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LA ARAÑA

la damaEPILOGO

        Cuando se empieza a adorar/sin conocer al  destino/es necesario llevar/muchas botellas de   vino,/porque se empieza a adorar/a la mitad del camino.

La Araña/José Alfredo Jiménez

Tu ausencia en el sepelio no causó extrañeza.

Luciano y Vicent fueron los responsables de recibir a los amigos del viejo.

Payette atrajo a un buen número de feligreses italianos, del quartier de la Petite Italie.

Los Bianco, De Luca, Bianchi, Ferrara, Rinaldi, Fiori… les expresaron sus condolencias a los deudos.

Todo ocurrió en blanco y negro, como era de esperarse en un funeral de italianos tradicionalistas.

Un sinnúmero de coronas de acacias, rosas, tulipanes, gardenias y crisantemos rodearon su féretro.

Pensé en ti, Sandra Rábago Cernades. Te  evoqué con la esperanza de reencontrarnos algún día.

Desde el aviso del deceso del viejo, tu desaparición física fue una prioridad del clan. Estaban al tanto de tu rutina diaria y el asunto de la medicación equivocada.

Las gráficas sobre tu muerte tranquilizaron a Luciano, pero yo aún enfrento el aciago de tu partida.

Luciano Payette supone que yaces en un tambo relleno de cemento y en el lecho del mar del Labrador.

El cortejo fúnebre concluyó en el cementerio de Notre-Dame-des-Neiges. Don Nathan Payette, en su testamento, pidió que lo inhumaran al lado de su esposa.

Estoy consciente que no habrá respuesta de tu parte.

Sin embargo, puse todo mi empeño en reconstruir con expresiones tuyas lo ocurrido en tu vida. Desde el nacimiento, en una ranchería de Zacatecas —San José de la Parrilla—, hasta la  boda con don Nathan Payette. De mucho me sirvieron las libretas que hallé en tu departamento de Montreal.

Te salvó tu honestidad uterina. Es la verdad.

Lo de mi gusto por ejercer el periodismo, no te mentí.

La parte de nuestro encuentro en Vancouver fue alterada para darle ritmo a tu relato. Un final trágico restaría credibilidad.

Nunca perdiste la cordura. Por el contrario, aceptaste las condiciones, después escuchar la realidad de nuestro encuentro.

Me desarmó lo ocurrido en la toilette del Moose’s Down Under. Quedé prendido de tu hermosura y calentura. Pocas veces me sentí tan valorado como hombre. No cuestionabas, sino dabas y sin miedo a las consecuencias.

Tu propuesta de buscarte en Francia no me convenció.

Un sentimiento de culpa me robó la tranquilidad, desde el instante que abandonaste el lecho.

No te miento.

Te creí al insistirme en que habitarías en la rue du Chelia de Montpellier y que juntos navegaríamos por las aguas del rio Lez e iríamos de compras a  la Place de Phocée.

Después de preparar el teatrito con sangre de res, pedí que cambiaras de planes e identidad. Me disculpo por la dureza. Es mi trabajo, además de tener afición por la escritura.

Lo nuestro fue circunstancial e intenso.

El sentimiento claramente quedó impregnado en el libro.

El título es tentativo, puedes modificarlo o destruirlo, si te place.

Es posible que nada te diga, en estos momentos de desasosiego.

En lo que a mi concierne, Tegucigalpa quedó atrás con su carga de emociones y recuerdos.

Lo mismo ocurrirá contigo. México y Montreal ya nada significarán en tu vida al internarte en el territorio del miedo.

Luciano me confió que fuiste la mejor compañía del viejo. Y lamentó que hubiese tomado una decisión tan descabellada.

Si don Nathan Payette hubiese respetado los acuerdos testamentarios, tú seguirías transitando, sin temor, en la Petite Italie.

¡Que se jodan!

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TU AUSENCIA

la dama18

Nathan Payette es mi benefactor. Después de su partida, es posible que herede un poco de lo mucho que posee.

No debo ilusionarme.

El pasado yace en el cementerio de los recuerdos.

En Montreal o Cadaqués algo puede ocurrir.

La vida no la tenemos comprada.

El mal de Parkinson no ha sido un impedimento para que Payette se meta Viagra y me ensalive la figa.

Le encanta el sexo.

Es un adicto a la pornografía.

Mi guardarropa de Montreal se asemeja a un estudio hollywoodense, por  la cantidad de disfraces que Payette ha comprado.

Hasta una réplica de las zapatillas rojas de Dorothy he usado para remover su testosterona.

El viejo ama a Rita Hayworth, pero principalmente a Anita Ekberg, por sus tetas y culo. En la alberca debo representar a Maddalena, como en La dolce vita, y despojarme del vestido de noche, negro y holgado.

En incontables ocasiones he recreado la cachetada de Gilda a Johnny Farrey.

Payette, en la caracterización de Glenn Ford, recibe la candela. En una ocasión le partí el labio inferior y casi pierde un diente falso.

Le encanta fantasear y en algunas ocasiones me calienta, no lo niego.

Por desgracia, termino, lo que ha provocado, con La Colorada, mi inseparable consolador de baterías.

Me masturbo mientras Payette ronca con la boca abierta, enseñando las encías. Es como si fuese a regurgitar.

Me deprime.

Verlo así a mi lado, como un fiambre, mina mi capacidad de fantasear.

Han transcurrido dos semanas de mi encuentro con Melgarejo. Me he negado a interactuar por Gmail. No ceja en su empeño de llamar la atención.

Hay un relato de su autoría que me entusiasma. Lo armó después de narrarle una de mis travesías en yate por el rio Saint Lawrence.

Me extraña que no haya mencionado mi fantástico encuentro con las ballenas belugas, cerca de Tadoussac. En esa fortaleza natural, los franceses construyeron su primera fortaleza en territorio canadiense.

Mientras muelo las pastillas de dexibuprofeno, releo el texto y me calienta. Su toque erótico es evocativo.

Me encanta su papel de amante al servicio de Payette.

Lo imagino como el verdugo redimido por la pasión, perdonándome la vida y sacrificando la suya.

Sin embargo, jamás necesité la ayuda de un matón o aprendiz de sicario para lograr mis propósitos.

El dexibuprofeno es mi mejor aliado.

—¡Que se joda!

El olor salino penetra por la ventana. Ni de noche descansa Dali. Dos turistas se besan sentados en el pedestal.

El pintor de luenga melena y bigotillo retorcido, da la espalda a la bahía, cargada de yates.

La blancura de las construcciones, de arcilla y mortero, le da un toque helénico al paisaje.

Los comerciantes de bisutería  de la Riba Nemesi Llorens me conocen. Les gusta mirarme las nalgas. Creen que soy portuguesa.

El barullo continua en el bar Boia, de cara a la estatua de Dali. Payette sigue ahí, bebiendo cerveza y hablando de sus pizzerías.

Seguramente medio Cadaqués está enterado de sus viejas andanzas culinarias.

Vicent, el mesero, sobrelleva al anciano para indagar sobre su esposa. Le encanta verme sin bragas y pantaletas, metida en faldones de algodón, casi transparentes.

Hoy preferí degustar en la habitación del hotel una copa de vino blanco.

Leo e imagino a Melgarejo en mi lecho, con el salchichón chorreando y recitando a viva voz, su relato:

Dímelo tú si ella sigue ausente. Intento recuperarla por donde me desplazo y se diluye. Ni siquiera su fragancia ha perdurado en las prendas que conservo: sus dos braguitas rosadas, los ligueros de seda y el sujetador de encaje negro.

La intranquilidad incomoda porque duele. Es el recuerdo doloroso de tu ausencia. Hay tanta soledad que la memoria flota en las aguas turbias del remordimiento…

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LEONARDO

la dama17

—Norberto hablaba tanto de usted y mire, ya se me hizo conocerla…

Leonardo arrojaba un vaho de lavanda. Me recibió enfundado en un saco deportivo azul marino, camisa con vistos amarillos, pantalón y calcetines blancos.

Sus mocasines eran negros y sin agujetas.

Me pareció muy varonil, labioso y simpático.

El típico chilango.

Su semblante cuadrado, de vaquero montaperros, no daba evidencias de tener cincuenta y dos años.

—Pues ya ve usted, ahora estoy aquí y gracias por ser tan gentil…

Permití que besara mis mejillas sin soltarme la mano.

La fragancia de amaranto haría su trabajo de parachiles.

En su camioneta Van abandonamos la Central del Norte. Nos dirigimos a un hotel de la colonia Doctores.

—Si necesita dinero para rentar un departamento, dígamelo por favor —ofrecí.

—Norberto fue como mi hermano mayor, no debe preocuparse…

—Sandra es mi nombre y creo que es lo mejor que así me llame para que perdamos la formalidad…

—Los chilangos tenemos mala fama —dijo sin apartar  la mirada del parabrisas—, y como ve, la ciudad es muy grande, pero cabemos todos…

—¿Usted nació aquí?

—No, soy jalisciense y tengo familia en Michoacán…  —y tras aclararlo, preguntó—: ¿Quiere comer algo?

—No –dije con voz trémula, de fastidio—, prefiero descansar, dormir mucho, porque estos últimos días fueron pesados, de mucho ajetreo… Y el viaje fue pesado, siete horas en la misma posición…

Leonardo era casado y padre de dos adolescentes y una señorita. Radicaban en Michoacán con su madre. Precisamente en el Fraccionamiento Carmelitas de La Piedad.

La esposa administraba una boutique familiar en la calle Hidalgo, frente a la Parroquia del Señor de la Piedad.

El tráfico del Eje Central y la avenida Insurgentes postergó el avance de la Van.

Me sobrecogí al imaginar que aquel infierno de cemento seria mi nuevo hábitat.

El hotel hallábase en la calle doctor Olvera, junto a un crematorio.

—¿Quieres salir esta noche? —preguntó Leonardo tras dejarme en la puerta de la habitación.

—Como te dije, estoy muy, pero muy cansada… Ahorita lo único que quiero es dormir…

—Te busco mañana —Leonardo no insistió—. Buenas tardes…

El apretón de manos fue cálido, sin presión. Mientras se alejaba sin volver la cabeza, pensé en ducharme y tenderme en la cama.

—0—

La ausencia de Velarde estaba presente. Su inteligencia y bonhomía le dieron sentido a mi existencia, a pesar de ser una puta y estar estigmatizada por una sociedad amoral.

—Somos seres sexuales, chamaca —filosofaba Velarde cuando retornaba de la casa de citas y no ocultaba mi tristeza—  y nadie puede mirarla mal porque cobre como sexoservidora. Ese es el trabajo que quiso tener y ahora aguante, sin lloriqueos. Mientras sea usted quien domine al cliente, la librará y podrá separarse del trabajo cuando así lo disponga…  A rajarse a su casa…

Y reía.

Esa noche cenábamos en un restaurante de la calle Morelos. Me tranquilizaba escucharlo y el verlo animoso, comiendo birria y tacos al pastor con pedazos de piña.

En la cama, destapaba un par de cervezas y contaba anécdotas del trabajo.

También era muy paciente al escucharme.

Nunca tomaba la iniciativa en los asuntos de la carne. Era yo quien lo excitaba y dirigía al penetrarme sexualmente. Me encantaba liberar sus tensiones.

El verlo feliz, me hacía feliz y vital.

—o—

El repicar del teléfono me despertó.

Durante unos segundos perdí el sentido de la ubicuidad. Eran las once de la mañana.

Leonardo dijo que  me esperaría en el restaurante para que almorzáramos. Después, iríamos a visitar un departamento de la colonia Roma.

—Intenta no traer ropa muy ajustada para no asustar al conserje  —sugirió—. Es casado y posiblemente lo acompañe su esposa al enseñarnos el departamento…

No tuve ánimos de replicar.

La recomendación tenía sentido. No le sería grato a la esposa del conserje ver a una hembra nalgona y enemiga del sostén.

Desayunamos  café y huevos estrellados con tocino y puré de papa.

Leonardo tocó el tema del empleo. En la colonia Roma, cerca del departamento que rentaría, quedaba la Zona Rosa. En ese lugar, muy concurrido por turistas y bohemios, era posible obtener una plaza de mesera.

De ser aceptaba tendría que usar minifalda y toples.

—Norberto nada me dijo de tu vida privada —por el tono de su voz intuí que sabía más de lo que decía—, pero quise hurgar un poco para evitar sorpresas. Un primo hermano me puso al tanto de tu trabajo en La Piedad. Y pensé que Norberto estaba muy enculado de una mujer que buscaba aprovecharse de su buen corazón. Y si tengo que apoyarte, es mejor que te hable al chile, como decimos por acá…

—Prefiero resolver el asunto del departamento —contuve su chorcha — y después vemos lo del trabajo. ¿Te parece?

No deseaba bucear en asuntos banales.

—Me parece…

Terminamos en silencio el desayuno.

Y en silencio salimos del hotel y abordamos la Van.

En menos de una hora nos detuvimos frente a un edificio de departamentos de la calle Colima, próxima a la avenida Insurgentes.

En la fechada aparecía el número 290.

Después de timbrar por largo rato, un hombre amarillento, enclenque y semicalvo apareció en el portón. Como diría Velarde, era algo fellinesco.

—Puntual, como nos lo pidió señor Medrano. Gracias por recibirnos…

—Ay Leonardito, si eres de la familia…

Los tres ascendimos por las escaleras.

El edificio no contaba con elevador. Sin embargo, se observaba limpieza y quietud.

El viejo nos informó que el transporte público funcionaba día y noche.  La Zona Rosa estaba a quince minutos del edificio. De ser contratada en algún restaurante-bar  o centro nocturno no necesitaba abordar el autobús o taxi. Podría hacerlo a pie, por la avenida Insurgentes.

En ese espacio urbano, entraría a una nueva etapa de relajamiento y rutina.

 Y algo más: Leonardo Rico H. terminaría en mi cama, como amante y protector.

Tuve que cederle la otra parte de mí y que tanto me llenaba de orgullo: una sexualidad sin condicionamientos.

Lo nuestro duraría ocho años. Los mismos que compartí con Velarde.

Desgraciadamente, la relación llegaría a su fin después de nuestro arribo a Montreal.

En solo ocho meses, Leonardo fue derrotado por su cobardía y añoranza.

Sin duda, él encontró la felicidad en México, al lado de sus hijos. No en Canadá.

En Montreal, me vi obligada a reinventarme.

Tengo cuarenta y seis años, un vientre seco y he sobrevivido con el apoyo económico de una sarta de ancianos decrépitos.

Recuerdo con claridad la propuesta de Leonardo. Me acababa de recoger en el centro nocturno.

—En Montreal podemos pasarla bien y juntar un buen dinero para poner algún negocito.

—¿Y por qué Canada?

—Porque ahí vive una prima que me debe dinero… y además no necesitamos visa para entrar… ¿Te animas?

—Te lo digo más tarde…—prometí.

En febrero de 2008 celebramos nuestro octavo aniversario como pareja.

Le pedí que lo festejáramos en la plaza de Garibaldi. En El Tenampa cenamos birria y frijoles rancheros. Nos hartamos de tequila y boleros. Yo pagué los mariachis y Leonardo la cena.

Nos amanecimos y terminamos en un hotel cercano al Eje Vial, cerca del antiguo teatro Burlesque.

El alcohol fue nuestro mejor afrodisiaco.

Por la tarde, después del tomar la ducha y empezar a vestirnos para cenar, le dije:

Okay, iremos a Montreal y lo hago solo por una razón de peso…

—¿Cuál?

Leonardo me abrazó e impidió que metiera mis senos al chichero.

—Te amo, cabrón  —respondí y al sentir su aliento en el cuello, tuve urgencias de sexo—. No sé qué chingaos me diste, porque me tienes toda pendeja…

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PIEZA DE AJEDREZ

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¿Irresponsabilidad? ¿Ganas? ¿Rebeldía? Todos los calificativos encuadran si eres casada y no una puta que deba juzgar.

Lo hicimos en el baño del bar Moose’s Down Under, sobre un retrete. Le regalé cien dólares al encargado de dar las toallitas, un negro bembón, para evitar que otros clientes ingresaran y armaran un escándalo.

Eduardo Melgarejo me hizo gemir como posesa. Poseía un poderoso y singular mandoble, por su curvatura y cabeza.

El roce en el clítoris fue brutal. Tan efectivo por la cantidad de orgasmos que me provocó. Pude considerarme una mujer afortunada.

Nada dejamos a la imaginación, en esos cuarenta y cinco minutos que permanecimos encerrados en el sanitario de hombres.

El negro, con su filipina blanca, canalizaba al baño contiguo —el de las damas—, a los demandantes del servicio.

Los Payette dejaron de ser mi prioridad, durante parte de la noche. Centré mis encantos —como tal vez los hicieron Dalila o Salomé— para llenar de pasión a Melgarejo y apaciguar mi calor uterino.

Nathan despertaría hasta el amanecer. Seguramente temía abrir sus legañosos ojos y encontrarme en la misma cama. De hacerlo, tendría que lavarse los dientes y lamerme la figa,  como llamaba a la vagina en sus momentos de calentura.

—En casa se coge todos los días, estés tu o no estés—le advertí al oído cuando acepté ser su esposa.

Y, al parecer, tomó muy en serio mi broma.

Muy cerca del bar, en la calle Howe, alquilé una habitación en el hotel Metropolitan. Pagué con la tarjeta de crédito de Nathan.

En la cama le solicité  al recepcionista que nos subieran una botella de ron Havana 9 años.

Melgarejo estaba sorprendido.

—Son demasiadas atenciones de una mujer voluptuosa, una hembra en toda la extensión de la palabra.

Fueron sus epítetos.

Sabía halagar a la dama y era sincero.

Yo admiraba al hombre inteligente y respetuoso del género que lo parió.

—Temo que después de separarnos me muera, Sandra, porque es mucha suerte lo que me está ocurriendo —se sinceró después de poseerme por tercera ocasión y materializar una fantasía sexual: correrse sobre mis senos y cara.

—Me recordaste a una persona muy cercana y al que le debo mucho de lo que soy ahora —dije.

Y no mentía.

 Velarde siempre fue mi mentor, un guía inteligente.

Por él aprendí a valorar mejor cada paso que daba en la búsqueda de mi libertad. Lo más preciado.

—Muchacha  —sentenciaba cuando me daba clases de ajedrez—, la vida es como este tablero de sesenta y cuatro cuadrados: cada uno tiene el destino de las piezas y hay que conocerlo y disfrutarlo, porque en ese cuadro también puedes morir a lo pendejo.

Ceder tampoco era sinónimo de flaqueza. Se trataba de un paso necesario para alcanzar nuestro objetivo final.

—Soy un afortunado, entonces —concedió Melgarejo—. Y te confieso que a mis cincuenta y cinco años, lo de hoy jamás pasará por alto. Me has marcado…

La prudencia hace milagros. En esta ocasión, lo comprobé.

El periodista desconocía detalles de mi pasado que, como era lógico, no le revelaría.

Y centré mi sapiencia —y lo que representaba mi cuerpo ante sus ojos—, en sacarle provecho a sus bolas de Minotauro hasta casi desfallecer.

El ron pasó a segundo término.

Dejé que Melgarejo lo consumiera y así, antes del alba, dejarlo noqueado para no tener que despedirme.

En una servilleta anotaría mi correo electrónico para seguir en contacto.

Y le revelaría que era casada de un octogenario, que enfrentaba el mal de Parkinson. 

Nunca hay que cerrar las puertas de una habitación pulcra y ventilada.

Y menos a un escritor de buen talante y labia, que logró provocarme incontables orgasmos.

Melgarejo olía a libertad…

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ADIOS, VELARDE…

la dama15

La casa de citas era un departamento alejado de la mancha urbana, al noroeste de La Piedad, en las orillas del Rancho San Isidro.

Una Van nos recogía y llevaba al trabajo.

Durante la madrugada, en la misma unidad, regresábamos a La Barca, si así lo disponíamos.

Le dije a madame Gala que prefería evitar el traqueteo del trayecto, por las malas condiciones del camino, y dormir, de viernes a martes, en la acogible habitación asignada.

Los clientes del lugar eran selectos.

Normalmente olían rico e iban al departamento a pasar una buena noche sexual.

…o tratar negocios y hablar de política.

El color rojo predominaba en el departamento de diez habitaciones, tres sanitarios con jacuzzi y regadera y una estancia enorme, con barra de herradura.

El servicio de drinks era atendido por una chica de cuerpo de cordillera. Era la pareja sentimental de madame Galia y tenía prohibido dormir con los clientes.

Velarde conoció el putero por invitación mia. Quise que lo hiciera.

—Si saben que alguien se preocupa de mi seguridad, puedo evitar algunos abusos, ¿no lo crees? — dije antes de entrevistarme con la madrota.

El decano maestro aceptó apoyarme con evidente tristeza.

—Lo único que pido, muchacha, es que no escuches y repitas lo que ahí se diga y evita los tragos fuertes o cualquier droga para no convertirte después en su esclava y destruirte.

Besé sus resecos labios, impregnados de nicotina, y desnuda me acurruqué entre sus enflaquecidos brazos.

Me sentía protegida. Era un hombre noble, informado y anarquista.

 Después de mi encuentro con la madrota —ruda, malhablada y con un parecido extraordinario a Sharon Stone—, retornamos a La Barca.

Bebimos cerveza, hablamos del burdel e hicimos el amor casi toda la noche.

El viernes seria mi debut.

Velarde me regaló un fino negligé blanco, transparente, para que nada quedara a la imaginación del cliente.

—Entre más rápido termine el semental —sugirió, animado por la cerveza—, tendrás tiempo para descansar y leer, si es que se lo permiten…

Decirme aquello sobraba.

Un hombre difícilmente lograba complacerme con solo penetrarme. Lo alentaba a eyacular al permitirle materializar sus fantasías de cama, aprendidas en algunos videos tres equis.

Las redondeces de mi cuerpo y el sexo oral y anal, sin reticencias, los transformaba en auténticos toros de lidia.

En pocos minutos se chorreaban.

Luego, ya desfallecientes, intentaban zafarse de mis muslos.

Deonato, el libanés —cliente asiduo y generoso— lograba terminar en sintonía conmigo.

Tenía garbo y una personalidad interesante.

No era pichicatero con el dinero.

Nunca me ofreció casamiento o ser su amante de planta.

Y por dos razones: amaba a su esposa y era padre de cuatro mujeres y tres hombres, mayores de dieciocho años. Adoraba a sus cinco nietos.

Después de coger y empiernados, me mostraba fotografías de su familia. Me recordaba aspectos de su infancia y sus constantes visitas a Trípoli, de donde provenían sus ancestros.

Como podrán darse cuenta, no he mencionado a mis compañeras de oficio e inquilinas temporales de la casa de citas.

Las veinte tenían lo suyo  —belleza y juventud—, pero estaban esclavizadas a la cocaína, el coñac y la marihuana.

Madame Gala lo permitía.

Su adicción las amarraba al negocio y aprovechaba su debilidad, hasta que la enfermedad las consumiera.

Después, las desechaba.

En mis cinco años de permanencia en la casa de citas, un centenar de chicas desfilaron por las habitaciones y el salón principal.

Yo evitaba adentrarme a su mundo para no ser contaminada por sus adicciones y mediocridad.

Mucho de lo que logré —y debo reconocerlo—, fue por el apoyo de Norberto Velarde, generoso Ángel de mi guarda.

—Si todas fueran como tú, Sandrita, el país  sería otro.

Me lo recordaba madame Gala, en el momento de recibir mi paga. Cada dos semanas lo reiteraba.

Jamás intentó pasarse de lista.  La paga era puntual. Recibíamos la cantidad pactada por cliente: quinientos pesos.

Madame Gala no quería tener problemas con nosotras,  menos crearse fama de explotadora o mentirosa.

Ese era el secreto de su éxito.

Tampoco nos alquilaba para fiestas particulares.

El interesado de contratar nuestros servicios —sea político, empresario, policía, narco o militar—, podía intimidar con sus muchachas en el putero.

Nada más.

Alguien muy poderoso protegía a madame Gala. Por lo mismo, ningún cliente intentaba transgredir sus reglas.

Durante el tiempo que laboré en el burdel, considerado de cinco estrellas, jamás tuve problemas.

La prudencia me blindó, gracias a los constantes consejos del líder magisterial.

Todo el dinero recibido lo depositaba en una sucursal bancaria.

En mis tiempos libres, leía novelas históricas y románticas y escribía poemas de amor.

Me gusta el verso libre, después de haber descubierto, por sugerencia de Velarde, a Pablo Neruda y Mario Benedetti.

Por ejemplo, en una ocasión, ebria escribí un soneto al recibir el siglo XXI. Lo armé mentalmente en la cama y en posición del 69.

Y lo realizaba precisamente con uno de mis fieles clientes: Deonato.

El 1 de enero el libanés me regaló cinco mil pesos; un perfume de almendras y dos trajes sastre Louis Vuitton.

En el año 2000 celebré mis treinta años de vida. De ellos, ocho permanecí en La Barca con Velarde y trabajando en el burdel de madame Gala.

Ese año fue de mucha efervescencia política, pesadumbre y añoranza.

El martes 6 de junio, mientras celebrábamos su cumpleaños 67, Velarde fue víctima de un infarto cerebral.

Tuvo que ser hospitalizado de emergencia.

Me vi obligada a ausentarme de la casa de citas para procurarlo.

Velarde no quiso que le avisáramos a su familia, radicada en la ciudad de México.

Madame Gala no cuestionó mi decisión, pero lamentó mi partida.

—Naciste con alma de geisha, debo reconocerlo —expresó al despedirnos y me sorprendió por coincidir con un comentario de Velarde—, y creo que te equivocaste de país y tiempo. Eres una auténtica puta, a la que no le gusta fingir y eso enloquece a los machos…

En reciprocidad a mis servicios, me regaló treinta mil pesos. También recordó que, mientras no engordara o se me cayeran las nalgas y las tetas, las puertas del putero seguirían abiertas y podría recuperar mi habitación.

Jamás regresé.

En febrero del 2001, un domingo oscuro e invernal, mi amante y tutor, Norberto Velarde murió en nuestra cama y en mis brazos.

Lo último que dijo fue que me cuidara y abandonara Jalisco para reinventarme con absoluta libertad.

 No fui al sepelio y permití que el gremio magisterial lo velara e inhumara en el viejo cementerio público de Santa Mónica.

Velarde no dejó bienes inmuebles o dinero. Tampoco tuve interés de indagarlo o conservar sus documentos personales, ropa y aparatos electrodomésticos.

Tomé lo mío y abordé un taxi.

En la Central de Autobuses de la calle Abasolo partí a la ciudad de México.

En el bolso de mano cargaba una tarjeta  de plástico con el nombre  de Leonardo Rico H y un número telefónico.

Velarde  me sugirió:

—Si algo me ocurre, busca a esta persona.  Él se encargara de proporcionarte un lugar donde vivir y un trabajo.

—¡Que se jodan! —dije en voz baja, al iniciar su marcha el autobús foráneo.

HEMEROTECA: 16.07.2019TvNotas

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LA BODA

la dama14

La boda se realizó en el registro civil del viejo puerto de Montreal, próximo a un atracadero de yates.

Familiares y amigos de Nathan acudieron a la ceremonia.

 El viejo en frac blanco y corbatín azul cielo. Yo, en un vestido rojo encarnado, plegado al cuerpo para resaltar el trasero y las tetas.

Nathan no quiso que utilizara sostén para incomodar a sus nueras e hijas, apegadas a las recomendaciones morales del Vaticano.

El sábado 24 de septiembre el cielo estaba despejado. En todo su esplendor reflejaba las tranquilas aguas del rio Saint Lawrence, alteradas momentáneamente por el paso de las lanchas fuera-motor y los barcos de carga, provenientes del Atlántico o de Chicago y Toronto.

Me sentí radiante, feliz y valorada, después de mi largo peregrinar por los senderos de la desdicha, el abuso y miedo.

En Montreal, durante ocho años circulé sin estatus migratorio: estuve invisibilizada.

Ahora era distinto.

De un momento a otro, como una película de Disney, recuperé una nueva identidad.

El aprender la lengua francesa hizo su parte positiva: el comprender las sentencias del juez de ropa negra y cabellera algodonada.

Y decir el oui, j’accepte, tomada de la mano del anciano.

Payette me reveló que el responsable de desposarnos era el  representante municipal del barrio Le Petite Italie, donde residíamos.

Payette, como el juez, provenía de Palermo. Desde 1960 arribó a Montreal con sus padres y hermanos.

En el brindis me confió que un mes antes de cumplir los diez años dejó la sua bella città italiana.

En Quebec, la boda civil dependía del Ministerio de Justicia. Y bajo su autorización, cualquier burócrata del ayuntamiento —desde el alcalde al inspector de parques públicos— podría presidir este tipo de ceremonias.

Los Payette obtuvieron los permisos.

Lo sorprendente fue que, con apoyo de un funcionario de la embajada mexicana, renovaron mi pasaporte y se allegaron de una copia certificada de mi acta de nacimiento.

Nunca fui consultada para demandar los documentos personales ante el gobierno mexicano. Sin duda sobornaron a la persona indicada.

Todo por la felicidad del viejo patriarca.

Los testigos de nuestra boda fueron Luciano y su esposa, Demi, una madona rolliza y de carácter reservado. Le había escandalizado mi forma de vestir e impúdicamente resaltar el grosor de mis pezones en la tela escarlata.

Ninguno de los presentes, hembra o macho, lograba sustraerse a mis atributos físicos.

Recordé a la actriz porno Anna Nicole Smith cuando contrajo matrimonio, el 27 de junio de 1994, con el millonario texano, de 90 años de edad, J. Howard Marshall.

Era sesenta y cuatro años mayor a ella.

Imaginé:

Los allegados de Nathan han de suponer que estoy interesada en la fortuna del viejo y el obtener la ciudadanía canadiense.

No estaban equivocados.

La fiesta se realizó en un lujoso yate con nombre griego: κόκκινο αστέρι (Estrella roja).

En uno de los camarotes VIP permanecimos tres días y dos noches.

La tarde del lunes volamos hacia Vancouver, donde Luciano tenía un pequeño chalet, en zona de Richmond, cerca del gran casino y el aeropuerto internacional.

No me negué a cumplirle todos sus caprichos sexuales al viejo.

Durante la comida, preparada por una mujer afrocanadiense, de padre puertorriqueño —llamada  Linda Castro—, le dije que iría de compras a la ciudad de Vancouver.

En realidad buscaba desintoxicarme un poco de su olor y presencia.

—Ve, ve mujer —me apuró Payette sin dar muestras de recelo. Su agotamiento era evidente—. Voy a tomar un par de pastillas para dormir y no te preocupes por hacer ruido al llegar, estaré desmayado… Puedes utilizar la tarjeta de crédito del banco Desjardins…

La empleada doméstica, en un enrevesado castellano, intentó describirme el lugar donde podía adquirir cualquier tipo de baratijas, ropa, calzado e incluso arreglarme el cabello y las uñas.

En la parte norte de Richmond, entre las calles Granville y Dunsmuir, se encontraba una plaza comercial muy socorrida por los turistas y lugareños: The Pacif Centre.

Un taxi, solicitado por Linda, me conduciría al lugar indicado.

Y cinco horas después, en la misma unidad, retornaría a nuestro chalet de la calle Blundell.

Lo primero que hice al llegar a la plaza comercial fue meterme a un bar, el Moose’s Down Under, donde bebí cerveza australiana.

Anastasio Villa jamás contestó mis llamadas telefónicas y correos electrónicos.

Su silencio me entristeció. Desconocía si aún vivía en Toronto. La misma desazón me provocó Leonardo al partir a México, tras perder la cordura y calificarme de puta y loca.

Temí que atentara contra mi vida. Prácticamente hui y escondí en un cuarto de hotel.

Y quedó en el aire su promesa de protegerme y alejarme de la putería. Permanecimos en Quebec y en la clandestinidad.

El duro trabajo en las empacadoras y granjas lo agotaron.

Leonardo anhelaba recuperar a su familia, radicada  en La Piedad.

Ya medio-ebria por la cerveza, quise justificar su comportamiento final y, a la vez, agradecer su apoyo de sacarme de México e introducirme a Montreal, donde pude sobrevivir, antes de ser la señora Payette.

Una mesera escurrida de carnes y piernas larguchas, depositó en la mesa un tarro de cerveza que yo no había solicitado.

Intrigada, entrecruzamos miradas. Sin pronunciar palabra la mujer me señaló a un hombre con quevedos, barba poblada entrecana, y un pequeño sombrero Stetson.

Me recordó a Norberto.

Hallábase reclinado  en la barra.

Le hice una señal para invitarlo a acompañarme en la mesa.

No se hizo del rogar.

—¿Do you speak Spanish? —pregunté en un mal acento inglés.

—Claro, del meritito Distrito Federal… —respondió y ocupó una de las tres sillas.

Su sonrisa me sedujo.

Cargaba una IPad para leer libros virtuales, muy parecida a la mia, y se lo comenté.

—Me encanta que la gente lea —dije por decir, sin ánimo de quedar bien ante el recién llegado.

—Yo tengo que hacerlo por mi oficio —dijo con algo de fastidio.

—¿Eres librero?

—Algo así  —volvió a sonreír por mi comentario—. Soy periodista, escribo malos libros en castellano y sobrevivo con una beca que me da el ayuntamiento de Vancouver…

HEMEROTECA: Enloe Cynthia – Empujando Al Patriarcado

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NI TODO EL AMOR

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En cada conversación, alentada por la cerveza, Norberto Velarde siempre metía el tema de la vejez.

 No la aceptaba.

Envejecer, decía, era traicionar la vitalidad de sus pensamientos.

Tambien lo repetía tras eyacular y avergonzarse por no satisfacerme. Yo era una mujer joven y caliente.

Nuestra relación sexual había comenzado al dormir en la misma cama.

El encuentro sucedió una noche, mientras mirábamos la película El vikingo que vino del sur, protagonizaba por un comediante con cara de bobo: Lando Buzzanca.

Velarde poseía varios de sus filmes en VHS.

Tuve deseos de masturbare en una de las escenas candentes. En el instante que Buzzanca, enfurecido, intimidaba con Pamela Tiffin, después de enterarse que su esposa tenía un pasado de pornostar.

Velarde lo intuyó.

Me atrajo a su costado y empezó a acariciarme los senos y el vientre. No opuse resistencia. Por el contrario, le agarré la verga y cuando la sentí dura, lo monté. Durante varios minutos, ya ensartada, cabalgué sin lograr venirme, porque él se me adelantó.

—Déjame ayudarte, por favor —suplicó Velarde al verme aun excitada.

Y arrodillándose entre mis piernas, empezó a lamerme el coño hasta provocarme un escandaloso orgasmo.

Desde ese momento, nuestra convivencia laboral se trastocó. Nos vimos obligados a mudarnos a otra casa.

Le pedí que no me llevara a la oficina del SNTE, donde cobraba quincenalmente como recepcionista. Preferí buscar trabajo en algún restaurante o comercio y evitar habladurías que afectaran su reputación de luchador social.

—Estás loca, muchacha —protestó—, yo puedo mantenerte. Prefiero que te metas a estudiar una carrera corta o que aprendas inglés, que de algo puede servirte en el futuro…

Me negué.

No deseaba depender de su trabajo. Por el contrario, quería independizarme y obtener mi propio dinero.

Si aceptaba su propuesta, terminaría atada a sus caprichos.

De tutor, consejero y amigo, pasaría a ser mi amante, marido o verdugo.

En San José de la Parrilla, la esposa del propietario de la taquería La Gladis, siempre sentenciaba:

A los hombres, ni todo el amor, ni todo el dinero. Es mejor tenerlos de lejitos y utilizarlos cuando las verijas anden en su punto.

Y además, yo era una mujer que, en un par de meses, cumpliría veintitrés años.

No deseaba envejecer en La Barca, al lado de un anciano idealista, condenado a morir reumático y en total soledad.

Mis aspiraciones y sueños eran otros. Buscaría la manera de aprovechar mis atributos físicos para ganar dinero rápido, sin complicaciones.

Los hombres maduros —y no tan maduros— babeaban al verme caminar contoneándome para resaltar mi trasero, metido en unos ajustados jeans o minifaldas.

La oportunidad llegó cuando me presenté en una mueblería de la calle Melchor Ocampo.

Un viejo gachupín, que hablaba siseando las palabras, no esperó a que le demandara trabajo.

—Mira lindura —dijo con su mirada de fuego, de lujuriento, y sin importarle que uno de sus empleados lo escuchara—, si queréis ganarte unos pesos, buscadme en las tardes, despuesito de las cinco, y no necesitas quebrarte el lomo. Eres una reina y a las reinas les damos todo, madre mia

—Le tomaré la palabra, ya verá —accedí con descarada coquetería y me alejé del negocio,  acunando las nalgas.

La misma propuesta la escuché en una tienda de ropa, propiedad de un libanés cuarentón. No de malos bigotes. Incluso, me regaló una blusa color turquesa de fina seda, casi transparente.

Su negocio se encontraba en la calle Benito Juárez, cerca de la bodega de la cervecería Corona.

Deonato se llamaba. Era muy peludo y varonil.

En menos de un mes junté tres mil pesos y renové mi vestimenta.

Por respeto y estima, le revelé a Velarde como obtenía el dinero. También le dije que tenía interés de trabajar en una casa de citas en la La Piedad.

De esa manera evitaría ser acosada por el ayuntamiento de  La Barca, presidido por un alcalde conservador, o por  los inspectores de la Secretaria de Salubridad.

El libanés me recomendó con una madrota hondureña y pronosticó que tendría bastante demanda de mis servicios sexuales. Yo perdía el pudor en los momentos de intimidar.

Y era verdad: coger me era placentero.

En alguna ocasión temí ser ninfómana al enterarme del significado de la palabra.

El decano profesor y protector, me tranquilizó.

—Usted sólo es caliente y no padece ninguna enfermedad. Además, usted sabe lo que quiere, muchacha. Yo no soy quien para cortarle sus sueños.

Sus palabras evidenciaron congoja.

Lo entendía.

Velarde era un hombre sensible. No le era fácil separarse de una mujer joven y además vital y de cuerpo exuberante.

En dos años de convivencia diaria llegamos a tenernos estima.

Y, en su caso, amor y pasión.

—Yo no te estoy diciendo que quiero separarme de ti —aclaré y me recosté en su delgado pectoral. Mi desnudez era total, como a él le gustaba que yo durmiera—. Eres alguien muy especial en mi vida, Norberto. Y gracias a tu paciencia. He aprendido muchas cosas, a valorarme como una mujer independiente. ¿O quieres que me vaya de tu lado?

—No muchacha, usted ha mejorado mis días y el que debe estar agradecido soy yo. De ahí que siempre esté repelando por ser ya un anciano y no poder ofrecerte mejores comodidades y un cuerpo que te satisfacción o impida que busques a otras personas de tu edad para tener sexo… Soy un fracaso en la cama…

—Tonto —dije para tranquilizarlo—, eres un hombre generoso, muy humano y que no se cansa de ayudar a la gente, principalmente a tus compañeros de gremio. Y lo sexual es secundario cuando estoy contigo, porque hay muchas maneras de satisfacerme y tú las conoces… Por favor, deja de lamentarlo. Fue una bendición haberte conocido hace dos años en el autobús que abordé en Nombre de Dios.

HEMEROTECA: El segundo sexo – Simone de Beauvoir

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APESTO

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El formol se ha metido en mis venas.

Apesto.

Me deprime redescubrirme en la misma posición, de libertina afrancesada, mientras Nathan Payette huye del mundo por el agotamiento de la edad.

Me he convertido en su niñera y amante.

El departamento, en penumbras, es un inmenso cunero con muñecos de peluche y sonajas. En esta ocasión, quiso ser amamantado como un bebé y dormir con pañales.

Cada viejo tiene sus manías.

Las tolero por permitirme desplazarme libremente en una ciudad de prejuicios raciales y puterías.

Gretzky me lo advirtió con su tosco y peludo coleto de oso grizzli, gruñendo y pataleando a cada arremetida.

—Nada es gratuito, así seas una mujer santa y nada fácil… Si escogiste este oficio, tienes que aguantarte…

Mis atribulaciones las expuse en un momento de debilidad y comprendí que mi imprudencia podría revertirse.

Payette y su clan dominaban el barrio, a través de los curas y concejales.

Hasta Racano y Quattrocchi consolidaron su negocio con el dinero del viejo.

Difícil olvidarlo.

Las veinticuatro madonas italianas, canonizadas por el Vaticano, fueron el distintivo infalible para marcar el territorio y ganarse el respeto y lealtad. Desde la Virgen de los Siete Dolores, de Pescara o La Reina del Rosario, de Pompeya, hasta Nuestra Señora de la Gracia, de Nettuno y la María Auxiliadora, de Turín.

Caron me lo había explicado a detalle.

Entonces dimensioné lo que realmente representaba para mis antiguos clientes.

El barrio de la Petite Italie era una prisión de alta seguridad, tan letal y opresiva a la de Alcatraz o la Isla del Diablo.

Y ahora, mientras Payette duerme a mi lado, evoco a Anastasio Villa, un ex policía de Chihuahua que vive en Toronto y sobrevive limpiando alfombras de una universidad privada.  Lo conocí en un bar de Montreal, después de separarme de Leonardo Rico.

Villa bebía en la barra, devastado por la ruptura matrimonial, cuando le ordenó al cantinero que me sirviera una ronda de whiskys e incluyera mi cuenta en la suya.

 El fin de semana cogimos en un motel.

Y como un chamán indio escuchó con atención mis cuitas.

Su torso bronceado, de guerrero raramuri, y sus profundos silencios me dieron confianza. Jamás lo volvería a ver, me dije mentalmente.

Después de cenar y despedirnos, anotó, en una servilleta, su nombre y un número telefónico.

Dijo que siempre estaría en deuda conmigo por mi sinceridad de amante fortuita.

Sus rasgos de aborigen, marcados en una sociedad dominada por anglosajones, lo habían inhibido a insertarse socialmente y recuperar su confianza.

Payette es ajeno a mis evocaciones.

Los gruñidos  de moribundo me recuerdan su presencia.

Villa podría ser mi salida, después de la boda, y así no perder la oportunidad de recuperar una identidad, tan válida y respetable como la de mis clientes y conocidos en Montreal.

Waldo y Marda nunca dimensionaron el dolor que me provocaron por sus estúpidas calenturas y celos.

El martes buscaría a Villa.

De ser posible, nos reencontraríamos en Toronto, sin necesidad de darle explicaciones a Payette.

De seguir hostigándome, su aislamiento estaba garantizado.

Y sobre advertencia no hay engaño.

Ni siquiera Guadalupe Carrizales logró doblegar mi voluntad, por miedo o hartazgo. Tampoco provocó sentimientos de venganza.

Lo ocurrido en Nombre de Dios o San José de la Parrilla era algo tan natural para las mujeres de mi edad y porte. Y tuve suerte de ser violada por el maldito teniente y no ser ultrajada por otros militares, sicarios o policías.

Carrizales me apartó y protegió, como una yegua salvaje.

Y ahora con los Payette algo similar sucedía.

Villa apareció en mí vida en los momentos de dificulta, como ocurrió con Velarde. Y la ausencia de éste y Leonardo abonaban ese desasosiego.

Me sentía muy sola, ajena a los viejos que me rodeaban.

Pensé en levantarme de la cama, sumergirme en la tina, beber un vaso de cerveza y terminar de leer el libro de Crónicas Marcianas de Ray Bradbury.

Era un libro algo deteriorado que conservaba en papel, desde mi estadía en La Barca. Un regalo de Velarde durante mi cumpleaños.

—Lea, lea mucho —me repetía— para que no viva a lo pendejo y tome las decisiones correctas cuando se sienta arrinconada. Un buen libro le ayudará a encontrar la salida, hágame caso…

En parte tenía razón.

Me allegué de un lector electrónico de libros para no perder el hábito de la lectura.

Y opté por registrar en libretas algunos hechos cotidianos. De algo servirían al retirarme del oficio de puta.

Escribir mis memorias y publicarlas me permitirían dejar constancia de esta aventura. Era una sobreviviente de la violencia y las vejaciones machistas y autoritarias.

No deseaba terminar mi vida atada a un ruco decrepito, apestoso a podredumbre.

Mi libertad era lo más preciado y estaba consciente de mis limitaciones migratorias.

De no acatar las reglas del juego, terminaría en un centro de detención de inmigrantes en Montreal y, en dos meses, me deportarían a México.

Payette era mi tabla de salvación.

Villa, el instrumento liberador.

“No todos los días se vuelve a vivir”.

Y en esa sentencia bradburyana, podría resumir la urgencia de mi futuro encuentro con el ex policía. Lo haría el fin de semana, si el martes por la noche lograba contactarlo telefónicamente.

Ya habría tiempo de madurar un buen plan antes de ser llevada al cadalso y convertirme en la señora Payette.

Y ser además su nana, confidente y amante, como me lo sugirió Luciano, su principal heredero y mi carcelero.

“¡Que se jodan, los hijos de la chingada!”

HEMEROTECA: pro2218

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LA BARCA

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 La Barca es Chinahuatengo.

Es una ciudad jalisciense con sabor a provincia.

Sus hombres y mujeres cargan en la sangre el estigma del coloniaje francés del siglo XIX. Son de piel sonrosada y ojos vivarachos, como rescoldos aguamarinos del rio Lerma. El mismo que los separaba del territorio michoacano.

Es gente apegada a su terruño. Siempre lleva por delante su religiosidad.

Velarde lo advirtió al descender del autobús:

—La mayoría es mocha y no le gusta que los fuereños se metan en los asuntos del municipio. Tu nada más escúchalos y calla…Así te evitas problemas…Pero son buenas personas, muy trabajadoras y responsables… Jamás querrán hacerte algún daño…

Durante la década de los treinta, La Barca fue cuna de guerrilleros cristeros, liderados por sacerdotes católicos.

 Es la Virgen de Guadalupe su Santa patrona. En su honor, durante dos semanas de diciembre hay jolgorio. Lo realizan en la plaza de Armas y sus alrededores.

El templo de Santa Mónica apenas logra arropar a los feligreses que arriban de todas las rancherías lejanas y cercanas.

Miles de ceras, veladores e inciensos amenazaban con incendiar el altar mayor.

 Las cúpulas de cristal y palo dulce resguardaban a sus vírgenes, arcángeles, crucifijos, santos y santas.

Pensé ir a la iglesia para darle gracias a Dios por la oportunidad de seguir con vida.

Por simple instinto, olvidé orar por mi madre y hermanos. No quería contaminar mi presencia en una ciudad llena de verdor y olores agradables, a madroño y buganvilia.

Lo mismo ocurrió con Octavio. Dejó de estar presente.

—Aunque no seas feliz, debes darte a la idea de que lo eres m’ija, es lo mejor —sentenciaba Serela cada vez que regresaba a la cabaña, tras ser violada por mi padrastro.

Me sedujo La Barca.

Tuve deseos de abrazar a Velarde para agradecer su apoyo, en esos instantes confusos de mi vida.

 Me contuve.

Tenía ante mí a un hombre cargado de virtudes y defectos que aun desconocía.

Los demonios afloran en la persona cuando la confianza es plena y cercana. Eso algo normal en un país sin apego a las leyes, ni respeto a la vida.

El taxi nos dejó frente a una casona de muros encalados.

Tuve miedo y hasta deseos de defecar.

Lo primero que vi fueron dos polvosos ventanales de hierro dulce con terraza y un portón de madera, ancho y renegrido, por la humedad y el tiempo.

 La Plaza de Armas se encontraba a nuestras espaldas.

Y más atrás, del otro lado del quiosco, vislumbré un largo portal de cantera con arcos y columnas de piedra.

Después me enteraría que el profesor Velarde habitaba en la calle José María Morelos y Pavón, dentro del corazón de la ciudad.

En esos instantes, el vasto alumbrado público y la animosidad de los lugareños, le daban un gran esplendor al lugar, como si celebraran una fiesta en honor a mi arribo.

Los temores —y lo afirmo en plural— me impidieron gozar a plenitud aquella belleza arquitectónica. Aun evoco con añoranza las sonoras carcajadas de los lugareños, acicalados por los alipuses.

Una pareja joven saludó a Velarde, en el instante que empujaba el portón y encendía la luz.

—Ya lo extrañábamos —dijo la mujer de buen porte y mirada alegre.

Su pareja, de la misma edad, cargaba varios libros bajo el brazo.

Frente a nuestros ojos vislumbré un estrecho pasillo de losetas rosas, en medio de un cuadrante con follaje, flores, limonares y naranjos.

—Los espero mañana —dijo Velarde, después de despedirse de mano—y no es necesario que traigan sus papeles, porque en la delegación de la SEP tienen todo los documentos que les envió la normal donde se titularon.

El viejo profesor utilizaba como hábitat una parte de las oficinas del sindicato magisterial. Quiso cederme su cuarto y convertir en su cama un viejo sillón forrado con pana gris. Estaba arrinconado en la habitación contigua que utilizada como sala de espera.

—Si vamos a caber en el infierno, esto es peccata minuta, chamaca —justificó sin perder su buen humor.

Lo contuve.

Y sin meditarlo, exclamé:

—No maestro, su cama es grande y cabemos los dos. Y yo no quiero dormir sola, por favor…

Norberto Velarde me miró sin evidenciar sentimientos oscuros.

Mi permanente contacto con los hombres adultos, lascivos en su mayoría, me enseñó a conocer el tamaño y el brillo de las pupilas.

El profesor me imprimió confianza.

La tranquilidad retornó a mi estómago.

El viejo era pulcro y ordenado.

—¿Estás segura, muchacha?

—No se hable más maestro, que ya no soy una escuincla. Tengo veintidós años, y si voy a compartir su casa, lo que menos quiero es que usted se vea afectado con mi presencia…

—De todos modos para evitar habladurías —sugirió Velarde—, vamos a hacerles creer a los compañeros y padres de familia que eres una sobrina y que yo duermo en la oficina, mientras conseguimos otro lugar donde vivir…

—Si así lo quiere… —titubié—. Y nuevamente le doy las gracias por tenderme la mano, maestro.

Después de cenar conchas con nata y un vaso de leche tibia, Velarde encendió el televisor.

Ya en la cama, cada uno utilizó su propia almohada y una frazada de lana.

Dormí esa noche sin pesadillas o sobresaltos.

Ni los ronquidos del viejo mentor alteraron la placidez de mi sueño. Fueron trinos de felicidad.

HEMEROTECA: empire04-19-

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EL VIEJO PAYETTE

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Nathan Payette empezó a interesarse seriamente de mis problemas. Incluso, quiso que mejorara en mi francés para ser menos vulnerable ante los quebequés. Me inscribió en una escuela particular en la Petite Italie. Lo ignoré. El francés era lo que menos me interesaba.

Un viernes, por la tarde, su hijo Luciano lo visitó en su departamento.

Nathan me presentó como su novia.

Yo vestía un transparente negligé de encaje negro y unas diminutas pantaletas carmín.

Por el inesperado encuentro tuve que cubrirme con una bata del viejo.

—Es usted muy attraente molto bella, como nos dijo nuestro padre.

Luciano era mofludo y cachetón, de sonrisa simpática. Me regaló un perfume de arándano. Y quiso que un fin de semana los acompañara a una cena familiar.

Aquello me confundió.

Desconocía cual era el propósito de Payette y su prole.

Vivir con un septuagenario me parecía un exceso cuando, en mi caso, anhelaba una pareja vital y atractiva.

Yo me consideraba apetecible, energética y potencialmente sexual.

Era una mujer apasionada de los orgasmos. Siempre los buscaba, a pesar de tener un hombre maduro a mi lado, cargado de huesos frágiles y pellejos.

Payette tenía dinero y poder y una familia algo tradicional.

Sus seis hijos lo amaban y deseaban que el viejo fuera feliz hasta el último segundo de su existencia.

Mis cuidados le soltaron la lengua y convenció a sus descendientes de que yo podría convertirme en una especie de amante-enfermera.

Todos avalaron su propósito.

De esa manera disminuían sus preocupaciones al dejarlo solo en el departamento.

—Nosotros te podemos ayudar a arreglar tu permanencia en Canadá, si aceptas el trato —prometió Luciano mientras nos atragantábamos un espagueti elaborado con sus manos.

Las dos botellas de vino tinto que consumimos me animaron e irresponsablemente, ya efusiva, acepté desposarme con Payette, que no dejaba de acariciarme las piernas.

Deseaba sorprender a su hijo. Reafirmarle que aún era capaz de excitar a una mujer de mi talla y ser un auténtico macho italiano.

Me calenté al suponer que el viejo libidinoso me compartiría en la cama con Luciano.

Solo fue un pensamiento.

El solo imaginarlo me permitió tener un par de orgasmos esa noche.

Payette se vio obligado a lamerme el coño hasta casi desfallecer sobre mi vientre.

Sus pesados ronquidos de marrano me arrullaron y permitieron alejarme de Montreal y navegar en las abruptas y oscuras brechas de San José de la Parrilla donde Octavio me poseía sexualmente.

Ni Leonardo o Norberto me calentaron el útero en esos instantes. Únicamente el aprendiz de sicario.

El tendero Bruno Racano fue el primer viejo que me felicitó por mi decisión de formar parte en la vida de Payette.

Lo abordé en su negocio para recordarle sobre nuestra cita, en uno de los moteles de Laval, como lo hacía con Umana.

Después de saludarme con un beso en el dorso de la mano, dijo que había encontrado a Payette, en el bar de la rue Saint Dominique.

—Estoy invitado a la boda por lo civil y claro que estaré presente —confirmó y sentí que perdía una parte de mí, al recibir el trato de dama comprometida.

El tendero, como el carnicero Quattrocchi, era uno de mis asiduos y generosos clientes.

Racano siempre estaba al tanto de mi despensa y gustos sexuales. Era un fanático de mis nalgas. Hasta le permitía eyacular en mi culo.

De ahí su apego a la relación.

Jamás lo trataba como un simple cliente que pagaba un servicio sexual. Tenía derecho a ser besado en la boca y recibir una buena mamada de verga.

—Bruno, siempre serás bienvenido —aclaré sin soltarle su arrugada mano—. Cuando quieras, podremos seguir cogiendo y tú sabes que me encanta hacerlo contigo.

—No te preocupes, querida —dijo en voz baja—, Nathan me pidió que te diera todos los alimentos que solicitaras y que él los pagaría. Yo te recomiendo que lo aceptes, porque la vida no da este tipo de oportunidades. Nathan ya es un hombre muy viejo y en cualquier día ya no se despierta. Aprovéchalo, querida…

Mientras caminaba por el bulevar Saint-Laurent, rumbo al departamento, tuve deseos de salir y emborracharme.

Estaba molesta.

Lo haría en el vieux port de Montreal, sin la vigilancia de algún conocido de la cuadra.

Mi único temor era provocar algún jaleo y terminar en manos de la policía migratoria.

El solo imaginar ese escenario hizo que recapitulara y optara por embriagarme en mi habitación.

En este caso, pensé, lo haría de la mano de Gretzky. El viejo ruso amaba los peligros y excesos.

No en balde era un condenado a muerte y también estaba interesado en legalizar mi estadía en Quebec.

En algunas ocasiones tuve la sensación de estar desnuda en la riviera francesa, ajena a mi condición de esposa o manceba moscovita.

—Te agradezco la invitación, moye serdtse  —se exculpó el ruso—, pero esta semana seguiré en el hospital  —y abatido, replicó—: Lo que hay que soportar con este infernal tratamiento contra el cáncer de hígado, moye serdtse.

Escuché una voz trémula, dolorosa, de enfermo terminal.

Me arrepentí de haber alterado su reposo con mi imprudente llamada telefónica.

Después me enteraría, por boca del conserje, que un enviado de Payette le había informado sobre su decisión de convertirme en su esposa.

Luciano, al despedirse, me advirtió que mi vida daría un vuelco radical. Y  era necesario que lo asimilara.

—Escucha mia bella matrigna —advirtió subrayando las palabras—, ahora tienes que cuidar nuestra reputación y ser la esposa que merece mi padre, una vera signora.

La borrachera impidió que dimensionara sus palabras. Fue al destapar la botella de tequila y rellenar ambos vasos, cuando comprendí los efectos de esa decisión.

No habría marcha atrás.

Estaba atada al entorno social de los Payette. Jamás permitirían que alguien le perdiera el respeto al patriarca del clan.

El viejo Hubert Caron quiso brindar conmigo. Tras consumir su buena ración de tequila me felicitó por abandonar mi glorioso oficio de prostituta y transformarme en una mujer decente.

“Que se jodan estos miserables”, murmuré.

Y con rabia volví a llenar el vaso con el quemante jugo del agave mexicano.

HEMEROTECA: PRO210