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SIMON HIPÓLITO

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—¿Me repite su nombre por favor?

—Simon Hipólito.

Por el momento, el nombre nada me dijo.

—Está usted hablando al Noticiero del Sur

—Sí, lo se… Pero quiero hablar con el señor Everardo Monroy…

La llamada telefónica la recibí al mediodía del sábado 18 de junio de 1977. La resaca me tenía jodido. Don Arnulfo Cuellar, el director del periódico, andaba por las mismas.

 Los excesos de aguardiente de guayaba, importado de Zacualpan de Amilpas, impidieron que asistiera a un desayuno en Sanborns.

—Soy la persona que busca  —respondí—, a sus órdenes…

—Irene me proporcionó su número telefónico…

Dos días antes había entrevistado a una luchadora social —Irene Ortiz—, por un asunto de abuso policiaco.

Y fue entonces que me cayó el veinte. Ella me comentó, al finalizar nuestro encuentro, que un preso político había escrito un libro que denunciaba los horrores de la guerra sucia en los estados de Guerrero y Morelos.

—Tal vez le interese entrevistarlo… —sugirió.

Pero Simon Hipólito se me adelantó.

Después de un breve intercambio de palabras pactamos encontrarnos el sábado siguiente.

—¿Y por qué no mañana? —repuse.

—Es el día que me visita la familia —precisó— y es muy difícil que platiquemos a gusto…

El Noticiero del Sur era un modesto periódico estándar de ocho páginas en blanco y negro. Circulaba de lunes a viernes en Cuernavaca.

Don Frago Sandoval era el propietario y radicaba en la Ciudad de México. Poseía otros periódicos en el país, principalmente en Tamaulipas, de donde era originario.

El sábado 25, conforme lo acordado, me presenté en la penitenciaria de Atlacomulco. No tuve objeción al ingresar. El propio Simon gestionó ante el director del penal nuestro encuentro.

Un carcelero uniformado me guió al patio principal donde me aguardaba Simon.

—Allá está —el carcelero lo señaló con la mano.

Bajo un cobertizo de madera techado con lamina de zinc ubiqué a Simon. Por su gran estatura, corpulencia y el sombrero de lona se distinguía de los otros internos.

—Gracias por venir —dijo tras el saludo.

—Al contrario —reviré—. Espero sirva de algo la entrevista.

En septiembre de 1977, Simon celebraría sus cuarenta y nueve años de vida. Yo, en el mismo mes, veintidós.

Confieso que yo aún no era ducho en los asuntos políticos. Don Arnulfo, un decano en esas lides, era mi brújula y mentor.

—Me comentó la señora Ortiz que usted escribió un libro sobre su experiencia de guerrillero… —abrí así la entrevista.

—No —cortó de inmediato—. Soy albañil, maestro albañil, y por tener amistad con gente relacionada al Partido de los Pobres me acusaron de guerrillero. Un comando asaltó una sucursal bancaria en Cuernavaca y por ese hecho, del que fui ajeno, me detuvieron y torturaron. De esta manera la policía judicial intentó dar carpetazo al asunto y llenar las cárceles de personas inocentes.

 Durante casi dos horas escuché los reclamos de un hombre humilde, politizado e indignado con la injusticia. Me reveló que había nacido en la sierra de Guerrero, en Atoyac.

Durante las décadas de los sesenta y setenta, en esa zona serrana, hubo un levantamiento armado impulsado por los maestros rurales Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos. Bajo su liderazgo participaron en la guerrilla estudiantes universitarios, mentores, obreros y campesinos pobres.

La represión militar y policiaca fue brutal.

En Guerrero murieron cerca de quinientos luchadores sociales y otros mil quinientos fueron desaparecidos, según datos de la fiscalía responsable de investigar los hechos relacionados a la guerra sucia.

Simon Hipólito fue acusado de pertenecer a una organización de ultraizquierda, dirigida por su primo Carmelo Cortes Castro, ex aliado de Lucio Cabañas.

La propaganda que repartieron antes y después del asalto a una sucursal bancaria de Cuernavaca iba firmada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Por ese hecho que le costó la vida a un guardia de seguridad fue ejecutado Carmelo Cortes. El mismo final  lo experimentaron otros guerrilleros urbanos.

 Simon tuvo suerte.

La aprehensión ocurrió el 6 de agosto de 1975. Y sucedió mientras trabajaba en Cuernavaca, como albañil, en la construcción de una casa.

Durante varios días estuvo incomunicado en una cárcel clandestina.

En el libro de su autoría De Albañil a preso político, Simon ubicó la dirección donde los agentes judiciales lo torturaron y amenazaron con asesinar a su esposa e hijos: la calle Paricutín número 10 del fraccionamiento Los Volcanes de Cuernavaca.

Simon resistió a pesar de serle fracturados los tobillos y recibir descargas eléctricas. Siempre negó su relación en el asalto bancario y su militancia en las FAR. Lo único que reconoció fue ser simpatizante del Partido de los Pobres.

Su caso permitió demostrar que los militares y policías asesinaban, torturaban y encarcelaban a personas inocentes.

—Ten la seguridad que haré mi parte en tu exigencia de ser liberado —le aseguré a Simon al término de la entrevista—. Por lo pronto, el lunes publico tú denuncia y le daré seguimiento…

—Mi causa y reclamo —aclaró— es para que se reabran los casos de otros presos de conciencia en el país…

Mientras me acompañaba al portón de acceso al patio principal, me confió que era panadero del penal y elaboraba artesanías de madera e hilaza  para alimentar a su familia. Susana, su esposa, era la encargada de vender en el exterior lo que producía con sus manos.

Intelectuales, el obispo de la diócesis de Cuernavaca —don Sergio Méndez Arceo— y organizaciones defensoras de los derechos humanos, nacionales e internacionales, presionaron para que el gobierno federal decretara una amnistía para los presos políticos. Nuestro reclamo tuvo éxito.

El 20 de diciembre de 1978, el presidente José López Portillo lo firmó y al día siguiente, Simon y otros luchadores sociales fueron liberados.

En 1994, por peligrar mi vida, hui de Morelos.   Simon no dudó en apoyarme: del 23 de marzo al 4 de septiembre de ese año viví con su familia en San Francisco, California.

Hasta el día de su muerte —28 de junio de 2019— no dejé de estar en contacto con Simon. Habíamos planeado reencontrarnos en octubre de 2020 en su casa de California.

Simon Hipólito Castro ejerció los dignos oficios de albañil, taquero, curandero, panadero, restaurantero, periodista y escritor. Me sustituyó, en Morelos, como corresponsal del periódico Uno más uno.

Es autor de los libros De albañil a preso político, Guerrero: amnistía y represión, Carmelo Cortés Castro. Su Lucha, su FAR. La Traición… su Muerte; Cuentos para niños preguntones y dejó inconclusa una novela, La viuda virgen.

Tuve la fortuna de escribir el prólogo de su libro Carmelo Cortés Castro. Su Lucha, su FAR. La Traición… su Muerte.

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Don Sergio Méndez Arceo, obispo de la diócesis de Cuernavaca y Simon Hipólito.

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OLEAJE ROJO

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Guerrero, siempre Guerrero.

Oleaje rojo.

Del estado de Morelos, Ciudad de México y Chihuahua retorné a Guerrero, a mis 27 años.

En 1982, durante seis meses, redacté boletines para el gobernador Alejandro Cervantes Delgado.

Y bebí cerveza.

Mi paso por el semanario Proceso fue fugaz por su ruptura de don Julio Scherer con el presidente José López Portillo. Veinte reporteros fueron despedidos y colocados en una docena de periódicos de provincia. En mi caso, en La Opinión de Torreón.

 Yo estaba recién casado.

De La Opinión, brinqué al periódico El Fronterizo, de Ciudad Juárez.

La paternidad me obligó a retornar a Morelos y redactar boletines en el gobierno de Guerrero.

En diez años todo se volvió un torbellino.

Brincaba de un trabajo a otro.

El señor Kaufmann me dio la oportunidad de trabajar en el DIF-nacional. La burocracia no era lo mío.

Posteriormente, me coloqué como reportero investigador en el diario Novedades de Chihuahua.

En 1983 retorné a Morelos.

En el DIF estatal fui contratado como boletinero.

Después, hice talacha reporteril como subdirector del periódico Opción de Morelos.

 El 30 de septiembre de ese año nació mi hija Lucina.

Por invitación de dos amigos  —Alejandro Morales y Federico Nieto—, inicié la aventura de editor.

Se trataba de una revista quincenal: demoz.

Acapulco seguía presente.

En Chihuahua logré colocarme en la planta reporteril del Diario.

Mi jale era temporal: de cuatro a seis meses por año.

Sin embargo, cubrí como reportero investigador el Verano caliente de 1986 —el fraude electoral del PRI al PAN— y los comicios de 1992 —el triunfo del PAN ante el PRI— y de 2008: la derrota del PAN ante el PRI.

El puerto fue mi última morada en territorio mexicano. Había laborado como reportero de El Sol de Acapulco y editor regional del periódico El Sol de Chilpancingo.

La solidaridad de un compañero de oficio, Aarón Vega, y el abogado, Ramiro Solorio, permitió sacar adelante mi trabajo.

Del paradisiaco lugar salí huyendo. Mi vida peligraba.

Y el 4 de diciembre de 2004, en Canadá solicité refugio político. Lo obtuve.

Oleaje rojo…

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EL HORROR

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El horror. Difícil soportarlo.

Un montón de cadáveres, en completo estado de putrefacción flotaba en el fondo del pozo artesiano.

Alberto N y Filiberto Cano separaron la tapa metálica del agujero y nos cubrimos la nariz al recibir el ramalazo tóxico de la muerte.

 —El mal olor de un cuerpo humano en descomposición supera al de cualquier bestia, es único e insoportable —me dijo un médico forense de Cuernavaca.

Y ahora lo confirmaba.

El policía judicial nos señaló otros tres pozos, invadidos por osamentas humanas, calzado y ropa.

En el fraccionamiento Copacabana estaban inhabitadas cincuenta y cinco residencias, de ciento cinco.

—Aquí es donde traen a los detenidos y los torturan  —dijo Alberto N.

Nos señaló la casa de un nivel, semidestruída por la falta de mantenimiento.

Filiberto Cano no pudo contener el llanto. Rápidamente nos dio la espalda para aligerar sus emociones.

—¿Desde cuándo comenzó esta tragedia? —inquirí.

—Van para dos años y los vecinos tienen miedo. Algunas familias prefieren dejar los fraccionamientos y radicar en otras colonias de Acapulco. Abrir la boca te puede costar la vida, porque en las ejecuciones están involucrados guachos y policías judiciales y de la Montada. Es mejor callar.

Por el momento decidí no contactar a los vecinos de los fraccionamientos Granjas del Marqués y Copacabana.

Necesitaba hablar con don Enrique Maza. Después de las diez de la mañana acudía a las oficinas del semanario Proceso.

—Le sugiero no decirle nada a otros periodistas, porque la mayoría le trabaja a la Secretaría de Gobernación o al gobernador Rubén Figueroa —me advirtió el policía judicial.

En el automóvil de Filiberto Cano, quien iba al volante, circulábamos por la avenida Costera Miguel Alemán.

—Por favor, Alberto  —pidió Filiberto Cano—, dile lo que sabes de mi yerno.

—Lo detuvieron al salir de su trabajo, por la terminal de la Estrella Blanca, y lo llevaron a la casa que les señalé. Eso me lo dijo uno de los compañeros que participó en la detención, pero me aseguró que no quiso involucrarse en la tortura.

—¿Lo asesinaron?

—No me pudo dar razón, porque en algunas ocasiones, cuando no son guerrilleros o secuestradores, los dejan vivos para poder extorsionar a sus familiares.

—Mi yerno no es ninguna de las dos cosas, sino un empleado de oficina y un buen padre y esposo…

Un escalofrió recorrió mi espina dorsal.

Nos despedimos en las puertas del periódico Revolución. Temí por mi seguridad.

Sin embargo, me indignó comprobar que el gobierno federal alentaba las ejecuciones extrajudiciales.

También, Rubén Figueroa, en su afán de vengar la humillación infringida por Lucio Cabañas, alentó el exterminio del Partido de los Pobres y de su brazo armado.

En su cruzada anticomunista contaba con el apoyo de la Secretaría de la Defensa Nacional.

En un teléfono público busqué al sacerdote y periodista Enrique Maza. No me hizo esperar. De inmediato enlazó.

Le confirmé del hallazgo.

Su apoyo fue absoluto.

En mi diario personal quedó registrada la llamada telefónica: miércoles 8 de octubre de 1980.

—No se preocupe —dijo don Enrique—, voy a proponerle al director general (Julio Scherer García) que envíe un reportero para que lo apoye…

Y cumplió su compromiso.

El jueves 9, por la tarde, en el hotel Princess Acapulco me reuní con el enviado de la revista Proceso: Juan Antonio Zúñiga.

El periodista era de baja estatura, lentes bifocales, grueso bigote y una seriedad extrema.

En su habitación del hotel, lo puse al tanto de lo que ocurría.

Juan Antonio decidió iniciar la investigación al día siguiente.

Después de desayunar, en su automóvil nos internamos al fraccionamiento Copacabana, cercano al hotel Princess Acapulco.

La experiencia investigadora de Zúñiga permitió que nuestras entrevistas tuvieran mayor contundencia reporteril. Los vecinos confiaban al contactar con nosotros.

Y efectivamente, los fines de semana, los vehículos y camionetas con vidrios polarizados arribaban al fraccionamiento. Lo mismo ocurría en Granjas del Marqués.

Por las noches, los colonos escuchaban gritos desgarradores, música en alto volumen y detonaciones.

En el fraccionamiento Granjas del Marqués, la flora silvestre cubría la mayoría de las viviendas deshabitadas.

En doce de los treinta pozos artesianos, visualizamos rastros de cadáveres.

Y además, comprobamos que dos meses atrás, a mediados de agosto, El Sol de Acapulco publicó una nota en la sección policíaca, con la versión un vecino que denunciaba la presencia de osamentas humanas en uno de los pozos.

La Procuraduría General de Justicia del Estado envió sus peritos para hacer el levantamiento de las osamentas.

Lo hicieron soterradamente para evitar que el horror trascendiera.

—Hace como tres semanas vinieron los bomberos y sellaron algunos pozos, pero no supimos si se investigarían esos crímenes —confirmó un cuidandero del fraccionamiento Granjas del Marqués.

El jefe de peritos de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero, Miguel Catalán Sánchez había elaborado un reporte de sus hallazgos en el fraccionamiento Copacabana.

Tras entregarlo a su jefe inmediato, le ordenaron al secretario de la Tercera Delegación del Ministerio Público, Manuel Rivera, abrir una averiguación y recuperar los cadáveres. Algunos pozos fueron sellados.

Nada más.

Un agente judicial apoyó en la investigación periodística.

Zúñiga tuvo acceso a la averiguación AP-III-642-80 donde se confirmaba que bomberos y personal forense acudieron a los fraccionamientos. En algunos pozos artesianos descubrieron 40 osamentas humanas y ropa femenina y masculina.

El propietario del periódico Revolución, don pedro Huerta, fue presionado para que se deslindara de la investigación periodística de mi autoría.

Don Pedro optó por  despedirme y evitar represalias.

Nunca cuestioné su proceder.

El reportaje se publicó el 13 de octubre de 1980, en la revista Proceso, número 206.

[ link para leer el reportaje: https://www.proceso.com.mx/129598/cementerio-clandestino-a-la-puerta-de-acapulco%5D

El 24 de octubre, dos policías judiciales me detuvieron e internaron en la cárcel municipal de Acapulco. Tres internos me golpearon hasta perder el conocimiento.

En el momento de ser privado de mi libertad iba acompañado de un médico militar y su esposa. El hecho permitió que sobreviviera.

Tal vez hubiese terminado en uno de los pozos artesianos de los fraccionamientos Copacabana y Granjas del Marqués.

Proceso denunció lo ocurrido.

La nota, redactada por el reportero Miguel Cepeda, apareció el 3 de noviembre de 1980.

AGRESIONES DE LA JUDICIAL DE ACAPULCO A DOS ACTORES DE UN REPORTAJE DE PROCESO

 ACAPULCO, GRO.- Agentes de la policía judicial del estado detuvieron aquí al corresponsal de Proceso, Everardo Monroy Caracas, a quien golpearon, le fracturaron varias costillas y lo hirieron en la cabeza.

A raíz del reportaje “Cuerpos y ropa irrescatables en Granjas del Marqués” (Proceso No. 206, 13 de octubre), elaborado en coordinación con otro reportero de esta revista, Monroy Caracas fue detenido violentamente el 24 de octubre a las 12:40 de la noche, en compañía de un matrimonio, por dos agentes judiciales.

Tres horas más tarde, ese mismo día, fue cateada –sin orden judicial– la casa de Andrés Nájera, dirigente del Frente Estatal Contra la Represión, quien fue uno de los principales voceros del reportaje.

Nájera no se encontraba en ese momento, pero, los judiciales secuestraron a su hermana Edminda Nájera.

Monroy acompañaba al doctor Pablo Rincón Adams y a su esposa, doctora Lucero Jiménez, quienes transitaban en un auto Gremlin por la calzada Pie de la Cuesta.

Momentos antes de librar un bache, un auto Rambler rojo, sin placas, que venía a alta velocidad, les dio alcance. Dos agentes judiciales descendieron del coche, golpearon al doctor Rincón Adams y detuvieron a los tres.

De ahí los trasladaron a la cárcel municipal, donde liberaron primero a la doctora Jiménez y dos horas más tarde a su esposo, médico militar de la Armada mexicana.  Monroy Caracas quedó detenido; cerca de las cinco de la mañana de ese día el periodista, recluido en la celda de homicidas, fue golpeado, resultando con fractura de varias costillas y una herida en la cabeza. Salió hasta las nueve de la mañana. Dos horas más tarde, fue liberada Edminda Nájera, tras de una manifestación de protesta de alrededor de 4,000 personas  —estudiantes y sectores populares— en Chilpancingo.

En el reportaje en cuestión, el Frente Estatal contra la Represión había denunciado que en Granjas de Marqués, había restos de cadáveres, presumiblemente de algunos de los 348 desaparecidos políticos que hay en Guerrero.

 El Frente Nacional contra la Represión consignó las detenciones arbitrarias y levantó una demanda en la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales de la Secretaría de Gobernación, el 25 de octubre, y la dio a conocer a Amnistía Internacional, en Londres. Rosario Ibarra de Piedra, dirigente de este organismo, dijo que hay orden de aprehensión contra Nájera y Efraín Bermúdez, otro miembro del Comité Estatal contra la Represión, y vocero en el reportaje, “pero el procurador de Guerrero negó este hecho”.

En la Procuraduría de Justicia del estado no se han investigado ni esclarecido estos acontecimientos.

(https://www.proceso.com.mx/129745/agresiones-de-la-judicial-de-acapulco-a-dos-actores-de-un-reportaje-de-proceso)

HEMEROTECA: pro2219

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GAJES DEL OFICIO

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 Acapulco, octubre de 1980.

—¿Es usted periodista?

Guardé silencio.

Tal vez lo dedujo por la libreta de taquigrafía, el bolígrafo y los tres periódicos que estaban sobre la mesa.

Desayunaba en el restaurant del Hotel Playa Hornos, en la cerrada 18 de marzo.

Me entrevistaría con un regidor porteño.

—Aquí trabajo —dijo el hombre que me encaraba—, pero vivo cerca de la base naval de Icacos…

Iba enfundado en una filipina y mandil blanco.

Nada me decía su tez morena, nariz ancha, bigote crespo y entrecano, como sus cabellos, y ojos pequeños y enrojecidos.

 En vano intentaba recordarlo.

—Soy amigo de Pedro Huerta… y usted colabora en su periódico y sabía que venía hoy al hotel, me lo dijo Rodrigo…

—A sus órdenes…

—Soy el encargado de la limpieza… Le pedí permiso al patrón para hablar un momentito con usted.

 Tomó asiento en mi mesa, sin invitarlo.

Y dijo sin rodeos:

—Mi yerno fue levantado por judiciales y temo que ya esté muerto, porque se lo llevaron al fraccionamiento Granjas del Márquez, por el hotel Princess Acapulco… Donde la policía y los militares tienen casas de seguridad y un cementerio clandestino… —hizo una pausa y me presentó una fotografía—: Mire, este es mi yerno y tuvo problemas en su trabajo con un policía judicial.

En la gráfica a color aparecían, en una playa, un hombre corpulento y risueño y una mujer regordeta, de vestido naranja y en chanclas.

—Ella es mi hija y es madre de tres pequeños, mis nietos…

—¿Ya denunció el secuestro en la procuraduría general de justicia? —tantié el terreno.

—Rodrigo me sugirió que antes hablara con los del Frente Estatal Contra la Represión… y en esa estoy. Tal vez lo haga al salir del trabajo…

La mesera se acercó e informó que yo tenía una llamada telefónica. El regidor pidió que lo aguardara un poco más. Un incidente burocrático le impedía abandonar el Palacio Municipal.

El hombre de la filipina me observaba, aun con la fotografía en la mano. Decidí escucharlo y, de ser cierta la historia, la escribiría para el periódico Revolución. 

Sin embargo, no sería en el restaurante. La entrevista tendría lugar en las oficinas del periódico.

El hombre aceptó y antes de despedirnos se identificó. Dio algunos detalles de su vida.

—Me llamo Filiberto Cano y soy de los Barrios Históricos…  Mi esposa heredó una casita por la Icacos y desde hace diez años dejé mi barrio…

—0—

En la tarde, le comenté del encuentro a don Pedro Huerta.

Tras escucharme sin interrupciones, sugirió que tuviera reservas. El asunto de los desaparecidos políticos tenía intranquilo al gobernador Rubén Figueroa Figueroa.

En su último informe, Amnistía Internacional, había consignado la desaparición forzada de 348 luchadores sociales en Guerrero.

Y todos durante el sexenio de Figueroa Figueroa.

—Nosotros no podemos publicar asuntos de esta naturaleza —aclaró don Pedro—. Nos exponemos a ser auditados por la Secretaria de Hacienda o que se nos niegue el papel para la impresión del periódico…

Su respuesta me incomodó.

Sin proponérselo, don Pedro despertó mi instinto reporteril.

Esa misma noche, desde un teléfono público, me comuniqué con don Enrique Maza, uno de los directivos de la revista Proceso.

En Cuernavaca tuve la oportunidad de conocerlo. Ocurrió en 1978, en mis tiempos de subdirector del periódico Noticiero del sur.

Unos días antes de nuestro encuentro, fui secuestrado y torturado por un grupo ultraderechista de Temoac, Morelos. El fotógrafo del periódico, de nombre Joel, tambien sufrió vivió la tragedia.

Nos liberaron en las cercanías de San Juan del Rio, Querétaro.

 Un asunto interreligioso había provocado el doloroso incidente.

Los secuestradores suponían que el obispo de la diócesis de Cuernavaca, monseñor Sergio Méndez Arceo, patrocinaba el periódico.

Don Enrique Maza me buscó para entrevistarme. Además de ejercer el periodismo era sacerdote jesuita.

Después del encuentro en el restaurante de Sanborns, me ofreció las páginas de Proceso en caso de tener algún asunto periodístico de interés público.

Y la oportunidad había llegado.

—¿Y ya tiene toda la información confirmada? —preguntó don Enrique tras escuchar el asunto del fraccionamiento Granjas del Márquez.

—No, pero mañana voy a iniciar la investigación con el suegro de una posible victima…

—Cuando tenga el conejo en las manos me habla para cocinarlo. Por el momento son especulaciones…

—Le hablé —dije— para dejar constancia del asunto, por simple precaución, don Enrique…

—o—

En el viejo Ford 65 de Filiberto Cano nos internamos al fraccionamiento Granjas del Márquez, a diez minutos de la costera Miguel Alemán, entre el aeropuerto internacional y la zona naval de Icacos.

Recorrimos una callejuela polvosa, solitaria y plagada de árboles urgidos de agua.

Filiberto Cano frenó su automóvil frente a una casa aparentemente abandonada.

En la fachada sin pintar sobresalían dos ventanales con los cristales rotos y cubiertos de plástico y cartón corrugado.

La misma escenografía se repetía en las casas contiguas, de una planta.

El hombre tocó el claxon en tres ocasiones y un hombre, en short y playera percudida, se desprendió de una de las puertas.

—Es un amigo…  —aclaró Filiberto—, se llama Alberto y conoce todo lo que aquí ocurre…Él me ha asegurado que aquí mi yerno fue torturado y es posible que aún se encuentre con vida…

Nos alejamos del lugar.

En el trayecto, Alberto “N” nos puso al tanto: hizo revelaciones extraídas de una novela de horror.

—Los fines de semana entran camionetas con personas atadas de manos y con capuchas en la cabeza y los meten en una de estas casas y los torturan horriblemente.  Los matan y arrojan en los pozos artesianos que hay en este fraccionamiento o en los del Copacabana que se encuentra como a medio kilómetro del hotel Princess Acapulco

—¿Y cómo sabe usted tanto de esto? —pregunté sorprendido por los detalles descritos y la seguridad y la verisimilitud que le imprimía a su relato.

—Porque soy policía judicial…

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LOS FIGUEROA

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Nos conocimos en la sede del periódico Uno más uno.  Don Manuel Becerra Acosta lo fundó en noviembre de 1977.

Rodrigo Huerta Pegueros laboró como corresponsal del diario en Acapulco. Yo, en la misma época, hacia lo propio en el estado de Morelos.

Dejé la corresponsalía por recomendación de René Arteaga, talentoso y gruñón reportero investigador de Uno más uno.

Me trasladé a la Ciudad de México, donde trabajé de reportero redactor en el departamento de corresponsales. Carlos Reynaldos fue mi jefe inmediato.

René, Don Manuel y Rodrigo se han ausentado de la tierra. El primero lo hizo el 22 de octubre de 1978, a los 50 años de edad; el segundo, el 24 de junio de 2000, a los 86 y Rodrigo, el 1 de junio de 2014, a los 65.

René Arteaga murió un mes antes de trabajar en las entrañas de Uno más uno. Sucedió durante la fiesta del primer aniversario del periódico.

El 14 de noviembre de 1978 intercambié mis primeras palabras con Rodrigo. Me invitó a pasar un fin de semana en el puerto, donde su padre, Pedro Huerta, dirigía el periódico Revolución, amigo personal del gobernador Rubén Figueroa.

—Tal vez el próximo año resida en Acapulco, mi segundo hogar… Es posible…—le confié a Rodrigo mientras degustaba un poco de ron Havana.

El barullo apenas nos permitía hablar en voz baja.

Rodrigo era aficionado al surfeo y al heavy metal. También, a usar lentes oscuros, tener una melena rizada y un mostacho grueso de puntas caídas.

Muy preciso al escribir, sin confrontar con los políticos que apoyaban su propósito empresarial. Siempre optaba por abrir puentes de colaboración con la casta divina guerrerense.

Sabía equilibrar la información para conseguir publicidad oficial.

 En Uno más uno, mi trabajo consistía en recibir, por teléfono, la información de los corresponsales de todo el país. Hacia las transcripciones en una ruidosa máquina de escribir mecánica.

En la mayoría de los casos era necesario rehacer las notas; darles un enfoque más noticioso e intentar ganar portada o un lugar destacado en la página tres.

Por lo mismo, hice vínculos de amistad con la mayoría de corresponsales.

Por temporadas cortas, me ausentaba del diario y laboraba en algunos periódicos locales de Chiapas, Guerrero, Oaxaca y Veracruz.

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En Acapulco, por esas fechas, ciento veinte mil colonos —de 355 mil censados—, estaban en resistencia ante la amenaza del gobierno estatal de desalojarlos de sus viviendas.

El bronco gobernador de Guerrero, Figueroa Figueroa  intentaba, por todos los medios, de sacarlos de las cumbres de los cerros adyacentes a la bahía, del Anfiteatro.

Las familias que aceptaran la reubicación recibían un lote y una vivienda en la colonia El Renacimiento, de nuevo cuño.

 El asentamiento, en proceso de urbanización, se encontraba  cerca de la carretera México-Acapulco, a la entrada del puerto.

Figueroa Figueroa basaba su decisión a lo costoso de dotar de electricidad, drenaje y agua potable a los 355 mil colonos del Anfiteatro.

 Las aguas negras contaminan la bahía y afecta al turismo, argumentaban los estudiosos del asunto.

 El estado de Guerrero enfrentaba los efectos de la guerra sucia. La guerrilla rural y urbana aun respiraba y era combatida con ferocidad por el gobierno.

Los periódicos y noticieros de radio y televisión estaban amordazados. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) tenía el control político del gobierno del estado y los ayuntamientos.

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Un primo del gobernador, Febronio Díaz Figueroa, fungía como presidente municipal de Acapulco. Era un palomo al vestir: blanca la guayabera, blanco el pantalón y blancos los calcetines y calzado.

El principal mérito de este personaje tan singular, de lentes oscuros y hablar costeño, fue el haber sobrevivido a un secuestro.

El mítico guerrillero Lucio Cabañas Barrientos retuvo por tres meses a su primo, entonces senador y candidato a la gubernatura.

En el operativo tambien fueron privados de su libertad, Febronio y la secretaria particular de Figueroa Figueroa.

Febronio se consideraba marxista y un gran bailarín. Le gustaba ser llamado el playboy del trópico.

El alcalde porteño amaba el buen coñac, las mujeres de cuerpo exuberante y trotar por el mundo con dinero público, bajo el argumento de promover al puerto.

Ignacio Ramírez, sagaz reportero investigador del semanario Proceso, festinaba las ocurrencias de Febronio. No cesaba de reír cuando recordaba sus encuentros con el alcalde.

En una ocasión, mientras comíamos en un restaurante de Chilpancingo, los corresponsales de varios periódicos nacionales, tuvimos la oportunidad de escuchar detalles de la memorable entrevista que le hizo a Febronio, a principios de mayo de 1979.

— ¿Y dónde dejó el marxismo, señor? —le preguntó Ignacio.

—Un hombre de cultura tiene que conocer esas corrientes y no simplemente de segunda mano, sino en su esencia; por esta razón me dediqué con profundidad a estudiar esta materia. Pero no sólo conozco esto, puede preguntarme de filosofía, de corrientes económicas, de literatura… pero, digo, que no se tome esto como presunción, porque estas materias las he estudiado con pasión.

—¿No claudicó?

—Señor, esas son cosas que, desde el punto de vista histórico, serán juzgadas a su debido tiempo. Todas esas gentes que vociferan contra el capitalismo y viven y se aprovechan de él, pues no son más que verdaderos farsantes. Yo creo que hablar del imperialismo es más bien hablar de preservar la nacionalidad, de defender a México, de desarrollarlo, de prolongarlo a la historia, de hacerlo vivir por muchos y muchos siglos y milenios si se puede.

—¿Es cierto que usted le habla al pueblo utilizando la dialéctica marxista?

—Bueno, mire usted, así como me oye platicando, platico siempre; así daba mis clases. Ahora les ofrecí dar clases gratuitas en la universidad, pero no me aceptaron.

—¿Por qué?

—No lo sé… tal vez porque ahora me consideran gente que le está sirviendo al gobierno.

—Se dice de usted que…

—Mire, a mí me han colgado muchas historias, gentes que son negativas. No soy una monedita de oro, acuérdese que hasta el dinero tiene cara y cruz, pero la gente me quiere; los pobres, la clase media y por qué no decirlo, una gran parte de la población, a pesar de que he sido terriblemente calumniado.

—¿A qué atribuye las calumnias?

—Todo hombre público tiene que decidir sobre problemas y en todos los problemas hay un pro y un contra. Pero yo siempre obedezco las leyes y a la justicia, de manera que quienes las violan tendrán motivos de resentimiento conmigo.

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En abril de 1979 tomé la decisión de irme a radicar a Acapulco y se lo hice saber por teléfono a Rodrigo.

—Vente brother —me dijo—, ya se lo dije a mi jefe y puedes colaborar con nosotros. Por casa y comida no te preocupes…

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KAUFMANN

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Crecí, como todo ser viviente, y retorné a Acapulco con un nuevo oficio: periodista.

La ciudad porteña se convirtió en una pista peatonal, de descubrimientos.

Me asenté e hice mi chamba.

Un mes antes de meterme en un lio periodístico —encontrar un tiradero de cadáveres en dos fraccionamientos—  realicé una caminata playera en la avenida Costera Miguel Alemán.

Y sin plan, llegué al Centro Internacional de Convenciones de Acapulco, donde se celebraba un encuentro nacional de directoras de  un organismo descentralizado de apoyo a la infancia mexicana: el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia: DIF.

En short, camisa holgada y mocasines grises sin agujetas. La barba colgaba al pecho y el cabello rozaba mis hombros. Así era mi aspecto.

En ese año —1980— trabajaba en el periódico Revolución.

Leía la Biblia, por sugerencia de un compañero de oficio, y las obras completas de José Revueltas, impresas por la editorial Aguilar.

Martin del Toro, primo hermano de un reportero gráfico del periódico El Trópico de Acapulco, me consiguió un cuarto de azotea en el hotel Romanos Le Club.

Desde ese lugar privilegiado, en cada amanecer, observaba cabrillear el farallón del Obispo.

Me apropiaba visualmente de la inmensidad de un mar perlado, somnoliento, y de una ciudad plena de vida, amurallada por una cordillera infectada de construcciones miserables.

—¿Le puedo servir en algo?

Frente a mí, un policía de zapatos polvosos y armado con un tolete.

—Soy reportero y vengo a cubrir el evento— mentí.

Sabía que en la Sala de prensa, adaptada por personal del DIF, seguramente habría café caliente y galletas.

La sesión de las directoras del DIF Nacional inició a las nueve de la mañana.

El intenso calor provocaba sudoraciones excesivas.

—Tiene que ponerse un gafete con el nombre del periódico que representa…

—Solo tengo la credencial —dije y se la mostré.

El cartón a dos tintas con mi rostro de anarquista desvalido era avalado por la firma del director general del periódico Revolución, Pedro Huerta.

De una canasta plástica, colocada a la entrada de la Sala de prensa, tomé un listón blanco con una mica vacía. En ella introduje la credencial.

De esa manera me allegué de una falsa identificación oficial.

Para no verme tan descarado, opté por asistir al salón donde presidia el evento la esposa del presidente de la república, Carmen Romano de López Portillo.

La presidenta nacional del DIF aun no pronunciaba el discurso de clausura frente a las directoras estatales del organismo.

Previamente, dos atractivas edecanes distribuyeron el discurso escrito entre los reporteros.

Sin embargo, aguardé a que la polémica funcionaria honoraria lo leyera. Por simple instinto, algunos de sus dichos los anoté en una libreta de taquigrafía.

El gruñido de intestinos me hizo abandonar el lugar y opté por meterme a la sala de prensa.

Antes de beber una taza de café o saciar mi apetito, me apoltroné frente a una máquina de escribir y empecé a redactar la nota.

Al término del cuarto párrafo, escuché a mis espaldas una voz ronca, pedregosa, de afónico:

—Exacto, exacto… así quiero la entrada, concretita y corta…

Se trataba del señor Oscar Kaufmann, director general de Comunicación Social del DIF nacional.

Era un sexagenario voluminoso, rubicundo, de ojos azules, lentes de grueso calado y barba caprina.

 Después de leer la hoja continuaba en la máquina de escribir, inquirió:

—¿Usted ha trabajado en alguna agencia de noticias?

—Fui corresponsal de Uno más uno, en el estado de Morelos…

—¿Y quién le enseñó a redactar así las entradas?

—El señor René Arteaga…

—Mi hermano René… Un enorme periodista, un gigante de la pluma…

El señor Kaufmann pidió que continuara con la redacción de la nota y aguardara su regreso. De paso, le ordenó a la edecán de falda diminuta que me ofreciera el platón con pequeños sándwiches de atún, jamón y pepinillos y una Coca cola.

Mi real interés de estar en el Centro Internacional de Convenciones era beber café y comer galletas, como lo escribí arriba.

Más cornadas da el hambre.

 Luis Spota tenía razón.

Pedro Huerta me pagaba mil pesos mensuales. Por esas fechas, el dinero escaseaba y mi dieta se reducía a una comida diaria.

El cuarto de azotea del hotel Romanos Le Club me permitía darme unos modestos lujos. Por ejemplo, el comprar uno o dos libros al mes y beber cerveza los fines de semana en los bares de la playa La Angosta, cerca de la Quebrada.

No pagaba por el hospedaje. Dormía en un sleeping bag, aportado por Rodrigo Huerta, hijo del editor.

Una gruesa Biblia de pastas negras me fue regalada por otro reportero del periódico donde colaboraba. El colega siempre aparecía con los ojos rojizos y brillantes y los labios secos, por su afición a la marihuana.

Intentaba hacerme un converso de la iglesia cristiana donde militaba.

—¿Quiere trabajar en el DIF? —preguntó el señor Kaufmann al recibir mi nota.

Un hombre robusto, carilampiño y en camisa blanca con corbata roja, lo acompañaba. Me lo presentó como el licenciado Daniel Alvarado.

El abogado era el subdirector de Comunicación Social del DIF.

Dudé en mi respuesta.

El señor Kaufmann, sin desdibujar su bonachona sonrisa, agregó:

—Haga el boletín de hoy y se lo entrega al licenciado Alvarado… Y claro, le pagaremos por este servicio…

La necesidad era canija.

Me di a la tarea de sacar adelante el texto oficial del evento. Lo terminé en quince minutos y entregué al licenciado Alvarado.

Su padre, Manuel el Gordo Alvarado, había participado en un centenar de películas en la época dorada del cine mexicano.

En uno de los cubículos, donde colgaba la fotografía del presidente José López Portillo, revisó el resultado de mi trabajo.

—El señor Kaufmann quiere ayudarlo, porque le gustó la lead de su nota y ese es el tono que quiere darle a los boletines…

Me sentí halagado, no lo niego.

Los quinientos pesos y la tarjeta personal del señor Kaufmann también abonaron ese sentimiento banal.

Y seis meses después de aquella circunstancial experiencia, ya como boletinero del DIF nacional, conocería la verdad de lo ocurrido por boca del señor Kaufmann:

—Lo vi con hambre y antes de ir por el café se puso a escribir con responsabilidad periodística y eso es meritorio… Nunca el hambre o el vicio deben volver leguleyos a los que aman el oficio

Los quinientos pesos terminaron en la caja registradora del bar Barracuda y en el bolso de ixtle de La Chepa, su mesera estrella.

En mi vida, Acapulco fue como una una ruleta o un paquete de naipes de Las Vegas

Le aposté a la libertad con felicidad.

HEMEROTECA: revistapais-24-2-19

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EL CHUECO

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Doña Graciela Torres guardaba tres revistas Por qué? en su herrumbrosa gaveta. En una, aparecía en portada un niño ensangrentado y la palabra, en letras mayúsculas:

¡ASESINOS!

Difícil olvidar la imagen.

Se trataba de una de las trescientas víctimas de la masacre del 2 de octubre de 1968, ocurrida en Tlatelolco.

Un año después del involuntario descubrimiento, volvería a encontrarme con la misma publicación. En esta ocasión, en la tienda de pinturas Dupont, aledaña al cine Río, en la avenida Cuauhtémoc y Vallarta.

El señor Guido Gándara era uno de sus concurridos clientes.

En el negocio compraba las brochas, lijas, disolventes, pinturas, bolsas de estopa y lacas anticorrosivas.

—Te vas a meter en problemas si sigues leyendo esas madres subversivas —advirtió don Juan Zermeño, propietario de la tienda y hermano del actor Álvaro Zermeño.

 La advertencia iba dirigida a un tipo sotaco y fuerte, apodado El Chueco. Trabajaba en el establecimiento de la cervecería Corona, cercano al cine Río.

Por culpa de una parálisis facial — Bell, según el término médico—, tenía un párpado caído y parte de la boca torcida.

—Hay mucha rabia, Juan… y eso no puede seguir así…

El señor Guido, preparaba la pintura anticorrosiva que utilizaríamos en los barandales de un inmueble en construcción.

Intervino en el diálogo.

—Es verdad, no podemos ignorar lo que sucede en México, menos en Guerrero… Hay muchos estudiantes alebrestados y mira que les trabajo a los hoteleros y son los que más se quejan de los secuestros.

—Seamos realistas, aquí el comunismo no tiene entrada. Nos gusta la libertad y los negocios —dijo don Juan Zermeño.

El jalisciense usaba el bigote a la usanza de su hermano Álvaro.

Un año antes, en 1967, Álvaro había protagonizado la película La ley del Gavilán. Su compañera de reparto fue la actriz ojiverde Elsa Cárdenas.

 Pedro, el hijo de don Guido, tomó la revista del Chueco.

Y juntos la hojeamos.

En las gráficas en blanco y negro, registradas por Óscar Menéndez, Héctor García, Armando Salgado y los hermanos Mayo, aparecían militares custodiando estudiantes, maestros y cadáveres ensangrentados en la plaza de Tlatelolco.

 —Hojeé la revista en la casa donde antes vivía —revelé.

 Doña Graciela me confió que su marido las leía y coleccionaba. Por lo mismo, después de su muerte, optó por conservarlas.

—Sea lo que sea —replicó el Chueco con su rollo de estopa bajo el sobaco-, sólo a balazos y no con grititos podemos defendernos de tanta represión y abusos del gobierno…

—Ni modo. Por eso los panteones están repletos de tanto pendejo… —exclamó el señor Zermeño

 Y no se esforzó en devolver la revista. Tampoco el Chueco tuvo la intención de reclamarla.

 En esos momentos, ingresó al local don Leopoldo Garduño Peñaloza. El tema político quedó sellado.

Pedro y yo nos alegramos al verlo.

En los cuatro meses que permanecí en Acapulco, el dueño de la tienda de pinturas Dupont me regalaba pases para entrar al cine Río.

Don Juan Zermeño era amigo personal del responsable de distribuir las películas mexicanas en Morelos y Guerrero.

El señor Garduño jugaba dominó y cartas españolas con el comerciante de pinturas.

En una ocasión, ayudé al señor Garduño a descargar de su auto sedán dos cajas con cartelones de la película Patrulla de valientes.

En agradecimiento me regaló stils y dos pases para entrar al cine Rio.

En la cinta, filmada en 1967, actuaban Rosa María Vázquez, Alberto Vázquez, Héctor Suárez y Guillermo Rivas El Borras.

En mis años de adolescente, el asunto de la masacre estudiantil me fue indiferente. Deambulaba por las calles porteñas como un simple sobreviviente.

Las imágenes de la revista Por qué? eran muy parecidas a las del semanario Alarma!. Presentaban cadáveres y detenidos, pero con un propósito diferente: político y económico.

Sin embargo, el morbo o la curiosidad las hermanaba. Su mercado estaba garantizado entre la masa despolitizada o politizada.

De no ser por los comentarios de los señores Guido y Zermeño con El Chueco, el asunto de la matanza del 68 hubiese pasado desapercibido en mi subconsciente.

 Los años transcurridos y el convertirme en periodista me ayudaron a desentrañar lo ocurrido en aquel fatídico 2 de octubre.

Lo trascendente del movimiento estudiantil fue su aportación democratizadora en el México del siglo XXI.

La audacia y valentía del periodista Mario Renato Rodríguez Menéndez permitió dejar un registro histórico del martirio y resistencia organizada de los universitarios, jornaleros, sindicalistas y maestros rurales.

La revista Por qué? es un referente obligado para entender lo ocurrido en la década de los sesenta y parte de los setenta.

Sin embargo, los cuadrantes porteños que me marcaron profundamente en esas fechas —y lo evoco con nostalgia— resguardaban dos cines populares —el Bahía y el Río—, el Mercado Central y el paradero del transporte colectivo Cine Río-La Base.

Los cuadrantes de mayor festividad y movilidad social: el principal hábitat, dinámico y viviente, de olores y sabores picantes, de prisas, mentadas de madre y sonrisas…

El Acapulco tradicional:

Vallarta, Cuauhtémoc, Feliciano Radilla, 2 de agosto, Constituyentes y su prolongación, la Aquiles Serdán…

Y la playa Tlacopanocha: lugar para las zambullidas refrescantes y los suculentos agasajos de camarones hervidos y ostiones en su concha con limón y salsa picante.

Precisamente en esta playa experimenté mi primera borrachera, bajo los tiernos cuidados de Carmen, la joven amante de don Guido.

En la playa de Tlacopanocha fue hallado el cadáver del Chueco.

El hallazgo ocurrió una semana antes de que yo retornara a Tulancingo para proseguir mis estudios.

 La revista Alarma! consignó la noticia con una gran fotografía en interiores.

El señor Zermeño le comentó al señor Guido que el Chueco había participado en varios asaltos de los camiones distribuidores de la cervecería donde laboraba. La policía judicial lo ejecutó por órdenes de los empresarios afectados.

En años posteriores, interpretaría el actuar del Chueco de manera distinta: el empleado de la cervecería no fue un delincuente común, sino un luchador social, un guerrillero.

Nunca conocí su nombre y apellidos.

Poco importa.

Tal vez, sus familiares y amigos lo reivindicaron y esté incluido, sin su apodo, en la lista de víctimas de la guerra sucia.

Caras vemos, corazones no sabemos —sentenció don Guido al enterarse de los pormenores de la ejecución del guerrillero.

—No era mala persona —precisó el señor Zermeño—, pero siempre estuvo en contra del gobierno… El que siembra, cosecha

En la misma revista Alarma!, donde se consignó la muerte del Chueco, publicaron  el asesinato de cinco personas en Beverly Hills, California, en manos de la secta satánica La Familia.

Una gran fotografía destacaba en la portada: la del autor  intelectual de lo ocurrido: Charles Manson.

En la matanza,  una de las víctimas fue la actriz Sharon Tate, esposa del director de cine, Román Polanski.

HEMEROTECA: pro96

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NO ES NECESARIO

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No es necesario ser tan descriptivo.

Lo que importa es dar el brochazo que estimule sentimientos o provoque curiosidad. Trazos sin complicaciones, precisos, como un dibujo de Pablo Picasso.

Tan simple como el recuerdo mozo de un junio sesentero…

Curiosidad y añoranza.

Ejemplo: ver a Tarzán sobre el farallón de La Quebrada, rodeado de cientos de nativos rijosos en la isla prohibida de Acuaria. Intentan rescatar a la princesa Mara del apetito sexual de un falso dios solar: Balu.

El Acapulco de 1947.

Veinte un años después, en 1968, frente a los ojos hipnotizados de dos adolescentes y en las pelonas gradas del cine Bahía, el de la avenida Aquiles Serdán 509.

Sin techo.

Un temps de chien, como dirían los franceses: calores demenciales, de revuelta estudiantil…

—¿Trajiste las patas de pollo?

—Sí y también la salsa Búfalo, brother… y la Cocacola es para los dos…

Pinche Pedro, ¿cuándo me llevas a la casa donde vivió Tarzán?

—El domingo…el dueño de la tienda de pinturas, donde compra mi papá, le consiguió una chamba en el hotel Los Flamingos… Vamos a pintar dos habitaciones…

Tarzán en el cine Bahía de Acapulco.

 Aún no oscurecía.

La gran pantalla intentaba descifrar la intermitencia de unas imágenes en blanco y negro, apenas perceptibles por la luminosidad del crepúsculo.

 La película estelar, Tarzán y el gran río, arribaría en hora y media, durante el plenilunio de junio. Ocurrió tras la derrota de Vargas: el falso Balu y traficante de perlas, en Tarzán y las sirenas.

Chiflidos y mentadas de madre al cácaro por escucharse los diálogos en inglés, sin imagen.

Dulceros y refresqueros, cual Flash, recorrían las escalinatas. En repetidas ocasiones nos obligaban ponernos de pie para evitar ser pisados.

Se internaban entre la butaquería con los productos demandados.

—¡Refresssssscooosssss, pidaaaaaa sus sssscooooosssssss…!

—¡Palomiiiiiiitasssss…!

—¡Paleeetaaaaasssss, hay paleeetaaaassss!

El cine Bahía, según lo recuerdo, albergaba no menos de tres mil personas. Era considerado el local de mayor dimensión de Guerrero. De ahí su falta de techo.

La propaganda, voceada insistentemente en el Mercado central, aseguraba que por primera vez la película Tarzán y el gran río sería estrenada en Acapulco.

El papel del aristócrata escocés John Clayton III y El rey de la selva recaería en el jugador de futbol americano, oriundo de California, Michael Dennis Henry.

—¡A colores y en cinemascope, sólo este fin de semana, no falte a su teatro cine Bahía..!

—¡Dos, dos grandes películas de Tarzán por un solo boleto!

¡Niños lleven a sus papás! ¡Papás lleven a sus abuelos! ¡Abuelos lleven a sus vecinas!

Y en los volantes —distribuidos por un enjambre de chiquillos en short y playera deslavada—, se leía que, en la película estelar, el hombre mono viajaría a Brasil, a la selva amazónica, para combatir al dictador y hechicero Barcuna que se oponía a la medicina moderna: una doctora estadounidense, rubia y joven, que intentaba vacunar a los nativos contra enfermedades virales.

 Los adoradores del dios Jaguar amenazaban con asesinarla.

De ahí que un profesor —amigo de Tarzán y ejecutado por Barcuna— demandara su ayuda.

Un león y la mona Chita —rescatados por el hombre mono en un zoológico brasileño— lo acompañarían en aquella aventura justiciera.

La película Tarzán y las sirenas tenía un mayor atractivo para los lugareños. Había sido filmada en Acapulco, Teotihuacán y los estudios Churubusco. La protagonizaron —además de Johnny Weissmüller y Linda Christian— actrices y actores mexicanos: Andrea Palma, Gustavo Rojo, Magda Franco, Lilia Prado, Silvia Derbez y Armando Silvestre.

Dolores del Río, cercana al presidente Miguel Alemán Valdez, invitó a Johnny Weissmüller a filmar su última película como Tarzán en el puerto de Acapulco.

El actor de 43 años, tuvo una gran acogida entre la socialité mexicana. Incluso, le organizaron una comilona en la residencia oficial de Los Pinos, construida por un rico hacendado en el bosque de Chapultepec, en 1853. El gobierno federal la adquirió en 1934.

Asistieron al agasajo, los actores hollywoodenses, Tyrone Power y Linda Christian. Alemán Valdez poco se despegó de Linda, su paisana, que nació en Tampico, Veracruz e hizo el papel de Jane en la película de Tarzán y las sirenas.

Weissmüller, de origen rumano, jamás imaginó los alcances de su personaje en territorio mexicano.

Ejemplo:

En Huayacocotla despertó algarabía al exhibirse Tarzan de los monos.

Medio pueblo se concentró en el galerón de don Higinio Solís, construido en la Ygriega de la avenida Revolución.

En 1965, mi tía Ana María me llevó a ver la película, filmada en 1932 en blanco y negro.

Nos apoltronamos en dos sillas de madera e ixtle que cargamos desde la casa.

En el mismo lugar, en fechas posteriores, disfruté de otras dos cintas del ex campeón olímpico en su papel de Tarzán.

La última aventura de Tarzan con Weissmüller fue filmada en Acapulco.

Los asistentes del cine Bahía —entre los que me incluyo— se entusiasmaron y acudieron a la sala en masa. La mayoría conocía los escenarios naturales de Acapulco.

Johnny Weissmüller compró una casa de descanso —Los Flamingos—, en uno de los acantilados adyacentes a las playas de Celetilla y Caleta.

Carmela, la joven amante de don Guido Gándara, no quiso acompañarnos al Bahía.

El propietario del cine, don Jacobo Jaca Avayou, ordenó a sus empleados impedir el ingreso a niños menores de cinco años. Sus berridos, acicalados por el calor, hambre o aburrimiento, desencadenaban peleas y lesionados.

—Mejor cuando salgan me traen dos pesos de semillitas o unos tamalitos de pescado —pidió Carmela.

 Los sábados y domingos, don Guido y Pedro la pasaban en casa de doña Zulema.

Yo convivía con Carmela, de 22 años, y su bebe.

Al término de la función de cine, fui el encargado de llevarle los dos cucuruchos de papel estraza con semillas y cuatro tamales de merluza (pescado sin espinas). Los compramos en el restaurante El Zombie.

Don Guido me pagaba doscientos pesos semanales por lijar puertas y barandales. La mitad, cien pesos, le daba a Carmela, de 22 años.

Modesta compensación por alimentarme  y lavar mi ropa.

Gustaba que le leyera las fotonovelas que le regalaba don Guido.

Lo hacía echado en su cama y con el televisor encendido, sin volumen.

Difícil olvidar aquel sábado de plenilunio, un 29 de junio.

Lo recuerdo perfectamente.

Esa noche, en uno de los muros de la cocina, Carmela dibujo el número 29 con pintura vinil, roja.

Sucedió diez minutos después de contarle lo ocurrido en las dos películas de Tarzán. Serian casi las dos de la mañana.

—Hoy quiero que nos bañemos juntos antes de dormir —me dijo—.  Y este número lo voy a borrar cuando te vayas…

Ahora descifro aquel repetitivo comentario del maestro Juan José Arreola, durante sus talleres de cuento:

—No es necesario ser tan descriptivo…

HEMEROTECA: Breve historia de la Guerra Fria – Eladio Romero

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TRECE…

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En Acapulco jamás fui hostilizado en mis incursiones de niño y adolescente. Siempre recibí muestras de amor y solidaridad. Ahí aprendí a reír y ayudar al prójimo.

Todo lo contrario en Huayacocotla, pueblo serrano, frío e inhóspito: los castigos y desafectos arreciaron. Lamenté no haber sido boxeador.

Lloré en demasía.

Mis apellidos carecían de la sustancia filial, por el alejamiento de mis padres Fernando y Lucina.

De sus calenturas febriles arribamos a la tierra tres hermanos con una misma sangre y apellidos: Sergio, Everardo y Olaf.

El más pequeño, el menos afortunado de caricias paternas, terminó en brazos de la bisabuela materna, partera y curandera del pueblo: doña Conrada.

Olaf, desde que aprendió a caminar, se convirtió en el lazarillo de la anciana, su doloroso calvario…

En Huayacocotla me indignaba observar a mi hermano mayor, moreno y rebelde, ser aporreado como un costal de box, por los responsables de nuestra crianza: la tía Ana María, de recio carácter y su marido, Ramón Baca, el recaudador de impuestos del pueblo.

En Acapulco aprendí a reír…

No deseaba tener amor filial sin compartirlo con Sergio, al que mi padre le negaba su derecho afectivo. Lo convirtió en una especie de Huckleberry Finn: travieso, respondón e irreverente.

Llegué a esconder las escobas, fustas y trancas de las puertas para evitar lo golpearan.

En acciones punitivas, de noche le negaban el acceso a nuestra habitación y un plato de comida caliente.

Tuve que ingeniármelas para abrir con un alambre el candado de la alacena.

Sin la anuencia de los tíos sustraía leche, tortillas y queso.

Durante la puesta del sol, depositaba el plato y la taza de peltre en el alfeizar de la ventana para que Sergio sobreviviera.

Mi padre había reconstruido su vida emocional con una nueva familia, noble y genuina.

Mi madre, enferma de pasión y resentimiento, terminó temporalmente recluida en un centro de rehabilitación contra las adicciones de la ciudad de México.

Después de superar su mal de amores se desposó con un hombre de talacha, conductor de autobuses urbanos.

 Nuevamente gestó su vientre a tres mujeres y un hombre: Gema, Tania, Gabriela y Armando.

Una tarde de invierno, ante la necesidad de conseguirle comida a Sergio, decidí sustraer galletas y latas de sardina enjitomatada en una tienda de abarrotes, adyacente a la casa de mi tía, nuestra tutora.

La Bodega, como se llama la abarrotera, escondía un secreto familiar que después se difundió, como plaga maligna en los hogares y cantinas del pueblo.

Antes de descender del tapanco y poner mis descalzos pies sobre el mostrador de algarrobo y cubierta metálica, fui descubierto por don Luis Gómez, propietario del negocio.

Sostenía una lámpara sorda.

Escuincle ¿qué haces ahí?… –—preguntó mientras me aluzaba el rostro.

—Nada…don Luis —alcancé a balbucir y volví a meterme a las penumbras del tapanco, como tlacuache.

Por el temor a la chicotiza, hui al rancho de mi padre —La Quinta de Chapultepec— que se encontraba a la orilla del llano grande.

Dos días después, busqué,  en el barrio Agua Caliente, a  la bisabuela Conrada. Sin preguntas, me acogió en su rústica cabaña durante una semana, mientras su hija Elvira, la madre de mi madre, llegaba a rescatarme.

Tenía trece años y había terminado la primaria.

 Temerle a mi padre no era algo fortuito.

Sus prolongadas ausencias en el seno familiar, por ser empleado de la Secretaria de Agricultura y Recursos Hidráulicos, le otorgaban el suficiente liderazgo para imponer castigos. Lo hacía sin dialogo previo.

Mi madrastra,  Gumercinda Cardoza era la responsable de ponerlo al tanto de lo que ocurría en el sacro refugio de la familia.

Mis hermanastros German, Oscar y Ariel, aun pequeños, eran ajenos a mis travesuras.

 Sandra Lorena y Raymundo nacieron en Tulancingo. Nunca los conocí adultos o conviví con ellos.

Mi tía era la otra voz autorizada para dar los pormenores de mi comportamiento y el de Sergio.

En dos ocasiones perdí el conocimiento por los potentes cruzados y uppercut de mi padre.

Tenía buen punch y un desmedido gusto por el futbol americano.

Y aun así, jamás dejé de amarlo y recordarlo.

La abuela Elvira Martínez radicaba en la ciudad de México, donde atendía un estanquillo llamado Huayacocotla, en la colonia Roma.

Tras el reducido establecimiento, cargado de dulces, refrescos, cervezas, panes y cigarros, estaba su recámara y el baño.

Por una manda a la Virgen del Carmen, vestía el hábito de las monjas carmelitas.

Un enorme escapulario de madera colgaba sobre su delgado pectoral.

Los domingos asistía a misa en un templo dominico, de la colonia Polanco. Ahí se confesaba y comulgaba. Todas las noches oraba diez padres nuestros y cien avemarías. Lo hacía de rodillas, frente a un gran crucifijo empotrado en la cabecera de su cama.

No pude someterme a ese régimen de claustro monástico y de estridentes gritos.

La abandoné a los seis meses de mi arribo.

Lamenté el haberme separado de mis colecciones de historietas de Kalimán y Memín Pinguín y una novela  de pasta dura, El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

En un mes ingresaría a una escuela secundaria, cercana a la Fuente de las Cibeles, pero preferí retornar a Acapulco y reencontrarme con el barullo porteño, la morisqueta con trozos de pescado frito y los zambullones y corretizas en las aguas pardas de la playa Tlacopanocha.

En Acapulco descubrí la risa y el olor y sonido del mar…

***0***

—¿Tienes papá? —me preguntó don Guido, el pintor de brocha gorda cuando le solicité trabajo y un lugar donde dormir.

—No, solo mamá, señor…

En mi tercera incursión al puerto de Acapulco no quise repartir botellas de cloro y estar bajo las órdenes de su esposa, doña Zulema Ampundia.

Su dureza me recordaba la trágica existencia de Sergio, doblegado por las crueles golpizas de nuestra tía.

—Bueno, ahora vas a vivir con Carmela y mi hijo Lucio —me dijo don Guido Gándara frente al esqueleto de una casa de dos pisos de la avenida Cuauhtémoc —. Después de terminar el trabajo te voy a llevar con ellos, pero calladito te ves más bonito. Nada de hablar de Zulema y mis chamacos, menos del trabajo, porque ella lo sabe todo… Ese es el trato… Pedro trabaja conmigo y te va a enseñar a lijar y pintar… Tienes que ponerte a las vivas

No cuestioné su propuesta, porque conocía el duro trato que les infringía a sus trabajadores.

Don Guido era tan parecido al hablar como el color de su uniforme de calle. Siempre te miraba de frente. Sus debilidades eran las mujeres y el envejecer. Odiaba las arrugas y combatía las canas con tinturas de un negro betún.

Le encantaba tener hijos-gaviota y mujeres-gallina que lo toleraran y atendieran sin chistar.

Todas las mañana se observaba detenidamente  en el espejo, gesticulaba y sacaba la lengua.

Antes de abandonar el inmueble, depositaba cien pesos sobre la repisa del altar de iconos sagrados.

 Por la noche, Carmela Villalta me recibió con su bebé en brazos.

En la mesa de la cocina y frente a un platón de ceviche, se encontraba Pedro, el hijo mayor de don Guido.

Pedro abandonó la silla y corrió hacia mí.

—¡Brother! —exclamó efusivamente al abrazarme—. Supe que regresarías y se lo dije a mis carnales

En la calle Aquiles Serdán, don Guido le compró el departamento a su amante, quince años menor que él.

Después de saludarme con sequedad  y ofrecerme algo de comer, Carmela dijo que compartiría una habitación con su hijastro.

Carmela me entregó una sábana amarillenta y parchada antes de irme a la cama.

Minutos después, en el sanitario, la vi en cuclillas, limpiándose su peludo pubis con una bola de papel sanitario.

Cruzamos miradas y no se inmutó.

Mi apego a los libros me ayudó a tener una mejor óptica de la realidad, a pesar de ser un adolescente.

Había leído una novela que escondía celosamente mi padre bajo el colchón de su cama —Jacky, la universitaria— y en ella descubrí los secretos de la fertilidad humana y la belleza e inteligencia de una mujer independiente.

Carmela seria mi mejor mentora, en esos menesteres…

HEMEROTECA: TvNotas – 30 octubre 2018

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LOS GÁNDARA

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Un tío heredó los ojos azules de la abuela materna. Era militar. Habló con mi padre para que la paliza de mi padre fuera menos severa.

Una semana me acogió en su departamento, de la Ciudad de México, mientras convencía del perdón a mi madrasta.

Superado el entuerto, regresé a Huayacocotla y enfrenté el castigo. Despues, proseguí mis actividades escolares.

En las vacaciones de julio, volví a treparme en un autobús. Terminé el trayecto en Acapulco, en una callejuela transversal a la calzada Pie de la Cuesta.

En esta ocasión, busqué a don Guito Gándara y su conyugue: la irascible Zulema.

Zulema y Guito eran padres de nueve chamacos. Les solicité trabajo y resguardo.

Los Gándara eran amigos del chef José Luis y Janaina.

Por dos alimentos al día y dormir bajo la mesa del corredor, tendría que ayudar en el lavado, llenado de botellas, repartición y venta de cloro o blanqueador casero sin marca.

—Aquí el que trabaja come, m’ijito —me lo aclaró doña Zulema antes de trasponer la puerta principal con su vozarrón de afónica, trasero de ganso y gesto duro, de generala—. Y desde ahorita eres uno más de la familia, un Gándara Ampundia. Si andas de cabrón y libertino, como el hijo e puta de mi marido, te vas de patitas a la calle, porque con uno tengo. ¿Has entendido?

 —Sí, señora…

—Y otra advertencia —y al decirlo, puso una de sus manazas sobre mi hombro derecho—. Aquí se lee la Biblia antes de dormir, porque un hogar sin Dios, es como una parcela en el infierno y sembrar más odio entre nuestros hijos y semejantes. Por eso nuestro hermoso Acapulco se ha convertido en una ciudad de viciosos y delincuentes. Le están perdiendo el respeto a la vida…Y ahora vete a comer un plato de sopa para que después me ayudes con el cloro…

El short negro, la playera de rayas y los huaraches calentanos volvieron a ser parte de mi vestimenta diaria.

Lo mismo el polígono de la Bellavista, La Fábrica, Aguas Blancas, Cuauhtémoc, Hogar Moreno, Carabalí, Mozimba, Cuerería y La Maroña.

Pedro, el mayor del clan Gándara Ampundia, me enseñó los secretos de la venta de cloro, preparado por doña Zulema en un enorme tinaco de asbesto.

Don Guito contrataba personal para pintar casas y departamentos en el Acapulco Dorado. Siempre vestía de blanco, desde el calzado y calcetines, hasta la camisa y playera.

Semejaba un gigoló italiano, metrosexual, de cabello muy negro y crespo y de rostro cacarizo.

Dos de sus inseparables distintivos eran una gruesa esclava de oro y un medallón dorado sobre el pecho.

—Como te ven te tratan —repetía don Guito al terminar de arreglarse frente el espejo de la sala y depositar cien pesos sobre la repisa de los santos.

Doña Zulema, en bata blanca y pantuflas deshilachadas, emitía un ruidoso pujido, parecido a un pedo, y continuaba barriendo.

De lunes a lunes se repetía la misma escena. En pocas ocasiones los escuchaba hablar con amabilidad. Pedro y yo repartíamos cloro en los tendejones de La Fábrica, en los antiguos barrios de la Hogar Moreno, Carabalí y Aguas Blancas. Dejábamos las botellas de a litro, llenas de cloro, y recogíamos las vacías y el dinero.

Así como incursioné, en nuestros diarios recorridos por el corazón de la ciudad, en uno de los territorios más acogido y amado por la policía y los turistas: la zona roja con edificios semiderruidos, luminosos y sus arterias desiguales, estrechas, pedregosas e inoculadas de un lodo infecto.

Los nombres de sus calles difícilmente entrarán a los anales de la desmemoria histórica de la población porteña: Ejido, Rio Grande, Colorines, Perdida, Rio Bravo, Malpaso, Del Mercado, Revolución, Aguas Blancas…

Por primera vez olfateé los miasmas de la zona de tolerancia y fisgoneé los cuerpos semidesnudos de las mujeres que ofrecían sus servicios sexuales, casi adheridos, como anuncios, a las fachadas de las cantinas y prostíbulos.

Pedro, aun adolescente y  en short, playera y huaraches, era un personaje conocido: dos veces por semana entregaba el blanqueador.

Piter, déjame a tu amiguito esta noche para acabarlo de criar —exclamó una de las mujeres y ex-trajo de su blusa guinda un enorme seno de punta canela, como chupón.

Sus compañeras, muy pálidas y de labios carmesí, festinaron su ocurrencia a carcajadas.

13 Negro, se leía en el enorme rótulo que sobresalía en el acceso de entrada al inmueble azul marino, algo descascarado.

—No seas tan cusca, déjalo que crezca otro poquito…—dijo una mujer de huesos frágiles, chupada de carnes y semipelona.

—Es mejor tiernito para que vaya aprendiendo y luego no lo engañen las cabronas lagartonas como tú —complementó otra, gruesa, nalgona y de dedos como salchichones.

—No les hagas caso a estas pendejas —dijo una de las prostitutas en tono cariñoso. Era joven y de rasgos menos lastimados por los desvelos–. Ven, acércate —me pidió—. No me tengas miedo, mi nombre es Mirasol.

Lo hice. Su mirada y la manera como sonreía y dejaba entrever en sus carnosos labios carmesí una dentadura blanca y perfecta, despertaron en mí un sentimiento sexual, aun incomprensible para un niño provinciano de diez años.

Sus compañeras observaron en silencio cuando Mirasol me abrazó e inclinó la cabeza para besarme en la frente.

—¿Te das cuenta? —susurró mientras me apretaba las mejillas con ambas manos–. No somos personas malas, aunque nos digan putas… No debes tenernos miedo, también somos madres…

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