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LA CARCAJADA

soledadqEPILOGO

El Pelón Cañedo no pudo contener la carcajada. Perder dos mil dólares era irrelevante.

La aventura fue disfrutable e inolvidable.

Por desgracia, sintió un poco de añoranza por la salvadoreña. Lamentaba que llegara al extremo de prostituirse en su afán de obtener la residencia canadiense.

Durante tres meses las dos mujeres cedieron a los caprichos sexuales de Renato y el Pelón Cañedo. El primero les informó que tendrían que abandonar Canadá para poder legalizar su estancia en Quebec.

El abogado migratorio, Jason Rico les confirmó lo dicho por el paralegal.

Renato prometió viajar a Sululan y casarse con Lola en el registro civil del municipio y desde ahí iniciar los trámites de padrinazgo ante las autoridades migratorias canadienses.

Sería una boda fraudulenta.

Lola era casada. Por lo tanto, tendría que convencer a su esposo e hijos para que el juez de lo civil liberara el acta de matrimonio.

Lo mismo le prometió el Pelón Cañedo a la mexicana.

Rico intentó ser convincente al leerles, en su despacho, unos supuestos artículos de la ley migratoria.

Una de las exigencias legales era obtener las actas signadas por los jueces de sus respectivas localidades. Eso facilitaría sus propósitos de obtener la residencia canadiense o quebequés.

—Los mil dólares les ayudaran a convencer a los jueces del registro civil para que saquen adelante estos trámites burocráticos —confirmó el abogado al entregarles los sobres con el dinero.

Renato y su amigo evitaron intervenir para hacer más convincente lo dicho por Jason Rico.

En tres días, Lola y María José abandonarían Montreal. Dos semanas después, las alcanzarían para desposarse por lo civil.

María José sintió alivio al saberse dueña de los mil dólares. Lo que menos le interesó fue proseguir su relación con el anciano calvo, de origen peruano. Le daba asco su halitosis y la manía de juguetear con la lengua su prótesis dental.

El mismo sentimiento lo externó su amiga, después de intimidar con el viejo costarricense, barrigón, mentiroso y patán.

Su regordeta cara transpiraba un sudor rancio y pegajoso. Era enemigo de la ducha y cambiarse de calzoncillos y calcetines.

—Empecemos de nuevo esta vaina —sugirió Lola.

Ya en la calle, antes de abordar el autobús, Lola empezó a reír. Su amiga la secundó.

Sobraban las palabras.

La misma escena ocurría en el despacho del abogado Rico.

El Pelón Cañedo extrajo una botella de coñac de la mochila y antes de descorcharla, exclamó:

—Espero que las venideras estén mejorcitas y no sean tan pendejas

Risas estruendosas.

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LÁGRIMAS DE NIEVE

soledadq24

En Montreal, la movilidad humana pierde su ritmo cotidiano. Los automóviles, inermes en las banquetas, semejan orugas de pasta dental.

El rostro del invierno ingresó en el escenario otoñal.

Nos advierte, entre bocanadas de hielo vaporizado, que diciembre será de un mes de fiesta, no de tristeza.

Cada árbol deshojado es un fantasma con dedos alargados, sin pediquiur.

Los gorros, las botas y las chamarras de mil colores se desplazan en los arroyuelos lechosos.

En las caritas infantiles aparecen delgadas estelas de nieve, en U, como teclas de pianola.

No hay prisa.

En breve, un ejército de camionetas armadas con rastras de acero inoxidable, se atragantará de nieve.

Los vecinos de todas las condiciones sociales, arrojarán sal para abrirse paso en las banquetas y no resbalar.

La isla es un bombón con espigas de hielo.

Es lunes.

El 21 es un mozo arrodillado, a espaldas de una columna sin capitel.

Nada es regresivo en tiempos invernales.

El sol tendrá que acostumbrarse  a dormir de día y la luna, al fin dama, lo vigilará para que nadie lo interrumpa.

Montreal aprenderá a soportar la ausencia del calor bajo su edredón blanco, de reciente compra.

Los viejos soñaran con playas vírgenes y los militares en hacer ejercicios de guerra, antes de partir a Afganistán o Siria.

Hay una oruga blanca quejumbrosa.

Su dueña debe quitarle la nata a la caparazón.

Y usará un rastrillo metálico.

¿Y dónde están las ardillas y mapaches?

Los contenedores de basura siguen intactos.

La nieve hizo el milagro de alejarlas.

Frente al departamento de los Gonzaga —originarios del Cusco, Perú–, sobresale un arce blanco de pelonas enramadas.

Todas las mañanas, una ardilla negra salta de rama en rama para internarse al balcón y atragantarse de cereal endulzado.

Hoy algo extraordinario ocurrió.

 Inti le grita a su abuelo que el animal no ha probado su ración.

—No te preocupes  —lo tranquiliza el anciano—, el güevón sigue dormido, cerca de sus hermanos…

El viejo Cobaldo Gonzaga le recuerda a su nieto —chiquitín chimuelo y de cabellera esponjada—, que en San Francisco hizo vecindad con dos gaviotas que alimentada de arroz.

En cada invierno se ausentaban y durante la primavera retornaban. Picoteaban los ventanales de la cocina para avisar de su arribo.

Su hija Tania —madre de Inti— logró domesticarlas. En algunas ocasiones, las aves eran sus compañeras durante el trayecto al trabajo.

—Es preferible que no te encariñes de esos animales, porque te abandonan al percibir ese sentimiento de dependencia —advirtió el abuelo.

La soledad del frio nos obliga a humanizarnos.

Las iglesias cristianas y musulmanas empezarán a regalar café y pan entre los feligreses pobres.

Las festividades navideñas son el mejor pretexto para orar y comprar regalos.

En las plazas comerciales predominan los blancos y rojos y el signo de pesos.

Ni los renos eléctricos se salvan de ser obligados a recorrer, chamaco al lomo, los pasillos, mojados y brillantes.

Cada naranja vale setenta centavos dólar.

Y el comerciante, preocupado, confirma que el fruto se marchita en los exhibidores de metal.

Es probable que la fruta termine en los arcones de algún banco de comida. Después, en la mesa de los miserables que deambulan en la Isla.

—Es el primer día de nieve —taladra la anciana de ojos azules con su bolsón negro colgado al antebrazo.

—Sí mujer… es la tercera vez que me lo repites…—responde el anciano, de ojos azules, disfrazado de Papa Noël.

La depresión de invierno es un asunto peligroso.

El apetito se acrecienta.

Y el televisor es un refugio seguro para evadirse.

—¿Y qué me dices de la plaga de piojos por falta de aseo? —le pregunta la terapista de ojos azules a la conductora del noticiero de ojos azules.

Tienes razón, las autoridades de la Isla tienen que supervisar los hogares de los pensionados, principalmente en aquellos donde viven personas solas…

Y en la parte frontal del escritorio de media luna resalta un texto de grandes letras blancas:

Famille meurt dans un incendie, par un défaut électrique dans l’arbre de Noël…

Me pregunto —cuestiona la terapista, fijando la vista albiazul a la cámara— ¿Qué regalos iban a intercambiar los dos adolescentes con sus padres?  —y tras una breve pausa, agrega—: Después del comercial, les daremos la respuesta…

HEMEROTECA: pro37

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LA VIUDA

soledadq23

La recordó y frente a las dos mujeres repitió sus palabras:

—En Punta Arenas solo hay algo que me llama la atención, muchacho, y es tu sonrisa. Nunca la pierdas…

Elisa recién enviudó y se hizo acompañar de su entrañable amigo Guy Almeida, un poeta uruguayo. Fue quien le presentó a Obdulia antes de abandonar el bar italiano y continuar la farra en un centro nocturno de Hochelaga.

Desde entonces serian inseparable.

La presencia de Renato en su vida fue ocasional. Sus caminatas en el muelle de Los Cruceros hicieron su parte. Tenía cuarenta y seis años; él, diecisiete.

—Vengo por ti en mi próxima visita —prometió al subirse al taxi que la transportaría  al aeropuerto de San José.

Renato le había proporcionado su número telefónico y dirección.

Dos días después, Elisa le habló.

La relación logró cuajar, a pesar de que el muchacho embarazó a su novia y pagó la afrenta ante un juez de lo civil. Lo obligaron a desposarse.

—No lo hagas —pidió Elisa—, voy a ir por ti cuando cumplas diez y ocho años y te voy a ayudar a que obtengas la ciudadanía canadiense y le des un mejor futuro a tu esposa e hijos.

La viuda cumplió su palabra.

Sin embargo, Renato y Elisa, de manera ilegal, se casaron en Costa Rica. Renato aguardó tres años para establecerse en Canadá.

Mientras eso ocurría, continuó intimidando con su esposa. De la relación nacieron dos niños.

Elisa no se opuso a la relación. Después de la trágica muerte de su marido, Ludovico Monteros, en Montreal, afianzó su relación sentimental con Guy Almeida, su contemporáneo y primo hermano de Obdulia.

Guy  leyó el primer relato que Elisa le regaló en su 69 aniversario: Lagrimas de nieve.

Renato lo conservaba.

HEMEROTECA: Minois Georges – Historia De La Vejez – De La Antiguedad Al Renacimiento

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LA GOTA SALADA

soledadq20

El Pelón Cañedo le entregó la IPad a su amigo.

—Léelo, fue lo último que recibí de ella… Son  dos relatos. Tal pareciera que intuía su fin.

Renato, con los ojos irritados por el desvelo, no quiso resistirse ante la insistencia de su amigo. Le extrañaba comprobar que los textos no los enviara  Elisa.

 Nunca había ocurrido algo semejante.

Y obedeció.

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Relato I:

LA GOTA SALADA

Es una respuesta que duele.

La lluvia ha reblandecido la campera y chorrea hasta desintegrar la nieve.

Difícil olvidar el día: miércoles 1 de marzo.

Y saber que los dos —ella y él—, difícilmente podrán reencontrarse.

Le temen a lo suyo: espejos del pasado.

Y así quieren recordarse.

Amapola decidió huir y enfrentar la tragedia de uno de sus hijos.

Por su parte, Perdomo sigue en lo suyo: ayuda a los escolapios a cruzar la calle.

El  viejo jamás se separa de su chaleco-naranja fosforescente.

Y así evita ser arrollado.

Él ha retornado a su cueva de polvo.

Otea antes de encender el televisor.

Los recuerdos escasean.

Jamás recuperará su fulgor de marine condecorado y de mejor bebedor de licor vietnamita, rượu đế.

Ni siquiera recuperará los rostros de las prostitutas famélicas y risueñas que, por uno o dos dólares o un poco de papas y arroz, le hicieron creer que eran felices montadas en su atlético tórax.

Hanoi quedó atrás.

Ahora observa un trozo cuadrangular de plasma, donde un guerejo de ojos celestes le hace preguntas a los actores y actrices, propiedad de la televisora.

Intenta borrarle la consciencia al televidente.

Lo mismo de siempre.

Perdomo no es la excepción.

Y aquí viene lo bueno.

—¿Cuántos kilómetros medirá la muralla que piensa construir Donald Trump en la frontera México- Estados Unidos?

La pregunta del conductor no agarra desprevenida a la actriz de la telenovela Le Fou est heureux, Edmeé Bacichi.

—Tres mil cien kilómetros…

Los aplausos del público, alquilado es evidente, aparecen en un rápido travelling. Logra pescar bostezando a un tipo esmirriado y pálido. No deja de palmear.

La siguiente pregunta en nada complica a los invitados: el asunto de Trump es asunto de los montrealenses politizados.

—¿Cuánto costará construirlo? —lanza Gautier Cambaceres.

Y señala con la mano derecha a los espectadores.

—Quince o veinte mil millones de dólares —afirma  Karim, el actor barbado que hace de villano en la telenovela Arrêtez-Vous de tuer.

El programa poco sentido tiene para Perdomo. Es un reo más de la prisión virtual.

 Sus preocupaciones varían. Por ejemplo, no faltar en diciembre al crucero del placer en Florida, domesticar en el crucero a los automovilistas y proteger a los alumnos de la escuela primaria de la rue Justine.

 En una habitación del Retiro y desde la laptop Amira Morales intenta diferenciar cada recuerdo.  Eso sí, lejos, muy lejos de Perdomo…

…y la nieve.

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HOJA EN BLANCO

soledadq19

Los canadienses con alzheimer dependen de sus familiares, médicos o enfermeras. Deja de funcionar su condición de seres racionales.

Los mueve el instinto.

 Novecientos mil deambulan en el país del maple y en Quebec, la provincia de los francófonos, 335 mil habitantes, en su mayoría ancianos, enfrentan esa maldición.

En Canadá, cada año, los responsables de atender a los enfermos de alzheimer invierten un millón de horas anuales, según cifras de la Asociación Quebequense de Neuropsicología.

Por lo mismo, en ese lapso, el gobierno deja de obtener ingresos por ocho mil millones de dólares.

En el año 2040, la cifra superará los once mil millones y unos 250 mil empleos, de tiempo completo, atenderán, en su hogar,  a las víctimas con esa enfermedad.

  Renato  conocía al dedillo todo lo relacionado al alzheimer.

Momento a momento, Obdulia perdía su capacidad de recordar hechos ocurridos o los nombres de familiares y amigos.

Por lo mismo, le sorprendió escuchar, por teléfono, su voz y ser informado del siniestro en el asilo de ancianos. Su única demanda era el encontrar con vida a Elisa.

El paralegal así quiso créelo.

En realidad fue Obdulia Cordero, la hija de su amiga, quien lo buscó telefónicamente.

El Pelón Cañedo también había experimentado la misma confusión.

Y Renato culpó de tal embrollo a los antidepresivos.

El tiempo recorrido consumía sus huesos y músculos y lo cotidiano terminaba siendo una parodia del olvido.

Incluso, Lola Canseco se lo advirtió a su amiga:

—No confío en el abogado…

—Es paralegal —rectificó María José.

—Lo que sea —reiteró la salvadoreña—, porque el muy pendejo me dejó en el hotel e insistió en hablar con la policía, porque según él, era su esposa la mujer que murió en el incendio de la residencia de retiro. Me dio miedo, porque empezó a gritar y maldecir y preferí quedarme sola en la habitación…

 —Humberto me dijo de ese asunto y debes entenderlo. La anciana fue quien lo ayudó a conseguir la ciudadanía canadiense y le tenía mucha estima. Ella era peruana y su familia pocas veces la visitaba en el asilo de ancianos.

—Pero si era casado, ¿por qué te dijo otra cosa?

En la cafetería, donde las citaron Renato y el Pelón Cañedo, tres ancianos discutían con el cajero, joven y enclenque.

El menos corpulento aseguraba que le habían cobrado  un dólar de más y señalaba insistente el trozo de papel que, minutos antes, le entregó la mesera.

Sus compañeros secundaban sus airados gritos re reclamo.

—No sé qué decirte, amiga —dijo María José—, tu sabes lo que yo sé. Lo conocí en un vagón del metro y lo creí sincero…

—Espero que los hijo e puta no se hayan burlado de nosotras…

La mexicana prefirió no responder y focalizar su atención en lo que ocurría frente a la caja de cobro.

En el establecimiento predominaban los hombres de la tercera edad, en su mayoría hispanos.

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ARRULLO DEL OLVIDO

soledadq17

Obdulia fue insistente. Le urgía hablar con Regino e informarle de la tragedia: el incendio de la Residencia.

—Durante el siniestro —repitió—, Elisa se encontraba en el dormitorio con tres ancianos. Nada sabemos de ellos…

La enfermera se sorprendió por el comportamiento de la paciente con alzheimer. Llegó a dudar de lo que escuchaba.

 —Tengo que hacerlo, necesito hablar por teléfono, señorita Daphnée… Mi amigo Regino tiene que saber la verdad,  conocer sobre el paradero de Elisa… Por favor…

—Déjeme consultarlo con la doctora Deslanreau…

El sol tardaría en arribar a la isla.

En el hospital, aun resonaban los gritos de los pacientes y el personal médico…

La doctora Deslanreau, menuda y nerviosa, entró a la habitación, seguida por una enfermera de ojos oblicuos y tez pálida. Después de checar minuciosamente  a Obdulia, le permitió usar el teléfono para comunicarse con Regino.

El paralegal estaba inscrito en la lista de amigos y familiares con derecho a recibir información sobre los estados de salud de Elisa Monteros y Obdulia Montaño, internas de la Residencia del Sacré-Coeur de Jésus.

Obdulia sorprendió a los doctores y enfermeras.  Lucida, exigía conocer el paradero de Elisa, su entrañable amiga y compañera de cautiverio.

El alzheimer normalmente la tenía sumida en prolongados lapsos de silencio y aislamiento.

Por lo mismo, su hija Morelia optó por internarla en el asilo, bajo el cuidado de geriatras y enfermeras. Sus dos hijos pequeños dependían de su salario.

Obdulia cubría sus gastos de sobrevivencia con los mil quinientos dólares mensuales de su pensión. La anciana era originaria del saladero del Cerro, barrio pobre de Montevideo, Uruguay. Desde su arribo a Montreal, trabajó de peinadora en la industria del entretenimiento de la Place des Arts, sede de seis teatros y un antiguo refugio de escritores, poetas, escultores y pintores de ideología socialista.

El problema neurodegenerativo de Obdulia sacudió a Morelia.

Y no era para menos.

En una ocasión olvidó recoger en la guardería a su nieta de tres años. Presa de un ataque de histeria, Obdulia se encerró en el sanitario de un restaurante. La policía forzó la puerta.

La anciana fue internada en el hospital psiquiátrico Rivière-des-Prairies. Después de una valoración médica, le detectaron la pérdida gradual de la memoria. Terminó en la Residencia del Sacré-Coeur de Jésus.

Elisa, consciente del mal que aquejaba a su amiga, escribió un  breve relato: Arrullo del olvido.

Y Regino y El Pelón Cañedo lo hicieron público.

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ARRULLO DEL OLVIDO

La isla, un mojón de betún remojado y pegajoso.

La gente dando tumbos por las calles, sin preocuparse por el veloz transitar de los automotores.

Lisandro no alcanzaba a divisar la esquina contraria. Era ajeno al momento. El bebé estaba completamente empapado.

El viejo había perdido la memoria.

Lisandro simplemente trotaba bajo la tormenta. Desconocía el motivo de su salida del edificio donde vivía con su hija y el nieto que llevaba en sus brazos.

“¿Por qué precisamente ahorita?”

La respuesta revoloteó en su subconsciente, sin asidero racional.

En la guardería le entregaron al bebé. Un asunto de rutina.

El viejo pensionado era conocido por la ex cuñada de su hija y tenía una autorización escrita para recoger a Aristóbulo dos veces por semana.

Y entonces algo impensable ocurrió.

El viejo, de setenta años, y Aristóbulo, de cinco meses, quedaron al garete. En una ciudad alimentada por la contaminación y las prisas.

Los aguaceros septembrinos hicieron estropicios.

La arquitectura urbana del lado oriente se desdibujó por el chapopote de la oscuridad.

—¡Señorita, señorita, podría ayudarme a cons..!

La mujer negra, bajo un horrendo paraguas amarillo, no quiso escucharlo. Apresuró sus pasos hacia la parada del autobús.

Tres transeúntes adultos y aprensivos, casi los arrollaron. Fueron indiferentes a los berridos de Aristóbulo.

Les urgía abordar el autobús. Era un asunto de vida o muerte. Se trataba de  la última corrida. De no abordar la unidad, tendrían que sacrificar el salario del día en el alquiler de un taxi.

Cada calle de Hochelaga era un arroyo de lodo y espuma pestilente.

Los desechos rodaban hasta los escurrideros del rio Saint Lawrence.

El agua pluvial alcanzó a elevarse medio metro. En su afán de alcanzar su objetivo, la gente chacoteaba sin remangarse la ropa. Les urgía llegar a la comodidad de su hogar y dejar atrás el infierno cotidiano del trabajo.

El reloj de la catedral recordaba con sus golpeteos metálicos el arribo de la medianoche.

Por el fragor de los relámpagos y truenos, la tormenta duraría hasta el amanecer.

Lo prudente era recogerse en el lecho o en permanecer en los locales de trabajo.

Por desgracia, Aristóbulo dependía del abuelo y éste de su memoria.

Paquette, por un asunto amoroso, no dormiría en su cama. Aristóbulo estaba  bajo la protección del abuelo. Lo imaginó en la cuna, vaciando su mamila de leche.

Paquette prefirió no comunicarse con su padre. Odiaba sus consabidos reclamos y maldiciones. Poseía el remedio infalible: regalarle un billete de lotería de tres dólares o una botella de whisky.

Y como la tragedia griega de Sísifo, cada fin de semana la protesta era acallada con pequeños sobornos…

HEMEROTECA: 18 junio 2019TvNotas –

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EL GRAN SUEÑO

soledadq16

No dejes la puerta abierta.

Mercedes no oculta su confusión y arruga el entrecejo.

La puerta estaba abierta. Por lo mismo lo demando, porque me es imposible levantarme.

¿Sigues con el problema de la pierna derecha?

Sí, no puedo moverla, menos cuando duermo de costado.

¿Y qué te ha dicho el médico?

Temo visitarlo. Es la edad la que me mata.

El escritor en casaca y chupa de pana malva estira el brazo. Separa la cortina con el bastón de cedro y punta de caucho.

El cielo marrón ensucia los edificios. Todos tan similares, de cuatro niveles y sin balcón.

No hay tumulto humano, ni comerciantes felices.

La austeridad es evidente.

A  Mercedes le tranquiliza observar el vuelo de las mariposas monarca y el regreso de la lluvia.

No olvides tomarte el medicamente y aléjate del oporto, por favor.

Lo intentaré, lo intentaré.

En el secreter de barniz nogal permanecen encendidos el ordenador portátil y la pequeña impresora láser.

La última hoja mecanografiada aguarda ser corregida en uno de los cajones. Mercedes prefirió esperar. Sus achaques la tienen jodida.

 Por tradición, al terminar de escribir la novela, descorcha una botella de champagne Cuvée Belle Epoque, regalo de su editora, y después destruye la copa.

El elixir del gran sueño es provocado por la planta crotolaria longirostrata o chipilín.

Seguramente su trabajo mejoraría… seguramente.

La habitación es azul y huele a lavanda de sándalo.

Una mariposa negra se ha deslizado bajo la puerta…

Es la muerte.

HEMEROTECA: tv14mayo2019

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MORIR EN EL OLVIDO

soledadq15

Uno puede morir en el olvido o incinerado. No hay problema. Es una decisión personal, no un asunto consensado o colectivo.

La gerontocracia es el mayor mal que debilita a la sociedad. Por desgracia, burócratas inhumanos tienen el absoluto control de los edificios públicos.

—¿Estás segura? —insistió Regino por teléfono, enjabonado y  sin impórtale la presencia de Lola en la tina—. ¿Te lo confirmaron los del Asilo o la policía? ¿Elisa no sufrió quemaduras o daños en su salud?

Regino Oliva dejó el teléfono celular en el lavabo y desnudo salió del baño para encender el televisor.

 Obdulia lo había sugirió. La noticia era divulgada en un flash informativo. En las imágenes aparecían el edificio en llamas y varios bomberos y policías en plena acción.

Una conductora describía lo ocurrido. Informaba que uno de los internos —septuagenario y ex militar de origen sudafricano— era el responsable del incendio.

—Utilizó alcohol industrial que sustrajo de la enfermería para inmolarse en su habitación. Las llamas lograron esparcirse por toda la tercera planta e inclusive hasta el gimnasio… y veintidós ancianos murieron y catorce fueron hospitalizados con quemaduras de segundo y tercer grado. En esos momentos aún se desconocen los nombres, de acuerdo al boletín de la policía. Tres horas después de iniciado el incendio, lograron controlarlo los bomberos.

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En las temporadas invernales, en las casas de retiro suceden accidentes de esa naturaleza.

El jueves 23 de enero de 2014, en un poblado quebequés, llamado Isla Verde —a cinco horas de Montreal, por carretera— treinta dos ancianos fueron consumidos por las llamas. Ocurrieron los hechos en la residencia Havre, donde radicaban cincuenta y dos pensionados y jubilados de ambos sexos.

El asilo privado carecía de aspersores de agua y no funcionaban correctamente los botones de alarma contra incendios.

En el 2016, de los mil quinientos ochenta asilos de la provincia —públicos y privados—,  el cincuenta y tres por ciento enfrenta el mismo problema.

Tragedias parecidas fueron recurrentes en diciembre de 2015, 2016 y 2017.

En enero de 2018, Gatineau no fue la excepción. El hogar de ancianos Sacré-Coeur de Jésus quedó destruido al incendiarse.

El presidente de la Asociación de Jubilados de la Educación de Quebec, Pierre- Paul Côté lamentó lo ocurrido y recordó que en abril de 2017 prevalecían las fallas en el sistema antiincendios en la mayoría de los refugios para ancianos.

—Pensamos que el gobierno se iba a mover más rápido, después de lo ocurrido en la Isla Verde y por desgracia no fue así. Es decepcionante…

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Lola Canseco, envuelta en una toalla, alcanzó al paralegal en la recamara. En la cama, encendió un cigarrillo de marihuana.

Le repugnó ver la desnudez de Regino, pero había aceptado tener relaciones sexuales a cambio de iniciar los trámites legales para obtener el estatus de refugiada política.

El Pelón Cañedo haría su parte con María José, quien le ganó el volado para elegir a su futuro conyugue.

—¿Es grave? —preguntó la salvadoreña e intentó poner cara de preocupación.

—Si —dijo Regino tras apagar el televisor—, hubo un incendio en un asilo de ancianos y ahí se encuentra una amiga entrañable, precisamente la que me envía cartas y relatos en mi correo electrónico.

—¿Le pasó algo?

—No lo sé —acotó—, tendré que ir a la Residencia para conocer el nombre de los heridos y muertos. No creo que pueda obtenerlos por teléfono… Yo regreso en la madrugada…

—Bueno, lo importante es que ya tenemos el material audiovisual para enriquecer el caso migratorio…

—De eso no te preocupes —reiteró Regino y retornó al sanitario para terminar de bañarse.

La laptop del paralegal continuaba encendida.

Lola volvió a leer el texto que Elisa le envió a su amigo, dos noches antes del incendio.

Lo intituló…

EL GRAN SUEÑO

 

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EL CLARINETE

Por Everardo Monroy Caracas

soledadq14

Nos negamos a envejecer, caray.

Lino ya me reclamó por decirle a Teresa que mi cuate es sesentero.

“Es mejor mentir que bailar solo”, protestó.

Los dos optamos por ir al centro nocturno de la calle Ontario y buscar una pareja temporal.

Un par de vejetes solitarios con ganas de divertirse.

En Montreal pululan los viejos rabo verde.

Las mujeres de la tercera edad, llamadas Cougar, tampoco se hacen las modositas.

La mayoría sobrevive en soledad absoluta.

A ningún descendiente sanguíneo —hijos o nietos— le interesa protegernos. Nos envían a los asilos públicos o privados, tras recibir dinero de la pensión.

Le Cheval Blanc es un establecimiento con una enorme pista luminosa, rodeada de mesas circulares y sillas con alto respaldo tubular. Al fondo, sobre un entarimado de madera, media docena de músicos negros hacen rechinar las guitarras eléctricas, la pianola, la batería y el bruñido saxofón.

La polilla cae a lo que da.

Las ancianas y ancianos se han puesto sus mejores garras.

Lino se puso gomina en el cabello, como buen argentino, y mocasines bicolores de charol.

Por el contrario, yo visto pantalones bombachos y saco negro ajustado que logré someter con la ayuda de una faja elástica.

Los veinte dólares donados a la risueña y cachetona mesera, nos permitió allegarnos de una mesa VIP. Nuestro interés es atraer la mirada de las parroquianas ganosas y afines al alcohol.

Es viernes.

Lino tenía la seguridad que la jamona Carmina Calles, de origen antoquiano, daría su brazo a torcer. Sus cincuenta y tantos años los somete con tinturas, cremas y liposucciones y dos suculentas prótesis en su pecho de mulata.

Noche para descarriarte, cargada de Viagra, alcoholes, lociones y perfumes.

Las mejores garras y pelucas para lucir y seducir.

No podía quejarme.

Era el  momento de demostrarle a la concurrencia lo asimilado en mis clases de baile. En mi caso, según madame Ménard, podía defenderme ante los frenéticos acordes de la samba, cumbia y rock and roll o los deslumbrantes ritmos del jazz y tango.

Lino era un maestro en esos menesteres.

Llevaba toda una década asistiendo al centro comunitario para socializar y aprender nuevos pasos de baile.

Desde que enviudó optó por no encerrarse en la tristeza e intentar recuperar el tiempo perdido.

Trabajó duramente durante treinta y cinco años en una sastrería. Sus cuatro hijos lo dejaron solo para que rehiciera su vida afectiva. No los desgastara emocionalmente con sus achaques y exabruptos de borracho.

Nunca hacíamos referencias alusivas al tema. Una manera estratégica de no sentirnos más viejos y desvalidos, de lo que estábamos. Así que los fines de semana, Lino buceaba por los arrabales de Montreal, cazando pensionadas solitarias y despertando en camas ajenas o en bancas públicas, mientras llegaba el amanecer. Odiaba recibir la luz diurna en su habitación, desordenada y apestosa a sudor.

“A ninguna de estas señoras o señoritas les interesa conocer nuestra edad o el cuchitril donde el insomnio nos castiga”, reiteró Lino, después de restregarse con sus ajados y flacos dedos el delgado bigote plateado, de dandi pueblerino. “Lo que buscan es divertirse y echarse una canita al aire. Ellas saben que los viejos somos un desastre y que nuestros departamentos están llenos de cachivaches, botellas vacías y telarañas”.

En esta ocasión la suerte estaba de mi parte.

Una negra bustona y de nalgas como almohadones abandonó su mesa y me abordó sin mucho miramiento.

—Me fascinas como mueves las patas, chaparro, y de la pista de baile te llevo derechito a mi cama. Empecemos socio a desgastar piso…

Y acalorada por los whiskys y derrapes, me dijo que se llamaba Teresa Arantes, descendiente de uruguayos y amazónicos.

De algo no podía quejarme: de su gran apego al clarinete…

HEMEROTECA: 50.Hst.N.g30.abr.19

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CAPSULAS DE FELICIDAD

Por Everardo Monroy Caracas

soledadq13

El dato preocupa.

Cada año, los médicos de Quebec recetan medicamentos antidepresivos a cinco millones de personas mayores de 65 años.

 El Ministerio de Salud, a través de l’assurance maladie du Québec, reveló que el consumo de los antidepresivos creció en un 56 por ciento en comparación al 2010.

En los últimos dieciséis años, la población de adultos mayores se incrementó en un veinte por ciento. Por lo mismo, la dependencia intentó ahondar en el problema y encontrar la causa.

Una de las investigadoras de la Universidad de Concordia, la doctora Anne-Rose Dion Viens, informó en el diario Le Journal de Montreal que era preferible recetar antidepresivos a las personas mayores que ansiolíticos.

—Los ansiolíticos crean adicción y un deterioro cognoscitivo —aclaró—, mientras que los antidepresivos son los apropiados para atacar la ansiedad y los dolores neuróticos.

En Quebec, los servicios médicos son gratuitos. La mayoría de ancianos recurren a las clínicas privadas. Suponen que la atención profesional es mejor.

No es así.

El propio Ministerio de Salud concluye que la población de la tercera edad vive con miedo y ansiedad. Diariamente enfrenta el temor a la muerte y el depender su movilidad física a terceras personas. Al quedar sola y descubrir que cada día pierde facultades musculares, la vista y su capacidad de retener algún recuerdo, entonces opta por dormir o llorar en exceso y tener pensamientos suicidas.

En Montreal es común observar a personas de la tercera edad en los centros comerciales y casinos, bebiendo café o tirando su dinero en máquinas tragamonedas. Son los principales consumidores de billetes de lotería y tarjetones con supuestos premios ocultos bajo una delgada capa de pintura dorada o plateada.

El alcohol y las anfetaminas son sus otras vías de escape.

—El decir adiós a su independencia y a sus pasatiempos favoritos es algo muy difícil de superar para la mayoría de los ancianos— aseguró la doctora Dion Viens.

El problema es mayor.

Los médicos familiares de Quebec, según una encuesta realizada entre 398, prescriben por año de doce a trece millones de recetas de antidepresivos a personas de todas las edades.

—Los estudios lo dicen: hay un alza preocupante de personas con enfermedades mentales en la provincia y además la depresión es una de las principales causas de invalidez en el trabajo— confirmó la profesora agregada del departamento de psiquiatría de la Universidad McGuill, Marie-Josée Fleury.

En la provincia predomina un seguro público de drogas (L’assurance médicament publique). Por lo mismo, no hay impedimento económico o legal para que una de cada siete personas consuma diariamente antidepresivos.

Los quebequés se han habituado a convivir con personas con problemas de esquizofrenia: hablan solas por las calles, parques y plazas comerciales.

Pocos se conmueven de los viejos que pasan largas horas en parques o haciendo sus compras en los supermercados.  Un gran porcentaje tiene problemas físicos para caminar.

Los ancianos que han obtenido una jubilación mayor a los cuatro mil dólares mensuales, tienen acceso a una silla de ruedas eléctrica para desplazarse en los lugares públicos.

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Regino Olivas y Humberto El Pelón Cañedo aman el baile.

El segundo más que el primero.

El paralegal aprendió a bailar salsa, tango y danzón con un propósito: ligar mujeres jóvenes para negar su propia decrepitud.

Elisa estaba consciente del comportamiento de su ex amante. También a su marido, Ludovico Monteros, gustaba divertirse de esa manera. Sentirse el capitán Fausto Consolo (Vittorio Gassman), de la película Perfume de Mujer. Vestía trajes similares al del personaje ciego.

Regino, en su afán de sentirse joven, hacía lo propio: imitaba al actor Al Pacino en el remake del mismo filme realizado dieciocho años después de la primera versión.

Elisa escribió un relato alusivo…

HEMEROTECA: Accion Cine-Video – Enero 2019