Categorías
Sommus

ANQUISES, DE VUELTA

sommus portada-ADIOS CHELITA…/2

Coralillo o Coral o Coralina… o algo así…

—Mirla Coralia… Pero me gusta que me llamen Chelita.

—Disculpe…

Claro, una disculpa en labios masculinos es prevaricar.

Lo supuse al enfrentarme al olvido imperdonable.

Chelita o Coralia podría tolerar equivocaciones. Desde 19…, fecha de su nacimiento, ha cargado en sus espaldas todos los pecados del mundo, menos el arrepentimiento.

Lo explicó en uno de nuestros tantos encuentros:

—Uno camina hacia adelante, siguiendo las huellas de los buenos valores heredados. De no recordarlo, hay quienes lo hacen distinto y les va mal. En mi caso a esos buenos valores los encuentros en el Nuevo Testamento o en mis hijos…

Mirla Coralia tiene risa contagiosa, espontánea. Y esa singularidad me permitió conocerla.

No miento.

En el autobús urbano íbamos los tres sobre un tramo de la rue Bélanger.

Y hablo de tres, porque una mujer de piel negra y robusta la acompañaba.

Ningún pasajero iba de pie.

Mi presencia era irrelevante.

—Nada quiero saber de ese monstruo… —escuché que dijo y echó al vuelo la carcajada.

Un viernes de hielo en Montreal: tarde de disipación o descanso…

Chelita lo confirmó.

—Voy a casa de Alba —se refería a la mujer que iba a su lado— y es posible que pase la noche con ella… pero mañana me regreso…

Las sandalias-oro me permitieron descubrir un par de pies rosados con uñas rojo-burdeo, como sus labios. Muy pulcros.

Los vaqueros resaltaban el poder de sus piernas y caderas. Y la blusa, bajo un tosco abrigo abierto del frente, permitía resaltar un ramillete de rosas multicolor que adornaban la posible delicadeza de sus grandes pechos mestizos.

La carcajada involucionaba en mi pecho extraños misterios.

—¿De dónde es usted? —cuestioné sin darle tiempo a reaccionar.

El dardo la alcanzó:

—De El Salvador… ¿Usted también es salvadoreño?

—No, mexicano…

—Le dije a mi amiga que usted era salvadoreño…

Me halagó saber que entre aquel mar de gente apática o adormecida pude visibilizarme.

Los cazadores de historias intuimos que cada presa tiene un pasado y un presente distinguible.

Coralia no sería la excepción.

Su paso por la isla tambien la enfrentaba a los sinsabores de la soledad y el desamor.

Después me enteraría de su maternidad y de la maternidad de sus hijos.

Coralia era militante de una iglesia cristiana.

Montreal le permitió reconstruirse emocionalmente. Era una hija de la guerra.

Tras fracasar en su primer matrimonio, volvió a intentarlo. Y de su segundo fracaso amoroso quedó embarazada de su cuarto hijo: Irvin.

Tal vez, en los momentos de nuestro encuentro, experimentaba una tercera ruptura. De ahí el llamar monstruo a alguien cercano.

El autobús continuaba su marcha.  Valía la pena no perderla de vista. No voy a mentir. Algo de ella me inquietaba. No solo era su físico.

Desconocía los asuntos de su pasado o la espina histórica, el vertedero causal de tantas lágrimas e infelicidad.

Cada inmigrante latinoamericano escala el continente con sacrificios inimaginables.

Nada le es fácil.

Huye de su país e intenta reinventarse dentro de una sociedad de sordomudos.

Por fortuna, Chelita dejó atrás aquel periplo. Ahora, poseedora de la lengua de Voltaire logró insertarse en el misterioso laberinto de los libros contables de alguna sucursal bancaria o distinguirse como una excelente clienta-deudora.

Yo acababa de hacer mi declaración de impuestos. Era uno más de los enganchados del capital. El exceso de sueño evidenciaba los torcidos vericuetos de una tristeza que peligraba la sensatez de mi espíritu.

Ser Anquises en tiempos modernos tenía ses contrastes. Chelita, como Afrodita, podría anular mi potencial de fauno.

—¿En verdad es su nombre? —dudaba al mencionarlo.

—Sí, es mi nombre: Anquises Loyola, descendiente directo de San Ignacio de Loyola…

Lógico, Chelita era ajena al santoral del padre Butler. Nada le decía el pasado guerrero de aquel vasco del siglo XV. Dejó atrás la espada y la coraza y las cambió por la cruz, el rosario y la sotana.

Mi madre fue una conspicua seguidora del santo.

Y sin embargo, mi mayor orgullo fue al deshilvanar el significado del prenom Anquises.

Chelita reveló que acudiría a un taller de capacitación laboral. Era desempleada.

El Ministerio del Trabajo de Quebec había aceptado apoyarla con mil dólares mensuales, durante un año, para aprender un nuevo oficio, el de chef.

El hospital donde laboraba como afanadora le había rescindió el contrato.

Ni modo, como lo reconoció, tendría que reinventarse dentro del mercado laboral al ser una nueva chômage.

Y admiré su entereza al no dejarse vencer por el infortunio. Era madre de un adolescente. Sus otros hijos eran adultos. No necesitaban de su ayuda económica.

Por el contrario, yo me veía en las espaldas de mi hijo Eneas huyendo de la voracidad de las llamas de Troya.

Cada historia se traza de manera distinta. Los escenarios son distintos, pero las añoranzas se hermanan. Nadie escapa de ellas.

Prohibido no imaginar que en torno a Chelita pululaban personas con angustias similares o peores.

La guanaca intentaba ser fuerte. No hundirse en la desazón o culpar a terceros de sus logros y fracasos.

—Señora —dije al comprobar la cercanía de mi domicilio—, estoy próximo a abandonar el autobús.

—Anote mi número telefónico —demandó sin soltar mi mano.

—Dígalo —pedí sin solar su mano.

—¿No se le olvida?

—Póngame a prueba…

Y Coralia liberó diez números de su hermosa boca de labios burdeos.

VIDEOTECA:

HEMEROTECA: Las Revoluciones Necesarias Para America Latina

 

Categorías
Sommus

ADIOS CHELITA…

sommus portada-

SUEÑO 35

1

El malestar pasa a segundo término si la lluvia te permite cruzar la calle. Es posible que me saludes sin dejar de sonreír.

 Eres deslumbrante.

Lo sabes Chelita. Tu pantalón blanco, ceñido a las caderas y piernas, poco deja a la imaginación.

¡Vaya que tienes lo tuyo! Difícilmente los hombres son ajenos a tu paso.

Tus gafas de armazón plateado ocultan el relumbre de tus iris de miel y parte de tu nariz de princesa españolada… y esos labios magenta, vampirizados.

—Es lo mejor que pudo pasarme al conocerte —dices y la abrazas, intentándole robar algo de resuello para oxigenarte con sus exhalaciones de almendra y copinol.

Es salvadoreña, de Ciudad El Triunfo, lugar donde durante la segunda semana de marzo, el rostro de Jesús —impregnado en sangre— es motivo de jolgorio y oraciones.

La piadosa Verónica, enfundada en ropones negros, jamás imaginó que su presencia en la Vía dolorosa de Jerusalén, trastocaría la tranquilidad de un pueblo azolado por la pobreza y violencia.

Tú, Chelita sin apellidos, has de saber que desde 1854 los usulutandeses de Ciudad El Triunfo esconden su miedo en el templo parroquial del Divino Rostro. Ahí, frente al parque, donde tantas veces perseguiste balones de cuero al salir del colegio.

Te veo comer pensativa, evocando el pasado y redescubriendo en plena calle, tras el grueso cristal del restaurante  La Morsa, al hombre que ha alterado tu tranquilidad. El mismo inquilino del medallón dorado que no deja de observarte, pero que debe continuar con sus enjuagues de paisa productivo antes de enfrentarse a la realidad doméstica.

En el platón blanco, irremediablemente el pollo portugués empieza a consumirse y deja de tener sentido en aquel lugar de locos, donde los parroquianos disfrutan de un partido de fútbol europeo.

Tú has escogido el restaurante en la Saint Michel y no me opuse.

Lo mereces.

—Vengo de comprar un pantalón, pero voy a cambiarlo —me confías—. Debe ser blanco, no negro… Es para un hijo…

Te dimensioné en traje de baño, brincando sobre las rocas del  Salto del Brujo, en Sesori, donde un comando del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional atacó al pelotón de soldados.

Una hora después, las aguas de la cascada cambiaron de color: dejaron de ser transparentes y espumosas y se tornaron rojas, muy rojas, como el paño de la Verónica de Jerusalén.

Es difícil meterme en tu cabeza.

Eres madre soltera. Desde hace dos décadas dejaste de ser salvadoreña.

Tu lengua ahora es galesa por necesidad y vives esclavizada al trabajo.

Las deudas en esta isla de consumo te obligan a no envejecer. Te han transformado en una máquina de dinero.

La laguna de la Alegría no volverá a ser tu hábitat, menos las entrañas del volcán Tecapa. Su testa ennegrecida, colmada de azufre y humaredas, amenaza borrar el manto verde turquesa de los alrededores.

—Eres muy guapa y lo sabes —digo y ríes.

No lo digo para seducirte. Solo festino a mis soliloquios.

Estoy consciente que amas a otro hombre, sigues marcada por tus relaciones amorosas fallidas.

No importa. Intentaré descifrar tu vena deportiva: el saber que tarde a tarde ocupas un gimnasio privado para vencer al sobrepeso.

—¿Por qué no te pintas el pelo? —cuestionas al mirar mi barba de papá Noel.

Me abstengo de revelarte ciertos secretos de Dorian Grey. Te aburrirías.

Y te musité un poco con desaliento:

¿para qué?

Y sigo en lo mío, escudriñando tu entereza de ocelote-hembra.

Tal vez nunca escuchaste el nombre de Armando Rodríguez Portilla, tu paisano. No importa.

Te diré: fue periodista y poeta de Usulután. Desafortunadamente se suicidó a muy temprana edad.

Sin embargo, Chelita, en uno de sus tantos sonetos, escribió sobre tu tierra:

Bajo un sol matinal de primavera/que de áureos toques el follaje borda,/se abre la arada en la gentil pradera,/junto al torrente bramador que asorda.

Se apoya el labrador en la mancera/del tosco arado, y con la yunta gorda/va despojándose la ubérrima ladera/que en negras floraciones se desborda.

Detrás regando la simiente, a pasos,/sobre la amelga de fecundos trazos,/va el fornido gañán de anchas espaldas,/mientras cruza los ámbitos sonoros/gárrula banda de fugaces loros/como un collar de verdes esmeraldas.

El platón con pollo portugués se ha vaciado.

Y llegó la hora de despedirnos.

Mi vecino de mesa tuvo la generosidad de llevarte en su automóvil a tu departamento. Desde la ventanilla observé tu ágil ascenso por los escalones. De inmediato desapareciste en una puerta como un hermoso ocelote-hembra de Usulután.

Y dejaste tras de ti una mágica fragancia de bálsamo y el embrujo rosado del maquilishuat.

VIDEOTECA:

Categorías
Sommus

LORD SPENCER

sommus portada-SUEÑO 34

Declaro la independencia de la imaginación y el derecho del hombre a su propia locura.

Salvador Dali

Y al introducirse a la realidad recuperó el olor y el color plomizo del entorno. Y no entendió el por qué estaba ahí; el propósito. Tan distinto a lo ocurrido cada vez que despertaba y agradecía —a quien quisiera escucharlo— por seguir en el trajinar diario y con un buen recaudo mental.

En aquel espacio de muros encementados sin cernir de inmediato ubicó un mobiliario singular de madera tosca: mesa, buró y una silla de alto respaldo. Y sobre la mesa, un grueso folder crema con hojas sueltas garabateadas. Ningún respiradero o luz natural.

El lugar no le fue desconocido. Era tan similar como la estrecha recámara que, durante su infancia, compartió en los suburbios miserables de Londres con su madre y Wheeler. Hasta el olor a papas hervidas le pareció familiar.

Tenía hambre y dolor de cabeza.

—Beba un poco de café, le relajará, señor Spencer…

La imagen llegó al momento de girar la cabeza hacia la puerta. Una evocación con rostro, voz y volumen. Podría describirlo como un ser servicial, delicado de maneras, pulcro, ojeroso, cejudo, orejón y lampiño. De extraño vestir y animo exultante.

Tal vez su error fue deshacerse de Madeleine después del espectáculo.

Necesitaba un poco de libertad, algo de espacio —y sin constantes reproches— para beber un poco de whisky o el chupetear un buen puro caribeño.

Y entonces en la furgoneta apareció el hombrecito de maneras delicadas, podría decirse hasta femeninas. Junto al pocillo de café vaporante cargaba, en la otra mano de uñas largas y barnizadas, un frasco de pastillas.

Charles Spencer no puso objeción. Mezcló el café con whisky y se tragó dos pastillas.

Cuando su consciencia se fue al traste solo portaba una camisa blanca de cuello alto y almidonado y los pantalones anchos deshilachados de las asentaderas.

Y aún conservaba las largas pestañas, el bigotillo de mosca y parte del maquillaje.

Al incorporarse descubrió en el piso de losetas otros complementos del atuendo: el bombín, el bastón con mango de caña de bambú, los zapatones con las puntas levantadas, la corbata, la chaqueta y el chaleco negro.

 Westcott fue el responsable de meterlo en aquel embrollo.

Madeleine nunca estuvo de acuerdo del viaje. Duramente cuestionó su decisión de incorporarse al Ejército de Fred Karno y hacer presentaciones en Quebec.

—Sigamos en Paris —sugirió ella—, Aquí gansas lo suficiente y hay mucho trabajo. América debe esperar un poco…

—El cine está en Norteamérica —le recordó Spencer—. Es el futuro. El teatro es efímero, ma belle petite sorcière.

El Gobernador, como llamaban a Westcott, sería la llave para abrir el cerrojo del éxito. Primero tendría que hacer méritos, trabajar duro, antes de llegar a California.

La gira en Canada duraría tres meses —de marzo a junio— y al término retomarían sus presentaciones en los suburbios de Nueva York y algunas pequeñas ciudades de Vermont.

1912 sería su mejor año.

En plena gira, el 16 de abril tendría un breve respiro en la comunidad quebequés de Sherbrooke. Festejaría su cumpleaños treinta y tres. Lo haría al lado de Madeleine, Westcott y un par de actores de la compañía.

Todo se desvaneció una noche antes. Y fue por la presencia del tipo amanerado vestido como un trapecista o bailarín de vodevil. Los planes de relajarse con su amada y cercanos se fueron al traste.

Nunca debió confiar en personas extrañas, ajenas al espectáculo, como recomendaba su madre cuando la visitaba en el hospital mental de Cane Hill.

Sin mucho esfuerzo abandonó el camastro. Involuntariamente su mirada se detuvo en la caratula del folder crema.

Leyó:

Para el señor Charles Spencer. Los escribí en homenaje a su talento. Espero le sean de alguna utilidad.

Y comprobó que el folder guardaba un centenar de breves obras de teatro escritas en tinta roja y protagonizadas por el vagabundo Charlot que él representaba en los vodeviles. Cada historia tenía un título: Ganarse la vida, El vagabundo en una carrera de autos en Venecia, El extraño predicamento de Mabel, Atrapen al ladrón, Entre duchas, Una película de Johnny, Los enredos en el tango…

Unos crujidos repetitivos hicieron que detuviera su lectura. Sin meterse los zapatones caminó hacia la puerta. Sin soltar el pomo de la cerradura la abrió lentamente.

Y al levantar la vista descubrió alarmado el origen del ruido: un hombre colgaba del cuello bajo la viga central. Era el mismo hombre que en la furgoneta le regalara café y dos pastillas para dormir.

El viento de abril lo mecía amorosamente sin importar su desnudez.

HEMEROTECA: TELE25feb20

VIDEOTECA:

Categorías
Sommus

ETERNO LAMENTO

sommus portada-SUEÑO 33

En el muro pende un pizarrón de madera prensada. Las espinas de rosal sostienen pequeñas hojas de papel crema con textos de tinta azul. Parte del material escrito en letra manuscrita revela el contenido de una propuesta literaria.

Gran close up de una hoja:

 De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban.

Voz coral en off:

Viento de invierno

Deja de silbar

Tu lamento eterno

Ensombrece al mar…

Risas y gritos. Y un lento paneo lateral presenta otra hoja de papel crema:

Los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos.

Voz coral en off:

Tu gélido aliento

dibuja en el cielo

el pico sediento

del cóndor de hielo.

Fresnos y oyameles

altivos tiritan;

Ya no los desveles

calor necesitan.

El paneo permite visualizar el contenido de otra hoja de papel crema:

…partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón.

Voz coral en off:

Viento del invierno

deja de silbar

tu lamento eterno

ensombrece al mar.

La cámara prosigue su marcha y registra el texto de una nueva hoja crema:

La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos.

Voz coral en off:

Mírala llorar

tu canto barrena

el triste rodar

de la luna llena.

En la soledad

deambulan los viejos;

¡No tienes piedad

Anuncias cortejos!

El paneo sigue y la cámara enfoca la siguiente hoja de papel crema:

…veo que estás sumido en la amargura de la hiel y envuelto en los lazos de la iniquidad.

Voz coral en off:

Viento de invierno

deja de silbar

tu lamento eterno

ensombrece al mar.

Viento de invierno

Deja de silbar

Tu lamento eterno

Ensombrece al mar.

Un zoom back permite recuperar la toma inicial. Y entre más se aleja la cámara es posible descubrir la cabeza entrecana de un hombre de espaldas sentado en un taburete, frente a un escritorio secreter de nogal crudo. Viste camisa de mangas bombachas y casaca de terciopelo azul turquesa. Una chupa escarlata yace en el piso junto a sus calzas albas de algodón y zapatillas oscuras con lengüeta y habilla dorada.

Del lado derecho sobresale un tintero sin tapa y un libro abierto con diminutas letras de molde. Es grueso y con pastas negras.

El hombre anota en un trozo de papel crema con su pluma de cisne:

 ¿Quién podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es arrancada de la tierra?

Y al término de la anotación, el hombre cierra el volumen. En la tapa negra y en grandes letras blancas se lee:

Hechos de los apóstoles

La voz coral ha cesado, pero se sobrepone el ulular del viento.

La toma se oscurece y aparece un texto en letras blancas:

Los que me acompañaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba.

Saulo de Tarso

HEMEROTECA: A libro abierto – John Huston

tele 18 feb20

 

Categorías
Sommus

DANDO TUMBOS

sommus portada-SUEÑO 32

Polvo de la nada. Idea sin sostén.

Angustia.

Duermes así.

Y te despiertas de la misma manera.

El entorno de arcilla y mampostería escapa de tus manos.

El perro ovejero salta, corre por la pradera y al verte zangolotea la cola y por el peso casi te vas de espaldas.

La edad es imprecisa.

Y es cuando aquel tipejo del bigote grueso petrolizado con puntas caídas, lanza denuedos.

—Y por ello ¡buena compañía, la compañía de nosotros!, ¡o soledad, si es necesario!*

Inexplicable actitud. El saco frac tiene el cuello desteñido por el uso. Ni el corbatín parece resaltar su garbo. Es un filósofo destronado.

Joie me lengüetea el rostro. Me extraña su comportamiento.

No ve lo que yo veo.

El asceta de frac negro sigue bajo la enramada del olmo deshojado.

Y repite:

—El sacerdote es el que modifica la dirección del resentimiento…*

Ni una oveja aparece en los montículos de grama dorada, pajuna. El horizonte es desigual por la cordillera pelona metida en un cielo metálico, sucio.

—¡Basta! —le ordeno al animal—. Me molestan los gritos de ese hombre de rostro de medialuna.

Joie no cesa en sus arrumacos. Tal vez supone que sacaré del abrigo un trozo de hueso o croqueta.

La soledad es bendita, según el asceta. Los guerreros deben imponerse a los débiles. La compasión es flaqueza.

La iglesia, sea cual sea —insiste— pare entes castrados.

El pathos de los inútiles.

Recita:

—Todas las grandes religiones han consistido, en lo esencial, en la lucha contra un cierto cansancio y pesadez convertidos en epidemia.*

Poco importan sus reclamos, cuando he perdido el rebaño de ovejas. De su lana y carne sobrevivimos. Ni una colina cercana puede garantizar su permanencia. Es alarmante, en febrero, la escases de pastura fresca.

—¡Quédate quieto, Joie! —ordeno y el animal obedece.

El asceta de frac oscuro descansa sobre el tapiz de hojas doradas reclinado en el tronco retorcido del olmo. Me observa con sus ojos de yesca, impenetrables. Temo que nos pulverice.

Sus borceguís están impolutos, sin raspaduras. Mi inquietud se acrecienta. Me pregunto:

¿Cómo pudo sortear los charcos y el  lodo que invade el erial de invierno?

¿Es un alguien inmaterial? ¿Un iluminado?

Y su retahíla, el colmo. Ahora en francés:

—L’habitude d’admirer 1’inintelligible au lieu de rester tout simplement dans I’inconnu.*

Tan fácil decir: el hábito de admirar lo ininteligible en lugar de quedarse simplemente en lo desconocido.

—Vámonos de aquí, Joie, amigo —pido y mi noble compañero de cuatro patas y pelo cian, como el agua caribeña, agacha la testa, resuella con mayor fuerza y me sigue.

Y en esos instantes, mientras el asceta del grueso bigote reclama su derecho de odiar al débil, reinicio la marcha. Alguien me aguarda en el bohío.

No dudo que aquella mujer de mirada celeste, una tal Elisabeth Förster-Nietzsche, proveniente de Weimar, insiste en preguntar por un hermano perdido. Tengo la corazonada que se trata de un ladrón ovejero, de sangre germana.

Todo es posible en esta tierra azolada por la sequía.

Y aun así, alejado del fantasmal álamo, su potente voz retumba en la pradera:

—El hombre, el animal más valiente y más acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimiento: lo quiere, lo busca incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para-esto del sufrimiento.*

Y estoy de regreso en la habitación. La nada es semejante a la muerte.

Tengo hambre.

*Textos tomados del libro La genealogía de la moral, de Friedrich Nietzsche.

HEMEROTECA: La genealogia de la moral – Friedrich Nietzsche

Categorías
Sommus

ENTRE CUERDAS

sommus portada-Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar.

Jose Luis Borges/El hacedor

 

Una persona que tiene aura (gracias a un buen cirujano plástico) llama la atención.

Es singular.

Se puede observar en el instante de internarse a cualquier lugar concurrido.

No eres solo tu quien lo confirma. Existen otras. Y principalmente del sexo opuesto. Sin disimular su interés, alteran la posición de la mirada y toman consciencia de la presencia de ese ser extraordinario.

La dama que provocó tal interés era una joven de falda corta y suéter rosa de angora, muy semejante a Nicole Kidman en su personaje übersexual de la película El chico del periódico. Y parecía deslizarse por el vestíbulo. El botones se esforzaba por alcanzarla, a pesar de solo arrastrar un pequeño veliz con cinchos plateados.

Hubo murmullos.

En veinte minutos reabrirían la galería. El diputado Adriano Dórico cortaría el listón inaugural, a nombre del Primer ministro. Hubo reticencias, por ese detalle.

Un hispano asumía la responsabilidad política de un quebequés de cepa.

La obra pictórica de Séraphine Maryen no lo merecía, de acuerdo a la óptica del rubio gerente del hotel.

El anuncio se hizo a última hora.

La directora del Institut des Beaux-arts de Montréal, mademoiselle Claudina Onagán, de sangre inuit, aprovechó la oportunidad para allegarle el poder mediático a su amante.

No se trató de un hecho fortuito.

El Primer Ministro, Henry Thibergue fue puesto a prueba por la estudiante de la escuela de derecho de la Universidad de Quebec.

—Cedo, pero cede usted o no hay trato… —exigió la estudiante por teléfono.

El avezado político de fuerte personalidad estaba sorprendido. La bella estudiante no tardó mucho en responder a su invitación.

 Mademoiselle Onagán lo acompañaba a la salida de la universidad, donde aguardaba la limosina.

Thibergue quería estar al tanto de la ceremonia inaugural en el Salón rojo del Hotel Repos Heureux. Sus diferencias políticas con el artista libanes Assim quedarían subsanadas de asistir a la exposición de la obra pictórica de su pareja.

La comunidad árabe tenía mucho peso político en la provincia.

Thibergue estaba entre las cuerdas.

La chica, de la que podría ser su padre, lo puso en un dilema. Posiblemente Clementina tenía la misma edad de su hija menor. Pero el pensarlo no lo arredró. Por el contrario, podría ser su oportunidad de pasar un buen fin de semana.

—No cambies el programa —le precisó a la funcionaria—. Haré todo lo posible por estar ahí. Por lo pronto, reserva una habitación en el hotel para esta noche, porque de Montreal viajo a Hawái.

Mademoiselle Onagán asentó con la cabeza. Y lo festinó en su interior. Sin duda, el plan lograría materializarse.

Clementina Buade hizo espléndidamente su parte. A pulso se ganó los veinte mil dólares prometidos. Inquietó al Primer ministro, a pesar de ser un ferviente católico y un ejemplar padre de familia.

Y no era para menos.

Su rostro oval y atractivo, armonizaba con los implantes mamarios, piernas y trasero. La cabellera negra y abundante era una cascada sedosa que resaltaba el color rosáceo de su piel y el verdor intenso de las iris.

De todas las estudiantes de derecho, concentradas en la aula magna, Clementina era la más alta, curvilínea y atractiva. Por sugerencia de mademoiselle Onagán, el rector le dio la encomienda de recibir al alto dignatario a nombre de la comunidad estudiantil.

Y lo hizo sin inhibirse e improvisando el discurso, a escasa distancia del invitado.

Otro tanto abonó el Hypnotic Poison de Christian Dior que le bajó la guardia al invitado.

—Una profesionista de su talento —le dijo el Primer ministro al término de su intervención— merece colaborar muy de cerca en mi gobierno.

—Póngame a prueba, Primer ministro…—ofreció la estudiante.

    —Tenga —respondió Thibergue y le entregó el folleto promocional de la obra plástica de Séraphine Maryen —, háblame cuando lo crea conveniente. Ahí anoté el número de mi teléfono portátil. Personalmente lo contesto…

Y fue en la limosina gris donde convenció a Clementina de acompañarlo a su viaje de descanso en Hawái. Lo hizo en el asiento trasero y antes de vaciar su segundo vaso de whisky.

 —No te preocupes —dijo para corresponderle a la estudiante—. No cortaré el listón de la galería. Pasaremos la noche en Montreal y partimos en la madrugada a Molokai, no a Honolulu. Y no traigas ropa de playa, allá te compraré todo…

VIDEOTECA:

Categorías
Sommus

EL CLAN DE LOS SOÑADORES

sommus portada-SUEÑO 30

El joven, de origen chino, hizo unas muecas a la Joker cuando recibió los tres dólares. El costo de una caja con doce cocacolas de lata.

—¿Cuándo termina la oferta? —pregunté en francés.

Dije algo así como ¿Quand l’offre prend-elle fin?

—La bonne question devrait être —respondió el chino echando lava por los ojos—, ¿pourriez-vous me dire quand l’offre se termine, s’il vous plaît?

O sea, La pregunta correcta debería ser, ¿Podría usted decirme cuando finaliza la oferta, por favor?

Y agregó en castellano:

—Con un poco de práctica se logra hablar correctamente el francés.

—Muchas gracias por la clase —dije sin dar muestras de incomodidad.

Era la primera vez que visualizaba al chino tras el mostrador del Couche Tard,  un pequeño supermercado que abre las veinticuatro horas.

—¿Usted vive en el edificio de enfrente, verdad?

—Así es…

—Siempre veo que lo buscan. ¿Es terapista?

—No, descifro sueños…

Y decía la verdad. Desde los trece años leo los residuos del café.

—Lo buscaré —dijo enseñando sus grandes dientes.

—¿Sueña mucho?

—Demasiado y hay imágenes que son muy recurrentes…

—Dígame una, al fin no hay clientela…

Claro, por la hora. En doce minutos serían las dos de la mañana.

—Que mi líder espiritual camina a mi lado y me repite que es amado por la gente.

—¿Aquí en Montreal?

—No, no, en Nantong, cerca de Shanghái. Ahí nací y lo mismo pasó con mis ancestros.

—Es posible que añore a su maestro —resumí con simpleza.

Montreal es una isla poblada de nostálgicos.

—El asunto fue que una mujer apuñaló al Maestro. Y me lo dijo, porque yo no me di cuenta. Sangraba del costado y empecé a pedir ayuda. La gente nos veía y se burlaba. Tuve que cargarlo y caminar un largo trayecto hasta llegar a una escuela militar. El edificio era un gigantesco cubo gris rodeado de grama muy verde y cerezos en flor. Los cadetes tampoco se interesaron por mi Maestro. Antes de morir, me dijo: El odio no es un impedimento para compartir. Por el contrario, es la primera semilla de amor.   

No era la primera vez que alguien soñaba con una persona cercana apuñalada. Un mexicano, Guillermo Rivas, del departamento 14, me contó una historia parecida. Lo mismo la nica Teresa Vivas, la del 17.

Y un asunto más grave. Yo mismo he experimentado pesadillas donde mi padre muere en mis brazos, después de ser apuñalado por un desconocido en un centro comercial.

Y ahora Gao, el chino tendero. Era uno más del clan de los soñadores aprensivos.

No lo dudé. Después del alba, haría una cita con mi psicoanalista asignado por el Ministerio de Salud.

Y concluí:

Su respuesta podría ser multiplicada con mis clientes y ganar plata.

Ser un esquizofrénico tiene sus ventajas.

VIDEOTECA:

Categorías
Sommus

TOÑITA, LA VECINA

sommus portada-SUEÑO 29

Da gusto hablar con Toñita Zuluaga. Me entretienen sus ocurrencias. Es una hondureña de rancho, derecha y solidaria con sus amigos.

Su cususa es artesanal, hecha a base de caña de azúcar y maíz. El aguardiente raspa y afloja las piernas, después de la quinta copa.

Llevo tres buenas raciones, pero el buen ánimo sigue arriba.

Toñita es mi vecina. Tiene su departamento en el cuarto piso, dos arriba de donde está el mío.

Una vez al mes, me llama por teléfono para invitarme a probar su menjurje, recién elaborado.

Yo jamás tomo la iniciativa. Es lo prudente.

Si terminamos empiernados, es porque ella tomó la iniciativa.

Su ventaja de ser quebequesa.

Aquí, en Quebec, la mujer se ha empoderado. Puede darse este tipo de lujos.

No es una madona con sinuosidades físicas que imanten al sexo opuesto.

Tiene lo suyo y sin quejas.

De Toñita me seduce su carcajada franca, su pulcritud y su trasero del trópico hondureño.

Mi prudencia le atrae. No mi barriga gelatinosa, de tragón de hamburguesas y cerveza.

—Tú nunca preguntas asuntos que no te incumben —dice después de nuestro encuentro de cama.

Relajados y en cama compartimos el habano y la jarrita de cususa.

Estas son algunas de sus puntadas.

Y he sido cuidadoso en registrarlas para un uso futuro.

—¿Y ese loro por qué ser más caro si está viejo y desplumado y los otros ser bonitos y saber muchos idiomas? —preguntó el gringo.

—Sepa, pero los otros loros le dicen Jefe.

—Así es Atilano, no hace nada, pero todos en la oficina le dice Jefe.

Risas.

A Atilano, el jefe de la policía judicial,  en nada le satisfizo la alusión.

+++

Coco Gagarin la llamaba la Mata Hari.

En un principio creyó que era un insulto y le enojaba. Tardó veinte años para conocer la verdad.

Terminó admirando a Margaretha Geertruida Zelle.

La muy zorra, amante de generales ingleses y franceses, terminó en el paredón y en un cementerio de Vincennes.

No era el caso de ella, a pesar de ser amante del capo Raúl Sodia y amiga de policías judiciales.

Nunca mezcló una cosa con la otra. Mantuvo los secretos a distancia.

+++

Un hombre tenía dos novias: una hermosa que nada sabía hacer y una fea de gran talento musical.

Le preguntó a un amigo:

“¿Con quién me caso?”

“Con la fea”, le sugirió. “La otra perderá su belleza y su encanto. La fea no, siempre estarás prendida de su voz. Al cantar encontrarás la verdadera belleza, porque eres un melómano”.

 Después de la noche de bodas, al amanecer, la observó. Roncaba y babeaba. Horrorizado, la agarró del cuello y empezó a estrangularla:

Canta, hija de la chingada, canta”, insistía el desgraciado.

+++

Beni La Burra, siempre montaba un jumento de pelambre oscuro. Cada fin de semana visitaba a su novia.

—El domingo no voy a poder venir con usted a platicar, porque voy a tener diarrea —en una ocasión le dijo a Lola Páez.

+++

Tantas historias han escuchado los cuatro muros blancos de nuestro encierro temporal. Toñita es muy singular.

HEMETOTECA: tele70120

Categorías
Sommus

100 DOLARES

sommus portada-SUEÑO 28

El pasado te impide ser feliz. Cada recuerdo se desdibuja y contamina.

Debes aislarte.

Todo quedó atrás.

Éxitos y fracasos terminaron envueltos en sábanas blancas, impregnadas de formalina, alcohol y glicerol.

De cabeza a pies, taponeados con algodones oídos, narinas y boca.

Tu habitación es una caverna mortuoria.

Nictofobia, no.

Agorafobia. Eso es, agorafobia.

Repites la palabra, mientras te desplazas del baño a la cocina.

Rema dejó un mensaje en la contestadora:

—¿Tío, es posible que me prestes cien dólares para cubrir el pago de mi renta?

Es fin de mes, lo recuerdas.

No tienes idea qué comerás.

Tienes suficiente arroz frito con cilantro, chile morrón y ajo.

En la alacena conservas seis latas de sardina y media bolsa de lentejas.

Por la edad —sesenta y cuatro años— es difícil encontrar empleo. Sobrevives con la ayuda social —725 dólares mensuales— y los bancos de comida.

Marguerite, tu gentil vecina, te ha invitado a recoger botellas y botes de aluminio. En el solar de un amigo esconde dos carritos de supermercado.

—Con doscientas botellas diarias —te ha dicho pelando su seca encía superior—, te allegas veinte dólares, que en un mes, son seiscientos… Lo de tu renta…

La oferta, por momentos, es tentadora.

En once meses, precisamente el 9 de octubre, celebras tus sesenta y cinco años. La edad requerida para recibir la pensión por vejez.

El detalle llegó a oídos de Geoffroy, el vecino del 7. Es un periodista exiliado, septuagenario y muy aporreado del cuerpo por sus excesos de alcohol.

Mexicano de origen.

Es común encontrarlo en los pasillos, rengueante y con sus anteojos estrellados, montados en su nariz de cotorra. Es un remedo de Popeye, por su cara chupada, sin gruesos bíceps y traje de marino.

—Me las he visto peores, viejo —te dijo al recoger su periódico del buzón—. Los meses se pasan rápido…

—No entiendo de qué me hablas… —fue  tu respuesta.

—Bien que lo sabes, bien que lo sabes —repitió y al iniciar el ascenso por la escalera, giró su carota de media luna y agregó en voz baja—. No entiendo por qué seguimos aquí, robando oxigeno…Debería ser obligatoria la eutanasia para viejos pendejos y abandonados…

Rema es la única persona allegada a ti. Es huérfana y tiene dos hijos, aun pequeños. Su marido sigue en prisión, por un lio de cantina: casi degüella a un quebequés por un asunto de faldas.

El dinero siempre escasea.

Rema trabaja ocasionalmente en una compañía de limpieza. Le pagan a la negra. Es un medio ilegal para no declarar ingresos ante el fisco.

Piensas hablarle por teléfono antes de meterte a la cama. Recordarle que tú también eres un sobreviviente.

Cada fin de mes, la angustia se repite.

En San Salvador fuiste ministro de iglesia. Pregonaste una verdad, sembraste esperanza, compartiste fe…

Tu error fue oponerte al régimen y no tener veinte mil dólares. Después de secuestrarlos, asesinaron a tu esposa e hijo. El odio y el miedo contaminaron tu sangre.

Rene-Robert Morel, el cuáquero de Santa Tecla, intervino. Te sacó del país. Eras un lastre. El alcohol y el opio te brotaban por los poros. Terminaste en Montreal, en el departamento alquilado de tu cuñada y su marido canadiense.

Te alejaste de Dios.

Desde entonces nada te importa.

Por tu pasado religioso, el que te opones desenterrar, el gobierno de Quebec acordó apoyarte económicamente.

Tu cuñada murió de melancolía, tras el deceso de su marido. El departamento lo heredó Rema.

—Tio, voy a vivir aquí con mi familia —te avisó en la primera semana de mayo.

No pusiste objeción.

El esposo de Rema, un brasileño algo descocado por sus adicciones, convenció a un amigo para que juntos rentaran un departamento de una recamara. Cada uno pagaría trescientos dólares mensuales.

Te advirtió:

—Don Manuel, el único requisito es que usted será el titular del contrato de renta por ser ciudadano canadiense, porque Sebastiao es ilegal…

Dos años después, tuviste que cubrir la totalidad del alquiler.

Sebastiao Freitas fue deportado. La policía lo arrestó en un bar, durante la gresca del marido de Rema.

La voz de Rema, horada, te duele hasta la entraña…

¿Tío, es posible que me prestes cien dólares para cubrir el pago de mi renta?

 En esta ocasión, sin proponértelo, al tirarte en la cama, repites mentalmente un breve texto del Libro de Job.

Volverás a confiar, porque tendrás esperanza y rodeado de paz podrás dormir tranquilo…

Aun supones que tu fe continua estando a prueba.

HEMEROTECA:pro29dic19

Categorías
Sommus

NOCHES BLANCAS

sommus portada-SUEÑO 27

Noches blancas sin Dostoievski en el edificio.

Fiódor tardará en recuperar el habla. La epilepsia, como consecuencia del accidente, hace estragos en su salud mental. El médico no descarta daños irreversibles en el cerebro, de no operarse.

—Olvídate del convivio, Serge —aclaré—. Mientras Fiódor no mejore, queda descartado el convivio…

Las penas consumen a Cristian.

Fiódor es su mejor amigo. Los dos prestaron sus servicios en las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa, durante la guerra civil de Afganistán.

Kundera insiste en llevarle la contraria a su padre. Casarse con la viuda del Seis, comprometida con el inquilino del Uno, suscita reclamos de los otros vecinos.

Fiódor Dostoievski sigue hospitalizado.

Nuestro vecino, el 23 de diciembre del año pasado sufrió una estrepitosa caída al trepar a una silla. Intentaba colocar la Estrella de Belén en la cima del pino.

Un tipo de noventa kilos y con problemas reumáticos se dejó llevar por la vanidad. En esas condiciones, la silla cedió y sucedió lo que sucedió. El golpe fue en el cráneo.

Madeleine nunca se ha separado de Fiódor Dostoievski. Dos veces por semana va al hospital. Habla con él, sin recibir respuestas. Le lee cuentos de Bradbury y Julio Cortázar, traducidos al francés.

La epilepsia es muy recurrente.

He metido mi cuchara, en un afán de evitarle mayores pesares al viejo. Cristian es apreciado por mi familia, no solo nos une la buena vecindad. En dos ocasiones, nos ha sacado de apuros por falta de dinero.

 Los fines de semana, Kundera me ayuda en el secado de carne. Es quien la corta en largas tiras y la sala.

Elendur lo aprecia. Físicamente son muy parecidos, por su apego al deporte y a los videojuegos. Lo mismo por la edad.

Únicamente el color de la piel los distingue. Mi hijo es moreno, casi negroide, y Kundera, blanco.

La viuda es joven, a pesar de estar sola desde hace seis años. No ha perdido su lozanía y belleza.

—Monsieur Dostoievski no superará sus lesiones, monsieur Méndez —dice Kundera mientras me observa envolver con tela y atar con hilaza los pequeños ladrillos de carne salada—. La doctora se lo informó a Madeleine. Y si lo visita, es por simple agradecimiento. El anciano siempre tuvo atenciones con ella, principalmente económicos.

Fiódor es un homónimo del renombrado escritor ruso. Lo mismo el apellido Dostoievski. Sus padres, enterrados en Moscú, admiraban al artista. Y en su honor, le impusieron a mi vecino el nombre del autor de Crimen y castigo y Los hermanos Karamázov.

—Todos lo acordamos —precisé—. Hasta que se recupere Fiódor, reanudaremos el convivio navideño o de Año nuevo…Debes escuchar a tu padre.

—El corazón no tiene oídos…

—Es un asunto de principios, Serge —volví a recordárselo—. La viuda nos dijo que ama a Fiódor y que están comprometidos. En el instante que abandone el hospital, se casarán por lo civil y celebrarán su luna de miel en un largo paseo por el tren transiberiano.

Serge tenía una versión distinta a la nuestra.

Madeleine, consciente del deterioro físico y mental de su prometido, aceptó ser acompañada por Serge en sus recientes visitas al hospital.

—No significa que quiera algo contigo —aclaró la viuda, seis años mayor que Serge—. Si lo hago es porque me siento muy sola e incomprendida…Y es posible que de no superar el golpe Fiódor, acepte tus pretensiones…

Uno de los libros que le lee a su prometido, Queremos tanto a Glenda de Julio Cortázar, pertenece a mi biblioteca. Elendur se lo prestó a Serge.

Y supongo que Serge hizo lo propio con la viuda.

En fin, no deseo ahondar en el tema.

La temporada es buena para la venta de carne seca. Es el negocio que compensa los gastos de familia. En estos tiempos es muy difícil sobrevivir con el dinero de la pensión.

De algo puede estar segura mi familia.

Madeleine aceptará a Serge como su nuevo prometido.

Sin embargo, estoy consciente que el inquilino del Uno superará sus lesiones.

De ser así, como en la novela Noches blancas, de Dostoievski, el perdedor de este triángulo amoroso será el hijo de mi amigo Cristian.

HEMEROTECA: Noche Blancas Ilustrado – Fiodor Dostoyevski

VIDEOTECA: