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Los hijos del odio

FIGLI PREDILECTO

los hijos13

El Gran Duce tiene su mausoleo en Predappio.

 Las visitas son continuas.

Los muros presentan un blanco impoluto. El mismo color del busto sobre la cripta de roca tallada, donde reposa su cadáver, tal vez mutilado.

No es difícil evocar la dura expresión del guerrero fascista.

En la estancia mortuoria jamás faltan los ramos y coronas de flores, las arengas, el incienso y la tenue luz mercurial.

Marbella oraba de rodillas ante al sepulcro del dictador. Renna, a sus espaldas, de pie y con un rosario negro en las manos.

Los acordes del himno fascista eran continuos.

…Es hora que el altiplano mire al mar… Morena que eres esclava entre las esclavas…Veras como en sueños muchas naves… Y un tricolor volará al viento por ti.

Y al escuchar las voces corales, Renna no pudo contener un gemido. El llanto la obligó a cubrirse el rostro con el velo negro.

…Carita negra, bella Abisinia… Espera, espera que ya la hora se avecina… Cuando estemos cerca de ti… Nos te daremos nuevas leyes y un nuevo rey…

En tres días recorrieron la pequeña villa de siete mil habitantes. Antes, volaron más de seis mil kilómetros: de Montreal a Predappio con dos escalas obligadas: Barcelona y Ajaccio.

En la isla de Córcega pasaron una noche en el hotel Napoleón, a un costado del Palacio Legislativo.

La estrecha y limpia calle de Lorenzo Vero apenas permitía el paso de los automóviles en un solo sentido.

El blanco era predominante en la ciudad.

Del viejo edificio donde se hospedaban —de ocho plantas y sin balcones— podrían llegar a pie a la playa del mar Tirreno.

Mabelle escuchó el llanto de su hija. Le conmovió.

Mabelle por segunda ocasión visitaba el mausoleo de Mussolini. La primera vez lo hizo en compañía de sus padres y dos nietos del dictador. Sucedió en 1993. Esa noche cenaron con Rachele Guidi y el hijo menor del Gran Duce, Romano, un reconocido jazzista.

…Nuestra ley es esclavitud de amor… Pero libertad de vivir y de pensar… Los Camisas Negras vengaremos… A los héroes caídos y te liberaremos…

Para el viaje a Predappio —histórica ciudad de la provincia de Forli-Cesena— contrataron una avioneta particular. Lo hicieron a sugerencia de Bela. Debían ser cautas en el encuentro que sostendrían con su anfitrión, un antiguo oficial fascista.

Quinientos kilómetros separan Ajaccio de Predappio. De la tierra de los Mussolini al puerto marítimo de Cesenatico —donde pactaron el encuentro—necesitaban recorrer por tierra otros cincuenta kilómetros.

En el plan de viaje les indicaron que dormirían en una casa de playa del mar Adriático. Ahí aguardarían el arribo de su contacto.

No hubo contratiempos. Por lo mismo, ya en Predappio decidieron visitar el mausoleo del Gran Duce.

—Nos hará bien recargarnos un poco del aura de nuestro líder —sugirió Mabelle.

En 1957 —doce años después de su ejecución—, Benito Mussolini yacía en un sarcófago de piedra empotrado al muro.

Carita negra, pequeña Abisinia… Liberada te llevaremos a Roma… Por nuestro sol tú serás besada…Y tú serás Camisa Negra también…

En una de las paredes resaltaba un enorme cuadro con caracteres negros.

Gloria a Voi. Martiri della legione Tagliamento. Fiore e poesía dell stirpe fascista. Figli predilecto del vento e dell’onore d’Italia.

El lugar estaba cubierto de escudos, retratos y placas metálicas donadas por fascistas de todas las lenguas.

 Renna tuvo la intención de abordar a una mujer rubia con lentes Gabbana. En la muñeca derecha colgaba un brazalete negro con los símbolos fasces.

Pero la hizo recular la recomendación de Garçan. Bajó la cabeza, apretó las borlas de su rosario y prosiguió musitando el Ave María.

El himno fascista resonaba marcial, exultante.

…Carita negra, serás romana… Y por bandera tú tendrás la italiana… Nos, marcharemos junto a ti…. Desfilaremos ante el Duce y ante el Rey…

Las autoridades de Predappio prohibían el uso del uniforme fascista en el interior del mausoleo. Por lo mismo, algunos turistas se internaban con el dorso desnudo.

—Tenemos que irnos Renna, recuerda que nos esperan en el hotel y antes quiero darme un regaderazo… —dijo Mabelle.

Y tras santiguarse abandonaron el recinto.

De la mano recorrieron el corto sendero de baldosas grises, sombreado por una gama de pinos perfectamente podados. Los manchones triangulares variaban su posición al alejarse el sol del mediodía.

Del mausoleo de cantera, en forma de herradura, destacaba una cúpula de teja roja y su cruz de piedra.

Poco a poco se alejaron del portón semiabierto y de la estrella esculpida en la fachada principal.

Mabelle y Renna caminaban en silencio.

El hotel se encontraba en la avenida Villa Salta, rodeado de hayas y cedros reverdeciendo. Todo era quietud en las callejuelas y los pequeños bloques de dos o tres niveles, grisáceos y polvosos. Desde su habitación era posible observar parte de una cordillera azulada y el escuchar el canto de las aves o los ladridos de perros, acicalados por el calor.

—No podremos hablarle a tu padre hasta que estemos en Cesenatico —dijo Mabelle.

—Lo sé, madre y tampoco a Octave… —consintió Renna—. Por cierto, Octave me envió un correo donde me confirma que la abuela saldrá la próxima semana del hospital.

—Evita esa correspondencia —pidió su madre—.Ya habrá tiempo para estar en contacto con la familia.

Mabelle se desnudó e internó en la sala del baño. Renna encendió el televisor y se recostó en una de las dos camas. El sueño la venció.

Un zumbido agudo y repetitivo la obligó a abrir los ojos. El ruido provenía del teléfono. Descolgó el auricular.

—¿Diga?

—Hija, ya estoy en recepción —dijo su madre—. Quise dejarte dormir un poco, pero baja ya, porque nos están esperando…

Una vagoneta plateada las aguardaba en el estacionamiento del hotel Predappio.

Quince minutos después, el conductor de la vagoneta las recibió en el acceso principal del hotel. Era un hombretón de mandíbulas cuadradas y bigote entrecano. Vestía camisa oscura, vaqueros deslavados y mocasines blancos.

 Simplemente informó que las llevaría a su destino.

Y agregó, sin dejar de sonreír, que en una hora —o en menos tiempo— se reunirían con su jefe.

Del maletero de la vagoneta extrajo dos ramos de rosas blancas con festones negros envueltos en celofán.

—¡Bienvenidas a esta bendita tierra!  —dijo al entregarles las flores—. ¡En Predappio se encuentra el corazón de los fieles soldados del Gran Duce!

E hizo el saludo fascista con el brazo derecho, al tiempo de chocar los talones de sus mocasines.

Renna no pudo desprender de la memoria algunos estribillos del himno fascista.

…Nuestra ley es esclavitud de amor… Pero li-bertad de vivir y de pensar… Los Camisas Negras vengaremos… A los héroes caídos y te liberaremos…

VIDEOTECA:

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ACORRALADO

los hijos12

DIA. EXTERIOR. CALLE.

Gritos y golpes en off. La escena abre con Catherine en el suelo con una herida en la cabeza.

Sangra.

Blusa desgarrada con manchones púrpura.

Grito uno:

—¡Asesinos, malnacidos, cobardes!

Grito dos:

—¡Agarren a ese perro greñudo!

Grito tres:

—¡Corre, ponte a salvo! ¡Corre!

Grito dos:

—¡Dispárale a los pies! ¡Túmbalo!

Grito uno:

—¡Cobardes, que no tienen hijos! ¡Malnacidos!

Catherine, de veintidós años, intenta ponerse de pie. Está aterrorizada. La sangre que cubre su rostro le impide ver con claridad.

En su entorno, botellas quebradas, basura, piedras, calzado, ropa ensangrentada y cascos de ciclista abollados.

Grito cuatro:

—¡Ayuden a la chica, pronto! ¡La van a matar!

Grito cinco:

—¡Tu, tu, por favor apóyame, por favor… Hay que salvarla!

Grito uno:

—¡Si… si… Ayúdale o estos perros se la llevan y la violan!

Tres jóvenes auxilian a Catherine. Uno, Abbas El Etíope, es afrodescendiente. El más alto, Gerard — rubio con quevedos— , la toma en sus brazos. Los sigue Alexander, melenudo y barba rojiza. No suelta su mochila escolar.

Gritos y golpes en off. Los cuatro logran introducirse a una casona en construcción.

Disolvencia.

INTERIOR. DIA. HABITACION AUN SIN TERMINAR.

Gerard le limpia la sangre del rostro a Catherine. Usa su playera. Ella se queja. Abbas El Etíope y Alexander observan lo ocurre desde las hendiduras de los ventanales cubiertos de madera.

Alexander:

—Se llevaron a tres de mi clase… Los subieron a un camión…

Gerard:

—Mi hermano estaba herido y lo perdí de vista…

Alexander:

—¿Por qué tanta saña? No somos criminales…

Catherine:

—Me duele el cuello…

Gerard:

—Tranquila, tienes movilidad. Solo es el golpe de la cabeza…

Catherine:

—Una mujer policía me golpeó con su bastón… Nunca había visto tanto odio en los ojos de una mujer…

Abbas El Etíope:

—Yo sí… los de mi madre…

Gerard:

—Tenemos que esperar hasta que las cosas se calmen…

Abbas El Etíope (nervioso):

—Tengo que salir, me buscan para matarme…

Alexander:

—¿Los policías?

No hay respuesta.

Catherine:

—Hay tanto odio por algo tan justo…

Gerard:

—¿En qué universidad estas?

Catherine:

—¿La de Montreal? ¿Y tú?

Gerard:

En la universidad de Concordia con mis dos hermanos.

Alexander:

—Yo también estoy en la de Concordia, en arquitectura…

Gerard:

—Yo en informática…

Gerard, Alexander y Catherine clavan su mirada en Joseph.

Abbas El Etíope:

—No estudio en ninguna mierda universidad, ni tengo un maldito empleo…

Disolvencia.

EXTERIOR. DIA/NOCHE. CALLES.

Imágenes variadas de la movilización estudiantil, en calles y avenidas de Montreal. La policía persigue y reprime.

Una periodista, seguida por su camarógrafo, informa sobre lo que ocurre.

Periodista:

—Hoy se cumplen seis meses de protestas callejeras por parte de los universitarios que exigen gratuidad en la educación de Quebec. Ellos se oponen al intento de incremento de la matrícula universitaria, propuesto por el gobierno provincial que encabeza el liberal Jean Charest. De acuerdo a esta reforma, cada estudiante deberá pagar doscientos cincuenta y cuatro dólares por año, durante siete años. En realidad, la matricula tendría un costo final de mil seiscientos veinticinco dólares…

Un manifestante, que se identifica como maestro catedrático, aborda a la periodista:

Manifestante:

—¿Puedo dar mi opinión?

Periodista:

—Adelante…

Manifestante:

—El primer ministro Jean Charest no midió las consecuencias al anunciar el incremento del costo de la matrícula universitaria en un ochenta y dos por ciento en un periodo de siete años. Además, no solo eso, sino que asegura que al término de este periodo, la matrícula estudiantil se indexaría al costo de vida. Y le aclaro, en Quebec, las matrículas universitarias —las más bajas del país— se mantuvieron, de 1968 a 1988 en quinientos dólares anuales y en los noventa fueron triplicadas.

Periodista:

—¿Pero ustedes fueron tomados en cuenta para decretar los aumentos?

Manifestante:

—Jamás, menos en el 2007 cuando la matricula se incrementó en cien dólares por año, hasta llegar a los dos mil ciento sesenta y ocho. Y ahora Charest quiere incrementarla a tres mil novecientos cuarenta y seis dólares…Sin tomar en cuenta que Quebec tiene una tasa de desempleo superior al quince por ciento y el egresado universitario difícilmente consigue un trabajo acorde a lo que estudió… ¿Comprende señorita? Y es la causa por la que más de doscientos mil universitarios estemos en las calles para oponernos a esas medidas draconianas, fascistas…

Disolvencia con el repique de un teléfono celular en off.

INTERIOR. DIA. HABITACION AUN SIN TERMINAR.

Abbas El Etíope (voz en off):

—¿Puedes prestármelo?

Alexandre (en off):

—Aguanta, ha de ser mi madre….

La toma abre en un gran close up de las manos de Alexander hurgando en su mochila.

Alexander:

—Tatiana…Si, estoy bien, tranquilízate… ¿Está mi madre contigo?

Catherine (quejándose):

—No soporto el dolor del cuello y tengo frio…

Gerard (a su lado):

—No podemos salir, seguimos rodeados de policías, resiste…

Alexander (con el teléfono celular al oído):

—No la vi, todos corrimos por la Diderot y ella quedó rezagada con Andrew y Laila… No llores, por favor… Sabíamos en la bronca que estábamos…

Abbas El Etíope:

— Mierda, mierda… ¿Yo que hice? Puta madre… Estoy en una ratonera y sin una maldita arma…

Gerard (a Abbas El Etíope):

— ¿Tienes problemas?

Abbas El Etíope:

— ¡Ser negro, cabrón!… ¡No me vez!

Catherine:

—Tranquilízate, tenemos que estar unidos ahorita…

Alexander (al teléfono):

—No, no me pases a mi madre… Más tarde llego con ustedes. Recuerda que los gorilas traen consigna de arrestarnos, no de matarnos o desaparecernos… No estamos en África o Siria… Estoy bien… y resguardado…. Las amo…

Abbas El Etíope (a Alexander):

—Déjame hacer una llamada, ¿vale?

Alexander (le entrega el teléfono):

—Adelante….

Abbas El Etíope, sumamente nervioso, marca un número telefónico y aguarda unos segundos antes de hablar:

Abbas El Etíope:

—¡Ya me cargo la mierda! ¡Me tienen de los guevos y sin defensa! ¡La policía está de su parte y traen consigna de matarme!

Disolvencia.

HEMEROTECA: teve4feb20

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EL DUCE

los hijos

 

11

Benito Mussolini odiaba la existencia de los lagos, según versión de su hijo Romano.

—Ni son ríos, ni mares y sus aguas jamás gozan de libertad—repetía.

Y lo reflexionó precisamente en la ribera del lago Como, de la región de Lombardía,

Ahí, en la comuna de Mezzegra, El Duce selló su destino.

Los partisanos lo ejecutaron y colgaron junto a su amante, Clara Petacci.

En el gobierno, ejército y universidades laboraban cincuenta mil judíos.

La ley antisemita de los fascistas los obligó a esconderse o huir del país.

Aun así, no todos la libraron: cerca de ocho mil fueron asesinados.

—En diciembre de 2003, tres años antes de morir, Romano me dijo que nunca entendió a su padre en el asunto de los judíos…Antes de la guerra, en su gabinete trabajaban judíos de alto rango.

Pierril de pie y acodado en la barra bebía jugo de naranja en una copa de cuello largo y base rectangular. Intentaba tranquilizar a su hija, después de ser testiga de un hecho poco común: la tortura a dos jóvenes afrocanadienses.

Renna enfundada en un jersey blanco de lana y un pantalón de pana azul marino, escuchaba lo dicho por su padre, sin parpadear. Fue la primera en enterarse que su padre relevaría a Morel en el Ministerio de Inmigración. De paso, sería el enlace único entre la mafia y el Ministerio con la Federación de Sindicatos Independientes de Quebec.

La obra pública estaba bajo el control de don Adelpho Bonneto. No solo en Montreal, sino en otras ciudades de la provincia.

Medio millón de agremiados —en su mayoría italianos y árabes—, cotizaban en el sindicato.

Y el capo era el principal beneficiado.

—Su hija Alessandra es una ferviente admiradora de su abuelo… —recordó Renna, sentada en un diván de cuerpo con su gato Karl en el regazo—. Un maestro de mi universidad envió una carta por el comentario que le hizo a un candidato transexual del Partido Comunista… Le asegura que el pueblo italiano no es racista o antisemita. Incluso, le recuerda que su tía Edda era judía y que Rachele no era su verdadera madre…

—Tu abuela también llegó a creer esa patraña. Edda es hija legítima de Rachele y El Duce, de eso no hay ninguna duda. Hitler fue quien aplicó con severidad el antisemitismo. Pero no se te olvide que fue el dictador soviético, Iósif Stalin quien mandó asesinar más judíos que el propio Hitler. Los mismos sionistas lo revelaron en un informe llamado El Holocausto. Los bolcheviques asesinaron más de un millón cien mil judíos, mientras que los nazis, en su limpieza étnica, ejecutaron a ciento cuarenta y siete mil… En Polonia fueron tres millones y en Francia setenta y siete mil trescientos.

—En Quebec se le tiene una gran admiración a El Duce, papá. Es un personaje poco comprendido. En una ocasión descubrí que mi abuela, cuando era niña, estuvo con Mussolini. Está al lado de sus padres en la Villa Torlonia de Roma. Quise preguntarle detalles de ese encuentro, pero guardó silencio.

—Es cierto  —asentó Pierril—, jamás ha querido hablar sobre la relación de los Doyen con los Mussolini. A tu bisabuelo le gustaba caminar por los jardines de esa vieja mansión neoclásica porque era amigo de Vittorio, el primogénito de El Duce y Rachele. En varias ocasiones lo visitó durante su exilio en Argentina.

Pierril admiraba a su hija por ser de carácter obcecado. Pocas veces se arredraba ante el peligro.

Lo contrario de Octave que llegó a dudar de la existencia de la doctrina fascista.

Bela le confió a Pierril que durante la ejecución de los “dos criminales negros”, Renna exigió una arma de fuego para acortarle el trabajo a los verdugos.

Lógico, Garçan la tranquilizó.

Y le soltó un motivo de peso:

Faltaba detener a los responsables intelectuales de torturar a su abuela.

Bela tenía la seguridad que Abbas El Etíope trabajaba para la mafia china. Probablemente para Los Cabeza de Serpiente.

Bela dijo por Skype:

—Le prometí a tu hija que en la siguiente ejecución, ella sería una más de los escuadrones de ejecución de la Legión. Tienes una guerrera orgullosa de sus padres y nuestro Gran Duce, te felicito.

HEMEROTECA: Los Senores del Narco – Anabel Hernandez

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ANGUSTIA

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Octave, en sus tiempos libres, atendía mesas en el restaurante de su madre.

Los clientes, afines a la militancia ideológica de la familia, siempre acudían para enterarse de los asuntos de la Legión. No ocultaban su admiración al Duce y el fascismo italiano.

Octave aclaraba dudas, escuchaba propuestas y nunca confrontaba.

Era cauto.

Las jovencitas bebían café para invitarlo a salir.

El restaurante de Mabelle permitía esos deslices pequeñoburgueses, de fascista militante: tener sexo sin amarres legales o religiosos.

Octave rechazaba a las mujeres negras, asiáticas e hispanas.

Le asqueaban.

Cuando alguna joven no blanca entraba al restaurante, tal vez por ignorancia, dos policías blancos y rubios se internaban con mirada escudriñadora. La abordaban en la mesa y le exigían una identificación. Pretextaban buscar a una delincuente parecida a ella.

 O presentaban retratos hablados y boletines de búsqueda.

Y los uniformados lograban su propósito: las jóvenes jamás regresaban al restaurante.

Pierril fue el de la idea.

Durante la inauguración del restaurante, asistieron clientes de piel no blanca. La publicidad atrajo a  parejas afrocanadienses e hispanoscanadienses.

En ese momento, la familia no las rechazó.

Un mes después, los no blancos y antifascistas recibieron correos electrónicos. Les informaban que los propietarios del restaurante La Rachele tenían problemas con la policía.

Los accionistas formaban parte de la mafia italiana.

Evítense problemas, porque usted puede ser un testigo de cargo, les advertían.

La idea funcionó.

Y dejaron de asistir al negocio los paisanos de Benito Juárez, Mao Tse Tung y Nelson Mandela.

—Tenemos que crear cabezas de playa para perpetuar nuestro derecho de vivir en paz… —sentenció Pierril.

—¿Por qué en Lasalle y Cote Des Neiges la mayoría de los restauranteros italianos no les cierran sus puertas? —cuestionó Octave.

—Ellos son los originales dueños de Quebec, hijo. Aquí nacieron ellos, sus padres y abuelos.  Y poco a poco vas a entenderlo. Nosotros desatendimos el negocio del poder y con nuestro dinero les dimos periódicos y fusiles para buscar su independencia… No les exigimos nada a cambio y nos llenaron de indeseables, con el pretexto del asilo político… Pagamos nuestros errores…

Mabelle no quiso intervenir y revelar que su padre fue secuestrado por un hermano de Adelpho Bonneto.

 La familia veía en el televisor el séptimo capítulo de una vieja serie: Alfred Hitchcock Presenta.

Y fue el detonante para recordar al abuelo materno.

El secuestro de Julien Doyle, de sangre italiana, ocurrió en 1955, cuando Mabelle aun no nacía. Durante dos semanas su padre permaneció atado en una banca metálica.

Y ahora, como entonces, en la habitación de su claustro y ante sus ojos, la trágica historia transcurrió sin cortes.

Breakdown, se intitulaba el capítulo. Lo protagonizaba Joseph Cotten, un actor recordado por su participación en las películas Ciudadano Kane y Niágara.

El teledrama tenía propósitos semejantes: Julien Doyle estaba bajo permanente vigilancia de dos matones y con un collarín apretándole el cuello. Como lo experimentaría Cotten en un automovil chocado, antes de ser metido en una ambulancia y quedar, aun con vida, en la morgue.

Durante el trayecto de regreso a Nueva York, el automóvil descapotable, conducido por Cotten, en su papel de contador público, se impacta con una máquina retroexcavadora.

Y en una acción parecida, Doyle impactó su camioneta en un poste al intentar evadir a sus captores.

En el accidente, Cotten atropella y mata a dos celadores y circunstancialmente libera a cinco reclusos que trabajan en la reparación de un camino de terracería. Dos son afroestadounidenses.

Años después del secuestro, por denunciar en un periódico a la mafia, Doyle narraría cómo el largo monólogo de Cotten, en su calidad de parapléjico, era semejante al experimentado por él durante su cautiverio.

¿Te das cuenta? —repetía en voz alta ante su hija—, no tienes salida en esos difíciles momentos. Estas paralizado por el miedo de morir. Estás consciente que una lágrima no conmovería a don Adelpho para salir del embrollo… Ni la magia argumental de Hitchcock… En mi caso, simplemente defendí mi verdad y asumí las consecuencias…

Y Doyle, dijo, pudo escuchar su propia risa de demente.

Don Adelpho detuvo la ejecución al comprobar que Doyle admiraba a Benito Mussolini. Lo recordaron toda una noche mientras cenaban espaguetis con albóndigas y bebían cerveza.

Octave aprendió, por boca de Mabelle, que era mejor guardar silencio mientras no tuviera un dominio absoluto de las ideas.

La familia seguía atada al resentimiento racial, poco discernido.

Resentimiento heredado.

—Tu abuelo quedó libre sin dar muestras de debilidad. Es la lección que aprendimos. Ahora estamos convencidos que los herederos de Mussolini somos los verdaderos guías morales de Quebec… Nuestro rechazo a las ideas comunistas y de pureza racial, acrecientan al país… Vale la pena nuestro sacrificio.

Julien Doyle, después de su liberación, no dejó de escribir y denunciar. Y don Adelpho avaló sus ideas.

Su resentimiento racial merecía ser ley.

Y logró tener seguidores.

Después de su muerte, familiares y amigos preservaron parte de su legado en la Legión.

Y sin ánimo de contradecir, los Gallipeau honraron su memoria.

HEMEROTECA: pro45

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SANGRE EN DISCORDIA

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—Vaya y fíjate bien por donde tenemos algunos granos de pus… Por ejemplo, en el distrito de Ahuntsic-Cartierville, del lado norte; por la riviera Des Prairies, los haitianos, tailandeses y libaneses superan a los italianos. Ahí tenemos un claro problema, porque hay demasiadas madres solteras y sus hijos crecen en las calles. También te recuerdo que el barrio Ahuntsic reagrupa a la zona residencial y las familias de bien, en su mayoría son italianas… En los otros cinco barrios, los árabes, haitianos y tailandeses se reproducen como hongos…

—¿Te refieres a la Bordeaux-Cartierville, Nicolas-Viel, Sault-au-Récollet, Saint-Sulpice et La Visitation?

—Exacto amiga… Son una plaga los haitianos, Dios mío… Fíjate bien en la Bordeaux-Cartierville, donde más del cincuenta por ciento de los vecinos son inmigrantes… La venta de drogas es descarada y la prostitución y violencia avanza hacia los otros distritos aledaños… Un asco. Pierril me reveló que los libaneses le trabajan a la mafia china. Porque has de saber que ahora los chinos quieren poblar ese distrito…

—¿Nooo? ¿Es en serio, Mabelle?

— ¿Entiendes ahora, porque tenemos que seguir con nuestra cruzada?  El boulevard Henri Bourassa ya es de los negros. Muy pobres. Por eso los indianos, pakistaníes y árabes tienen el control del  comercio. Los italianos están conscientes del peligro, pero están a la espera de que el gobierno actúe. Por eso nosotros tenemos que adelantarnos…

— Claro, claro. El Gordo ya invitó a otros compañeros del ejército y dice que hasta un capitán primero que acaba de regresar de Afganistán, tiene interés en conocer la Legión…

—Y agárrate… Pierril y otros funcionarios del Ministerio de Inmigración, hablaron con el director del Hospital psiquiátrico del Sagrado Corazón, el de la Bordeaux-Cartierville y le confirmaron que tienen cerca de mil internos, la mayoría negros y con problemas mentales. Imagina la cantidad de locos peligrosos que hay en las calles…

—¿El del boulevard Gouin?

—El mismo. Lo bueno que algunos enfermos mentales acceden a ser monos de laboratorio y experimentan con ellos nuevos medicamentos. De algo deben servir…Y estamos hablando que en ese hospital trabajan más de cuatro mil personas, entre ellas unos cuatrocientos o quinientos médicos, psiquiatras y psicólogos.

—¿Tanto personal para quinientas camas? Increíble… Por algo están ahí, en ese distrito…

—El pabellón de los locos, el Albert-Prevost, es insoportable, me lo comentó Pierril. Hay mucho negro ahí y dan miedo.

—Los mismos problemas tenemos en toda la ciudad… Mientras nuestros parlamentarios sean minoría, estamos amolados, amiga…

—En eso te doy la razón. Las leyes, las malditas leyes son un reflejo de esta falsa democracia que nos destruye poco a poco. La francofonía se ha impuesto, de ello no hay duda. Pierril me dijo que estamos ocho a diez, pero los anglófonos liberales y conservadores echan sus desechos en nuestras calles, escuelas y viviendas. Es su manera de destruir nuestro origen, nuestra sangre y nuestros valores cristianos. Son unas lacras…

El Gordo dice que los distritos tienen que revalorarse por etnias, sería lo justo. No podemos mezclar a nuestros hijos con la semilla podrida de las minorías, principalmente de los cobrizos y negros.

—Exacto, amiga, exacto. Gerald está en lo cierto. Los cobrizos y negros son los responsables de tanta violencia, vicios y promiscuidad. Solo es cosa de meterse a sus departamentos. Viven como cucarachas, como ratas. Apestan… Nos han llenado de chinches y piojos… Dios bendito, solo de recordarlo tengo ganas de vomitar.

HEMEROTECA: pro41

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SAGRADA CRUZADA

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“Todo es bueno cuando es excesivo”, resumió Pier Paolo Pasolini en las primeras escenas de Saló.

La Italia fascista agonizaba y la represión nada selectiva iba en aumento.

1944-1945:

En menos de dieciocho meses, previos al fin de la segunda guerra mundial, el horror y el dolor abonaban resabios y vergüenza.

Su carga funesta alimentó de carroña los ríos, lagos, valles y florestas de la provincia quebequés.

Los fascistas católicos y marxistas ortodoxos prolongarían la guerra.

Los Gallipeau, Garçan, Doyen y Bonneto, como a muchas familias de Quebec, fueron amamantados con historias terribles de represión y saqueo.

Benito Mussolini y Adolfo Hitler alentaron el exterminio de seiscientos mil italianos, a nombre de una supremacía racial y apetito colonizador.

Fascistas y nazis hicieron alianza en esa sagrada cruzada, anticomunista y antisemita.

Proletarios y empresarios judíos e italianos terminaron en las mismas cloacas.

El Adriático, Tirreno y Jónico abrevaron su sangre y alimentaron de cadáveres y metralla a la fauna marina.

Los herederos ideológicos, bajo la guía espiritual de cardenales y camisas pardas y negras, eran conscientes de la necesidad de la poda clasista y racista con propósitos preventivos y curativos.

Los miserables negros, amarillos y cobrizos, y comunistas de piel ensabanada y barba en cascada, no tienen cabida en una sociedad donde predominaba el orden, el trabajo y la familia francosajona.

Mussolini le declaró, en octubre de 1922, al corresponsal de El Chicago Tribune:

—No tenemos más que un amor: Italia. ¡Ay de aquél que quiera dañarla! La Biblia dice en su doctrina ojo por ojo, diente por diente. Nosotros decimos: dos ojos por un ojo y dos dientes por un diente.

Y en una arenga de 1923 en Roma, advirtió:

— Libertad, sin orden ni disciplina significa disolución y catástrofe…

Bela  Garçan lo recordó ante Renna mientras observaban a los maltrechos muchachos negros.

Un policía rubio, de nariz retorcida por su afición a los cuadriláteros, no daba tregua.

Los machacaba a puñetazos.

Brochazos de sangre lo enrojecían, de pies a cabeza.

—Hace su trabajo… —dijo Garçan, chupeteando el habano apagado.

Renna tuvo deseos de auxiliar al decano boxeador, entregarle su hacha vengadora.

Encendida, recordó un breve texto del apóstol Mateo:

Y el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego.

Su abuela merecía la ofrenda.

La poda del mal estaba en proceso.

No se detendría.

Desde niña le habían enseñado a desconfiar de las gentes de color y de los inmigrantes mexicanos.

La misma fobia sentía por los caribeños, africanos y chinos.

De los chinos, su temor era aún mayor.

De acuerdo a sus padres, dos grandes hambrunas les despertaron  un gusto obsesivo por los insectos, gatos, perros y humanos.

Pierril era un niño cuando tuvo acceso a imágenes sobrecogedoras de la China maoísta: de 1958 a 1962, más de quince millones de chinos murieron de hambre.

No faltaron actos de canibalismo.

Lo mismo ocurrió en el siglo XIX.

Mabelle le regaló varios libros que recrearon esa tragedia del país asiático. Uno, La Buena Tierra, de la estadounidense Pearl S. Buck.

Memorizó, como una especie de tatuaje, un fragmento que repitió en una de sus intervenciones de la Legión Juvenil.

“Un día, su vecino Ching, consumido hasta parecer menos que una sombra humana, llegó a la puerta de Wang Lung y dijo moviendo temblorosamente sus labios secos y negros como tierra:

“—En la ciudad se comen los perros, y en todas partes los caballos y aves de todas clases. Aquí nos hemos comido las bestias que labraban nuestros campos, la hierba y la corteza de los árboles. ¿Qué más nos queda para alimentarnos?

“Wang Lung movió la cabeza con desesperanza. En su regazo yacía la leve esquelética forma de su hija, y miró hacia aquel rostro delicado y huesudo, hacia los ojillos punzantes y tristes que le seguían incesantemente. Cuando su mirada se cruzaba con aquella mirada patética, por el rostro de la criatura pasaba invariablemente una sonrisa que a Wang Lung le partía el corazón. Ching se le acercó más.

“—En el pueblo están comiendo carne humana. Se susurra que tu tío y su mujer la comen. De otra manera, ¿cómo vivirían, y con suficientes fuerzas para andar por ahí, ellos que nunca tuvieron nada?”

Los padres de Renna responsabilizaban de la descomposición social a los africanos e hispanos. Según Pierril, eran los verdaderos culpables  de la violencia callejera y las narcoadicciones.

Por ellos, en las principales ciudades de Canadá —por ejemplo, Vancouver, Calgary, Toronto y Montreal—, pululan psicópatas, heroinómanos, cocainómanos, mariguanos y consumidores de LSD.

—Están  descerebrando a nuestros jóvenes para convertirlos en zombis y destruirnos. La Legión debe evitarlo.

Renna, alimentada desde niña de tal tesis de odio, se excitaba al ver y escuchar a los dos negros clamar por su vida.

Su verdugo, imparable. No paraba de golpearlos.

Lo imaginó torturando a la abuela.

—¡Si, si, fue Abbas, fue Abbas!

—¿Quién?

—¡Abbas, El Etíope…!

Garçan al escuchar el nombre encendió con parsimonia su habano. Su rostro cárdeno, impúdico y cruel, reapareció tras la llama del pequeño mechero de oro, regalo de don Adelpho.

La paliza fue filmada por dos cámaras.

El video alejaría al par de pandilleros del negocio.

Abbas Larbi era una pieza cambiable.

La Legión recuperaría su mercado de narcóticos e influencia política en los distritos de Notre-Dame de Grâce, Lachine, LaSalle y Côte des Neiges.

Nuevos rostros, nuevas ideas, nuevas reglas…

—Los maricas y comunistas se irán al infierno —barbotó en voz baja.

HEMEROTECA: tvnote

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Los hijos del odio

ADRIEN ARCAND

los hijos7

En formato de historieta.

La idea fue propuesta por Octavie. En estos tiempos, explicó ante sus compañeros, pocos leen y prefieren ver televisión o meterse en las redes sociales.

—¿Entonces cuál es el fin de publicar una historieta? —cuestionó Isabelle Laveseur, frondosa y rosácea de frente a pies.

—Cumplirle a la Legión y ser más pedagógicos con los niños…

No hubo más cuestionamientos.

Cada uno tenía en sus manos una copia del dummy de 32 páginas en blanco y negro.

Portada:

Adrien Arcand, Notre Guide

Primer rectángulo:

Linda Gallipeau me abraza efusivamente al verme. Ni una aguja cabía en el salón Azul del Hotel Paris.

Linda:

—Sígueme, Adrien nos recibirá en su habitación…

Karl:

—¿Cuántos estaremos con él?

Segundo rectángulo:

Linda:

—Tú y yo. Le interesó conocerte al saber que eres comerciante y haces continuos viajes a Europa.

Karl (pensando):

Espero no me use de cartero con sus contactos fascistas.

Tercer rectángulo:

Adrien Arcand escribía en su vieja máquina alemana un artículo que intituló: Parti National Social Chrétien.

(Onomatopeya de golpes: toc toc toc).

Cuarto rectángulo:

Animado por una fe inquebrantable en Dios, un profundo amor por Canadá, ardientes sentimientos de patriotismo y nacionalismo, lealtad y devoción completas al Soberano Gracioso que forma el principio reconocido de la autoridad activa y el pleno respeto por La Ley Británica de América del Norte, el Partido Nacional Social Cristiano de Canadá, se somete a la aprobación del pueblo canadiense, al mantenimiento del orden, a la prosperidad, a la unidad nacional, al honor para el progreso y la felicidad de un Canadá más grande, a los principios políticos, económicos y sociales enumerados a continuación, comprometiéndose solemne y formalmente a su aplicación práctica tan pronto como el electorado canadiense le haya dado su confianza.

Quinto rectángulo (Adriend Arcand abriendo la puerta y al frente Linda y Karl):

Adriend:

—Bienvenidos, amigos.

Sexto rectángulo (los tres sentados en torno a una mesa de centro):

Linda:

—Fue impresionante la respuesta de tus seguidores, Adriend.

Adriend (a Karl):

— ¿Usted asistió a nuestra asamblea?

Karl:

—No tuve ese placer, pero soy un lector apasionado de Le Combat National

Séptimo rectángulo:

Adriend:

—Enfrentamos una gran conspiración en el mundo para arrastrarnos a sociedades totalitarias. Debemos estar preparados, como ocurre en Italia y Alemania, nuestros aliados…

Octavo Rectángulo:

Karl:

—Memoricé una parte de su escrito La révolte du matérialisme y se la puedo repetir, si me lo permite.

Adriend:

—No alimente mi ego, monsieur Paquette.

Noveno Rectángulo:

Karl:

—Henry Ford dijo en 1921: “Elimine a cincuenta y cuatro judíos influyentes, y no tendrá guerras, revoluciones, colapsos económicos, crisis de desempleo o comunismo”. Este plutócrata judío de los reyes de las finanzas reside en Wall Street y tiene tanta influencia en el Kremlin como en la Casa Blanca. (Del articulo La révolte du matérialisme, publicado en 1966)

Decimo Rectángulo:

Linda:

—Mi abuela está segura que la guerra iniciada por Hitler es el mejor antídoto para limpiar al mundo de la peste roja atea y diabólica… La Suástica nos ha redimido frente a la presencia del comunismo ateo…

Onceavo rectángulo:

Adrien:

—Así es. Tiene razón  madam Colette, los fascistas antisemitas de todos los países han adoptado como emblemas la suástica, símbolo de su raza. Aunque el fascismo es enérgicamente nacionalista, encuentra en la suástica la clave de un internacionalismo que debe responder al internacionalismo judío, ya que la lucha no se puede ganar de otra manera. (Tomado del texto escrito en 1933 : La croix gammée ce qu’elle représente La croix gammée symbolise la lutte contre le destructeur de la race blanche.)

Doceavo rectángulo:

Karl:

—Espero poder dar mi aportación, si usted lo considera necesario.

Adriend:

—Estoy impulsando la creación de un nuevo partido, el Nacional Social Cristiano. Deje darle forma y tal vez lo busque para hacerle algunas consultas…

Treceavo rectángulo:

Karl:

—Mi fuerte son los negocios.

Linda:

—Con mayor peso, puedes apoyar la causa. Los hombres de negocios son el pivote del progreso en el mundo, no el asalariado que acaba creyéndose patrón y jamás ha pisado una aula universitaria.

adrienarcand

Adrien Arcand

VIDEOTECA: La piel – Curzio Malaparte

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Los hijos del odio

MIA ES LA VENGANZA

los hijos6

Pierril Gallipeau y Aldo Morel aguardaban ser recibidos por la ministra Ellada Lyubov.

El asunto de las bailarinas rusas apestaba.

Morel, su jefe, estaba metido en el asunto del tráfico humano, principalmente de strippers extranjeras.

El encuentro con don Adelpho Bonneto en Montebello, durante la madrugada, había confirmado sus dudas.

Pierril lo recordó mientras permanecían en el salón contiguo a la oficina de la ministra.

Él y Morel abordaron el helicóptero en el aeropuerto Internacional de Ottawa y descendieron en un amplio jardín trasero de Villa Provenza, en los suburbios de Ottawa. Dos hombretones de traje negro y cabello relamido los condujeron a una terraza de la mansión.

El mafioso italiano los aguardaba en bata de dormir y hojeando un periódico italiano. Bebía un vaso de oporto portugués.

El abuso del botox era evidente. Don Adelpho tenía el rostro abotagado. Los cortes en sus orejas y mejilla derecha evidenciaban su pasado pandilleril.

—Lamento lo de su madre —dijo al recibir el apretón de mano de Pierril. No abandonó su sillón reclinable—, una mujer como pocas, incansable y fiel a la familia.

Pierril aun evocaba cada gesto y expresión del viejo Bonneto.

Morel tenía sus manos embarradas de dinero sucio.

Sin embargo, en el Ministerio de Inmigración y Ciudadanía pocos burócratas salían bien librados de esa enfermedad.

El tráfico humano generaba escandalosas fortunas y redituables carreras políticas. Por lo tanto, moralizar el servicio público era un asunto complicado. La podredumbre alcanzaba a algunas alcaldías y al propio gobierno provincial de Quebec.

Bonneto estaba al tanto de lo ocurrido a su madre. El o los responsables del robo y la agresión difícilmente la librarían.

En el Ministerio de Inmigración sabían que los Gallipeau eran honestos y denodados defensores de la unidad familiar y la cultura quebequés. Les era indiferente la inmoralidad administrativa de los otros, mientras no fortaleciera políticamente  a las minorías étnicas, adversas a los intereses francófonos.

—Muchas gracias don Adelpho, le haré extensivas sus palabras a mi madre…

—En lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres. No tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos míos. Dejad lugar a la cólera. Dice la Escritura, querido señor Gallipeau: Mía es la venganza…

Don Adelpho era respetuoso del poder papal y de algunos cardenales italianos. Cada domingo asistía a misa y comulgaba, sin necesidad de confesarse con el sacerdote de la Iglesia del Sagrado Corazón.

Morel, por el contrario, navegaba en aguas distintas, muy turbias y peligrosas. Por el momento, su única aprensión era cubrir sus deudas y no descender de nivel social al que estaba acostumbrado. Ni su familia le importaba. Se consideraba un nihilista-hedonista, enamorado de la libertad y la buena vida.

Morel tenía hambre y no lo disimuló. Sin aguardar la invitación del mafioso empezó a picotear el platón de fruta. Su delgado bigote solar lo diferenciaba levemente de Pierril. Los hermanaba el mismo tono de piel, cabello y ojos. Morel era oriundo del poblado de Alma, un fiel militante del Partido Liberal y seis años mayor que su subalterno.

—La justicia quebequés está haciendo bien su trabajo, don Adelpho —asentó Pierril.

—Yo daré el pago merecido, dice el Señor —sentenció el italiano—. El apóstol Pablo no estaba tan errado. Y como se dará cuenta señor Gallipeau, hasta los gentiles tenemos derecho a ser vengados.

La mayoría de empresarios y políticos de la provincia conocían la magnanimidad del mafioso. Ninguno tenía el poder o las agallas de molestarlo.

Quebec le debía mucho.

Don Adelpho era prudente con las cuestiones soberanistas de los quebequés patriotas. Su constante contacto con los liberales le impedía comprometerse con el movimiento independentista o de contención migratoria.

Solo estaba de acuerdo en limitar la presencia de ciertas razas en la provincia. Lo hacía para no distanciarse de sus socios principales —en su mayoría supremacistas blancos—, y el progreso sustentable de la Nueva Francia, como llamaban a Quebec.

—La ministra está muy presionada, porque los permisos temporales llevan su firma, don Adelpho —intervino Morel—. Mi jefa quiere comprometer al Primer Ministro y no cargar ella con todo el fardo.

—Son documentos apócrifos, señor Morel —aclaró el mafioso italiano sin dejar de masticar un trozo de jamón ahumado con queso—. En su oficina, la que usted dirige, está el principal problema. Lo hemos investigado y estoy seguro que a esta hora los periódicos y noticieros tienen toda la información de lo ocurrido… Y tengo entendido, si no me fallan mis fuentes, que poseen audios y videos, que son pruebas irrefutables de sus errores…

Morel soltó el tenedor, como si recibiera una descarga eléctrica. Levantó su cara desencajada y pálida para enfrentar una mirada de burla. Don Adelpho se refocilaba de su decisión.

El fiel subalterno de Ellada Lyubov jamás imaginó que el misil estallara en sus manos.

Morel llevaba doce años hurgando los expedientes de cada nuevo inmigrante. Los últimos cuatro ministros, incluyendo Lyubov, nunca cuestionaron sus decisiones. Era muy cuidadoso con los detalles. Siempre evitaba hacer favores extraoficiales sin la venia de sus superiores.

Morel conocía sus límites y alcances.

Ahora era distinto.

Las conclusiones eran irrefutables bajo la horma del mafioso italiano: él o alguno de sus cercanos sería crucificado. Pensó en Pierril Gallipeau.

—Dudo que el problema tenga su origen en los pasillos del Ministerio de Inmigración, don Adelpho —intentó defenderse, sin mucha enjundia.

—Lo es, no hay duda…

—¿Y tiene usted algunos indicios que pudieran identificar al o a los responsables?

Don Adelpho saboreó la respuesta.

Un grueso cristal a prueba de balas lo protegía de sus enemigos y del frio invernal.

La nieve ocultaba el esplendor de los jardines y las baldosas de mármol italiano. Medio kilómetro de camino pavimentado con la roca Toscana, bordeado por un centenar de estatuas de gran tamaño. Representaban a los dioses y semidioses romanos.

Y corría una leyenda que aseguraba que en realidad las estatuas resguardaban los cadáveres momificados de sus principales adversarios.

Pierril intentó minimizarse, ser un objeto inanimado, como una de las estatuas de mármol.

Un detalle lo tranquilizó: de ser él el afectado, don Adelpho no hubiese aludido a su madre.

Sin duda, el sacrificable sería Morel.

En esos instantes añoró estar al lado de Madame Marguerete, apoyarla en su recuperación.

Sus hijos y esposa eran únicos y ejemplares, pensó. Y lamentó no haber disfrutado con ellos el fin de semana.

Una hora después del encuentro en el balcón, el mismo helicóptero que les permitió su arribo a Villa Provenza, descendió en el aeropuerto de Ottawa.

Ya en la antesala principal del Ministerio de Inmigración, Aldo Morel enfrentaba, en un prolongado silencio, su nueva encrucijada.

La instrucción del viejo capo fue contundente:

 Renunciar al cargo y asumir la responsabilidad legal y política.

Y tendría que acatarla.

Lyubov sobreviviría a la hecatombe. Su investidura quedaría intocada y designaría al nuevo director de Inmigración.

La secretaria particular de la Ministra, bella y elegante, se acercó a Morel y Pierril.

—La distinguida ministra los aguarda, señores, adelante, por favor.

Los dos obedecieron. Cabizbajos siguieron a la símil de Pamela Anderson, pero veinte años menor.

El millonario Larry Flynt, del imperio Hustler, no dudaría en contratarla. Hasta las tetas presentaban el mismo volumen y textura.

La ministra y su secretaria particular provenían de tierras ucranianas.

 Morel pensaba en su futuro.

Le tranquilizaba saber que en Atenas, donde sobrellevaría su exilio, tendría en su lecho a decenas de mujeres del mismo talante.

El maldito capo italiano no descuida detalle, reflexionó, sin disimular su enojo.

Morel administraría un centro nocturno de la calle Ermou, en la plaza Syntagma, junto a la sede del parlamento griego.

Lo cierto era que estarían bajo su resguardo las quince bailarinas rusas deportadas.

Y se lo dijo don Adelpho, antes de despedirse y soltar su rugosa y huesuda mano.

HEMEROTECA: Psicologia de masas del fascismo – Wilhelm Reich

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LA LEGION

Por Everardo Monroy Caracas

los hijos5

Renna fue la primera en hablar con Marguerete Gallipeau.

La anciana apenas pudo reconocerla. Sus ojos semejaban un par  de  arándanos silvestres nadando en sangre.

Tenía el rostro amoratado.

La abuela balbuceó el nombre de Pierril, su hijo menor. El único sobreviviente del matrimonio Gallipeau-Doyen.

Los otros seis vástagos terminaron en frascos y en una caja de seguridad del banco.

—No hables, abuelita… Ahorita te atiende la enfermera…

La habitación, amplia y sin ventanas, estaba equipada con un tensiómetro-termómetro electrónico. Un cable salía del ordenador y terminaba en el antebrazo de la anciana.

Quince minutos antes del arribo de Renna, la desconectaron del respirador artificial. Se había regularizado su pulso y el movimiento pulmonar.

El cabello blanco, escaso y pegajoso, apenas sobresalía en la blancura de la almohada y las sábanas.

—Quiero hablar con Pier…

—Está con el jefe Garçan, abuelita…

—Me duele el pecho…

—Ya viene la enfermera, no te agites. Estás en buenas manos y ya nadie va a hacerte daño…

Y en efecto, una enfermera rubia, alta y fornida, hizo acto de presencia.  Observó el monitor cardiovascular y palomeó los pequeños recuadros de una hoja. Después, volvió la cabeza para enfrentar a la joven.

—Usted debe descansar —exclamó, mientras preparaba un pañal destinado a la anciana—. Su mamá sigue en la cafetería y su hermano dijo que iría a atender el restaurante de la familia…

—¿Cómo sigue mi abuelita?

—Salió del peligro. Es una mujer muy fuerte y está rodeada de amor, que es el mejor medicamento.

—Me llama la atención la fotografía del buro…

—Es monsieur Romano Mussolini durante su visita a Repentigny. Madame Marguerete la pidió, porque estuvo presente durante la recepción…

—¿Usted conoció al hijo del Gran Mussolini?

—Lo conocí muchacha y también a su madre, en Predappio.

Las pupilas azul acerado de la enfermera, evidenciaron emoción al evocar su viaje a la provincia de Forlì-Cesena, Italia.

—Sí —suspiró Renna—, mi madre me ha hablado mucho de sus encuentros con la viuda del Gran Duce…

Marguerete volvió a quejarse, sin inquietar a la enfermera.

—Y no te preocupes por los responsables de este cobarde crimen… —reveló la enfermera—, ya fueron aprehendidos con la ayuda de la policía aliada a la Legión…

Renna sonrió y abandonó el sillón. Pensó en hablar por teléfono.

—Gracias a Dios, sabremos qué pasó y por qué golpearon a mi abuelita.

—Te adelanto que son negros y adictos, unos asquerosos… pero es mejor que vayas con tu mamá y le des la noticia. No te preocupes por tu abuelita, está en buenas manos. Este hospital es seguro. Todos los doctores y  enfermeras seguimos de cerca el estado de salud de Madame Marguerete. Te confieso que yo fui una gran admiradora de tu abuelo, un excelente periodista y poeta. Extrañamos su ausencia…

Renna besó la frente de su abuela y salió de la habitación.

Cuando la joven entró a la cafetería, Mabelle hablaba por teléfono.

La nieve semicubría parte del ventanal.

El exterior era un mural perlado, lastimado por la nieve. El movimiento humano, apenas perceptible.

Su madre hizo un ademán para que tomara asiento.

Renna prefirió ir al mostrador y solicitar una taza de café y un sándwich de jamón y queso amarillo.

 Era la hora del almuerzo.

—Ya tienen a los desgraciados —le dijo a su madre al retornar—, pero por el momento no serán llevados ante un juez.

—¿Han dicho algo?

—Mucho, según Bela. Parece que solo recibieron órdenes de un mafiosito de Montreal, pero no quieren precipitarse.

—Pero ¿por qué a la abuela?

—En una hora viene Bela y nos da más detalles. Me invitó a ver a esos criminales, pero prefiero no hacerlo. Ya se lo comuniqué a tu padre y hermano. Octave se hará cargo del restaurante mientras siga mi suegra en el hospital.

—Me gustaría ver a esos desgraciados…

—¡Renna, eso no es cosa de mujeres!

—Te equivocas, mamá. Los Gallipeau tienen que conocer de primera mano lo que pasó en casa de mi abuelita…

Mabelle sintió admiración por su hija. La chica tenia veintiún años, dos menos que Octave.

Recordó que a esa edad prefería no asistir a las sesiones secretas de su padre o suegro con los legionarios de Repentigny, en su mayoría comerciantes y profesionistas.

Su madre, Madame Dionne, pintaba su raya.  En esas fechas, los soberanistas radicales, de filiación marxista-leninista, tenían la atención de los quebequés. Los fascistas debían combatirlos.

Por lo mismo, los nacionalistas católicos aguardaban su momento para salir de las catacumbas, como afirmaba su suegro.

Nunca bajarían la guardia.

La Legión tenía la misión de formar a sus futuros líderes políticos, principalmente a quienes controlaban los aparatos de seguridad y justicia. Todos de sangre quebequés, francosajones y católicos apostólicos.

La presencia de Philippe Gallipeau —primo de Pierril— y Bela Garçan impidieron que Mabelle comprometiera su palabra. Cedió ante la valentía de su hija para enfrentar a los canallas que torturaron  a su suegra.

El jefe de la policía, de expresión festiva y en uniforme, auguraba óptimas noticias.

Renna lo imaginó.

Y antes de devolver el saludo, exclamó:

—Yo iré con ustedes al interrogatorio de esos gorilas, tío… Ya tengo el permiso de mi madre…

HEMEROTECA: tvnoras2-4-

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LA HERENCIA DE GARDEUR

Por Everardo Monroy Caracas

los hijos4

Treinta y tres kilómetros separan a Repentigny de Montreal.

En Repentigny conviven treinta mil familias. La mayoría es de piel rosada, cabello rubio y ojos claros. La ciudad fue fundada en el siglo XVI por el quebequés Jean-Bapstiste Le Gardeur, que mataba castores y comerciaba con su piel en Europa.

Para llegar a Repentigny es necesario cruzar el puente del río Des Prairies, la isla Bourdon y proseguir la marcha en automóvil entre una mole de construcciones de diversa geometría y color y parques sombreados por pinos, álamos temblones, abetos y arces con peluca de maple. En los bordes de la autopista 138, tampoco faltan los yerbajos de manzanita y las achicorias con sus lígulas blancas, que al recibir los rafagazos del viento se desprenden de las corolas y revolotean frente a los parabrisas como diminutas palomas.

Sin embargo, en invierno todo ese verdor intenso deja de existir y se convierte en una plasta espumosa, parecida a la crema chantillí, y únicamente se observan los esqueletos grisáceos de las coníferas.

 El valle de la floresta desaparece y se trueca en el territorio privilegiado de los muertos vivientes.

Pierril tuvo deseos de detener su marcha en un tramo de la avenida Sherbrooke, dentro del territorio montrealés, y beberse un par de copas de coñac.

Mabelle, Renna y Octave acordaron cuidar a su madre en el hospital. Un hecho imprevisible alteró sus planes. Por teléfono, Aldo Morel solicitaba sus servicios, porque le urgía redactar un informe pormenorizado sobre la detención de diez bailarinas rusas indocumentadas, acaecida dos días antes en un centro nocturno del viejo Montreal.

Ante la vehemencia de sus argumentos no pudo resistirse. Morel era su jefe. Trabajarían el fin de semana y durante la madrugada del lunes, un helicóptero los transportaría a Ottawa para entrevistarse con la Ministra de Inmigración y Ciudadanía, Simone Montand.

Ni a Montand y Morel les importó el asunto de la señora Marguerete Gallipeau, la madre de Pierril. Sin embargo, Morel le externó sus condolencias y prometió liberarlo al concluir la redacción del documento que Montand, a su vez, se lo enviaría al Primer Ministro de Quebec.

Pierril se lo externó a Mabelle, después comprobar que su madre ya no estaba en terapia intensiva y superaría sus lesiones.

El ataque a la señora Gallipeau —robusta mujer de ochenta y tres años—, indignó a la comunidad, tan blanca, rubia y quebequés, como sus vecinos.

El jefe de la policía de Repentigny, Bela Garçan, dio a la prensa los pormenores de lo sucedido: dos jóvenes de piel oscura y entre veinticinco a treinta años, entraron a la casa de la señora Marguerete Gallipeau por la puerta de la cocina y la sorprendieron en su recámara, donde descansaba. Iban armados con pistolas y tras atarla en un sillón, la torturaron para obligarla a decirles donde guardaba sus joyas y dinero. La mujer perdió el conocimiento y sus agresores huyeron, al suponer que la habían asesinado.

—Tenemos evidencias visibles de los delincuentes: huellas dactilares y cabellos que nos van a permitir darle caza a eso malditos negros, no se preocupen… —prometió Garçan a la familia Gallipeau.

—¿Por qué a nosotros? ¿Por qué a mi madre? —preguntó Pierril con indignación.

Garçan, flaco como una tabla y de epidermis naranja y pelo rojizo, respondió, después de aplastar su cigarrillo sin filtro en el cenicero del escritorio:

—En los barrios de Paul Valery y Madeleine de Vercheres viven las familias acomodadas. Por desgracia, en ese sector se encuentra tu madre y la vigilancia no es tan efectiva como quisiéramos… La zona se ha llenado de viciosos, Pierril… Tenemos mucha raza cobriza, negra y amarilla metida en nuestra ciudad y lo más grave: en la Unión de Municipios de Quebec pululan los comunistas y maricas.

En el cubículo del policía sobresalía un gran retrato donde aparecía una cincuentena de uniformados con rostro deslavado y cabello claro. Las mismas características físicas del personal administrativo y de intendencia.

En otros retratos, adheridos a los muros, aparecía Garçan con el Primer Ministro de Quebec, la alcaldesa de Repentigny y sus abuelos paternos en color sepia.

Pierril conocía a la alcaldesa, porque colaboró en su campaña preelectoral y era afín al movimiento soberanista quebequés. Sin embargo, los liberales y los novo-demócratas la tenían atada de manos e impedían que arrestara con sus policías a los inmigrantes sospechosos de no tener permiso de trabajo, residencia o la ciudadanía canadiense.

—Tenemos que hacer algo… —sugirió Pierril—. Hay que detener esta violencia. No es posible que unos negros indeseables actúen con tanta impunidad. Ayer fue mi madre y no dudes que mañana será alguien cercano a ti.

—Tranquilízate  —replicó Garçan—, haremos nuestro trabajo. Tu madre ya está estable y en dos o tres días regresa a su hogar. Un jardinero en la calle Jacques Plante, frente a la clínica dental donde trabajaba, vio a los dos negros en una motocicleta. Logró reconocerlos y eso va a abonar en su identificación. Muy pronto los arrestaremos, ya verás.

Garçan semejaba a un gánster sesentero y entre su voluminosa nariz galesa, prendían dos diminutos ojos de poseso, azules y helados. Las prostitutas temblaban al verlo por su afición a golpearlas, antes de satisfacerse sexualmente. Las violaba, pero era generoso con las propinas. Los administradores de los centros nocturnos cubrían los gastos y, en reciprocidad, la policía de Repentigny jamás los molestaba.

 Garçan tenía una fijación enfermiza con las mujeres judías y Pierril conocía la causa, revelada por su propio amigo: en la Francia de Vichy, su abuelo había pertenecido a la Wehrmacht alemana o Fuerza  de Defensa Nazi.

El coronel fascista filmaba a las mujeres judías ultrajadas y asesinadas con sus propias manos. El material gráfico fue descubierto por Garçan en una caja fuerte, cuando cumplió los dieciocho años. Tres días antes del hallazgo, su padre, un agresivo policía de Laval, fue ejecutado por pandilleros salvadoreños, mientras cenaba en un restaurante italiano. El viejo Garçan había cosechado lo que sembró: desvirgar a una inmigrante centroamericana de trece años, hermana de un jefe Mara. La sedó antes de cometer el ultraje.

La imagen y voz meliflua del jefe policiaco seguían presentes en Pierril, mientras estacionaba su Chevy azul metálico en las inmediaciones de un bistro del boulevard Henry-Bourassa.

 El frio laceraba, pero Pierril era inmune a sus efectos. Desde el vientre de su madre fue condicionado a las bajas temperaturas y aprendería a sobrevivir al largo invierno sin quejumbres o lloriqueos. Durante su formación preescolar, los maestros le repetían:

—En nada nos diferenciamos al comportamiento de la fauna salvaje… Somos tan semejantes a los caribús, castores, perros, gatos, coyotes, osos, cuervos o ardillas canadienses.

En el bistro departía en la barra una pareja —mujer y  hombre— con rastas y lentes negros. Pierril de inmediato los imaginó en la isla de Jamaica, por su piel, el acento y la vestimenta de colores fosforescentes. Los jamaiquinos siempre hablaban en inglés, por rebeldía a las políticas francófonas del gobierno de Quebec.

Pierril y su familia los repudiaban.

En sus conversaciones sacaban a relucir el comportamiento pedigüeño de las naciones africanas y caribeñas. Incluso, se alegraron de los afectos devastadores causados por el huracán Jeanne, en Jamaica: de los casi tres mil haitianos muertos, un noventa por ciento eran afrodescendientes.

En esa ocasión —sábado 18 de septiembre de 2004—, los Gallipeau organizaron una gran fiesta en el restaurante La Rachele.

Lo mismo había sucedido en agosto de 2005 con el huracán Katrina. Mil novecientos jamaiquinos murieron y la destrucción afectó a media isla.

En ambos festejos, la foto de Adrien Arcand —padre del fascismo quebequés—, galardonó la mesa principal de los comensales.

HEMEROTECA: mexico a traves de los siglos tomo 3