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EL MUNDO ES OTRO

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La ciudad del Mandarín Oriental existe. Está en la parte noreste de Nueva Delhi. Sus cien mil habitantes trabajan en el vertedero de Ghazipur Landfilltes.

Toda una fauna: trabajadores del reciclaje, cartoneros, mineros, pepenadores, recogedores de basura, basureros o recolectores de residuos…

Bill Gates hizo el milagro.

Alexandra Atavus intenta conmoverme.

—Los ricos no siempre odian a los pobres y los explotan… Son otros tiempos.

Me imaginé a Simon Keswik, el presidente del consorcio hotelero Mandarín Oriental interviniendo ante sus socios. Gate invertiría en la mega obra, pero los empresarios de Jardine Matheson Group regalarían el concepto arquitectónico.

El ronroneo de tripas me distrae.

Hermaneo fue quien preparó la avena. Sigue molesto.

—Eso jamás va a ocurrir —murmuro, encuclillado y desnudo.

Estamos en la antigua segrera del templo. La niebla apenas nos permite divisar los trozos de roca de la fuente.

  —Gate dispuso de la mitad de su fortuna para darle felicidad a los miserables de la Montaña de Basura india. Son veinte mil suites parecidas al hotel Mandarín Oriental de Washington DC, el de la avenida Maryland. Sus baños son de mármol y cada suite tiene salón de descanso y tres recámaras. Todos comen en el restaurante de la planta baja… Imagínate, una familia de tres a cinco miembros por suite…

Alexandra Atavus visitó el vertedero e intimidó con el líder del sindicato de recicladores de Ghazipur dairy farm, Kashish Mishra. No logro entenderla. La sangre del indiano seguramente tenía altos concentrados de plomo y metano.

Hermeneo nos observa desde el soportal de argamasa. Evita la luz del atardecer.

Alexandra Atavus no para de hablar. Su cuerpo, envuelto en seda negra, resalta sus caderas y pechos.

Es una princesa egipcia de rostro pálido, enormes pestañas violáceas y labios granate.

Huele a pachuli.

—Cincuenta mil millones de dólares es mucho dinero —musito. No tengo ánimo de hablar recio. Me aguarda la avena ablandada con agua caliente y miel virgen—. ¿Y podrías decirme cuántos edificios se levantaron para darles un refugio a las veinte mil familias de miserables?

—Lo has dicho —respondió—: veinte mil inmuebles tan modernos y limpios como el hotel que te mencioné. Por dentro y por fuera en nada se diferencian al hotel Mandarín Oriental de Washington. De cuatro niveles y cuatrocientas habitaciones… Grandes ventanales, hormigón grisáceo y un maravilloso iluminado… No tienes idea…

El mundo es otro. De eso estoy seguro.

Hermeneo es enemigo de la tecnología moderna. Odia los ordenadores, tabletas y teléfonos celulares. Está convencido que destruyendo los satélites que bucean en el espacio es posible evitar la destrucción del medio ambiente.

Sus antepasados le inculcaron su amor al México prehispánico.

Huayacocotla, a pesar de ser consumido por las llamas, aún conserva sus chubascos estrepitosos y una verde floresta cargada de fragancias naturales.

Sin Internet el hombre recupera su inocencia, supone.

Le causa gracia su pesimismo a Alexandra Atavus. En Shanghái y Tokio comprobó que el hombre y la mujer podrían transportarse en pequeñas naves circulares a cualquier parte del mundo. Han logrado separar el hidrogeno del agua y convertirlo en un potente sustituto del hidrocarburo.

Recordé algunos párrafos del libro de Ezequiel.

“Yo miré a los seres vivientes, y vi que en el suelo, al lado de cada uno de ellos, había una rueda.

“El aspecto de las ruedas era brillante como el topacio y las cuatro tenían la misma forma. En cuanto a su estructura, era como si una rueda estuviera metida dentro de otra. (…) Cuando avanzaban, podían ir en las cuatro direcciones, y no se volvían al avanzar. (…) Las cuatro ruedas tenían llantas, y yo vi que las llantas estaban llenas de ojos, en todo su alrededor. (…) Cuando los seres vivientes avanzaban, también avanzaban las ruedas al lado de ellos, y cuando los seres vivientes se elevaban por encima del suelo, también se elevaban las ruedas. (…)  Ellos iban adonde los impulsaba el espíritu, y las ruedas se elevaban al mismo tiempo, porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas. (…) Cuando ellos avanzaban, avanzaban las ruedas, y cuando ellos se detenían, se detenían las ruedas; y cuando ellos se elevaban por encima del suelo, las ruedas se elevaban al mismo tiempo, porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas.”

Tal vez, Alexandra Atavus se sumergió en el libro sagrado hebraico: volumen armado hace tres mil años con fines moralizadores.

Me conmueve.

Hermeneo no le teme a los iconos cristianos y al ajo. Menos ella. Es un mito promovido por los ingleses y rumanos.

Hollywood y Berlín dieron la puntilla. Ahora es una industria.

Hermeneo y Alexandra Atavus gozan con las viejas películas de la Hammer. Ristras de ajos y crucifijos cuelgan en el templo. Christopher Lee, en holograma, se desplaza por el atrio y los túneles subterráneos, oscuros y húmedos. Todo de negro y con su larga capa de tul, roja en su interior. El clásico chupasangre inglés.

Sin embargo, en Huayacocotla el silencio nos aplasta.

El asunto de Nueva Delhi difícilmente logra retenerse en mi memoria. Alexandra Atavus es una curiosa obsesiva. No para de viajar y exprimir arterias.

Kashish Mishra es basura reciclave. Posiblemente su familia ya resiente su ausencia.

Si es verdad  lo dicho por Alejandra Atavus, los Mishra son parte de esa ciudad maravillosa, donde los cien mil miserables de Ghazipur Landfilltes, asumen su condición de topos. Apenas perciben diez mil rupias al mes, unos ciento cincuenta dólares canadienses, por persona. No paran de espulgar el montículo de basura de cuarenta y cinco metros de altura.

Cada veinticuatro horas seiscientos cincuenta camiones dumper escupen nueve mil toneladas de desechos sólidos.

Los milanos y buitres no son ajenos al festín.

 Hasta los inversionistas de la Delhi RSU Solutions Limited viven del desperdicio: por día, su planta generadora de electricidad consume mil trecientas toneladas de basura.

HEMEROTECA: secundarios y antagonistas del hollywood clasico – aa vv

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NO ME PREGUNTEN

SATURNIA_Fotor_20180717No me pregunten como terminó esta historia de terror en el escritorio del propietario de la editorial oaxaqueña o si tuve algún acercamiento con los personajes principales —Alejandra Atavus y Hermeneo Uribe—, seres extravagantes y peligrosos.

Después de leerla encontraran las respuestas deseadas.

Yo únicamente intenté trascribirla tal y como la recibí, pero mejorando la sintaxis en algunos párrafos o enriqueciéndolos con detalles descriptivos que en nada alteraron el contenido del relato.

Sin embargo, valió la pena su publicación.

Se trata de un hecho regional, apegado a la cultura fantástica y mística de los habitantes de Huayacocotla: villorrio veracruzano de casi cinco mil casas de tabique, adobe y morillos de fresno y pino y techos de dos aguas de tejamanil o láminas de cartón petrolizado, construído sobre una gélida montaña de caolín y ocote. Durante seis o siete meses cubierta por una neblina grisácea y una perenne fragancia a raíces podridas y hojarasca quemada.

Todo lo que ha ocurrido en esta historia fue del conocimiento oficial. Trascendió gracias a un ex candidato a diputado local por el Partido Popular, Antonio Caracas Alemán. Tuvo la curiosidad de registrar en su bitácora de campaña esos terribles acontecimientos.

Su secretaria y amante, Locadia Buitrón, conservó la libreta. Al morir, terminó en manos de mi tía paterna María de las Nieves Monroy que, a su vez, me la obsequió al enterarse que laboraba de reportero investigador en La República en Chiapas.

—Lee esto, Ernesto —dijo antes de sentarnos a la mesa para degustar un generoso plato de barbacoa de chivo con arroz amarillo—, es posible que te sirva para escribir un buen reportaje para tu periódico amarillista.

Don Antonio Caracas era oriundo de San Andrés Tuxtla.

Durante cuatro años radicó en San Petersburgo, cuando aún prevalecía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Hago hincapié sobre su presencia en la tierra de León Tolstoi, Máximo Gorki y Fiódor Dostoievski, porque en aquel puerto ruso, por primera vez, se relacionó con una de las protagonistas de la historia.

El esposo de mi tía Nieves le vendía medicamentos a don Antonio para su ganado vacuno. Pudo escuchar de su propia boca, el relato de su paso por San  Petersburgo y la invitación que ahí le hizo el secretario de relaciones exteriores del gobierno alemanista, Jaime Torres Bodet para contender por una curul en el congreso veracruzano de 1947.

La caída del nazismo, por la alianza militar de la URSS y los Estados Unidos de Norteamérica, abrió las compuertas políticas a los mexicanos con ideas socialistas e incluso simpatizantes del trotskismo.

El presidente Miguel Alemán Valdez únicamente los condicionó a respaldar su programa de gobierno nacionalista y pro industrializador.

Vicente Lombardo Toledano, férreo líder sindical de ideas socialistas, era un ejemplo vivo de esa izquierda modosita que tenía cupo en la camarilla alemanista.

Precisamente, en 1948, después de gobernar Puebla y ser el dirigente nacional de la Confederación de Trabajadores de México, fundó el Partido Popular para hacerle contrapeso a la derecha oligarca y cohabitar en lo oscurito con el Partido Revolucionario Institucional.

Durante su campaña proselitista en la cabecera municipal de Huayacocotla, don Antonio Caracas durmió en el hotel de don Elpidio Monroy. Tuvo como vecina a la misma mujer que dos años atrás, en febrero de 1947, había conocido en la isla de Kotlin, cerca de las frías aguas del lago de Finlandia.

La enigmática dama, de pálido semblante y gran belleza, le reveló que adquirió una mina de caolín en una ranchería llamada Dejigü. Además, se había asociado con un empresario maderero de Viborillas, de apellido Uribe, relacionado al hacendado Bernabé Garrido y Espinoza.

Lo que al político veracruzano le impactó de la mujer fueron sus piernas, largas y torneadas; el rojo incandescente de sus labios y la saturnia color jaspe que resaltaba en su tobillo izquierdo.

Sus apuntes, de acuerdo a lo que le confió la femme fatale —como la llamó en repetidas ocasiones—, registraron fechas y lugares diversos de América, Asia y Europa.

Nada concordaba por el manejo del tiempo y el espacio geográfico.

Lo extraordinario del reencuentro fue que intimidaron sexualmente.

Don Antonio Caracas logró superar la naturaleza homicida de Alexandra Atavus y así quedó registrado en su bitácora de campaña.

HEMEROTECA: pro 21-76

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TIENES QUE RECORDARLO

SATURNIA_Fotor_20180717Tienes que recordarlo, Uribe.

Es un error creer que el olvido podría redimirte. Cada língula volátil del diente de león, es una imagen estática, incandescente, que te enlaza al pasado.

Recuérdalo, interiorízate.

Fue después de la lluvia de chispas titilantes y en plena noche.

El gran incendio tuvo lugar el 24 de diciembre de 1959 y comenzó en la pulquería de don Severo Medina entre la avenida Revolución y la calle Manuel Gutiérrez Nájera. Tres o cuatro manzanas terminaron consumidas por las llamas y quince familias perdieron sus casas, levantadas con adobe y láminas de cartón y zinc.

—Nosotros chamuscamos el mercado, y en domingo—te confió Alexandra Atavus—. Odiábamos las procesiones y la estupidez de la gente. Su Padre Jesús y la Virgen de Guadalupe lo eran todo y habían invadido las calles, el atrio y el parque Hidalgo de veladoras y cirios y grandes cantidades de alcatraces y nochebuenas. Tú llegarías a Huaya dos años después y jugarías en los paredones ennegrecidos, frente a la secundaria de los jesuitas…

Hermeneo te dejó entrever sus colmillos relucientes, de un blanco brillante. Luego , desaparecieron en el cuello del tipo atado al táscate y donde fue la sede del altar mayor.

Ni un grito o pataleo, solo sangre y lágrimas.

La víctima estaba demasiado macilenta como para rebelarse.

Los cuatro continuaron ocultos entre los trozos de cantera y obsidiana que pertenecieron a la parroquia de San Pedro Apóstol.

Nada quedaba del templo colonial, construido e inaugurado por unos monjes agustinos y jesuitas en 1673: mole de cantera blanca que durante cinco siglos se alimentó de sangre, lágrimas y sudor de miles de almas enajenadas y temerosas del dolor y la muerte.

Los indios y mestizos ignoraban que su miseria e ignorancia tenía un único origen: la avaricia de sus patrones y verdugos.

La mística evangelizadora de los monjes agustinos y jesuitas y la ambición desmedida de un aristócrata andaluz, Pedro Romero de Terreros, trastocaría la vida de los huastecos: indígenas de taparrabo, cabeza semirapada y rostro y torso pintarrajeado.

Alexandra Atavus los conoció y clasificó en tres grupos por su forma de hablar: tepehuanes, otomíes y nahuatlacos.

—Huayacocotla era una cumbre pedregosa con poderosos arboles de enebro, encino, táscate, pino y cedro y con algunos colinas y llanuras —te lo contó como si leyera una novela y sin que se lo preguntaras—. Los aborígenes se deslizaban como fantasmas entre la niebla y sobrevivían cazando venados y armadillos y recogiendo hongos y frutas silvestres.

—Muéstraselo a este pendejo —pidió Hermeneo, ahora con los colmillos goteando de sangre y acuclillado sobre el cuerpo desmadejado del hombre de piel cobriza y ojos desaforados.

Alexandra Atavus obedeció.

Los dos gozaban viéndote retorcer y gritar que te dejaran en paz.

No les conmovía tu desnudez y suciedad.

Tarde o temprano, lo reiteraban, tendrías que alimentarte de sangre humana y carroña, como ellos.

Lo primero que enfrentaste fue la imagen en bulto de un enorme nativo con los dientes ennegrecidos y un trozo de ayate cubriéndole la entrepierna.

Manchones de pintura amarilla y bermellón cubrían su cara ancha, pomulosa y de nariz gruesa y aplastada. En el pectoral y la espalda, de un cobrizo brillante, sobresalían tiras del mismo color del rostro. Sus ojos pequeños y oscuros, te observaban con insistencia.

Le causaba curiosidad verte con la piel blanca y las corneas jade.

Te empezó a tocar, o eso creíste, y lanzó una estrepitosa carcajada, tan escalofriante como la risa de una hiena satisfecha.

—Es un hijo de Axayácatl —dijo Hermeneo.

—Es el príncipe otomí que conquistó Huyetlilpan, Patlachiuhcan y Tzontecomatlán —complementó Alexandra Atavus, apoltronada en un sillón de piedra negra con respaldo y asiento de algodón y fibras de seda—. En estas comunidades huastecas se edificó la congregación española de Huayacocotla…

Le agradaba ser tu educadora.

Después te revelaría que Hermeneo y tu poseían residuos de sangre europea, del Conde de Regla, el autentico conquistador de la huasteca y padre fundador de Huayacocotla.

—Los Uribe son vascos y pertenecen a la comarca de Meñaca, en las faldas del monte Sollube…

Mientras lo explicaba, Alexandra Atavus señalaba con su largo y huesudo índice de uña violácea, como el color de sus labios, el mapamundi virtual que aparecía ante tus ojos.

Todo era controlado. Hasta el teléfono celular que le obedecía con su voz.

Lo del incendio y la lluvia de chispas rojizas, incandescentes, se sobreponía al holograma que había invadido tu reducido espacio vital.

El olor a carne chamuscada y los ayes  de la gente ardiendo en el interior del templo, te impidieron hablar o gemir.

Pensabas en tu abuela Caritina y tus padres y hermanos.

Nada significaba lo de Kazajistán y la conquista de los Balcanes por los moscovitas liderados por Iván El Terrible.

—¿Nunca te preguntaste por qué eres diferente a estos indios y el que salieras ileso en el ataque de Potrero Seco? —cuestionó Hermeneo después de hartarse de sangre y ser invadido por un vaho de somnolencia—. Es mejor que te aceptes hermanito y le beses los pies a Alexandra, la heredera del Gran Archiduque de Cisleitania, Francisco Gabriel II  y dadora de nuestra inmortalidad…

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TON PÈRE

SATURNIA_Fotor_20180717Una polvosa cáscara de tabicón rojo con los huesos de hierro oxidado que apuñalan el cielo. Dentro, en su asfixiante olor a miasmas, descansa la familia con la que nunca tuviste afecto o empatía. Ahí estaba tu padre, sin un centavo en la cartera: propietario temporal de un paquetillo de cigarros Raleigh y un juego de navajas suizas, abolladas del filo.

El frigorífico, ausente en la planta baja. Solo existe el fogón recubierto de cenizas y trozos requemados de costillas de cerdo.

Tu antigua presencia en San Francisco tuvo que ser eliminada de la bitácora de viaje.

Durante los seis meses de estadía, tu amigo entrañable, Simón Hipólito Cruz, continuaba agobiado por el olvido de su sangre caribeña. No era el mismo que conociste en México.

Si Alexandra Atavus te hubiese devuelto la cigarrera de plata con tu nombre grabado por un artesano de Taxco, sería difícil recuperar la escena del baño, donde Victoria Braga, la estudiante de periodismo y propietaria de una huarachería insistió en poseerte. Hacer caso omiso de la presencia de su madre en la habitación contigua.

Victoria yacía en la cocina, bebiendo café. Simón Hipólito, recargado en la estufa, fumaba y aguardaba que la anfitriona dejara de parlotear.

Tu padre tenía hambre. Le sugeriste que esperara en la planta alta del ruinoso caserón, derruido por el incendio.

Descendiste por los escalones sin barandal, con temor de resbalarte. En el lugar donde cocinaba tu madrastra confirmaste el mal estado de las cebollas, papas y zanahorias.

Las ratas y los tlacuaches pudieron devorar los escombros del maíz y frijol que almacenabas en los costales de ixtle.

Un incidente estúpido ocurrió mientras intentabas abrir la lata de garbanzos que encontraste en el despojo de una alacena chamuscada y sin puertas.

Estabas confundido e irascible por las palabras que leíste en la lata parcialmente oxidada —pois chiches o chickpeas—, aún visibles en la etiqueta: granos amarillos, como canicas, sobre un platón verdoso y en forma de hoja.

Ilimitada la perversidad de Alexandra Atavus.

Lo comprobaste al escuchar el grosero monólogo del chef Philippe Etchebest.

Estaba a tus espaldas con su calva y batín blanco de cocinero.

El holograma te hizo creer que te encontrabas en algún restaurante del mediterráneo y jugabas el rol de un empresario y cocinero.

—Je serai ton cauchemar…—te gritó Etchebest, después de presentarse y desenrollar su atajo de cuchillos sobre la madera ennegrecida de una mesa circular.

Después, envalentonado por el rol que jugaba el chef francés en la inexistente cocina, te preguntó tu nombre.

Y el por qué decidiste trabajar de cocinero.

Le respondiste en su lengua y mentiste.

Ni te llamabas André Malraux, ni estudiaste alta cocina en el Cordon Bleu de Paris…

Y ni amabas los negocios relacionados a la industria gastronómica.

—Aujourd’hui je vais vous apprendre à préparer un Agneau princier Angleterre —te adelantó al tiempo que abría un hipotético refrigerador con pedazos de carne de cordero, res y pescado.

Lo ignoraste.

Ninguno de los ingredientes de la receta estaba al alcance de tus manos. Incluso, jamás imaginaste haber comido un filete de cordero, preparado con hojas de menta, vino blanco y consomé de ternera.

En esos momentos, solo te importaba alimentar a tu padre y ocultarte de Hermeneo Uribe y Alexandra Atavus.

Tampoco te cayó el veinte cuando evocaste tu paso por San Francisco, California, después de cruzar el Golden Gate e incursionar por territorio latino, en la Mission Distric.

La avenida S. Van Ness era una línea oscura, vigilada por los padres mexicanos ante el temor que sus hijos adolescentes la cruzaran y se internaran en el paraíso del pecado de los homosexuales y lesbianas.

Los auténticos vampiros de la ciudad portuaria que se alimentaban de sangre blanca y tolerancia racial.

En el parque Dolores del distrito Castro, aquellos personajes de mirada quemante y manos de prestidigitador, lograron apropiarse del miedo de los inmigrantes sin papeles y meterlos en sus sábanas impregnadas de esencias de cannabis sativa y hachís.

—Vous devez couper l’ail dans des seaux et être plus prudent lors du choix de la crème fouettée…

Etchebest te recordaba al actor Bruce Williams, el de Duro de matar, por la pelona y rudeza de sus rasgos faciales.

Era de voz imperativa.

En pocas ocasiones viste alguna emisión de Cauchemar en cuisine y escuchar sus airados alegatos en un modesto restaurante de la comunidad de Fontvieille. El motivo: la cocina apestaba y los platillos fueron elaborados con desdén por el propietario de Le Moulin de la Grasiho.

Finalmente, decidiste llevar a tu padre a  restaurante de Huayacocotla y gastar un poco de dinero.

No imaginaste que Hermeneo lo había sustraído mientras dormías en el desván de los arcángeles, vírgenes y santos minusválidos.

Por desgracia, también tu padre era un holograma diseñado en Sun Valley.

Tendrías que acostumbrarte a tolerar los juegos perversos de Alexandra Atavus.

HEMEROTECA: Octubre La historia de la Revolucion Rusa – China Mieville

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UNA GOTA AZUL ABSENTA

Por Everardo Monroy Caracas

SATURNIA_Fotor_20180717La saturnia volvió a aletear en el hombro derecho de Roberto Gonzaga que aletargado por la urgencia de eyacular intentó alcanzarla con los labios, sin lograrlo. De espaldas en una de las columnas de la sala capitular, Alexandra Atavus decidió acortar los frenéticos embates del corpulento español y aprovechar esos instantes para alimentarse de su sangre. Antes, le susurró al oído:

—No hay lugar más maravilloso que el monasterio, gracias por ofrecerme lo mejor de ti…

El hombre, al igual que un caguamo macho, apenas pudo defenderse. La dama de frente saliente, cejas delineadas y rubias y ojos de un azul abismal, lo dejó inerme. Borbotones de sangre fluyeron de su nariz y boca y lanzó una ruidosa exhalación antes de desplomarse. Alexandra Atavus, desnuda e irreconocible siguió su caída sin soltarlo.

La mariposa malva de Gonzaga, tatuada en el pecho, dejó de contraerse y fue alcanzada por un riachuelo color escarlata que descendió del cuello hasta la entrepierna.

Todo había concluido.

Tres horas antes, en el bar del rio Esla de Gradefes Beach, Alexandra Atavus focalizó a su víctima, un atractivo guardia civil de la pedanía del municipio. Lo entallado del vestido negro transparente y sin prendas íntimas difícilmente pasaría inadvertida entre los parroquianos y meseros. Lo mismo podría decirse de Roberto Gonzaga, consciente del poderío de su cuerpo, cincelado a consciencia en el sótano de su casa. Los dos intercambiaron miradas y fue ella la que abandonó su mesa y en la barra bebieron licor de absenta. El contoneo de su cuerpo, al cruzar los escasos veinte metros sembrados de caballeros, abrillantó pupilas y provocó sudoraciones. La luna estaba en todo su esplendor y su luz plateada iluminaba la rivera y el valle, plagado de choperas y alcornoques, y el puente que unía a Gradefes con la comunidad de Herreros de Rueda, donde ella se hospedaba.

Sin mucho esfuerzo, Alexandra Atavus logró convencerlo para que la llevara a conocer el viejo monasterio de San Miguel de Escalada, construido once siglos atrás por un grupo de monjes cordobeses. La artemisia amarga hizo su trabajo y exacerbó la concupiscencia del fornido policía de bigote y recio mentón, oscurecido por una barba rasurada. No era para menos. La voluptuosa mujer que estaba frente a sus ojos grises y acuosos semejaba a una princesa exótica, sustraída de algún palacio real de la península balcánica.

—No creo que sea la hora indicada para ir al monasterio —dijo Roberto Gonzaga en un intento de disuadirla y sugerirle que la invitara a una habitación de hotel de Gradefes.

—¿Tienes miedo? —cuestionó Alexandra Atavus y su aliento a hinojo penetró en las corneas acuosas y rojizas del policía.

—Herreros es más acogedor, eso creí, pero si así lo queréis, iremos, vale maja.

. Cerca de la medianoche salieron del local y Roberto se hizo acompañar de una botella de absenta Van Gogh y dos copas. Alexandra Atavus conduciría un automovil Ferrari rojo, estacionado a la orilla del sendero. La fragancia virginal de los hayas y pinares enardecieron más al policía que desapareció cualquier indicio de desconfianza. Prácticamente quedó atrapado por el embrujo de la hermosa mujer de piel pálida que acababa de conocer en el bar y lo arrastraba a un mundo desconocido.

Tendrían que atravesar el poblado de Gradefes y en diez minutos, o en menos tiempo, recorrerían el kilómetro de distancia que separaba al bar del solitario monasterio cristiano con reminiscencias visigodas y de la antigua roma. Alexandra condujo el auto desnuda y descalza y dejó que el viento fresco de León ondeara su larga cabellera rubia. Únicamente el esmalte fucsia de sus largas uñas eran ajeno a lo que representaba en su apariencia de mujer. Le molestaba recordar que esa misma noche tendría que retornar a México, en el jet familiar, para reencontrarse con Hermeneo y preparar su viaje a Sarajevo, después de la conversión de Moisés Uribe de mortal a inmortal. Esto se realizaría en Dejigüi, dos días posteriores a la fiesta religiosa de Corpus Christie.

El poblado era iluminado con vapor de mercurio y la carretera aparecía desolada y silenciosa. Ningún árbol tenía cabida en la estrechez de sus banquetas y la única arteria principal estaba dividida por pequeñas líneas blancas que les recordaban a los automovilistas su derecho a transitar con precaución por tratarse de dos vías, de ida y vuelta. Menos de mil doscientos habitantes hacían vida diaria en Gradefes y sus únicos atractivos turísticos eran el monasterio de san Miguel de Escalada y las jornadas de pesca en el rio Esla, donde abundaban los salmones, truchas, cachos, bogas, bargos y el suculento black bass, de origen americano. De no ser por la feria de San Blas, realizada la primera semana de febrero, los pobladores de las comunidades adyacentes difícilmente intercambiarian palabras o degustarían en los puestos públicos un poco de bollos, alubias, cecina de chivo, yogur, queso y morcilla.

Alexandra Atavus amaba a aquella gente de la comarca de León, contaminada por una ardiente fe a Jesucristo y por lo mismo, el color y sabor de su sangre en nada se comparaba al de las mujeres y hombres de las grandes ciudades, corrompidos por el smog industrial, los antidepresivos y las drogas duras. También, Roberto Gonzaga la enterneció cuando exclamó que daría su vida por estar casado con una mujer tan atractiva y cosmopolita como ella y renegó de vivir atado a la enfermedad terminal de su madre, por ser hijo único.

—No lo dudaría ni tantito en largarme contigo —dijo melancólico tras consumir la última gota azul de la botella de absenta—, porque estoy seguro que mi madre tendría la protección de la alcaldía de Gradefes, joder…

HEMEROTECA: TOM WOLF NUEVO PERIODISMO – user

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DEMONIOS SUELTOS

SATURNIA_Fotor_20180717Faltan nueve minutos para que los diablos salgan a las calles y dancen.

Tú lo sabias. Te lo adelantó Hermeneo a su regreso de Dejigüi.

Alexandra Atavus tuvo que permanecer en Texcatepec, precisamente por el arribo de los demonios y su enfrentamiento con Juan Bautista, el Precursor de Cristo.

Es domingo 24 de junio.

No hay forma de escapar al escarnio que te aguarda.

Los cientos o miles de seres  infernales, ataviados con capotas, máscaras de madera y faldones de colores chillantes, tomarán el atrio y las calles aledañas —Morelos, Juárez, Galeana y la plaza de la Constitución— para  descargar su arrecho y aguardar el retorno de su emperador Asmodeus, después de su entrevista con Elohim, el Rey de Reyes.

Huayacocotla había sido consumido por un incendio, originado en el Mercado municipal. Los lugareños huyeron hacia los altos de Zontecomatlan, donde levantaron un campamento y sobrevivían cazando tejones, conejos, venados de cola blanca y chachalacas.

Las aguas del rio Calabozo apagaban su sed. Tambien les proveía de guapotas y bagres.

Lamentaban no haber salvado al Santo Patrono, encarnado en un Jesús sufridor y vejado, y el cáliz de plata, donado por el párroco independentista, Joaquín Gutiérrez.

—No debes temerles —te dijo Hermeneo, disfrazado de diablo danzante y con un sonaja de aluminio a la mano diestra y un látigo de piel de carnero en la siniestra—. Ellos solo permanecerán aquí doce horas y a la medianoche retornaran al inframundo, a Gehena. Tú, como yo lo haré, puedes brincar, gritar, emborracharte, maldecir o golpear a los estúpidos vecinos, aquellos que cuidan sus pertenencias como perros domesticados, sin que sientas arrepentimiento.

—¿Y si no quiero hacerlo? —respondiste hecho ovillo  en uno de los rincones de la catacumba.

Habías apagado el tlecuil para no llamar la atención con la humareda.

—Es tu problema, Moisés —te espetó Hermeneo casi escupiéndote la cara ennegrecida por el tizne del fogón y salió del escondrijo lanzando aullidos y grandes brincos.

Los estallidos de cohetones y el repicar de una campana, posiblemente de la capilla de la Cruz del Milagro —eso supusiste—, anunciaron el inicio del jolgorio.

Los diablos se hicieron acompañar de tamborileros y guitarristas que no pararían de tocar desde las doce del día hasta las doce de la noche.

Hermeneo y Alexandra Atavus presentaban dos mundos distintos y confusos.

Tal vez, el que mejor conocías era el de Hermeneo. Estuviste a su lado durante tu adolescencia y participaste en las fiestas paganas de Huayacocotla.

Tu abuela Caritina te llevaba a la cabecera municipal los días de plaza y festivos. Te obligaba a hincarte frente a San Pedro Apóstol, la Virgen de Guadalupe y el Señor Jesús, al que temías, por lo deplorable de su aspecto: triste, ensangrentado, rostro enjuto, manos atadas al frente y portando una corona de espinas en la cabeza. De su manto morel o púrpura colgaban pequeñas figuras humanas de oro y plata, regalo de los feligreses por los milagros que les otorgaba. Desde recuperar la salud —de ellos o sus seres amados— o allegarse de dinero para acumular propiedades o pagar sus adeudos.

Tampoco faltaban los medallones de oro y las piedras preciosas donadas por homicidas y ladrones, como los Garridos y Espinoza y Atilano Uribe.

Tú tenías cuatro años cuando, por primera vez, acudiste a las fiestas de carnaval y observaste la procesión de los feligreses, presidida por el Señor Jesús sobre una tarima movible de madera y cargado a los hombros por cuatro hombres de rostro de obsidiana, acicalados por la fe, el temor y el aguardiente.

El rumor del cascabeleo, el rasgueo de los cuatristas y los tum tum tum de los tamborileros empezaron a filtrarse por los paredones.

De inmediato, escuchaste las exclamaciones de júbilo de los diablos danzantes y el tintineo de las miles de campanillas que colgaban de sus cinturas y huaraches.

Habían ascendido del infierno.

En sus torsos se hicieron tatuar cruces o estrellas de Sion para demostrar su fuerza persuasiva, durante las doce horas de absoluto albedrio.

Elohim les concedió un espacio de relajamiento en la tierra. Huayacocotla fue el lugar elegido por Asmodeus para informar los acuerdos alcanzados con el hacedor de todo lo existente en el espacio infinito.

Alejandra Atavus odiaba aquel ritual pagano. Creía en lo material y lo palpable ante sus sentidos.

De ahí su interés en difundir los avances de la tecnología satelital y los alcances de Internet y la robótica.

Hermeneo no la desmentía o cuestionaba. El paganismo, como el hedonismo, le permitía saciarse y divertirse.

Los dos encarnaban lo mundos construidos por la naturaleza y la consciencia.

Y como los ajolotes de Viborillas, podían zambullirse en todos los universos relacionados con la vida y la muerte.

Jamás extinguirse.

Tú aun aguardabas el momento de decidir, tras tu regreso a Huayacocotla, si te reencontrarías con tus descendientes de Potrero Seco y abonarías con tu carroña los sembradíos de alfalfa, frijol negro y maíz blanco o el 4 de septiembre de este año, 2032, viajarías a Sarajevo con Alexandra Atavus y tu hermano Hermeneo para conocer al Gran Archiduque de Cisleitania, Francisco Gabriel II.

De ser cierto lo dicho por Alexandra Atavus, el provenir de Kazajistán te permitiría integrarte al Imperio de los ocupantes de la noche.

Ser indestructible.

HEMEROTECA: proceespecial

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ABONO PARA CEMPAZUCHITL

SATURNIA_Fotor_20180717Han transcurrido veinticuatro horas. Te niegas abandonar el escondrijo de comejenes y madera carcomida.

Tienes hambre.

Con los residuos de las tortillas secas has encendido el tlecuil y avivas las llamas con las astillas de ocote que encontraste en la plancha ennegrecida del antiguo mercado municipal.

Tienes la imagen viva de ella, no la de Eva María o Remedios Yescas. No, de Sara Kaufmann, hija del pastor evangelista que al recordarte se arrodillaba, abría su libro sagrado y, en voz alta, repetía algunos salmos redactados por tu tocayo Moshé hace cuatro mil años.

“Contigo se peca”, te repetía por Skype, después de masturbarse, “y prefiero alejarme del mal y así conseguir el perdón de mi padre espiritual”.

La conociste en la madurez, dormitando bajo el enramado de un álamo, en La Quinta de Chapultepec: rancho de los Monroy-González.

Sara nadaba desnuda en las aguas transparentes y frías del rio Vinazco. No se percató que la observabas.

Desde entonces decidiste buscarla.

Durante la fiesta del carnaval lograste contactarla, disfrazado de un gachupín barbado e invitarla a danzar en el salón de actos de la escuela primaria federal Wilfrido García.

—Soy divorciada —dijo, después de recibirte un vaso de agua de calabaza endulzada con piloncillo—. Tengo cuatro hijos y prefiero mi libertad a estar nuevamente encadenada al mal humor de los maridos indeseables.

Te subyugó la transparencia de su risa, de lepa, y ese olor agradable de amaranto.

Tenía belleza y elegancia y al observarle las manos y pies, comprobaste su pulcritud y añoranza de reinventarse como esposa o dama de compañía.

Hermeneo te había permitido ir a la cabecera municipal y hospedarte en el hotel Camarón Resort, antiguamente llamado Huayacocotla.

Sara y su hija Sara alquilaron una habitación en el hotel Santa Fe, el de la calle Zaragoza.

Su ex marido era oriundo de Huayacocotla. Le regaló una cabaña a la orilla del Llano grande, cerca del rancho de los Monroy-González.

Mientras rostizabas el perro que lograste cazar durante la noche, por medio de una jaula utilizada como trampa, intentaste evadirte del presente, comprobar que continuabas respirando.

El miedo se había enconado en tu sangre. Te impedía abandonar los escombros de lo que quedaba de la parroquia de San Pedro Apóstol, donde tu abuela te llevaba cada domingo, después de ascender y descender dos acantilados y cargar a tus espaldas medio costal de frijol negro que la anciana cambiaba por sal, piloncillo y aguardiente.

Tú tenías que hablar por ella. Nunca quiso aprender el castellano. Unicamente se comunicaba en otomí.

Sin embargo, la vieja Caritina le era fiel al Padre Jesús a quien le encendía un cirio y depositaba a sus pies una cemita preparada con sus propias manos.

Por primera vez te atreviste a mencionar el nombre de tu abuela mientras degustabas un tamal de zacahuil, un plato de mole de guajolote y bebías pulque.

Sara Kaufmann te escuchaba con atención, o eso creíste, y hasta se atrevió a preguntarte si tambien hablabas o entendías la lengua de tus ancestros.

Por momentos, el rostro agradable de tu anfitriona te perturbaba y evitabas mirarla de frente.

Tu timidez le despertaba curiosidad. La acicalaba a seguir incomodándote.

Confiabas en el potencial del pulque de Agua Blanca para recuperar tu cordura y arrojo e invitarla a conocer el rancho, donde suponías habías sido engendrado cuarenta y tres años atrás, a cincuenta leguas de la cabecera municipal: Potrero Seco.

Don Aldegundo Cordero, carnicero de profesión, te había ofrecido, en calidad de préstamo, cualquiera de sus caballos de gran alzada.

De aceptar tu invitación, la bella mujer, que te dijo ser hidalguense, te reencontrarías al día siguiente con las lápidas de tus padres, hermanos y abuela, asesinados por Atilano Uribe.

Los ojos rojizos, como carbones encendidos, no te perdían de vista cuando devorabas una de las piernas del perro.

La semioscuridad apenas permitía dilucidar la identidad de la bestia que te acosaba.

Alexandra Atavus, como te lo advirtió el viejo mayordomo Atilano Pasaran, tenía el control absoluto de los tlacuaches y lobos. Difícilmente te permitirían abandonar el pueblo.

—Es mejor que huya con ayuda de sus recuerdos, como lo hacemos los viejos, y así será menos infeliz, señor Uribe.

Ya no tuviste ánimos para precisarle que eras hijo de Marcelino Díaz y Águeda Villamil.

El mismísimo sacerdote Baltazar López Bucio, antes de ser enviado a la diócesis de Cuernavaca, te había bautizado. Fue tu padrino don Aldegundo Cordero el que pagó los gastos del baile y la comilona.

Hermeneo pensaba distinto.

El mismo día de tu secuestro y en Viborillas, te lo aclaró:

—Bernabé Garrido y Espinoza, que es el hombre más rico de la huasteca veracruzana fue quien te apadrinó por petición de su jefe de seguridad, Atilano Uribe, que es tu padre y mi padre. Si él no es como nosotros, y me refiero también a Alexandra, tiene una causa, que ya te contaré. Ahora lo que importa es decidir si mereces ser como tu verdadera alcurnia o solo abono de alguna mata de cempazuchitl del cementerio de la orilla…

Lo de Sara Kaufmann vendría después.

En ese lapso de prueba, impuesto por Hermeneo te enfrentarías a los excesos de la fe religiosa y los placeres de la carne.

La mujer que conociste en Huayacocotla, durante la fiesta de carnaval, terminó siendo tu instructora en los alcances maravillosos del sexo.

HEMEROTECA: La primera guerra mundial – Michael Howard

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EL CUELLO INTACTO

Por Everardo Monroy Caracas

SATURNIA_Fotor_20180717Desde la catacumba del esqueleto de paredones chamuscados, recibiste la noticia por Facebook. Elecciones Quebec te informó que tu nombre había sido inscrito en la lista electoral de la provincia. Por lo tanto, a partir del 22 de mayo de 2018 podrías elegir al primer ministro de Canadá y a todos los representantes del parlamento, ayuntamiento  y al gobernador provincial donde radicabas antes de viajar a Huayacocotla.

El aviso te llegó, vía postal, el miércoles 29 de mayo y de inmediato, Eva María te contactó por Internet y leyó el aviso de confirmación.

Todo era muy confuso por el lugar donde te encontrabas y la fecha que destacaba tu IPad en el ángulo inferior izquierdo: jueves 30 de mayo de 2032.

“Imposible”. murmuraste.

Por la hora, diez treinta y cinco de la mañana, Alexandra Atavus y Hermeneo estaban ausentes. Dormían en algún lugar adyacente a Dejigüi o Texcatepec, inmersos en los barrancones oscuros de la serranía veracruzana.

El color de tu piel evidenciaba parte del sufrimiento infringido por la falta de sol y limpieza. El frio te formó una especie de cáscara verdosa en distintas partes del cuerpo y oscureció tus mejillas y amorató el entorno de tus ojos, aun brillantes. Tu cuello seguía intacto, sin perforaciones.

“Tienes que regresar”, insistía Eva María en el siguiente texto. “Carmina y Rolando ya están en Montreal y me informaron que Duque y Petro pasaron a la segunda vuelta en Colombia y la elección tendrá lugar el 17 de junio. En Venezuela, como te lo escribí hace nueve días, el vencedor de la contienda fue Nicolás Maduro. En la primera semana de enero de 2019 recibe la banda presidencial por segunda ocasión. En México, es seguro que triunfará Andrés Manuel López Obrador en los comicios del domingo primero de julio. Hay mucho de qué hablar y los camaradas están ansiosos de tu retorno.”

Los tiempos no cuadraban y el canto de los gavilanes te recordó que mayo aún no estaba contaminado por la excesiva humedad de los aguaceros de antaño. Te imaginabas deambulando por la avenida Revolución, aun no asfaltada y con la arenilla blanca metiéndose en tus botas de hule. El olor picante a carnitas de cerdo fritas te provocó una molesta ansiedad de comer e ingerir un par de cervezas Sol, como las que te enviaba a comprar tu tío Ramón en la tienda La Bodega de don Luis Solís y que te entregaba tras el mostrador su hijo Joel, de tu misma edad. Realmente era tu primo espiritual por ser el ahijado consentido de tus tíos Ramón y Ana María.

Han pasado tantos años que prefieres abandonar el escondrijo y treparte a la bóveda de lo que alguna vez fue la nave central o el lugar donde resguardaban el presbiterio y el gran nicho del Padre Jesús, de pellejo ennegrecido, vejado y sangrante.

“¿Y qué debo hacer con el nuevo nombramiento de elector oficial?”, te preguntaste ya montado en uno de los muros de roca volcánica de la cúpula y con el aire fresco carcomiendo tus cansados pulmones. Nada, mientras los guardianes de la oscuridad discutieran el destino que te aguardaba. Ser un Uribe significaba poder y horror y los lugareños lo sabían. Los guacos te vigilaban desde los paredones contiguos y los mezquites y framboyanes que se negaban a desaparecer.

No le responderías a Eva María hasta que Hermeneo te liberara, de eso estabas consciente. Tendrías que convencerlo o de lo contrario, por sugerencia de Alexandra Atavus, terminarías siendo un prisionero privilegiado de las francachelas de sangre y jamás te reencontrarías con los amaneceres y el aleteo de las tortolitas y chachalacas.

No existe mejor causa que la de estar vivo y libre. Ahora lo comprendías desde aquella altura privilegiada. Todo era distinto en relación a lo avistado durante tu infancia. El Palacio municipal de dos niveles y con barandales en los pasillos exteriores, corroídos por las cagadas de las aves, también había sido consumido por las llamas. Tampoco existía el Mercado municipal y del parque Hidalgo solo lograron sobrevivir las bancas de cemento y varilla donadas por los ricos del pueblo.

“Impossible de changer… ¡Bon sang!”, exclamas cubriéndote el rostro con las manos.

Lo que ocurre en tu trotar por el mundo siempre te arrincona en lugares desconocidos. Viborillas y Potrero Seco son los únicos territorios arraigados a tus entrañas. En ambas rancherías reíste y amaste a pesar de desconocer tu origen. Hermeneo nunca te lastimó, por el contrario te enseñó a descifrar el auténtico sonido de la noche. Cada lámpara rellena de luciérnagas vivas te permitió jugar con los erizos y las nutrias que Hermeneo cazaba y domesticaba.

Una infancia alejada del miedo y ese milagro ocurrió al comprobar que en medio de la llanura, las aguas cantarinas de los riachuelos arrullaban a los coleópteros que les servían de alimento a las ranas y sapos que devorabas, después de asarlos en el horno de tabiques, construido por Hermeneo en el traspatio de la cabaña.

Ana María lo desconocía. Eres enemigo de desenterrar tu pasado, porque tus amigos solo hablan del destierro y el rencor que le guardan a sus adversarios políticos. Lo mismo de siempre. Por fortuna, es el sufragio blindado el que les permite alimentar su esperanza de retornar a su país para reencontrarse con sus ancestros. Tu caso es diferente, porque desconoces tu verdadero origen y sabes que en cualquier momento deberás desenterrar a tus compañeros de infancia en Zonzonapa o Carbonero Jacales. Alexandra Atavus te ha dicho que eres de Kazajistán y que recién nacido abrevaste de las aguas saladas del Mar Caspio y no le crees.

HEMEROTECA:29-5-tvnotas

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SOY TU HERMANO…

Por Everardo Monroy Caracas

SATURNIA_Fotor_20180717La vida es un torbellino de imágenes y sensaciones irrepetibles. El Déjà vu  tiene gran significancia cuando hay conciencia y aventura. Tú podrías afirmar que durante veintidós mil novecientos noventa y cinco días pisaste tierra firme y que tuviste contacto con innumerables personas reales o irreales.

Los grandes maestros te heredaron su sabiduría en perfectos ladrillos de papel y te duele comprobar que aún no se construye con ellos una nueva Torre de Babel monolingüe o monocultural.

Por el momento, el ácido de la vejez sigue corroyendo la carne y los huesos. La mente lo rechaza y edifica historias obtenidas en la cantera de una imaginación desbordante. Por ejemplo, esta madrugada te imaginaste impartiendo clases de periodismo en una aula universitaria. En realidad eras un holograma.

Los colegios de Montreal ya no requerían enseñantes de carne y hueso, porque el gobierno y los empresarios de la educación habían adquirido el paquete Premium de los catedráticos virtuales que en tercera dimensión podrían desplazarse a lo largo y ancho de las aulas, mientras impartían su clase. Incluso, los alumnos interactuaban, a través de un ordenador de inteligencia artificial.

Alexandra Atavus te recordaba algunos adelantos científicos en la Federación Rusa, Israel y Estados Unidos. Sus doctores en ciencias sociales, tecnológicas y naturales lograron resucitar a los grandes pensadores y sanadores del mundo. Desde Aristóteles, Pitágoras, Karl Marx y Sigmund Freud a Alan Turing, Albert Einstein, Stephen Hawking y Ludwig Boelkow. Y algo más: también impartían cátedra, en su lengua original, laureados escritores, poetas y músicos de los cinco continentes.

Alexandra Atavus algo bueno recogió durante su paso por la tierra. Y ahora ante ti, la enigmática dama de negro, de 449 años, discurría con su voz melodiosa, de encantadora de serpientes y lograba hipnotizarte.

Hermeneo quiso que la conocieras antes de internarte a Huayacocotla y reencontrarte con la vetusta construcción de argamasa y roca volcánica que te protegió cuando tu vida peligraba. Durante cuatro años ahí enfrentaste el temor y la orfandad de los arcángeles, vírgenes y santos minusválidos. Después terminaría siendo el refugio confortable de murciélagos y cucarachas. El temblor del 2022 la devastó y los feligreses prefirieron edificar un nuevo templo católico en la zona oeste del pueblo, exactamente donde se formaba el cruce de las calles Los Pinos y 5 de Mayo.

Imaginar cada detalle del Huayacocotla actual, dentro de la realidad sesentera, sumergida en unas callejuelas borradas por la niebla, te orillaban a proseguir bajo el soponcio de lo sobrenatural. La sinuosa y pálida figura de la rusa Alexandra Atavus, era capaz de describirte cada detalle de lo que olvidabas a consecuencia de la edad. Hermeneo no quiso perpetuar tu presencia en el municipio para evitarte el dolor de enterrar a los tuyos antes de envejecer. Ni siquiera le preocupó tu sempiterna cojera.

Los olores de sándalo, amaranto y jengibre se entremezclaban en la habitación y te impedían recuperar lucidez y verdad. Era una fragancia almizclada, dulzona, que reconstruía tu transitar por el sendero de acceso al huerto de olmos y perales y que te catapultaban a la cabaña, donde un domingo de marzo de 1948, tu tío Elpidio se resguardó bajo el piso de madera, después de sorrajarle un martillazo en la cabeza a su padre. Los peones tuvieron que atarlo con correosas reatas de ixtle y arrastrarlo por las callejuelas lodosas y empedradas hasta la cárcel municipal.

Estabas consciente que Hermeneo se había transformado en otro personaje, menos infantil. Durante el primer encuentro quiso que lo enfrentaras con su esperpéntica figura de adolescente, esquelética y pálida y la cabellera sucia y enmarañada. Sus dientes eran diminutos, sarrosos y de sus delgados labios sobresalían unos incisivos brillantes y agudos, como un par de agujas hipodérmicas.

 —Soy tu hermano —te dijo y de un salto llegó frente a ti y te abrazó.

Un olor fétido, carroñero, te paralizó y provocó llanto.

Prudencio Pasaran te había advertido del engaño y quiso protegerte con el crucifijo de madera que el padre Baltazar adquirió en Italia, en la Basílica de San Francisco en Asís. Hermeneo fue indemne al icono y a otros conjuros o supercherías religiosas. Atilano Uribe era descendiente de los Atavus y después de su sacrificio, el conclave familiar se realizaría en Potrero Seco.

Hermeneo insistió en inyectarte confianza y recordarte que en el municipio aun predominaba la sangre de los Uribe y su derecho a recuperar la hacienda despojada a tus padres de crianza, Marcelino y Águeda Villamil.

—Si estoy aquí es porque ella me obligó —te quejaste, sin poder recobrar fuerzas para salir corriendo de lo que alguna vez fue un atrio.

—Estás aquí hermano, porque yo quise que estuvieras —precisó Hermeneo y te dio la espalda para que lo siguieras.

La noche continuaba sumergida en el congelador de noviembre. Su vaho incoloro y contaminado por la trementina de los ocotales, te despertó del letargo y descubriste, al pie del lecho, la desnuda figura de Alexandra Atavus.

HEMEROTECA: TvNotas – 22 Mayo 2018

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UNA MARIPOSA NOCTURNA

SATURNIA_Fotor_20180717Sus piernas aleteaban sin detenerse, olían a sándalo y trigo fresco. Descendían aprensivas a las caderas del gladiador argelino para espolvorear su polen de girasoles tiernos y quemantes.

Alexandra Atavus tenía el cuerpo volátil, ligero, de mariposa liberada. Era un violonchelo que no cesaba de gemir entre la penumbra.

Anhelaba liberar su tensión a cada embate.

La pequeña saturnia jaspe seguía retadora en su tobillo, como un trozo de óxido incandescente.

Las tinieblas la ataban.

Los acordes del fauno de Argelia intentaban derramar su leche volcánica.

No habría escape.

Brahim Moatti era un rehén de la aventura sin intuirlo.

En cada ángulo de la habitación colgaban las fosforescencias de plata bruñida y en ellas, sin oportunidad de sobrevivir, cuatro cucarachas terminarían inmoladas ante la voracidad de sus verdugos: arácnidos negros de peluda caparazón.

—¡Quédate a dormir hoy, no te vayas!— Alexandra Atavus suplicaba y gemía sin recibir respuesta—. ¡Tanto te necesito! ¡Eres mío..!

Brahim Moatti, fundido en su propia destreza de guerrero, continuaba de pie, adherido a los muslos de la hembra rusa sin soltarle las nalgas.

Una sola mancha reclinada al muro y en perpetuo movimiento.

Airoso, enfrentaba lleno de brío, su momento de piel y saliva: un zancudo engolosinado de azúcar, sin prever algún riesgo.

—¡Dime que me amas, dímelo, por favor..! ¡Dime que soy la única, que me amas, dímelo, dímelo..!

El argelino era un hierro de luz que atacaba sin darle respiro.

Vivía su momento que lo alejaba del tiempo y la distancia.

Su encuentro en el tren subterráneo dejó de trascender. Quedó en el olvido.

Las imágenes impresas por las cámaras de video serian memoria, de no borrarse.

Alexandra Atavus, en una posible reconstrucción de hechos, sería visualizada en el asiento contiguo con el rostro reclinado sobre la ventanilla.

El argelino, a su lado, leyendo un periódico árabe y escuchando, en su teléfono celular, a Abdelkader Chaou.

La música evocaba el anticolonialismo de Magreb.

El aroma a gardenia destilado por la mujer lo enervaba. También su atractivo perfil de vampiresa: frente saliente con cejas delineadas y rubias, ojos de un azul intenso, de aguas profundas, y parpados magenta; pestañas pobladas y curvas; nariz recta, corta y altiva y unos labios anchos, carnosos y de un rojo vivo. La barbilla y los pómulos, bellas sinuosidades sonrosadas, resaltaban de su rostro redondo, aparentemente frágil.

De reojo descubrió sus relucientes dientes incisivos y frontales, blancos e impolutos. Reposaban en el labio inferior, sin dañarlo.

La mujer aparentemente dormía y la cadencia de su respiración desembocaba en el inquietante poder de los senos, inocultables, maduros y vigorosos.

Desde su posición de compañero de asiento, Brahim Moatti observó cada detalle físico. Hasta comprobó, por el contorno de sus manos de dedos largos y tersos y de uñas esmaltadas de un rojo fucsia, que podría tratarse de una mujer alejada del trabajo domestico y fabril.

—¿Te parezco atractiva?

El argelino observó el movimiento de sus labios sin escucharla.

Alexandra Atavus giró la cabeza y lo enfrentó con mirada interrogante y una mueca de complicidad.

Brahim Moatti acalló los lamentos melódicos de Abdelkader Chaou.

—¿Te parezco atractiva?

—Sí, lo eres…

—¿Por qué? ¿Quién te ha dicho lo que es la belleza y la fealdad?

—Nadie, es lo que siento. Ya tengo conciencia y puedo comparar… El haber vivido treinta y tres años también te permite elegir.

—Respuesta correcta… Yo me he fijado en ti por la mariposa que tienes tatuada en el dorso de la mano.

Brahim Moatti inclinó la cabeza y comprobó que el tatuaje, producto de un antiguo amor en Casbah, seguía en el mismo lugar, con las alas de un verde seco, extendidas y en pleno vuelo.

—Mira —dijo ella y le mostró el tobillo izquierdo—. Estamos hermanados por la misma saturnia… nuestras mariposas son de la madre luna…

Una hora después, en el departamento del argelino, en el barrio de Djamila des Lilas, intentaban hacerse todo el daño posible, bajo el fragor de sus instintos.

Brahim Moatti, de músculos templados en los arenales del mar Mediterráneo, pudo degustar la saliva dulce y el sudor salino de la hembra. No parada de resollar y repetir que no la abandonara.

Jamás había sido prisionero de una sensación tan placentera, inigualable.

Montreal era una burbuja de sombras azules bajo una luna desbordada.

Los amantes, en aquel estrecho espacio con muros borroneados, se ahogaban con su propio fuego interior.

Alexandra Atavus seguía estrangulándolo con las piernas y atrayendo la cabeza a su rostro con las manos, sin dejar de hurgar su paladar con la lengua.

El peso de su cuerpo recaía en el falo del argelino, una bestia en brama incontenible.

—¡Quiero que estés siempre a mi lado! —insistía febril Alexandra Atavus—. ¡Quiero que seas de la noche y el tiempo nos pertenezca¡ ¡Dime, dime, por favor que me amas! ¡Dímelo..!

Magreb y Levante en una sola consonancia.

Y en aquel cubo de concreto, encalado y sin orden.

Cada arácnido, oculto en su madriguera de estambre lunar, reiniciaría la comilona tras haber sometido a la cucaracha.

Sin embargo, Alexandra Atavus se resistía a destruir a su presa e intentaba prolongar su deseo uterino, carnal.

Anhelaba ser rescatada, percibir un simple balbuceo apasionado del argelino.

De materializarse su deseo, finalizaría el sortilegio de la soledad maldita.

Y estaba agotada.

En Montreal tendría la oportunidad de compartir en el mismo espacio vital su libertad y sosiego.

—Sí, si… te amo… te amo, Alexandra… ¡Te amo!

Un par de destellos rojizos, como gotas de almagre fosforescente, iluminaron la habitación.

Alexandra Atavus, exultante, dirigió sus ávidos labios de princesa rusa al sudoroso cuello de Brahim Moatti.

Ella, en tres noches subsiguientes, retornaría a Huayacocotla para reencontrarse con Hermeneo.

HEMEROTECA: proce 21-68