Categorías
Mentiras para sonar

DIA INUSUAL

mentiras

1

La imagen es la misma, camarada Pierre.

Permíteme describírtela mientras dormitas. Y así ocurrió, aunque no lo creas.

El ser periodista, bendito oficio, te permite imprimir evocaciones y vivencias.

Imagina verme en aquel bunker saturado de monitores y agentes extranjeros.

2

La pequeña nave, romboide y plateada. Sobrevuela. Video registra imágenes de Cahuatache, Xochapa e Ixcuinatoyac.

Hay movimiento humano. Los marines saben que la guerrilla domina la zona. Interactúa con sicarios y lugareños.

—Es difícil diferenciarnos —dice un presidente del comisariado ejidal—, porque enfrentamos la misma miseria y persecución.

Alcozauca es un pueblo inamovible sobre una base volcánica. Está humedecido por arroyuelos que, silenciosos y reptantes, serpentean por bastimentos montañosos.

El drone patrulla. Ronroneando —y a gran altura— recorre caminos y barrancos.

Los militares conocen cada parcela, cabaña, rancho o finca… y el nombre de los propietarios.

Cada cocina de goma de amapola emite un calor especial que altera el sensor del drone, semejante a un cangrejo plateado.

Nada le es desconocido.

3

Marines y oficiales mexicanos, en la base central de Chilpancingo, monitorean la región serrana.

Nada sorprende.

El levantamiento armado de los setenta alertó a la CIA y el Pentágono.

La guerrilla procubana no tiene frontera ni idioma.

El mismo rasero se le aplica a paramilitares de los cárteles de la droga. La DEA sabe manipularlos contra gobiernos no sometidos a las trasnacionales.

La presencia del Che Guevara en Bolivia inventó los escuadrones de la contrainsurgencia: los boinas verdes.

El drone impide el reconocimiento humano por tierra.

Los boinas verdes ya no son indispensables en Guerrero y Oaxaca. Un drone artillado puede ser tan letal como los marines.

La pequeña nave rastrea, palmo a palmo, las cincuenta y cinco mil hectáreas del municipio de Alcozauca.

4

El domingo 7 de junio hubo elecciones intermedias en el país.

En Guerrero, Oaxaca, Chiapas y Michoacán el Pentágono detectó un movimiento inusual de paramilitares —bajo la nómina del narco— y guerrilleros.

Parte de las armas vendidas por armeros de Phoenix y Tucson —de 2006 a 2011— terminaron en manos de los paramilitares de los cárteles y guerrilleros de La Montaña.

El Proyec Gunrunner —conocido en México como Operación Rápido y Furioso—  introdujo mil quinientos fusiles-metralletas con chips de rastreo.

Los cárteles y el frente guerrillero cuentan con amplia base social. Por lo mismo,  dificulta su combate y disolución.

La alta burocracia municipal y estatal ha sido corrompida con el dinero del narcotráfico y el secuestro de ricos empresarios y caciques.

La miseria e ignorancia es la yesca de una posible revuelta anticapitalista.

5

El arroyuelo de La Libertad — en el paraje El Igualita— es una base de entrenamiento.

Ocurre en la parte norte de Alcozauca.

El drone visualiza a diez hombres practicado tiro al blanco. Rien  y beben aguardiente.

—Son matones, no radicales —afirma el coronel de acento costeño en la sede de contrainsurgencia—. Es posible que su campamento este dentro de Alcozauca. No en la parte alta del Atlocozic, como lo suponíamos…

Los acompañan dos oficiales de alto rango del Pentágono. No rechazan o avalan el comentario.

Las imágenes en varios monitores evidencian la presencia de armas y hombres con ropa militar.

El coronel de sangre tarasca conoce a detalle la orografía de los nueve municipios de La Montaña. Tuvo una cercana amistad con el primer comunista que gobernó Alcozauca: el profesor Othón Salazar Ramírez.

En el salón de monitoreo destaca la fotografía del coronel con el líder del Movimiento Revolucionario del Magisterio.

6

El 1 de enero de 1987 asistió a la toma de posesión de Othón Salazar como alcalde de Alcozauca. Lo hizo vestido de paisano.

El discurso oficial tuvo lugar en la calle Miguel Espinobarros. El secretario general de gobierno, Jesús Ramírez Guerrero acudió como representante del gobernador del estado.

Día festivo para la izquierda mexicana.

Por primera vez, un comunista declarado gobernaba un ayuntamiento.

La zona serrana seguía plagada de guerrilleros y paramilitares. Prevalecían los ideales políticos de los jefes guerrilleros Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas.

Othón Salazar se propuso gobernar sin promover la confrontación armada contra caciques y militares.

7

Cerca de Alcozauca está Cuyuxtlahuac. Más al este, en territorio oaxaqueño, San Francisco Tlapancingo.

El refugio ideal de paramilitares y guerrilleros: cañadas, pináculos de basalto y granito bruñido por el fuego volcánico y apretados valles plagados de encinares y pinares.

No se persigue al cuatrero o productor de amapola y mariguana.

8

Mutismo como código de vida.

Los soplones son ejecutados, sin necesidad de enfrentar un jurado popular.

Cada poblador lo sabe. Del silencio depende su sobrevivencia.

Inteligencia del Pentágono y Sedena logró insertar topos en ambos bandos: guerrilla y paramilitares de los tres cárteles del narcotráfico.

La siembra de micrófonos hace su parte para evitar sorpresas.

En Chilapa, los extranjeros son monitoreados. En algunos casos se les retiene e investiga.

9

El drone cumple su misión. Es un potente ojo electrónico vigilante.

Los soldados tienen la encomienda de no intimidar a los lugareños, menos a sus mujeres.

El domingo 7 de junio, militares y policías resguardaron las casillas y las oficinas del INE. Después de la elección disfrutaron dos semanas de vacaciones.

El arrasamiento de rancherías, detención selectiva, tortura y ejecución es responsabilidad de los paramilitares.

10

Bebamos, pues… Bebamos…

Bajo el puente Jacques Cartier la noche se ha fundido con las aguas del rio Saint-Lawrence. Dos lunas e infinidad de luceros incandescentes.

Camarada Pierre, la vida es un asunto de gustos y sustos.

Buenas noches.

Categorías
Mentiras para sonar

LA HUIDA

mentiras1

Estanislao Vallarta comprobó lo dicho por Susana Fuentes, la chapín. Tenía mucho de cierto. Los tres hombres de negro en tejana aguardaban su arribo en el acceso al hotel. No disimulaban el propósito de su presencia. Susana Fuentes los saludó con camarería antes de internarse al edificio de tres pisos.

Y  después, en un tiempo corto, hizo el viaje de retorno: descendió por los escalones, llegó al lobby y caminó, sin dar muestras de prisa, hacia la camioneta.

El ordenador portátil y la USB ya estaban en su poder.

Susana le advirtió al periodista:

Machete, mejor estate en tu vaina. No hagas llamadas telefónicas, porque en San Fernandino nada se mueve sin el conocimiento de don Camilo y su gente. Son asesinos y están en todos los rincones de esta porquería.

—¿Por qué no me partieron la madre antes? —cuestionó Estanislao Vallarta antes de abordar la camioneta, estacionada en la avenida Luis Donaldo Colosio.

—Por la bronca que se armaría —dedujo Susana Fuentes—. Primero querían dañar tu reputación y después hundirte. Eso me lo dijo Heinrich. Te iban a drogar y filmar con un peladito desnudo y mandarían el video a los periódicos que controlan. Ibas a ser un trolo maricón.

Estanislao Vallarta sintió que la piel se le engrosaba y empezó a transpirar.

2

El hurgar en territorio vedado tenía sus consecuencias, Peña se lo recordaba en cada partida de ajedrez.

Don Camilo Nepomuceno no quiso avivar el avispero antes de los comicios. Tendría suficiente tiempo para ajustar cuentas con sus adversarios, entre ellos el periodista.

—Hay más tiempo que vida para devolver la pelota —musitaba ante cualquier inconveniente que fortalecía a sus adversarios.

3

La República, tal cual, en sus nueve años de existencia, ejercía a plenitud la libertad de crítica.

El tema del narcotráfico tenía una importante ascendencia en la masa pensante. Y su director editorial, Jairo Montenegro, por ejercerla, en tres ocasiones fue baleado y amenazado de muerte.

En el último intento, diez elementos del ejército lo resguardaron durante cinco años. La DEA y la Fiscalía General de la Republica descabezaron al Cártel de Veracruz. Los Armella perdieron a cuatro familiares, hermanos del Jefe Mayor Benito o Tío Lucas.

Artemio Iñiguez, El Rambo, tuvo la consigna de vengar a los deudos. Ejecutó a los agentes antidrogas responsables de dispararle a los Armella.

Un mes después, en la zona Dorada —muy concurrida por juniors y personajes del espectáculo— El Rambo se enfrentó a un grupo de policías ministeriales y agentes de la DEA. La balacera duró toda la noche. El sicario quedó bocarriba e irreconocible.

La presencia de El Rambo en ese destino turístico tenía el propósito de ajustar cuentas con El Rayo Lampuna, brazo derecho de don Vitórico Carranza.

La República narró a detalle la ejecución y pronosticó, a través de la columna de Estanislao —Atracadero— que el imperio de los Armella solo necesitaba un empujoncito por derrumbarse.

O los herederos hacen alianza con otros cárteles, por ejemplo con el de Los Hermanos o están condenados a desaparecer”, escribió Estanislao Vallarta en la columna dominical.

4

Los militares, apoyándose en su aparato de Inteligencia, coordinaron el operativo contra los Armella. Los hermanos menores sobrevivientes — Tony y Eloísa— y se vieron obligados a recular. No sería fácil, por su corta edad, levantar el un negocio que generaba trescientos millones de dólares mensuales.

De ellos, cien millones eran depositados por semana a cuentas bancarias de prestanombres de políticos, jueces, magistrados, agentes ministeriales y policías.

Don Camilo aprovechó la ocasión para pactar con los Armella y así intentar deshacerse del Cártel del Oriente.

5

Palma cumplió con la encomienda de enviarle un mensaje al Tío Lucas, el patriarca de los Armella. En la propia Penitenciaría de alta seguridad lo convencieron de iniciar las negociaciones para reunificar la plaza.

La República dio detalles de tal propósito.

Estanislao Vallarta difundió un supuesto reporte elaborado por la DEA. Daba detalles sobre tales acuerdos asumidos por los cárteles de Veracruz y del Oriente.

Don Camilo y El Tío Lucas, entre otros puntos, decidieron desaparecer el negocio de don Vitórico Carranza y sus socios.

6

—El hacer creer a tus lectores de que sabes más que la policía, no es bueno para tu salud —le advirtió Sabas Peña—. No vale la pena sacar tanta mierda, cuando es el gobierno federal es el menos interesado en desaparecer al narcotráfico.

En el Bar Las Camelias, cercano al periódico, bebían cerveza y jugaban una partida de ajedrez.

—Pero es mi jale, no modo…

—Tarde o temprano tendrás que enfrentar las consecuencias  —lanzó el jefe de redacción sin descuidar el tablero—. Mira —agregó al girar la cabeza y enseñar su oreja mucha—. Y esto solo fue una advertencia.

El columnista conocía cada detalle de lo ocurrido:

Un diputado del Estado de México fue denunciado de lavado dinero, tras una investigación periodística realizada por Peña, y fue desaforado. Terminó en prisión. Un familiar del político secuestró al reportero. Durante dos días lo torturaron y abandonaron, en estado comático, en la carretera México—Querétaro, en los suburbios de San Juan del Río.

La mutilación de la oreja marcó a Peña. Tardó varios años en superar el trauma. Jamás volvió a reportear.

En La Republica rehacía notas y esquemaba las secciones de política y espectáculos.

En tres años se jubilaría.

—Nadie va a entender que pasó hasta que lo viva —sentenciaba Peña—. Todos los días le doy gracias a San Charbel por aun respirar y ver crecer a mis nietos.

7

Estanislao Vallarta razono las palabras del decano reportero al escuchar la advertencia de Susana Fuentes.

Su audacia profesional estaba aderezada de halagos y borracheras gratuitas. Más allá de sus principios ideológicos —abonados por antiguas lecturas de filosofía marxista— la fuerza de su columna radicaba en su capacidad de satisfacer el morbo o curiosidad de sus lectores.

La valentía, así calificada por sus compañeros de oficio, lo convirtió en un columnista muy leído y admirado.

Tal vez tenía el mismo alcance de popularidad que el decano reportero investigador y subdirector, Jairo Montenegro. Sus reportajes calaron una década anterior al abordar temas del tráfico humano y el amasiato financiero de capos-jueces-políticos-policías-militares.

La República mostraba un profundo desdén ante el poder omnímodo del presidencialismo y el narcotráfico.

Su tendencia editorial era hermanada a la socialdemocracia.

8

—Cúbrase las elecciones de Tamaulipas y demuéstreles a esos culos de la competencia, que para guevos y principios los de la gente de La República —le sugirió Jairo Montenegro a Estanislao Vallarta, después de soltar una ráfaga de humo por la comisura de la boca.

Tras el escritorio de nogal y mordisqueando el habano, destacaba su voluminosa osamenta de cantante de ópera.

—Están metidos los narcos hasta el tuétano del gobierno, don Jairo…—recordó Estanislao Vallarta, aparentemente atento a lo que ocurría en la pecera, a espaldas del subdirector.

Una leve revuelta de varios peces albinos con manchones naranjas.

Junto al recipiente de cristal destacaban fotografías de Jairo Montenegro y su familia, suegros o saludando a gobernadores y los últimos tres presidentes de la república.

—Vaya entonces a sorprendernos, señor Vallarta —pidió el subdirector—. Dígale a Teresita que le haga las reservaciones en hoteles de Matamoros, Ciudad Victoria y San Fernandino y que le depositen a su cuenta el dinero necesario para sus gastos. Que el cabrón de Nepomuceno se entere de que el periódico no solapa sus chingaderas.

9

Estanislao hizo su faena.  En menos de dos semanas estaba metido en un embrollo sin retorno.

Y su realidad retornó al escuchar el sopapo de la portezuela al cerrarse. Susana Fuentes, frente al volante, giró la llave del switch y el motor pareció enfermar de tosferina.

—Se ahogó esta mierda —exclamó en el tercer intento.

—¿Te dijeron algo en la administración?

—Nada, piensan que vamos a cenar tacos en Casa Marucha.

La camioneta pudo ponerse en marcha. No amainó su velocidad hasta llegar a la salida del pueblo y entrar a la carretera 101.

9

El trayecto no sería fácil. Susana Fuente planeó deshacerse del vehículo en El Zacatal, una ranchería de granjeros, donde Heller, un ministro cristiano y matón de don Camilo, asesinó al sacerdote por oponerse a la construcción de un templo evangélico.

—En tres horas nos ponen cerco… —recordó Estanislao Vallarta.

—Ojalá —dijo Susana Fuentes—, sólo necesitamos un par de horas para llegar a Ciudad Victoria. Tengo un amigo chapín que es piloto y nos puede llevar en su avioneta a las inmediaciones de Guanajuato.

—Debo hablar al periódico —dijo Estanislao Vallarta.

—Andas bien mula —reparó la meretriz—. Es lo que están esperando para ubicarnos. Heller debe creer que vamos hacia la frontera con Estados Unidos, pero nuestra salvación está en el sur…

La seguridad de Susana Fuentes le devolvió la cordura al periodista. El observarla tan serena y tomando el control de la huida, le despertó sentimientos de admiración y respeto. La finura del rostro, a pesar de tener raíces aborígenes, dábanle una mayor prestancia en comparación a las mujeres que había conocido en congales.

Hasta Laisa —la poeta y fotógrafa del periódico— quedó relegada frente Susana Fuentes. Su principal debilidad era su adicción a la cocaína. Durante el trayecto la mujer la esnifó en dos ocasiones.

Estanislao Vallarta, por simple prurito periodístico, preguntó:

—¿Por qué el afán por los pericazos?

—Es un gusto que pocos entienden. No estoy segura si ser bagre o no. Para mí el estar bonita o ser mujer es una maldición, porque he sido una puta desde los catorce años, o puchis, como decimos en mi tierra y sólo esta mierda me hace sentirme cuerda.

El periodista no volvió a tocar el tema.

Por el momento, dependía de la pericia de Susana Fuentes.

10

—¿No te vas a agüitar si eres mi esposa balín a donde quiero que vayamos? —inquirió Estanislao Vallarta con la mirada puesta en la tira blanca de la carretera.

—¿Qué cojones te picó, güevón? ¿Estás colgado o qué? —Susana Fuentes dejó entrever la blanca dentadura.

—Vamos a tener que salir de México y pedir refugio político en Canada —le informó Estanislao Vallarta.

—¿Tenés contactos?

—No, pero sí la razón. Estos hijos de la chingada antes de que me corten la cabeza, deben ser expuestos ante el mundo. No estamos solos, de eso ten la seguridad.

La mujer lo miró con ternura, sin pisca de miedo o preocupación.

—Lo único que quiero —dijo— es un respiro y dormir una sola noche sin tener pesadillas y si por eso vas a ser mi mariachi, ningún problema corazón.

Categorías
Mentiras para sonar

DANTE

mentirasLa arrogancia marcaba el carácter intragable de X.

Tal vez sus apretadas lecturas de novelas costumbristas o el apego excesivo al mosto de cebada abonaban parte de su nada grato comportamiento.

Lo hablábamos después de cerrar la edición del periódico y en el bar de José Luis C, el gañan de ojos astutos que aguardaba cualquier viso de debilidad para atacar el bolsillo de los parroquianos.

Y la estúpida arrogancia de X, a pesar de no dañar nuestra cercana amistad, si provocaba cierto distanciamiento o un cuestionamiento cuando asumía su papel de sobrado.

Es muy mamón el bato, soltaba Berna sin ocultar sus sentimientos y con la cámara fotográfica al costado. Si Monsivais hubiese querido le da el bajón y lo exhibe ante el gobernador.

En parte tenía razón.

El gobernador quiso estar presente en el encuentro, bajo la anuencia de Monsivais. O mejor dicho por sugerencia de su amigo, el propietario del periódico.

X era sin duda un profundo conocedor de la literatura italiana y no se tentó el corazón de ningunear a Elba, por el solo hecho de equivocar el nombre del autor de La Divina Comedia. Lo llamó Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Ni Monsivais, un iconoclasta portentoso, pudo llegar a tanto.

Los doscientos setenta años del natalicio de Alighieri estaban por celebrarse. El gobernador, admirador sublime del florentino, quería hacerla en grande.

Don Lucas Marciano, al fin un burgués ilustrado y poco ortodoxo, abonó la idea. No por ser un seguidor consecuente de la obra del poeta —muerto en 1321—, sino por los dos o tres millones de pesos que recibiría al promocionar en su rotativo el mes cuasi litúrgico de La Divina Comedia.

Y X hizo su parte, sin importarle que, por simple prudencia, Monsivais marcara su distancia.

No entiendo el por qué me he metido en este embrollo verbal, camarada Pierre. Pero has de entender que algo debe salir durante esta larga espera.

Hablar y hablar o pensar y pensar, es lo mío.

La noche está aún inalcanzable y nos queda poca reserva. La resaca puede castigarnos de no alcanzar el objetivo trazado. Menos tribulaciones provocas, camarada Pierre, si escuchas o recibes las monedas con los ojos cerrados.

Y retomo el asunto de la arrogancia, porque en el bar de aquel ojete mencionado, X llegó del brazo de Monsivais. Lo acaparó durante el corto tiempo que permaneció acodado en la barra.

Nosotros permanecimos en una de las mesas, sin tener el interés de llamar la atención o hacernos presentes. Locadio, Berna y Odilón siguieron poniéndome al tanto de la balacera y los seis muertitos en la Melchor Ocampo, en el pleno corazón de la ciudad.

El escritor chilango de grandes anteojos y algo de prognatismo nunca tocó la cerveza que le impuso el barrigón de José Luis C. Bebía agua de la botella de dos litros que le regalaron en el periódico.

Ni siquiera bajó la vista o limpió los cristales de sus lentes cuando X, en su permanente arrogancia, quiso imitar la voz del gobernador.

En la parte que, en alusión a la obra de Dante Alighieri, asumió su papel de intérprete y repitió algunos  cánticos de La Divina comedia. Y fue precisamente del Proemio del infierno.

La arrogancia, camarada Pierre, no es una virtud, sino un defecto. Es sinónimo de farsante. Es apropiarse de falsos honores, como un vil delincuente. De ahí que la mofa —muy merecida si hubiese salido de la pluma de Monsivais— nos provocara incomodidad y no risa.

Insisto. Ni el laureado cronista hizo gestos para festinar la ocurrencia de nuestro jefe de información.

Y déjame repetir aquellos nueve versos que, por desgracia, se adueñaron de espacios de mejor utilidad en mi memoria, algo lastimada por la ansia de aguardiente.

Ibase el día, envuelto en aire bruno,/aliviando a los seres de la tierra/de su fatiga diaria, y yo, solo, uno,/me apercibía a sostener la guerra,/en un camino de penar sin cuento,/que trazará la mente, que no yerra./¡ Oh musas! ¡oh alto ingenio, dadme aliento!/¡ O mente, que escribiste mis visiones,/muestra de tu nobleza el nacimiento!

El gobernador, por el contrario, recibió un rápido comentario de Monsivais por su interés de promover la lectura y abonar el debate público sobre la relación entre el poder y la religión.

La Divina Comedia, en su tiempo, desnudó a la aristocracia y clero —afines a la pederastia, crimen y corrupción— y los metió al infierno (como una especie prisión-horno).

Y tuvo la bendita prudencia de no atentar contra los intereses políticos y económicos de don Lucas Marciano.

Monsivais estaba consciente que Alighieri fue homofóbico y antisemita, y su obra poco era difundida en algunos países con gobiernos islámicos y judaicos.

X, ya embotado por la cerveza, dejó el bar del brazo de su invitado.

Ahí te encargo esto, me dijo X al tiempo de entregarme tres libros de la autoría de Monsivais. Y tienes mi permiso de leerlos, manito.

  Desde nuestra mesa seguimos los pasos de la pareja, hasta abordar un taxi que, minutos antes, había solicitado por teléfono José Luis C.

Monsivais estaba hospedado en un hotel céntrico y al día siguiente (sin la presencia del gobernador) daría una charla sobre la obra de Dante Alighieri en la Universidad Regional del Valle.

HEMEROTECA: 6La fugitiva – Marcel Proust

Categorías
Mentiras para sonar

EL PINTOR

mentiras—Es pintor, eso me dijeron…

—¿Y tiene su nombre?

—Sepa…

En los Tres reyes magos no era común ver alguien de esa talla y color de ojos. Me recordó a Vicent Van Gogh en Arlés.

Lope de Vega Medrano, como honrado comisario municipal, jamás andaba de metiche. Por curiosear podría terminar degollado.

Los vecinos no le decían Lope de Vega sino Lopitos. Y fue su padre, un guerrillero guerrerense y lector asiduo del finado poeta madrileño, quien le impuso el nombre.

Y ahora que sigo aquí, en guardia permanente en las escalinatas de la basílica de Notre-Dame, dimensiono el grado de peligro que viví durante mis tiempos de reportero, camarada Pierre.

Era confusa, de adoctrinamiento y un humanismo exacerbado.

Ningún obstáculo puso X al aceptarme como corresponsal itinerante en Oaxaca. Trabajé bajo su mando en la sala de redacción de Uno más uno y avalaba mis habilidades de metiche profesional.

—X no estuvo muy de acuerdo de mi partida a la zona triqui, camarada Pierre. Lo cierto es que respetaba mis ideas y yo quería impartir el taller de periodismo entre los maestros rurales de Santiago Juxtlahuaca y sus alrededores.

Y cuando llegué a Juxtlahuaca terminé en un cobertizo pegado al Panteón Municipal. Ahí dormí, sobre un petate y protegido por un sucio jorongo incoloro, y a las cinco de la mañana —después de beber un jarro de café negro y comer la mitad de una enorme tortilla embarrada de frijoles machacados con chile serrano— partimos hacia la comunidad de los Tres reyes magos.

Uno de los dos guías fue precisamente Lopitos Medrano. El otro, el profe Lorenzo Cejas, llevaba la consigna de protegerme durante el trayecto. La caminata seria larga y tediosa, por estar el rancho a diez horas a pie de Juxtlahuaca. Tendríamos que trepar una montaña por veredas y despeñaderos.

—No quisimos alarmarlo, licenciado —me dijo el profe al recibirme en la parada de autobuses—, por eso lo citamos aquí.

—¿Algún inconveniente?

—Solo uno, el principal —dijo sin dudar en su respuesta—. Dos o tres compañeros andan alzados, usted sabe… Y hay guachos  que los quieren muertos…

La trepadera por un desfiladero de peñas ocres casi me mata. Tal vez me dio el mal de altura y vomité en varias ocasiones. Unos tragos de mezcal ayudaron un poco.

Los indios triques, por culpa de la persecución religiosa, construyeron sus jacales en la punta de la cumbre, un paisaje de aire ralo y frio. Ya en la cima, al fondo cerros circulares y hondonadas se apreciaba el rancho. De otro lado se apreciaba un terraplén con escaso bosque y a la vera varias parcelas y arriates de árboles frutales.

Una vista impresionante para un nuevo intruso, alimentado de smog, cocacolas y tacos callejeros de sudadero y al pastor.

Usted hubiera sido feliz en ese lugar, camarada Pierre.

En Los tres reyes magos el mezcal corría a raudales. Nunca faltaba una tortilla de un metro de diámetro y un plato de frijoles negros con chile molcajeteado.

Por esas fechas aún no trataba a Araceli.

El viaje a Oaxaca aconteció dos años antes de trabajar en El Universal.

En la escuela Carlos Septien me hice amigo de un estudiante de periodismo —Filemón Robles— que asistía en la misma aula. Era descendiente de triquis. Muy ocurrente, por cierto. Es quien me conectó con los representantes de su comunidad. Con Filemón, por primera vez probé el mezcal. Después supe que la bebida provenía de un  agave, muy parecido al maguey.

Y aquí viene lo bueno, camarada Pierre. De uno de los jacales de zacate y lodo, salió un tipo güero, garrudo, de ojo claro y grandes manos con manchones de pintura.

Vestía una especie de overol con pechera y huaraches. El profe Cejas fue quien hizo la presentación.

—El señor es un artista alemán —me dijo— y su español no es muy bueno, licenciado…

—Jorge Becerra —prorrumpió el artista sin esperar más protocolo.

Y estiró el brazo con la mano extendida. Se la estreché.

—Gilberto San Martin, a sus órdenes —devolví al gesto.

Después me enteraría, ya con el trato, que en realidad se llamaba Georg Baselitz y efectivamente procedía de Alemania.

—Me han dicho que viene a dar un taller sobre las tesis de Mao —dijo el pintor tras invitarnos a pasar a su jacal.

—No —aclaré un poco confundido por el comentario—. Estoy en la comunidad para impartirles a los maestros rurales un taller de periodismo. Ese fue mi compromiso…

Me impactó ver, en una especie de santuario —colocado al lado del fogón—, un cuadro con diversas tonalidades marrón, donde destacaba una especie de enano, de cara mortuoria, en short negro. Su mano izquierda agarraba un largo falo, semejante al as de bastos de la baraja española.

La grande noche perdida —dijo el profe Cejas sin necesidad de preguntársele—. Así se llama el cuadro, según nos dijo Jorge…

HEMEROTECA: tele21jui20

Categorías
Mentiras para sonar

REGRESA, VEN…

Camino sobre el mar y las nubes que me traje:

son mi tierra firme.

¿Quién me la puede quitar?

Luis Cardoza y Aragón/Siempre

mentiras

Y al correr las cortinas, lo primero que miraba era un recuadro con palmas, achicorias amarillas y plantas de menta, epazote y tomillo. La imagen de Araceli se hacía presente.

Mi esposa anhelaba envejecer en una casa rodeada de arcos de sillería con un jardín cargado de rosales y no me olvides. No en un hospital psiquiátrico.

La callesca quedó en el pasado. El verano impuso sus normas, como normalmente lo hace un soberano solar ataviado de hornillas encendidas. El calor era excesivo, pero escaseaba el descanso.

Son tiempos idos, fundidos en la nada, camarada Pierre. Y debo reconocerlo.

Hasta mi nombre tuvo que mutar. Y ni se digan los apellidos.

El exilio tiene su precio. Lo pago sin regatear.

 Con un estarcidor de fibracel impuse mi presencia en el barrio de Hochelaga.

L’itinérance est une vertu, pas un péché.

Dispersé mi rostro en alto contraste, semejante al del mítico guerrillero argentino Ernesto Che Guevara.

Tinta roja, no negra.

Y una semana después, bajo la complicidad de la noche, imprimí dos palabras bajo la cara barbada:

Soyez généreuse 

Mi reflejo en el cristal estaba acompañado de otra imagen, menos espiritual. Los ojos liberaban fuego y la boca, aliento de chacra.

Y la evoqué nuevamente, camarada Pierre. Junto a la estufa, sollozando.

De la cacerola ahumada huían olores agradables.

Los trozos de papa, después de ser reblandecidos por el calor del agua, terminarían en un sartén mezclados con aceite de oliva, sal, huevo, queso amarillo, pimienta, cebolla y polvo de ajo.

Y, por simple maldición del exilio, cada producto fue rebautizado. Una nueva cultura se impuso. Sucedió contra mi voluntad.

Pomme de terre por papa y ognon por cebolla o fromage jaune por queso amarillo o poudre d’ail por polvo de ajo o poivre por pimienta o huile d’olive por aceite de oliva o sal por sel.

La retahíla del hambre.

Y míranos ahora, camarada Pierre.

Mendingando:

—¿Veuillez partager une monnaie avec moi?

Los algerianos son muy semejantes a los latinos.

—¿Por favor, puedes compartir una moneda conmigo? —hago eco.

La súplica queda en el aire. Y entonces recurro al francés y, en algunas ocasiones —muy escasas por cierto—, las dos o tres monedas de veinticinco centavos caen al vaso de cartón.

El camarada Pierre me observa desde la banqueta contraria.

Es un hombre bueno, porque habla poco. El silencio es una virtud en labios inteligentes.

En El Universal, uno de los tantos diarios de circulación nacional, el jefe de información X siempre me sugería no abrir la boca si desconocía el tema. Y ponía de ejemplo a la periodista y escritora Elena Poniatowska.

—Elenita prefería escuchar y aprender del entrevistado, que hacerse pasar de lista… El ignorar no significa ser estúpido… Mas oreja y menos boca…

Por leer la obra de José Revueltas, un comunista durangueño, fui encasillado como reportero zurdo.

Por lo mismo, X me endilgaba trabajos reporteriles relacionados a mis lecturas o discusiones en el bar: marchas de protesta, conferencias de prensa convocadas por dirigentes sindicalistas y reuniones de trabajo de intelectuales de izquierda.

Y así conocí al poeta guatemalteco, Luis Cardoza y Aragón. Tal vez octogenario en esas fechas. Su figura, de indio maya, resaltaba a pesar de su baja estatura. Tenía nariz aguileña y melena nívea.

X me dijo:

—Vaya a la calle Juan de la Barrera, en el número…, de la colonia Roma y cubra una reunión de escritores que hablarán de la guerra civil nacaraguense…

—¿Voy con el fotógrafo?

—No, él llegará cuando la reunión haya comenzado… No hay pierde —agregó al ver mi incertidumbre de provinciano—. Es cerca del parque España…

Seguí sus instrucciones. Llegué a la casona indicada, de fachada lúgubre, y toqué el timbre. El poeta chapín, en chanclas, salió en persona.

—Vengo de El Universal a cubrir la reunión —dije plantado en el descanso de entrada.

Cardoza y Aragón hizo un mohín con el entrecejo.

—Es una reunión privada, de amigos…

—Me envió el jefe de información…

El poeta dulcificó el semblante y me hizo pasar a una amplia sala con dos muros cargados de libros, largos sillones negros y un escritorio de roble laqueado, junto al hueco de un pasillo en penumbras.

Cardoza y Aragón, intrigado quiso saber cómo se enteró X del encuentro.

—¿Usted sabe quién soy? —preguntó tras ofrecerme una taza de café.

—No…

—Empezamos bien —dijo e hizo una mueca de sorna.

Me hizo sentar en el sillón del escritorio, frente a una vieja máquina de escribir Olivetti. Él hizo lo propio en la silla de los invitados. Agradecí su gesto de humildad.

Y empezó a hablar:

—En Nicaragua hay una guerra civil alentada por los brutales asesinatos perpetrados por militares somocistas y marines… Precisamente hoy me visita un dirigente sandinista y llegará acompañado de amigos míos… Nada que ponga en riesgo la soberanía del país que me acoge… Llama la atención que su periódico lo enviara, porque nunca hice público este encuentro.

El monologo duró tres o cinco minutos y jamás intenté grabar sus palabras o hacer anotaciones en la libreta de taquigrafía. Fue así que supe que era poeta y ensayista y que, durante el corto gobierno del coronel Jacobo Arbenz, fungió como Secretario de Relaciones Exteriores.

En días posteriores ahondaría en lo ocurrido en Guatemala, durante el golpe de estado del 27 de junio de 1954.

Y antes de despedirnos, el poeta me sugirió aprovechar algunos de sus infidencias para elaborar una nota informativa.

—Confío en su buena memoria —me dijo al despedirme en la puerta.

X se sorprendió al tener en sus manos la nota que redacté a ocho párrafos.

—¿Te dio la entrevista, Luis Cardoza? —inquirió con una mirada inquisidora, de duda.

—Si —asentí—, pero fue una respuesta corta y no quiso que lo grabara…

En esos momentos se acercó Araceli, entonces diseñadora de publicidad. Cruzamos miradas. Su belleza me cautivó.

—Licenciado X —dijo después de saludarnos—, Rigo quiere verlo…

—Gracias, en seguida bajo…

Desde ese instante, camarada Pierre, la presencia de Araceli entró por mis venas y contaminó mi alma.

Y cinco palabras asaltaron mi subconsciente:

Tengo que volver a verla.

HEMEROTECA: La vaca – Augusto Monterroso

Categorías
Mentiras para sonar

COSA INCIERTA

mentirasDe Tuxtla Gutiérrez a San Cristóbal el paisaje es deslumbrante. Son cincuenta kilómetros de verdor y cielo nuboso. En otoño, el oro pálido sobresale en los bordes de la carretera. Y en ciertos tramos, aparecen las caídas de peñascos y laderas recubiertas de pastizales y árboles de alto tronco.

Y frente a nuestros ojos, una tira de cordilleras violáceas e inalcanzables.

Mi hija Clara me acompañaba.

La Combi Volkswagen tenía comprador en San Cristóbal. La operación comercial la apalabré por teléfono con el interesado.

En la llamada, el cliente —del que supuse era joven por el tono de la voz— pidió que no llevara los documentos de la unidad, por mi seguridad.  Después del trato iría por ellos a San Andrés Tuxtla. La sugerencia me inyectó confianza.

El precio acordado fue de ochenta mil pesos. Originalmente le demandé cien mil.

—No me gusta regatear, compadre —aclaró el tipo que dijo llamarse Rigoberto Cuevas y ser sobrino del obispo emérito de San Cristóbal—. Cerremos el trato en ochenta mil pesos y para su seguridad, depositaré el dinero en el banco que usted disponga.

En una hora llegaríamos al punto de encuentro: la zona centro de la ciudad, cerca de la plaza 31 de marzo. Y la operación la realizaríamos en la sucursal bancaria BBVA.

Clara era una niña, camarada Pierre. Entonces yo laboraba de reportero en el periódico La República en Chiapas.

Arcelia tardó en habituarse en su nuevo hogar.  No fue fácil dejar el confort de la ciudad y seguir al marido —o sea yo— a una ciudad provinciana, lejana a los seres que amábamos: padres, hermanos y amigos.

Tuxtla Gutiérrez destilaba fragancias de guácimo, muy saludable para las quemaduras, y quebracho, parecido a un surreal abanico de largo mango rojizo.

Uno tarda en saber la existencia de otras variedades de árboles o hierbas tropicales, muy arraigadas en la región.

Por primera vez escuché las palabras guapaque, magle o cedrela. Lo mismo ocurrió al recorrer los bosques cercanos, dañados por la deforestación.

Poco a poco, mi esposa e hija lograron aclimatarse. Los reproches cesaron. Clara asistió a una escuela pública y tuvo que soportar algunas burlas por ser chilanga.

No sé por qué te cuento estos detalles, camarada Pierre, pero tu compañía es grata. Villegrande adolece del mal de la indiferencia. El compa no tiene empatía con el sufrimiento del prójimo.

Ha pasado tanto tiempo, que ni siquiera recuerdo los rostros de los míos.

Te hablo del viaje a San Cristóbal de las Casas por lo sucedido en el trayecto. Mató mi ánimo de vivir.

Y si sigo aquí en Montreal, es porque tengo una misión de vida que hasta la fecha desconozco.

Ya habrá tiempo de transmitírsela, de suceder, camarada Pierre.

La cita estaba pactada a las diez de la mañana. Por esa razón, Clara no asistió a la escuela. Araceli pidió que me acompañara y estuve de acuerdo. Mi esposa colaboraba en el periódico. Vendía publicidad, pero no recibía un salario o prestaciones de ley. Por cada anuncio cobrado, la empresa le daba el quince por ciento de comisión.

—Es posible que amarre un buen contrato con la distribuidora de cerveza San José —me dijo—. Y debo estar con el administrador a las doce del día. Me será muy problemático ir por la niña al colegio.

No repliqué. Clara siempre fue una parte importante de mi vida. Y ya te has de imaginar cómo me ha dolido su ausencia, camarada Pierre. Aun no logro superar la pérdida.

Un retén de militares, a la altura del kilómetro 35 de la carretera Tuxtla Gutiérrez-San Cristóbal de las Casas, me obligó detenerme. Eran tiempos de la guerrilla.

Chiapas, por su cercanía a Guatemala, era considerado el refugio idóneo de la ultraizquierda centroamericana.

Un guacho, de dos que resguardaban el retén, se acercó a la combi, amagándome con su fusil metralleta.

—No puede continuar  —afirmó sin alterar los músculos de su rostro indígena—, hay un operativo del ejército más adelante.

—Soy periodista —dije sin evidenciar temor sino fastidio— y tengo una cita en el ayuntamiento de San Cristóbal —y para reafirmar mis palabras le mostré la credencial firmada por el director del periódico—. Pueden ustedes confirmarlo…

—Siga por el atajo a El Escopetazo y de ahí baja a San Cristóbal —ordenó—. Y no estamos aquí para negociar…

No insistí. La presencia de Clara me hizo ser prudente. Metí reversa y me interné a la arteria sugerida.

Y aproximadamente tres kilómetros más adelante, una valla de piedras me obligó frenar.

—Tengo miedo papá —exclamó mi hija al borde del llanto.

—Todo va a salir bien —intenté darle confianza.

De los costados de la brecha brotaron dos tipos con gorras montañesas cubriéndoles el rostro. Traían fusiles y ropa militar, pero no calzaban botas, sino huaraches.

—¡Salgan con las manos en alto! —ordenó el hombre que me apuntaba con su fusil frente al parabrisas.

Mi hija empezó a llorar. La tomé de la mano e hice que me siguiera. Y por la portezuela del conductor abandonamos la unidad.

—Soy periodista —dije con voz trémula—. No tengo dinero, solo mi reloj y una cadenita de oro…

 El otro sujeto se introdujo a la combi.

—¡Muévanse, ora… rápido! —exclamó el tipo rechoncho de ojos inyectados de sangre.

El cañón del fusil se me encajó en la espalda. En esos instantes, Clara soltó mi mano y echó a correr. Se perdió en la espesura del bosque.

—No le hagan daño, por favor, es solo una niña —clamé.

El asaltante no respondió, ni intentó seguir a mi hija.

—¡Quite las piedras! ¡Órale, apúrele! —gritó, empujándome con la punta del cañón del arma.

Obedecí.

—¡Vámonos, ya está hecho! —urgió su compañero, también con ojos sanguinolentos.

Cuando quedó liberada la brecha, giré la cabeza y comprobé que el sujeto que me amagaba había abordado la unidad. Sería el piloto.

Tuve que apartarme de un salto para no ser arrollado. Los dos truhanes esbozados jamás me dijeron palabras altisonantes. Tampoco su acento estuvo cargado de expresiones propias de los chiapanecos.

No tardé en sobreponerme del robo de la combi. De inmediato inicié la búsqueda de mi hija. No pude hallarla.

El retén, supuestamente militar, había desaparecido.

La policía encontró el cuerpecito de mi hijita tres días después del asalto. El médico forense aseguró que fue atacada por un jaguar.

El ejército se deslindó de lo ocurrido.

Y el tal Rigoberto Cuevas nunca fue ubicado, camarada Pierre.

Como verás, hay mucho que contar. Si no fuera por este aguardiente y mi cobardía, tal vez ya estaría al lado de mi hijita.

Mi paso por la tierra ha sido un calvario.

Nací para morir…

Y antes del entierro,

encierro:

dulce sufrir.

 

Una caminata acorde…

Y a la miseria, denuedo

bajo el in corde

del miedo.

 

No hay retorno

 ni vedo,

es el trastorno

que hospedo

en el tocorno

del degredo.

HEMEROTECA: tele14jui20

Categorías
Mentiras para sonar

EL VERSERO

Y yo no sabré dónde guarecerme

porque todas las puertas dan afuera del mundo.

Mario Benedetti/Esta es mi casa

mentirasY así como los borrachos alquilan el alma para purificar su hígado, los malos poetas hacen lo propio sin saber el propósito. Versean y versean sin soltar la botella. Se arriman y riman en torno a una banda alcoholizada.

Pienso por pensar e hipeo.

Donde quiera que estés llegaré

No importa si viviré

Ahí estaré…

La botella de aguardiente chino, hecho a base de alcohol de caña y no de arroz, hace su recorrido de mano en mano hasta retornar a mis manos.

La espera es larga, tortuosa. Es un infierno seguir la ruta semicircular.

La rue Laurent no es la mejor plancha para festinar la nueva adquisición: una botella de dos litros de aguardiente sin etiqueta.

—Lance otra, maestro Gabo —pide Villegrande con la bocaza aun chorreando de baba.

¿Es la soledad

un imán de infelicidad

o bendita calamidad?

De los siete, tal vez el puertorriqueño es quien mejor entiende lo que digo. Es un palurdo bañado de betún, pero nos hermana el pisto. Los dos fuimos paridos por la misma tragedia. La del exilio.

Aldo Barba es mudo y cojo. Y ha sabido capitalizar su par de defectitos. De todos, es el que mejor recauda limosna. Su suerte la compensa con actos de generosidad. Nos surte de alcohol cuando la resaca fríe el buen humor. Siempre he desconfiado de los guatemaltecos, por usar de escalinata a sus iguales. Tal vez Barba no sea de allá y es su manera de autoflagelarse.

No me importa cuánto avances

Mientras no me alcances

Sucios lances…

La calle es el mejor refugio de los sin casa, desechos liberados por la sociedad quebequés.  Los polis nos observan sin molestarnos. Es verano. Saben que cualquier plaga acortará nuestras caminatas por Montreal.

Uno de los rusos, Boris, es espléndido cuando recita unos versos de su paisano Pushkin. Solo su hermano Ósip festina el detalle. El fermento de caña los convirtió en gruesos sacos de jugo de granate.

Es Françoise Lecacheur la que menos interactúa del grupo de sans-abris. Habla poco y bebe mucho. Nadie le exige dinero para comprar aguardiente o refrescos. En dos o tres ocasiones llevó sándwiches de jamón con queso amarillo. Nos entretuvo el hambre.

Como un mal bicho

tantas cosas he dicho

desde el nicho.

Y su peor es nada, tan borracho como yo, es jamaiquino y labrado en obsidiana. Es parlanchín, gritón, peleonero y pedinche.

Cada uno con su historia y mentiras. Yo en lo mío: atrapado en el pasado, verseando y bebiendo pisto hasta embrutecerme y dormir.

Nos cuidamos. Si el sueño me vence, Barba hace guardia. Lo mismo ocurre con los Mayakovski. Osip y Boris solo confían en Françoise. No en Henri, el bullanguero jamaiquino.

Aun así, la banda es fuerte y unida. Solo nos distanciamos cuatro o cinco horas al día para allegarnos de dinero. Los montreales de banqueta son piadosos. La doctrina cuáquera hizo buen trabajo.

Por fortuna, solo una minoría lee o ha leído a Nietzsche.

Tanto has hablado del cielo

en pleno vuelo

que recelo.

Cabrones tus versos, maestro Gabo  —insiste Villegrande.

Me recuerda a un paisano de apellido Irra. Nunca quise escuchar sus sugerencias.

—Has canciones y véndelas… Tienes el don de la rima… Y el que rima, arrima…

En Aracataca, don Onésimo Buendía tambien insistía.

—Mira chamaco, tienes memoria y palabras domingueras, aprovecha esos dones y échate a rodar al mundo y no termines como yo, viejo y garbimba esperando la pasta del retiro como un huevón

La mejor escalera

te lleva a la acera

si el destino quisiera…

Todo se tuerce si te contamina la revolución. El humanismo prolonga la pobreza. Es como la pasión de dama. Enfermedad que castra y te condena al exilio, cárcel o muerte.

Y si el encierro

apesta a fierro,

es encierro.

La caminata fue larga. Brinqué de país en país y a los diecisiete años, recién cumplidos, puse los botines en Matamoros, una ciudad fronteriza de México. Lo primero que pensé al escuchar el barullo del mercado Juárez.

En Matamoros,

jaula de loros,

no hay moros.

Algo murmura Henri en francés. Villegrande me lo transfiere al mismo tiempo de entregarme la botella.

—Dice que hablas mucho contigo mismo y pregunta si estás cuerdo, maestro Gabo.

Respondo:

Si hay depresión

habrá eclosión

con su canción.

Y después del trago y la falta de aire, un suspiro tan largo como el quejumbre de un aparecido.

El pecho se incendia y su lava llega hasta los intestinos.

Y si el encierro

apesta a fierro

es entierro.

La rubia de nieve, Françoise, sonríe. Seguramente ha experimentado tal tortura. Los rusos liban antes de entregar la botella.

Una ronda imparable. De locos atados al mismo infierno. Lagrimeo involuntario. Es el momento que más odio. El recibir el ramalazo de la lucidez.

Cavila mientras puedas,

porque con dos O harás ruedas

y explosiones acedas.

HEMEROTECA: Dario Ruben – Obras Completas 15 – Autobiografia

Categorías
Mentiras para sonar

EL PALILLO

mentirasEra una joya inapreciable, camarada Pierre. Bonne chose, cher ami. No entiendo por qué pelas tu apestosa cantera de carbón, si solo percibes los ruidos de un afónico.

Je ne suis rian.

Es lo que dicen tus ojos de moribundo.

Y te repito, olvídate del tiempo. Las imágenes bullen como una tira de celuloide. El Gabo estaba ahí, en el corro de reporteros.

Todos atentos a sus palabras, a su ironía. En su papel de filósofo griego.

Lanzaba dardos. Su buen humor era óptimo.

La industria del cine comercial destruye nuestros sueños.

Gabriel García Márquez lo dice en la fondita esquinera de la calle Tlacquemetlac, a pocos pasos de la cerrada de Fresas 13.

En la colonia del Valle se encontraba el cuartel general del semanario X.

El colombiano bigotón insistía, en su hablar costeño:

Por malas películas, odio que el trabajo del escritor se quede sin lectores.

En mi caso, aguardaba el momento para apoderarme del palillo que acababa de utilizar para trasegarse los dientes, después de haberse enjaretado tres chalupas de frijoles refritos con cebolla picada y queso Oaxaca.

Una señora de pelo grisáceo y un mandil pringado de manteca de cerdo había recogido los desperdicios de las tres mesas replegadas, donde convivíamos con el flamante escritor.

La charola con los platos sucios y botellas vacías terminó en una mesa cercana al mostrador.

En el plato del Gabo yacía la preciada joya de madera.

Nunca he quedado satisfecho con las adaptaciones que se hacen de mis cuentos o novelas. La imagen expuesta destroza la belleza de la palabra escrita.

En la revista X, muy apreciada por los intelectuales de derecha e izquierda, el Gabo acababa de entregar su colaboración de la semana.

El tema del texto hasta hoy pende en mi tetera, porque fui de los afortunados en obtener una fotocopia autografiada.

El cuento del cuento, lo intituló. Se publicó en dos partes.

Y anotó con letra manuscrita:

Al joven Gilberto, el futuro Marlín de la verdad.

GGM.

La fecha estaba en la copia del artículo, pero el tiempo ha hecho sus estropicios en mi cabeza.

Ya no tengo agallas para rastrear el famoso escrito y tranquilizar mi curiosidad de tundemáquinas.

El oficio se fue a la mierda.

Una A hizo que durante varios años intentara descifrar la intención de esa palabra: Marlín. Por el momento supuse que la metáfora estaba relacionada al personaje mítico del siglo VI.

Por la boca muere el pez o Estar como un pez en el agua. ¿Esa era su intención? ¿El mensaje deseado?

Porque el diccionario llamaba marlín a un pez y no al famoso hechicero inglés que educó a su pupilo Arturo de Bretaña para construir un nuevo imperio.

El enigma surgió al aparecer la palabra con una eme mayúscula.

Me dio pena esclarecer el entuerto con mis compañeros de redacción. Todos poseían una copia del texto con dedicatoria.

Dos reporteras, apreciadas por el director general, se hicieron acreedoras de una rosa dibujada por el autor de Amores en tiempos de cólera.

En fin, camarada Pierre, el propósito de soltar esta chorrada es por la fijación que me despertó aquel minúsculo trozo de madera con masa de maíz.

Solo aguardaba el momento para ponerme de pie, bajo el pretexto de ir al baño, y apropiarme del mentado palillo.

Y la oportunidad llegó cuando el más veterano de los reporteros levantó un brazo y demandó una nueva ronda de coronitas.

Me puse de pie y enfilé al lugar indicado por mis supuestas urgencias de vejiga.

Sin importarme que alguien de la cocina viera mi osadía, pesqué el palillo con paluegos y continué la marcha.

Lo conservaría en un frasco de ampolleta con la etiqueta:

Mondadientes utilizado por Gabriel García Márquez durante un encuentro en la fonda de doña Teresita.

Y la fecha.

La palabra mondadientes, por palillo, le daría más caché al ser expuesto entre familiares y amigos.

El Gabo vestía camisa alba de seda y saco deportivo color crema. Sus mocasines café eran de gamuza. Se veía lozano, a pesar de ser un cincuentero.

Su designación como premio Nobel de literatura ocurriría en meses posteriores. Amigo Pierre, creo que eso tuvo lugar un año después de nuestro encuentro en la fondita.

Mí apresurada salida de México hizo de las suyas. Lo lamento: perdí varios libros con la dedicatoria de su autor, revistas, fotografías, ropa, películas, afiches y el mentado palillo del laureado escritor colombiano.

Y te voy a ser una sucia revelación, camarada Pierre: mientras orinaba, olfateé el palillo.

El olor no fue nada agradable, de eso estoy seguro.

Del texto que me dedicó el Gabo, puedo recitarte algunos párrafos. No importa que te hayas quedado dormido. Estos siguen intactos en mi memoria. Pero déjame beber un poco de whisky para aclararme el gañote.

Poco antes de morir, Álvaro Cepeda Samudio me dio la solución final de La Crónica de una muerte anunciada. Yo había vuelto de Europa después de un viaje muy largo, y estábamos en su casa de domingos frente al mar miserable de Sabanilla, cocinando su legendario sanchocho de mojarras de a dos mil pesos.

—Tengo una vaina que le interesa –me dijo de pronto–: Bayardo San Román volvió a buscar a Ángela Vicario.

Tal como él lo esperaba me quedé petrificado.

“Están viviendo juntos en Manaure –prosiguió–, viejos y jodidos, pero felices.”

No tuvo que decirme más para que yo comprendiera que había llegado al final de una larga búsqueda.

VIDEOTECA: [youtube:https://www.youtube.com/watch?v=0NBguBV8WaI%5D

Categorías
Mentiras para sonar

NO ME PREGUNTES…

mentirasEs verdad lo que voy a contarte. Y sucedió en Ciudad Juárez.

No me preguntes la fecha. Sabes que es intemporal mi paso por la tierra.

Uno vive razonando mentiras para cosechar verdades.

El olvido es muerte.

Y no importa que las bestias hagan de la muerte su tierra de promisión.

La vid salvó a los nobles del pecado. Hoy están prófugos del vientre materno.

El vino suplió el dulce brebaje de la vida, camarada Pierre.

Bebamos pues y escucha esto que te voy a contar.

El escritor Carlos Montemayor dio una conferencia magistral en la Universidad de Ciudad Juárez. No soltó tomas de nota de escritores extranjeros u ocurrencias de filósofos griegos. Habló de la guerrilla rural de los sesenta en México.

En ese entonces, él trabajaba en la elaboración de un libro sobre el tema.

Pulcro, lampiño, de lentes bifocales y un saco tweed oscuro, Montemayor era de hablar pausado, de pedagogo.

El jefe de información X me ordenó que buscara una entrevista con el sociólogo y lingüista.

Tuve que mamarme todo el ilustre monólogo del chihuahuense frente al centenar de estudiantes y colados.

Después, lo busqué en el estacionamiento donde lo aguardaba un taxi.

—Vengo del periódico X, maestro Montemayor —dije al abordarlo y de inmediato pregunté, grabadora en mano—. ¿Es posible que me conceda una entrevista?

—Claro, sin ningún problema, en hora y media nos encontramos en el bar del hotel X —confirmó de buen talante y se trepó al taxi.

Hablé por teléfono con el jefe de información y solicité su venia para pagar la nota de consumo del escritor con residencia en la Ciudad de México.

X lo consultó con el director editorial. Luz verde. No hubo ningún contratiempo.

Montemayor fue puntual a la cita. Había leído su libro Guerra del paraíso, que trata la vida y obra del maestro guerrillero Lucio Cabañas Barrientos.

En el estado de Guerrero, durante en las décadas de los sesenta y setenta,  hubo una revuelta armada.

Cabañas, tras la matanza de Atoyac —ocurrida en mayo de 1967—, impulsó la creación del Partido de los Pobres y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento.

En 1974 fue ejecutado por militares en una emboscada.

El libro de Montemayor hizo una minuciosa recreación de la persecución y muerte del mítico guerrillero rural.

Y el día de nuestro encuentro, Montemayor trabajaba en la elaboración del libro Las armas del alba que, en el 2003, circularía en bibliotecas y librerías.

En ese largo ensayo novelado reconstruyó la presencia de la guerrilla rural en Chihuahua.

Durante la entrevista habló de los asuntos domésticos de Ciudad Juárez: feminicidios, elecciones, pobreza y corrupción policiaca.

Y después de seis raciones de whisky, de su parte, y tres tarros de cerveza, de la mia, sugerí que utilizara las redes sociales para impulsar su obra.

Terminamos en franca camarería y acordamos reencontrarnos el mismo día, a las diez de la noche.

Le interesó ver mi trabajo antes de ser publicado.

Medio ebrio me retiré del bar.

En mi departamento hice la transcripción de la entrevista. La envié al periódico, por Internet, cerca de las nueve de la noche

El jefe de redacción X dio el visto bueno. Se publicaría tal cual.

No necesitaba utilizar transporte público para desplazarme del departamento al hotel.

Durante la cena bebí otro par de cervezas de lata.

Ya achispado y con una copia impresa de la entrevista en el morral ingresé al bar del hotel.

En esta ocasión, Montemayor echó por borda la puntualidad.

En una mesa rinconera continúe hinchándome de cebada fermentada.

Hora y media después, molesto, me retiré del bar.

Durante el recorrido del hotel al departamento hice una parada. Y fue en una tienda Oxxo. Un six de cervezas aplacarían el enojo y el prurito de alcohol.

Deseché trabajar al día siguiente.

En el instante que vaciaba la segunda lata de pisto, recibí una llamada telefónica. Era el reportero de guardia X.

—Te buscó el maestro Montemayor para disculparse —dijo—, pero pidió que le hablarás por teléfono al hotel. Su habitación es la catorce.

Y Aproveché el momento para adelantarle a X que no me presentaría al periódico.

—Para que no te descuenten, manito —sugirió X— mánda un par de notas de tus fuentes. Puedes reportearlas por teléfono, manito

De inmediato busqué a Montemayor. La recepcionista, sin preguntar mi nombre, aseguró que el escritor no se encontraba en su cuarto.

—¿Puede decirme su nombre, señor? —demandó la mujer—. Cuando llegue le entregamos su recado.

—Gabriel García Márquez…

—¿En serio?

—Es la verdad, señorita, estoy a su servicio —proseguí la broma.

—No me lo va a creer, acabo de terminar Cien años de soledad…

—Obra menor —dije—, pero bueno, de algo hay que vivir…

—Me gustaría conocerlo en persona, señor García Márquez para que me dedique una de sus obras…

Y ya acicalado por el alcohol lancé el dardo, sin dimensionar las posibles consecuencias.

—Hoy mismo, si le interesa —ofrecí—, porque salgo a Venecia en seis horas…

Una hora después nos encontramos en un restaurante bar de la avenida Juárez. Y para ubicar mi presencia le dije que llevaría tres o cuatro novelas de mi autoría para regalárselas.

Me vi obligado a ponerme guapo, o eso creí: me arreglé la melena, el bigote y la barba, entonces entrecana.

Utilizaría para la cita el único traje de mi pertenencia, necesaria en los eventos especiales. Para intentar verme algo jovial, iría de tenis y sin corbata.

La recepcionista no tuvo dificultad en ubicarme. Los cinco volúmenes amontonados en la mesa guiaron sus pasos. Portaba aun el uniforme del hotel —un saco sport azul marino con el logotipo de la empresa—, blusa y falda blanca y zapatillas negras.  Calculé que tendría entre treinta y cinco a cuarenta años.

Por la palidez y lo marcado de las ojeras deduje su falta de nutrientes y sueño.

Tal vez pongas en duda lo que te diga, camarada. Mi aspecto dejó de ser el de entonces.

La calle y el alcohol me tienen frito.

Montreal no es el hábitat deseado para un inmigrante sin papeles. Pero no miento. Y perdona que no hable tu lengua, camarada Pierre. El hecho que comulguemos con whisky y que tus chakras carguen una buena ración de energía divina, has sido alcanzado por el Espíritu Santo. Estoy seguro que descifras mis palabras…

Tenemos comunicación.

Lucrecia. Si, Lucrecia era su nombre.

Después de escuchar mis tonterías —alimentadas por frases recurrentes sustraídas de libros y periódicos sobre el escritor colombiano— aceptó acompañarme al departamento.

—Un poco de distracción me hará bien —dijo con una sonrisa de complicidad y mirada achispada—. Y no te preocupes por lo que suceda, nadie me espera en casa… Soy divorciada y debo confesarte que me aburren los libros de García Márquez.

HEMEROTECA: PRO5JUI20