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LOS MOCOSOS

goteo portadaLos espejos y la cópula son abominables, porque multiplican al número de hombres.

Jose Luis Borges/ Tlön, Uqbar, Orbis Tertius

LISANDRA

La conocí de rodillas en el momento de entregarle la ostia. Terminamos en la cama. Por culpa del alcohol y las urgencias del cuerpo, yo, el padre Álvaro Reséndiz, ingresé  a su habitación.

Lo dicho por el turco confirmó lo ya explorado al comulgar. Lisandra tenía ojos ensoñadores, grises y la cabellera cargada de rulos naturales, caribeños.

Farhadi recordó la causa de mi visita: compartir el departamento.

—No se preocupe, padre… —dijo Lisandra y me observó  unos segundos sin saludarme de mano.

En el pasillo del jardín exterior, Farhadi detuvo la marcha y me susurró:

—Es cubana y amiga de mi esposa…

—Ah —solo exclamé, preocupado todavía por el asunto de Estrella, la hija de Alberto. Seria madre y me negué a reconocer mi paternidad —. Me siento agradecido….

—Una amiga le ofreció su departamento y en julio nos deja. Así que no veo inconveniente que la señorita Lisandra lo comparta con usted un par de semanas.

En días subsiguientes todo se vino al traste.  No pude resistirme.

Y recordé las palabras de la mujer policía al darse cuenta que yo era sacerdote:

—Es Canada…

En mayo del año pasado, por órdenes de un juez,  la mujer policía me escoltó al departamento que rentaba para sacar mis pertenencias. Un pleito con Estrella me mandó a prisión y tuve que enfrentar las consecuencias legales.

—Se llama Lisandra, padre, y es una ferviente seguidora de la Virgen del Cobre —me confió Farhadi.

—Bendita sea…

***O***

HABLAME DE TI…

El sobrepeso de las historias en tan corto espacio —su propio cuerpo— y faltan tres manzanas para conocer el departamento.  El boli de limón sigue inconcluso. Teme lo peor por la rotura en la mochila que cuelga a sus espaldas. En el vagón del tren subterráneo comprobó  la presencia del libro electrónico, los dos bolígrafos, el marcador amarillo y su bitácora de viaje. Un día antes perdió la pasta y el cepillo dental al olvidarlos en el Mesón Les Camarades.

El sábado es agradable, fresco. Una rápida llovizna humedeció la isla durante la madrugada. Rose Kyritsis hace un breve recuento de las pertenecías que lleva encima y fantasea. Los jeans son italianos. Seguramente una de las obreras, madre soltera, sufre de reumas y teme perder su trabajo. La playera, donde tiene estampado el rostro de Karl Marx, fue un regalo de su hermano. La adquirió en Tréveris, Alemania durante sus recorridos por la plaza del Mercado. La luna de miel tuvo lugar en Luxemburgo, pero Brenda, su ahora esposa, lo convenció para conocer la ciudad, donde doscientos años antes nació el padre del comunismo científico.

Rose imaginó la amarga historia de Rahui, un inmigrante raramuri que laboraba, sin ambas piernas, en una fábrica de ropa en Bélgica.

Lo del boli de limón tuvo su toque dramático. El paquete de veinte tiras de plástico con azúcar y colorante verde fue elaborado en una embotelladora estadounidense. La mano de obra provenía de  Pulaski, Tennessee. Ahí, en 1865, seis veteranos de la Guerra de Secesión fundaron el Ku Klux Klan. Los propietarios eran descendientes de los Calvin Jones, una de las seis familias que firmaron el acta constitutiva de la organización de extrema derecha y antisemitista.

Y así, Rose continuó armando historias con cada objeto o mercancía que iba inherente en su andar.

Cada producto tenia su toque humano. Estaba segura que, antes de alcanzar su cometido —negociar el alquiler del nuevo departamento—, la amalgama de una de sus muelas podría desprenderse. El dentista que la colocó recién había enviudado. No pudo superar la pérdida.

Y una semana después del encuentro, en el consultorio de Atenas decidió suicidarse con una inyección de insecticida.

***O***

LOS MOCOSOS

—Tengo hambre, mami.

—Aguanta, hijo. Tu padre está por llegar.

Piso de tierra, techo de cartón negro y muros de bajareque. La llama sigue viva bajo el comal y la masa aguarda el calor de las manos de Hortencia Trejo.

Virgilio Atilalaquia, el marido de Hortencia, labora en el fraccionamiento Azul de Pachuca. Es posible que sus patrones le permitan ver a su familia el fin de semana. Le da mantenimiento   al jardín y lava las camionetas.

En San Felipe Orizatlán, a quinientos quilómetros de Pachuca,  la tierra es húmeda. Virgilio Andrés, hijo de Hortencia y Virgilio, tiene hambre. Posee los mismos huesos de su padre (recios a tanta tortilla y frijol con chile) y el tosco rostro de su madre (labrado en roca volcánica).

La espera será inútil. El callado Virgilio Atilalaquia, el de las manos de piedra porosa, tiene un revolver y aguarda la orden para disparar.

El hijo del diputado, apenas un mocoso, no entiende lo que ocurre.

—Quiero hacer del dos, comí muchas hamburguesas —pide el niño.

—Cágate y cállate —ordena Virgilio Atilalaquia. Piensa en su hijo que aguarda su llegada y el pollo frito prometido.

Un olor a mierda interrumpe sus pensamientos y acciona el percutor del arma…

HEMEROTECA: El crimen del padre Amaro – Jose Maria Eca de Queiros

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VENTANEANDO

goteo portada—Dos programas me encanta ver por Internet —dijo Ana Luisa antes de consumir la tercer taza de café—: Ventaneando y Como ustedes pueden ver, de Venezolana de Televisión…

—¿En serio? Y ¿Por qué?

—Soy fan de los chismes de la farándula. Me distraen Paty Chapoy y su equipo, principalmente Daniel Bisoño que es simpatiquísimo e irreverente. De Venezolana de Televisión, las broncas que tienen las petroleras gringas con los chavistas…

Ana Luisa es mexicana, ingeniera civil y oriunda de Xochimilco.

Por un problema conyugal —ser la esposa de un coronel cooptado por el narcotráfico— tuvo que salir de su país.

En 1993 demandó refugio político y actualmente es ciudadana canadiense.  y radica en Montreal.

María Luisa es una mujer feliz, sin hijos.

—Te entiendo —respondí—, en mi caso, mis gustos son parecidos. E incluyo las tortillas y los frijoles negros. Por Internet leo los periódicos La Jornada, El País y Le Journal de Montreal.

Ríe.

—¿En serio?

—Bueno, te aclaro, El País tiene una excelente sección de cultura, a pesar de estar en poder de la ultraderecha, y tambien soy un fiel lector de Mario Vargas Llosa que escribe en ese periódico profranquista.

Ana Luisa y yo —inmigrantes forzados— coincidimos en la cafetería Tim Hortons.

En el mismo establecimiento beben café, inmigrantes rusos, congoleños, marroquíes, españoles, estadounidenses, latinoamericanos, caribeños, indianos, chinos y portugueses…

Cada mesa transformó al local en algo parecido a la Torre de Babel.

Y al verlos tan animados pensé, sin disimular mi agradecimiento, cómo la sociedad canadiense logró implementar  un sistema político asistencialista y respetuoso de la diversidad sexual y racial.

—¿Y en qué trabajabas en México? —preguntó la dama perfectamente maquillada y destilando olores florales.

—Soy arquitecto —dije sin ruborizarme—, pero en estos días de frio me volví un experto lavaplatos en un restaurante de comida turca…

—Tranquilo, Joaquín —me tranquilizó Ana Luisa—, yo paso por las mismas y mira que tengo una licenciatura en administración de empresas. Los fines de semana cuido niños y limpio departamentos…

Mientras no dominemos el inglés o francés para revalidar nuestros títulos universitarios, Osman, mi patrón, y los señores Brissart, vecinos de María Luisa, tendrán dos empleados de lujo.

Y la edad, por desgracia, tampoco nos favorece.

HEMEROTECA: TELE11FEB20

 

 

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DEPORTADO

goteo portadaMe miró nerviosa. La miré fijamente. Nos miramos. Dos zafiros brillantes entre su nariz afilada con la punta al rojo vivo por la helada. Yo pálido, desvelado, en mandil verde.

Sushi Aisuru a grandes letras blancas.

—Una orden de Hosomaki

La barra nos separaba.

Tras ella, dos negros aguardaban su turno.

El Mall estaba poco concurrido. Era miércoles. Kai me advirtió que llegaría después de las once.

Me extrañó.

Jamás dejaba en mis manos el negocio, menos la caja registradora.

—¿El atún es fresco? ¿No es de lata? —preguntó titubeante la atractiva dama.

—Me imagino —respondí e intenté tranquilizarla—. Es un negocio recomendado, mademoiselle

Durante dos horas, de cinco a siete, encarté publicidad en el principal diario montreales. Lo hacía de lunes a sábado por doscientos dólares a la semana.

Es nuestro pago de piso por no haber nacido en Canada. Mi francés e inglés eran deficientes. Hablaba lo necesario para recibir pedidos de sushi y dinero.

Si Élise no hubiese insistido en ir al cine, seguramente mi comportamiento sería distinto. El abuelo tuvo insomnio y no paró de toser. La falta de sueño bajó mi rendimiento e instinto.

Y no la vi venir.

La mujer agarró con premura el paquete de unisel. No aguardó a que le entregara las servilletas y el par de palillos de plástico.

Los tipos, imponentes en tamaño, se plantaron en la barra. El de calva sudorosa y lentes oscuros, hizo una mueca de cólera.

—¿Hildegundo Castilleja?

Me quedé callado, como si no entendiera.

—No te hagas pendejo —masculló en un castellano caribeño—. Tienes que cerar y veni con nosotros.

—¿Qué debo o qué hice?

—Ser un hijo de la gran puta, un ilegal…

Su acompañante, tan hostil como él, levantó la tapa de la barra y se internó al área de servicio. No me dio tiempo de recular. Me atrapó de la muñeca derecha. En segundos quedé maniatado con las esposas.

—¿Puedo avisarle al patrón?

—No es necesario, bobo —espetó mordaz el de los lentes oscuros—, es el chulo que te denunció…

Adiós mis dos mil dólares, pensé.

Seguramente Kai observó todo desde algún negocio contiguo.

No lamenté mi pérdida económica. Tuve la culpa. El japonés, antes de contratarme, quiso saber si tenía permiso de trabajo.

—No —me sinceré—, prefiero hablarle con la verdad, porque necesito el empleo. Tengo un abuelo enfermo…

Y no mentía.

En el centro de detención solicitaría apoyo para que alimentaran al abuelo y le dieran su medicina. Estaba solo.

La mujer de los ojos zafiro nos aguardaba en la patrulla, frente al volante.

HEMEROTECA: pro4ene20

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INSEPULTA

goteo portadaMientes.

Sigues asegurando que has vivido sesenta años. Te olvidas que el día es de veinticuatro horas.

Duermes siete u ocho.

Los únicos recuerdos verdaderos son sueños y tus encerronas en el sanitario, la cocina y la oficina.

Deja de repetir barbaridades. Mejor duerme.

Otra vez, en pleno amanecer me hablas por teléfono e intentas convencerme que debo escribir sobre la muerte temporal y nuestro paso por la bolsa amniótica.

Me aburres, te confieso.

El frio se ha apropiado de la isla.

Las chamarras —jackets o vestes—, circulan a lo que da por la Commune  de Paris.

Los ancianos escasean.

—Lo del domingo fue esperanzador…

Tal vez intentes polemizar sobre asuntos ajenos a Montreal. Por ejemplo, algo relacionado a Venezuela.

Lo supongo.

—Un poco de oxígeno para las veintitrés gubernaturas…—adelanto.

—¿De qué hablas?

Prefiero no alargar la conversación.

Sofía divaga después de leer alguno de los treinta y nueve libros de su Biblia.

—Nada, amiga, te dejo descansar —corto por lo sano—, te hablo mañana… Descansa, es lo mejor…

—Te encanta saber que soy una muerta insepulta, desalmado —susurra.

Y silencia su teléfono.

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CONFESIÓN

goteo portadaTienes que confesarlo.

La edad ha perdido su substancia al dormir. No es posible reinventarte en la pesadilla.

Nunca te verás viejo, como tal, sino robusto, vital y caminando o hablando con quien dormiste y amaste.

No lagrimees que me recuerdas al Duke, el viejo perro de orejas de perchero que siempre te recibía echado, con los ojos de miserable.

En el fogón eléctrico, el puchero hierve. Suelta sus picantes esencias de cocina indiana.

Tienes hambre y bebes cerveza Budweiser.

El muro del periódico español continúa en la pantalla del ordenador.

Aburre el verte ahí, en el mismo encierro de cuatro paredes y con un ventanal polvoso: comedero de arácnidos y llanura de cucarachas.

Inusual y acabado. Te lo han repetido en el bar del chino Yin.

Eres un costal de pelos blancos y huesos encobijados con un pellejo blanquecino.

El vecino llegó cargado de botellas de ron Havana y un florero de menta.

Te evita.

Durante el último encuentro le dijiste que se metiera por el culo los compact disc de Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez y Pablo Milanes.

La razón: cuando se emborracha invade el edificio de aullidos y requintos de esos pervertidos y anarquistas.

Si Mao viviera los enviaría a una escuela-fábrica para proletarizarse.

En el sueño de anoche, como siempre, seguías trepado en el tráiler, rezando un rosario y aguardando la bendición de tu madre, tan piadosa y enamorada del cura que te bautizó.

Después, te revelarían en la caseta de acceso a Quebec que en dos semanas celebrarías tus sesenta y cuatro años de vida.

—Mi amor —canturreó Anais y lo hizo para incomodarte—, te tengo una sorpresa cuando vengas… No cualquiera cumple sesenta y cuatro y es tan cumplidor en la cama…

Ella sabe que te atascas de alcohol, antes de ir a su guarida para embadurnarla de cremas.

Mientras le pones empeño al asunto, Anais disfruta del televisor y bosteza.

Y como escribí al principio, tienes que reconocerlo.

Lolo Caballero repite la misma canción de Milanes y Rodríguez: Yolanda o Te amo.

Y el desgraciado, metido en su locura etílica, sale al jardín y mea tus lechugas y rábanos.

Es mejor irte a la cama y disfrazarte de leñador.

Hasta añoras trasladarte al mundo de Donald Trump, el de la suástica anglosajona y el paciente fiel de Twitter, su psiquiatra vengador.

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EL JURAMENTO

goteo portada—Tiene que hablar en inglés… —insistía la dama de anteojos y pelo retinto.

Toda de negro, desde el suéter al calzado, pasando por el pantalón y las calcetas.

—¿Y por qué la insistencia, si yo puedo traducirle, señorita?

—Porque en Canada se habla francés o inglés, no español… Y usted no está autorizado para ser su intérprete.

Aclaro que esto ocurre en una oficina del Ministerio del Empleo, en Montreal.

El viejo de grueso abrigo y botas con punta metálica, sigue inerme, en medio del tipo de la muleta y la burócrata del escritorio.

—Exactamente ¿qué es lo que usted quiere, señor? —cuestiona en castellano el hombre con una pierna torcida.

—Solo vengo a que me certifique una copia de mi carta de ciudadanía… La necesito para la aplicación de mi retiro por vejez…

El buen samaritano reproduce en lengua gala la demanda del anciano.

La burócrata no cede.

—Él tiene que hablar nuestra lengua si es ciudadano canadiense…

El buen samaritano repite en castellano las palabras de la dama.

—Tengo… tengo problemas de salud… disculpe… —barbota el viejo.

La escena atrae ojos ajenos. La oficina es amplia, bien iluminada y con un policía de seguridad de pantalones holgados.

Un muro con cuatro ventanillas aguarda la presencia de los demandantes de ayuda social o no tienen empleo.

Una veintena de pobres están dispersos en aquel espacio de paredes blancas y rótulos con letreros en francés.

Predominan doce butacas, una fotocopiadora, seis ordenadores y una mesa de formica color madera.

La burócrata no disimula su enojo. No está dispuesta a ceder.

 El anciano la observa con serenidad.

Ella difícilmente ahondaría en el pasado de quien necesita su ayuda. Menos el tipo de la muleta, angustiado por perder su lugar en la ventanilla. Su número de espera es el 45. El 44 ha aparecido en el tablero electrónico.

—Tiene que escribir sus datos personales en el sello —dijo la mujer en francés— y jurar con la mano derecha en alto que ha dicho la verdad…

En la fotocopia de la carta de ciudadanía, la burócrata imprimió un texto que dice:

Le………………….., domicilie au…………………….. déclare solennellement que cette copie est une reproduction exacte de la copie certifiée conforme ou de la version originale de laquelle elle est tirée.

Signature

Affirmé solemmellement devant moi a Montréal, ce……………………..

Signature Commissaire à l’assermentation.

Yo era el demandante 44 y perdí el desenlace del incidente.

El tipo de la muleta, después de ser atendido en la ventanilla 2 por una burócrata joven con hiyab, acudió al área de la fotocopiadora. Ahí coincidimos.

—¿En qué terminó el asunto? —pregunté en castellano.

—Se conmovió la señora y lo ayudó a cubrir los requisitos…

—¿Hizo la juramentación…?

—Es un acto obligatorio, pero se la escribió en una hoja e hizo que la repitiera con la mano levantada…

 Cuando abandoné la oficina y me interné en la calle D’Ibarville, descubrí al anciano en una banca de cemento, a la entrada del edificio. Lloraba y se cubría su ajado rostro con ambas manos.

Proseguí mi marcha. Tampoco quise conocer su pasado y la causa de su tristeza.

Ser ciudadano canadiense sin hablar inglés o francés te condena a ser un desahuciado.

El silencio es una especie de muerte en vida. Ni tu llanto conmueve a quienes aún pagamos, en el exilio, nuestro derecho de piso.

HEMEROTECA: pro4 3

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Y EN JUEVES…

goteo portadaEl tiempo es suficiente.

Y cabe en un cuerpo de asmático. El mío.

Los jueves se complican.

El tiempo, tan estricto como un corazón latiendo, te recuerda que hay límites y cementerios.

Entonces, tienes que intentar construir un pequeño relato: Arthur Conan Doyle disfruta de su rebanada de pan de centeno con miel escocesa.

 Su adicción al dulce, puede desencadenar el deceso.

Y evocas, mientras urdes un plan, un recuerdo de cama: la IPad decidió meterse en tus arterias para destruir la imaginación.

Maravilloso.

No debes olvidar que Arthur, el que estiró la pata a los 71 años —en East Sussex—, edificó con pasta de papel y tinta a un ser poderoso, de padre inglés y madre francesa: Sherlok Holmes.

El tipo, como ocurrió con su profesor de medicina forense, tenía el don de la deducción.

El cuerpo humano es un depósito de agua: tres cuartas partes la contienen.

Y he ahí lo chusco.

Tú crees que Binicio Lerma, el paquidermo del supermercado de Saint Michel, es un tonel de aguas negras, por su apego a la Coca cola.

Tantas cosas puedes imaginar en mil 485 caracteres y no mentir.

Parte del cuerpo tiene algo de racional.

Por lo pronto, amigo Watson, tienes que dejar de escribir. Tu mayor habilidad es contar historias.

Nos hemos enterado, gracias a tu bondad, de las peripecias detectivescas de tu amigo Sherlok Holmes.

En cuatro novelas y cincuenta y seis relatos, has condenado a muerte a nuestro vecino del piso trece.

Jamás retornará al supermercado.

Buenas noches, monsieur Watson.

HEMEROTECA: Conan Doyle Arthur – Mis Libros

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RETORNO

goteo portadaPitágoras decía que existe en la vida un eterno retorno. Tú y yo, en estos momentos, nos hemos reencontrado. Por desgracia, los recuerdos no están incluidos en el viaje.

—0—

La furia no perdona al más amigo, advierte Yago ante Otelo. Fervere, en latín. Ebullición. En ese fuego interior nos consumimos antes de despedirnos del tiempo.

—0—

Desde el ojo de una mosca fuiste capaz de beber tu propio vomito. El recién nacido de Manhattan no se salva de ser consumido por el olvido.

—0—

 Una precipitación luminosa cortaba a tiras el cielo plomizo, rebotaba en las carrocerías de los coches, autobuses, calesas y gabardinas de los transeúntes y formaba gotas sobre gorras, sombreros y paraguas. Normal Olher describiendo el atardecer de Berlín del 6 de junio de 1940.

—0—

El aislamiento voluntario, el alejamiento de los demás, es el método de protección más inmediato contra el sufrimiento susceptible de originarse en las relaciones humanas. Freud, el neurólogo austriaco, así sintetiza su alejamiento de su propio yo.

HEMEROTECA: pro40

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PIENSO EN TI

goteo portadaPIENSO EN TI/I

Hace frio, desconozco si enfrentas la misma sensación en tu territorio.

Tú me leíste e imagino que allá, donde estés, existe calor de familia… o de abandono.

Los viejos terminamos conectados a la esperanza de morir tranquilos.

El televisor continúa encendido.

La misma expresión de tedio enfrenta al periodista. Es el primer ministro provincial hablando de los problemas de Quebec.

Cada dirigente termina su mandato en una cama y con la boca abierta.

Hablaron tanto durante su trajinar de poder que los huesos de su mandíbula son un desastre.

Tenemos 206 huesos y solo dos permiten el habla: los maxilares.

En breve se abrirán las puertas del otoño.

L’automne.

Campanazos certeros al emitir la palabra compuesta.

Lutón… lutón… lutón…

Y sin la L: utón… utón.. utón…

Donde repto, al fin escuálido veneco, debo abandonar mi fango y meterme en la madriguera del infierno.

Pienso en ti Alba, donde estés…

—o—

PIENSO EN TI/II

Tengo que abandonar el bar.

Los doce taburetes siguen anclados en la duela. Soy el último en ocuparlos.

—Dans dix minutes, mon ami…

Del lado contrario de la barra, la misma mujer de rostro deslavado y pelo rubio, en chongo.

Me gusta.

Es atrayente, a pesar de su falta de sueño y maquillaje.

La ajustada playera negra enfrenta el riesgo de desgarrarse. La ausencia de sostén, destaca el potencial de sus grandes y maduros pechos.

— ¿Pouvez-vous servir le dernier? S’il vous plait…

— La dernière, Gil —advierte.

El vaso tequilero vuelve a tomar la tonalidad del agua.

Fue una noche de ausencias. Falté al trabajo. No tuve ánimos de meterme el overol y durante ocho horas alimentar de polvo plástico la máquina que fabrica tablas para cercas de jardín.

Miro el reloj de pared.

Tendré problemas para el regreso.

El último tren subterráneo corre a la una y media de la mañana. L’Horizon cierra sus puertas a las dos.

He enfrentado el mismo dilema en otras ocasiones. Durante dos horas tendré que caminar en la semioscuridad.

Anne me obsequió dos cigarrillos de tabaco. Siempre lo hace. Sabe que no fumo, pero prefiere achicar su cajetilla.

Meno viccio, compa(d)re —dice en un mal castellano.

La avenida Jean Cartier es ancha y solitaria. Los árboles son sombras en movimiento. Hay aparadores que semejan jaulas vidriadas, sin iluminación.

—Merci, Anne —musito y aparto mi trasero del taburete.

El espejo me permite observar unos segundos. Tengo las marcas del cansancio en la cara, marchita y pomulosa. El suéter es holgado y cubre mi delgadez, casi mortuoria.

El pelo es plateado e invade mis labios.

Salgo del local casi encogido.

— Que Dieu vous bénisse, mon ami —escucho a mis espaldas.

No es fácil tirar a borda una relación de tantos años.

Jessica murió en el hospital, sin yo acompañarla en los últimos segundos de su vida.

Pretexté ir al trabajo. Jamás imaginé que en ese preciso día, el corazón de Jessica dejaría de latir.

Alba tuvo que despertarme al repicar el teléfono portátil.

— On parle de l’hôpital, il faut le présenter de toute urgence…

La voz de la mujer parecía alterada.

De inmediato presentí lo peor. La diabetes pudo doblegar la fortaleza y lucidez de mi mejor amiga y compañera de ruta.

—o—

PIENSO EN TI/III

El golpeteo de la tristeza.

Clap… clap… clap… clap…

La carcajada del renacuajo que desayuna rodeado de malandros.

—Jarj… jarj… jarj… jarj…

Casi se desprende del asiento.

Percibo los brincos del minutero de pared.

—Tic… tic… tic… tic…

Y el paso de los autos y gritos de algunos chiquitines.

—Rrrrrrr… Rrrrrrr.. Rrrrrrrr… Rrrrrrrr

—¡Arrêt !

—¡Fait attention !

—¡Regardez Maman, il y a crème glacée à la vanille!

El Tim Hortons es el atracadero de las bestias hambrientas y depresivas.

La decisión está tomada.

Me encerraré en la toilette de damas, es el menos visitado.

Por el momento, el valor escasea. Pienso en mis hermanos.

Jessica me hizo prometer que jamás atentaría contra mi vida. Pidió que rehiciera mi vida afectiva.

—Tienes derecho a ser feliz —dijo en su cama sin soltarme la mano.

En un año entro a la lista de pensionados, después de tres décadas de joda diaria.

Alba no dejará a su marido e hijos. En noviembre dejan Montreal. Clint se ha jubilado y odia la nieve.

Termino mi porción de café e intento levantarme de la mesa. Una mano toca mi hombro. Levanto la cabeza y no doy crédito.

Es Anne…

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PICO DE LORO/LA TELE

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Pensar distinto es condenarte. Corres el riesgo de ser expulsado de la comuna. Vivir errante, sin ancla al lomo que te permita parar cuando el hambre y el cansancio dicten sus reglas.

Observas y callas.

Cuando Lerva levante la mano e inicie su rollo, bajaras la cabeza e intentaras borrarte de sus ojos de áspid.

Han transcurrido sesenta años.

Lo único que deseas es pensionarte y reinventarte.

Carla no puede equivocarse.

—La Habana huele a salitre y moho y puedes escuchar el golpeteo de los bombos y güiros y el taconeo de las bailadoras de samba… Ñó, de madre…

Intentas reír en medio de la nada.

Tus compañeros no paran de colgar, en el cielorraso del galerón 15, las macetas con Picos de loro y Luna africana. Serán enviadas a Hamburgo.

Las flores tropicales estarán colocadas en la entrada principal del hotel Mövenpick Hamburg, donde se hospedarán los veintiún jefes de estado del G20.

Piensas en tu hija Raquel, una de las manifestantes. Irá a la cabeza de los ambientalistas de Greenpeace. No quiso viajar en el buque que intentará sabotear, en el rio Elba, el concierto de la Filarmónica de Hamburgo.

Lerva lo sabe. No guardó silencio. Lo ha informado al Ministerio del Interior.

Le espera a Raquel la prisión o el infierno.

Nada puedes hacer.

Esperas recibir tu paga el fin de semana.

Y en tu camastro de la traila, bebes cerveza, lloras en silencio.

Si Lucrecia viviera jamás hubieses abandonado la Habana.

—O—

LA TELE

—Diez pesitos diarios…

—Menos de un dólar…

—Lo has dicho…

—¿Y en qué tiempo pago el televisor?

—En tres añitos

Velda asienta con la cabeza.

Gregorio Cortes, aguarda la respuesta de Lucha.

Albertino no suelta el plumín y la libreta. Su gordura no le impidió desplazarse a pie los cinco kilómetros que separan Pomarrosa de Santa Bárbara.

—Tres años… —repite Lucha lo dicho por Gregorio—. Mucho tiempo, ¿no crees, Goyo?

Pos pueque tu… La necesitamos…

—La necesitas tú, mondao —aclara Velda.

La masa sigue intacta en el metate. Sus trenzas, cenizas por la humareda, se balancean frente a su rostro indiano.

—Ándele, Veldita, aproveche el viaje —acicala Albertino, de pie y con el jarro de agua en la mano—. Mi Rafa llega el viernes y el encargo lo trae… S’iñor

—Hagámoslo, pues…Diosito provee, ¿o no tú?

—Si así lo querés, cuñado, hagámoslo —aprueba Velda.

Lucha no deja de girar la manivela del molino. El bote de nixtamal aguarda ser vaciado. Las tiras de masa caen en la palangana. Parecen reproducir la orografía del viñedo.

—Te tiro pues Albertino los cien varos del enganche  —confirmó Gregorio y soltó la baraña que metería en el tlecuil—, aguárdame un poquito…

Sale de prisa, chapoleando la yerba con los huaraches.

Y ahora sí, Albertino Pinzón apuntaló sus dudas. Los diez mil pesos del mosto seguían en el candelecho.

No sería la gran cosa meterles un susto.

HEMEROTECA: pro36