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ARRULLO DEL CIELO

polvos ajenosLa avioneta perdió altura e hizo un giro de 180 grados.

Sin soltar el volante, Ricardo Martínez Valle* quedó con la cabeza hacia abajo. Su única reacción fue evitar el encontronazo con la saliente de piedra maciza de doce o quince metros de altura.

El choque parecía inminente.

Había perdido momentáneamente el control de los estabilizadores y alerones. La cabina sería arrancada de cuajo y difícil-mente sobreviviría.

Muerte segura, concluyó.

El copiloto lanzó una exclamación de sorpresa, ahogada por los ventarrones polares que lastimaron el fuselaje.

¿Qué hacer?

Ricardo tenía 27 años. Llevaba cuatro mil 300 horas de vuelo.

En 1983 llegó por primera vez a Canadá al lado de sus padres y dos hermanos.

La familia Martínez-Valle venía procedente de El Salvador y solicitó refugio político.

Don José, su papá —hombre de convicciones arraigadas—, tuvo que huir de su país antes de que lo asesinaran los subordinados de la Junta Militar, encabezada por José Napoleón Duarte.

El recorrer cinco mil kilómetros para llegar a Toronto no fue una tarea fácil.

Ricardo, a sus siete años de edad, tuvo que seguir a sus padres y abordar el enorme avión comercial para remontarse a una altura insospechada, pero real. Nunca creyó que algún día pilotara una de esas naves de alas plateadas con turborreactores de explosiones incendiarias.

Aprendió a amarlas y respetarlas desde la soledad de su re-cámara.

En la editorial donde laboraba su padre, contador por necesidad y músico de convicción, los avioncitos a escala ter-minaban en manos del niño y lo sorprendían.

Los Douglas DC-3, Boing 707 o Convair 880 iban reproduciéndose a lo largo de aquella habitación compartida con sus hermanitos.

Los aviones de guerra —Harrier o Douglas F-15— sobre-volaban cielos salvadoreños y atemorizaban a los pobladores. Ricardo, por el contrario, los observaba desde la azotea de su casa y reafirmaba su convicción de pilotearlos cuando fuera adulto.

Una tarde de mayo, con el sudor ensopándole la playera, Ricardo enfrentó a su padre y le dijo:

—Yo cuando sea grande voy a ser piloto aviador.

Ocurrencias de chiquillo, pensó don José.

Veinte años después había materializado sus sueños. Estaba frente al timón, dentro de una avioneta Cessna de seis compartimientos y a punto de perder la vida.

La rotación de la nave lo sorprendió y el cielo volvióse enmarañado, terregoso y el piso azul cielo.

Los recuerdos se agolparon.

El niño se hizo adolescente aprendió a comunicarse en inglés buceó entre los arpegios del saxofón y la guitarra y terminó la High School.

Después, ya con el apoyo incondicional de sus padres, aprendió los difíciles secretos de pilotear aviones en la Airline Training International.

Durante tres años, religiosamente, puntual y entusiasta —de lunes a viernes— asistió a clases en la isla de Toronto, dentro del downtown.

Su primer trabajo formal fue el de instructor en su propio colegio.

En tres años continuos abonó su sapiencia y paciencia en otros legos. Les inyectó su amor por ese hermoso oficio de ca-minar sobre nubes, a 25 mil metros de altura, y convertir a los patos de cola roja en sus compañeros de travesía.

Les enseñó a sorprenderse de las maravillas naturales, tras el parabrisas brillante de la aeronave: los verdores intensos de las montañas que lanzaban un vaho blanco, espeso y serpentino. No cesaban de lamerle la panza al cielo raso.

Ricardo era un testigo privilegiado de esa relación amo-rosa e inenarrable.

—Necesitan un piloto capaz en la Peerimeter Airlines, es una empresa aérea que trabaja en reservaciones indias, por Manitoba —le propusieron a principios del año 2000.

La paga era buena y aplicó. Tuvo que trasladarse a Winnipeg, capital de la provincia de Manitoba.

En la pequeña pista de aterrizaje de la empresa, plagada de avionetas y aviones de cincuenta asientos, le explicaron los secretos del oficio. Lo que tendría que hacer para recibir su paga.

—Hay que llevar y traer indios a las cuarenta reservaciones existentes y donde viven unas cuatro mil familias. Se trata de nativos Cree, alejados de la civilización y únicamente dependen de las avionetas para desplazarse —abundó su jefe inmediato, un viejo y experimentado piloto canadiense, de rostro y manos quemadas por los fríos polares de la región.

Los Cree, le detalló, eran pasajeros obligados de las aeronaves y jamás se inmutaban ante los sacudimientos provocados por las ráfagas de viento y nieve.

Por el contrario, esta tribu amerindia había nacido y crecido en reservaciones protegidas por el gobierno y alimentada desde el cielo.

Los aviones pagados con dinero del contribuyente, diaria-mente transportaban comida, bebidas y medicamentos.

Pocos podían creer que en un tiempo los Cree practicaron el canibalismo ante las hambrunas padecidas.

Era asunto del pasado la caza de caribús, venados, alces, osos o castores de carne dulce.

Los bosques fueron arrasados por los inversionistas priva-dos. Esa tribu de guerreros gloriosos, enemigos a muerte de los siux y pies negros, terminaron arrinconados en una estepa glaciar, al sur del río Churchill y dentro de las provincias de Saskatchewan y Manitoba.

Todos los nativos estaban bajo el sino del hambre y la ignorancia.

Ricardo tuvo que lidiar con esa pobreza vergonzante. Le conmovía observarlos en los toscos ropajes de piel sintética, lanzando humaradas por la boca y fuera de sus cabañas de madera cruda, izadas con columnas de concreto por construirse sobre tierra congelada.

Los animales salvajes, principalmente osos de aliento carroñero, merodeaban las reservaciones. Los Cree tenían que lidiar permanentemente con el peligro.

Cada fin de mes, el gobierno les entregaba un cheque que cambiaban en alimentos chatarra, principalmente refrescos de cola y chips embolsados.

Los cigarrillos y alcohol los obtenían en el mercado negro. Una botella de tequila llegaba a costarles hasta cien dólares.

Algunos Cree enfermaban a sus bebés con ayuda del tabaco cuando planeaban pasar un fin de semana en bares y casinos de Winnipeg.

Les introducían en el ano un pequeño atado de esas hojas tóxicas y aguardaban 24 horas para que la fiebre azolara a la criatura.

La ambulancia aérea se hacía presente y los médicos con-firmaban las altas temperaturas del enfermo.

El bebé terminaba internado en un hospital. El padre, orondo y con el cheque en el bolsillo, hacía lo propio en algún bar o casino.

Ricardo aprendió a soportar los olores rancios del desaseo y a pasar largas horas en aquella pequeña cabina metálica, conversando con su copiloto.

La mirada fija al cristal, escuchando los mensajes de los radio operadores de la torre de control.

No era fácil desplazarse en aquellas carreteras invisibles, construidas a 14 mil y 25 mil metros de altura.

O durante tres años volando desde Winnipeg y sus alrededores; remontándose en los armatostes de acero y atravesar el lago de Winnipeg,  tras picotear los valles de Thompson, Thicket Portage, Wabowden, Deer Lake, Ilford y Gillam.

Ahora, bajo la presión del viento fiero, la avioneta continuaba de cabeza, sin desacelerar y casi a ras de la tierra.

No estaba en la Peerimeter Airlines, sino en la Voyager Airways: empresa de mayor envergadura, con oficinas en las principales ciudades de Canadá.

Desde finales del 2003 tuvo que establecerse en Vancouver, transportar a turistas millonarios de todo el mundo.

La pesca de salmón era el atractivo principal de esos personajes de exquisitos gustos.

Nueve mil dólares pagaban para remontarse a los ríos caudalosos de Columbia Britania, Alberta y el territorio del Yukón. El producto de su ocio retornaba en el interior de un frigorífico para consumo de amigos y fotógrafos.

Ricardo, como capitán de la nave, logró controlarla unos segundos antes de impactarse en aquella mole de piedra.

Nuevamente giró la nave a 180 grados y la cabina volvió a su posición normal.

Los estabilizadores horizontales hicieron su parte. El color cárdeno retornó al rostro del copiloto.

Sobreviví, suspiró Ricardo.

En esos momentos recordó una recomendación de su maestro de vuelo, en la isla de Toronto:

—Tenemos que utilizar el instinto para volar y en eso no hay receta alguna. El no saber qué hacer en los momentos difíciles puede costarnos la vida. Hay que tener los sentidos aguzados.

La persistencia del salmón dorado, que nada a contracorriente, fue parte de una lección de vida.

La misma que Ricardo asimiló en su sangre latina y le permitió a los suyos sobrevivir a la terrible guerra de castas en El Salvador de sus ancestros.

La avioneta llegó a su destino.

*Es un personaje real que radica en Canada.

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DESCIFRAR EL ORÁCULO

polvos ajenosLo cotidiano alimenta a la razón. Te impide torcer el rumbo propuesto por tu infinita curiosidad.

Si razonas correctamente encuentras las semillas que alimentan tu ignorancia.

Cada pisca de nieve que cae deslava el distrito y tiñe de blanco al territorio. Los colores calientes aguardan su momento para renacer. Lo mismo ocurre seis meses por año.

De ese tamaño corresponde el espacio que pisas.

Es posible que enfrentes al tendero en su mismo espacio vital, ajeno al estado del tiempo. Su prioridad es cumplir con el propósito de vida que lo encadena al mostrador y la caja registradora. Los productos que exhiben los estantes tienen fecha de caducidad.

Veo su angustia. La infelicidad consume su paciencia. De aquellas latas, botellas plásticas y envolturas de papel debe obtener la sabia de su existencia.

La máquina ruge a mis espaldas. Es conducida por un hombrecito de traje naranja y gorra con orejeras.

El mar de azúcar, como en una metáfora bíblica, logra ser hendida para permitir nuestro paso.

No hay saludos.

No hay muestra de agradecimiento.

Nuestro generoso Moisés asalariado, de habla gala, sigue liberando banquetas a bordo de una oruga de hierro.

Y es jueves, el quinto día de una semana invernal.

La puerta del dépanneur gruñe. Los colgajos de latón tintinean. Un ojo electrónico me observa. Registra mis bufidos, el vaho que arrojo por la boca. Tengo húmeda la barba.

Soy un prisionero de mis propios vapores.

Ni siquiera hago el intento de sentir empatía por el tendero, grasoso y despeinado. Su mirada sigue fija en el infinito. Su única compañía es la caja registradora.

Dejo una estela de nieve a mis espaldas. Conozco el lugar. Lo he recorrido infinidad de veces.

El pasillo que invado, bordeado por anaqueles con productos de consumo humano, termina en un muro de vidrio. Dentro, iluminadas y en hilera, me aguardan botellas de cerveza con distintas etiquetas.

Es la cicuta que todo pensador sistemático necesita. No el sabio, no el poeta. Ninguno de los que he mencionado existen. Sócrates, el ateniense, lo tenía muy claro.

Somos seres de instinto con capacidad de discernir.

La ignorancia engendra aflicción. El conocimiento, libre albedrío.

Mientras agarro la botella de vidrio ahumado, poseedora de una verdad atormentada, intentó construir un soneto. No lo razono, simplemente fluye sin sentido.

Y entonces, como un ramalazo de luz, me allego de unas palabras de Sócrates expresadas ante sus juzgadores:

la obra de los poetas no es fruto de la sabiduría, sino de ciertas dotes naturales, y que escriben bajo inspiración, como les pasa a los profetas y adivinos, que pronuncian frases inteligentes y bellas, pero nada es fruto de su inteligencia y muchas veces lanzan mensajes sin darse cuenta de lo que están diciendo.

La nariz cacariza del tendero es un dedo amorfo, de carne macilenta, que me señala. Está impaciente. Su adicción al dinero es infinita, como su mirada.

No es una fecha agradable. Siempre ocurre lo mismo.

Y de nuevo retorno al punto cardinal de inicio. La nieve ya es agua y lodo en el pasillo ensombrecido por los paneles de latería y papel.

No tengo más que decir. Y recupero lo que Platón recuperó de su maestro, al término de su defensa:

Ya es la hora de partir: yo a morir, vosotros a vivir.

HEMEROTECA: Apologia de Socrates – Platon

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CENIZAS DEL POETA

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Y que a la hora de mi muerte logre

morir como los hombres y me alcance

el perdón y la vida perdurable

del polvo, de los frutos y del polvo.

Octavio Paz

 

Los polvitos de hueso de un poeta podrían curarte del mal hepático.

Y el mercader de huesos llegó a tu puerta y te peló su dentadura de asno cansino.

—Del poeta que tanto me rogó, don Aparicio…

Y así, desgreñado, apenas cubriendo sus carnes magras con pieles de bisonte, lo enfrentaste bajo el porche.

—¿Estás seguro?

—Del meritito Panteón de Dolores…

—Sospecho que me estás mintiendo, Emyra…

El ermitaño te observó con sus aviesos ojos de tejón, sumidos en un par de bolsones ennegrecidos por la mugre y las legañas.

—Yo no juego con la salud del cristiano, me condeno…

Traía terciado el morral de ixtle en el costado izquierdo. Y clavó en el una garra de buitre para hurgar y extraer una pequeña lata de cinc, de Vaporub, con manchones verdeazules.

—Si no estoy enfermo del pecho, ni tengo tos…

—Son los polvitos, don Aparicio, los polvitos

De ser cierto, como auguró Ajareaty la sanación estaba garantizada.

El asceta provenía de tierras amazónicas. Un chamán waiapi de respeto que fue echado de su paraíso por defender la selva de las compañías madereras.

Si Ajareaty no te lo hubiese recomendado, seguramente evitarías aquellos momentos bochornosos. Los vecinos de las casas contiguas observaban la escena desde sus escondrijos.

—Viene de mi aldea —te dijo la jefa exiliada de los waiapi de Kwapo. Yacía echada en el asiento trasero de tu taxi—. Lo que usted le pida, el hombre lo consigue…

—¿Y qué puedo demandarle, Ajareaty? —preguntaste antes de entregarla con sus nuevos patrones de la granja de Saguenay.

—Si padeces cirrosis hepática por tu apego al ron, como me lo has confesado, ten la seguridad que los polvos del muerto te prolongan la vida…

—¿De cualquier muerto?

—No —aclaró la amazona—, del poeta de tus apetencias literarias…

—Imposible —repelaste, al tiempo de aflojar la suela del acelerador—. Los huesos de Octavio Paz descansan en la Ciudad de México…

—Nada es imposible, ya verás…

Y así fue como el asceta indígena apareció en tu vida.

Un día soleado, mientras cortabas el césped del jardín, cruzó descalzo y semidesnudo por la brecha de piedra volcánica y se detuvo frente a tus barbas de Papa Noel.

—Soy Emyra de Kwapo y vengo a salvarte la vida…

Lo invitaste a pasar al desayunador del patio trasero. No querías dar un mal espectáculo en la cuadra. Si te sobrepusiste a la vergüenza, fue por lo avanzado de tu mal hepático. Los calmantes ya poco efecto te hacían y dormías poco. El dolor era muy tirano.

Emyra comió y bebió lo que le ofreciste: un canastón de fruta y un tarro de cerveza.

—El sufrimiento, contrólelo con esta yerbita —y te entregó una bolsa plástica con plantas secas—. Son hipérico y pasiflora… La agüita de la infusión hará su trabajo…

Fue entonces que lo pusiste a prueba.

—Mi poeta de cabecera es el mexicano Octavio Paz…

—Bien don Aparicio, me retiro y nos encontraremos nuevamente antes que las hojas amarillen… El hipérico y la pasiflora lo mantendrán de buen humor hasta entonces…

Octavio Paz, el premio Nobel de Literatura 1990, murió un sábado y en temporada primaveral. El 21 de abril de 1998. Un cáncer en la medula espinal apagó su vida. Estaba en el terreno existencial de los 84 años.

Del  Epitafio para un poeta, de su autoría, pudiste recordar,

Quiso cantar, cantar

para olvidar

su vida verdadera de mentiras

y recordar

su mentirosa vida de verdades.

Ahora Emyra hallábase en tu propio espacio vital y en la fecha acordada.

—Con la corteza del sauce tendrás que tomar las cenizas —te indicó el chamán sin aceptar tu invitación de ingresar a tu casa—. Dos veces al día, después de cada alimento… No en la noche, porque el muerto te hará dormir y hablara contigo en los sueños…

Claro que no le obedeciste. Era una tomadura de pelo. El poeta fue incinerado por la viuda. Y jamás depositó las cenizas en una urna de la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón de Dolores.

HEMEROTECA: – Octavio Paz En Su SigloChristopher Dominguez Michael

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TIEMPOS DE CONQUISTA

polvos ajenos—Los historiadores con espíritu patriota, difícilmente lastiman a los padres fundadores de Quebec. Solo ven en ellos virtudes…

—¿Por qué lo crees?

—¿Qué sabes de Samuel de Champlain?

—Es uno de los padres fundadores de Quebec…

—Hay otras versiones…

Conversación insulsa, de comedero público. Nada extraordinaria.

Jean-Baptiste Conti aguardaba la presencia de Benzoni, su yerno. Gary Dick ingresó al restaurante media hora después del arribo de Jean-Baptiste.

Gary Dick aceptó acompañar a Jean-Baptiste en su mesa.

Un libro que leía el quebequés desencadenó el tema: el arribo de Champlain a la provincia francófona.

El anglófono de Vancouver, antes de sorber su segundo tarro de cerveza, soltó la pitanza:

—¿Sabes cuándo y con quien se casó Champlain?

—Seguro —respondió Jean-Baptista con autosuficiencia—el 30 de diciembre de 1610…

—¿En Paris?

—En Paris —confirmó el quebequés, alto y algo torcido de la espalda.

—Y si te dijera, que tu héroe, al que tanto veneras en la oficina, era un pedófilo.

—Me acordaría de tu madre y no de buenas maneras…

—Hélène Boullé, la que fue obligada a casarse por una dote, acababa de cumplir 12 años de edad…

—Eran otros tiempos, otras realidades…

—¿Y para ti, el proceder de Champlain es moralmente justificable? Champlain tenía 40 años, veintiocho más que Hélène…

—Champlain nos dio identidad cultural y vivió de acuerdo a las normas de la Francia de los siglos quince y dieciséis… Y no te olvides que por ese matrimonio, empezó la colonización de Montreal…

—¿Cómo está eso? —el comentario despertó la curiosidad de Gary Dick, que entornó sus enormes ojos turquesa, brillantes por un reciente pasón de marihuana.

—Después de la boda, Champlain regresó a Quebec con las seis mil libras que recibió del padre de Hélène, un rico burócrata real de nombre Nicolás Boullé. En la primavera de 1611 se instaló con su esposa en Montreal, en una pequeña isla que ahora es conocida como Sainte-Hélène, donde mandó construir una casa amurallada…

—Pobre chiquilla —suspiró el anglófono—, pero en algo te doy la razón… Su padre era calvinista y de acuerdo a su religión, las mujeres solo servían para dos cosas: conservar el linaje y lograr alianzas de poder y fortuna con otras familias de abolengo.

—Sí, Hélène terminó siendo católica, y después de la muerte de su esposo, tomó los hábitos de la orden de las madres ursulinas…

—Existen testimonios escritos, de que fue una mujer muy infeliz en su matrimonio…

—Fueron tiempos de conquista, Dick, no lo olvides…

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LA REVUELTA

polvos ajenosEstoy en la ostentosa estancia de los Tracqui, con partes achicharradas, defendiendo una causa perdida, la de la oligarquía de Saint-Arnaldur.

Detrás del escritorio antiguo tres hombres apoltronados en un largo diván de felpa verde con respaldo desgarrado.

El cuarto hombre, de pie y atado de manos, presenta un moretón en la mejilla izquierda.

—¿Os golpearon? —pregunto, también de pie y a su lado.

—No —responde con sequedad—, me caí durante la captura…

Mentía, estaba seguro.

Kan Haruki es un asesino circunstancial, posiblemente con problemas de psicopatía.

Durante la revuelta de la plaza Grenier, su detención fue fortuita. Creyó que Samuel Grenier encabezaría la defensa.

Dominique, al costado derecho de Gerald, tenía lastimado su rostro patibulario, sin barba. Nada quedaba del aséptico y elegante productor de caña de azúcar.

Lo confronto:

—No entiendo por qué vos traicionaste nuestra causa. No debiste matar a los tres jornaleros…

—Eran ellos o yo…

—La versión oficial es distinta a la de vos —cuestiono—. Con dejarlos ir, sus compañeros no se hubiesen levantado en armas…

—Me atacaron —replica y cuestiona—. ¿Qué hubieras hecho vos, si te tienen arrinconado en tu propia habitación?

—Tracqui, deja de decir sandeces… —corto molesto—. Hay testigos sobre lo ocurrido. Su reclamo era justo. Vos les negaste la paga, después de trabajar de sol a sol durante cuatro meses continuos…

—Es verdad —intervino Benzoni, compañero de diván de Gerald y Dominique Tracqui—. la pendejada de vos prendió la mecha y el fuego llegó hasta mi rancho…

Mercurie Benzoni semejaba un monje tibetano, por la calvicie y la ropa holgada, de algodón y color naranja.

—Mejor guarda silencio —sugiero—. Vos eres tan estúpido y despiadado como los cabrones que están contigo —y le recuerdo—: En votre trapiche encontramos un cementerio clandestino… Hasta hoy desconocemos cuántos jornaleros centroamericanos vos envenenaste para no pagarles… Gerald ayudó en los homicidios…

—Obligado —justifica Gerald Ferro.

—Obligado, mis cojones —profiero y lanzo un escupitajo al muro de mosaicos verde seco—. Vos eres tan criminal y despiadado como ellos… No estuvieran aquí, juntos y amarrados como cerdos, de ser inocentes… Ahora tenés que enfrentar las consecuencias…

El japonés, en sandalias de vaqueta y ropa de manta manchada de sangre, continua impávido, como un tótem. Sus crímenes lograron escandalizar a la población, principalmente a los hacendados. Contabilizamos nueve víctimas en su haber, todas del sexo femenino.

Nunca atacó a las mujeres de los jornaleros. Por lo mismo, ellos no lo denunciaron, a pesar de conocer a detalle su modus operandi.

Kan Haruki era el cocinero y masajista de la oligarquía rancia de la isla.

Mi padre lo rescató de la miseria, en Niigata.

Había servido al ejército del emperador japonés. Después de la derrota ante los europeos, quedó desempleado y medio loco. Por sus padres, aprendió a cocinar y el oficio de masajista.

En su lecho de moribundo, mi padre nos pidió que lo protegiéramos.

El japonés aprendió a comunicarse en nuestra lengua e hizo vida matrimonial en Saint-Arnaldur.

Desgraciadamente, su esposa e hija de trece años fueron violadas y asesinadas.

Samuel Grenier —el más chico del clan— fue considerado el principal sospechoso de los asesinatos.

Ninguna autoridad intervino, por ser descendiente directo de Jacques Grenier, el patriarca fundador de la villa.

Pagó el pato un jornalero nicaragüense, enfermo de lepra. Dependía de la nómina de Gerald Ferro.

Ya habría tiempo para resolver el entuerto. Antes, Haruki debía hacer su parte en la pacificación de la isla.

—Si querés combatir a los comunistas convencidos —sentenciaba mi padre—, debés utilizar a su propia gente, miserable y despolitizada.

Por mis títulos académicos y afectos paternalistas, los jornaleros de nuestro trapiche me nombraron su interlocutor.

De la noche a la mañana asumí responsabilidades de liderazgo.

Los hacendados confiaron ciegamente en su capacidad para corromper a los militares y policías. La gleba, machete y antorcha en alto, los rebasó. Y miles de ellos quemaron el uniforme y se unieron a la revuelta.

Dominique Tracqui, desgreñado y sangrante de la cara, alba y cuadrada, y de ojos saltones, interpela mi decisión de someterlos:

—Tenés que estar de nuestra parte, no podés traicionar a los tuyos…

—A vos se lo advertí, Dominique —respondo—, vos no debiste ensañarte con esos hombres… Eres tan pendejo que no dimensionaste las pasiones que desataste… Los tres encabezaban la revuelta en tu hacienda… Y ahora, mírate, te tienen de los cojones

—¿Y vos qué vas a hacernos? —pregunta Gerald.

—Kan tendrá la última palabra —contesto. Y al decirlo, desenvaino el espadín que cuelga a mi costado y corto la cuerda que maniata las manos del japonés—. Les corresponde a ustedes convencerlo…  Y más vos —digo y señalo a Dominique Tracqui—, que sos cuñado de  Samuelito…

Doy media vuelta y abandono la estancia.

Una muchedumbre afónica me aguarda a la salida de la casona.

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APUNTE FRUSTRADO

polvos ajenosLa espalda me lacera. Son cerca de las siete de la noche y tengo hambre.

Regreso del vivero de flores, de una familia menonita.

Llevo diez días enganchado en esta aventura.

No es nada agradable ser jornalero.

La necesidad de sobrevivir me obliga a someterme a un trabajo extenuante ajeno a mi vocación de pintor.

El asunto de Nereida me ha sumido en una permanente reflexión de vida.

Impacta entender que estoy ante una mujer fuera de borda. Sus hábitos sexuales la han predestinado a no diferenciar sexualidad y sentimiento.

Difícil entender esa encrucijada, es una realidad inexplicable.

Ya se enganchó en una doble relación emocional.

Nereida tiene la posibilidad de obtener ocho mil dólares en diez meses. De paso, invertir en esa nueva aventura de negocios.

Se trata del jornalero mexicano, Luigui Torres, de Coahuila, al que conoció en el bar El Paradise Antillano.

Le calienta mucho saberse deseada.

En menos de una semana convirtió a Luigui en un manuelero irremediable.

El pobre tipo se masturba con sólo escuchar su voz por teléfono.

Estuve presente en una de esas sesiones. Nereida se molestó. En el fondo, su parte instintiva quiso autentificar la relación y hacerse copartícipe del simple placer carnal que conlleva a territorios desconocidos.

La carne es la carne, recita.

Terminamos apareados y materializando nuestras fantasías. Tuvo ganas de reproducir algunas estampas literarias del marqués de Sade.

Luigui le dijo que estaba dispuesto a hacerle lo mismo, si tenía la oportunidad de tenerla en su cama.

Indiscutiblemente el asunto del cuadro que pinto está por concluir. Temo no colocarlo en el mercado.

Nereida me tiene domesticado y acepto su dualidad sexual-emocional.

Lo cognoscitivo bajo el sometimiento de la sin razón.

No puedo negar que es excepcional en la cama. Los orgasmos son únicos.

Es una máquina sexual incontrolable. Goza con honestidad las embestidas. No llega a diferenciar, en esos momentos sublimes, un mandoble de otro. Solo se entrega y alcanza los orgasmos deseados.

Aún así, ha sabido delimitar sus sentimientos amorosos.

Tiene clara su motivación de pareja y la cuida.  En Nereida hay protección, amistad gratificante y complicidad intelectual.

Es pulcra, atractiva y guerrera.

Avanzo, no me estanco.

El problema empieza cuando entro al terreno de su sexualidad.

Eros se universaliza.

Tengo que estar preparado para entender que es un animal sexual. Por lo tanto, la altera la presencia del falo y el dinero.

En estos momentos tiene la oportunidad de allegarse de ocho mil dólares y comprar una camioneta.

Quiere regresar en ella a Nueva York.

Luigui está dispuesto a financiarla con doscientos dólares semanales.

En cuatro o cinco ocasiones fornicaron. Luigui recibió todos los privilegios sexuales que Nereida le entrega a sus parejas circunstanciales.

Nada esconde.

La relación en la cama es plena. Es parte de los misterios de nuestra convivencia.

Mientras escribo tengo dolencia de dedos y espalda. Hoy planté rosales y alimenté de tierra y vasijas a otros jornaleros. Tuve cortaduras en las manos, principalmente bajo las uñas, negras y laceradas.

¿Qué es la hombría?

Ahí empieza mi dilema.

Nereida libera sus deseos sexuales. Llega al clímax con autenticidad.

No se complica la existencia.

Es ajena a ciertos patrones de conducta condicionados por la familia y una sociedad mojigata.

Tengo que ser una especie de varón domado e invertir los papeles tradicionales de la relación hombre-mujer o, mejor dicho, esposo-esposa.

Con Nereida se debe tener en casa a una prostituta, una dama y una camarada.

Tres en una.

¿Pierdo dignidad si acepto sus códigos de convivencia?

Nereida es muy clara al insistir que me ama. En nada cambiaría el hecho de tener que intimidar con otro hombre.

El propósito es económico. A la vez, un orgasmo garantizado, porque le excita comprobar que Luigui es su hechura sexual. El encuentro está garantizado. Será sumamente placentero.

No significa que ha dejado de amarme, está claro.

Nereida trata de imponerme su criterio.

Y aclara que, de imitarla (tener relaciones sexuales con otra mujer), nuestra relación no sufriría fractura.

Exige honestidad y confianza.

Lo hace siempre: el decirme a detalle su actividad sexual. Jamás niega que el falo tiene una gran preeminencia en su comportamiento e instinto.

Entro ahí al embrollo de las complicidades y me caliento.

En esos instantes, poco o nada me diferencia de sus amantes circunstanciales.

Gozo de los mismos beneficios y recibo un trato preferencial, sin ser el primero.

Y aclaro, hablo del asunto de la carne, no del razonamiento.

Cuando intimidamos quedo atrapado en un cuarto de espejos.

Tardo varios minutos en reconocerme.

Soy una sucesión de rostros, recuerdos y sensaciones.

Dejo de ser yo y asumo mi papel de amante privilegiado.

Cuando dimensiono lo ocurrido, Nereida vuelve a tener el control de mis actos. Es la compañera ideal, la jugadora de ajedrez, la artista, la madre y tía, la recibidora de mi esfuerzo de jornalero.

Es paciente y realista e intenta sujetar un sueño de libertad, a través de lo que escucho y respondo.

Incuestionables sus actos. Es una mujer experimentada, no una adolescente en proceso de mejoría.

La civilidad es asunto de tutores y temores.

Nereida dejó la adolescencia hace muchos años.

En estos momentos construye el lecho de su descanso merecido.

Es mejor navegar en su barcaza y dejar que su paraíso, tan común y ruidoso los fines de semana, sea el refractario de los deseos compartidos o la salvedad de sus perdones.

Ahora es Luigui.

En el futuro, si las circunstancias así se presentaran, será un nuevo personaje, tan original y comprometido, como los otros que durante diez o veinte años, más o menos, tuvieron el privilegio de ser devorados por el caldero de sus entrañas y el embrujo de su belleza.

Vancouver me devolvió mi esencia de hombre de trabajo. Lo hago con gusto, aunque tenga laceradas las manos y la espalda.

Estoy en contacto con perros de presa, miles de flores y  unos jornaleros tan desgraciados y productivos como yo.

Me complace.

Madrugo y desayuno, trago vitaminas, café negro y observo absorto el rostro desmaquillado, febril, de la mujer que sueña con serpientes y falos.

Nereida supone que trunqué su tranquilidad al revelarle que su apego al orgasmo embruja y apendeja a los hombres.

En estos momentos Nereida está en sus clases de inglés. Seguramente ya recibió llamadas telefónicas de Luigui y lo tranquilizó. El jornalero de Coahuila está contaminando de pasión. Su mal de amores lo tiene en el precipicio de la locura. Nada importa en estos momentos, ni su propia familia que radica en México.

Nereida baila los viernes y domingos, en el bar del jamaiquino. Es una stripper popular y deseada.

Nereida sigue sus impulsos y socializa. Nada le altera. Y así finca su felicidad y fortuna.

Sabe vivir.

¿Qué es la hombría?

¿La dignidad de la razón se basa en la fidelidad compartida con nuestra pareja de vida?

¿El silencio del instinto es mucho más provechoso o placentero que el silencio de las ideas?

¿La infidelidad sistemática de Amada es motivo de renuncia o resentimiento?

Una verdad absoluta: estoy doblegado por su sexualidad.

En una ocasión contratados a una prostituta en una habitación de hotel, en San Francisco. Los tres compartimos besos, caricias y cogidas… Nos internarnos en el infierno de la sexualidad extrema.

Nereida marca la pauta… Es quien tiene la belleza física y la pureza del instinto sexual para experimentar y gozar.

El hecho debe ser meditado y catapultado, dentro del propósito de una novela erótica.

¿Realmente me traicionará con Luigui?

Luigui le dice chiquita.

Y para mí, es, mi amor.

Nereida lo aceptó como amante, bajo mi consentimiento.

 Me he convertido en el afrodisíaco perfecto de los posesos de la sexualidad de mi mujer.

El comentario en San Francisco logró materializarse.

Si algo calienta a los hombres es saber que sanchan a los maridos.

Y así se manejaría nuestra futura relación para obtener privilegios materiales.

En Vancouver, quien lo creyera, terminé de marido cornudo y amante privilegiado.

No debo trastocar la sexualidad de Nereida.

Se corre el riesgo de enfriar nuestra relación que debe ir más allá de una convivencia marital.

El epilogo de la historia se circunscribe al momento en que Violeta, su sobrina, está desnuda, de espaldas, temblando de deseo y aguardando el instante de sentir mi lengua sobre sus nalgas. Las he mordido previamente y la habitación huele a almendras.

Le meto la mano derecha entre las piernas y le embarro aceite de oliva antes de embestirla.

Estoy a punto de venirme.

En esos momentos me siento liberado de cualquier convencionalismo burgués.

La sexualidad toma su esencia  instintiva, sin compuertas.

 Me hace feliz.

Esa misma noche lo pensé. Le haré lo mismo a su tía y contaré a detalle lo ocurrido.

Entonces la novela erótica concluye: es la pintura perfecta para una recámara burguesa.

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MELANCOLÍA

polvos ajenosLos amaneceres de otoño impregnan melancolía.

Se diseminan en los muros y sombras.

Lo recomendable es recogerse silenciosamente en el departamento y observar, tras la ventana de la sala, el paso monótono de los peatones y automóviles.

El viento aúlla o chifla, depende de tu estado de ánimo.

Has estado inquieto desde el alba.

Ni ánimos tienes de desayunar.

Hoy es un día especial, imposible superarlo.

—No te olvides de pagar la renta —te recordó Lyn antes de despedirse.

Cada fin de mes, después del acostón, reitera lo del pago. Es innecesario sugerírtelo, conoces tus tareas.

Montreal es un tapiz dorado con árboles semipelones.

Haces cuentas, mientras sigues con la mirada al gato negro que juega con una hoja seca, alebrestada por la ventisca.

Han transcurrido treinta y ocho otoños y treinta y siete veranos, desde que descendiste del avión y te internaste en Canada.

En un mes, celebrarás tu cumpleaños setenta.

El exilio ha demolido tu derecho a reír.

Duele… y mucho.

Luna nueva; noches extensas y días cortos.

Te obligan a arroparte los airones polares.

Añoras el clima tropical; las mareas bajas, de plenilunio, y la cosecha de ostras en tu kayak.

Mary Toña hizo su parte en el negocio. Siempre alegre, pulcra, cautivadora. Elaboraba el mejor ceviche de salmón y tiburón tierno.

Una amazona de cabellera oscura, larga, como una cascada de olivos negros de Florida.

El silbido de la ventisca te remonta a un especio solar con cocoteros y playas doradas.

Desde la punta del farallón de Los Milagros, frente a un mar embravecido, insistes en involucrarla en el negocio de los estanques piscícolas.

Las ostras, reviró, algo que no necesite cuidados extremos.

Su especialidad eran los ostiones empanizados con papas fritas y una ensalada de berro y trozos de pulpo.

La mejor chef de la bocana.

La belleza no está peleada con la inteligencia. Imposible sustraerse a sus grandes ojos aguamarinos y la piel de cacao, relumbrante.

Hembra pechugona, maciza, acinturada, de ancha cadera, piernas gruesas y pies delicados, de mulata.

En menos de un mes, intimidaron.

No en la cama, aclaras.

En santo reposo, de amigos, se confiaron sus cuitas.

Mary Toña acababa de enviudar y respetaste su duelo.

Llegar a la isla, después de despedirte de tus camaradas en la factoría, renovó tu ánimo de vida. No todo estaba perdido.

 Durante treinta años estuviste atado a un prensador de cartón.

Y alimentaste con tu sangre y sudor al armastrote de resortes, levas, culatas y una especie de plataforma que comprimía las placas del cartón prensado.

Monotonía, ruidos mecánicos, silbidos en cada receso y al concluir el turno.

El mismo sonido agudo, tan parecido al silbato de la factoría o al viento de los arrecifes de Queensland.

La imagen es evocativa, próxima al ventanal y entre el murmullo de los autos que corren de un polo a otro.

El gato de tu vecina es indiferente a la furia del viento. Las hojas sueltas, de oro viejo, lo entretienen.

Lyn estará ausente un par de semanas. Es el acuerdo.

Te estima y cuida, si se lo demandas. Está atenta a tu llamada telefónica.

—Háblame, no importa si estoy ocupada —ofrece, como si tú fueras su padre o abuelo.

—Lo haré Mary Toña —dices, consciente de cambiarle el nombre.

Tu comentario no le incomoda a Lyn.

Lo sabe: eres un hombre con pasado, perdido en el maremoto de la pasión y el sufrimiento.

VIDEOTECA:

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RABIA

polvos ajenosNada es circunstancial.

Todo se concatena.

Internet es el hilo conductor de la verdad.

Es el árbol del conocimiento del paraíso virtual. La mentira impresa quedó desmontada.

En Cataluña, el catalán tiene un gran peso histórico.

Ocho millones de catalanes defienden su cultura, pero viven cercados por la monarquía de Castilla.

Su aportación a la economía española —casi el 20 por ciento del Producto Interno Bruto nacional— le impide independizarse.

Los 947 municipios de Cataluña —principalmente Barcelona— están condenados a alimentar las prisiones españolas de presos políticos catalanes proindependentistas.

Las fogatas sobre empedrados consumen su risa franca.

Y los toletazos y gases lacrimógenos encienden nuevas yescas de rencor.

Lo mismo ocurre en Ecuador, antiguo territorio español.

La elección presidencial del 19 de julio de 2017 pulverizó la esperanza de progreso y autonomía financiera de sus 18 millones de habitantes, en su mayoría mestizos y quichuas.

Los diez años de gobierno de la  Revolución Ciudadana —nacionalista y antiimperialista— fue traicionada por el presidente electo, aparentemente afín a su antecesor.

La oligarquía ecuatoriana recuperó sus ínsulas de poder, bajo el cobijo militar y financiero del imperio estadounidense.

Sangre, fuego y metralla alimentaron las fogatas de rabia y dolor.

Quito, durante trece días, borró del cielo las penumbras.

Y ahora, los ecuatorianos transitan por el limbo de la desesperanza.

Los hijos del sol, lanza en mano, intentarán levantar manglares en sus fronteras, como diques de esperanza, para contener la avaricia enfermiza del hombre blanco y de sus lacayos mestizos.

Y México, la cornucopia de américa, es fertilizado con sangre proletaria.

El imperio, en su magnificencia depredadora, ha sembrado de estadistas corruptos y  narcoparacos esta tierra rebelde y devastada de sus recursos naturales.

Sus 124 millones de habitantes —10 millones indígenas (o hijos del sol)—, son reos de Wall Street.

Las isulas mayameras, letales y fundamentalistas, hacen del terror su mejor negocio.

Cada cártel del narcotráfico y cuartel militar es una ínsula de persecución, tortura y crimen selectivo.

Toda idea progresista, afín a la honradez y democracia participativa, es enemiga declarada de los banqueros y descendientes de Adam Smith y Milton Friedman.

Cataluña, Ecuador y México, bajo el Destino Manifiesto del Imperio Financiero, reencontrarán su cauce liberador en el Origen de Nación.

Por mi raza hablara el espíritu…

Y en tal consigna acertó el abogado José Vasconcelos, patriota y humanista.

No el fascista declarado en su etapa crepuscular.

HEMEROTECA: Las venas abiertas de America Latina – Eduardo Galeano

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LOS AZORADOS

polvos ajenosLa pena es divina: hiere lo que ama.

William Shakespeare

Recuperar los recuerdos perdidos en el transcurso de tu estancia. Mete la escoba debajo de la cama. Hallarás pequeñas borlas remojadas en lágrimas.

¿Ves aquella pisca de polvo?

Es posible que se trate de un momento angustiante, en plena ciudad.

El hombre desgarbado salta la tapia. Cornelio duerme metido en la covacha de cartones y plásticos. Las ratas corretean en torno a las migajas de bolillo y sardina cocida.

Cornelio es ajeno al peligro.

Elías advierte la incursión. Tiembla de miedo.

La ciudad descansa cubierta con su franela negra con festones dorados.

Los gatos perdieron su entereza ante el zancudo que se juega el pellejo con sangre viva.

Los gatos aplacan su hambre con desperdicios de pescado.

El chino Feng, puntual, los alimenta. Lo hace después de arrojar la basura en el solar bardeado.

La luna ama al mortal que descansa en el lecho. Tardará dos semanas en soltar su caspa plateada. La ciudad no la necesita. La mar y la parcela reclaman su presencia.

Sin sus berrinches de dama fértil, los miserables no deambularían en la tierra.

El hombre de ojos sanguinolentos es mortífero. El mal ha contaminado sus huesos. Los niños son ajenos a su enfermedad. Feng lo ha visto y prefiere alejarse. Regresa a su changarro de mariscos.

Rimbaud canturrea, dentro del libro inerme con mierda de ratas:

Que ce trou chaud souffle la vie,/lis ont leur âme si ravie/Sous leurs haillons

Cornelio, a pesar de ser un mocoso de trece años, repite y repite en su propia lengua, la falsa imagen descrita por el poeta maldito.

Que del hoyo caliente sople la vida,/Ellos (los chiquillos) tienen su alma transida/bajo sus andrajos.

Nada de lo que hable la noche despierta suspicacias. La ciudad es un tiradero de almas descarriadas.

Agazapados, los desechos del rencor se alimentan de carroña.

Un festón suelta su luz y se estrella en el metal que cuelga de la mano homicida.

Elías toma la iniciativa.

La punta afilada del frasco de mayonesa se hunde en la piel rugosa del intruso.

Cornelio es ajeno.

Sueña.

Vuela con su capa celeste sobre el cerro del Corcovado. En sus bracitos tiritantes abraza el bolso de alimentos que le lleva a su madre.

El caserío de Los Duraznos apenas sobresale de la olla arbolada. Un anillo de roca volcánica la protege. Es el hábitat de los linces y nahuales.

Nuevamente, Cornelio moja sus andrajos. El moribundo inhala su fragancia amoniacal.

Elías, arrastrándose dentro de la pocilga, no cesa de gritar:

—¡Hermanito! ¡Hermanito! ¡Tenemos que irnos! ¡Despierta!

Del libro desojado, sin propietario, parte la cantaleta:

Nature, berce-le chaudement: il a froid.

Rimbaud moriría de vergüenza, si lo escuchara en lengua ajena:

Naturaleza, mécelo cálidamente: tiene frío.

HEMEROTECA: Terror y miseria del Tercer Reich – Bertolt Brecht

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IMAGINE

polvos ajenosImagine.

El edificio es de tres niveles y tres departamentos. Es un cubo de ladrillo colorado con seis ventanas sin balcón y una puerta de acceso.

Radico en la planta baja, al ras de la calle. En el piso siguiente, una familia haitiana y en el ultimo, una gorda uruguaya.

Los haitianos son santeros. Y se han comprometido a revivir  muertos para la felicidad de sus deudos.

La uruguaya padece el pecado de gula. Temo que debilite el cielorraso y terminemos aplastados.

Olodumare existe y ayuda, insiste Mara, la negra de bemba y dientes anchos y calizos.

Su mayor fervor es odiar a los vivos. Sus ritos incomodan. Hay escándalo y olores fétidos. Les temo a los santeros.

La uruguaya, de Montevideo, es prostituta y católica. Se llama Carina. Nunca se despega del rosario que guarda en su bolso  de marca.

Se santigua antes de montar al cliente.

Y no hay queja de mi parte. Soy agnóstico. Dios no es mi prioridad, mientras cumpla con mi diezmo. Los sans-abri lo saben.

Si revelo estos detalles, es por un simple prurito literario.

No tengo cabida en el club de jugadores de bacará, por tener sangre quechua y acento latino.

 El Walter Higgins de La Boule Noire de George Simenon. Es mi nuevo papel, después del retiro.

Montreal no es Williamson. Sin embargo, la segregación hace de las suyas. No hay diferencia.

—Bonjour, voisin… —saluda Carina al cruzarse en mi camino.

La escalera es estrecha. Reculo al descanso para cederle el paso.

 Su gordo trasero se embarra en mi barriga y hago un esfuerzo para controlar mis esfínteres. Carina me conoce.

—Buenos días, vecina —respondo en castellano.

Mara abre la puerta y atisba. No saluda. Aprieta su bemba y nos lanza fuego por los ojos, de un negro abismal.

Ignoraba que su amante seguía en su cama, jugando Play Station.

Es quince años menor a la santera.

Un repentino recuerdo me impide continuar la marcha.

—¿Te sientes mal, vecino? —pregunta Carina.

Su cara regordeta, de madona italiana, evidencia curiosidad.

—Debo regresar a mi departamento… —acoto.

Había olvidado apagar la parrilla, donde descansaba una olla de zinc cargada de elotes. Tenía el propósito de acudir al supermarché y comprar un frasco de mayonesa y queso en polvo.

Un viejo no debe confiar en su memoria o el buen funcionamiento del corazón y la próstata.

Mi abuelo acudió a una partida de bacará y un infarto lo alejó de la familia  de por vida. La abuela lo había enviado por un kilo de garbanzos que, seis horas más tarde recibió de manos de mi tío Calixto.

—Lo siento, cuñada, se nos fue Boni…

Carina me tomó la mano y sin liberarla, exclamó:

—No necesitas guisar, Servando. Yo puedo hacerlo por ti. Me encanta la cocina.

Imagine usted cual fue mi respuesta.

HEMEROTECA: 13agostotvnotas