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¿DO YOU CLAIMANT REFUGEE?

fusiladosEPILOGO

Eduardo fue llamado por una juez migratoria. En la carta comprobó que el lunes 14 de diciembre, a las nueve de la mañana, seria interrogado. Su caso de refugio político quedaría finiquitado ese día. De no ser convincentes sus argumentos, le darían una patada en el trasero. Y, de ser así, la deportación sería inminente.

El paralegal, a última hora, traicionó a su cliente.

Eduardo lo buscó por teléfono. La respuesta de la secretaria era la misma:

—Está fuera de Toronto…

—Pero ya tengo la fecha de mi appointment, señorita —alegó Eduardo.

—No se preocupe, la notificación tambien la recibe el bufete…

—¿Qué hago entonces?

—Ir a su cita y el licenciado enviará a un representante y al paralegal para que lo interprete…

El día llegó.

Eduardo escaló presuroso los escalones del edificio del Tribunal de Determinación de Refugiado. En el salón asignado fue recibido por un guardia que leyó la carta de la cita y confirmó las identificaciones oficiales del recién llegado: credencial de salud y hoja marrón del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración con fotografía.

— You wait in that room —dijo el uniformado de tez blanca y señaló una puerta.

Eduardo se internó en el lugar indicado. Un amplio salón bien iluminado. Parte del decorado: larga mesa con tres sillas y tres micrófonos, sillón negro acolchado y atril.

Una mujer joven, con ojos desmañanados y vestida de blanco, aguardaba al solicitante de refugio político.

—¿Eduardo…?

—A sus órdenes…

—Soy su intérprete…

—¿Viene del despacho de abogados?

—No, me contrata el Tribunal… Me imagino que tambien su abogado vendrá y se apoyará con otro interprete…

Exactamente a la hora acordada, la juez, en toga negra, se hizo presente. Después de tomar asiento, preguntó:

—¿Está presente el abogado que representará al señor Eduardo…?

Eduardo, respondió:

—No.

La interprete, repitió:

— He is not present…

La jueza pidió el consentimiento de Eduardo para que el interrogatorio se realizara sin la presencia de su abogado. No hubo objeción.

La audiencia duró seis horas con un receso de cuarenta y cinco minutos. La intérprete hizo su trabajo con profesionalismo.

Después de responder las dudas de la jueza, Eduardo tuvo que abandonar la sala y retornar una hora después para recibir el veredicto final. Eduardo presentó pruebas contundentes del motivo de su demanda de refugio político por miedo fundado.

La juez, al retornar a su asiento de gran respaldo, leyó el dictamen. La intérprete lo repitió en castellano:

—Se le concede el refugio político…

La decisión, firmada por la juez, le fue entregada a Eduardo:

The Refugee Protection Division determines that the claimants are convention refugees and persons in need of protection and therefore the refugee protection division accepts the claims.

Mientras eso ocurría, un avión de AirCanadá tocaba tierra en el aeropuerto internacional de Toronto.

Los pasajeros descendieron y en fila india entraron al área de migración. Los aguardaban varios agentes uniformados para revisar sus documentos y, de llenar los requisitos, aprobar su ingreso a Canadá.

De los 126 pasajeros, 39 eran ciudadanos mexicanos. No necesitaban visa para internarse al país del maple.

Canadá y Estados Unidos, en diciembre del 2004 firmaron el Third Safe Country Agreement (Acuerdo del tercer país seguro) para evitar que los recién llegados por tierra demandaran asilo político.

Colombianos, argentinos, paraguayos y cubanos fueron los más afectados por la medida. Tendrían que permanecer seis meses o un año en Estados Unidos, casarse y buscar la residencia en ese primer país para posteriormente continuar su travesía.

Los agentes migratorios eran seres omnímodos frente  a los interesados en ingresar al país como turistas o estudiantes de inglés. No así con los solicitantes de refugio.

Elvira Carbonera, oriunda de la Ciudad de México, no logró disimular su nerviosismo al llegar a la ventanilla y enfrentar el rostro adusto de la agente afrocanadiense que exigió su pasaporte.

Tu sostente en tu verdad y será un juez quien te deporte, no ellos”, recordó las palabras de su hermana, radicada en Toronto.

Veinte mexicanos recién llegados fueron forzados a tomar asiento y aguardar una nueva entrevista con los agentes migratorios.

Elvira estaba dispuesta a solicitar refugio.

Los otros pasajeros traían en sus manos los boletos de vuelo y el contrato de una agencia turística para visitar los casinos del Niagara Falls y dormir en un hotel de cinco estrellas de Toronto.

—¿Qué viene hacer usted en Canadá? —preguntó la mujer en inglés.

—Vengo a refugiarme porque quieren matarme en mi país —contestó Elvira en castellano.

—¿Do you claimant Refugee?

—Yes, I do.

La agente migratoria llamó a uno de sus compañeros, alto y cárdeno. Le pidió que aislara a la mexicana.

Elvira fue esposada y trasladada a un pequeño cubículo de madera.

En esos instantes, de angustia y miedo, sintió que su custodio la trasladaba a un paredón de fusilamiento.

HEMEROTECA: tvnotas

 

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LEAMINGTON

fusilados31

Nos fuimos caminando por las calles, nos alejamos y nos perdimos en la oscuridad, en un mundo distinto para nosotros.

Armando Ramírez/ Chin Chin el Teporocho

El dolor de espalda era lacerante.  No le permitía respirar con libertad. Durante diez horas trabajó en la pizca de pepino. A la par de otro jornalero mexicano arrancó más de siete mil plantas de la fruta y las transportó en una carretilla de plástico.

Los domingos descansaba. La familia menonita, dueña de la granja, jamás faltaba a su iglesia.

En Leamington laboraban más de quince mil jornaleros, latinos y caribeños en su mayoría.

La paga no era mayor a los ocho dólares la hora. En Leamington radicaban 27 mil habitantes y mil 554 empacadoras y granjas productoras de verduras y frutas.

De Toronto a Leamington era necesario recorrer 320 kilómetros de carretera.

La mitad de los jornaleros permanecían diez meses en la ciudad: de febrero a noviembre. De acuerdo a un contrato de trabajo suscrito entre los gobiernos de México y Canadá.

Otro tanto, carecía de estatus legal. Su empleo dependía de la media docena de contratistas avalados por los granjeros y propietarios de las empacadoras.

Eduardo, anotó en su bitácora de viaje parte de su experiencia en Leamington.

Después reproduciría sus observaciones en el periódico quincenal Primera Plana.

Escribió:

La contratista, Daniela Oceguedo jamás solicitó alguna identificación. Simplemente preguntó el primer nombre e informó que el salario sería de siete dólares con cincuenta centavos la hora y que exactamente a las seis de la mañana me recogería frente a mi domicilio, en la avenida Coronation y Erie.

“Si en cinco minutos no llega, me voy y pierde su oportunidad de que lo vuelva a contratar”, advirtió.

El trabajar de jornalero no sería algo fácil, más si durante casi tres décadas se ha vivido del periodismo y la máquina de escribir. Sin embargo, era necesario experimentar para entender un poco el asunto de los inmigrantes latinos y su relación con las greenhouse o empacadoras de verduras y frutas.

En esta ocasión, trabajaría en una granja de pepino. El lugar, con seis enormes naves de metal y vidrio, pertenecía a una familia de menonitas y estaba ubicado a diez minutos del centro de Leamington, en auto.

Daniela llegó puntual y aún a oscuras fui trasladado a la granja. Diez bloques adelante de mi departamento, recogió a Manuel, un campechano de carcajada estruendosa y muy recio en el trabajo.

El patriarca del clan menonita, Mister Kroguer, cuatro meses atrás sembró 21 mil matas que generarían 630 mil pepinos, no menores de medio metro cada uno. Todo por el milagro de la hidroponía.

El propósito de mi contratación era que con Manuel y tres menonitas, entre ellos una mujer, pizcaríamos y arrancaríamos siete mil plantas que ya habían cumplido con su ciclo de vida. El calor era deshidratante, no menor a los 110 grados Fahrenheit, y trabajaríamos diez horas continuas, con dos breves recesos de quince minutos cada uno y otro de treinta.

Por ignorancia, en el primer día de trabajo no llevé una camisa de manga larga y fui metido a una de las naves para cosechar los pepinos. Ahí le llaman pizcar. Peter, el capataz y menonita, me entregó una especie de navaja para los espolones de gallos de pelea. Tenía que ensartarla en el índice de la mano derecha y con ese artefacto cortar el fruto y colocarlo en cajas plásticas, color verde.

“Deben caber 21 pepinos por caja y tienen que tener el grosor de lo que apriete los dedos índice y pulgar”, me dijo y enseñó.

Exactamente a las 6:30 horas empecé la jornada, al lado de los menonitas y Manuel. Me interné a uno de los carriles con largas matas de pepino por ambos lados, de enormes hojas triangulares. En un carrito con neumáticos y cuatro cajas encimadas empecé a colocar el producto.

Mister Kroguer, al dejar sobre una tarima mi primer caja con 21 pepinos, se acercó y dijo que estaban demasiado delgados y que su comprador los desecharía. Tuve que separarlos y aguardar a que me entregara una herradura plástica para obtener el grosor deseado.

“Después de dos o tres días de pizca ya se irá acostumbrando”, dijo en un mal castellano.

Uno de los menonitas activó su reproductora de “cidis” y la nave se llenó de narcocorridos. Después me enteraría que él y su esposa vivían en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua y que trabajaban temporalmente en Leamington. De ahí su afición por la música ranchera.

Los antebrazos empezaron a arderme ante el roce de las hojas y los químicos. En menos de dos horas una extraña y molesta comezón hizo detenerme y preguntar si esa sensación era normal en los primerizos. Pedro me tranquilizó al revelarme que la planta contaba con microscópicas espinas y que por la falta de costumbre me causarían picazón durante dos o tres días. Luego, mi piel se acostumbraría al producto.

“Pero te recomiendo que siempre traigas una playera o camisa de manga larga, es lo mejor”, dijo sin dejar de sonreír.

Bajo el tormentoso cosquilleo en la mitad del cuerpo logré llegar al primer receso, el de las nueve de la mañana. El calor nos hacía sudar en demasía y no pararíamos, después de los quince minutos de alimentos, hasta las doce horas, Las cajas con pepinos fueron acumulándose a lo largo del corredor que llevaba a la puerta de salida y por donde transitaba un pequeño montacargas. Mister Kruguer era el responsable de sacar las tarimas cargadas de pepinos.

En cuatro ocasiones tuve que lavarme los brazos y la cara y noté que la piel tenía un color escarlata. Los ojos me ardían y los tormentos de la sed no cesaban. Manuel me dijo que eran los efectos naturales del primer día. “Es la falta de costumbre, no hay que quejarse. Así es el trabajo”, indicó.

Después del descanso de media hora, el capataz dio nuevas instrucciones. Manuel y yo seríamos llevados a tres naves vidriadas, con siete mil matas semisecas, que arrancaríamos y acarrearíamos en carretillas. Primero, el propio Peter, les cortaría las bases con una navaja amarrada a un palo del tamaño de una escoba. Nosotros desataríamos los hilos que le permitían a la mata estar de pie, montada sobre un alambre de acero inoxidable que corría en forma horizontal.

Manuel me enseñó a maniobrar: simplemente agarraba las matas que cupieran en ambos brazos y con un fuerte jalón se desprenderían. Luego, tendría que arrojarlas a la carretilla y ya llena esta, empujarla a lo largo del pasillo hasta el patio. En un tractor sería vaciada en la parte trasera de la finca.

Peter colocó cerca del acceso al vivero, un barril plástico con agua, hielo y vasos desechables. La temperatura ya estaba a 110 grados Fahrenheit y bajo ese calor sofocante, no paramos de trabajar hasta las tres de la tarde. El receso fue de quince minutos y mis piernas estaban acalambradas, la ropa mojada por el sudor y la comezón de piel era incesante.

Manuel me comentó que en esa greenhouse no se trabajaba los domingos. “Los patrones” eran muy religiosos y acudían a su iglesia.

Después me hablaría de Campeche, su familia y los oficios que allá desempeñaba: albañil y carnicero. Semanalmente enviaba 300 dólares a su casa. En noviembre regresaría a México y abriría una taquería.

“Aquí en Leamington vivo con otros tres compañeros, todos mexicanos y pagamos quinientos dólares mensuales de renta. Nos sale como a 125 por persona, pero sólo llegamos ahí a dormir, después de la madriza”, dijo.

El campechano llevaba seis meses trabajando con los menonitas. Jamás tenía diferencias con el capataz y, por el contrario, le enseñó todos los secretos sobre la siembra del pepino: la mata llegaba en una diminuta caja de plástico y era colocada a la vera de cada pasillo, en fila. Después, la punta de esa mata quedaba atada del cáñamo al alambre horizontal.

En dos meses la enredadera se montaba al alambre y retoñaba una treintena de flores naranjas, similares a la de las calabacitas. Más tarde se convertirían en pepinos y a las nueve semanas empezaría la cosecha. En realidad duraba cuatro meses el ciclo reproductor de la herbácea, alimentada por químicos y agua.

“Lo más difícil es la limpieza de las naves, porque hay que sacar la planta, lavar los pasillos y desinfectar. Lo otro es más fácil”, dijo Manuel.

Durante la jornada, jamás fuimos molestados por el capataz y mister Kruguer. Simplemente observaban nuestro trabajo y supervisaban el barril para que no nos faltara agua fría. La jornada terminó a las cinco de la tarde. Daniela llegó a esa hora y habló en inglés con el patrón.

La contratista me comentó de regreso:

“Le gustó su trabajo al patrón, quiere que regrese mañana y no se preocupe por la comezón que se le va a quitar después de darse un buen baño. Ya pasó la primera prueba”.

La sabia de las matas me había pintado de verde y el cansancio y comezón, por esa única vez, no permitieron que observara a mis anchas el bello atardecer de Leamington. Únicamente pensaba en bañarme, hacer algunas anotaciones en la bitácora de viaje y dormir. Daniela, mi contratista, escuchaba en su radioreproductor de «cidis» una vieja melodía de los Guns N’ Roses: Appetite for detruction.

—o—

Eduardo bajó el interruptor de luz. La habitación quedó en penumbras.

En menos de un año su vida había dado un vuelco radical. Fue inminente su proletarización.

El apoyo económico del gobierno canadiense permitió enfrentar los rigores del invierno y la ausencia del inglés.

Cada tres meses tenía que reportar su estado financiero a su trabajadora social y enviarle copia del trabajo desarrollado como voluntario en el Centro de Desarrollo Comunitario San Lorenzo y su avance en el aprendizaje de una de las dos lenguas oficiales de Canadá.

Aún no tenía fecha para asistir ante el Tribunal de Determinación de Refugiado. Su expediente estaba en manos del abogado y el juez migratorio.

Su futuro era incierto.

En esos instantes, el dolor de espalda no cesaba.

Tenía cincuenta años de edad —medio siglo de vida— y estaba reinventándose.

De existir el karma, según la filosofía hindú, renacía en vida para pagar sus malas acciones pasadas y no heredar esa deuda negativa a sus futuros descendientes.

Como recién nacido, tendría que aprender a hablar en otra lengua para comunicarse y sobrevivir.

Diría «water» por agua, «milk» por leche, «beer» por cerveza, «love» por amor y «hope» por esperanza.

Si no hacía un mayor esfuerzo por aprender el nuevo lenguaje quedaría marginado de su entorno. Estaría condenado a esclavizarse en trabajos rudos, mal pagados y de esfuerzo obligado.

En Toronto llegó a compartir casa con un geólogo, un arquitecto, un abogado, un diseñador gráfico, un actor de televisión y un matemático  panameño.

Ninguno trabajaba en asuntos relacionados a su profesión, solo limpiaban pisos, cargaban madera, pintaban casas, empacaban productos de belleza, lavaban charolas con residuos de pan podrido o doblaban periódicos en un diario canadiense.

Día y noche, sábados y domingos, ocho, diez o hasta doce horas diarias, en una sobrecogedora faena que los consumía, enflacaba y deprimía.

Hombres y mujeres, por igual, de todos los países del mundo, esperanzados en alcanzar un confort económico diferente al de sus ancestros.

Por esa poderosa razón, quienes aplicaban por refugio o razones humanitarias, no escatimaban dinero e imaginación para intentar convencer al juez migratorio de su necesidad de permanecer en Canadá de por vida.

Su última esperanza.

Después de bregar dos años con abogados e invertir de cinco a diez mil dólares en apelaciones y alegatos judiciales, les daban la oportunidad de recurrir a una última instancia legal: la Revisión de Riesgo o PRRA.

En ella acudían ante el Tribunal de Determinación de Refugiado y presentaban nuevos elementos probatorios de su probable persecución política o policíaca en el país de donde provenían.

Eduardo aprendió a escuchar que los colombianos eran los más afortunados en obtener la residencia, mientras que los mexicanos, costarricenses, salvadoreños, guatemaltecos, chilenos y argentinos únicamente tenían un treinta y cinco por ciento de probabilidades de ganar su juicio de permanencia.

Sin embargo, la última palabra la tenía el juez migratorio.

Incontables testimonios demostraban que el juez —personaje omnímodo e inquisidor—, no basaba su decisión final en la contundencia de las pruebas presentadas, sino en el comportamiento demostrado por el solicitante de refugio.

Protagonistas de historias inventadas, deambulaban en el país con su nuevo estatus de refugiado.

A partir de ese momento, tendrían todo el sistema asistencial a su disposición. Jamás padecerían los sinsabores del hambre, la falta de empleo o un techo en donde vivir.

Una vejez con dignidad estaba garantizada.

 El cansancio venció al periodista. En esta ocasión, el hijo de Somnus decidió no molestarlo y dejarlo en completo estado de indefensión.

Tampoco tuvo ánimos de hacer las anotaciones en su bitácora de viaje.

La aventura del espíritu trascendería al iniciar la redacción de un nuevo libro.

La granja de los pepinos lo aguardaba…

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FABRICA DE MENTIRAS

fusilados29

…en este mundo y en el otro, no merece aquel que sin ninguna moderación se complace en divulgar todos los caprichos, todos los gustos, todos los horrores secretos a que están sujetos los hombres en el fuego de su imaginación…

Marqués de Sade

En menos de ocho meses, Eduardo comprobó las miserias y fortalezas del sistema migratorio canadiense. Durante el trayecto a la ciudad de Leamington, al sur de Canadá, revaloró cada una de sus estadías en distintos lugares de Toronto y a las personas que había tratado.

Los inmigrantes de todo el mundo fabricaban dólares con su simple presencia. Los más audaces e inescrupulosos sacaban tajada de sus necesidades. Pocos escapaban a esa plaga bíblica.

En zonas de alta inseguridad pública, el casero hispano guardaba silencio ante sus víctimas. Los obligaba a firmar contratos de arrendamiento por un año. Nunca les advertía de los peligros existentes en caso de deambular, por calles y avenidas cercanas, después de las diez de la noche. Los asaltos y violaciones a mujeres solas eran continuos y alarmantes.

La mayoría de los abogados nunca se preocupaban por el resultado del proceso legal iniciado a favor del refugiado. En realidad les interesaba que el juez del Tribunal de Determinación de Refugiado rechazara su estadía en Canadá. De esa manera le sacaban más plata a sus clientes, a través de la apelación.

En este trámite legal obtenían entre mil 500 a tres mil dólares.

En la mayoría de los casos, los abogados estaban conscientes que los refugiados sustentaban su proceso en una falsa historia de persecución. Su único interés era embolsarse los mil quinientos dólares que les pagaba Legal AID por representar a cada uno de los refugiados.

De acuerdo al nivel de ignorancia del cliente, la tarascada era mayor.

Sin embargo, no todo era negativo: algunas aplicaciones llamaban la atención al sustentarse el miedo fundado. Los abogados invertían talento y dinero para que el solicitante de refugio convenciera al juez migratorio y lograra la residencia canadiense.

De ganar el juicio, el prestigio del abogado trascendería y significaba multiplicar su cartera de clientes.

Algunos paralegales, consejeros o interpretes, ante welfare contaban con una amplia red de parásitos: hacían negocio con las promesas de renta, servicios de mudanza, agencias de empleo, traducciones de documentos necesarios para el juicio de refugio, búsqueda de vivienda de alquiler y solicitud del permiso de trabajo, emitido por el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración. Muy común eran los robos de cheques del welfare, permisos de trabajo y tarjetas del Social Insurance Number. De ahí que varios vivales, por cien o 200 dólares al mes, alquilaban su domicilio para justificar la ayuda asistencial ante Ontario Work.

Este tipo de maniobras fraudulentas eran realizadas por las parejas que aplicaban de manera individual para obtener doble ayuda económica o welfare. Uno de los dos alquilaba una dirección ajena al lugar donde residía con su compañera o compañero sentimental y en dos o tres meses rentaban una nueva casa, basement o departamento y notificaban, ya juntos, su cambio de residencia. Sus mil 300 dólares mensuales quedaban inmovibles en caso de no tener hijos.

El sistema migratorio funcionaba de esa manera. Ninguna autoridad canadiense intentaba alterarlo. Daba sustento a su economía.

De cada diez inmigrantes refugiados, tres no trabajaban mientras duraba su proceso migratorio. Los otros siete, por el contrario, alternaban el  welfare con dinero recibido  en cash.

Sin embargo, por no hablar inglés o francés y el abuso de sus contratantes, percibían entre siete dólares cincuenta centavos a ocho dólares la hora.

De no faltarles el trabajo diario, gracias al welfare, lograban obtener hasta mil 800 dólares mensuales. Una parte de ese dinero era enviado a sus lugares de origen.

Los hacedores de las leyes migratorias compensaban un poco los abusos cometidos en contra del inmigrante. Los principales beneficiados con el welfare eran los empresarios, por no estar obligados a pagar salarios reales: quince a veinte dólares la hora. El welfare complementaba los ingresos economicos del solicitante de refugio.  Lograban colocarse sin prestación salarial, en la industria de la construcción, limpieza de casas, fábricas y empacadoras.

Eduardo fue testigo de cómo un traficante de permisos de renta —documento necesario para justificar el dinero destinado a la vivienda—, chantajeó a un matrimonio que aplicaba para el welfare. Eso sucedió en una de las oficinas de Ontario Work, en la calle Wilson. El hombre llegó hasta ahí, ya casi para vencerse el plazo de la entrevista, y obligó a los interesados a entregarle 200 dólares. Después, al llegar el cheque a esa dirección prestada, abrió el sobre y exigió que la pareja le pagara otros 200 dólares para tener derecho a ese dinero. Un paralegal tuvo que intervenir, solicitar la anulación del cheque ante la trabajadora social, y aguardar un día más para que lo restituyeran en la misma ventanilla de Ontario Work.

Algunos centros de desarrollo comunitario movilizaban a decenas de personas que realizaban su voluntariado — requerido por Ontario Work— y por ignorancia o necesidad tenían que trabajar de jardineros, empleados domésticos, mandaderos o cocineros, en las casas de los directivos, abogados, paralegales, pastores, sacerdotes y líderes espirituales. Los caseros pagaban hasta cincuenta dólares para que les allegaran clientes. Lo mismo ocurría con aquellos que canalizaban inmigrantes a los abogados: lograban obtener de cincuenta a cien dólares por persona.

En este negocio participaban empleados de albergues públicos, personas que hacían su servicio social en centros de desarrollo comunitario; familiares o conocidos de abogados o paralegales, encargados de agencias de empleo y pastores, líderes espirituales o sacerdotes de iglesias. La lista era interminable. Los permisos de trabajo podrían rentarse en cien dólares al mes y algunos paralegales los hurtaban en los departamentos o basement que subarrendaban para allegarse de más dinero, cheques y documentos oficiales.

Los mismos refugiados, ya con permiso de trabajo, abrían una pequeña empresa particular, avalada por el gobierno canadiense, y contrataban personal en cash y lo sobreexplotaban. En el Ministerio de Consumidores, Servicios y Negocios únicamente pagaban 80 dólares por el permiso oficial y ya regularizada su empresa tenían derecho a facturar y pagar los impuestos correspondientes. Era la forma como las agencias de empleo lograban operar y representar a los trabajadores sin estatus legal o aquellos que recibían welfare y laboraban en alguna fábrica, granja agrícola, construcción, limpieza de edificios departamentales o en establecimientos comerciales. Por cada empleado colocado lograban obtener hasta siete dólares por hora. En la misma agencia cobraban por el servicio de envío de dinero al extranjero y cambiaban, previa comisión, los cheques  que ellos mismos firmaban a personas inexistentes, sugeridas por los trabajadores.

Toda una fortuna, legitimada por las autoridades canadienses.

“En este país sólo hay listos y pendejos”, dijo un latino ya con residencia canadiense. “Yo quiero estar del lado de los listos y no de los pendejos. Además a mí no me gusta trabajar con los hispanos, porque son unos pinches ladinos y transas”.

Un matrimonio que había vivido en su casa, se quejaba de los abusos cometidos por este singular personaje. A pesar de tener nexos consanguíneos y una vieja amistad en su país de origen, les cobró 50 dólares por servirles de intérprete y otro tanto por transportar, en uno de sus vehículos, sus maletas y muebles a su nuevo domicilio. Jamás volvieron a cruzar palabra y en pláticas con futuros conocidos o familiares cuestionaban la supuesta ingratitud de uno o del otro.

Eduardo se preguntaba:

¿Por qué los abogados que se enriquecían con los inmigrantes, no los protegían de esos abusos? ¿Por qué no enviarlos desde el primer día que aplicaban como solicitantes de refugio a un albergue público donde tendrían más tiempo para buscar una vivienda digna, fuera del alcance de los caseros voraces? ¿Por qué no les proporcionaban gratuitamente el servicio de intérprete ante Ontario Work y creaban una red de ayuda en alimentos, ropa, calzado y dinero para el transporte público? ¿Por qué no combatir el negocio ilícito de las promesas de renta, robo de los permisos de trabajo y tarjetas del SIN? ¿Por qué no imprimir folletería en donde se le advirtiera al inmigrante sobre todas estas fallas del sistema canadiense y los abusos que se cometían por ignorancia del interesado? ¿Por qué los hispanos se habían convertido en verdugos de los propios hispanos?

Indiscutiblemente algunos inmigrantes, sin historia de persecución, estaban en Canadá para ganar dinero lícito y así ayudar a su familia. La mayoría usaba a su conveniencia a aquellos que les daban apoyo inicial e intentaban invertir lo menos posible de sus ahorros. Eso no significaba ingratitud o abuso, sino su derecho legítimo a sobrevivir en un país agreste, difícil y demandante de mano de obra mal pagada.

Un paralegal tailandés, le sugirió a Eduardo:

“Lo más recomendable para un inmigrante interesado en obtener refugio político, es conseguir el mayor número de pruebas sobre su caso de persecución y no culpar al abogado de su fracaso. Primero debe estar consciente de la falsedad de su historia y al no sustentarla es previsible que el juez del Tribunal de Determinación de Refugiado le niegue su estadía en Canadá. Sin embargo, durante un año o más contará con asistencia social, clases gratuitas de inglés o francés, un permiso de trabajo y una vida mucho más digna que en su país de procedencia.

“De perder el juicio, valorará si su trabajo en “cash” y el dinero del welfare le dan lo suficiente para pagarle mil 500 a tres mil dólares al abogado para apelar la resolución. De hacerlo, se dará un respiro durante seis meses para no ser molestado por alguna autoridad migratoria. Lo recomendable es que de serle negado ese recurso, ya no gaste dinero y opte por vivir sin estatus legal durante el tiempo que tenga planeado radicar en Canadá. En tres años o más, tiene la opción de aplicar por razones humanitarias y alargar más su estadía en este país de oportunidades”.

Don Gerardo Merk, hijo de menonitas, interrumpió los pensamientos del periodista. Notificó que ya habían entrado a la ciudad de Leamington y que los dejaría a él y los otros cinco pasajeros de su Van en la calle Talbot, frente a la tienda de productos mexicanos El Campeón.

Eduardo esa noche dormiría en casa de un matrimonio mexicano que laboraba en una empacadora de jitomate. Juan Serrano y Estela Rubio, oriundos de Toluca, Estado de México, aplicaron como refugiados y trabajaban de “cash” durante doce horas diarias.

“Bienvenido a la chinga”, le dijeron al periodista al abrirle la puerta de su casa.

Un vaho rancio, producto del desaseo y la falta de ventilación, abofeteó al recién llegado. El departamento carecía de muebles y un bote de plástico estaba repleto de basura descompuesta. Eduardo tendría que dormir en el suelo, sobre una vieja frazada, mientras conseguía una colchoneta.

“Mañana te llevo con Daniela para que te meta a trabajar a una granja de pepino”, dijo Juan Serrano, tras lanzar un ruidoso eructo y descubrir sobre su lengua amoratada una masa ensalivada de frijoles refritos que aún no alcanzaba a deglutir.

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EL PARALEGAL

fusilados28

Soy un hombre solitario

que el destino es mi suerte…

Diomedes Díaz

Eduardo recibió los documentos del paralegal, amontonados en el escritorio de su oficina.

En el despacho contiguo hallábase un abogado de sangre tanzania. En el exterior, dentro del recibidor con seis sillas, cuatro nuevos inmigrantes, serios y pensativos, aguardaban ser atendidos.

En 425 Eglinton West estaba el nuevo cuartel general del paralegal.

Cuatro meses atrás concluyó su relación laboral con Hertler. Sus oficinas se encontraban en la avenida Dundas, junto al edificio del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración.

 En el estacionamiento, Hertler había colocado una traila donde anunciaba sus servicios con grandes letras negras. Le interesaban las personas de habla hispana.

El periodista le comentó al paralegal su interés de viajar a Leamington y la posibilidad de allegarse de un dinero extra para, en caso de perder el juicio legal, no apelar, sino exiliarse en España, donde radicaban dos familiares cercanos.

El 11 de julio del 2004 su padre había fallecido y dos días después, nació su primer nieto, Fernando.

“¿Estás seguro que quieres irte a Leamington?”, preguntó el paralegal.

El trato cotidiano había desarrollado un tipo de acercamiento afectivo, no falto de admiración mutua.

 “El inglés no se me da  —dijo Eduardo—, difícilmente voy a entrar al periodismo canadiense y mis necesidades son mediatas. La prensa latina ha aprendido a sobrevivir, sin mucha plata, con el esfuerzo ajeno. Aquí nunca falta quien regale su trabajo ante la esperanza de ser tomado en cuenta algún día y eso lo aprovechan muy bien los editores”.

“Tenemos que construir nuestros propios puentes y no culpar a nadie de nuestras deficiencias”, sentenció el paralegal.

“Nadie se queja. Hubo un tiempo que supuse que estaba más salado que un bacalao, pero las calabazas, durante el trayecto, se van acomodando solas, como decía una amiga”, dijo Eduardo.

“No es fácil sostener los gastos de una casa propia, a pagar en treinta años —reflexionó el paralegal—; desprenderte de la tercera parte de tus ingresos por cuestión de impuestos, y cubrir las necesidades diarias de cuatro personas que sólo dependen de tu esfuerzo. Se gana en dólares, pero se gasta en dólares”.

“Me lo imagino”, dijo Eduardo. “Es la vida de la mayoría de hispanos que ya tienen raíces en esta tierra. Por eso creo que a algunos no les importa sentir los problemas del inmigrante recién llegado, sino por el contrario, se convierten en un medio para allegarse de dinero fácil. Uno puede recibir apoyo solidario una o dos semanas y más adelante enfrentar los sinsabores del rechazo. El muerto y el arrimado a los tres días apestan”.

“Canadá no es un país fácil”, dijo el paralegal, “y uno lo va descubriendo con el transcurrir de los días. La gente que está afuera esperando, en la oficina contigua, lo único que busca es resolver su problema personal e invertir lo menos posible. De lograrlo difícilmente vuelves a verlos, ese es su destino. Ganen o pierdan su juicio de refugio, jamás vuelven la cabeza hacia atrás. Ahí empieza la falta de conciencia de cada uno de ellos para ayudar a los otros. En eso están fallando las iglesias y los centros de desarrollo comunitario”.

“La Ley del uso, ni modo”, acotó Eduardo.

“Exactamente la Ley del uso —asentó el paralegal—: yo te uso, tú me usas, él me usa… y todos nos usamos. El asunto es que los más listos, en ese sentimiento de uso hacen negocio con los migrantes. Por ejemplo, un centro de desarrollo comunitario puede obtener hasta un millón 300 mil dólares anuales y gastarse las tres cuartas partes en sostener a su burocracia. Su trabajo sólo es referencial porque casi nunca resuelven, con sus propios medios legales o administrativos, los problemas del migrante recién llegado”.

El paralegal tal vez aludía a dos reportajes que Eduardo había publicado en Primera Plana y que evidenciaban fallas administrativas y de servicio en algunos centros de desarrollo comunitario de Toronto. Recibían millonarias aportaciones de cuatro ministerios federales, Legal AID, la Municipalidad de Toronto, la United Way of Greater Toronto y las asociaciones The Ontario Trillium Foundation y The Brumara Foundation. Los ministerios donantes eran el de Ciudadanía e Inmigración, de Ciudadanía Ontario, de Salud y de Familia, Niños y Servicios Sociales.

“Lo que me sorprende es el funcionamiento de los albergues públicos: hay sesenta en Toronto y diez de ellos son administrados por el gobierno de la ciudad. Los otros cincuenta subsisten con dinero privado. Ahí reciben alimento cinco veces al día, sábanas, almohadas y cobijas nuevas; tickes para el transporte público y hasta asesoría gratuita para obtener welfare”, dijo Eduardo.

“Sólo que son muy pocos los funcionales y seguros”, aclaró el paralegal, “porque en su mayoría acogen a personas de la calle, viciosas e sin hábitos de aseo. Para un inmigrante recién llegado eso puede ser traumante. En varias ocasiones, puedo asegurar que hasta cientos de veces, intervine para sacar a inmigrantes de los albergues y llevarlos a mi casa o la casa de otros amigos. Después, ya con la ayuda asistencial de Ontario Work, lograban obtener una vivienda digna”.

En esas fechas, el paralegal enfrentaba un problema legal por su supuesta intromisión en un asunto migratorio que afectó el ingreso de un aspirante a refugiado.

Eduardo tuvo la precaución de investigar los hechos y concluir que se trataba de un asunto de vendettas entre los mercaderes de inmigrantes. El paralegal llevaba veintidós años construyendo una red de apoyo a personas de recién ingreso a Canadá y algunos de sus colaboradores —contritos y muy leales al principio— terminaban repudiándolo y desprestigiándolo. Sin embargo, jamás cuestionaba su proceder y prefería apartarse de ellos sin rupturas violentas y seguir con su propósito de trabajo.

“Creo que su principal problema es dejar en manos de terceros la confianza que le han depositado los inmigrantes. Si sus recomendados fallan, el único responsable es usted y en dos meses lo culpan de algún abuso que se cometió contra de ellos”, le advirtió el periodista.

Por ejemplo, si el intérprete ante Ontario Work aprovechaba la ignorancia del nuevo inmigrante y le ofrecía gestionar el permiso de trabajo por cien o doscientos dólares, el afectado suponía que el paralegal le había dado esas instrucciones.

El intérprete aseguraba que en menos de un mes le entregaría ese documento y en realidad era enviado cuatro meses después de haber sido aceptado como refugiado político. No por la intervención del intérprete, sino por un trámite normal ya contemplado por las leyes migratorias.

El paralegal era el menos malo de esa jauría de mercaderes y aun así, sus detractores lo atacaban con saña.

En alguna ocasión, Eduardo llegó a convencerse que el paralegal había perdido su mística de servicio al estar alejado de sus obsesiones religiosas. Lo evidenciaban algunos comentarios ríspidos y por el comportamiento cuestionable de algunos colaboradores que lo acompañaban. Lo cierto era que no toleraba la altanería y falta de humildad de algunos nuevos inmigrantes que solicitaban su ayuda.

“Sienten que uno está para servirles, para resolverles todos sus problemas, sin que hagan el menor esfuerzo por ayudarse”, repetía.

Los trasladaba en su camioneta a las oficinas de Ontario Work, albergues públicos o Legal AID y en casi todos los casos nadie le pagaba sus servicios o cooperaba con un poco de gasolina. Por el contrario, ya a sus espaldas, los mismos beneficiados comentaban que esa era su obligación porque le pagaba el gobierno para atenderlos. En realidad su salario provenía del abogado, pero sólo por armar los PIF’s y servir de interprete ante Legal AID y de su propio contratante, en este caso el abogado de sangre tanzania.

Un día que el reportero apoyó a un inmigrante venezolano en la corrección gramatical de su historia, al día siguiente le comentó al paralegal:

“Increíble, ni las gracias me dio su recomendado”.

El paralegal, cuestionó:

“¿Tú le das las gracias a Dios todos los días?”

HEMEROTECA: TVNo 09 Julio 2019

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LO MIO NO IMPORTA

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Tengo que evitar que aumente su dolor, pensó. El mío no importa. Yo puedo controlarlo. Pero su dolor pudiera exasperarlo.

Ernest Hemingway

Eduardo, Robespierre y Rodrigo pagaron de renta mil 800 dólares iniciales. La casa contaba con tres recámaras, baño y cocina. Novecientos de depósito y el otro tanto cubriría la primera mensualidad.

El dinero incluía agua potable, energía eléctrica y telecable.

 Los propietarios del inmueble —un matrimonio argentino con tres hijos—, habitaban el basement y estaban al tanto del comportamiento de los recién llegados.

Los arrendatarios entregaron tres promesas de renta, de 300 dólares cada una. Los inquilinos las enviaron a su respectiva trabajadora social o caseworker. En algunas ocasiones, el gobierno provincial liberaba dinero para el depósito. En este caso, no sucedió así.

Eduardo confirmó su cambio de domicilio al abogado, Legal AID, sucursal bancaria y el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración. Por realizarlos antes del día 15 del mes, recibiría sin contratiempos la correspondencia y el dinero para el transporte.

Robespierre fue el primero en abandonar la vivienda de madera y tres niveles. De inmediato, comprobó que en esa zona —Weston y Lawrence West—, habitaban  afrocanadienses, la inseguridad era latente y durante el invierno tendrían la responsabilidad de paliar la nieve de la entrada y el solar.

Dos semanas después, Eduardo y Rodrigo fueron asaltados por tres adolescentes, armados con pistola y cuchillo. Seis policías y dos perros, a bordo de tres patrullas, llegaron al lugar de los hechos, treinta minutos más tarde. Tras ser interrogados con ayuda de una intérprete, todo fue en vano.

Los delincuentes jamás tocaron cárcel y los policías únicamente cubrieron una exigencia legal, de rutina.

El asalto ocurrió a las 23:10 horas, al borde de la vía del ferrocarril de la John street y Rosemount.

Los delincuentes, entre ellos una mujer, los obligaron tirarse bocabajo. Los patearon al cerciorarse que no traían dinero.

Rodrigo sangró de la nariz y el periodista obtuvo un chichón en la cabeza.

Un matrimonio de italianos solicitó apoyo al 911.

Una mujer policía, oriunda de Colombia, reveló:

“Estamos perdiendo la batalla con la delincuencia. Tenemos muchos problemas con los afrocanadienses. Los lugares de alto riesgo se encuentran precisamente en Weston y Lawrence, Jane, Sheppard, Finch, Steels y Martín Grove. La venta de droga ha crecido y hasta los adolescentes están armados”.

Eduardo dejó la casona dos meses después.

La familia de Rodrigo llegaría a Toronto en calidad de refugiada.

Sin embargo, la convivencia entre Eduardo y Rodrigo se había fracturado. Llegaron al extremo de liarse a golpes.

Los argentinos solicitaron el apoyo de la fuerza pública.

No hubo detención, solo una reprimenda y la amenaza de ser deportados, en caso de repetirse el pleito.

La aprensión de Rodrigo, por tener una vivienda para recibir a su esposa e hijos, le hizo perder la cordura y presionar a Eduardo para que buscara un nuevo hábitat.

Historias similares experimentaban cotidianamente los inmigrantes hispanos.

El refrigerador y el baño tienen una desmesurada preeminencia en la vivienda. Son parte fundamental para la sobrevivencia de los inquilinos. En el primero caso, los espacios se comparten previamente. Nadie puede tocar los alimentos del otro o invadir su área de enfriado.

El mismo criterio es aplicado en el mobiliario donde se coloca la despensa.

La regadera se usa de acuerdo a los horarios de trabajo o escuela.

Cada inquilino debe acoplarse al tiempo requerido, sin lastimar o atentar contra los intereses del otro.

Ni el sanitario podría ser motivo de disputa, se advertía.

Eduardo prefería guardar sus utensilios de aseo en su cuarto —jabón, pasta dental, shampoo  y rollo de papel— y así administrar mejor el poco dinero obtenido del welfare.

Entre los migrantes se va desarrollando un sentimiento de egoísmo enfermizo. Incluso, marcan los alimentos para cerciorarse que siguen con la misma proporción al retornar a su casa. O, delante de sus compañeros, bebían parte de sus sodas de dos litros para evidenciar que ensalivaron las botellas.

En una vivienda de la King street, Braulio Chic le clavó un cuchillo en la mano derecha a su paisano —provenían de Nicaragua— por beberse, sin su consentimiento, una lata de Coca cola.

Otro inmigrante argentino, de la Sheppard street estuvo a punto de estrangular a su compañero de departamento, al descubrir que le había robado una pieza de pollo y dos rebanadas de pan integral.

En la mayoría de los casos el problema no sale de las paredes. Es posible que algunos migrantes carezcan de status legal en Canadá.

Otros hechos, alentados por la depresión o esquizofrenia, terminaron en la bitácora personal del periodista.

Por ejemplo, consignó 35 casos de intento de suicidio, aislamiento voluntario durante varios días en el interior de una recámara; monólogos interminables con personas inexistentes e irritabilidad constante, casi al borde de la locura. Los enfermos mentales eran deportados o internados en clínicas psiquiátricas.

Una mujer de República Dominicana, Dolores Arniagen, pasó dos semanas en su habitación, sin tener contacto con el exterior. Los vecinos alertaron a la autoridad e intervinieron los bomberos para forzar la entrada. La encontraron desnuda, cubierta de heces fecales, comiendo alimentos descompuestos y alucinando. La internaron en el hospital de Saint Joseph, por las lesiones presentadas en la cabeza y una anemia aguda. En su declaración de ingreso, argumentó que había sido secuestrada y maltratada por un salvadoreño.

Declaró:

“Tengo aquí (en Toronto) dos meses y como estaba ilegal con engaños entré a trabajar con un hombre que es de El Salvador. Me tuvo encerrada en su casa, abusó sexualmente de mí y apenas me daba un poco de comida. Siempre me golpeaba hasta que perdía el conocimiento”.

Ninguno de los vecinos confirmó su dicho, menos el casero.

Todos coincidieron que Dolores había perdido la razón.

Uno de los psicólogos del Ministerio de Salud que la asistió, reveló que la mujer tenía rasgos de esquizofrenia y necesitaba un tratamiento urgente.

Son muy comunes estas enfermedades mentales en Canadá, sobre todo tratándose de inmigrantes. Vienen de países en guerra o el poder del hombre es único dentro del núcleo familiar. Aquí pierden ese poder y se deprimen al ver que su cónyuge se independiza y ya no está obligada a darle de comer o limpiar la casa. Los hijos al crecer simplemente se independizan y no tienen por qué darle alguna explicación”, dice el psicólogo hispano, Emilio Nava.

Y añade:

“También el clima y el idioma son factores determinantes. Los largos inviernos evitan luminosidad en el cerebro y eso provoca alteraciones en las neuronas que llevan a la depresión. Otro tanto abona el hecho de no tener mayor comunicación con la sociedad por el desconocimiento del idioma oficial de este país. Esto los lleva al aislamiento y a la carencia de autoestima”.

La mujer canadiense tiene mejores posibilidades de superar su estrés o depresión.

Las leyes le permiten allegarse de diferentes apoyos materiales, económicos y profesionales para superar su estatus legal y sentirse útil.

La mujer, normalmente abusada y explotada en su país de origen, toma el control de su vida y sabe que jamás volverá a ser víctima de un mal trato de su compañero sentimental.

La mujer que enfrenta el abuso doméstico en Canadá tiene acceso a albergues, apoyo médico, dinero y protección legal gratuita.

En contadas ocasiones, ese poder es una especie de espada de Damocles para sus adversarios. Con sólo llamar a la policía y denunciar algún tipo de maltrato o amenaza, su pareja termina en la cárcel, paga una fianza y no puede llamarla o acercarse a su víctima.

Un juez es quien determina el perímetro territorial para que su verdugo jamás lo transgreda.

Lo mismo ocurre con los hijos.

Las leyes locales castigan duramente a aquellos padres golpeadores o desobligados.

Los niños saben que con solo marcar tres números telefónicos —911— unos ángeles azules descienden del cielo, destrozan las puertas y encarcelan a sus malvados padres.

En el momento que llegan a la mayoría de edad, sin inmutarse, agarran su ropa y un poco de dinero y se independizan.

No tienen la obligación de mantener a sus padres.

El gobierno y la sociedad civil se encargan de ellos, vía welfare, pensión o casas de asilo.

“Las leyes aquí están muy bien aceitaditas para que nadie trastoque el orden social”, dice el psicólogo Emilio Nava.

En la estación del tren subterráneo de Lawrence West, Eduardo conoció a un salvadoreño de abundante cabellera que aguardaba la llegada de su esposa. Al darse cuenta que hablaba castellano, le preguntó dónde podría conseguir un mapa del transporte público.

En confianza, Antonio reveló que su esposa lo había demandado. Por decisión de un juez, estaba obligado a entregarle el cincuenta por ciento de su salario. El automóvil lo tuvieron que vender y repartirse el dinero.

 “Todo iba bien entre nosotros, hasta que sus amigas le metieron malas ideas y desde hace cuatro meses todos los fines de semana, sale a bailar, a divertirse y descuida a nuestros dos hijos. Cuando la enfrenté me llevó a la corte y el juez se puso de su lado. Ahora le doy la mitad de todo lo que gano y casi nunca se encuentra en la casa. Ya me comentaron que tiene un amante”, dijo el afligido marido.

Antes de despedirse, alcanzó a balbucir:

“Estoy pagando un poco de todas las tonterías que hice en San Salvador”.

Su esposa, aún con el uniforme de trabajo —bata azul y zapatos especiales con punta metálica— lo aguardaba en el interior del autobús urbano.

Eduardo observó que empezaron a discutir. Ella manoteaba y le señalaba su reloj de pulsera.

La unidad reinició su marcha, sin que la pareja disminuyera el tono de su voz.

Los otros pasajeros dormitaban, leían periódicos o libros o meditaban con la mirada fija, sin un lugar definido.

“Pobre cabrón”, pensó el periodista.

Eduardo, cada semana escribía un reportaje y dos crónicas urbanas en el periódico Primera Plana.

Los martes y miércoles entregaba su material y le encargaban futuras investigaciones editoriales.

El patrocinador de la empresa periodística, Hernán Astudillo, tenía bajo su mando el manejo de una radiodifusora, Voces Latinas; un inmueble de dos niveles para oficinas y un templo de madera cargado de santos y vírgenes, donde los domingos y días de guardar atendía a los feligreses. Tenía bajo su servicio a un ejército de inmigrantes con derecho al welfare. Uno de ellos era el periodista.

El éxito del ecuatoriano —llegado a Toronto en 1991 en calidad de refugiado político y con una guitarra a la espalda—, no era compartido por sacerdotes y pastores de otras iglesias, principalmente la católica.

Se le enjuiciaba al suponer que la radiodifusora era un negocio particular. Para su funcionamiento  utilizaba recursos públicos. Algunos diarios de la localidad ventilaron el asunto. El cura anglicano —padre de familia y protegido de una mujer canadiense, involucrada al Centro Comunitario San Lorenzo— negaba los cargos y aseguraba que jamás dispuso y malversó el dinero del centro comunitario o de Voces Latinas.

Problemas similares enfrentaban otras organizaciones hispanas, patrocinadas por el gobierno canadiense.

Por ejemplo, el Centro Comunitario York Hispano, ubicado en la avenida Eglinton 2696, enfrentó un drástico recorte presupuestal, ante la posibilidad de existir malos manejos administrativos de una directiva saliente.

Según el presidente de ese Centro, John William Patiño, recibían subsidios anuales de 100 mil dólares y, a consecuencia de una mala administración de sus antecesores, dejaron de percibir setenta mil en el mismo lapso.

En el año 2005 estuvieron a punto de cerrar sus puertas.

Los centros comunitarios, de acuerdo a su normatividad, tenían como propósito fundamental apoyar a los hispanos de reciente ingreso a Canadá.

El trabajo lo sacaban adelante con el apoyo de los refugiados que realizaban ahí un voluntariado, a cambio de 100 mil dólares mensuales aportados por el gobierno de la ciudad.

Cualquier migrante hispano recibía clases de música, jardinería, atención a bebés o gastronomía, con un pago simbólico de diez a 15 dólares de inscripción.

También lo ayudaban a sacar citas para obtener welfare, servicios médicos, asesoría legal o solicitud de empleo. En el primer caso, el intérprete, de acudir a las oficinas de Ontario Work, solicitaba una ayuda económica de 30 a 50 dólares.

Otro centro comunitario, el Para Gente de Habla Hispana, enfrentaba un problema similar.

Eduardo escribió un reportaje sobre su funcionamiento.

En su investigación periodística detectó las fuentes de financiamiento de este tipo de organizaciones estructuradas por latinos.

La sede del centro comunitario se encontraba en la avenida Jane.

El reportero escribió:

El Centro para Gente de Habla Hispana, a 32 años de su fundación aún no logra restañar heridas. Los trabajadores sindicalizados, en voz de su delegada, tienen la certeza que en la administración anterior hubo omisión y desvío de recursos económicos.

La duda y el malestar persisten. 

Sin embargo, el director ejecutivo, Eduardo Garay ataja esa versión e insiste que su antecesora, Susan McCrae, jamás se “robo un peso”. Aún así, confirma que al llegar a ese cargo, el 22 de septiembre del 2003, encontró una organización en desbandada, con graves problemas administrativos y laborales. De existir alguna responsabilidad en McCrea, dice, sería la de no informar abiertamente de lo ocurrido en las finanzas a los empleados y a la propia Junta Directiva.

“El hecho de que esta persona no comunicaba o si lo comunicaba no lo hacía muy abiertamente. Eso lógicamente hace que la responsabilidad sea netamente de ella y eso fue lo que pasó”, apunta.

Garay revela que el déficit presupuestal detectado fue de 138 mil dólares, un 10 por ciento del dinero ejercido anualmente y que es aportado por cuatro ministerios federales, Ayuda Legal Ontario, la Municipalidad de Toronto y otras fundaciones y asociaciones privadas. El año pasado, el Centro tuvo ingresos por un millón 256 mil 16 dólares y en el 2005, ejerce un millón 355 mil 166.

La delegada sindical del Centro, Silvana Venegas Rubio se deslinda de lo ocurrido en el pasado y culpa a la anterior directora ejecutiva de afectar los ingresos económicos de los trabajadores y reducir drásticamente la planta laboral. De 26 empleados contratados antes del 2003, un año después diez fueron despedidos y hasta la fecha esas plazas siguen vacantes.

De los posibles malos manejos administrativos, se deslinda. Subraya:

“En ninguna forma tenemos responsabilidad, porque nosotros cumplimos nuestra parte. En las cosas de la administración, como somos nosotros sindicalizados, no tenemos acceso a los libros contables, a mucha información. Todo esa información es confidencial entre el director y la Junta Directiva”.

Y añade:

“Como no había la comunicación no sabíamos lo que se reportaba y lo que no se reportaba y también la única culpabilidad que podemos tomar es quizá cuando había reuniones y no se nos informaba a último momento. Por esa razón no lográbamos ir, pero también cuando asistíamos eran cosas confidenciales que no podíamos escuchar del personal y entonces estábamos al aire”.

El Centro para Gente de Habla Hispana experimentó sus peores momentos durante diciembre del 2003 a enero del 2004 cuando sus trabajadores se fueron a la huelga en protesta por los rígidos ajustes presupuestarios que realizó la Junta Directiva, entonces integrada por 14 voluntarios, y encabezada por el señor Elías Morales.

El director ejecutivo recuerda que en esas nueve semanas se puso en riesgo el prestigio de la institución, una de las más importantes en Toronto, y sobre todo, perdió liderazgo ante la comunidad hispana.

Dice:

“Encontré una organización en desbandada, que tenía problemas administrativos, de relaciones laborales, vinculación con problemas de la sociedad y necesitaba un cambio. Desafortunadamente estaba tocando el fondo en todo tipo de crisis que tenía, un poco de desprestigio en las cuentas de financiamiento. Estaba perdiendo un poco de sus baluartes”.

Garay, quince años atrás había sido integrante de la Junta Directiva, pero se desvinculó para hacer trabajo comunitario y terminar sus estudios universitarios. Al regresar y aceptar el cargo de director ejecutivo, de inmediato detectó también fallas administrativa.

Resalta:

“Cuando tomé la organización a mi me informaron que el Centro tenía un pequeño déficit de un 10 por ciento del presupuesto general: unos 138 mil dólares. Nuestro presupuesto es de un millón 300 mil o un millón 400 mil al año. Pero nunca supe, hasta cuando entré al Centro de que había problemas de moral, de personal; habían problemas financieros, de dirección y realmente tomé la organización cuando en alguna medida no la debiera haber tomado, o en las condiciones que estaba”.

Y abunda:

“Eso fue lo que encontré: una organización en caos. Entro a la organización y empiezo a trabajar con la Junta Directiva y con el personal. Repito, con la Junta Directiva se tomaron decisiones que no fueron populares, pero que eran necesarias. Renegociar el acuerdo colectivo y de acuerdo a la información que teníamos en ese momento era establecer los recortes salariales. Inclusive se llegó a plantear un recorte del 27 por ciento, que era un recorte bastante amplio, porque no se vislumbra otra opción. Me tocó eso y la huelga y enfrentar un proceso de negociación difícil, de nueve semanas. El personal decidió no aceptar las nuevas condiciones y decidió irse a la huelga, en la peor época del año: de diciembre del 2003 al enero del 2004.

“Cuando se terminó la huelga, el proceso de negociación fue arduo, pero por lo menos dejó cosas muy claras. Empezamos a mirar las finanzas del Centro y, por otro lado, el personal aportó por medio de recortes de salarios su parte para salir de la crisis. Aportaron por diez meses los empleados de tiempo completo y tuvieron un descuento del 20 por ciento. Y se empezó a mirar qué sucedía con la organización y las finanzas y empezamos a hacer un mejor trabajo, a través de la Junta Directiva”.

—¿Sigue el déficit del 10 por ciento anual, como cuando recibió la dirección ejecutiva? —se le pregunta.

“No, ya no es del diez por ciento, pero todavía tenemos obligaciones. Estamos en unos cincuenta a sesenta mil dólares, pero son obligaciones a dos o tres años. O sea, que no es un déficit que hay que pagarlo ya o se cerraba la organización. Es un déficit de manejo a dos o tres años. Fuera de eso, terminamos este año fiscal con dinero en caja que nos sirve para suplir las obligaciones y hemos empezando también a restituir las posiciones que se tuvieron que recortar durante los ajustes. En estos momentos estamos cortos en dos personas, pero estamos ya dando pasos para abrirlas. De pronto no tiempo completo, pero sí de un 70 por ciento”.

—¿Qué pasa con los responsables de provocar esta crisis financiera?

“Hay una cosa que debo aclarar: aquí nadie se robó un peso. No es que alguien se fue con un dinero y eso no ha sucedido. Las cuentas están claras. Tal vez el manejo no fue claro. Por decir algo, había que pagarle a Revenue Canadá los impuestos que se le sacan a los empleados. La Junta Directiva firmó los cheques, pero la administradora anterior decidió retenerlos y lo hizo por una razón de peso: con ese dinero pudo hacer las renovaciones en los primeros pisos y obviamente buscando arrendar el espacio y eso generó un hecho difícil. Cuando Revenue Canadá llegó por tercera vez, ya quería embargar. Esa es la cuestión administrativa. No es que alguien se llevó dinero.

“Hubieran sido explicables estas fallas si ella lo hubiera explicado claro. Si el personal o el sindicato o la Junta Directiva hubieran estado informados. El hecho de que esta persona no comunicaba o si lo comunicaba no lo hacía muy abiertamente. Eso lógicamente hace que la responsabilidad sea netamente de ella y eso fue lo que pasó”.

La delegada sindical va más allá de esa exoneración. Afirma:

“En la huelga (McCrae) nunca mostró su cara, ni dio explicaciones. Yo siento que una persona inocente pelea hasta el final para probar su inocencia”.

—¿Fue desvío de recursos o simple omisión?

“Creo que las dos cosas. Pero como he dicho, los integrantes de la Junta Directiva son voluntarios y lamentablemente como son voluntarios, como se dijo en la Asamblea General Anual, tienen ellos responsabilidades muy grandes. Ellos manejan la plata, ellos firman y por eso yo digo: cuando no hay comunicación, tampoco hay transparencia legal”

De acuerdo al reporte financiero, distribuido por el propio Garay a la Junta Directiva durante la Asamblea General Anual 2004-2005, celebrada el 14 de septiembre, este año los Ministerios de Ciudadanía e Inmigración, de Ciudadanía Ontario, de Salud y de Familia, Niños y servicios Sociales, aportaron 131 mil 138, setenta y dos mil 458, 31 mil 979 y 177 mil 845 dólares, respectivamente.

Ayuda Legal Ontario aportó 416 mil 738 dólares que están destinados al pago de sus cinco abogados; el reembolso a gastos legales, apoyos a estudiantes de verano y equidad salarial.  La Municipalidad de Toronto, a través de su Consejo de Salud, proporcionó 79 mil 668; la United Way of Greater Toronto, 227 mil 539; fundaciones y asociaciones, 120 mil 766; ingresos por renta de oficinas en el edificio del Centro, 67 mil 585; financiamiento, 26 mil 470; intereses y misceláneas, 960 y membresías, 20 dólares. El 70 por ciento de este dinero es canalizado al gasto corriente: salarios, material de oficina y el pago de servicios.

***

El sábado 30 de julio, bajo una llovizna pertinaz y un calor pegajoso y molesto, Eduardo decidió viajar a Leamington y experimentar en carne propia los tormentos del jornalero agrícola. Trabajaría temporalmente en una granja de pepino, propiedad de una familia menonita.

En cinco días, el 4 de agosto, cumpliría ocho meses de residir en Toronto.

Había adelgazado en extremo y aún sobrevivía con ayuda del welfare.

Ningún periódico hispano tenía interés en contratarlo y pagarle un salario digno por sus servicios.

Los editores argumentaban no tener dinero o simplemente utilizaban material impreso de algunas agencias noticiosas para rellenar sus periódicos.

Internet y la lejanía geográfica con Latinoamérica les facilitaba las cosas: difícilmente existían reclamos por el derecho de autor.

Poco interesaban los asuntos domésticos, principalmente para una comunidad esclavizada al trabajo, los hijos y las deudas.

Sin embargo, el principal obstáculo que enfrentaba el periodista era el desconocimiento del inglés. Tendría que dominar esta lengua o quedar condenado al trabajo rudo, poco redituable y desvalorado por los propios latinos.

En Leamington, por lo menos, conviviría con cerca de quince mil mexicanos y jamaiquinos: abono sustancial de mil 550 granjas (greehouse) y empacadoras de frutas y verduras.

Quedaría atrás, en medio de ese pequeño valle arbolado, la casona de los 900 dólares mensuales con sus moradores de duro temple y queja diaria.

Ya no compartiría los fines de semana el locro invernal, la barbacoa de ternera y los tarrones de mate endulzado, hecho a base de hojas y tallos de una yerba importada de Argentina o Paraguay.

Se iría con su tango a otra parte.

VIDEOTECA: Godio Julio – Peron – Regreso Soledad Y Muerte 1973 – 974

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EL PORTAFOLIO

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Yo nací para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asesten las flechas de la mala fortuna…

Miguel de Cervantes

El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

 

Otra historia, en manos del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración, fue recuperada por el periodista. La de un salvadoreño ducho en reparar abolladuras y pintar autos.

Su drama inició al contactar con un oficial del ejército, presuntamente relacionado al crimen organizado.

Eduardo registró el hecho y lo público en el semanario editado por el Centro Comunitario San Lorenzo:

El BMW paró a cuatro metros de distancia y su conductor, un coronel del ejército salvadoreño, llamó a Napoleón Romero, el propietario del negocio. La presencia de ese hombre uniformado, cetrino y de mirada huidiza, en menos de una semana cambiaría radicalmente la vida del hojalatero: aquel encuentro le provocaría lesiones, robo y destrucción de su propiedad, amenazas de muerte, intento de chantaje, persecución y el ser refugiado político en Toronto, Canadá.

“Desde que lo vi, junto al volante, algo no cuadró, pero no le hice caso a mis presentimientos. Conocer a esta persona fue una maldición”, dice Napoleón, aún con las huellas de la tortura en el rostro.

El hojalatero radicaba en la avenida doce de San Miguel, una de las ciudades más importantes de El Salvador.

El viernes 19 de agosto, ya casi al oscurecer, el coronel Carlos Humberto Molina, familiar del ex presidente de El Salvador, Armando Molina, contrató los servicios de Napoleón. Se trataba de cambiar el color de su vehículo y le pagaría 700 dólares americanos por el servicio. El trabajo debería realizarlo esa misma noche y entregarlo antes de las ocho de la mañana.

Y dio sus razones:

“El auto sale a La Unión, donde se embarca hacia Panamá, y vienen al mediodía a recogerlo. Me dicen que usted es el mejor y por eso vengo a verlo”.

Napoleón agradeció la deferencia y aceptó trabajar toda la noche para cumplir el compromiso. El militar, después de identificarse y revelarle que tenía nexos sanguíneos con un ex presidente de la república, le adelantó mil 500 colones y aseguró que de no fallarle, podría darle un poco más de dinero al realizar la operación de compra-venta.

El coronel se retiró en un taxi y dejó que el hojalatero metiera a su taller el BMW. Cambiaría el color gris metálico por un amarillo yema. En la planta alta del taller, Napoleón vivía con su esposa y dos hijos, estudiantes de primaria.

El hojalatero asistía los domingos a una Sala del Reino de los Testigos de Jehová y había sobrevivido a la guerra civil de la década de los ochenta por su desapego a la violencia y el negarse a militar en el ejército o la guerrilla.

Uno o dos días a la semana, al lado de su esposa, tocaba puertas y regalaba publicaciones de su iglesia: Atalaya y Despertad. En algunas ocasiones, el apego radical a sus creencias, le ocasionaban problemas, sobre todo cuando insistía que la batalla del Armagedón ya se había iniciado y era el momento de buscar la salvación.

Sin embargo, nadie dudada de su honestidad. Su rectitud era tan obcecada, como su negativa a aceptar una transfusión de sangre, en caso de requerirla él o su familia.

Durante la noche pulió y pintó el vehículo y bajo esa dinámica recibió el arribo del sol. En el horario pactado, el coronel se hizo presente y tras saludarlo con un seco “hola” empezó a inspeccionar el BMW.

“Espero que el trabajo le haya gustado, coronel”, dijo Napoleón.

El militar no dijo nada. Simplemente abrió la cajuela y en un arranque de cólera, le espetó:

“¿Y el portafolio que estaba aquí?”.

“¿Cuál portafolio?”.

“No te pases de canalla, hijo de la gran p… Aquí dejé unas bolsas y lo sabes”, exclamó furioso el coronel.

“Creo que hay un error, yo jamás abrí la portezuela”, intentó aclarar Napoleón.

El oficial abordó el vehículo y lo puso en marcha.

“Ya regreso y quiero que me devuelvas esa mercancía, ratero de mierda”.

 Asustado, Napoleón buscó a su esposa Tere Lara y le informó sobre lo ocurrido. Ella le sugirió que buscara el apoyo de alguna autoridad judicial o del ejército.

“Tenemos a uno de los hermanos en la guardia nacional”, le recordó.

En los instantes que iba a abandonar el taller para dirigirse al centro de San Miguel, se hicieron presentes dos jóvenes, a bordo de una camioneta Suburban negra. Ambos pertenecían a una de las pandillas más violentas y peligrosas de El Salvador: Los Mara 18.

“La mercancía era nuestra, no del coronel y la devuelves o la pagas, son 200 mil dólares…”, advirtió El Mickey, armado de un tubo de acero.

 “Los de esta pandilla, constantemente chantajean a la gente de bien de San Miguel. Estos delincuentes y los Mara Salvatrucha siempre están en pleito y han sembrado de cadáveres a mi país”, dice Napoleón.

El Mickey y su acompañante, armado con un revólver, empezaron a golpear al hojalatero y destruyeron el parabrisas de un vehículo al que le reparaba el chasis. Le exigieron dinero y amenazaron con volver en la tarde.

“Si vos abres la boca, te metes en una mayor…”, dijo El Mickey, sin dejar de lanzarle palabras soeces.

Algunos vecinos suponían que Napoleón tenía mucho dinero, porque además de hacer trabajos de hojalatería y pintura, una vez al mes viajaba a los Estados Unidos. Contaba con una cartera de paisanos que enviaban mercancía o dinero de ese país a El Salvador y por ese trabajo de mensajería obtenía ganancias. El negocio de las encomiendas lo inició en el 2001, cuando trabajó como ayudante de mecánico en Chicago, Illinois.

“Como mi familia usaba ropa traída de los Estados Unidos y veían que en la casa teníamos aparatos o cosas importadas, me imagino que pensaron que yo poseía muchos colones y eso era mentira”, dice Napoleón.

El coronel nuevamente se presentó al taller en otro vehículo y al no encontrar al hojalatero, habló con el dueño de un pequeño supermercado, aledaño al negocio de Napoleón.

Le dijo:

“Dígale a ese hijo de puta que donde se meta lo voy a cazar, que mejor me pague o entregue lo que me robó. No se la va a acabar aunque se vaya a la Patagonia”.

Napoleón tuvo que esconderse en Santa Ana, a 200 kilómetros de San Miguel, mientras que su esposa e hijos buscaron refugio con unos familiares en Suyanpango. Antes, en el Juzgado Tercero de Paz, levantó la denuncia penal y le envió una carta al director de la Policía Nacional Civil, Ricardo Mauricio Menesses. Le informó sobre lo ocurrido y algunos pormenores de quienes lo golpearon, amenazaron e intentaron chantajear.

Los pandilleros durante la noche saquearon el negocio y su casa. Rompieron las puertas y ventanas y en camionetas pick up sacaron muebles y herramienta. Napoleón buscó a un abogado, Testigo de Jehová y recomendado por un tío, y éste le confió que el coronel Molina tenía antecedentes de ser un asesino y pertenecer a un grupo paramilitar, precisamente integrado por pandilleros. En San Miguel corrían versiones que se dedicaba al robo de vehículos y tráfico de drogas.

“No sé que le harías, pero si te culpa de algo, es que trae consigna de dañarte. Lo que recomiendo es que te alejes de El Salvador porque si te agarran, no te la vas a acabar, hermano”, dijo el abogado.

El jueves 15 de agosto, a las siete de la mañana, tuvo que abandonar el país al lado de su familia y remontarse a Canadá. Los cuatro, Napoleón, hijos y esposa, se reencontraron en San Salvador y ahí adquirieron los boletos de avión para dejar atrás esa pesadilla. En el aeropuerto internacional de Toronto aplicó como refugiado y durante dos horas esposaron al matrimonio. Los niños estaban asustados. Sus compañeros de creencia religiosa abogaron por ellos y tras ser aceptados por las autoridades migratorias canadienses, los trasladaron a Windsor, muy cerca de Detroit.

“Por haber entrado y salido de los Estados Unidos se me investigó y eso retrasó nuestro ingreso a Canadá. Gracias al apoyo de los hermanos el problema se arregló y nos quedamos. Lo único que nos duele es que en San Miguel perdimos toda una vida de trabajo decente. Ahora no sabemos qué futuro nos aguarda, pero Jehová nos protege y por algo pasan las cosas. En él ponemos nuestra vida y esperanzas”, puntualiza.

HEMEROTECA: pro2221

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EL JUEZ DE PLAZA

Por Everardo Monroy Caracas

fusilados24

Pueden forzarte a decir

cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan

creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca.

George Orwell

El paralegal habló por teléfono con Eduardo. El permiso de trabajo le había llegado y era necesario solicitar el Social Insurance Number.

En la oficina del abogado invitó al periodista a tomar café en un  restaurante cercano, el Tim Horton. Normalmente era la sede de los canadienses de piel blanca. Los afrocanadienses preferían reunirse en el Coffee Times.

En la entrevista, Carlos aclaró varias dudas sobre el sistema migratorio del país. Le confirmó que un promedio de 250 mexicanos diariamente ingresaban al aeropuerto de Toronto. Una parte eran solicitantes de refugio.

De 1996 al 2000, los países suministradores de inmigrantes fueron China, India, Pakistán, Filipinas, Corea del Sur, Sri Lanka, Estados Unidos, Irán, Yugoslavia, Gran Bretaña, Taiwán, Rusia y Hong Kong. En años posteriores hicieron lo propio Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Chile, Argentina, Paraguay, Ecuador, Uruguay y Colombia.

Los mexicanos centraban su pedimento de refugio en persecución policíaca, alentada por el crimen organizado, y abuso doméstico: maridos golpeadores protegidos por jueces venales y personajes mafiosos.

Otro tanto, aplicaba al considerar que su opción sexual era la causante de su trágica existencia: su entorno social o familiar estaba cargado de burlas, enconos, torturas o amenazas de muerte.

En México, principalmente en los estados de Chiapas, Querétaro y Guerrero. Dos centenares de homosexuales habían sido asesinados. Los testimonios de homofobia intentaban fundamentar su miedo y solicitaban la protección del gobierno canadiense. Argumentaban: Si me deportan seré asesinado.

No todas las historias estaban imbuidas en los asuntos domésticos o de homofobia.

Por ejemplo, un mexicano del norte del país, presentó una demanda de refugio político por un asunto relacionado a la apuesta y el narcotráfico.

Eduardo lo contactó y reconstruyó tan singular historia.

Joaquín López Rodríguez vivía con su esposa en un basement de la Victoria Park, y trabajaba en una empacadora de shampoo. Su ingreso lo complementaba con dinero del welfare.

El periodista escribió:

LA AMENAZA DEL GALLERO

Un millón de dólares apostaron y la pelea de gallos tendría lugar en la finca de Manuel Garibay Félix, capo del narcotráfico mexicano.

El 16 de abril de este año fue la fecha programada.

El juez de palenque, Joaquín López Rodríguez, jamás imaginaría que su decisión final lo convertiría en un solicitante de refugio político en Canadá ante el riesgo de perder la vida.

Su patrimonio de 30 años de trabajo continuo difícilmente lo volvería a recuperar.

Fue el regidor de mercados de San Luis Río Colorado, Sonora, quien lo contactó para ofrecerle trabajo de juez de plaza para una pelea de gallos.

Le dijo:

“Eres de los mejorcitos y quieren los apostadores que tu manejes la pelea”.

“¿De quiénes se trata, sólo por preguntar?”, inquirió Joaquín.

“Los Garibay y uno de los hermanos Félix Arellano”, fue la respuesta.

Joaquín no se inmutó.

Los doscientos mil pobladores de San Luis Río Colorado estaban acostumbrados a convivir con narcotraficantes, militares y policías. Una zona fronteriza de paso obligado de la marihuana y cocaína a los Estados Unidos.

El dinero abundaba.

Los hermanos Arellano Félix controlaban la parte oeste de la frontera mexicana y tenían su sede en Tijuana, Baja California Norte.

Dos de los seis hermanos purgaban condena en prisiones mexicanas, mientras uno, Ramón, había sido ejecutado en Puerto Vallarta, Jalisco.

Por el contrario,  solo uno de los hermanos Garibay tenía su área de influencia en una parte del estado de Sonora.

San Luis Río Colorado colindaba con Arizona y Baja California. Eran de su propiedad hoteles, restaurantes, centros nocturnos, avionetas y ranchos ganaderos.

 El capo entraba y salía a Yuma sin ser molestado por autoridad alguna.

Durante dos semanas se difundió ampliamente la pelea.

 El gallo colorado era propiedad de los Arellano Félix y el giro, de plumaje dorado, de los Garibay. El segundo animal había sido criado en una reservación india de Tohono O’Odham.

“¿De cuánto será la apuesta?”, preguntó Joaquín.

“Un millón de dólares y en «cash»”, dijo el regidor.

Joaquín se entusiasmó.

Una jugada de esa envergadura podría generarle entre 50 mil a 100 mil dólares.

Normalmente los apostadores se portaban espléndidos con los amarradores y jueces de plaza.

A Joaquín le correspondía anunciar el triunfo o la derrota de uno de los animales. Incluso, en algunas ocasiones entregaba personalmente el gallo ganador a su dueño.

Era una manera de congratularse.

Manuel Garibay tenía apego por la apuesta de gallos.

Tras purgar una condena de cinco años en la penitenciaría de Yuma, por posesión y tráfico de enervantes, regresó a su finca y reconstruyó su imperio.

Su crueldad no tenía límites.

La Procuraduría General de la República lo responsabilizó del asesinato de siete jovencitos, estudiantes de preparatoria, por haberle robado un cargamento de cocaína. Una de sus avionetas se desplomó en el desierto del Altar y el cargamento fue sustraído por los muchachos.

El narcotraficante les envió un aviso para que devolvieran la mercancía. Jamás dimensionaron el peligro con su negativa. Prefirieron malvender la cocaína en Mexicali.

Un comando de sicarios, bajo el mando del Chucky, los ejecutó. Los cuerpos fueron esparcidos en la orilla de San Luis Río Colorado.

Sábado 16 de abril, día de la apuesta.

Unos quinientos invitados se concentraron en el rancho de Manuel Garibay.

Políticos y policías hicieron acto de presencia.

La pelea estaba programada a las diez de la noche. La pachanga inició desde las dos de la tarde.

Tres mariachis y una banda norteña amenizaron el lugar.

Una veintena de prostitutas, importadas de Yuma, fueron las acompañantes oficiales de capos, políticos y lugartenientes.

Joaquín madrugó. Le pidió a su esposa la ropa que usaría durante la pelea de gallos. Vestiría como caporal: vaquera, corbata de moño y sombrero de palma entretejida.

Las botas de piel de avestruz relumbraban por los casquillos de oro macizo incrustados en las puntas.

El redondel fue construido en una de las galeras cercanas a la casona de dos niveles, estilo californiano.

Los comensales pudieron contemplar en las caballerizas una cuadrilla de caballos pura sangre.

El barullo tenía inquietos a los animales Godolphin Barb, importados de Inglaterra.

El palenque quedó cubierto por los invitados.

En dos extremos del círculo de madera fueron colocados los apostadores.

 Tejanas, chaquetines y camisas vaqueras, destacaban entre la concurrencia.

Joaquín, en entrevista, recuerda los pormenores de esa pelea.

Se trataba de un asunto poco común por el tamaño de la apuesta.

La gente andaba armada.

Y los pistoleros, encargados de la seguridad, usaban walkie talkie para comunicarse. Cargaban pistolas y fusiles metralleta.

Eduardo Arellano Félix se hizo presente. Gustaba usar ropa informal, a la usanza europea.

El juez de plaza anunció la pelea. Pidió a los amarradores que se hicieran presentes. Estos, acompañados de su ayudante, levantaron su gallo para ser observado por la concurrencia.

“¡Hagan su apuesta señores que la pelea va a comenzar. El gallo giro de Los Garibay, contra el colorado de los Arellano Félix!”, gritó el animador.

Mientras los amarradores hacían su faena, un mariachi entonaba La Muerte del Gallero.

El alcohol y la música ranchera entusiasmaban a los invitados.

Joaquín supervisó que el amarre de las navajas cumpliera con el requisito pactado —peso, metal, filo y tamaño— y confirmó que el pesaje de los animales fuera el correcto. Cubierto ese requisito dio la orden para iniciar el duelo.

El palenque quedó silenciado. Únicamente se pudo escuchar el aletear y golpeteo de los gallos.

“Nunca voy a olvidar el desarrollo de esa pelea”, dice Joaquín. “Claramente veo cómo el gallo giro antes de enfrentarse a su adversario, cantó en dos ocasiones. Luego echó a correr y chocó estrepitosamente con el giro, quien simplemente lo recibió con las patas en alto. Tuve que intervenir para separarlos porque se atoraron con las navajas. El giro empezó a chorrear sangre del pecho. Aun así no se inmutó, volvió al ataque y durante varios minutos se trenzaron en una encarnizada pelea que tenía a la concurrencia en un hito.”

En tres ocasiones, el juez asintió a que los amarradores contuvieran a sus gallos para intentar reanimarlos y detener sus hemorragias.

El colorado enfrentaba los sinsabores de las heridas. Manchones de sangre negruzca aparecieron sobre el suelo terregoso.

“Cuando la sangre toma ese color es que las lesiones son mortales”, dice Joaquín.

Las dos aves estaban malheridas. Su coraje natural las tenía en pie.

El gallo giro no logró levantarse, quedó patas arriba.

El colorado lo picoteó para desplomarse sobre el pecho de su adversario.

Ningún amarrador intentó intervenir.

El juez de plaza tendría que hacer su trabajo.

Los animales estaban muertos, pero uno de ellos, el giro, sin duda, se le adelantó a su adversario.

Joaquín tragó saliva y observó que cientos de ojos vidriosos lo observaban con atención.

 Él tenía la última palabra para decidir la gesta mortal.

No dudó.

“¡Ganó el gallo colorado de los Félix Arellano y perdió el gallo giro de los Garibay!”, exclamó con una voz ronca, de ultratumba.

Manuel Garibay no protestó. Se puso de pie y entregó el maletín. Lo recibioo un enviado de Eduardo Arellano.

Un amarrador le sugirió a Joaquín:

Pélate cabrón porque ya no vas amanecer”.

Por tratarse de una persona apreciada por los lugareños, el juez de plaza logró abandonar la finca a bordo de su camioneta.

Lo primero que hizo fue buscar a su esposa, comentarle lo ocurrido y pedirle que agarrara algunas pertenencias, dinero y documentos, y lo siguiera.

Joaquín buscó a uno de sus compadres que era taxista y los internó a Arizona. De ahí a Yuma.

En Phoenix adquirieron los boletos de avión para internarse a Canadá.

Lo hicieron a tiempo.

Un comando de cinco sicarios, encabezados por el Chucky, llevaba la consigna de ejecutarlo por no tomar la decisión correcta.

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ESPERANZA

Por Everardo Monroy Caracas

fusilados22

…el caballero embriagado que llegaba a casa ya

entrada la noche, abría una puerta que no era la suya, se metía en la  habitación que no era la suya, se acostaba con una desconocida, se levantaba temprano y se

marchaba a trabajar sin que ninguno de los dos hubiese notado nada…

Ray Bradbury

Miles de historias de persecución y tortura le dan vida y sentido laboral a su burocracia en el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración. Los jueces permanentemente son actualizados sobre el desarrollo político, social y económico de los países generadores de inmigrantes, entre ellos de América Latina.

Una vez al año viajan a México, Centro y Sudamérica y se allegan de información fresca, afín a los intereses políticos y económicos de Canadá.

Sin embargo, algunos jueces de reciente ingreso nunca han tenido la oportunidad de viajar fuera de las fronteras de Canadá, menos a los países tercermundistas. Por lo tanto, ignoran el nivel de corrupción en las altas esferas gubernamentales y la falta de protección oficial a víctimas del crimen organizado o policías y militares torturadores.

La mayoría de inmigrantes ingresan a Toronto por el aeropuerto. En algún tiempo lo hacían por tierra, cuando contaban con una visa estadounidense. Ello se modificó ante la presión estadounidense y la firma del Third Safe Country Agreement (Acuerdo del tercer país seguro).

Eso se materializó a finales de diciembre del 2004.

Los inmigrantes que en el aeropuerto dicen la palabra “refugiado” son esposados e interrogados por agentes migratorios. Entran a la “no zone land” o tierra de nadie. Ningún abogado o familiar tendrá acceso a esa parte del inmueble hasta que lo decida el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración.

En la mayoría de los casos son trasladados al centro de detención de la avenida Rexdale 385.

Los agentes migratorios presionan para que el inmigrante se desista de recibir la protección del gobierno canadiense y por su propia voluntad, acceda retornar a su país de origen.

En contadas ocasiones, los detenidos son hospitalizados al presentar síntomas de infarto o derrame cerebral.

La presión ejercida por los agentes pone en riesgo su vida, porque en la mayoría de los casos, no tienen la necesidad de refugiarse. Lo hacen por sugerencia de algún familiar, amigo o abogado.

Tener ese estatus legal en Canadá significa recibir ayuda económica —welfare— durante dos años, estudiar inglés gratuitamente y obtener, en tres o cuatro meses, un permiso de trabajo.

Una mujer mexicana, oriunda de Guadalajara, Jalisco, enfrentó la dureza de los agentes migratorios del aeropuerto de Toronto. Llegó en compañía de sus tres hijos, menores de edad. Presentó dos direcciones domiciliarias de conocidos, y la consigna de solicitar refugio político al ingresar a Canadá.

“¿Qué viene usted a hacer aquí?”, fue lo primero que le preguntaron al llegar a la sala del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración.

“Vengo a refugiarme, porque tengo problemas con mi marido en México y él es un policía judicial federal”, dijo María Isabel Hernández.

“Es usted una criminal”, exclamó la mujer uniformada, de cabello corto. “Usted no tiene problemas en su país, usted viene aquí a robarle su dinero a los contribuyentes”.

“Eso es mentira”, dijo sollozante, María Isabel. Asustados, sus hijos observaron la escena. “Mi marido es judicial y quiere matarme, constantemente me golpeaba”.

“No sólo es una criminal, sino mentirosa. Reconózcalo, usted es una mentirosa”, insistió la agente.

Los otros tres uniformados, erguidos, con los dedos pulgares en el cinturón, dejaron que su compañera hiciera el trabajo sucio.

La escena ocurrió en un reducido cubículo de madera, muy iluminado.

Isabel y sus hijos permanecieron una noche y parte del día en el centro de detención. Un oficial migratorio, después de consultarlo con sus superiores, le autorizó aplicar como refugiada.

“Haga la petición, pero diga la verdad. Muchos mexicanos mienten y sangran las bondades de nuestro sistema migratorio”, le dijo.

El caso de María Isabel no era el único que se registraba en el aeropuerto de Toronto: diariamente un promedio de diez a veinte latinos intentaban establecerse en Canadá, a través de ese medio legal. En la mayoría de los casos funcionaba, porque los agentes jamás lograrían deportar al solicitante, sin darle derecho a ser escuchado en una audiencia por un juez migratorio.

La ley era muy clara al respecto.

Sin embargo, de diez latinos recién llegados, dos se desistían al no soportar la tortura emocional o caer en una serie de contradicciones que ponía en duda su verdad.

De ser así, el mismo agente migratorio advertía sobre los riegos legales a enfrentar de demostrarse que estaba mintiendo.

Eduardo entrevistó a tres abogados latinos contratados por inmigrantes de recién ingreso. Incluso, contactó con Francisco Rico-Martínez, Co-Director del FCJ Refugee Centro, una organización no gubernamental que trabajaba con hispanos.

El abogado salvadoreño, de actitud hosca y  muy bien informado de las políticas migratorias canadienses, estaba convencido de que sentimientos racistas, discriminatorios, movían a algunos funcionarios del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración.

El reportero, tras entrevistarlo en su oficina de la avenida Oakwood, escribió y publicó en el semanario Primera Plana su tesis. Rico-Martínez era Master de Economía y miembro de Refugee Law Advisor Committee y de National Anti-Racismo Council.

«En Canadá hay una política discriminatoria que llega a niveles de racismo lesivo a los intereses de los inmigrantes», le dice al reportero. «De ahí que», agrega, «no se hayan logrado las metas de allegarse más recursos humanos para su desarrollo».

“Para el investigador, Canadá es un país que está envejeciendo rápidamente porque su Población Económicamente Activa en promedio es arriba de los 45 años. Son precisamente los inmigrantes de los últimos 20 años quienes tienen más hijos», aclara.

Y subraya:

“Si Canadá quiere seguir con el nivel de desarrollo que tiene debe aumentar su tasa de crecimiento poblacional. Por lo menos llevarla arriba de lo que es el crecimiento económico anual. Canadá tiene un crecimiento de 4.5 por ciento y su población crece menos del 1.5 por ciento. O sea que los recursos humanos de los cuales tiene acceso Canadá se van reduciendo paulatinamente y la tasa de crecimiento llega al 1.5 porque hay migración.”.

—¿Canadá realmente necesita a los inmigrantes? —se le pregunta.

“Claro que sí. Alguna gente conservadora habla de que el desarrollo tecnológico va a evitar la necesidad del crecimiento poblacional, relacionado al desarrollo económico. Yo no creo que sea cierto, porque no solo está la producción sino también se necesita gente para que consuma y si no hay consumo va a haber una sola sobreproducción de cosas y el sistema tiende a tronar por saturación. En ese contexto desde cualquier punto de vista que se vea, ya sea en el marco de recursos humanos para la producción, de fuentes de adquisición, Canadá necesita un número inmenso de migrantes”.

Abunda:

“Estamos trayendo aproximadamente unos 280 mil a 300 mil al año, entre refugiados, emigrantes y lo demás. En el último estudio que se ha hecho se habla que para asegurar tener una proyección poblacional aceptable para el marco del desarrollo deberíamos estar trayendo como mínimo un millón de personas al año”.

Y asegura que desde la perspectiva de territorio, Canadá es uno de los países más despoblados del mundo. “Se cree”, explica, “que sólo tenemos habitado el cinco por ciento del territorio. Hay territorios vírgenes y muy ricos, que sería todo el polo, toda la zona norte, los territorios, recursos naturales, etcétera”.

“Por lo mismo, considera que los canadienses tienen una obligación histórica para traer un mayor número de personas a este país.

Señala:

“Sobre todo cuando se ve una densidad demográfica en ciertos lugares que genera problemas de carácter social y económico, como sería la pobreza. Canadá es una de las siete potencias. Tiene uno de los Productos Internos Brutos más grandes que hay, es uno de los países que acumula más riquezas en el marco de la producción e intercambio comercial. Por ende, tenemos los recursos en abundancia para poder tener a un millón o dos millones de personas si así lo decide el gobierno en turno”.

—¿Cómo cubrir esa demanda de mano de obra en Canadá?

“Lo que hay que hacer es flexibilizar nuestros programas migratorios y reducir lo que sería realmente el aspecto clasista y discriminatorio que hay en los mismos. Antes, la historia de Canadá era traer al pobre y este país se nutre de los pobres del mundo, de Europa. Cuando el color de la piel cambia ya no le interesan al gobierno canadiense los pobres, sino los que tienen títulos universitarios y dinero para invertir. Hace una política clasista que discrimina a todos los inmigrantes pobres del mundo, que no tienen entre comillas un capital o un título universitario que venir a aportar.

“Sobre esa base, la única forma que nosotros tenemos para lograr este millón de personas al año, es parar la discriminación por pobreza y empezamos a traer inmigrantes que quieren trabajar, quieren vivir aquí, que están huyendo de alguna cuestión de persecución, pobreza o lo que sea. Y les abrimos las puertas sin discriminación, sin exigir un título académico o un capital para invertir, sino simplemente exigir el deseo de construir una sociedad mejor y de trabajar por el futuro de este país”.

Más adelante hace una serie de interrogantes:

“¿Cómo es posible que el mejor país para vivir tenga problemas para llenar la meta que ellos se han puesto de inmigrantes que tienen que entrar a este país? Esto es risible. Y esto es risible porque hay una política discriminatoria que llega a niveles de racismo.

“¿Por qué usted ve que los recursos migratorios han sido divididos, distribuidos a nivel mundial, en base a criterios racistas? ¿Por qué no metemos al mayor número de oficiales migratorios procesando aplicaciones en África? ¿Por qué no los metemos en Asia? ¿Por qué no los metemos en Latinoamérica? ¿Por qué tenemos que concentrar el mayor número de oficiales en Europa? ¿Por qué tenemos que concentrar al mayor número en América del Norte, en Estados Unidos? ¿Por qué?”

Rico-Martínez se responde:

“Porque hay criterios de discriminación establecidos en el marco de distribución de los recursos para ejecutar la política migratoria”.

Y puntualiza:

“Sobre esa base, si nosotros suprimimos todos los criterios de discriminación vamos a lograr una política mucho más equitativa, que le va a permitir a la población necesitada emigrar a Canadá. No vamos a tener problemas para llenar una meta interior”.

Los mexicanos  utilizan frecuentemente los servicios de las líneas aéreas comerciales. Pobladores de otros países latinoamericanos, principalmente de Colombia, Jamaica y Cuba, lo hacían por tierra, desde los Estados Unidos.  Primero ingresaban a los Estados Unidos, se asentaban uno o dos años en Florida, y después se internaban a territorio canadiense. Entonces solicitaban el refugio político sin inmutarse.

Sin embargo, desde diciembre del 2004 esa situación cambió radicalmente. El gobierno canadiense aceptó la propuesta de su igual en Estados Unidos de negarles ese derecho de asilo. Ya no más, les dijeron. Aún así, algunos turistas, principalmente de Cuba, aplicaban como refugiados en su afán de quedarse en Canadá y desde ahí, ya como residentes, tener un mayor acceso a sus familiares en la isla caribeña. De no ser así, el gobierno estadounidense únicamente les permitía visitar Cuba una vez cada tres años. Canadá no tenía el mismo problema.

En México, los interesados en trabajar en Canadá se allegaban de un paquete turístico que incluía hotel, transportación y visita a las cataratas del Niagara y un casino construido en la ciudad de Niagara Falls. 115 kilómetros de carretera hay entre ese lugar y Toronto. En esa aventura obligada invertían hasta 15 mil pesos, unos mil 500 dólares canadienses, y probablemente uno de cada diez mexicanos utilizaba realmente esos servicios. De tener la anuencia de los agentes migratorios para que ingresaran al país en calidad de turistas, lo primero que hacían era buscar a sus contactos y establecerse temporalmente en cualquier habitación prestada. Jamás dormían en la mullida cama del hotel o utilizaban la limusina para apostar en las tragamonedas de los casinos.

“En mi caso, yo sí fui al casino y dormí en el hotel que tenía hasta jacuzzi, de pendejo no lo hago”, comentó Javier Elizalde, su gordura vibraba al soltar una risa parecida a la del tejón.

Eduardo lo conoció en las oficinas de Ontario Work donde aplicaría para el welfare. Iba en compañía de su esposa Lola, quien entró un mes después a Toronto, con un paquete turístico similar al de Javier. Sólo que ella, al descender del avión y lograr evadir la hosquedad de los agentes migratorios, viajó a Leamington, una comunidad rural construida a cuatro horas de Toronto.

Un día después, Lola ingresó a una empacadora de tomate, mientras que Javier trabajaba en la pizca de manzana. Por sugerencia de un compañero de casa, ambos decidieron regresar a Toronto y aplicar como refugiados políticos. El motivo: intentar traerse a sus cuatro hijos y vivir bajo el apoyo económico del gobierno.

“En dos años, mis chamacos aprenderán inglés y si nos regresan, ya llevamos dinero y un nuevo idioma. Por eso vale la pena estar aquí, aunque se encabronen los canadienses”, dijo Javier y una nueva carcajada de roedor atronó en la sala de espera de la oficina pública.

“¿Y vale la pena Leamington?”, preguntó el periodista.

“Pura chinga, día y noche, pero a eso viene uno aquí: a chingarse y ganar dinero”, respondió Javier.

HEMEROTECA: Que sean fuego las estrellas – Paco Ignacio Taibo II

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LA RAZÓN DE VIVIR

Por Everardo Monroy Caracas

fusilados20

«Las personas aprenden muy pronto su razón de vivir» —dijo el viejo con cierta amargura en los ojos—. «Quizá también sea por eso que desisten tan pronto. Pero así es el mundo».

Paulo Coelho

Laure Hayner miró de reojo a Eduardo.

Comentó:

“Sus principales obligaciones son estudiar inglés y hacer un voluntariado a favor de la comunidad.”

El periodista tendría un apoyo económico mensual.

Y cuando llegara su permiso de trabajo, Ontario Work le gestionaría un empleo acorde a su oficio y le proporcionaría el equipo demandado: uniforme, casco, calzado y lentes de seguridad…

“Cada tres meses le pediré un informe sobre los avances de su escuela y el voluntariado. Le recomiendo que abra una cuenta bancaria para que ahí se le deposite el dinero. Su abogado lo puede orientar”, dijo la caseworker sin evidenciar algún sentimiento en el rostro.

La cita fue a las once de la mañana.

Gaudencio, el interprete, y Eduardo aguardaron cinco minutos, antes de ser recibidos en el cubículo cuatro.

En esta ocasión, un grueso cristal antibalas impedía tener contacto físico con la trabajadora social. Algunos refugiados o canadienses beneficiados con el welfare llegaron a agredir a su caseworker al serles restringidos los recursos económicos. Eso le confió el intérprete al periodista.

La sala de espera, de paredes color crema, contaba con una treintena de asientos y anaqueles llenos de propaganda oficial. Varias puertas numeradas sobresalían a un costado del pasillo. En ellas se accedía a los cubículos.

Por altavoz mencionaban a la persona y el lugar donde se le atendería.

Las trabajadoras sociales de Ontario Work tenían suficiente autoridad legal y administrativa sobre el refugiado, al extremo de cerrarle toda posibilidad de sobrevivencia, si detectaban alguna irregularidad en su comportamiento. En ese primer encuentro, le exigían al refugiado una promesa de renta, liberada por el casero, y la copia de inscripción en una escuela de inglés.

“¿Cuánto dinero tiene?”, preguntó Laure.

“Setenta dólares”, contestó el periodista.

El paraguayo repitió la misma oración en inglés.

En realidad Eduardo tenía doscientos cincuenta dólares. Gaudencio le sugirió acortar la cifra para intentar conmover a la trabajadora social. El objetivo fundamental era obtener ese mismo día los mil 300 dólares para adquirir muebles y trastos y pagar el primer mes de renta.

La trabajadora social observó el monitor de su computadora y tecleó. Se trataba de un trabajo de rutina.

De lunes a viernes, cada empleada atendía a un sinnúmero de refugiados. Estaba consciente que la mayoría mentía.

“Necesito que me autorice estos permisos para poder acceder a su historia personal y solicitarla ante el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración”, pidió la funcionaria.

Eduardo accedió.

Gaudencio le recomendó no hablar mucho y dejar que él hiciera su trabajo.

 Un buen interprete, decía, es aquel que logra convencer a la trabajadora social para que en menos de 48 horas le entregue el cheque de mil 300 dólares a su cliente.

También sacar diez boletos del transporte público y la posibilidad de apoyar al refugiado para que asistiera a clases de inglés en turno nocturno no diurno, bajo el pretexto de tener problemas de salud. Daba margen de trabajar de día.

Eduardo, en la misma cita, se enteraría por boca del paraguayo, que infinidad de refugiados políticos compraban las promesas de renta, en doscientos o cuatrocientos dólares. Vivían con familiares o fuera de Toronto. Incluso, existían matrimonios, amantes o hermanos que aplicaban por separado. Así lograban obtener más dinero en Ontario Work.

En el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración presentaban historias distintas de persecución y juraban y perjuraban que vivían solos en Canadá.

“Le recuerdo que usted no puede trabajar mientras no cuente con el permiso de trabajo”, advirtió Laure. “Tampoco puede hacer movimientos bancarios o envíos de dinero al extranjero, sin notificarlo. Nosotros tenemos acceso a toda esa información y tarde o temprano nos daremos cuenta y se meterá en problemas legales”.

Los refugiados que trabajaban y recibían welfare, enviaban dinero a sus familiares con la ayuda de algún residente o ciudadano de confianza, principalmente sus caseros, supervisores o personal de confianza de las empresas donde prestaban sus servicios.

Las mismas agencias de empleo fungían como comercializadoras de divisas. Cada viernes les pagaban en cash. En ese preciso momento realizaban la transferencia de dinero a cualquier parte del mundo. Lo hacían a través de instituciones bancarias y con un número-clave que utilizaría el beneficiario al presentarse a recoger el depósito.

En la calle de Bloor existía una joyería que vendía dólares americanos, sin control oficial y, en la de Dufferin, un italiano compraba cheques expedidos por algunas agencias de empleo.

Por cada cien dólares, obtenía un dólar con cincuenta centavos de ganancia. En algunos cheques aparecía el nombre de «George Bush» o «Fidel Castro» y el comprador no le exigía al vendedor alguna identificación confiable. La agencia respondía.

La divisa americana tenía un sobreprecio de tres centavos por unidad.

El moverse en ese mercado de la ilegalidad, reproducía una especie de plaga destructiva que atacaba fundamentalmente a los inmigrantes.

Los hispanos no escapaban a esa maldición que afectaba a la comunidad de Toronto.

Por esa razón, Eric era recurrente en advertirle al periodista sobre los riesgos de trabajar con hispanos.  Dábanse casos en que contrataban los servicios de inmigrantes sin estatus legal o que recibían welfare para no pagarles. De quejarse, existía el riesgo de ser denunciados y deportados.

Eduardo, en carne propia experimentó esa realidad. La rescató en su diario personal y más tarde reporteó el asunto ante instancias gubernamentales y abogados.

El resultado de sus investigaciones la reprodujo en el semanario del Centro Comunitario San Lorenzo.

Escribió:

EL ARTE DE TIMAR HISPANOS

Juan Esteban Rioja no lo dudó dos veces. Metió la moneda de 25 centavos a la ranura del teléfono público y marcó diez números. Una voz masculina le respondió y en menos de dos minutos se arreglaron. Tendría que presentarse al día siguiente, a las seis de la mañana, en la intersección de Finch y Jane. Él lo hizo, trabajó dos semanas en una casona en construcción, y el día de paga, su contratista ya no apareció.

Jamás recibió los mil dólares prometidos.

El caso de Juan Esteban es uno más de los treinta o cuarenta que reportan cada semana a las autoridades migratorias, abogados y organizaciones sociales. Las víctimas, principalmente hispanos, son trabajadores que carecen de un permiso oficial para laborar y son indocumentados o solicitantes de refugio político.

La oficial del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración, Mireya Torrijos, comisionada en el edificio central que se encuentra a unos metros de la estación del subway Kipling, revela que los principales enganchadores de esas personas son residentes latinos, principalmente de Argentina y México, que se anuncian en periódicos hispanos.

“Constantemente nos hablan de algunas organizaciones civiles o tres abogados que tiene sus oficinas muy cerca de este edificio y nos denuncian abusos de patrones hispanos con indocumentados que sólo hablan el castellano”, explica.

El Instituto Nacional de Estadísticas de Canadá el año pasado registró que ocho mil 400 personas fueron deportadas por encontrarse ilegalmente en el país. Por su parte, Labore´s International Union of North estima que laboran 76 mil trabajadores sin documentos, la mayoría latinoamericanos y orientales. Otras organizaciones no gubernamentales, hablan hasta de 200 mil. El Ministerio de Ciudadanía e Inmigración lo niega y afirma que esas cifras están “infladas”. Hace tres semanas, personal de esa dependencia, afirmó que eran menos de 40 mil.

El propio Juan Esteban, quien es solicitante de refugio, informó que su contratante, un argentino, tiene bajo su mando a cuatro latinos que carecen de permiso de trabajo. De lunes a sábado los transporta en su camioneta a una construcción que se encuentra en Richmond Hill, por la Rutherford Road y Bathurst Street.

“Lo primero que nos pregunta es si tenemos papeles en regla y al decirle que no, que estamos bajo el programa del walfere, contesta que es lo mejor, porque así ganamos dinero en “cash”», recuerda Juan Esteban, oriundo de El Salvador.

Y añade:

“Diariamente trabajamos hasta diez horas y por esa razón no podemos ir a clases de inglés, como nos lo pide la trabajadora social de Ontario Work. El problema es que la mayoría que llegamos a este país lo hacemos para juntar dinero y enviárselo a nuestra familia”.

Las historias se repiten.

Únicamente en el bufete jurídico del abogado Hamza N.H Kisaka, ubicado en la avenida Eglinton 421, en menos de un mes se detectaron 14 casos de esa naturaleza, en donde las víctimas, al protestar, recibieron amenazas de ser denunciados ante el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración, por encontrarse de manera ilegal en Canadá.

“Cuando se dan cuenta que pueden ser detenidos y deportados, prefieren guardar silencio y ya no seguir con la denuncia. Eso origina que sus ex contratistas vivan en la impunidad y continúen con la misma actitud inmoral”, explica uno de los asesores jurídicos.

Remedios Carreño, viuda proveniente de Querétaro, México, señala que por recomendación de una conocida entró a laborar con un matrimonio que se dedica a la limpieza de edificios de departamentos. Trabajó de noche con ellos durante una semana y al intentar cobrar un viernes, le informaron que la paga se realizaría en los siguientes quince días. Ella ya no regresó, pero hasta la fecha el hombre y la mujer, oriundos de Costa Rica, se niegan a pagarle los 300 dólares del adeudo.

En otros casos, se contrata a la gente para trabajos de limpieza, pero al presentarse al lugar de reunión, son trasladados a Vaughan, Mississauga o a Richmond Hill. Sin embargo, como afirma la oficial de Inmigración, Mireya Torrijos algunos indocumentados o solicitantes de refugio son llevados a otras provincias, donde los tienen trabajando un mes y no les pagan. “Les dan un lugar donde dormir y comida y al final los regresan a Toronto y se hacen los perdedizos. El asunto es que son hispanos los que roban a los hispanos”, remarca.

El semanario de anuncios clasificados aparece todos los jueves y se distribuye gratuitamente en distintos negocios de hispanos. Los propietarios del rotativo no advierten sobre la veracidad de sus anunciantes. Eso ocasiona que sus lectores no tengan a quien reclamarle. Creen en la veracidad del anuncio clasificado.

Remedio Carrera asegura que en algunos anuncios se llega a afirmar que la paga será en “cash” o que no es necesario contar con permiso de trabajo. Pocos son los que exigen inglés y papales “al día”. La mayoría de los números telefónicos son de celulares. La demanda de empleo es de carpinteros, albañiles, encargados de limpieza, meseros, cocineros y ayudantes de pintores de casas. El pago por hora varia: entre seis a ocho dólares y jamás se cubre el salario al finalizar la primera semana de trabajo.

Javier López, un mexicano del Distrito Federal, experimentó en dos ocasiones el abuso laboral de los patrones hispanos. A principios de abril de este año, un argentino de apellido Fractini lo contrató como ayudante de pintor y lo hizo lijar marcos de puertas y ventanas. Durante dos días lo llevó a la casa, ubicada en Wilson y Keele. El sábado le preguntó si le pagaría. El hombre le contestó que hasta que él recuperara su dinero. “Yo no puedo darte nada, porque primero me tiene que pagar a quien le hice el servicio”, le aclaró.

Sin embargo, López lo cuestionó porque ese no era asunto suyo. “Yo cumplí con mi trabajo y creo que se me tiene que pagar”, le dijo. El hombre lo citó al día siguiente, en el mismo lugar donde tres días antes lo recogió, pero jamás se hizo presente.

Otra situación similar la enfrentó con un panameño que lo contrató como ayudante de limpieza de un restaurante griego. Lo hizo trabajar catorce horas, dos turnos, y únicamente le pagó siete. Argumentó que el dinero faltante lo pagaría el empleado saliente.

La funcionaria del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración está consciente de que los indocumentados no cuentan con protección legal para castigar a sus contratantes. “Indudablemente hay temor de denunciar y esa situación ha provocado que se registren sólo aquí, entre treinta o cuarenta denuncias por semana. Nos hablan distintas organizaciones sociales y los tres abogados, que tenemos muy cerca de estas oficinas”, puntualiza.

 

Y en relación a su experiencia personal, con fines periodísticos, Eduardo consignó:

 

LA JORNADA DEL CLAP… CLAP… CLAP

La jornada duró diez horas con dos breves recesos para probar alimentos. No fue una encomienda fácil, sino fatigante y dolorosa. Desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde alimenté de madera a dos clavadores, estuve bajo el acoso permanente de un contratista aprehensivo y jamás recibí la atención o el apoyo de mis compañeros de trabajo.

Experimentar en carne propia el esfuerzo físico y emocional que se realiza en el ramo de la construcción, en realidad no fue nada agradable. Sobre todo cuando no existe una relación afectiva con el contratante y, por lo mismo, la paga se convierte en algo volátil, intocable.

Un anuncio periodístico fue la puerta de entrada a esta aventura laboral. En un semanario hispano, relacionado a la promoción de empleos y compra o venta de diversos enseres o servicios, un contratista italiano, Lino, solicitaba mano de obra para trabajar en la construcción. El enlace lo realicé a través de un teléfono celular.

Lino, en un mal castellano, me pidió datos particulares y estuvo de acuerdo a que le prestara mis servicios sin necesidad de contar con el permiso oficial. La paga se haría en “cash” e inicialmente ganaría ocho dólares la hora. El punto de encuentro sería el cruce de Lawrence West y Jane.

“Traigo una camioneta negra con logotipos amarillos en las puertas”, dijo. “Lo espero a las siete de la mañana y sólo estaré ahí unos cinco minutos”.

El encuentro se realizó al día siguiente. En la camioneta iban cuatro personas, entre ellas el italiano que iba al frente del volante. Yo le di algunas de mis características físicas y cómo iría vestido. Me dijo que trabajaríamos en Mississauga, por la Bumhamthorpe. Sus tres acompañantes eran hispanos, uno de ellos jamaiquino: Perches, Julio y Billy.

Antes de iniciar la jornada, Lino nos llevó a tomar café a un Coffee Times. Ahí me presentó a sus compañeros y dijo que el trabajo consistía en levantar las estructuras de madera de la casa. Precisamente Billy y yo alimentaríamos de madera a los clavadores, Perches y Julio.

Ya en el lugar de trabajo, un enorme solar rodeado de casas a medio construir, Lino empezó a dar instrucciones. Le dijo a Billy que me enseñara a usar la cortadora, pero en un principio él solo se encargaría de esa faena. Yo únicamente acarrearía las tablas y viguetas. El italiano jamás me exigió casco o zapatos especiales para trabajar.

A partir de ese momento, la sierra eléctrica y las pistolas de aire no dejaron de funcionar. Éstas eran alimentadas por una compresora eléctrica. Billy colocó una mesa mal armada y sobre ella hacía los cortes que exigían los clavadores. Yo iba y venía por la madera.

Los clavadores le gritaban: “Dos de seis”, “Una de cuatro”, “Dos de ocho”, etcétera. Sólo que en esta ocasión, las órdenes las decían en inglés, por simple hábito aprendido en otros trabajos similares. O sea: “Two for six” o “One for four”. Se referían, en el primer caso, a dos tablas de seis pulgadas y en el segundo, una de cuatro.

Empecé cargando cuatro tablas, pero Lino me exigía que transportara seis. Lo hice. Sin embargo, la espalda empezó a dolerme y no dejaba de sudar. El “clac”, “clac”, “clac” de los clavos era repetitivo, molesto.

El italiano no dejaba de hablar por teléfono y supervisaba el avance de la obra. Después me enteraría que en dos semanas levantaba la estructura de la casa y el contrato era por doce mil dólares. De ese dinero, invertía entre seis a ocho mil y su ganancia podría llegar a los cuatro o cinco mil. Durante seis meses al año el trabajo era abundante.

Los clavadores ganaban 120 dólares diarios cada uno, de lunes a sábado, y Billy y yo, no más de 80. O sea que en mano de obra invertía cuatro mil 800 dólares en las dos semanas. Ninguno de los trabajadores tenía seguro médico o cualquier otra prestación. Los cuatro recibíamos apoyo económico del gobierno federal. Según Billy la paga se hacía cada dos semanas y en “cash”.

Durante las diez horas de trabajo, se nos permitió tener dos breves recesos, no mayores de quince minutos. Perches y Julio compartían sus alimentos y escuchaban música latina. Billy optaba por dormitar sobre una tabla. Sólo bebía café y fumaba. Lino, por el contrario, se ausentaba de la obra.

Al mediodía tuve la encomienda de cortar madera. Billy me explicó de qué manera tenía que agarrar las tablas y medirlas. Todo se hacía con escuadra y cinta de medir. Era necesario hacer los cortes con precisión y no desperdiciar el material porque me lo cobrarían.

“Me ha tocado ver compañeros que se han volado un dedo, por no tener cuidado”, me comentó Billy.

La odisea no fue fácil. Los clavadores exigían material y, en esta ocasión, yo sólo les llevaba el que acababa de cortar. Billy hacía lo propio. Lino nos urgía a gritos. “Tenemos que terminar esta planta y dejar la otra a menos de la mitad”, nos decía.

La espalda empezaba a lacerarme. También las piernas me temblaban. No había un minuto de descanso. “Y espera que te toque clavar clavos en los ángulos. Es muy duro, amigo”, me dijo Billy.

Ese trabajo se realizaba con un martillo, a la vieja usanza. Billy me reveló que Perches y Julio llevaban cinco años en la construcción y tres meses atrás habían aplicado como solicitantes de refugio ante el Ministerio de Inmigración y Ciudadanía. Ambos eran salvadoreños y vivían en Steels. Billy ingresó a Toronto a finales de febrero y planeaba quedarse un par de años. Lino, por el contrario, desde 1989 radicaba en Canadá y antes se dedicaba a darle mantenimiento a los edificios públicos.

La faena concluyó a las seis de la tarde. El regresar a mi casa fue penoso. Todo el cuerpo me dolía y el ruido monótono de los clavos y las sierras eléctricas aún golpeteaban el cerebro. Lino me dejó en el mismo lugar del encuentro mañanero y me recordó que al día siguiente debería estar ahí, a la misma hora. Ya no regresé. Una semana después lo busqué para que me pagara el día trabajado y su respuesta fue lapidaria: “Vergüenza debería darte. Por tu culpa sólo saqué el trabajo con tres personas y eso me afectó económicamente. Si sigues así no vas a tener futuro en Canadá”. 

HEMEROTECA: 2019-02-01 Muy Interesante – Chile

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Fusilados

BABEL EN TORONTO

Por Everardo Monroy Caracas

fusilados18

          ¿Iba a apagarse así aquella llama vigilante de su espíritu apasionado? ¿En aquellas tinieblas?

Luigi Pirandello

El sonido del inglés no es agresivo, tiene cadencia y calidez cuando el interesado va adentrándose a sus misterios. Sin embargo, es un idioma complejo para los hispanos porque el apodo al sustantivo —el adjetivo— va antes y no después, como ocurre en el castellano, y las eñes y los acentos se hacen ojo de hormiga: desaparecen.

Las contracciones recurrentes de su gramática, en la mayoría de los casos, se llevan al terreno oral. El asunto tiende a complicarse.

Hay palabras que casi tienen el mismo sonido, pero significados diferentes. El aprendiz las llega a dominar después de una larga convivencia con los anglosajones canadienses.

Difícilmente se tiene el control de los casi cuatro mil verbos con sus conjugaciones.

La diversidad de lenguas y culturas le inyectan al inglés nuevos ritmos e intenciones. Rompen con el acento tradicional del idioma y refuerza, sin algún propósito planeado, la convivencia en comunidad. La población infantil que acude a las escuelas públicas o privadas, es quien rescata el verdadero sonido de las palabras anglosajonas o franchutes y sostiene sobre sus hombres la identidad casuística de su nuevo país.

Mientras eso ocurre, sus padres, tíos y abuelos, le imprimen cierta peculiaridad a la forma de expresar el inglés, en caso de vivir en Toronto.

Los chinos, coreanos, japoneses, pakistaníes, rusos e hindúes prácticamente son  incomprensibles, pero a través del trato cotidiano uno aprende a entenderlos y apreciarlos.

Ontario Work, a cambio del welfare (ayuda económica o asistencial), les exige a los refugiados aprender el inglés. Hay un centenar de escuelas para aprender la segunda lengua (ESL) en la ciudad. En la inscripción solo se exigen veinte dólares y el permiso migratorio, la hoja marrón.

Los cursos duran nueve meses al año y se imparten mañana, tarde o noche.

Hay quienes optan por estudiar de ocho de la mañana a dos de la tarde. Otros, los interesados en trabajar de cash y no desvelarse, lo hacen de las 19:00 a las 21:30 horas.

Eduardo se inscribió en una escuela con tres grupos y cuatro maestras, incluyendo la directora.

Lo hizo en el turno matutino.

En el mismo edificio de dos niveles, construido en la rivera de un antiguo arroyuelo, se atendía a personas con problemas de síndrome de Down.

De lunes a viernes, en el turno de la mañana, el periodista hacía acto de presencia.

Tomaba dos autobuses para llegar al colegio, ubicado en la esquina de la avenida Weston y la calle Sheppard, a media hora del departamento donde residía.

La principal obsesión de su maestra, Catherine Pearson, de sangre italiana, era contar con no menos de veinte alumnos para conservar sus privilegios salariales. La clase las impartía a doce o quince alumnos.  En algunas ocasiones, durante la visita del inspector  del Ministerio de Educación, era obligatoria la asistencia de todos los inscritos. Debían pasar lista de presente.

La mayoría de los alumnos de Miss Pearson superaban los cuarenta años de edad. Cinco de ellos tenía más de una década en la misma aula.

Las maestras, en su afán de conservar la chamba, no avanzaban en el programa pedagógico. Impedían que los alumnos pasaran a niveles subsecuentes. Miss Pearson justificaba su comportamiento con una sencilla explicación:

“No depende sólo de nosotros que ustedes aprendan el inglés, es la práctica la que les va a ayudar. Salgan a la calle, visiten los centros comerciales, los restaurantes o las iglesias y ahí escuchen y traten de hablar el inglés. Nosotros únicamente les damos las bases. Practiquen, practiquen, practiquen…”.

Por tratarse de una mayoría de hispanos —salvadoreños, colombianos, guatemaltecos y mexicanos—, la comunicación oral se realizaba en castellano. En los recesos, los hindúes, vietnamitas y pakistaníes se separaban y formaban su propio grupo.

Eduardo empezó a tratarlos y conocer el motivo de su presencia en Canadá. Todos eran refugiados políticos y sobrevivían con ayuda del welfare.

La historia de doña Paula Mendoza de Barahona, de 68 años, le interesó porque permitía reconstruir la gesta de una madre intentado salvar de la guerra a sus hijos y a un esposo parapléjico.

Juntos, por tierra y mar, recorrieron 500 kilómetros para llegar a San José, Costa Rica y huir de El Salvador, donde militares y guerrilleros sembraban de cadáveres los catorce departamentos. Escurrían sangre y lágrimas en Morazán, La Paz, San Salvador, Cabañas, San Vicente, Usulután, Chalatenango, La Unión, etcétera.

En la década de los ochenta, ese pequeño país vivía la tragedia de una guerra civil cebada por la miseria, represión, autoritarismo y codicia. Finqueros, industriales e inversionistas extranjeros abonaban esa inquina. En nada se diferenciaba a lo ocurrido en Guatemala y Nicaragua.

El caso de doña Paula y su familia era representativo de lo ocurrido en esa tierra pródiga y trágica: El Salvador, el Pulgarcito de Centroamérica.

Eduardo, escribió:

El miedo

En el instante exacto de abordar el avión, un potente DC-10 de una aerolínea estadounidense, doña Paula Mendoza de Barahona cerró los ojos y trató de contener el llanto. Durante más de seis años había esperado ese momento: abandonar tierras ticas y concluir así, de llegar sin contratiempos a la ciudad de Toronto, un profundo y doloroso sentimiento de angustia. Ella y su esposo —doblegado por una embolia— difícilmente volverían los ojos hacía atrás y enfrentarían los mismos peligros de antaño, principalmente en El Salvador, su país de origen.

—Gracias a Dios —fue lo único que logró murmurar en el momento que se colocaba en el asiento cercano a don Gerardo, quien la observaba con ternura.

Se encontraban en el aeropuerto internacional “Juan Santamaría” de San José, Costa Rica.

Del 7 de junio de 1980 al 13 de diciembre de 1986, la familia Barahona-Mendoza enfrentó los sinsabores del peligro y la angustia. El Salvador aún se convulsionaba en una sangrienta guerra civil aparentemente interminable. Grupos paramilitares, el ejército nacional, las policías y la guerrilla —encabezada por el Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional—, sembraban muertos por doquier y una de las principales víctimas de este fratricidio había sido el arzobispo de la diócesis de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero. Un francotirador, presuntamente pagado por oficiales militares de tendencia ultraderechista, le había partido el corazón de un balazo.

Doña Paula, ajena a esa realidad política, simplemente buscó proteger a sus hijos y esposo, parapléjico desde 1976. Jorge, el tercero de su prole, estudió dramaturgia. Una obra de teatro, patrocinada por la Universidad Nacional, generó animadversión entre algunos integrantes de la Junta Militar. El gobierno, en esos momentos estaba conformado por oficiales del ejército, encabezados por los coroneles Jaime Abdul Gutiérrez y Adolfo Majeno. El 15 de octubre de 1979 perpetraron un golpe de Estado y depusieron al presidente de la República, al general Carlos Humberto Romero.

A partir de ese momento, la represión tomó mayor vigencia y en menos de dos años, más de diez mil personas fueron asesinadas. El miedo y la indignación se convirtieron en las principales divisas de convivencia de los salvadoreños.

Los 14 departamentos con sus 212 municipios entraron a una dinámica de violencia. Ningún sector de la población podía estar ajeno a lo que ocurría en su país. Los Barahona-Mendoza radicaban en la avenida Cuscatlán, cinco cuadras antes de llegar, de norte a sur, al Palacio Nacional y la Catedral metropolitana, cerca de la Plaza Gerardo Barrios. En esa modesta vivienda del Barrio La Candelaria, doña Paula atendía a su marido —ya incapacitado físicamente desde 1976—, y a sus hijos Martha, Manuel, Jorge, Alfredo, Carlos y Mauricio. Doña Paula, gracias a sus vecinos, tenía conocimiento de la vigilancia extrema en que se encontraba uno de sus hermanos, por su supuesta cercanía con la guerrilla. Lo mismo le ocurría a dos de sus hijos, sobre todo a Jorge. De esa manera la seguridad de ella, de don Gerardo y su prole estaba en constante riesgo. Incluso, una hermana de doña Paula militaba en el Partido Demócrata Cristiano, dirigido por Napoleón Duarte. Por lo mismo, en uno de sus diálogos en voz baja, los Barahona-Mendoza determinaron huir y radicar en Costa Rica. Varios conocidos lograron obtener protección en ese pequeño país centroamericano y desde ahí gestionar su residencia, en calidad de refugiados políticos, en Estados Unidos, Canadá, Australia o Europa.

—Tenemos que salir de aquí —sugirió doña Paula.

—No será fácil mamá —dijo Manuel.

—O lo hacemos, o cualquier día vienen por uno de ustedes y les ponen uniformes.

—Es cierto —confirmó Alfredo—, Jorge ya es vigilado por la Guardia Nacional por lo de la obra de teatro.

—No quiero ver a alguno de mis hijos desaparecido o asesinando a su prójimo. Es necesario que busquemos refugio fuera de El Salvador. Su padre necesita atención médica.

Don Gerardo poco podía aportar. Había vivido siete años en Nueva York y a consecuencia de una diabetes aguda, provocada por el alcohol y el descuido en su alimentación, estuvo a punto de perder la vida. Casi paralítico y con problemas al hablar fue regresado a El Salvador. Gracias a la ayuda económica de una hermana del enfermo, también radicada en Estados Unidos, la familia Barahona-Mendoza logró salir adelante. Con parte de ese apoyo, los seis hijos lograron terminar sus estudios y trabajar. Doña Paula era el principal eje moral de todos.

El lunes 24 de marzo de 1980, una noticia sacudió a la mayoría de salvadoreños: el arzobispo Oscar Arnulfo Romero había sido asesinado durante la celebración de una misa, en memoria de la madre del periodista, Jorge Pinto, primo de don Gerardo. El prelado se encontraba en el interior de la capilla del Hospital de la Divina Providencia.

Un comunicado difundido ampliamente en los noticieros de radio y televisión, confirmaron:

“Esta tarde, aproximadamente a las  seis de la tarde con cuarenta minutos monseñor Oscar Arnulfo Romero se desplomó mortalmente herido ante el altar de la capilla del hospital de la Divina Providencia.

“El prelado oficiaba en esos momentos una misa en memoria de la madre de un periodista, Jorge Pinto, director del periódico opositor El Independiente.

“Según las últimas versiones, cuatro desconocidos llegaron hasta el hospital de la Divina Providencia en un coche Volkswagen de color rojo. Se acercaron a la capilla y dispararon contra el arzobispo. Un disparo le atravesó el corazón, dejándolo mortalmente herido. Una religiosa que escuchaba la misa dijo que antes de morir, monseñor Romero pidió perdón para los asesinos”.

Doña Paula y su familia, al igual que los casi tres millones de salvadoreños se enteraron de la tragedia.

Un día antes, algunos integrantes de la familia Barahona-Mendoza habían asistido a misa en la Catedral Metropolitana y monseñor Romero, en su homilía, cuestionó duramente a la oligarquía local, al gobierno y a los militares. Entre otros puntos abordados, en esta ocasión destacó:

—He tratado durante estos domingos de Cuaresma de ir descubriendo en la revelación divina, en la Palabra que se lee aquí en la misa el proyecto de Dios para salvar a los pueblos y a los hombres; porque hoy, cuando surgen diversos proyectos históricos para nuestro pueblo podemos asegurar: tendrá la victoria aquel que refleja mejor el proyecto de Dios. Y esta es la misión de la Iglesia.

“Ya sé que hay muchos que se escandalizan de estas palabras y quieren acusarla de que ha dejado la predicación del evangelio para meterse en política, pero no acepto yo esta acusación, sino que hago un esfuerzo para que todo lo que nos ha querido impulsar el Concilio Vaticano II, la Reunión de Medellín y de Puebla, no sólo lo tengamos en las páginas y lo estudiemos teóricamente sino que lo vivamos y lo traduzcamos en esta conflictiva realidad de predicar como se debe el Evangelio… para nuestro pueblo. Por eso le pido al Señor, durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me de la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y aunque siga siendo una voz que clama en el desierto se que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión…

A partir de ese momento, monseñor Romero hizo una extensa relación de nombres de campesinos y trabajadores asesinados por soldados y grupos paramilitares y le pidió al gobierno estadounidense que dejara financiar al ejército salvadoreño.

Casi al finalizar su alocución, exigió:

“Sin las raíces en el pueblo ningún Gobierno puede tener eficacia, mucho menos, cuando quiere implantarlos a fuerza de sangre y de dolor…

(…)Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia nacional, de la policía, de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuoso, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!”

Monseñor Romero jamás se imaginó que en esos momentos, un sicario a sueldo, barbado y experto en el manejo de rifles de largo alcance, aguardaba la orden para asesinarlo. Según el embajador de Estados Unidos en El Salvador, Roberto E. White, había sido contratado por unos militares, entre ellos el mayor Roberto D’Aubuisson —fundador del partido ARENA—, para ejecutar al prelado. El crimen tendría lugar al día siguiente.

Mientras tanto, cientos de feligreses escuchaban en la Catedral Metropolitana las duras palabras del arzobispo. Nunca imaginaron que una bala calibre .22 cambiaría radicalmente su vida y la del país. Doña Paula tampoco olvidaría esos dramáticos momentos.

La huida

La bala atravesó la lámina y penetró en la nuca de Leonel, un modesto tallador de joyas. Su cabeza chicoteó y se fue de bruces. El chofer frenó violentamente y la mayoría de los pasajeros del camión urbano optaron por abandonarlo y tirarse al suelo. Una hora después, cerca de las tres de la tarde, doña María Franco se enteró que una bala perdida había asesinado a su marido y el cuerpo aún yacía en el interior de la unidad, en medio de un charco de sangre.

Uno de los hijos de doña María, Ricardo, era compañero de colegio de Jorge, y por lo mismo, la familia Barahona-Mendoza se enteró de la tragedia.

—Lo que le pasó al papá de Ricardito es una advertencia —expresó doña Paula al terminar de comer. Don Gerardo oyó todo desde su lecho—. Por eso estoy de acuerdo de que Jorge y Carlos se adelanten a Costa Rica y luego los seguimos nosotros.

Lo que aceleró ese viaje fue el asesinato del arzobispo Romero. En todo el país los escuadrones de la muerte, el ejército nacional y la guerrilla tenían a la población en permanente miedo y resentimiento. Los pobres eran los más afectados y la clase media, principalmente la de las grandes ciudades, sufría mermas porque el gobierno militar obligaba a sus hijos a enrolarse en las fuerzas armadas.

La pregunta que constantemente se hacían don Gerardo y doña Paula era el cómo lograrían escapar de El Salvador sin despertar sospechas entre sus vecinos y conocidos. Entre ellos, estaban seguros, había infiltrados del gobierno o los escuadrones de la muerte. Sus hijos, Jorge y Carlos estudiaron Artes Dramáticas y el primero, incluso ya contaba con la licenciatura. A finales de ese año, 1980, haría lo propio Carlos.

—Que Carlos y Jorge se adelanten —sugirió don Gerardo. A pesar de sus dolencias y parálisis, producto de su embolia, trataba de aportar algo para evitar que alguno de sus hijos cayera en manos del ejército o fuera asesinado.

—En San José hay una familia que puede ayudarnos —dijo Jorge—. Una compañera de Martha nos puede recomendar para que ahí nos alojemos mientras conseguimos un trabajo y pedimos el refugio político oficialmente.

Martha era la primogénita del matrimonio Barahona-Mendoza. Le seguían Manuel y posteriormente, en este orden, Jorge, Carlos, Alfredo y Mauricio. El más pequeño acababa de cumplir los 14 años y Alfredo estudiaba Saneamiento Ambiental en el Instituto Nacional Francisco Menéndez. Radicaban cerca del Palacio Nacional y constantemente observaban el movimiento de los militares que recorrían la ciudad en tanquetas y jeeps.

Tras el triunfo de la revolución sandinista, en Nicaragua —eso ocurrió en 1979— ser joven en Centroamérica era casi un delito. Si usaban mezclilla o melena, suponían la derecha y los militares que ellos simpatizaban con el comunista internacional.

Los Barahona-Mendoza de manera sigilosa empezaron a trazar un plan de huida. Una de las hermanas de doña Paula, el martes 20 de mayo, estuvo de acuerdo en llevar a sus sobrinos Jorge y Alfredo al aeropuerto. Ambos tenían 21 y 18 años, respectivamente. Ya eran mayores de edad y por lo tanto, no necesitaban algún permiso tutelar para salir del país.

—Mamá, vamos a entregarle la carta a esta familia y de inmediato, de no tener problemas, solicitaremos ayuda a la ONU —dijo Jorge.

Lo que más le dolía al muchacho era el separarse de su novia Alba. Sin embargo, Jorge logró comprometerla a que lo siguiera, en fechas posteriores a Costa Rica. De aceptar, se iría con sus padres y hermanos.

—¿Y por qué no te esperas un poco más?

—Si no me voy ahorita, me matan —le dijo Jorge a Alba.

Y la muchacha sabía que aquella versión era probable. En su escuela se había enterado de infinidad de historias donde sus compañeros, maestros o padres de familia terminaban en la cárcel o en el cementerio. La muerte del empleado de la joyería, como consecuencia de un disparo realizado por un militar —después se confirmaría ese hecho— le daba mayor peso a esa decisión.

Conforme a lo previsto, Jorge y Alfredo, ese 20 de mayo de 1980, abordaron el avión comercial a Costa Rica. Su tía los acompañó y en su casa, hermanos y padres, no lograron ocultar su pesar. Doña Paula sintió que una parte de su ser se le desprendía. Sus hijos eran su razón de lucha. Estaba desbastada.

—No se preocupe, madre, todo saldrá bien, ya lo verá. Primero Dios, conseguiremos el apoyo de la ONU para que ustedes también salgan de este infierno —dijo Jorge antes de abandonar el domicilio.

Doña Paula los abrazó y besó las mejillas. El llanto fue incontenible.

Los muchachos llegaron a su destino sin contratiempos y la familia del compañero de escuela de Martha les dio hospedaje y alimentos, sin ningún compromiso. Jorge y Alfredo buscaron trabajo y empezaron a tener correspondencia con sus padres y hermanos. Poco a poco, los Barahona-Mendoza empezaron a juntar dinero. Doña Paula logró hacerse de 400 dólares americanos y una cantidad similar de colones, la moneda oficial de El Salvador. En esas fechas, un dólar costaba dos colones con cincuenta centavos.

Al mismo tiempo, doña Paula logró contactar con un transportista, don Eduardo, propietario de un autobús semidestartalado que también intentaba escapar del país. En esta ocasión logró convencer a una de sus hermanas para que lo acompañara en la odisea. En la misma caravana irían un hermano de don Gerardo, de nombre Manuel y doña María, la viuda del empleado de la joyería, y tres de sus cinco hijas. Todos los interesados del viaje, empezaron a tener reuniones clandestinas y a diseñar una estrategia para la salida.

La ruta de evacuación sería Puerto La Unión, al sur de El Salvador, para entrar, por el lago Fonseca, a Nicaragua. De ahí cruzarían todo ese país hasta tocar con la frontera de Costa Rica, por Peñablanca. En ese punto fronterizo, Jorge y Alfredo irían por ellos con una carta del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). De ser posible, la ONU los resguardaría ante el riesgo de ser asesinados por el ejército salvadoreño o los escuadrones de la muerte. La guerrilla, inmersa en el Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional, simplemente confrontaba con los soplones, soldados u oficiales asesinos y los paramilitares de ultraderecha, patrocinados por el gobierno estadounidense y algunos latifundistas.

—En el camión sólo llegaremos La Unión y ahí tenemos que tomar el ferry y ya en Nicaragua, hay que abordar otros cuatro camiones para llegar a Costa Rica —explicó con detalle, don Eduardo.

—¿Cuando y a qué horas sería la salida? —preguntó doña Paula.

—Si no hay contratiempos, el sábado 7 de junio, a las doce o una de la tarde. Se trata de llegar antes de las cuatro de la tarde a La Unión para abordar el ferry —dijo don Eduardo.

—¿Qué podemos llevar? —inquirió doña María.

—Poca ropa, unas frazadas y algo de comida —dijo don Eduardo—. Se trata de no llamar la atención…

En el camión viajarían don Gerardo y su esposa, cuatro hijos y dos nueras —Margarita, esposa de Manuel, y Alba, la novia de Jorge—; doña María y sus tres hijas; don Manuel, hermano de don Gerardo, y don Eduardo y su hermana. En síntesis, quince personas realizarían ese periplo. Lo que ahí se recomendó es que nadie comentara del viaje, ni siquiera los niños a sus amiguitos, para evitar que los policías políticos se enteraran y los adultos, que encabezaban ese viaje, fueran arrestados.

El Miedo

Doña Paula, el viernes 6 de junio, por la tarde fue a Catedral y oró por la seguridad de los suyos. En el país se respiraba un aire de luto y temor y la mayoría de las plazas públicas estaban tomadas por los militares. Prácticamente el gobierno militar que encabezaban los coroneles Jaime Abdul Gutiérrez y Adolfo Majeno, había instaurado el Estado de Sitio y pocas personas por las noches se atrevían a salir a las calles. Una treintena de obreros había intentado realizar una manifestación en una plaza pública cercana a la casa de los Barahona-Mendoza, y esa misma noche, fueron desalojados violentamente y en las banquetas y asfalto quedaron manchones de sangre, ropa y calzado. Eso ocurrió una semana antes del viaje programado. Los militares habían asesinado a casi la mitad de los paristas.

Durante la noche, doña Paula y sus hijos prepararon maletas. En cajas de cartón metieron ropa y algunas frazadas. En la parte delantera del camión, iría don Eduardo, frente al volante, y en el lado del copiloto, la hermana de este y don Gerardo. No habría asientos traseros y doña Paula y doña María, con sus respectivos hijos, simplemente se recostarían sobre colchonetas.

Al amanecer, la familia Barahona-Mendoza se dividió en dos grupos para no despertar sospechas. Todos se concentraron, al final, en la casa de don Eduardo, en la parte oriente de la ciudad.

Exactamente a las 13:05 horas partieron, en el interior del autobús a la región sureña de El Salvador. Las lluvias habían reverdecido los valles y serranías y durante el trayecto, el calor húmedo intranquilizaba a los niños. 

Por tratarse de una carretera interamericana, los contratiempos fueron menores. Aún así la incertidumbre y el temor los obligó a cavilar y guardar silencio durante el viaje. Cerca de las cuatro de la tarde arribaron al puerto San Carlos de la Unión. Por un costado, en medio de una bruma azulada, sobresalía el imponente volcán de Conchagua. Sobre las tranquilas aguas del golfo de Fonseca, bailoteaban decenas de lanchones para pescar y entre los caseríos cercanos a la costa, cuatro militares, armados con fusiles metralleta, piropeaban a dos muchachas. El camión se detuvo aproximadamente a veinte metros de distancia de ellos. Don Eduardo, aún con las manos sudorosas, volvió la cabeza hacia atrás y angustiado comentó:

—Es posible que tengamos problemas… Hay milicos y son de la Guardia Nacional…

Y no estaba equivocado.

Uno de los soldados, rechoncho y con un cigarrillo en los labios, se desprendió de sus compañeros y con pasos firmes enfiló hacia el camión. Doña Paula entrecruzó miradas con doña María y en silencio empezó a orar.

Doña Paula respiró tranquila al darse cuenta que el militar únicamente inspeccionó con la mirada el camión y sin molestarlos prosiguió su marcha. Los otros dos uniformados intentaban seducir a dos lugareñas.

—Bendito sea Dios —murmuró y abrazó a Mauricio.

Don Eduardo, comentó:

—Creo que ya llegamos tarde y el ferry se nos fue. Hay que comer algo y también informarnos si hay otro bote antes de que anochezca…

Don Gerardo propuso que solo parte del grupo se bajara de la unidad y comprara alimentos. Las mujeres salieron y desalentadas, al regresar, informaron que efectivamente el ferry se había retirado y la salida tendría lugar hasta al día siguiente, a las seis de la tarde.

—Ni modo —exclamó don Manuel, el hermano de don Gerardo—. Una noche más y ya estamos fuera…

Todos comieron en silencio, queso y tortillas y un poco de pollo. Bebieron agua y el sueño poco a poco los fue venciendo. Doña Paula tenía fe de que sus hijos Jorge y Alfredo ya los aguardaran cerca de Peñablanca. En Managua les hablaría por teléfono y confirmaría si no había contratiempos. Le preocupaba la salud de su esposo, quien se quejaba de un fuerte dolor de piernas.

Las mujeres y don Eduardo casi no lograron conciliar el sueño. Poco a poco a oscuridad dominó a la comunidad portuaria y el murmullo del viento empezó a estrellarse en la lámina del autobús. Los lastimeros aullidos de los perros, le robaban la tranquilidad a quien ya añoraban dejar atrás esa pesadilla. Cerca de las seis de la mañana una luz intensa fue filtrándose por las ventanillas y parabrisas y coloreó el entorno. Don Eduardo, salió del autobús e investigó si los militares hacían sus rondines. Recordó que tres días antes de ese viaje, un compadre le comentó que dos muchachos fueron asesinados en el ferry, en el momento que trataban de huir de El Salvador.

—Hay cierta tolerancia con la gente… Tenemos que aprovechar que los militares están fuera de La Unión y abandonar la unidad —sugirió don Eduardo al regresar al camión.

Doña María y doña Paula temían que los separaran de sus hijos, al darse cuenta los soldados de sus intenciones. Sin embargo, estaban conscientes que cualquier actitud sospechosa podría evidenciarlos y poner en riesgo la misión. Se separaron en tres grupos y aguardaron a que el ferry abriera sus puertas para que los pasajeros lo abordaran. Mientras eso ocurría, las mujeres lograron cambiar el dinero salvadoreño, sus colones, por córdobas nicaragüenses.

En el momento indicado, se mezclaron entre la gente que utilizaba los servicios del bote y ya a bordo, con sus maletas y cajas en mano, no lograron disimular su emoción. Más aún cuando escucharon el pitido de la nave y el ronroneo de la máquina principal que le daba vida a las propelas. Ya habían recorrido los primeros 167 kilómetros de San Salvador a La Unión y ahora rodeaban las pequeñas islas de La Amapola y La Conchaguita. El verdor era único. Cincuenta kilómetros de aguas calmas, salinas, pasaban ante sus asombrados ojos.

Una hora y media después, desembarcaron en el puerto de Potosí y los recibieron varios militares sandinistas.

—¿A dónde van? —los encaró un uniformado, con pañuelo rojinegro en el cuello.

—Tenemos enfermo a mi esposo y lo llevamos a curar a Managua… —dijo doña Paula.

—Sus hijos, ya están grandes, ¿por qué no se quedaron en El Salvador para pelear contra los militares asesinos?

—Ellos se van a regresar, pero vienen a ayudarme con su papá, que viene muy enfermo…

El aspecto desmejorado de don Gerardo, convenció a los sandinistas. Ahí en Potosí abordaron un autobús con destino a Chinandega. Durante el viaje no fueron molestados y de Chinandega, se cambiaron a otra unidad con rumbo a Managua. En esa ciudad pasaron la noche y doña Paula logró contactar telefónicamente con Jorge y le dijo que ya estaban en territorio nicaragüense. Jorge estaba alarmado porque no se habían comunicado un día antes.

—Tuvimos que dormir en La Unión y esperar a que saliera nuevamente el ferry —le confirmó su mamá.

—Vamos a esperarlos en la caseta de inmigración de Costa Rica, pero si pueden pasar, háganlo. De todos modos, nos vamos a dar cuenta si tienen problemas y vamos por ustedes a donde estén. Guarden la calma, mamá.

La voz de Jorge le inyectó confianza. Jorge y Alfredo ya contaban con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la seguridad de su familia estaba garantizada. Su único temor era que los escuadrones de la muerte se internaran a Nicaragua y atentaran contra alguno de sus hermanos, principalmente los mayores, Martha y Manuel. También estaba en riesgo la seguridad de Margarita y Alba. Incluso se hablaba de salteadores de caminos que mataban y violaban mujeres.

—Nosotros estaremos en Peñablanca como a las cinco o seis de la tarde, hijo.

—Nos faltan unas firmas, mamá y es posible que consigamos transporte. No se desesperen, estamos trabajando en eso. De no ser por la tarde, al otro día estamos con ustedes…

El viaje continuó y tomaron un nuevo autobús de Managua a Rivas. En esa ciudad, oscurecida por nubarrones y aguaceros, hicieron una nueva escala. Los niños ya estaban desesperados y hambrientos y don Gerardo, para no apenar a sus seres queridos, soportaba con estoicismo sus dolencias. Ya en Rivas, sin tener tiempo de descansar, abordaron otra unidad que los trasladaría a Peñablanca.

Unos salvadoreños que iban en el autobús les comentaron que la Junta Militar había recrudecido la represión y se sospechaba que el coronel Roberto D’Aubuisson estaba atrás del asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero.

—Contrataron los servicios de un matón de algún otro país, parece que de Florida, o del mismo ejército para hacer esa porquería…

 Don Eduardo prefirió no hacer comentarios. Las mujeres, hijos y nueras también se hicieron los desentendidos. Los adultos conocían la historia de su país, con sus casi cien años de guerra civil. Para doña Paula lo primero era su familia. Solo su familia.

        Casi al oscurecer llegaron a Peñaflores y fueron a cenar a un comedero de madero que estaba al lado de una central de vigilancia de los sandinistas. Unos militares les permitieron dormir ahí.

—Sólo que las mujeres tienen que madrugar y bañarse porque después vienen los compañeros y ya no podrán hacerlo —les advirtieron.

Para evitar el acumulamiento de ropa sucia, el grupo acordó deshacerse de ella cada vez que abordaban un nuevo autobús. Por lo mismo, la carga había disminuido y doña Paula, doña María y la hermana de don Eduardo, lograron sortear la pesada carga de lavar la vestimenta de ellas y sus doce acompañantes.

La señora que vendía comida le informó que no era fácil cruzar a territorio costarricense —Tico, fue su palabra—, porque los de migración exigían 300 dólares americanos por persona para poder ser recibidos como turistas.

—Así evitan que gente necesitaba los invada…

Unos traileros que estaban en el comedero, intervinieron.

—Pero no se preocupen… Los podemos ayudar, nosotros metemos a los muchachos y que presenten los 300 dólares y luego que uno de ellos se regrese con el dinero… Así, poco a poco se van metiendo…

Doña Paula y doña María valoraron la situación. Hacerlo de esa manera ponía en riesgo la seguridad de Margarita y Alba, porque no conocían a los traileros, y tampoco podían confiarles el poco dinero que llevaban. Incluso, existía el riesgo de que detuvieran a sus hijos y los deportaran a El Salvador.

Los quince se reunieron en el cuartel de los sandinistas y empezaron a deliberar. Los niños se durmieron, pero los adultos, contritos y cavilativos, aguardaron que el amanecer los alcanzara para tomar una nueva decisión. Por lo pronto, don Eduardo y su hermana contaban con el dinero y determinaron internarse a Costa Rica. Las otras mujeres, acordaron aguardar la presencia de Jorge y Alfredo. Las oficinas migratorias de Costa Rica estaban a cien metros de distancia, al fondo de la misma carretera federal. Ese tramo estaba sombreado por una hilera de fresnos y pinares. El movimiento vehicular y humano era constante.

—¿Qué hacemos mamá? —preguntó Manuel.

—Esperar la llegada de tus hermanos… Es lo mejor…

El sol empezó a hacer su recorrido y las sombras de árboles y casas reptaban de un lado a otro. Don Gerardo y doña Paula habían perdido el apetito. Temían que algo malo les hubiera ocurrido a sus hijos y estaban entrampados en ese lugar rodeado de caseríos, pobreza y humedad.

—No van a venir…

—Claro que sí…

—No es fácil…

—Lo van a lograr… Sino, buscamos la manera de meternos…

En esos momentos, uno de los niños se les acercó corriendo.

—Mamá, mamá… Vienen mis hermanos…

Doña Paula levantó el rostro y vio a lo lejos a sus dos hijos. Habían llegado a bordo de una camioneta y cargaban en las manos, un fólder con varios documentos, entre ellos el compromiso de la ONU de protegerlos como refugiados políticos. Jorge y Alfredo abrazaron a sus padres y no lograron contener el llanto. El Salvador y su guerra civil habían quedado atrás. Ahora tendrían que ajustarse a su nueva vida, la de inmigrantes, y empezar hacer los trámites ante el gobierno canadiense para que les diera la oportunidad de rehacer su vida. 

Doña Paula y don Gerardo tardarían casi seis años para lograr su objetivo final: vivir en paz, al lado de sus hijos y nietos. Durante ese tiempo permanecieron juntos en Heredia, Costa Rica, y el 13 de diciembre de 1986, el matrimonio, llegó a Toronto para reencontrarse con sus seis hijos, quienes desde un año antes ya radicaban en Canadá. El 27 de octubre del 2002 murió don Gerardo, a consecuencia de un infarto al miocardio, y doña Paula quedó bajo el cuidado de sus hijos.