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Morir en Montreal

LAS CONSECUENCIAS

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La falta de alcohol me provocó ansiedad y temblorina. Doce horas abstemio. El sistema nervioso reaccionaba encabritado.

En esta ocasión, los policías me enchironaron en un largo y asfixiante recinto poco iluminado. En compañía de ciento ochenta dos detenidos.

La lista con nuestros nombres y apellidos fue adherida en uno de los cristales de la puerta.

Me reencontré con el chileno entre la masa de inadaptados y viciosos, jóvenes en su mayoría.

Nosotros éramos los más cascados por la edad y el desgaste emocional.

El olor a pies y sudor volvió tóxico el cerrado lugar y algunos optamos por acuclillarnos ante la falta de banquillos. Era el preámbulo obligado para nuestro encuentro con el juez de paz, apoltronado desde las nueve de la mañana en uno de los salones de audiencias, el 307.

Mis compañeros de infortunio tan similares, a pesar de la diversidad étnica.

La ciudad los convirtió en trashumantes del vicio y la sordidez.

Los sicotrópicos y el alcohol impusieron sus códigos de convivencia y hermandad.

La mugre e improductividad nos arrojaron a las calle.

Por lo mismo, la sociedad terminó siendo prisionera de sus propios desechos: policías, militares, viciosos, vagos y delincuentes…

Nos convirtieron en seres esquizofrénicos y miserables, antes de exterminarnos o enclaustrarnos en un hospital psiquiátrico.

—Y estos que estamos aquí somos los menos peligrosos  —explicó Lizárraga, igual de turulato por la falta de alcohol y anfetaminas—. Me ha tocado estar con los bastardos y calzonudos y ellos si son cosa seria, carbonero.

—¿En jueves?

—Todas las noches… treinta cinco mil o más vivimos en las calles de Montreal, imagínate vos y yo no soy chacotero… El amigo que recibe mi correspondencia sabe mucho de estas cosas, porque es un duro con la cocaína y se gana la vida limpiando los cuartos de suicidas y asesinados… Los fiambres le dan trabajo y tiene buenos contactos en la policía…

Mi instinto de sobrevivencia seguía disminuido por la urgencia de meterme cerveza o aguardiente en las venas.

De materializarse la palabrería del chileno, sobre la orden de restricción emitida por el juez, tendría que dormir en la calle, semidesnudo y hambriento.

Narguiles, Martin o El Ronco Rentería nada querían saber de mí, me odiaban por coger con sus mujeres y éstas, a su vez, tampoco deseaban relacionarse conmigo.

Mi patanería tenía un límite y optaron por aislarse.

Todo ocurrió durante el proceso de francesación en el Centro Comunitario de Outremont. Me convertí en un hostil lobo estepario, viviendo de la ayuda social mientras se decidía mi juicio migratorio y trabajando a la negra para pagar mis vicios y demencias, sin reportarlo a Empleo Quebec.

Mientras enfrentaba los rigores de la goma y aparentaba escuchar la algarabía provocada por los otros detenidos, diez palabras del chileno, infectadas con su aliento de cañería, me hicieron reaccionar y focalizarlo:

—¿Y qué vas a hacer cuando salgas de aquí, paleteado?

—Ni idea…

—¿Tienes biyuyo, plata para rentar un cuarto?

—Unos cien o ciento cincuenta pavos y algunas aparatillos que vender, como la televisión y una laptop.

—Son buenos, carbonero —asentó Lizárraga—, vos no te perdás de vista cuando salgas de la corte. Te busco o me buscas en el McDonald de la Notre-Dame y Saint-Laurent, no hay pierde. No es charcha este quebeco y eso sí, muy paleteado con los talentos y briagos, como vos y así lo creo…

—El asunto es que la libremos —dije un poco más consciente de los dichos.

Concha su madre, si estamos aquí, es porque la libramos hoy —exclamó enseñando sus peladas e irritadas encías de vicioso.

—¿Y los martillazos sangraron al tipo?

—Ni un rasguño, todos pegaron en la mesa y el cara de chetes traía talco en las narices, es un duro, y con antecedentes criminales… El franchute de mierda no me levantó cargos.

—¡Maurice Dion! – gritó una policía negra tras abrir la puerta.

El nombre y apellido fueron atrapados por algún detenido. Aun así, las dos palabras nuevamente resonaron.

De inmediato se hizo visible un tipo grotesco, cabezón y sin cuello, camisa desabotonada y vaqueros desgarrados del trasero. Sus toscos zapatones de albañil retumbaron al acercarse a la policía.

Desde ese momento, el llamado de cada prisionero nos obligó a guardar silencio.

Y aguardábamos con ansiedad la presencia de la mensajera uniformada y culona.

Mis apelativos fueron recitados cerca de las cuatro de la tarde.

Y al erguirme, el chileno recordó que al salir del juzgado nos reencontraríamos en el McDonald.

—De todos modos, carbonero —me dijo—, después de la corte nos vuelven a entambar en otra habitación hasta que terminen las actividades del Palacio de Justicia.

—Estamos, amigo Manuel —asentí agradecido— y gracias por encharcarte con mis asuntos de malandro y bolo.

—Los carachos tenemos que apoyarnos, ¿o no? Vos me caés bien por cutuflai y flaite…  Eres pueblo, puro proletario mal vestido… Andá, andá que lo requieren…

 Del otro lado de la puerta me aguardaban dos guardias armados.

El bembudo  de nariz torcida, frente a una silla plástica, sostenía con ambas manos las esposas y el grillete que me colocarían en las muñecas y tobillos, antes de enfrentarme al juez y a sus chalanes de toga negra.

HEMEROTECA: Yo soy Espartaco – Kirk Douglas

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ESTAR CONTIGO…

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Y antes de llegar a la Sala de Justicia, tú estas presente.

Así fue, como es…

Melania amó al marica gallego, el hombre equivocado, y no quiso ser la madre de sus hijos…

Melania tenía las piernas gruesas y las nalgas anchas, macizas y respingadas.

Verla desnuda no era algo fácil, menos si sus ojos lanzaban fuego al chimar, como los de su madre.

Ella, Melania, tuvo que crecer sola.

De niña fue abandonada por su padre y rescatada por la tía Eufrosia, cashpeana de milicos asesinos.

A uno, el menos venturoso, le encantaba por sus mentiras y tetas. Y anhelaba tener una esposa.

El segundo, un miserable kaibil, solo deseaba lengüetearle allí abajito y depositar su dinero —producto de sus crímenes—, en el bolso de franela que colgaba a la entrada del jacalón de Chiquirines.

Melania siempre fue una sobrina inteligente. Le era recurrente coquetear ante el espejo, desnuda y antojadiza.

Imposible olvidarla.

La edad es lo de menos.

No me importa que ella ahora roce los cuarenta y cinco años.

Es cosa de redescubrirla: entera, caliente y energética.

La he soñado con los muslos expuestos, de espaldas en mi lecho.

Es muy hermosa.

Yo enmudecería con solo rozar sus labios burdeos y el reeducarme en las artimañas de la eyaculación, como lo hizo su tía Eufrosia o su madre, las muy arracheras.

Quiero estar contigo, Melania; oler tu nuca… succionar la fragancia de tus nalgas de canela y clavo…

La marcha prosigue hacia lo desconocido y custodiado por dos policías negros…

Y pienso en ti, Melania Cobos…

HEMEROTECA: 1 – Historia Freak Del Cine – Barañao Joaquin

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EL HIJO DE VIRACOCHA

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10: 25 am.

Los detenidos descendimos del autobús blindado. Ingresamos por el sótano a una estancia dividida en cajones encalados con una puerta y sin ventanas.

Uno a uno cruzamos un arco sensor.

Nada de sorpresas.

Fuimos escudriñados a consciencia por tres policías, negros y rudos.

El lugar era austero, de pasillos estrechos bordeados con puertas de metal.

Me remitieron a una habitación blanca.

Me sorprendió encontrarme con una treintena de chamos ojerosos y ropas astrosas. La mayoría, sentados en bancas de madera, de espaldas al muro crema.

Yo era el más viejo. Me conmovió la escena.

Cada detenido representaba las distintas etnias que pululan en Montreal: desde caucásicos —e incluyo a los quebequés—, hasta  asiáticos, africanos, eslavos y latinos.

En ese instante las conversaciones eran en inglés.

Predominaba la lengua de los moradores del Palacio de Buckingham.

Extrañé al chileno.

No lo ingresaron a nuestra claustrofóbica habitación de asientos rallonados y dos cámaras de video en el cielorraso. Había un retrete tras un  pequeño muro que visualizaba la cabeza del usuario.

Un detenido se distinguía por estar desnudo del torso, plagado de tatuajes.

Los dibujos en tinta azul aludían a dioses prehispánicos, de origen inca.

Tenía el cabello largo, muy negro, recogido en un chongo en la base de la nuca.

Era de piel morena, con unos cuantos pelos negros, a la Mario Moreno Cantinflas, en las comisuras de los labios.

Sus toscos rasgos reafirmaban su origen autóctono.

—¿Parlez-vous espagnol? —pregunté al acomodarme en un hueco de la banca.

Lo obligué a arrinconarse al muro.

—Yes of course, soy peruano, but I don’t speak french sino inglés, man, because is mi segunda lengua…

—¿Me podrías decir dónde hijo e puta estamos, amigo?

—En uno de los sótanos del Palacio de Justicia, man y después de la one o’clock  nos pasan a otro lugar para take us whit a judge of peace, porque la mayoría de los que estamos aquí no cometimos delitos graves. Ningún man mató, robbery and dealing drogs, man. ¿Usted por qué lo pescaron?

—Por un chirmolero del departamento que comparto y con el que tuve problemas…

—¿Lo lastimó?

—No, pero llamó a la policía y dijo que quise matarlo con un cuchillo…

—Tendrá que demostrarlo, but you will go free today, man, because no hubo sangre.

No intentamos intercambiar nombres.

La camarería es consecuencia del idioma y el enjaule.

El peruano no rebasaba los veinticinco años. Imponía su aspecto de guerrero inca.

Sus contemporáneos evadían mirarlo a la cara o intercambiar palabras.

Un detenido de ojos azules, huesudo y piel traslúcida, narraba sus peripecias en inglés con acento ruso.

Lo detuvieron por golpear, drogado,  a  dos prostitutas.

Otro, de piel moruna, casi azulosa, y ojos saltones y rojizos, no ocultaba su desastrosa condición de adicto y mala leche. Su problema fue tragarse dos pequeñas piedras de cocaína base para evitar ser arrestado en posesión de narcóticos.

Babeaba en demasía y continuamente iba al retrete para intentar vomitar.

—Nos dijo que vende crack —explicó el peruano— y si he is arrested con la droga, lo llevan directamente a una prisión federal por delitos contra la salud. La libró el man, but the man will have to suffer las consecuencias…

El peruano tenía en la espalda a Viracocha, el dios quechua de la vida. En el pecho y antebrazos a Inti, Mama Quilla, Pacha Mama y Mama Sara, la diosa del maíz.

Estuve tentado en mostrarle mi quetzal. La cordura se impuso.

Mis tiempos de guerrero habían pasado sin pena ni gloria. No haría el ridículo.

Él podía lucir aquella cosmografía andina como un acto legítimo de rebeldía a sus captores.

En realidad les hizo creer que era un auténtico descendiente inca y formaba parte de la comunidad indígena canadiense, la llamada Primera Nación.

Su piel, historia viva de su cosmovisión religiosa, lo blindaba de algunos excesos policiacos.

—¿Porque estás aquí, amigo?

Pregunté mientras desayunábamos sándwiches con queso amarillo y un falso jugo de naranja que nos repartió una mujer policía musculosa y piel negra.

—Violé la orden del judge de no salir a las streets, después de las ten at night

Interrumpimos la conversación al desplomarse el negro con las dos piedras de cocaína base en el estómago. Dos detenidos intentaron reanimarlo e incluso lo obligaron a ingerir jugo de naranja.

El muchacho vomitó. Empezó a boquear y parpadear repetidamente.

Nadie tuvo la intención de solicitar ayuda de la policía.

Tampoco los carceleros  respondieron a la emergencia, a pesar de existir una permanente vigilancia audiovisual.

—Puede morirse —le dije al peruano.

—No, man. El black is strong y tiene sus costumbres que la police las conoce. Ya arrojó la cocaine y ahora el man should rest.

Y el remedo de inca dijo la verdad.

Dos horas después, el larguirucho negro de ojos incendiarios estaba de pie.

Nos secundaba, acordonado y esposado, en nuestra caminata hacia el tercer piso, donde nos enfrentaríamos a un juez de toga negra; solapa y corbatón blanco y estola roja.

13: 40 pm.

HEMEROTECA: teele14ene20

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KARMA

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Los sueños recurrentes, en mi caso, son un misterio. Me provocan miedo y angustia el verme solo, perseguido en callejuelas infectas de basura y criminales.

Durante los pocos minutos que dormí en la celda  tuve una extraña evocación:

Me sumergí en las aguas pardas del rio San Lorenzo para salvar a la pareja de un amigo de adolescencia.

Lo sucedido fue muy descriptivo y real.

Tulio Badallares, como se identificó en la playa del parque de Jean-Drapeau, agradeció mi ayuda.

La mazatenangueña, Vanessa Cernuda, había estudiado con nosotros en Chiquirines.

No la recordaba a detalle.

El hecho fue que la atrapé del pie izquierdo antes de ser tragada por la maleza acuática.

Temí ahogarme en los instantes que pataleaba hacia la superficie, sin soltar a Vanessa.

Después, en una terraza del chalet playero celebrábamos el desaguisado. Vanessa, en bikini y cabello suelto, húmedo y refulgente, me conducía de la mano a su recámara.

Un golpeteo metálico interrumpió nuestra marcha.

Horrorizado observé, en acción retardada,  el desplome de una botella de champagne que se soltaba de mi mano.

—¡Hora de tocar el piano! —exclamó el carcelero, golpeando los barrotes con una macana—, ¡Allé, allé, de prisa!

En el pasillo, su acompañante —ceñudo y cárdeno—, me ordenó estirar las manos  para esposarlas.

El chileno quedó rezagado de la fila india con dieciocho detenidos.

Durante nuestro lento recorrido nos vigilaron cuatro policías.

Lo poco asimilado en la escuela de francesación, me ayudó a ser  un poco receptivo con las instrucciones emitidas por mis captores.

Lo mismo ocurrió al observar los avisos impresos en los muros de la fría comisaria.

—Usted, usted y usted aquí se quedan —ordenó el carcelero, señalándonos.

 Tres detenidos ingresamos a un pequeño cubículo ocupado por dos mujeres policías.

Me liberaron de las esposas.

En un escritorio de metal enfrenté los sinsabores del sistema carcelario quebequés:

Recibir una ración de tinta negra en las yemas de los dedos, de ambas manos, e imprimirlas en una hoja mecanografiada.

Posteriormente ser retratado, de espaldas y costado, sobre una regla vertical grabada en el muro blanco.

Mientras la cámara lanzaba flashazos, yo sostenía una cartulina con varios números y letras.

Los otros detenidos, jóvenes, greñudos y tatuados de los antebrazos, aguardaban su turno de fichaje, de pie y esposados.

La falta de droga se evidenciaba en sus gestos y el tono de la piel.

La malilla les pegaba duro.

El barbaroja con una mejilla inflamada y amoratada tiritaba. No cesaba de rascarse el cuello y las palmas de sus manos.

Ante mis ojos, todo parecía tan irreal, confuso.

Después del fichaje, nos esposaron y condujeron a un camión blindado, similar al usado para transportar valores bancarios. En el sofocante interior, por la falta de vidrios, aguardamos el arribo de otros detenidos.

En esos instantes recordé lo expresado por el chileno.

El salvadoreño tuvo mayor credibilidad en su denuncia por hablar un correcto francés.

Y otro punto a su favor:

Obtuvo el respaldo de vecinos, compañeros del departamento y del propio conserje.

Manuel, ducho en esos líos judiciales, me adelantó:

—El juez va a ordenar que dejes el departamento y no te acerques a cierta distancia del denunciante  Tampoco podrás hablarle al guanaco por ningún medio, mientras dure el juicio… El cacho no es cualquier cagarreta, carbonero, y dímelo a mí que ya soy cliente de los carabineros de esta cana putrefacta…

Por el momento, opté por aislarme del problema que experimentaba e intenté pensar en hechos agradables.

No lo logré.

El submundo urbano pesaba, dolía e imponía sus códigos.

Por ejemplo, el apestoso bar de Gardiner siempre fue terreno minado, de escape.

Por su cercanía al departamento de Walkley tendría que abandonarlo en definitiva.

Alessia Lombard me había distanciado de El Ronco Rentería.

No preví las consecuencias.

Durante cinco fines semana intimidé sexualmente con ella sin violencia física o verbal.  La entusiasmé. Su amante la vejaba y golpeaba.

Primero acudí a su departamento con el pretexto de elaborar bisutería y beber su cerveza y aguardiente antillano.

Placer de dioses.

Posteriormente, la borrachera y el ocio me horquetearon en sus muslos. Terminé siendo adicto de sus resoplidos y pataleos de yegua en brama.

Por un accidente de trabajo, El Ronco Rentería se alejó un par de meses de la quebequés.

—Tengo que superar mis lesiones —pretextó— y viviré un tiempo con  mi ex, la madre de mi hijo Carlos. Es de mi país y conoce algo de herbolaria…

Una cosa encajaba con otra y revolucionaba la rutina.

La escuálida Alessia rentaba un sórdido sótano de una recámara.  En ese espacio evidenciaba su grave crisis existencial: mugre y un desorden absoluto.

Su alcoholismo y apego a la cocaína base la habían desconectado de la realidad.

Aun así, diariamente no dejaba de fabricar con sus manos collares, aretes, broches y pulseras e imprimirle originalidad a sus diseños.

Únicamente bolo podía chimarla y protegerla bajo mis brazos, mientras buceaba en las aguas infernales de las alucinaciones.

El Ronco Rentería se enteró de lo nuestro.

En uno de nuestros reencuentros en el bar de Gardiner, sin alterar la voz, comentó que mi comportamiento era incorrecto y falto de hombría.

Previamente nos habíamos enjaretado dos tarros de cerveza oscura.

Su honra, aclaró, jamás la reivindicaría a golpes o amenazas.

Los tiempos eran otros e imprimían nuevos derroteros de equidad justiciera.

Sentenció:

—Es Canadá y los bisneros tienen ala ancha para los calenturientos y vos la cagaste, Venancio. Aquí podés venir cuando querás para hacer tu cambalachera. Es un bar, no te preocupes… Martin y Richard ni por enterados en esta vaina, bonne chance

Su desnalgada amante le era leal, no fiel. Lo fundamental estaba en lo primero.

Y dejé de ser su aliado de confianza al meterme en la felpa desteñida de la drogadicta.  Hubo deslealtad hacia él y tenía que ajustarme a las consecuencias.

La clica paramilitar lo secundó.

Hasta El Mocho Cabrera dejó de frecuentarme.

Llegaron a su fin los acompañamientos al viejo puerto de Montreal para vender nuestra mercadería artesanal y el beber cerveza con los bohemios del bar de Saint-Catherine. También quedé fuera de sus planes de participar en la recuperación de los escudos y reales españoles, enterrados en territorio cochabambino.

Me convertí en un proscrito, sin recompensa por mi captura o muerte.

Y como le ocurrió a Moisés, el profeta hebreo, o a Sinuhé, el médico egipcio, fui condenado al exilio del territorio sagrado de los paracos y bolos de Notre-Dame-de-Grâce.

Así que, cuando me enfrenté al guanaco de Los Cobanos —Wenceslao Guerrero—, carecía de aliados. Solo tendría que mamarme tamaña bronca.

No era cualquier concha de ajo, como dicen los venezolanos, sino un problema legal que podría desencadenar en penitenciaria y deportación.

Y mientras continuaba en el autobús blindado y sin ventanillas, que me transportaría al Palacio de Justicia para enfrentar a un juez por los cargos criminales presentados en mi contra, tambien intenté descifrar la pesadilla registrada en la celda.

Me  resultó interesante.

Mi subconsciente deambuló en un lugar conocido: la playa del parque Jean-Drapeau, donde, un año tres meses atrás, navegué con Lisandra en un kayak hasta la caída del sol.

Después, cenamos en uno de los pabellones del casino de Montreal y dormimos en un motel de paso de Longueuil, donde anunció el fin de nuestros encuentros.

En dos días, sus hijos retornarían de Panamá.

Y tras meditarlo optó por no abandonar a Roberto.

—Tú me ayudaste a valorar mejor mi sexualidad —dijo con la cabeza sobre mi pecho, soltando el perfume floral que tanto me enervaba— y Bob es un buen padre y amigo. He hablado con Maya y acordamos compartir a mi marido, porque lo amamos. Incluso, es posible que en algunas ocasiones los tres salgamos juntos a divertirnos. Mi familia es lo primero, Venancio y espero lo entiendas…

E imaginé:

Los chapines, Tulio Balladares y Vanessa Cernuda —presentes durante el trayecto al Palacio de Justicia—, eran los replicantes del cocinero bisexual y La Tuerta fanática.

Y entonces comprendí:

Nada es fortuito en nuestro paso por la vida. Siempre existirá un propósito inexplicable que jamás concluye con el olvido o la muerte.

Por el contrario, es el inicio de la inmortalidad.

De algo tenía certidumbre: había sembrado la semilla de la esperanza en territorio quebequés.

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ENTAMBADO

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La celda tenía veinte barrotes, retrete, lavabo y dos lozas de cemento — del tamaño de una cama individual—, empotradas a los muros color crema.

Una crujía similar, sin inquilinos y separada por un pasillo, al frente de la mia.

Durante el traslado al cuarto de fichaje comprobé que, en la planta baja, existían otras siete celdas de las mismas dimensiones.

Un policía de porte germánico me entregó una cobija y un rollo de papel sanitario.

De la una a las tres de la mañana, la prisión preventiva del Centro Operacional Oeste de la policía de Montreal fue poblándose de malandros.

Y empezaron los gritos, reclamos e imprecaciones contra los policías.

Yo compartía la celda con un chileno, de nombre Manuel Lizárraga. Tenía sesenta años de edad.

Lizárraga fue arrestado en un bistró del bulevar Cavendish.  Enfermo de celos, golpeó con un martillo al amante de su amante  —una meretriz alcohólica—, acicalado por el ron y las anfetaminas.

El chileno sobrevivía con dinero de la asistencia social. Un amigo le rentaba, por cincuenta dólares mensuales, su dirección domiciliaria para recibir su correspondencia.

Las adicciones de alcohol y anfetaminas, lo orillaron a dormir en la calle o en mesones para hombres itinerantes o sans-abris.

De esta manera evitaba pagar la renta de una habitación, como lo exigían las normas asistenciales del Ministerio del Trabajo, Empleo y Solidaridad Social de Quebec.

Manuel era un hombre consumido por la depresión y los excesos.

Su rostro era una máscara de piel  marchita y desdentada.  El rencor y frustración lo estaban secando. Era huesudo, de pelo pashte y envuelto en trapos sucios y pestilentes.

Posiblemente mi aspecto también evidenciara suciedad y descuido.

Mi rostro no se diferenciaba al de un anarquista, presto a levantarse en armas en el viejo San Petersburgo.

El chileno no cesó de llorar, doblegado por su obsesiva frustración de amante cornudo.

En voz alta, y desde el camastro, lamentaba su desgracia.

De costado, con el rostro adherido al muro, gimoteaba y repetía las palabras conche-tu-madre y eres una guevona y malandra.

La aurora llegó sin que amainaran las quejumbres y gritos.

Tras mi arresto, terminé en un inmueble de dos plantas del Servicio de la Policía de Montreal, en el barrio Bois-Franc, entre los bulevares Thimens y Cavendish.

Dos mujeres policías, agraciadas de cara, pero bruscas de cuerpo, me recibieron y registraron en un ordenador.

En absoluto mutismo, realizaron su chamba.

Quince minutos después, con los brazos esposados, me trasladaron al área de las crujias.

Mientras descendía por unos escalones metálicos, el carcelero, de rasgos autóctonos, me informó que a las siete de la mañana sería trasladado a otra prisión.

 Y una hora antes de la partida, de no tener abogado y apelar a la detención, en el departamento de fichaje abrirían una tarjeta signalética con mis huellas dactilares, número de expediente y fotografías de frente y perfil.

—¿No tienes abogado? —susurró en castellano.

—No  —dije—, tampoco dinero…

—Tienes derecho a solicitar uno y lo paga el gobierno.

Le agradecí la sugerencia con un también susurrante merci beaucoup.

Manuel logró tranquilizarse. Tal vez al superar los efectos de la efedrina y el alcohol.

De espaldas al muro y sentado en posición de jefe apache, empezó a interactuar.

—Tenés que perdonarme por mi comportamiento —se exculpó.

—Nada que perdonar  —dije—, es un asunto de bolos y aquí ya estamos para ponernos buzos.

—¿Es verdad, vos estás por lo mismo?

—¿Por bolo o andar de bochinchero?

—Si…

—Más bien por lo segundo —concedí y aspiré con profusión— y ni modo, lo baboso hay que pagarlo sin chilladeras

Nada de arrepentimiento, me dije mentalmente. Enfrentaría estoico las consecuencias.

La razón estaba de mi parte.

El guanaco marihuano me había hartado por ladino e irrespetuoso de mi privacidad.

Por desgracia, envié la señal equivocada al enfrentarlo con gritos y palabras soeces.

La bronca tuvo lugar durante mi trayecto de la cocina a mí cuarto.

Le exigí que contribuyera con la limpieza de los lugares comunes — baño y cocina—, disminuyera el volumen del televisor o el tono de su voz al hablar por teléfono durante la noche y no fumara tabaco o marihuana  en el interior del departamento. El humo me provocaba insomnio y dolor de cabeza.

—Vete a la verga, chapín de cagada —fue su respuesta.

Y salió vociferando del departamento.

Lo seguí, craso error.

En mis manos cargaba un juego de cubiertos que utilizaría en los embutidos y queso.

Antes del incidente, veía un programa de televisión, bebía cerveza y elaboraba aretes y collares de abalorios y cabuchones de resina.

En el exterior del edificio, bajo la nieve y los rigores del frio otoñal, lo reté a golpes. No lo bajé de cerote, hueco, chiflado, lengüetero, cuerudo y lambiscón.

El salvadoreño llegó al departamento por recomendación de El Ronco Rentería. Era pintor de brocha gorda y el palpador de próstata del italiano.

Su amoralidad le ayudó a conectarse de inmediato con la clica paramilitar de Notre-Dame-de-Grâce.

Mis momentos de mascado pendejo alertaron a los vecinos de los edificios contiguos, principalmente de origen afroantillano.

La chusma salió en defensa del guanaco, afín a sus vicios y guevonerías.

No faltó el dedo que solicitara la presencia de los juras.

Y yo, seguro de haber logrado mi propósito —intimidar al guanaco— reingresé al departamento para proseguir con mis tareas de artesano.

Los otros inquilinos de nuestro departamento no estuvieron presentes.

Todos eran prudentes al conocer mis constantes reclamos y estallidos de cólera.

Odiaba —y era reiterativo en mis reclamos— el enfrentarme a un fregadero repleto de trastos sucios; ser víctima del robo de alimentos, los altos decibeles de su música y de las pestilencias a mierda y marihuana en el baño y la cocina.

Por un instante quise revelarle mis cuitas al chileno, pero al verlo en aquel estado deplorable, de semilocura, preferí asumir el papel de confesor de cabecera.

HEMEROTECA: notv121809

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ARRESTADO

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El policía güero me apuntó con su revólver en la cabeza y ordenó:

—¡Agenouillez-vous et de mettre ses mains derrière sa tête!

Yo vestía un pantalón-piyama abierto de la entrepierna y un deshilachado suéter de lana, por ser días invernales. Cargaba un plato con trozos de queso parmesano y rodelas de salchicha de pavo.

Para obedecer tuve que depositar la comida sobre las sucias duelas.

Una mujer policía resguardaba las espaldas de su compañero bajo el umbral de la puerta.

Tras ella, con mirada azorada, observaba la escena el nuevo encargado del departamento, un turco peludo y apestoso a ajo.

En segundos fui esposado y puesto bajo el resguardo de la mujer uniformada, hombruna y de pelo rubio.

Al agarrarme la nuca, comprobé el poder de su fuerza y entrenamiento.

Necesitaba mis mocasines por encontrarme descalzo.

— Je besoin mes chaussures… —pedí.

El policía los arrojó a mis pies y comprobó que en la mesa, junto al televisor y una laptop abierta, se hallaban dos latas de cerveza: una sin abrir y otra semivacía.

—¿Quelle est votre langue maternelle?

El turco le respondió al policía:

—Espagnol.

La uniformada, sin soltar mi nuca, pidió ayuda de una intérprete, a través de la radio que colgaba sobre su seno derecho.

Tuvimos que aguardar su presencia en el lugar del arresto, mientras su compañero continuaba hurgando en mi habitación.

En el año y medio de permanecer en esa ratonera, acumulé ropa, trastos, documentos, libros, una cafetera eléctrica, el televisor plasma de 19 pulgadas, un reloj despertador, material y herramienta para la elaboración de bisutería y una vieja laptop que me regaló Brenda antes de retornar a Madrid.

—¿Comme vous s’appelle? —preguntó el policía con mi credencial de salud en la mano.

—Venancio Cobos…

—¿Savez-vous pourquoi cette arrestation?

Le iba a responder, pero la rubia policía, me contuvo:

—Attendez jusqu’à ce que l’interprète arrive.

No hubo más cuestionamientos.

Diez minutos después, se unió al coro otra dama de uniforme azul y vivos rojos.

De inmediato empezó a hablar en la lengua de mis padres y abuelos chapines.

—Soy la oficial Raquel Santos y seré su intérprete. Le van a hacer algunas preguntas personales.

El interrogatorio se centró en saber la fecha de mi arribo a Montreal, edad, nombre de mis padres, estatus migratorio y si estaba enterado sobre la causa de mi detención.

De lo último, respondí:

—Por exigir mis derechos…

El policía que me había sometido, garabateó en su libreta de taquigrafía y dijo:

—Uno de sus compañeros de departamento lo denunció, porque usted quiso asesinarlo con un cuchillo. Lo vamos a arrestar esta noche y mañana lo llevaremos ante un juez de lo criminal para que responda a los cargos…

—Hay un error…

—Usted no diga nada ahorita, porque todo lo que diga podría ser usado en su contra y además tiene aliento alcohólico y en su habitación encontraron varios cuchillos, como el que utilizó para intentar atacar a su compañero de departamento…

Custodiado por los tres policías y el turco fui sacado del edificio y arrojado al asiento trasero de una patrulla.

 Tenía las manos esposadas a la espalda y el deseo truncado de no haber comido el queso parmesano y las salchichas.

El hambre calaba. No lograba dimensionar el problema legal en que estaba metido.

—Me lastiman las esposas —dije mientras la patrulla se desplazaba hacia un punto desconocido.

Los dos policías, el hombre y Raquel Santos, fueron indiferentes a mi queja.

La ciudad, día a día, lidiaba con sus borrachos, drogadictos y locos.

Yo no era la excepción.

Era un jueves de noviembre y la nieve le había robado los colores a Montreal.

HEMEROTECA: pro81209

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LAS DE CAÍN

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El hormiguero, donde dormía, volvióse un nido de alacranes.

Es posible que yo no aceptara mis cambios, propios de un exiliado sin propósitos de vida.

Los prolongados silencios y mi afán de atormentarme por la falta de dinero, alteraron la realidad cotidiana.

Dejé de ser yo, el chapín orgulloso de su pasado y rebeldía.

El departamento de la Walkley apestada. Estaba obligado a convivir con cinco esperpentos, tan viles y confundidos como yo.

Viciosos, irreverentes, sucios, amorales y rencorosos.

De ser el primero en rentar el departamento, acabé conviviendo con extraños de culturas diferentes.

Una semana después, el hueco de Guito Baldan dispuso de mi silencio y libertad.

Todas las habitaciones fueron ocupadas.

El Mocho Cabrera me lo había advertido:

—Preparese vos a pasar las de Caín, el culo italiano seguramente le mete puro malandro para hacerlo polvo…

El ruso mofletudo y la nica ñanga odiaban el orden y la limpieza. Pelos, pasta dental y gargajos embarraban en el sanitario. Nunca le bajaban la palanca a la poceta.

La jamaiquina, fumadora consuetudinaria de crack, apaciguaba su hambre con la despensa ajena. Fui víctima la misma noche que arribó al departamento. Robó un par de huevos y un trozo de jamón.

En pocas ocasiones la vi vestida o con sandalias. Desnuda se desplazaba de su habitación a la cocina y el baño. Una sibarita de pedernal, bien proporcionada y atractiva.

Por las noches, ante mi perenne falta de sueño, armaba dijes, pulseras y collares. Era parte de la caravana de artesanos de la avenida Sainte-Catherine.

 El Mocho Cabrera me convenció entrar al negocio con poco dinero.

No necesitaba romperme el lomo en la limpieza de supermercados o en la construcción. De hacerlo, corría el riesgo de atentar con mi proceso de asilo político.

La paga era en cash.

La trabajadora social de Empleo Quebec fue clara en sus advertencias:

—No puede trabajar a la negra, sino con un permiso emitido por el Ministerio del Trabajo. Si opta por trabajar legalmente, pierde su derecho de recibir clases de francés, ayuda económica y asistencia legal. Usted tendrá que cubrir todos los gastos.

Preferí ser artesano, trabajar durante las noches con los abalorios, rocallas, garrotas, grapas, resinas, antelinas, alambre inoxidable, cáñamo y alicates.

Todo lo necesario para ganar un poco de plata los fines de semana.

Romelia e Igor eran clientes ocasionales.

En los pocos minutos que trasegaban mi bisutería dejaban su aliento de paja quemada.

Abad, el marroquí, en contadas ocasiones se apartaba de la estufa. Su esquizofrenia la controlaba con guisados de hígado de res y fármacos. Su pasado, del que desconocía, le permitió entrar al ejército de discapacitados.

Y así, a sus treinta y tres años, no necesitaba trabajar para sobrevivir. Cada mes, el gobierno le depositaba mil trescientos dólares en su cuenta bancaria.

El mal que le aquejaba, provocaba sus constantes mudanzas.

El cerote de Guito Baldan jamás solicitó referencias de sus antiguos caseros. Su único interés era meterse la guita en la cartera.

Lo mismo ocurrió con el guanaco.

José María era un verraco con un pasado criminal.  El italiano me lo presentó un día antes de ocupar su habitación.

—Es su paisano —dijo en su mocho castellano.

El guanaco semejaba un negro de Borneo, extraído de las novelas de Salgari. Sus ojos, cargados de sangre, apenas tenían brillo.

—¿De Guatemala? —pregunté.

—No, de El Salvador, de Los Cobanos…

Me dio mala espina, por la manera de escudriñar mi habitación.

—Espero que no fume y siga las reglas de convivencia —dije en tono amigable—. La privacidad es importante…

—No se preocupe —respondió con sequedad—,  soy enemigo de los problemas… Es mejor pelar la muela que pelar ratas

Del transexual griego y el ucraniano calvo, siempre salpicado de pintura de aceite, pude librarme a tiempo de los inconvenientes.

Dionisio ganaba plata con sus nalgas y boca. Sus implantes y hormonas le permitieron convertir el cuerpo en un negocio de placer. Acababa de celebrar sus cuarenta años, de acuerdo a una infidencia de Guito Baldan.

Una o dos noches por semana se ausentaba.

Las otras cinco, permanecía en su cuarto.

Desde el pequeño espacio veía la televisión, atendía a sus mecenas voyeristas por  Internet o hablaba por teléfono.

Nunca pisaba la cocina. Era un cliente asiduo del Domino’s Pizza y un restaurante chino.

En dos ocasiones, el repartidor de pizzas intimidó sexualmente con Dionisio o Calla, como se promocionaba en su negocio.

Del ucraniano, Dymitro nunca tuve roces. Trabajaba duro pintando casas. Era enemigo de la regadera y el cepillo dental.

Su hedor a sudor formaba parte de su indumentaria: un overol chamagoso, salpicado de pintura de diferentes colores, y unos zapatones con punta de acero que dejaba a la entrada de su cuarto.

El tipo con alopecia y brazos de herrero regresaba de trabajar a las diez de la noche e iniciaba su jornal a las seis de la mañana.

Cada domingo, por la tarde, sacaba, en un carrito de lavandería, un montón de latas vacías de cerveza.

Los dos veteranos de guerra, afines al tequila y a las anfetaminas, no permanecieron ni un mes en el departamento.

Su trabajadora social logró acelerar la entrega de un departamento de interés social, en la parte sur de Montreal.

Guido Baldan comentó que eran originarios de Vancouver y participaron en la guerra de Irak. Se conocieron en Bagdad. Dos años después, ya en Canada, se casaron, pero enfrentaron juicios civiles por sus respectivas parejas. Perdieron su casa y parte del salario, por tener hijos.

los viernes, el italiano participaba en reventones organizados por la comunidad gay, transexual y lésbica. Por tal razón, jamás faltaban inquilinos afines a su preferencia sexual.

HEMEROTECA: tvespecoct29

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LA BOTELLA

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El barullo exterior superó con eficacia al despertador del Dollarama.

La consciencia arribó en un horario indeciso y con la almohada babeada y oliendo a borracho.

La urgencia de orinar recuperó mi alma perdida en la oscuridad arcana. Me permitió captar algunas frases sueltas de Guito Baldan.

—…rarement… en deux jours… c’est vrei…ne manqué pas de transport…

Lancé madres.

En pantalón salí del cuarto y corrí al sanitario.

—Está ocupado, señor Venancio –alertó el italiano desde la cocina–. Mijaíl se está bañando…

—Vale…

Pensé en regresar al cuarto y mear en una botella vacía de vodka.

—Señor Venancio —volví a escuchar la voz de pito del casero.

—Dígame…

—Quiero presentarle a su nuevo compañero de departamento.

—Me visto y regreso.

Añoraba descargar la vejiga y tragarme un par de aspirinas.

El italiano y su acompañante reanudaron su charla.

Intenté recuperar imágenes de lo ocurrido en el bar, antes de terminar echado en mi cama, sin raspaduras.

Después de ser coparticipe de un espectáculo transexual, retorné a la mesa. Imparable la bebedera de cerveza.

Tenía la certeza de no haber intimidado con la mujer del cocinero.

Por lo tanto, alguien tuvo la generosidad de regresarme con vida al departamento.

Y comprobé que mi cartera no sufrió merma.

Retenía los ciento ochenta dólares y unas tarjetas de presentación de gente desconocida.

Y un detalle:

El libro de Sartre, propiedad del periodista mexicano, yacía en la mesa con una dedicatoria en la primera página:

Une bonne nuit, une seule, et toutes ces histoires seraient balayées. (JPS).

Tal vez no te diga nada ahora, pero lo entenderás cuando aprendas la lengua del filósofo. EY (juin/2012).

Llené la botella de orines.

En los instantes que me enfundaba la camisa, percibí el picante hedor de marihuana.

En esta ocasión fue el marroquí quien la fumaba, ante la complacencia del casero.

—Hijo e puta… —murmuré, apreté los puños y cerré los ojos.

Y como si se tratara de una tragedia Shakesperiana, el telón cayó y la oscuridad cubrió el escenario.

El tercer acto de mi vida en Montreal estaba por empezar…

Tercera llamada… Tercera…

HEMEROTECA: PRO4-2

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LA NYMPHE

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Las apariencias engañan, no hay duda.

La belleza femenina es un prototipo heredado, al que nos ceñimos.

La estética sin ética, impone sus reglas.

Las mujeres atractivas se asemejan a las actrices hollywoodenses o modelos de pasarela francesa, esbeltas, rubias y con pechos de durazno.

En Centroamérica —e incluyo los trescientos treinta y siete municipios guatemaltecos—, la mujer, idealizada por los mestizos, debe ser carnosa, culona, ancha de caderas y piernas rollizas y torneadas con muslos sedosos y quemantes.

Heredamos de los abuelos la afición por los rasgos delicados y las cabelleras oscuras y abundantes.

Las tetas atrayentes tienen que ser grandes, turgentes y dúctiles a nuestras caricias y coronadas con suculentos botones rosados para amamantar terneros.

La Nymphe du Pont Jacques-Cartier podría cubrir esas expectativas.

De ahí que jamás dudé del comentario.

El heterosexual latino estaría de plácemes, si terminaba en los brazos de la mulata del vestido blanco y en nuestra habitación.

Lo del valor agregado, aportado por el cirujano plástico o la naturaleza, no le restaban méritos.

—¡Tu mi capisci! —exclamó el boliviano.

Y provocó risas entre los parroquianos de la mesa contigua.

Lo reflexiono mientras observo al gigantesco negro de jeans y playera de fisiculturista, adherida a su caparazón de gladiador.

Eduardo Yescas iba por su tercera jarra de cerveza. No paraba de hacer anotaciones en su libreta.

Estaba inspirado.

—Declamaré un poema propio  —exclamó—, que chingue su madre la revolución

 Diez minutos antes, descendió por la misma escalinata que el antillano trepaba. Y luego de recitar un largo poema erótico.

Cargado de metáforas, habló de las crisálidas y los inmigrantes perseguidos y aporreados por la política conservadora y las religiones.

El Mocho Cabrera puso su parte artística: el sonido de la flauta andina le impregnó un ritmo dramático al poema.

Los ángeles convergen de la campiña divina,/como crisálidas,/ y no logran reproducir su polen en los océanos./Cada lágrima suya, da vida/y cada suspiro, muerte./Las ninfas arriban entre polvos boreales,/como estrellas,/y revolotean en las camas eléctricas./ Al despertar del encanto,/ya sin vigor,/ buscas en la oscuridad el huso del tiempo/y nunca lo encuentras./La escarcha del tejado se diluye/y confundes los gemidos del ángel con el aleteo de la ninfa perdida./Ha cruzado el puente del pecado/para venderte un poco de quietud y remordimiento…

La prosa poética de Eduardo Yescas llevaba un propósito y tardé en entenderlo.

El mexicano insistió que el poema no era de su autoría. Tampoco me reveló el nombre de quien lo pudo haber escrito.

Sin duda, iba destinado a La Nymphe du Pont Jacques-Cartier que, minutos después, presentaría su espectáculo.

El antillano, amante de la mulata, anunció lo que vendría.

En su facha de Disc Jockey metió el CD en el reproductor y empezaron a retumbar las mega-bocinas.

El tum tum tum de los timbales y tamboras afroantillanas marcaron los compases.

La Ninfa del Puente de Jacques Cartier empezó a contornearse y toquetear a los clientes.

El espectáculo lo aderezó con una larga capa azul cielo brillante, falda tul tutu con plumas y broches y una especie de dancewear color piel, de una sola pieza, abotonado a la espalda.

Durante varios minutos nos metió en su sensual danza de rumbera y permitió que una triada de parroquianos hiciera el numerito de irla desnudando. En pago a su benevolencia libidinosa permitía sembrarles besos en las mejillas o tocarle las tetas.

Fue entonces que se acercó a nuestra mesa y me agarró de las manos para obligarme a ponerme de pies.

—Sígueme, Darling —susurró sin soltarme y me miró con descarada coquetería.

Su espalda y trasero quedaron enmantados a mi cuerpo.

En esa incómoda posición, caminamos hacia la barra. Mis brazos rodearon su cintura y bajo sus manos quedaron las mías sobre su duro vientre.

El tamborileo continuaba. Ya en la escalinata nos separamos.

La Ninfa del Puente de Jacques Cartier no permitió que retornara a mi mesa.

—Tienes que subir conmigo y quitarme el mallón, Darling —pidió con voz cadenciosa.

Obedecí.

Terminé en el escenario, ante un público alcoholizado, morboso y burlón.

—¡No la dejes viva, chapín cabrón! ¡No la dejes viva! —se desgañitó El Mocho Cabrera, asido al vaso de aguardiente.

Otros clientes lo secundaron:

—¡Ya agarraste hembra! ¡No te la vas a acabar, bon ami!

—¡Fuiste el afortunado, ahora le cumples!

Las voces retumbaban a mis espaldas, mientras ascendíamos al tinglado.

La Ninfa me atrajo hacia ella y nos besamos en la boca.

Después hizo un repentino giró para darme la espalda.

Y pidió que le desabotonara el dancewear.

Al hacerlo, el mallón cayó y sus senos y nalgas quedaron al aire.

En esos instantes hubo un estallido de risas y aplausos y al volverse hacia mí pude constatar la causa de tanto barullo.

El valor agregado del que quisieron advertirme el boliviano con sus puyas y el periodista en su poema, quedó ante mi vista e integrado a un cuerpo femenino muy bien labrado.

No hubo reclamo. Por el contrario, le devolví el beso y lo felicité por el espectáculo.

El negro bembón la cubrió con una bata de terciopelo y me entregó una tarjeta de presentación.

Y pensé en Lisandra.

HEMEROTECA: John Ford – Peter Bogdanovich

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MALVIVIR

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El alcohol afloja la lengua y libera.

No hay borracho que trague fuego.

El boliviano, por su afición al aguardiente y la cerveza, no fue la excepción. Soltó sus choradas durante el transcurso de la noche.

Me sincero, tampoco fue el único.

El Mocho Cabrera me condujo, como el ilustre poeta Virgilio en La Divina comedia, al infierno de la calle Saint-Catherine. Singular bar con paredes y mesas salpicadas de ralladuras, barra circular y sobre la plancha de la barra, un tinglado de madera con baranda, micrófono y pianola.

Lo necesario para animar a la zarrapastrosa concurrencia.

La huesuda quebequés no fue invitada. En taxi regresó a su madriguera con la bisutería y parte del dinero obtenido.

—Aquí solo caben los vencedores —alardeó El Mocho Cabrera bajo su disfraz de cholo paceño.

Por tratarse de un bolo fiel, los saludos arreciaron.

Hasta el giboso cantinero, azolado por las alergias, cruzó la barra para darle un apretón de mano.

No menos de cien personajes, de diversa pinta y consistencia, se apiñonaron en el local.

—Ven chapín —me llamó El Mocho Cabrera—, quiero que conozcas a un periodista azteca…

En uno de los rincones, hundido en la penumbra, un tipo de espejuelos circulares, a la John Lennon, piocha y melena gris tierra, observaba ensimismado a la concurrencia.

 Esa noche, según el comentario del boliviano, declamaría uno de sus poemas. Tenía un par de seguidores, entre ellos al campesino aymara.

—¡Qué onda, Mocho! —exclamó al acercarnos y con su apostura de académico universitario–, listo para hacernos sufrir con tus lamentos andinos…

—Nuevo repertorio, algo de Silvio Rodríguez…—respondió el boliviano—. Mira, es chapín y es recién arribado… Conoció tu país de narcos…

—Parte, parte —aclaré—, la necesidad me hizo cruzarlo…

—Les debemos una disculpa a los inmigrantes centroamericanos, por el mal trato que reciben de la policía y el ejército mexicano…

—Riesgos de la aventura —asentí.

No era lo mío recriminar al enemigo, menos combatirlo. Lo enfrentaba si estaba en riesgo mi salea.

El mexicano me ofreció una silla y la acepté.

No hizo mella al alterar sus pensamientos.

Me sorprendió comprobar que a pesar del horario todas las mesas estaban ocupadas. Gran concurrencia.

Los clientes, hombres en su mayoría, iban por su chupe a la barra. Pagaban al recibir su ración de alcohol.

Un trío de guitarra  se había posesionado del tinglado e interpretaba boleros rancheros.

El responsable del requinto, zurdo y parecido a Christopher Lee en su papel de Drácula, cosechó aplausos y vasos de ron.

—Trabajan en la construcción y son colombianos —confió el periodista, ya entonado por los drinks—. En Medellín eran músicos y la guerra los trajo por estas tierras.

—¿Paracos o guerrilleros?

—Menudistas de droga y sapos de los milicos y canas —sopló El Mocho Cabrera–, pero lo hicieron por un asunto de patria, según alardearon los gargantudos. Les tienen fobia a los comunistas y tuvieron que salir de Colombia, porque la guerrilla iba por sus cabezas…

—¿Y usted por qué vino a Montreal? —rastreó el periodista.

—Por güevón y arrecho, nada del otro mundo…

—Cada cabeza que comulga aquí con alcohol tiene una historia interesante —dijo el mexicano—. Y usted la ha resumido a la perfección…

—Puras choradas que ya no conmueven a nadie, menos a los canadienses —agregó El Mocho Cabrera—. Todos los que gastamos nuestros dólares para hacer feliz a Pierre el cantinero y sus flautas, llegamos aquí por dos razones: por desguevados o come mierdas.

—No todos, Mocho…—brincó el periodista.

En su morral de ixtle cargaba una libreta de apuntes y un libro en francés, La Náusea, del filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, que terminó en mi cuarto y con dedicatoria.

Durante la jornada de embriaguez y música, El Mocho Cabrera me presentó a otros personajes de origen hispano. Muy semejantes a los protagonistas de algunas películas de Federico Fellini o de las producciones de terror de los estudios londinenses Hammer: rudos, hieráticos, resentidos, solitarios, abotagados, cetrinos, cenizos, rocambolescos, parlanchines, mitómanos, misóginos, homofóbicos y bolos.

El alcohol nos hermanaba y permitía olvidar los horrores de nuestra odisea diaria.

—Eduardo Yescas es mi nombre —dijo el periodista sin que se lo preguntara.

—Venancio Cobos —respondí.

El Mocho Cabrera hacía de las suyas en el escenario.

Del repertorio de Silvio Rodríguez me dedicó La balada de las ratas y Te amaré.

Lo hizo con el charango y la quena.

Es posible que, por encontrarme ensopado de cerveza, sus berridos me hayan parecido armoniosos, estimulantes y conmovedores.

La presencia de Melania Cordero, mi alter ego o avatar, removió los recuerdos. Me provocó prurito para continuar con la farra y olvidarme de La tuerta de Cristo y sus anhelos carnales de sentirse viva y amada.

Lisandra le había tomado gran gusto al sexo anal, en su afán de destronar al amante del cocinero.

Me place contemplar/como después del fuego/salen a lucir/las ratas de salón/con maquillaje de aguerrido/malvivir./Me place porque sé/que todo el verdadero amor/también las ve…

O

Te amaré, te amaré si estoy muerto./Te amaré al día siguiente además,/te amaré, te amaré como siento./Te amaré con adiós, con jamás./Te amaré, te amaré junto al viento;/te amaré como único sé;/te amaré hasta el fin de los tiempos./Te amaré y después te amaré.

El boliviano, orgulloso de su sangre aborigen, tenía público y que festinaba sus ocurrencias.

Durante una hora tocó  dos instrumentos e interpretó composiciones andinas y de la nueva trova. Hasta el periodista mexicano aplaudió de pie y le envió un par de tarros de cerveza.

—Canta de la chingada —exclamó conmovido—, pero le mete corazón.

—¿Y usted va a leer uno de sus poemas?

—Es posible o de otro autor y con el acompañamiento musical de Lucho El Mocho Cabrera. Por cierto, ¿ve usted aquella chica que casi es devorada por su acompañante, el negro bembón?

Miré hacia el punto que señaló mi anfitrión.

La mujer tenía lo suyo, en dimensiones algo inquietantes, por lo corto y ajustado de su vestido blanco.

Un enorme culo de negra caribeña y unas tetas de campesina holandesa parturienta.

—Pensé que aquí no se permitía la entrada a mujeres —dije.

—Es la que cierra el espectáculo y le recomiendo que siga cuerdo para sorprenderse.

HEMEROTECA: tevechis