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Los Quiroga y otros relatos

EL AIRE ES BLANCO Y PURO…

coverRELATO 7

—Si niños, nuestros pulmones tienen entre setecientos cincuenta millones a ochocientos millones de alveolos y son los que filtran el aire y alimentan de oxígeno a nuestra sangre…

–¿Y qué es oxígeno, maestro?

—Es un elemento que nadie puede ver, pero que está en todas las cosas vivas y en el agua. Sin el oxígeno, no existiríamos en la tierra y jamás conoceríamos a Dios.

—¡Maestro, maestro! —Jean Duceppe, sentado al fondo del aula, acompañó sus gritos con el levantamiento de un brazo huesudo y pálido.

—¿Qué pasa, Jean?

—Si es tan importante para vivir, entonces ¿por qué mi Pére dice que no les venderá oxígeno a los negros, amarillos y cobrizos?

Chantal Durocher, carirredonda y mofluda respaldó lo expresado por su vecino de banca.

—Es cierto, profesor Bolduc… También mis parents lo comentaron…

La Ley 3456, aprobada por diputados y senadores conservadores, privatizó el aire. La gente de la calle estaba obligada a utilizar contenedores de oxígeno, atados a la espalda. De no hacerlo enfrentaban multas de mil dólares.

En caso de reincidir, los jueces ambientalistas encarcelaban o deportaban al infractor.

—0—

Aviso en lugares publicos:

Lugares ajenos al uso de bombillas de oxigeno: viviendas, templos religiosos, colegios, restaurantes, hoteles, tiendas, bares, teatros, cines, bibliotecas, discotecas y supermercados. También están exentos los parques públicos y centros comerciales.

—0—

—Bueno, entendamos que esas razas contaminan el medio ambiente —dijo el profesor Bolduc con los anteojos en la diestra y una regla plástica en la mano izquierda—. Viven en pocilgas y día y noche fuman opio, tabaco y mariguana; hacen ruido, tiran basura en nuestras calles y son los principales reproductores de ratas y parásitos que tantas enfermedades nos causan… Esa es la principal razón…

Los treinta y un niños, presentes en La salle 21 de Mars, parecían provenir de un mismo vientre.

Todos tenían el cabello amarillo brillante o rojizo; las iris azul turquesa, verde o violeta y la piel lechosa, rosada o nácar.

En la isla, dos de los diecinueve distritos (llamados arrondissements) pertenecían a los chinos, hispanos, africanos, caribeños, indianos, filipinos y a otras minorías, ajenas a las sociedades galesas y anglosajonas.

Los recursos naturales —agua, aire, minerales, árboles, petróleo, flores, pastos, etcétera— eran administrados por tres grandes corporativos y el poder ejecutivo, renovado cada cuatro años por el voto ciudadano. En el Primer Ministro recaía la responsabilidad de cobrar impuestos y organizar las fiestas patrias.

—Tenemos que cuidar nuestra bella mariposa que tenemos adentro —recomendó el profesor con voz pausada, paternal, y con apoyo de la regla, señaló el gran afiche del pizarrón, donde destacaban los pulmones humanos—. Ven…En este diagrama podrán observar las once partes de este importante órgano: la tráquea, la arteria y vena pulmonar, el conducto alveolar, los alveolos, el corte cardiaco, los diferentes bronquios, la laringe y la bifurcación traqueal… Los pulmones filtran el aire que respiramos y alimentan de oxigeno nuestra sangre… A ver, ¿alguien me puede explicar qué es la sangre?

Los pequeños alumnos guardaron silencio. Temían represalias, en caso de equivocarse.

El profesor René Bolduc, en cada clase, repetia:

—Es preferible no abrir la boca cuando la ignorancia camina en nuestra lengua. Únicamente las razas inferiores utilizan la boca para contaminar la inteligencia… Nunca lo olviden. Tienen la lengua corrompida por la violencia, la mentira, la falsa religiosidad, las borracheras y drogas… Su boca se convierte en una cueva de perversiones y pecados…

El profesor Bolduc se mesó su rubia melena —siempre lo hacía cuando algo le incomodaba— e insistió:

—¿Alguno de ustedes me puede explicar qué es la sangre?

La alumna Dumesnil izó la mano. Su mesa-banco se encontraba en la primera línea.

—Adelante…

—Es el líquido rojo que tenemos en el cuerpo y del que se alimentan todos los órganos de nuestros aparatos, como el respiratorio, circulatorio, digestivo, reproductor, muscular y nervioso… La sangre se forma con los jugos gástricos que se fabrican en el estómago y después corren por el intestino delgado donde hay millones de popotes que le dan de comer a los glóbulos blancos y rojos que forman nuestra sangre. Esos jugos gástricos son producto de todos los alimentos que nos metemos por la boca… Sin la sangre no habría vida, señor profesor…

—Exacto, exacto Adrienne… Maravillosa… maravillosa explicación… Denle un aplauso a su compañera…

Obedecieron.

Los aplausos provocaron que la niña Dumesnil, hija de un cardiólogo del hospital Saint Joseph, se pusiera de pie. En esa posición, sin sonreír, agradeció la deferencia con una inclinación de cabeza.

Un minuto después, retornó a su asiento.

—Bien queridos niños, ahora entienden, ¿por qué es tan importante el oxígeno? Nuestra sangre solo puede existir si tiene oxígeno y viene del aire que respiramos. ¿Han comprendido?

Los alumnos, al unísono respondieron:

—¡Síííí maestroooooo!

—Así que debemos darle gracias a Dios, a nuestro Primer Ministro, a nuestros legisladores y, sobre todo, a los propietarios de la Compagnie pour la vie et l’air pur Société Anonyme à Capital Variable por permitirnos vivir y ser libres y felices… Nunca lo olviden, niños: nuestro aire es tan blanco y puro como nosotros…

VIDEOTECA:

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LA GRULLA FAVORITA

coverRELATO 6

Cuando el Ártico se deshiele tendrán que aprender a nadar en el resto del mundo…

Guía Inuit

—Mira el soneto que escribí…

Sandhill continúa dormida. No escucha.

El día es diáfano.

Los chorlitos grises se dan vuelo: brincan y trinan en el solar.

Bendt ha ordenado que no tumben el comedero, construido sobre la solera frontal de la cabaña, cercana al ventanal de la recámara.

Su matrimonio es un fracaso, a pesar de compartir el mismo lecho.

Sandhill duerme bocabajo. Emite ruidos seseantes, de moribunda.

—0—

Bendt y Sandhill no tienen hijos.  Disfrutan sus vacaciones de verano en Pakua Shipi: reservación inuit construida al borde del rio Saint-Agustín.

Por sugerencia de la poetisa inuit Rita Mestokosho, los nativos acordaron cederle a la pareja la cabaña rosa, de la calle A, y, mientras los alfabetizan, enseñarles a pescar salmón.

Bendt aprecia la isla Dawson desde la habitación, construida con troncos de arce y roble.

Dawson es una plasta boscosa, venerada por los trescientos pobladores de Pakua Shipi.

En una de sus visitas a Montreal, Mestokosho sugirió viajar a la reservación y apoyar su reclamo: la apertura de un aserradero, manejado por empresarios ingleses.

De instalarse, acapararía la foresta de la región. Y sin duda, sería inminente la destrucción de su flora y fauna boreal.

Bendt trabajaba como académico en la universidad de Montreal y Sandhill era su alumna en la cátedra de letras inglesas.

En siete meses, Sandhill obtendría su licenciatura e intentaría conseguir en Inglaterra una beca para estudiar su Maestría.

—0—

Bendt Diamant estira el brazo y agarra la bitácora de viaje: libreta que utiliza como su diario personal.

En la primera página resalta un manuscrito de Rita Mestokosho. Es una escritora inuit de la región Mingan, nacida en la reservación Ekuanitshit, muy al sur de Pakua Shipi y ante la imponente isla de Anticosti.

Bendt había memorizado y traducido del francés al castellano aquel bello poema. Recostado y con los ojos cerrados, lo recita:

Mi escuela de pensamiento:

Es el bosque que empuja.

Es la calma del espíritu.

Es la libertad del corazón.

Es el caribú que espera.

Es Papakassik, el amo del caribú.

Mi escuela de pensamiento:

Es la montaña del norte.

Es la nieve que cae.

Es el viento que me llama.

Es el paraje donde el viento viaja libremente a través de las montañas y desciende siguiendo los grandes ríos.

Es ahí donde estoy tranquila, ahí donde vuelvo a encontrar la libertad de mis ancestros.

Mi escuela de pensamiento:

Es el territorio tradicional,

Es la inmensa floresta boreal.

Es allí donde las palabras cobran vida.

Es allí donde las palabras cobran verdaderamente un sentido.

Mi poesía brota de una lengua de tierra

que regresa de un largo viaje.

Mi escuela de pensamiento:

Es la planta que cura esta riqueza que cautiva mi espíritu

que nutre mi cuerpo,

que mejora mi suerte,

porque yo lo creo.

En cada instante que existe para la dicha de pensar

que yo soy una inuit hasta el fondo de mi alma,

un alma tan profunda como la tierra misma.

—0—

En Pakua Shipi es absoluto el silencio nocturno.

Encierra una tragedia cada cabaña de dos aguas.

El olvido del tiempo es tangible en las seis polvosas arterias sin nombre propio o sustantivo.

La arteria central, la East, está escrita con cuatro letras.

Las otras —A, B, D, G y H—, se han convertido en cementerios de cayucos, autos y camionetas carcomidas por la humedad y el hollín de las fogatas nocturnas.

De ahí la rebeldía, el enfrentamiento perenne de Rita Mestokosho.

Leer y escuchar su poesía no demerita su fuerza interior, el color del lenguaje primigenio, mecanografiado a través de un ordenador.

—0—

El soneto de Bendt terminaría en el cesto de la basura.

Lo sabía.

Le avergonzaba hacerlo público.

Su amigo y vecino, Louis Giffard, intentaba convencerlo de publicar sus reflexiones y poemas en un blog virtual o en Facebook.

Y, sobre la marcha, corrigiera ante los ojos del mundo.

—Bendt, yo permitiría incluso que tus lectores rehicieran lo publicado… Nada puede ser propio…

—0—

Bendt intuyó que su matrimonio llegaba a su fin, desde su arribo en avioneta a la reservación.

Sandhill, su grulla favorita —como la llamaba en los primeros encuentros—, dejó de pertenecerle tras su regreso de Londres.

Ocurrió un año antes, durante las vacaciones de marzo.

Sandhill ya no era la misma.

Y no le sorprendió.

Bendt entraba a la etapa madura.

Sandhill acababa de festejar su veintinueve aniversario.

Dos décadas de diferencia.

Mientras Bendt cursaba el primer año de carrera universitaria, Sandhill era parida en una clínica de Montreal. Su padre filmó el numerito.

Lo del soneto fue un simple ejercicio de muñeca.

Bendt corrobora la fecha en su reloj pulsera —martes 21 de julio— y una hora después intentará recuperar su capacidad de asombro al recorrer la rivera de Saint-Agustín e intercambiar palabras con algunos lugareños de sangre inuit.

Ahí descubre que predominan los niños llamados Nanuk —oso en castilla— o Singajik —lobo amarillo—.

Y niñas de nombre Nuina —pequeña nube— o Niviangua —pequeña hoja de árbol—.

La naturaleza imprime su cotidiana realidad.

Los inuits jamás niegan su dependencia a la madre tierra. Desde sus entrañas, escuchan el murmullo del mundo —presente y futuro— bajo el obligado vasallaje al conquistador europeo.

Sin embargo, existe una presencia animista, profunda y liberadora.

Es verdad, en ningún hogar falta el televisor de plasma, el teléfono celular, el ordenador con Internet y las botellas de aguardiente o tabaco.

El inuit es el guardián de la tierra.

Y lo repiten antes de abandonar la choza.

Rita lo recordó ante Bendt:

—Nosotros jamás seremos canadienses. Nosotros tenemos nuestra propia existencia como inuits. Porque ser Inuit significa ser humano, no canadiense. Un inuit es un guardián de la tierra y es lo que diariamente le enseñamos a nuestras niñas y niños.

Un reencuentro con la historia tampoco los reivindicaría ante el presente de Sandhill o Bendt.

Bendt tendría que reinventarse, bajar la vista con humildad, después del retiro en Pakua Shipi.

Los sueños y añoranzas en Montreal serian arropados con las planchas de asbesto y el calor del bullicio.

No hay soledad sin silencio.

—0—

—Buenos días, amor —saluda Sandhill y bosteza.

—Mira, ten, es tuyo —ofrece Bendt —. Lo intitulé Que el olvido no sufra

La memoria cabalga en la tristeza.

No hay potrero de amor que me retenga.

Lanzas coces, relinchas y en tu arenga

haces de los recuerdos mi entereza.

Que el olvido no sufra ni se abstenga

como el sueño senil de una burguesa:

fría, quejumbrosa, alma tiesa;

muy amante del lucro y la abadenga.

Tantas cosas vivimos en el lecho…

Y mentimos manchados de lascivia

sobre el tibio reflujo de tu pecho.

Mientras fundes el beso se solivia

este basto viril algo maltrecho;

tan enhiesto y mondas como una tibia.

Sandhill, duerme, ajena al arrullo de las palabras…

HEMEROTECA: Reyes Alfonso – Obras Completas 08

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NADA ES IMPOSIBLE

coverRELATO 5

La felicidad tiene demanda.

En los supermercados eslovenos es posible encontrarla en paquetes de medio kilo.

El polvo azul plumbago y azucarado debe diluirse en agua mineral.

Y ser ingerido dos veces por semana, antes de ir al sanitario.

La tristeza extrema difícilmente inoculará a la población isleña, porque una enfermedad de esa magnitud impediría la reproducción humana, el negocio privado: la fiesta.

Noël, nombre del producto, ya se había posesionado del mercado.

“En la Nueva Galia nada es imposible…”.

La consigna destacaba en una gigantesca mampara de lámina galvanizada, a la entrada del puente levadizo Le Sourire del rio La Cangrejera.

Bogdan Leblanc, al visualizarla, desaceleró la máquina de su BMW para permitir que Nitre interrumpiera el juego de su IPad e intentara repetir la consigna.

El barrio de Bratizlava era su pequeña patria.

 Razón de vida, poder para los galeses.

Por lo mismo, sus descendientes estaban orgullosos de su supremacía racial, ante la constante presencia de inmigrantes extranjeros, principalmente afros, latinos, asiáticos y árabes.

—¿Por qué nada es imposible, grand-père?

—Para los Leblanc nada es imposible. O dime, ¿la extraterrestre Pou ha sido vencida en tu tableta?

—No, la he protegido… y hemos derrotado a nuestros enemigos…

—Exacto. La única diferencia es que nosotros combatimos a nuestros enemigos de carne y hueso, gente como tú y yo…

—¿Como a los mexicanos que quisieron quitarle el restaurante a mi tío Janez?

—Exacto… Qué buen ejemplo. ¿Quién tiene ahora el restaurante?

—La tía Mateja y el tío Janez…

—Tuvimos que proteger a tus tíos… y lo mismo hicieron nuestros vecinos del barrio…

Nitre tenía los ojos azules y el cabello rubio de la familia. Su carita redonda, de piel sanguínea, estaba alejada de cualquier viso de infelicidad.

Ni siquiera la orfandad había mellado su optimismo de vida. Sus padres habían muerto en Moscú en un accidente aéreo.

 Sobrevivieron el niño y veintidós pasajeros.

El pequeño auto plateado proseguía su marcha. Desde el domo del puente, la isla aparecía brillante, sin nubarrones que la entristecieran.

El largo invierno había llegado a su fin.

Los enebros y jardines dejaron los grises plomizos de la nieve y el café tabaco de los árboles pelones.

Todo era verdor con manchones multicolores.

En los veintiocho barrios de la Nueva Galia predominaban las azucenas de un rosa pálido y las lavandas como pequeñas gotas apiñonadas y violáceas; en los parques públicos, las caléndulas naranjas y amarillas, intercaladas con las achicorias silvestres: borlas de cabellera blanca y lacia.

Los niños las llamaban Dientes de león y las trasquilaban a punta de soplidos, entre correrías y carcajadas.

Los rosales de diferentes tonalidades y fragancias, también predominaban. Dependían del cuidado de los ancianos. Un edicto municipal lo especificaba. Era una manera de distraerlos para combatir sus temores y ansiedades.

Los floricultores de laboratorio generaron toda una industria en torno al entretenimiento de sus ancianos. La lista era infinita: palas, azadones, carretillas, mangueras con rociadores especiales, raspadores, rastrillos, pisones, machetes, cavadores…

Los Leblanc habían fincado su fortuna produciendo fertilizantes extraídos del Atlántico para alimentar la belleza floral de la Nueva Galia.

En los puertos de Velenje, Izola y Kranj edificaron fábricas de harinas de pescado. A la floricultura le aportaban nitrógeno, potasio y fosforo.

Bogdan era la cabeza del clan, el responsable de entrenar a Nitre para relevarlo.

No confiaba en sus hermanos.

Grand-père… Grand-père

—¿Sí?

Bogdan miró al niño y sonrió.

Su rostro de ermitaño, peludo y rubicundo, protegía al otro Bogdan, menos idealista y paternal.

—No has tomado tu Noël —le recordó el niño al abueloy tienes que hacerlo… No quiero verte triste…

—Disuelve un sobrecito en la Coca-Galia, por favor…

Nitre obedeció.

Desde los cuatro años había crecido con los abuelos y difícilmente se separaba de Bogdan. Ahora tenía trece.

La abuela Abeni nunca llevaba una vida pública. Sus días transcurrían dentro de los invernaderos de la finca.

Los psiquiatras le prohibieron intimidar.

La prudencia era el mayor don de Nitre. Su abuela no le generaba confianza. Odiaba el color de su piel y acento extranjero.

Grand-père, ¿cuándo me vas a llevar a Paris, en donde vivieron tus grand-pères?

La imagen de la torre Eiffel estaba en el subconsciente del niño. Simbolizaba a la isla gala. En el gran rótulo de entrada, estaban hermanados la consiga y el ícono parisino. El mismo símbolo que era posible ver en todos los productos de los supermercados y oficinas gubernamentales.

—Lo haremos después de enterrar a tu abuela, te lo prometo…

—Sí, sí —exclamó Nitre y dejó entrever sus pequeños dientes frontales de nutria—. Ya quiero conocer a mi otra grand-mère… como me lo prometiste… ¿Recuerdas? Tan blanca y de ojos azules como nosotros…

—Te lo prometo… —asentó Bogdan—. Anda, anda, sigue jugando con tu IPad que aún queda tiempo… Hoy no dormiremos en casa… Iremos a Izola…

Los efectos del ácido lisérgico —Noël— empezaban a producirle felicidad.

Dio gracias a Dios por vivir en la isla y colmarlo de bendiciones.

En la Nueva Galia nada es imposible…

HEMEROTECA: Breve historia de la Gestapo – Sharon Vilches

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DOUBLÉ

coverRELATO 4

El estúpido cuñado —propietario absoluto de la finca y los establos— y el maldito Doublé, como se refería a ellos ante parientes y amigos, seguían enteros, felices y prestos a cobrársela.

—Imposible.

La palabra salió de la boca de Hatteras Roberval.  Intuyó que, en breve, finalizaría su paso por la tierra.

El perro no cesaba de ladrar.

Jean Alfonse había recuperado su lozanía facial por la milagrosa limpia táctil del vagabundo.

Lo creyeran o no, los resultados fueron sorprendentes.

Las verrugas y la piel cacariza, que avergonzaron al granjero durante treinta años, dejaron de existir.

—Te lo dije y no lo creías. El hondureño tiene las manos del Diablo —confirmó Marie Saguinay, esposa de Jean Alfonse.

El jorobado Diego Buendía con la cara chueca apareció en la finca de Emerillon, el sábado 31 de noviembre. Pidió un poco de agua y comida.

Jean Alfonse, trepado en el tractor, tiritaba y maldecía, porque había olvidado el chaquetón en el cuarto de máquinas. Le urgía arrastrar al establo el carromato cargado de paja triturada. Su rostro cacarizo, de cócora, fue devastado por un viejo acné y las verrugas.

Pensó en darle de comer al contrahecho y regalarle su costoso chaquetón ruso. Lo decidió al verlo en tan lastimera condición: amoratado por la baja temperatura, sediento, hambriento, semidescalzo y con un pantalón de mezclilla deshilachado y atado con un cordel y un suéter verde de lana, sucio y desgarrado.

—Puedes descansar unos días en la granja, amigo —ofreció al vagabundo.

—Debo seguir mi marcha, busco a mi hija que ha sido robada por unos criminales de mi patria, pero gracias por su generosidad, Monsieur.

—Siempre hay un poco de comida para todos, amigo.

El jorobado era observado por un enorme perro dóberman, encadenado a un enflaquecido enebro, rasurado por la tiricia otoñal. El animal tenía los ojos sellados por gruesas legañas. Estaba echado, inmóvil, casi moribundo.

Sin temor, el pequeño hombre de piel terregosa, caminó hacia el animal. Cariñosamente le acarició el lomo.

—Lleva una semana en esas condiciones por algo que tragó —dijo el granjero con evidente pesar—. Es como un hijo y creo que en cualquier momento se me muere.

—No, no puede morir porque de hacerlo usted también muere. Hay un propósito maligno y debemos evitarlo, porque el mundo debe ser cuidado por corazones nobles…

El granjero, intrigado, frunció el ceño y olvidó los rigores del frio.

El vagabundo, de un bolsón negro que colgaba al cuello, extrajo un puñito de hojas secas. Las remojó con su saliva. Una parte del menjurje terminó en los párpados de la bestia hasta deshacerle las costras verdosas.

Después, lo forzó a abrir las fauces sin temor a ser atacado. Finalmente, lo obligó a tragar un poco del menjurje sobrante.

—El secreto está en las manos y en ti, Jesús Santísimo —murmuró el jorobado, inmerso en sus oraciones e indiferente a la presencia del granjero.

Marie Saguinay observó la escena desde el ventanal de la cocina. Presurosa salió al porche, aun con las manos enharinadas por preparar una tarta de manzana.

En los instantes que pisaba el primer escalón, escuchó los gruñidos de Doublé y le sorprendió verlo entero, con sus cuatro patas  erguidas y lamiéndole las manos al sanador.

—¿De dónde es usted? —Marie preguntó desde el cobertizo.

—De San Pedro Sula, Honduras, Madame… Soy centroamericano…

El jorobado de cabellos erizos, parecidos a un puerco espín, torció la boca en un intento de sonreír. Macabramente dejó entrever una parte de su destruida dentadura.

Jean Alfonse descendió del tractor. Su respiración de fuelle, por el abuso del tabaco, pudo percibirse desde el porche. El granjero no logró disimular su repentina alegría. Estiró sus potentes brazos para rodear con calidez al centroamericano. Y le plantó un besó en la frente.

Doublé representaba mucho en su vida emocional.

El granjero ignoraba que su cuñado, Hatteras Roberval, había intentado envenenar al mastín, inyectándole un poco de mercurio, extraído de un termómetro.

La mujer reculó y de espaldas ingresó a la casa. Desde la sala, llamó a gritos a su medio-hermano.

—¡Tenemos al demonio en la granja! ¡Tienes que verlo! ¡Ha curado al maldito perro!

Hatteras Roberval, echado en su cama y en bermudas, veía un programa de televisión.

—¡Tienes que ver esto, Doublé regresó del infierno! —repitió la tosca mujer cara-de-bruja, transfigurada por el asombro.

—No digas pendejadas

El hombre abandonó la cama y descendió las escaleras.

La mujer y él salieron al porche.

En esos momentos, el jorobado pasaba sus rudas manos en la cara cacariza de Jean Alfonse. Asombrados observaron cómo, poco a poco, su piel volvió a retomar la lozanía de antaño, la de sus tiempos mozos. Las dos horrendas verrugas de la nariz y el pómulo izquierdo desaparecieron.  Ocurrió lo mismo con su cara pedregosa.

—Imposible  —musitó Hatteras Roberval y sintió que la sangre escapaba de su cuerpo.

Doublé, al olfatear a la pareja bajo el cobertizo, tensó la cadena y empezó a ladrar con furia.

—Te lo dije… Te lo dije —balbuceó la mujer—, estamos perdidos… Nos iremos al infierno…

El jorobado liberó de la cadena a Doublé…

HEMEROTECA: 11.06.2019TvNot

 

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MARIE-HELÉNÉ

coverRELATO 3

Tupiza, Tupiza…

Me hincha las pelotas estar aquí.

Veinte horas en vuelo ininterrumpido de Montreal a Tarija. Ahora en Tupiza, una plancha barrosa e inhóspita con barrancones pelones y sedientos,

Un ancho río de aguas sulfurosas separa al poblado de los caseríos de adobe o ladrillo hasta perderse entre dos quebradas desiguales de peñascos porosos, color sangre.

El Tupiza sigue arrastrando en sus efluvios el sudor tóxico de los mineros de La Angostura, Charaja, Tambillo o Suipacha…

La catedral apenas ensombrece al parque Independencia, donde intento darle la razón a Leobardo Yáñez, el Mocoso.

Las campanas están mudas. Los pájaros trinan y trinan sin desgañitarse.

Una treintena de catitas serranas, parecidas a cotorras, se posan sobre una cornisa frontal del templo bellamente labrado en cantera.

El arte colonial es vigente sin su cuota de sangre.

Un enjambre de colibrís revolotea entre rama y rama ante la indiferencia de los ancianos acuclillados en los poyetes de sus puertas.

Un empresario inmortalizado en bronce —Avelino Aramayo Ovalle—. Desde su poltrona y pedestal no disimula su aburrimiento.

El Mocoso es un cholo de mirada huidiza y astuta; secuela genética de los chichas y quechuas bolivianos.

De mi parte hay impaciencia. No la disimulo.

Lalo Herrera, el otro petimetre ladino, diestro en desollar a sus víctimas, tiene media hora de retraso. No altera nuestros planes.

—Seguro, señor Ríos… Herrera me dijo que a las seis…

El Mocoso intenta parar mi rabieta y arroja un escupitajo a los adoquines exteriores.

El vigilante del banco Prodem, algo sotaco y renegrido, nos mira de reojo. Impone mi porte: piel rosada, pupilas azul cielo y pelo ocre, casi a rape.

Mi aspecto de marine le impide recriminar al Mocoso por su lanzadera de escupitajos verdosos.

En Bolivia, los turistas y sus divisas someten a la autoridad local, como sucede en las playas mexicanas y españolas con los desmadrosos spring breakers.

De espaldas al vigilante, insisto:

—El trabajo debe realizarse antes de las diez de la noche en San Pablo, porque tenemos que estar a tiempo en el salar de Chaviri… —aspiro profundo y suelto otra ráfaga de vocablos–. Ahí, precisamente ahí, el jueves llegará a recogernos el helicóptero de la policía nacional de Oruro…

—La bolichiada lo tiene en cama, y yo se lo advertí anoche al verlo con su corteja

—¿Bolichiada? ¿Corteja?¿Qué significan esas putas palabras? Háblame en castellano, carajo…

–Echó parranda y se dio sus pericazos, seguramente. La corteja es su prometida… Lalo es un chango, perdón señor Ríos… es un muchacho y tiene usted que entenderlo…

El platón de pique macho seguía intacto en la barra, no así el tarro de cerveza.

Interrogar a Lamberto Cisneros, el Gargantudo, podría prolongarse uno o dos días, dependía del jale, de su disposición para darnos la ubicación del lugar donde inhumó el cadáver.

—Nada de negociar —me advirtió el senador Berlanga—. Nuestro único compromiso es ayudar a su familia, exactamente a los hijos y esposa…

La exigencia era una: desenterrar a Marie-Heléné Caron, la ex Miss Toronto 1998, y antes de incinerarla, cercenarle un dedo anular y cortarle un mechón de cabello.

El alcalde de Montreal estaba sentimentalmente ligado a ella y responsabilizaba al senador Luigi Berlanga de su desaparición. Quería estar seguro de su muerte.

Los negocios trastabillaban y los mexicanos llevábamos las de perder.

Abril era un buen mes en Tupiza.

El calor fresco se dejaba sentir en sus alrededores.

Los quechuas y aymaras —secos, enhiestos y muy abrigados—, se habían adueñado del mercado central y el comercio callejero.

No socializaban, observaban, mascaban hojas de coca o dormitaban.

En costales de hilaza o ixtle exhibían una variedad multicolor de verduras, frutas, yerbas medicinales, trozos de calhidra y granos comestibles.

Colores y olores penetrantes, agradables: granadas, carambolas, tunas, tomates, ocoros, guayabos, sandias, naranjas, guapurús, frutillas, maracuyás, achachairús, ambaibos, papayas, piñas…

Me había hospedado en el hotel Mitru, de mobiliario churrigueresco, donde me entrevisté con la segunda comandante de la policía nacional, Carlota Batista.

De sus manos recibí, en mi habitación, cuatro fotografías y un detallado informe  escrito sobre la detención e interrogatorio del Gargantudo.

—En San Pablo de Lípez están los dos arrechos que hicieron la chambonada y son los encargados de la iglesia… Los conoce el deslenguado de Lalo Herrera, búsquelo…

Después me enteraría, por boca del Mocoso, que arrecha o arrecho en la jerga boliviana es una persona joven de cascos ligeros y chambonar, meter la pata o fallar.

—El Mocoso ya lo contactó y nos reunimos a las seis de la tarde en la plaza Independencia –dije mientras revisaba las fotografías engrapadas en un ángulo de la carpeta.

La mujer policía, machorra y sin uniforme, iba enfundada en un holgado overol y tenis negros.

De acuerdo a la bitácora de viaje, necesitaba cuatro o cinco horas para arribar a San Pablo de Lípez.

Los ciento setenta kilómetros de carretera estaban en campo minado. El Jeep no garantizaba un final feliz, por haberle pertenecido a un taxista durante cuatro años.

Marie-Heléné Caron había comprado el boleto en una agencia de viajes de Montreal. El tours contemplaba una visita de seis días a los salares de Chaviri, Chiguana y Uyuni, donde su amante, el alcalde Pailliez, traficaba con litio y cocaína.

Tupiza, Tupiza…

Ni el chorizo o la carne frita de res con su ensalada y aderezo despertaron mi apetito.

Del pique macho únicamente probé las papas holandesas y combatí los ardores del picante con dos tarros de cerveza.

Lalo Herrera, en contra de su voluntad, incumplió lo pactado y a las seis veinticinco abordé el Jeep en el estacionamiento del hotel.

El Mocoso me aguardaría con las armas y explosivos en el entronque de la avenida La Paz y la carretera Tupiza-San Vicente.

—Lo degollaron esos culos —dijo el Mocoso al abordar el Jeep—y lo hicieron mientras se zampaba un trancapecho en su departamento, me lo dijo su hermano. También ejecutaron a su ñata, una mujercita muy chamaca… Son unos pitilleros de cagada

El Mocoso tenía identificada a la pareja de San Pablo. Por lo tanto, difícilmente pasaríamos desapercibidos en esa miserable comunidad indígena.

Mientras atardecía, nos arropamos en nuestros pensamientos durante un buen tramo.

El diálogo se reanudó al encender los fanales y las luces direccionales traseras.

El páramo y la bóveda celeste fueron engullidos por una bocaza oscura, inoculada de escarlatina y manchones dorados, titilantes.

—Se trata de un diacono roto, muy satuco, y recién llegado a la iglesia de San Pablo y tiene de pareja a una gringa muy guapa…

El Gargantudo los denunció durante el interrogatorio al no recibir los veinte mil dólares apalabrados. Les dijo a los pacos —o policías— que había asesinado a la birlocha güera —o extranjera— de un balazo en la cabeza. La enterró en uno de los escurrideros del salar de Chaviri, al noroeste del lago Kolpa.

—Yo quiero la plata, los veinte mil dólares o su equivalente en bolívares, y les entrego a la birlocha, no soy un burro

El diacono chileno y su esposa fueron los responsables del secuestro, según el informe de Carlota Batista.

La entrevista y tortura al Gargantudo tuvo lugar en el interior de una traila abandonada. Ahí permanecía hecho una piltrafa.

Ni el presidente de la república o el ministro de la defensa del estado plurinacional dudaban del profesionalismo de la mujer policía.

En Washington fue capacitada en ciencias criminalísticas por el FBI; militaba en un partido social antibolivariano y no ocultaba su gusto por las mujeres jóvenes y atractivas que enganchaba en sus discotecas y academias de artes marciales.

El senador Berlanga la contrató como informante y sicaria, alejada de los trasiegos del litio y la cocaína.

La responsabilidad del trasiego recaía en dos coroneles y un general brigadier del ejército boliviano, acantonados en Potosí y Sucre.

Ahora a mí me correspondía limpiar los estropicios y rendirle buenas cuentas al patrón.

Tupiza, Tupiza…

El Mocoso se apoderó de la radio y tuve que enjaretarme una sarta de melodías chicheñas.

En medio de la nada, entre oleadas de polvo purpúreo, nos cruzamos con dos destartalados turneros y una caravana de llamas sin arriero.

Casi a la medianoche hicimos nuestra entrada a San Pablo de Lípez. Nos dio la bienvenida un coro de gañidos perrunos.

Ninguna lámpara aluzaba los jacalones de adobe.

La oscuridad apenas era combatida por la luminosidad de una luna a punto de fenecer.

El Mocoso cortó con su concierto chicheño y se apropió de una pequeña subametralladora Uzi.

La iglesia estaba al final de la ranchería y frené ante un portón arcado, igual de terregoso y sin pintar que el muro y su torreta.

—¡Por atrás están los chanchos, señor Ríos!…–exclamó el Mocoso y de un salto abandonó el Jeep.

Lo seguí con un fusil de asalto, dos granadas de mano y la escuadra clavada en la cintura.

No se había equivocado el Mocoso, el diacono nos aguardaba pertrechado con una escopeta y empezó la batucada.

El Mocoso dio un respingo y una larga exhalación.

Y sin accionar la Ak 47, opté por lanzar una mazorca explosiva. Tras la deflagración, cesaron las detonaciones.

Un intenso olor a pólvora quemada y los ladridos desaforados de la jauría canina, confirmaron que continuaba consciente e ileso.

Y entonces, de la nada, escuché una voz femenina, trémula, desde el interior del jacal:

—¡Please don’t shoot, I’am Marie-Heléné! ¡Peter is dead…!

El Mocoso jamás se enteraría de mi hallazgo…

VIDEOTECA (Cine boliviano):

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LA CHOLA CARLA

coverRELATO 2

La ciudad quiere borrarla por negarse a abandonar la pollera de bayeta y la montera, tachonada de goma y yeso, de guerrera aymara.

Imposible dejar de observarla.

Pisa fuerte con sus botines de cuero brillante.

Y a la espalda, casi oculta, carga una brazada de chuspas de colores vivos, bajo el aguayo anudado al cuello.

—¡Chola, cholita, os quiero en mi pulpería! ¡Venid, venid, chola, cholita!

Lanza los gritos un tipo rechoncho y renegrido, sin importarle la presencia de los comensales. Sostiene una charola con salteñas rellenas de pollo y dos copas de refresco de tumbo.

El día es cálido.

Hay bullicio y polvo.

En una de las mesas leo a Faulkner. Mastico un trozo de charqui, picante y correoso.

El singani es ardiente e intento administrarlo para seguir ecuánime.

La bella chola de largas trenzas con tullmas de jacarandas entretejidas, se detiene bajo la fronda de un molle, frente a una vulcanizadora. Lo deshoja hasta donde alcanza.

En pocos minutos, la mujer rellena de hojas su escarcela de lana, atada a la cintura.

Después, en el mismo lugar, enciende un pitillo de tabaco brasileño.

No parece tener prisa.

Sus rasgos europeos en piel aymara la distinguen de su comunidad ancestral.

En la mesa contigua, dos franceses con ropas quechuas paran de engullir su sopa de maní. La dama de cara redonda, blanca y cabello oscuro y largo, hace un intento de tomar la videocámara para registrar la escena.

Su compañero, tan pálido como ella, la contiene, elevando la voz.

Attendez vous, il y a plus d’indiens dans la place… Vous devez économiser le film.

—Mais, elle est une très belle chola autochtone.

—Meilleur finir de manger et je vais demander plus de bière.

—¿Et pourquoi elle retire les feuilles du arbre?

—Parce que dans leur culture les Indiens utilisaient les feuilles à des fins religieuses.

El espigado hombre de chullo y unku andino, holgado y muy blanco, levanta el brazo derecho para atraer al mesero que, de inmediato, le toma la orden por escrito: dos tarros de cerveza Huari, de barril, y un platón de silpancho para compartir.

En un extremo de su jalqa tricolor destaca el logotipo del negocio: La Canchita de Concordia.

Tuve que interrumpir la lectura ante la visión de la chola y el breve diálogo de la dupla de galos, aun treintañeros.

—0—

No dejaba de sorprenderme El Divorcio de Nápoles de William Faulkner, escrito en 1925.

La historia de los dos marineros, un contramaestre, un cocinero y un camarero, está hilvanada a dos pistas: celos y amistad. Las tres prostitutas italianas, contemplativas y aquiescentes, aguardaban el anochecer para complacerlos en la cama.

El narrador —el propio Faulkner— intenta desmarcarse de la concupiscencia de sus acompañantes en el bar.

Y, en capítulos subsiguientes, entregarnos los pormenores de una aparente relación homosexual entre dos compañeros del buque, confrontados por una de las prostitutas con dientes de oro: George, segundo cocinero de sangre griega, y Carl, el camarero.

Por el comentario de un personaje intuí que ambos se reconciliaban.

“—Todo está en orden —dijo Monckton—. El perro ha vuelto a su vómito.”

Me faltaba leer un capítulo de los cinco y algo inesperado podía ocurrir.

—0—

Las hojas de molle proliferan en la ciudad.

Los árboles son resistentes a otras especies vecinas: palmas, jacarandas y eucaliptos.

Los cochabambinos viven sumidos en un vergel luminoso, incandescente, rentintado por los aguaceros de marzo.

Durante las fiestas de la vendimia, el tabaco, el aguardiente y las hojas de coca y molle alimentan a la madre tierra, dueña del universo: Pachamama.

En una semana, Bolivia entraría a la hecatombe de la fiesta precolombina.

Los indígenas desempolvarían sus mejores ponchos, lliqllas, calzones, polleras, unkus, polkos, aguayos, sombreros de hongo y monteras para agradecerle a su diosa andina el alimentarlos y protegerlos durante el año saliente.

Una ofrenda merecida en cada huaso, chacra y parcela de las quebradas, desiertos y mesetas. Otra vez resguardarían su agradecimiento bajo las piedras y techos cañizos.

Los pututos de cuerno de toro o cola de llama volvería a resonar sobre los arenales, valles y cordilleras del altiplano.

—0—

—Esa cholita se llama Claudina Morales. Es de Cochabamba  —me confió el mesero bembo, al darse cuenta que mi atención continuaba atada a la nativa, fumadora de tabaco amazónico.

—¿Y por qué he de creerle, mi buen?

—Porque mi Patrón le compra jalqas y chuspas para regalar en diciembre… Su madre y hermanas las tejen y ella es la encargada de surtir a los clientes de La Cancha. Viene por estos rumbos una o dos veces al mes…

—No me diga… Seguramente tiene su número telefónico…

—0—

Durante el atardecer, algo embrutecido por los embrujos del singani, decidí treparme al teleférico y guarecerme, en el cerro de San Pedro, bajo el dosel del Cristo de la Concordia.

Desde ahí contemplaría el imponente estadio Félix Capriles, donde, en tres días, expondría mi cetro ante un boxeador cochabambino. De paso, también intentaría olvidar los cien dólares que pagué por los once dígitos —e incluyo los tres del área—, de un teléfono celular, tal vez inexistente.

No pude contenerme.

Sin detener mí marcha, en el cruce de la Carlos Muller y la avenida Heroínas —cerca del parque De la Autonomía—, me olvidé de Faulkner, de su rescatable libro de cuarenta y dos cuentos.

Desenvainé mi teléfono portátil.

“Cinco… nueve… uno… cuatro… cuatro… dos… cinco…dos… nueve… seis… nueve…”

El repetitivo repiquetear del celular horadaba mi entendimiento, adormecido por el aguardiente. Difícilmente podría sustraerme a la imagen de la bella chola de la avenida Ayacucho.

—¿Síííííí?

Voz femenina, coqueta, de dama fácil, imaginé.

—¿Perdón, quién habla?

Carla Ortiz Oporto, a sus órdenes…

—¿No es Claudina Morales?

—¿Es una broma, verdad? Estúpido…

Y enmudeció el transmisor inalámbrico, regalo de mi novia.

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LA AMIGA

coverRELATO 1

Sucedió en domingo…

—En media hora estoy de vuelta —dijo su marido tras abandonar la cama.

Y François Quint no regresó.

Por la noche, Véronique Verrazano supo que enfrentaría sola las deudas —hipoteca, seguro del automóvil e intereses de la tarjeta de crédito— y educar y alimentar a sus dos hijos.

Un hecho del que no estaba preparada emocionalmente.

—Te espero para que desayunemos y me ayudes a vestir a los niños para llevarlos al parque —dijo y la respuesta fue que regresaría en media hora.

No ocurrió.

Véronique comprobó que François utilizó en su huida la bicicleta. De igual manera confirmó que no tuvo la intención de dejarla desamparada. En la caja musical de madera austriaca, regalo de su abuela, aun resguardaba las dos tarjetas de crédito, los mil doscientos dólares canadienses, los cuatro pasaportes, la memoria USB con videos de sus mejores encuentros sexuales y el álbum fotográfico familiar.

Alexandre y Geordenne no preguntaron por su padre durante el día. Tampoco les extrañó que su madre cancelara la salida al parque. Se refugiaron en su cuarto y la noche los alcanzó frente al televisor, comiendo sándwiches con Nutella y mermelada de fresa.

Su madre no cesó de sollozar toda la tarde y evitaron buscarla.

Era lo mejor para aprovechar al máximo su Play Station y las golosinas.

“La tediosa historia de siempre”, repetía Geordenne cuando su padre se ausentaba, después de discutir con Véronique.

Geordenne y su hermano dormirían hasta las nueve de la mañana del día siguiente, al regresar su madre del trabajo. La escucharían gemir, golpear el muro del baño y preguntarle a Dios por qué no le permitía ser feliz, tener al marido indicado.

Los hijos pasaban a segundo término.

En la oficina del Ministerio del Trabajo, donde laboraba como afanadora, intentó encontrar la causa de sus constantes peleas con François, diez años menor que ella.

Mientras restregaba los sanitarios y aspiraba las alfombras, recordó lo ocurrido horas antes de que François abandonara la cama y bebiera  un par de cervezas en el balcón. Lo observó meterse sus apretados jeans de rockero, la playera negra con el oso polar estampado y el chaquetón térmico. Posteriormente, descolgó el manojo de llaves del tablero de la cocina y salió del departamento.

No era la primera vez. En esta ocasión, Geordenne intuyó que no habría boleto de retorno.

—0—

—Te noto muy callada, Véronique, ¿tienes problemas?

La repentina presencia de Ruth, su amiga y compañera de faena, la hizo respingar y soltar el mango de la aspiradora.

Amanecería en una hora.

Aun le faltaba vaciar los cestos de basura de los escritorios y limpiar la oficina del director del departamento de capacitación y empleo.

—Ay Ruth, qué susto me diste —exclamó Véronique, tocándose el pecho con sus huesudas y pecosas manos.

—¿Estás bien?

Ruth Tourrete la conocía desde los diez años de edad. Difícilmente podría pasar desapercibido el comportamiento de su amiga.

—François se fue de la casa y no se llevó ropa, dinero y ni su cartera… Fue algo extraño, Ruth…

La mujer de cuerpo robusto, de jornalera rural; facciones delicadas y cabello plumbago, la observó con detenimiento. Le puso su calluda mano sobre el hombro.

—Vamos a terminar la faena y te acompaño a tu departamento. Ahorita tienes que tranquilizarte y pensar en Geordenne y Alexandre…

—Desde que perdió su empleo ya no fue el mismo —dijo Véronique.

—Sigamos con la limpieza —sugirió Ruth—, el personal no tarda en presentarse… Deja ayudarte aquí y nos apuramos… Vamos, amiga, ánimo…

Las dos mujeres en bata azul, pantalón blanco y guantes de hule negros, reanudaron la faena.

—0—

Las dos amigas abrieron la modesta empresa de limpieza. Una ex pareja sentimental de Ruth ayudó a obtener  el contrato de mantenimiento a treinta oficinas y seis baños.

De lunes a viernes, de tres a ocho de la mañana, realizaban la fatigosa faena.

Durante la noche del viernes salían a bailar y bebían cerveza hasta el amanecer. Los sábados dormían casi todo el día.

Y el domingo, Véronique y François lo destinaban a la familia.

Los niños lo sabían y nunca cuestionaban el proceder de sus padres.

La misma indiferencia filial la enfrentaban sus compañeros de escuela. Sus principales escapes emocionales eran el teléfono celular, los juegos virtuales y algunos programas de televisión.

Las noticias y discusiones literarias les aburrían.

Sus únicas referencias de la realidad cotidiana —o relacionada al pasado— las aprendían de sus maestros.

La misma historia de los miles de inmigrantes establecidos en Montreal. En su mayoría, optaban por alejarse de los problemas políticos de sus países de origen y concentraban su talento y esfuerzo en construir un clan sanguíneo y afectivo; divertirse y vivir en paz.

Ruth era lesbiana. Las leyes canadienses la protegían. Lo mismo ocurría con los fundamentalistas de la fe, los narcoadictos y alcohólicos o los militantes de credos políticos.

Los únicos inconvenientes que no lograban discernir, si así podrían llamársele, eran el amor y la libido. Meterse a esos terrenos espinosos, tan letales y adictivos como la heroína, podrían desencadenar graves problemas de esquizofrenia, violencia doméstica y suicidio.

—0—

Ruth y los niños asumieron su papel de Cruzados de la Libertad. Pactaron salvar a Véronique de la rutina y dependencia emocional.

El sábado por la noche, Ruth le pagó al Negro Cartier, un ex boxeador drogadicto y vigilante de un bar gay, para que buscara a François, clavara el cañón de la escuadra en su entrepierna y exigiera que el domingo, antes de las diez de la mañana, abandonara Montreal o lo capaba y mataba a su familia.

El plan funcionó…

Montreal es una mariposa nocturna de luna llena…

HEMEROTECA: El sexo y los politicos – Fernando Bruquetas de Castro

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ROJO ROJITO

coverEPILOGO

Tan sola estoy. Difícilmente alguien puede notarlo.

Hugo decidió vivir por vivir, después de ser enjaulado en Caracas e incorporarse al ejército bolchevique de su tocayo, según su propia expresión.

Rojo rojito, repetías y confiabas en el éxito de la aventura: partir a la insurrección desde el seno de las Fuerzas Armadas Bolivarianas de Venezuela.

El exilio nos quitó la venda de los ojos.

La revolución iba encaminada al fracaso al no aliarnos con la burguesía demócrata de los Estados Unidos, Francia, España e Inglaterra, como terminó sucediendo el 6 de diciembre. Perdimos la Asamblea Nacional.

Los chavistas quedamos aislados. Nuestra única aportación histórica fue haber sacado de la miseria a tres millones de venezolanos y darles voz.

Una economía petrolizada como la nuestra estaba encaminada al fracaso.

En tus tertulias de los viernes, Hugo, no parabas de citar a tus autores preferidos, como al padre del Ejército Rojo, León Trotsky:

“Tenemos que aprender a trabajar correctamente, con precisión, limpieza y economía. Necesitamos desarrollar la cultura en el trabajo, la cultura de la vida, la cultura del modo de vida. (…) No existe palanca apropiada para elevar de un solo golpe el nivel cultural. Esto requiere un largo proceso de autoeducación de la clase obrera acompañada y seguida por el campesinado.”

Y de repente pluf, el globo se desinfló: los venezolanos fuimos doblegados por el estómago y el exceso de discursos.

El imperio nos obligó a hacer largas colas para comprar huevo, harina de maíz, papel sanitario, aceite comestible, carne de cerdo y azúcar…

Y la pregunta era la misma:

¿Cómo es posible que los bolivarianos lleven doce años gobernando Venezuela y la burguesía parasitaria, propietaria de los supermercados y la industria alimentaria, nos tenga de las bolas y los ovarios?

Algo no está bien.

Es una burla.

“Venezuela tiene quince millones de reaccionarios y quince millones de revolucionarios. Es el quid de las cosas. En cada elección se gana o se pierde con poco margen”.

Oírlo de ti, me hizo dudar de todo.

Nos hundimos en el silencio sepulcral de los muertos en vida.

No hay retorno.

El banco nos humilló. La historia de Job, el de Edom, volvió a repetirse.

Terminaremos desnudos, sin fortuna y maldiciendo.

Tú eras de Caricuao, de las partes altas cercanas al Centro Cristiano Misionero.

La Universidad me permitió conocerte y admirar tus arengas a favor de la igualdad y el amor al desvalido.

Y míranos ahora.

Pedro continúa con su salario incompleto y tuvo que recurrir a la ayuda social para darle de comer a su familia.

Itala, Itala… no me dejes solo, por favor. Te amo, Itala…

El paramédico, de voz templada e impersonal, no duda en dar su veredicto.

Nada sabe de la existencia del umbral y todas esas vainas filosóficas.

Lo siento, señor, su esposa sufrió un infarto y nada podemos hacer. En verdad lo lamento…”

Tienes que recordar, por favor…

HEMEROTECA: PRO2220

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¡MALHAYA TU CORAZÓN!

cover10

Cada época tiene sus canciones, escribió Trotsky y le creíste.

Te viste obligada a interrumpir a Gardel y solicitar la presencia de los paramédicos y una ambulancia.

No era la primera vez que marcabas el 911.

La respiración es descendente y está muy pálida.

(Pausa).

Hace diez minutos regresé del trabajo.

(Pausa).

Lo desconozco. Estaba encendido el reproductor de películas y escuchaba música. Me supongo.

(Pausa).

Por favor… Muchas gracias.

Evoqué algo que había leído. Luego lo anoté en una de las libretas de Quiroga.

“Antes de morir hay un segundo (o menos) que tiene el nombre de umbral. Es el instante mismo que dejamos de vivir. Entramos al mundo de la nada, de la penumbra excesiva. Las iglesias se han enriquecido por el temor a lo desconocido después de morir.”

Tus sollozos eran recurrentes, como tu vulnerabilidad emocional.

Quebec destrozó tu espíritu de guerrero.

Quiroga, fuimos vencidos por el sistema y la edad. Perdimos contacto con el mundo y terminamos apandados en la bóveda de una sucursal bancaria.

¿Qué escuchaba?

Lo recuerdo, claro que lo recuerdo:

Adiós, que me voy llorando,/me voy llorando y te dejo./Y aunque no te vuelva a ver,/con la esperanza me alejo.

¡Ay, sí, sí! ¡Ay, no, no!

Ingrata, me has olvidado

¡Malhaya tu corazón!

¿Dónde están los juramentos/que me hiciste una tarde?/Todo lo ha llevado el viento,/y en una forma cobarde.

¡Ay, sí, sí! ¡Ay, no, no!/

Y en una forma cobarde/mataste mi pensamiento…

No hay forma de despertar, ni lo intentaría.

Estoy tan sola. Difícilmente alguien puede notarlo.

Hugo decidió vivir por vivir, después de ser enjaulado en Caracas e incorporarse al ejército bolchevique de su tocayo, según su propia expresión.

Rojo rojito, repetías y confiabas en el éxito de la aventura, por partir la insurrección desde el seno de las fuerzas armadas bolivarianas de Venezuela.

El exilio nos quitó la venda de los ojos.

La revolución iba encaminada al fracaso, de no aliarse con la burguesía demócrata de los Estados Unidos, Francia, España e Inglaterra, como terminó sucediendo ante la derrota electoral del 6 de diciembre.

Nos aislaron.

La única aportación histórica de los chavistas fue haber sacado de la miseria y darle voz a tres millones de venezolanos.

Sin embargo, una economía petrolizada, como la nuestra, iba encaminada al fracaso.

En tus tertulias de los viernes, no parabas de repetir citas de tus autores preferidos, como el padre del ejército rojo, León Trotsky:

“Tenemos que aprender a trabajar correctamente, con precisión, limpieza y economía. Necesitamos desarrollar la cultura en el trabajo, la cultura de la vida, la cultura del modo de vida. (…) No existe palanca apropiada para elevar de un solo golpe el nivel cultural. Esto requiere un largo proceso de autoeducación de la clase obrera acompañada y seguida por el campesinado.”

Y de repente, pluf, el globo se desinfló: los venezolanos fueron doblegados por el estómago y el exceso de discursos.

El imperio nos obligó a hacer largas colas para comprar huevo, harina de maíz, papel sanitario, aceite comestible, carne de cerdo y azúcar…

Y la pregunta era la misma:

¿Cómo es posible que los bolivarianos lleven gobiernen Venezuela desde 1999 y la burguesía parasitaria, dueña de los supermercados y la industria alimentaria, nos tenga agarrados de las bolas y ovarios?

 Algo no está bien. Es una burla.

“Venezuela tiene quince millones de reaccionarios y quince millones de revolucionarios. Ese es el quid de las cosas y en cada elección se gana o se pierde con poco margen”.

Oírlo de ti, me hizo dudar de todo.

Nos hundimos en el silencio sepulcral de los muertos en vida.

No hay retorno.

El banco nos humilló y la historia de Job, el de Edom, volvió a repetirse. Terminaremos desnudos, sin fortuna y maldiciendo.

Tú eras de Caricuao, de las partes altas cercanas al Centro Cristiano Misionero.

La Universidad me permitió conocerte y admirar tus arengas a favor de la igualdad y el amor al desvalido.

Y mírate ahora.

Pedro continúa con su salario incompleto. Tuvo que recurrir a la ayuda social para darle de comer a su familia.

Itala, Itala… no me dejes solo, por favor. Te amo, Itala…

El paramédico, de voz templada, impersonal, no duda en dar su veredicto.

Nada sabe de la existencia del umbral y todas esas vainas filosóficas.

“Lo siento, señor, su esposa sufrió un infarto y nada podemos hacer. En verdad lo lamento…”

Tienes que recordar, por favor…

FIN

 

HEMEROTECA: pro2217

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AVES DE MAL AGÜERO

Por Everardo Monroy Caracas

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coverLo intuía y callaba.

Había perdido mi capacidad de queja.

El doctor Lorenz intentó dorarme la píldora, pero en estos casos la verdad se impone por muy dolorosa que parezca.

“Tiene cáncer de útero y muy avanzado, señora Quiroga”.

Hugo no pudo escucharlo. Prefirió permanecer en la camioneta para intentar dormir un poco.

Al enterarme de mi mal, aspiré profundamente.

Exclamé:

“Por fin voy a descansar, doctor… Gracias a Dios”.

Los sangrados vaginales eran continuos. El dolor de vientre insoportable.

“Es la menopausia”,  justificaba ante mi marido y me negaba al chequeo médico.

Siempre he comparado a los médicos con aves de mal agüero.

Hugo también no quiso enterarse de mi encuentro con el doctor familiar y su diagnóstico. Nada quería saber de los resultados de los análisis de sangre, orina, papanicolaou y rayos X.

Únicamente abrió la portezuela y preguntó si tenía hambre.

“Podremos comernos una sopa vietnamita o tailandesa antes de meternos al departamento”, sugirió.

 Me negué.

Preferí encerrarme en mi recámara, tragarme un par de calmantes y dormir.

Las pastillas lograron alejarme de ti y reencontrarme con mi hijo.

Me negué a recibir el tratamiento contra el cáncer y opté por controlar el dolor con morfina.

El doctor Lorenz fue honesto: predijo que sin las radiaciones podría morir en seis meses, a lo sumo.

No me inmuté. Por el contrario, dejaría de ser un estorbo para mi marido.

“No entiendo, señora Quiroga, porque jamás se vacunó contra  el Virus del Papiloma Humano, de haberlo hecho, esto no ocurriría. Su cáncer es cervical y necesita quimioterapia.”

“La felicidad no un asunto común, en estos tiempos, doctor. Tenemos que trabajar mucho para pagar nuestras deudas y no quedarnos rezagados. Tal vez estoy pagando mis continuos pecados. Como le dije antes, por hacerle caso a mi marido tuve que abortar en cuatro ocasiones y cuando acordamos tener un hijo, lo perdimos al nacer.”

Cada palabra la repito dormida.

El miércoles deja de tener olor y color.

Es Hugo quien me alimenta y allega basamentos al hogar.

No me importa.

“¿Qué día es hoy?”, pregunto por preguntar.

“Viernes”, escucho la respuesta.

Vuelvo a sumergirme en un mar lechoso, el del paraíso interior.

Lo único verdadero es que no terminaré en la morgue de Bello Monte, en Antímano, donde los ciento cincuenta mil vecinos nos acostumbramos a sobrellevar la muerte y convertir el duelo en protesta pública.

Ahí perdí a mi padre. También dos primos e infinidad de amigos y vecinos.

Los paramilitares y no las bandas de malandros —como nos hicieron creer— se apoderaron de nuestro barrio y tranquilidad.

Las balaceras eran continuas y aterradoras.

Aprendimos a guarecernos en nuestras casas desde las cinco de la tarde.

Los más arrojados, como Hugo, se reunían en alguna aula universitaria o sede sindical. Desde ahí, organizaban la resistencia para derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez  e intentar recuperar la república bolivariana y el petróleo venezolano, entonces controlado por las corporaciones gringas, inglesas y españolas.

Tiempo de sacrificio y lágrimas.

La codeína, aplicada por el doctor Lorenz, hizo su trabajo.

Me siento más relajada, lúcida y sensible al esfuerzo que realiza Quiroga para no perder nuestro espacio vital, obtenido con mucho sudor y angustia.

Yo misma me pondré las inyecciones subsiguientes.

Mañana empezaré a tramitar ante el Ministerio de Salud la asistencia médica para obtener el derecho legal de acelerar mi muerte.

De no hacerlo, Hugo perdería su oportunidad de tener una vejez feliz, en caso de vender el departamento y allegarse de cien mil o ciento cincuenta mil dólares, después de finiquitar la hipoteca.

Tiene derecho de rehacer su vida con una mujer más joven y sana y, de ser posible, procrear un hijo.

Dios mediante.

HEMEROTECA: En defensa de la envidia – Sealtiel Alatriste