con ellos y ni siquiera les digáis: ¡Uf!  Y háblales con dulzura y respeto.  Trátales con humildad y clemencia, y ruega: ¡Oh, Señor mío!  Ten misericordia de ellos como ellos la tuvieron conmigo cuando me educaron siendo pequeño.  (Corán 17:23-24).

Cosa contraria ocurre con la grey católica. Sus viejos terminan en asilos pagados con el dinero de la pensión.

Por fortuna aun no tengo problemas de movilidad. Vivo solo y disfruto mi soltería.

Sin embargo, no puedo negar que el asunto del coronavirus ha alterado mi tranquilidad. Duermo menos que de costumbre.

Es posible que en días posteriores evite hacer mis caminatas en el parque o vaya de compras al supermercado. Y ni modo, tendré que depender del espíritu solidario de los seguidores del profeta Mahoma, mis buenos vecinos.

El adolescente se llama Mubârak: Bendito en castellano.

*He decidido reproducir parte de los apuntes de mi diario. Es importante hacerlo para dejar constancia de lo que ocurre en Montreal bajo el asedio de un extraño virus (veneno o toxina en griego) que tiene horrorizado al mundo desde finales de diciembre de 2019. Es posible que se trate de un agente infeccioso microscópico creado en un laboratorio de guerra. Por lo mismo, el letal Caballo de Troya con sus relinchos de miedo nos tiene paralizados y puede llevarnos al suicidio colectivo.

HEMEROTECA: Primer Ensayo Sobre La PoblacionMalthus Robert –