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LA ESPERANZA

portsoynorma2EPILOGO

Bajo el yugo oprobioso de un régimen autoritario, dejé de ser feliz. Después de lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 temí por la vida de mis seres queridos.

En diciembre de 1975, cuando mi hijo Aliocha Tubal acababa celebrar su octavo cumpleaños, decidí abandonar Villa Alemana.

Una hija de la señora Dolores me ofreció trabajo en su residencia de Valparaíso y acepté.

Consuelo, Centia y Cleyda llevaban una vida marital; Victor Hugo continuaba bajo el cuidado de la abuela paterna y Futuario y Alex decidieron seguir al lado de su padre, en Villa Alemana.

Tubal me seguiría en mi nuevo empleo de trabajadora doméstica.

Y fue precisamente ahí, en esa residencia construida en un tramo céntrico de la avenida Independencia, donde, un fin de semana, mi hijo Victor Hugo me buscó.

—Madre, me voy a ir a vivir a Canadá —me informó en tono amoroso y ofreció—: Si van bien las cosas por allá y la mando pedir, ¿Vos se iría conmigo?

—Claro, hijo… Vos sabés que te seguiría hasta el fin del mundo…

Eso ocurrió en mayo de 1982, mientras realizaba mi rutina diaria en la cocina.

Tres años después del ofrecimiento de Victor Hugo, en abril de 1985 y en compañía de Alex y Tubal, descendí de las escalinatas de un avión canadiense.

 Mi hijo nos aguardaba en el aeropuerto internacional de Toronto.

La pesadilla había quedado atrás, a ocho mil seiscientos kilómetros.

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EL GOLPE

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El asesinato de Salvador Allende provocó pesar y alarma en Villa Alemana.

Los vecinos de las calles Victoria, Patricio Lynch, Williamson, Pedro Montt y Primera intentaron confirmar, entre sus conocidos, si efectivamente algunos generales se sublevaron y bombardearon el Palacio de la Moneda.

Manuel Ernesto habló con uno de los dirigentes de la Unidad Popular, empleado del ayuntamiento. Con tristeza confirmó de la muerte del presidente de la república y el inicio de una feroz represión contra sus seguidores.

—Tenes que ser prudente vos —advirtió sin ocultar su preocupación y temor—, en unas cuantas horas todo esto se llena de carabineros…

Norma Luisa fue informada de lo ocurrido por su nueva patrona, doña Dolores Delgado.

Lo reveló desde su cama, donde con atención escuchaba las noticias de la radio.

—Por fin regresa la paz y el orden a Chile… Le aplastaron la cabeza a la serpiente…

—¿Cuál serpiente? —preguntó Norma Luisa, desde el resquicio de la puerta.

—Que una Junta Militar se hizo del gobierno… Allende se quitó la vida, el muy cobarde…

Era jueves.

El invierno estaba por concluir.

En Villa Alemana, en diez días recibirían con una gran verbena el arribo del equinoccio de primavera, como cada año sucedía.

 Allende, enterado del levantamiento armado, optó por fortificarse en el Palacio de la Moneda con la guardia presidencial y sus ministros. Lo hizo a las siete y media de la mañana. Desde su despacho, a través de altoparlantes, dirigió su último mensaje.

Esto ocurrió casi tres horas después.

La Junta Militar, integrada por los comandantes en jefe del ejército, fuerza aérea, armada y carabineros, difundió —por volantes, la televisión y la radio—, su primer comunicado oficial relacionado al golpe de estado.

Una voz masculina, de acento grave, leyó:

Teniendo presente que: 1.- La gravísima crisis social y moral por la que atraviesa el país; 2.- La incapacidad del Gobierno para controlar el caos; 3.- El constante incremento de grupos paramilitares entrenados por los partidos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil, las Fuerzas Armadas y Carabineros deciden:

1.- El Presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile.

2.- Las FF.AA. y Carabineros están unidos para iniciar la histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la Patria y evitar que nuestro país siga bajo el yugo marxista; y la restauración del orden y la institucionalidad;

3.- Los trabajadores de Chile pueden tener la seguridad de que las conquistas económicas y sociales que han alcanzado hasta la fecha no sufrirán modificaciones en lo fundamental;

4.- La prensa, radios difusoras y canales de televisión adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre;

5.- El pueblo de Santiago debe permanecer en sus casas a fin de evitar víctimas inocentes.

Firmado: Augusto Pinochet Ugarte, Comandante en Jefe del Ejército; José Toribio Merino, Comandante en Jefe de la Armada Nacional; Gustavo Leigh, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea de Chile, y; César Mendoza Durán, Director General de Carabineros.

Junta Militar de Gobierno; Santiago, 11 de septiembre de 1973.

Por la noche, Norma Luisa habló con Manuel Ernesto. Le pidió que fuera más prudente con sus comentarios a favor de Allende. Seguramente, los carabineros tendrían vecinos infiltrados en Villa Alemana y contaban con la lista de militantes o simpatizantes de la Unidad Popular.

Lo que más preocupaba a Norma Luisa era la seguridad de sus hijos, principalmente la de Victor Hugo, de dieciocho años y asistir a un liceo contaminado por las arengas políticas del momento.

La soldadesca le guardaba resentimiento a la juventud universitaria, por su abierto apoyo al gobierno socialista de Salvador Allende.

—No te preocupes, mujer —dijo Manuel Ernesto—, me iré unos dillitas con Marcial Orellana, por allá en los Andes, y así le quito ojos a la familia…

—Intenta vos no meterte en problemas —insistió Norma Luisa—, porque ahorita viene la revancha de nuestros adversarios y no sabemos las consecuencias…

—Con aviones bombardearon la casa presidencial y hay muchos muertos y detenidos en Santiago…

—Sí, estoy enterada, porque doña Dolores me puso al tanto…

Norma Luisa, consciente de la represión selectiva que se avecindaba, intentó no alterar su rutina diaria y de la familia para no llamar la atención entre la policía política, enchufada en la Dirección de Inteligencia Nacional, la temible DINA.

De lunes a sábado trabajaba como empleada doméstica de doña Dolores, una viuda.

Sus hijos, todos adultos, radicaban en Valparaíso y Santiago. Diariamente hablaban por teléfono para tenerla al tanto de lo que ocurría en la capital del país y en la ciudad portuaria.

El modelo económico propuesto por Allende y la Unidad Popular, fracturó a Chile y enmudeció a miles de familias que, tres años antes, apoyaron su arribo al poder.

En Valparaíso, la cúpula castrense organizó el plan del derrocamiento de Allende con la asesoría del gobierno estadounidense, como lo revelaría en un periódico de Londres, el general Carlos Prat González, ex Ministro de la Defensa.

Por lo mismo, el domingo 30 de septiembre de 1973, el general Prat fue asesinado con un coche bomba en Buenos Aires.

La misma suerte le ocurriría a otros tres mil sesenta y cinco chilenos. La mayoría, dirigentes obreros, magisteriales y estudiantiles e intelectuales; artistas, amas de casa y sacerdotes afines a la Teología de la liberación.

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ALLENDE

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La burbuja del Paraíso proletario, prometido por los socialistas, se desinfló: inoculó desesperanza y frustración entre millones de chilenos.

Los alimentos empezaron a escasear en los anaqueles.

Los comerciantes colocaron carteles para informarnos sobre los nuevos horarios de apertura y cierre del local.

Las colas humanas surgieron de la nada. Se convirtieron en una imagen cotidiana desde el amanecer hasta el anochecer.

Yo tenía que levantarme a las tres de la mañana para comprar pan, harina de trigo o maíz, arroz, sopa de pasta, sal, café, cigarrillos, azúcar, aceite y huevos.

Todos los vecinos —y me incluyo—, nos agolpábamos a lo largo de dos, tres o hasta cuatro cuadras de la calle Victoria. La tienda se encontraba en la arteria José Miguel Contreras.

En un principio, intentábamos no hablar mucho y aguardar nuestro turno para ingresar al establecimiento.

En días posteriores, algunos vecinos, adversarios del presidente Allende, responsabilizaron al gobierno de lo que ocurría.

Las televisoras, periódicos –como El Mercurio— y noticieros de radio abonaban ese sentimiento de odio.

“El gobierno comunista de Allende es quien tiene de cabeza al país”, repetían los personeros de los medios masivos de comunicación.

Las filas tomaron otro tenor y las discusiones arreciaron.

Había malestar y miedo.

La propaganda de la derecha empezó a calar en la consciencia de los despolitizados e indecisos.

De los enconos verbales pasaron a los golpes.

Familias y amigos se fracturaron por sus diferencias políticas.

Ese fue mi caso.

1972 fue un calvario para quienes vivíamos al día.

El pan se había encarecido o escaseaba en las colonias y barrios populares.

El líder cubano, Fidel Castro Ruz permaneció veintitrés días en territorio chileno. Su presencia encolerizó al gobierno estadounidense y a sus aliados de mi país.

Por esa razón, el bloqueo económico arreció y los productos de primera necesidad prácticamente desaparecieron de las tiendas.

Del 10 de noviembre al 2 de diciembre de 1971, el comandante Castro, acompañando al presidente Allende, visitó varias comunas y universidades y sus arengas fueron incendiarias y antiimperialistas.

La Unidad Popular, conformada por dos millones de sindicalistas y universitarios, arropaba las reformas estructurales propuestas por el gobierno.

Aun así, estábamos conscientes que la importación y exportación de medicamentos y alimentos la controlaban las empresas trasnacionales y los grandes industriales, comerciantes y productores agrícolas y ganaderos chilenos.

Allende, gracias al apoyo popular y a un número importante de parlamentarios, nacionalizó la industria del cobre, promulgó una radical reforma agraria que atacaba al latifundio  —prohibía que una persona poseyera más de ochenta hectáreas de tierras urbanas o productivas—  y les abrió a las familias pobres, sin costo alguno, todas las universidades públicas y los servicios de salud en sus tres niveles, que incluían la entrega de medicamentos.

Los desayunos escolares llegaron a todas las escuelas básicas y liceos.

Gracias al Servicio Único de Salud, se abrieron miles de consultorios. Uno de cada tres funcionaba las veinticuatros horas del día.

Lo mismo ocurrió con el salario mínimo que, a través de un decreto, se incrementó considerablemente.

Los economistas de Allende aseguraban que en 1972, por un día de trabajo podríamos comprar treinta y cinco kilos de pan, mientras que en 1985, en el mismo lapso y paga, solo teníamos acceso a seis kilos.

La empresa del pollo, donde laboraba, se fue al traste.

Los inspectores fiscales ahora sí actuaban con honestidad y eficacia.

Así que nuestro patrón, Rudy Brander, nos avisó un fin de semana sobre su decisión de cerrar el establecimiento.

—Voy a legalizar la empresa —aclaró al entregarnos lo que sería nuestra última paga—, pero tengo que aguardar a que la economía mejore, porque faltan muchos insumos y también los granjeros me han dicho que hay escases de alimentos y medicamentos para las aves…

El mismo problema que enfrentábamos día a día los chilenos de Villa Alemana y de las otras comunas del país.

En casa hablé con mis hijos de lo ocurrido e informé sobre mi decisión de separarme definitivamente de su padre.

Me iría a vivir a la chabola de La Palmilla, donde aún faltaban el agua potable y la energía eléctrica domiciliaria y las calles carecían de pavimento.

Sin embargo, nada me importaba.

Lo que realmente anhelaba era mi tranquilidad.

Manuel Ernesto permanecería en la casa de adobe, por encontrarse ahí su taller y además, legalmente le pertenecía, porque el terreno fue adquirido con dinero de su madre y lo había registrado a su nombre.

—Los que quieran quedarse con su padre, pueden hacerlo, yo no me opongo… —ofrecí con profunda desazón y angustia.

Solo Tubal me seguiría.

Cleyda y Alex asistían a la escuela y perderían el año escolar si abandonaban la calle Williamson. Los fines de semana intentarían dormir en nuestra nueva casa de La Palmilla, aunque por las  noches nos alumbráramos con velas, cirios o veladoras.

En ese año, Centia pasaba más tiempo en Valparaíso, al lado de su abuela paterna.

Por desgracia, tres meses después de aquel encuentro, un incendio consumió la chabola  —como ya lo consigné en el volumen anterior— y tuvimos que regresar a la casa de la calle Williamson.

Manuel Ernesto no se opuso, porque consideró que mi decisión de partir fue acelerada y afectaba emocionalmente a la familia.

Por prudencia, preferí guardar silencio. Llevar las cosas en paz, mientras buscaba un trabajo y protegía a mis hijos que eran (y lo son) lo más importante de mi vida.

Lejos estaba aún de imaginar que, en esos momentos, en los cuarteles  de Santiago y Valparaíso, un grupo de generales, almirantes y coroneles conspiraban para derrocar y asesinar al presidente Allende, asesorados por la Agencia Central de Inteligencia.

En unos cuantos meses, exactamente durante la segunda semana de septiembre de 1973, los chilenos de los barrios pobres y clasemedieros pasaríamos del temor y reproche, al horror, luto e ira.

La maldición de Caín estaba por alcanzarnos.

HEMEROTECA: PRO1DIC09

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PELAPOLLOS

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1970 fue un año relevante para Norma Luisa. No por su significado político —el triunfo electoral de Allende—, sino por cerrar su frutería y trabajar como pelapollos en un galpón semiclandestino.

La escases de dinero enfrió su vida conyugal.

Manuel Ernesto logró sortear ese trago amargo ausentándose largas temporadas de Villa Alemana.

—¿Por qué ya no podemos vender más fruta, mamá? —cuestionó Víctor Hugo, antes de irse a la cama.

—Porque el güevón de tu padre se la pasó regalándola entre la gente que no tiene para comer…

—¿Y eso es malo?

—No, pero es candil de la calle y oscuridad de su casa… Él sabe que necesitamos el dinero…

Los reclamos trascendieron.

Manuel Ernesto solo respondía:

—Oye vos, esa gente lo necesita y no me puedo negar cuando me piden ayuda…

—Entonces vos regala lo tuyo, pero no le quites la comida a mis hijos, güevón… —recriminaba Norma Luisa.

1970 tambien fue un año de ausencias.

Después de la partida de Consuelo, siguió Víctor Hugo.

El niño tuvo que emigrar a Valparaíso para continuar sus estudios en el liceo. Su abuela paterna se encargaría de alimentarlo y cubrir los gastos académicos.

Centia, Futuario, Cleyda, Alex y Tubal seguirían bajo el cuidado de su madre.

Doña María, enterada de la situación económica de la familia, buscó a Norma Luisa. Le informó sobre la apertura de una pollería en Villa Alemana, cerca de su casa.

—Un gringo o alemán —dijo— anda contratando mujeres para trabajar en el negocio —y le aclaró la madrota—: No es legal, pero la paga es buena.

—¿Y por qué no es legal?

—No quiere pagar impuestos, pucha. Vos sabés cómo son los extranjeros y prefiere ser clandestino…

En tres meses tendrían lugar las elecciones presidenciales. Rudy Brander, de origen alemán, aprovechó esa circunstancia para abrir el negocio a una cuadra del Centro Escolar, en la calle Patricio Lynch.

El mismo fin de semana, Norma Luisa lo buscó en la pollería. Fue recibida sin demora al ir recomendada por la madrota.

Rudy era un hombre cincuentón, rubio, huesudo y de pellejo colorado, como pulpa de sandía. Miraba con mucho detenimiento. El azul brillante de sus ojos evidenciaba sagacidad y desconfianza.

Lo primero que pidió fue que buscara, al fondo del galpón, una cubeta de peltre, rebosante de agua.

Tras el escritorio observó el andar nervioso de Norma Luisa. En ese instante comprobó que era ágil y fuerte.

Dijo:

—Yo pago por pollo desplumado y le garantizo que no deja su semana por menos de trescientos pesos…

—¿Y cada cuando recibiré mi plata?

—Los viernes, señora… Soy buena paga, cuando la empleada hace bien su trabajo…

La jornada se iniciaría a las nueve de la mañana y concluiría a las siete de la noche.

No solo pelaría pollos, antes tendría que sacrificarlos, meterlos en peroles de agua hirviendo y al final les cortaría la cabeza y las patas.

El trabajo lo realizaban otras doce mujeres, de acuerdo a la demanda del producto.

El embrollo preelectoral permitió que aquel negocio clandestino pasara desapercibido para el Ministerio de Hacienda.

Norma Luisa descubriría que el alemán contaba con la complicidad de las autoridades comunales, principalmente del jefe de la policía.

El viejo Rudy nunca fue molestado. Por el contrario, abastecía al ayuntamiento de pollos en todos sus festejos que organizaba: religiosos, cívicos o políticos. Los carabineros iban al local a recoger las cajas repletas de cabezas, muslos, huacales y patas de pollo. Nada desaprovechaban.

El lunes 5 de septiembre, al confirmarse el triunfo electoral de Salvador Allende en Villa Alemana, hubo una gran comilona en el Palacio Municipal.

 La mayoría de los ediles, incluyendo el alcalde, eran socialistas.

Cientos de burócratas, seguidores de Frei, cerraron filas con la causa del médico cirujano.

La pela de pollos no paró desde las tres de la tarde del domingo.

En algunas ocasiones, Centia y Futuario acompañaban a su madre en la pollería.

El alemán no protestaba. Los aprovechaba para el pelado de aves. Por ejemplo, tal hecho ocurrió durante el cumpleaños del jefe de la policía.

Un domingo, sus subalternos organizaron una cena para su jefe. Le solicitaron trescientos pollos al alemán.

Salvo Norma Luisa, ninguna de las mujeres quiso trabajar después de la siete de la noche del sábado.

Norma Luisa, con ayuda de Centia y Futuario, pudo resolver el pedido, antes del mediodía del domingo.

Por el titánico esfuerzo, el alemán le pagó seiscientos pesos, lo equivalente a dos semanas de trabajo.

Manuel Ernesto, indiferente a la febril y difícil actividad diaria de su esposa, optó por pasar largas temporadas en los Andes o en la casa de su madre. Prefería aislarse a enfrentar los constantes conflictos conyugales y la falta de dinero.

—Ser socialista —filosofaba ante sus camaradas—, es una tarea revolucionaria que difícilmente puede ser comprendida por tu familia. Primero hay que cambiar el estado de cosas en el país para que después nosotros nos beneficiemos…

Ni lo ocurrido el 8 de julio de 1971, alteró su estado de ánimo frente a la vida.

Ese jueves, los chilenos enfrentaron un terrible sismo que casi destruyó la zona urbana de Villa Alemana y Quilpué.

Parte del local de pollos se derrumbó, pero lograron sobrevivir las trabajadoras y el alemán.

El sismo ocurrió antes de las diez de la mañana. Los muertos se contabilizaron en 47 y los heridos, en 270.

Norma Luisa, aun cubierta de polvo, corrió a su casa para proteger a sus hijos. Le tranquilizó ver de pie la construcción de adobe y en el interior a Manuel Ernesto con sus hijos.

—¿Por qué vos no los sacaste de aquí? —preguntó Norma Luisa sin ocultar sus nervios.

—No pasó nada, deja de echar la chorea que no soy un paco —respondió molesto su marido, aun en la cama y al lado de Centia, Futuario, Cleyda, Alex y Tubal.

En el exterior, no cesaban los llantos y gritos de angustia, el crujir de las paredes y el ulular de las ambulancias.

HEMEROTECA: Las letras del horror Tomo I La DINA – Manuel Salazar

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LA PALMILLA

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Cada hijo tiene su propia vereda. Imposible invadirla.

Consuelo fue la primera que decidió apartarse; fundirse con la persona que amaba.

Yo nada podía hacer por ser una sobreviviente de Chile. Nos distanciaría su nueva realidad emocional.

 Tambien sus hermanos tuvieron que adaptarse, aceptar que en nuestra casa prevalecían dos criterios de autoridad: el del padre y la madre.

El país era una yesca en 1969.

Los ricos, pobres y miserables —inoculados de encono—, intentaban destruirse entre sí, manipulados por la radio y algunos periódicos,

 La masa quería comida, casa y trabajo.

El Partido Socialista, en alianza con el Partido Comunista, inyectaba una verdad proverbial:

Después del triunfo de la revolución cubana o la instalación de la asamblea popular boliviana, el Paraíso de la felicidad estaba al alcance de nuestras manos. 

El poder del proletariado organizado doblegaría a una burguesía parasitaria. Nos convertiríamos en los propietarios y administradores de la riqueza nacional.

Triste paga: muerte, cárcel, tortura o exilio…

Salvador Allende aró y sembró esa semilla de esperanza. Lo escuchábamos por la radio o leíamos en volantes, muros y periódicos marginales.

La igualdad, a la usanza cristiana, era posible si el 4 de septiembre de 1970 derrotábamos en las urnas a los dos contrincantes de una derecha depredadora, corporativa y enemiga de los chilenos pobres: Jorge Alessandri Rodríguez, del Partido Nacional, y Radomiro Tomic Romero, del Partido Demócrata Cristiano.

Era un año difícil, de duro trabajo, por las constantes ausencias de Manuel Ernesto.

Mis hijos necesitaban comer y un techo de amor. No podía desampararlos o demostrarles debilidad.

Me convertí ante sus ojos en una guerrera sobreprotectora y exigente.

Las calles de Villa Alemana empezaron a tener un nuevo sentido. Ya no eran los espacios públicos para jugar, sino de trabajo.

Tengo muy presentes las imágenes de Centia, Víctor Hugo y Futuario, intentado vender, en una charola plástica, trozos de fruta dulce.

Día a día, inyectados de amor y generosidad, aportaban su dinero sin esperar cuestionamientos o halagos.

Eran conscientes que su esfuerzo significaba mucho para la familia: obtener un plato de comida en la mesa o que mis otros hijos —sus hermanos—, no tuvieran hambre o aliviaran sus enfermedades.

Ahora me doy cuenta de lo difícil que era sacar adelante el modesto negocio.

Yo madrugaba y abordaba el microbús para ir de compras a Valparaíso.

En el mercado de la avenida Independencia me abastecía de chirimoyas, manzanas, naranjas, mandarinas, ciruelas, bananos, melones, papayas, sandias… Todo aquello que demandaban los chamacos del Centro Escolar y nuestros vecinos.

Me alejé de los chismes políticos e intenté aprovechar las oportunidades que me ofrecía como pobre el sistema político. Era denigrante, pero lo hice por amor a mis hijos.

Desconocía que Manuel Ernesto, a pesar de ser desobligado con su familia, luchaba, como yo, en sembrar esperanza de iguales en un país de desiguales. Su espíritu aventurero, de socialista o hijo único, algo debió aportar en la campaña preelectoral del médico cirujano, Salvador Allende.

El escritor de Los Miserables, Víctor Hugo, demostró que el atormentado ex presidiario Jean Valjean podría acumular fortuna sin perder su amor al prójimo.

Es posible que mi esposo, al que dejé de amar por no atender a su familia, luchara en la clandestinidad a favor del pobre.

Es posible.

Sin embargo, como madre lo necesitaba. Sin duda, también sus hijos.

Dejamos de amarnos, pero Manuel Ernesto no perdió su  respeto al clan.

Y hasta su muerte fue aceptado y amado como padre.

Mis hijos tienen buen corazón y lo evocan con afecto. Nunca aprendieron a odiarlo.

Si lo cuestioné con dureza fue para hacer su parte y asi no morirnos de hambre. Poca plata recibiamos de sus manos.

Mis constantes quejas intentaron inyectarles fortaleza a mis hijos.

Jamás me vieron débil o inútil.

Ellos fueron un aliciente de vida.  Yo, antes de ser madre, no tuve asidero de sangre y menos respeto.

Los Shaw y vecinos lo sabían.

Me reconstruí sin afecto familiar.

Manuel Ernesto sembró en mi vientre lo que ahora tengo: hijas e hijos: mis bendiciones.

Hay un hecho que me emocionó en ese año de esperanza: obtener un terreno con una casa de madera, sin energía eléctrica.

El presidente Eduardo Frei y el clero católico, sensibles a nuestra pobreza, decidieron poner en marcha una especie de reforma agraria. Intentar demostrar que no solo los comunistas tenían el derecho de repartir parcelas o chabolas.

Ahí estaba su ascendencia de poder.

Un promotor del gobierno —meloso, copetón y corpulento—, se acercó a la casa y nos dijo que en la parte oriente de Villa Alemana era posible obtener un lote.

—-¿Y cuánta plata hay que dar? —pregunté.

—Nada, señora… solo hay que estar ahí y asistir a las asambleas de vecinos…

El lote con la chabola se encontraba en La Palmilla, a veinte minutos de mi casa.

El asentamiento era un páramo algo pelón, salpicado de yerbas y con una acequia que la alimentaba de agua.

No tenía energía eléctrica y las construcciones eran de madera y lamina de zinc.

Me alegré al recibirla de manos del burócrata, ante una veintena de vecinos, tan amolados como yo y mis hijos. Tuvimos que soplarnos una larga perorata patriotera del burócrata. Al final, en fila india, firmamos los papeles que nos convertirían en los futuros moradores de La Palmilla.

Por el momento, mis hijos y yo seguiríamos en la calle Williamson.

El negocio lo demandaba.

En las elecciones parlamentarias del domingo 2 de marzo de 1969, la Unidad Popular que encabezaba el senador Salvador Allende, obtuvo el cuarenta y cuatro por ciento de los votos. Destronó en el Congreso a los partidos Demócrata Cristiano y al Nacional (creado en 1966 con la alianza de conservadores y nacionalistas).

Un año después, la izquierda llegó al Palacio de la Moneda, sin imaginar que los chilenos que apoyamos ese milagro político, nos convertiríamos en rehenes del terror, dolor y hambre.

HEMEROTECA: Chile, el golpe y los gringos – Gabriel Garcia Marquez

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TURBAL

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El amor a mi marido me hundió en la imprudencia.

Cuarenta y nueve años después de los hechos del 14 de noviembre de 1967, reconozco que no hice lo correcto. Puse en riesgo mi vida y la de Ariocha Tubal Arantú, el bebé que llevaba en mis entrañas.

Cuando me lo propuso Manuel Ernesto, con voz melosa, de hombre apasionado, no lo dudé: acepté darle esa satisfacción.

Nuestro hijo nacería en la cama matrimonial, sin la asistencia de algún médico o madrota.

Los dos trabajaríamos en el parto. Yo confiaba en mi fortaleza para expulsar al bebé, sin contratiempos.

Jamás había tenido problemas en los partos. Con Consuelo y Víctor Hugo experimenté desgarres uterinos, por la estreches de mis caderas y lo menudo del cuerpo.

Los dos nacieron enormes y sanos. Yo, por el contrario, era muy delgada y aparentemente frágil, por no alimentarme correctamente.

Recuerdo a detalle lo ocurrido.

Era martes.

El alumbramiento tuvo lugar a las cinco de la mañana.

Mis hijos dormían. Por lo mismo, Manuel Ernesto pudo maniobrar libremente para recibir en sus manos a Tubal, cortar el cordón umbilical, limpiarlo, fajarlo y envolverlo con una pequeña frazada de lana.

Una nalgada permitió destaparle sus vías respiratorias, al soltar su primer berrido.

Sin embargo, aun desfalleciente, con mi bebe entre los brazos, descubrí horrorizada una gran mancha de sangre en el cobertor.

De inmediato lo desnudé y comprobé que la hemorragia provenía del trozo de ombligo.

Manuel Ernesto no lo había fajado correctamente. De no darme cuenta, seguramente muere desangrado.

—¡Manuel, venid, venid… apúrale vos…! —grité con desesperación.

Mi marido regresó presuroso de la cocina, donde dormía en unos cartones y cobijas.

Desde los pies de la cama observó la sangre en el cobertor del bebe. Noté cómo su rostro se oscurecía bajo la lámpara que colgaba de una de las vigas del techo.

—¿Vos querés que busque a algún vecino que tenga auto? —dijo titubeante.

—No, pucha, traedme otros trapos limpios y agua para lavarlo y cubrirle su ombliguito…

Obedeció.

A los pocos minutos, Tubal dejó de gimotear y se prendió hambriento a uno de mis pechos.

Por  segundos recordé a Salma Soledad. Temí por la vida de mi recién nacido.

Cuando mis otros cabros despertaron, recibieron a su nuevo hermanito con sorpresa y alegría.

Consuelo, a sus diecisiete años, nos abrazó y besó.

Lejos estaba de imaginar que al año siguiente dejaría a la familia para formar la propia, en Arica, al lado del hombre que amaba.

Después de permanecer inactiva una semana, por recomendación de doña María que me visitó al día siguiente del parto, tomé la decisión de hablar con los Piñeiro; pedirles menos horas de trabajo para cuidar a Tubal.

Doña Carolina no puso objeción. Me aclaró que tendría que esforzarme por tener su casa en orden y dejar la comida preparada, antes de retornar a mi casa.

Un lunes por la mañana, al ir de compras a la feria de la calle Victoria, fui abordaba por una adolescente del centro escolar, construido a media cuadra de mi casa.

—Señora, ¿vos sabés a dónde venden manzanas o naranjas?

—¿Por qué querés esas frutas?

—Es que me las pidieron en el centro para una tarea de cocina y las olvidé en mi casa…

—¿Qué no venden fruta o golosinas en el centro escolar? —cuestioné.

—No  —respondió—, cada alumno tené que llevar sus alimentos para comer en el recreo…

La idea de poner una frutería empezó a revolotear en mi cabeza.

No le dije nada a Manuel Ernesto. Tenía demasiadas preocupaciones ante la falta de dinero.

En la primera semana de abril de 1968, mi marido se ausentaría. Un amigo de los Andes, de oficio carpintero, le propuso trabajar en la construcción de una casa.

El hombre flaco, moreno y de pelos parados, se llamaba Manuel Acuña y era borracho.

De aceptar,  Manuel Ernesto seria el responsable de la instalación eléctrica.

—Tal vez me ausente dos semana o tres, depende de la obra —advirtió en los momentos que en familia cenábamos.

—Como vos gustés —asentí molesta, porque conocía su debilidad por el alcohol y las mujeres—. Espero que vos traiga plata, porque el dinero que gano con los Piñeiro apenas nos alcanza para malcomer…

Durante la noche, en la cama, tomé una determinante decisión: en su ausencia levantaría el negocio de frutas al menudeo.

Tenía un poco de dinero, ahorrado para construir un cuarto al lado de nuestra casa. Necesitaba conseguir un permiso del ayuntamiento.

Tres días después de haber partido Manuel Ernesto a los Andes, busqué a un vecino que era albañil. Lo contraté después de negociar su paga.

El buen hombre conocía a mis cabros y los problemas diarios que enfrentaba para vestirlos y alimentarlos.

—Vos cuente conmigo señora Norma… A lo sumo, en tres o cuatro días tenés su frutería… Téngame vos fe, porque Dios está de por medio…

Y como fue.

Don José Llanos, algo escuálido por los abusos del pisco, cumplió su palabra: en tres días cavó las zanjas, levantó los cimientos y muros, resanó y aplanó el piso y claveteó las láminas del techo.

Después, colocó la ventana y la puerta de madera sin pintar y repelló los exteriores con calhidra y cemento.

Era un hombre metódico e incansable, un auténtico socialista.

Durante el golpe de estado de 1973 fue detenido, torturado y asesinado por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional.

La misma tarde que recibí la obra terminada, busqué a los Piñeiro.

Don Paracelso se encontraba sentado en su mecedora, bajo el porche de su casa. Lo primero que le dije, después de saludarlo fue que estaba muy agradecida por todo el apoyo recibido.

—¿Y por qué vos me dice eso, Normita?

—Porque ya no vendré mañana, don Paracelso, porque ahora soy comerciante…

HEMEROTECA: Victor Jara – Jordi Sierra i Fabra

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LA DERROTA

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Por tercera ocasión, Salvador Allende buscó la presidencia de la república. Fue derrotado por los conservadores, la ultraderecha fascista y el gobierno estadounidense.

El 4 de septiembre de 1964, el electorado chileno se polarizó. Desde ese instante, el país dejaría de ser el mismo.

Ricos y pobres, conscientes de su poder de convocatoria, asumirían su nuevo rol político en las futuras contiendas electorales.

La democracia cristiana, encabezada por el abogado y periodista Eduardo Nicanor Frei Montalva, se allegó de la presidencia. Lo hizo bajo dos compromisos para intentar allegarse de la simpatía y apoyo de los chilenos más pobres y evitar futuras revueltas callejeras, dirigidas por las centrales obreras y los marxistas del FRAP: una radical reforma agraria y la nacionalización o chilenizacion de la industria del cobre.

Sus compromisos de campaña fueron avalados por el Vaticano y el gobierno estadounidense.

De esa manera, Frei Montalva intentó evitar que los socialistas y comunistas —representados por Allende—, tomaran el Palacio de la Moneda y desde ahí, confrontaran con las políticas pro imperialistas del coloso del norte y sus aliados de Europa.

Los Avilés-González acudieron a las urnas, como lo hicieron dos millones quinientos mil chilenos, y apoyaron al  médico cirujano marxista.

Incluso, Manuel Ernesto participó en Villa Alemana con las brigadas de difusión y propaganda del FRAP.

La euforia política se dejaba sentir en todos los rincones de la comuna.

Por el contrario, Norma Luisa continuó en su papel de trabajadora doméstica para no desatender a sus seis hijos.

Consuelo frisaba los catorce años. En esa etapa de la adolescencia requería de una mayor supervisión de sus padres.

Durante la noche del domingo 6 de septiembre, Radio Agricultura empezó a emitir los resultados oficiales de la elección presidencial.

Manuel Ernesto y Norma Luisa cenaban, después de enviar a sus críos a la cama y descolgar la ropa limpia de los tendederos.

Un locutor, de voz engolada, explicó:

Se les informa que el licenciado Eduardo Frei Montalva, candidato del Partido Demócrata Cristiano obtuvo el triunfo electoral con un millón cuatrocientos nueve mil doce votos, o sea el 56. 09 por ciento de los sufragios emitidos. El 3 de noviembre se juramentará como el nuevo presidente de la república de Chile. Como se podrá comprobar, nuestra democracia ha derrotado al comunismo internacional…

Allende, del Partido Socialista y el Frente de Acción Popular, recibió 977 mil 902 votos —el 38.92 por ciento— y Julio Duran Neumann, del Partido Radical, 125 mil 233, el 4. 98 por ciento.

Cuarenta años después, al ser desclasificados, en Estados Unidos, documentos relacionados al proceso electoral de septiembre de 1964, se comprobó que la Agencia Central de Inteligencia, repartió seis millones de dólares para impedir que, en esa ocasión, Allende arribara al Palacio de la Moneda.

—Esto nadie lo detiene, los socialistas tarde o temprano vamos a gobernar Chile —sentenció Manuel Ernesto tras apagar la radio y abandonar la mesa con una botella de pisco.

Norma Luisa experimentó el mismo sentimiento de frustración. Por su carácter reservado, prudente, prefirió irse a la cama y recostarse al lado de su hijo Alex Zagalo, de un año seis meses, muy apegado a ella.

Mientras le ganaba el sueño, la mujer pensó en tomarle la palabra a doña María y buscar un nuevo trabajo para mejorar sus ingresos económicos.

Su familia necesitaba más  plata.

Los Piñeiro no eran malas personas, pero cada día le asignaban más responsabilidades domésticas y eso la agotaba.

Ejemplo: cada viernes la obligaban a lavar las prendas de la cama matrimonial y las cortinas. Terminaba la jornada, doblegada por los dolores de espalda y los antebrazos.

De igual manera, doña Carolina la mandaba hacer las compras al mercado central de Valparaíso.

En algunas ocasiones descuidaba a sus hijos.

Manuel Ernesto nada hacía para cambiar ese estado de cosas.

Pucha, ¿qué puedo hacer yo vos, mujer? —se defendía su marido—. Yo busco la plata, pero el trabajo escasea… Y la única manera de encontrarlo, es salirme de Villa Alemana… Y entonces ¿quién atiende a nuestros cabros?

—Son tus borracheras y el pasar vos mucho tiempo con tus amigos y esas guarras…  Soy yo y Consuelo quienes cuidamos a los cabros… ¿de qué vos hablas? Vos sos un zángano

La situación emocional y económica de los Avilés–Gonzáles nuevamente se complicó al embarazarse, por octava ocasión, Norma Luisa.

La tercera semana de marzo de 1967 lo supo, tras perder el conocimiento y acudir a la clínica de salud.

La doctora que la atendió, la felicitó por su nuevo estado de gravidez.

—Si no hay complicaciones, en octubre o noviembre nace su bebé, señora Avilés…

 Manuel Ernesto vio con optimismo la presencia de un hijo más en la familia.

Su madre, de inmediato fue informada del embarazo.

Doña Carmen, a principios de abril, visitó a su nuera y recordó su ofrecimiento de llevarse, a Valparaíso, a Víctor Hugo, entonces de once años.

—Yo puedo pagarle el liceo, después de que termine la primaria  —reiteró doña Carmen ante la presencia de su hijo—, y hasta tengo interés de ayudarlo a titularse como un gran profesionista. Acuérdate vos que si mi nieto hace una carrera académica, después será capaz de ayudar a sus hermanos para que también obtengan un diploma de universitarios…

—Esperemos entonces a que mi Víctor Hugo termine la educación básica y luego volvemos a tocar el tema, suegra… ¿No lo cree vos?

—Como vos lo desees, hija…

Manuel Ernesto se abstuvo de opinar para evitar roces con su esposa.

Por su mente cruzó la idea de atender el parto, sin la ayuda de doña María o en una clínica maternal. Lo haría con sus propias manos, en su humilde vivienda de adobe.

Y durante la noche se lo propondría a Norma Luisa.

HEMEROTECA: Baradit Jorge – La Dictadura – Historia Secreta De Chile

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EL TRANSE

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Los hijos representan una extensión fundamental de la vida.

Parirlos y procurarlos hasta no depender de sus padres, es el ciclo natural de cualquier familia chilena.

De 1950 a 1967 parí cuatro mujeres y cuatro hombres. Cada uno fue concebido con amor y en condiciones adversas por la falta de dinero y un hogar propio.

Los tres primeros —Consuelo, Víctor Hugo y Centia— resintieron el cambio de residencia y el vivir en una humilde vivienda de madera con techo de lámina de zinc.

El baño,  construido en el traspatio, era un hoyanco con una tapa de cemento, perforado al centro, y al que cubríamos de cal, después de orinar o defecar.

Nunca contamos con suficiente dinero para tener regadera, tina, retrete, lavabo y los muros cubiertos de azulejo.

En Villa Alemana, mi matrimonio se fracturó después del sexto embarazo.

Y, por desgracia, como lo apunté en la introducción, mi hija Selma Soledad murió a los tres meses de nacida: el 8 de septiembre de 1960.

De no ser por mis otros cinco hijos, difícilmente hubiera salido de aquel transe emocional.

1960 me enfrentó a la muerte de una manera brutal.

Mi guagua, ya sin vida, permaneció varios minutos en mis brazos, después de levantarme de la cama para alimentarla.

Manuel Ernesto intentó inyectarme fortaleza. Tambien mis cabros hicieron su parte, pero la pérdida de un ser que amas profundamente puede enfermarte de tristeza, arrastrarte a la locura o el suicidio.

Mi hija… mi hija… mi Salma Soledad….

Por lo mismo, los asuntos del país pasaron a segundo plano, pese a que, desde el domingo 22 de mayo, la radio y la prensa escrita difundía la tragedia que enfrentaban los pobladores de Concepción y Valdivia.

Un terremoto había destruido miles de viviendas, lesionado a cuatro mil y ocasionado la muerte de dos mil cuatrocientas personas.

En Valdivia, una comuna asentada al sur de Chile, trescientas mil familias quedaron damnificadas.

En su oportunidad, el hecho me conmovió. Le sugerí a mi marido apoyar con dinero o comida a los sobrevivientes, a través de la Cruz Roja. Sin embargo, la benemérita institución tenía su centro de acopio en Santiago de Chile. Hasta allá debían viajar los interesados en hacer sus donaciones, principalmente de dinero y ropa..

No recuerdo haber escuchado, en Villa Alemana,  alguna campaña de solidaridad a los damnificados.

Manuel Ernesto, por medio del FRAP, aportó un poco de dinero, pero me opuse a que viajara a Valdivia para ayudar en la reconstrucción. Nuevamente estaba embarazada y dos de nuestros cabros eran muy pequeños: Futuario y Cleyda.

Tenía ocho meses de embarazo.

En cualquier momento, Selma Soledad nacería.

En esta ocasión, el parto se realizó en la clínica materna de Villa Alemana. No hubo complicaciones.

Manuel Ernesto quedó al frente de nuestros cabros, mientras yo permanecía en una cama de hospital.

Ni los Shaw o mis suegros estuvieron presentes en mi sexto alumbramiento.

Manuel Ernesto dejó de trabajar en Ferrocarriles del Estado y empezó a construir, con bloques de adobe, una nueva casa, colindante a la que poseíamos de madera.

La tierra la obtenía del mismo terreno.

En la comuna buscó el apoyo de un albañil experimentado.

Después de guardar la cuarentena del posparto, me involucré en la obra.

En menos de dos meses nos cambiamos de inmueble. Nuestro antiguo hogar se convirtió en el taller de electricidad de mi marido.

Ahí, mi marido embobinaba motores y guardaba sus herramientas.

Al fallecer mi guagua, opté por buscar trabajo en Villa Alemana.

 En la calle Williamson vivía un matrimonio: los Piñeiro. Eran de edad avanzada.

María me informó que necesitaban a una persona que les limpiara la casa y prepara sus alimentos, de lunes a sábado.

Doña Carolina Almada de Piñeiro, muy blanca y obesa, no dudó en darme el empleo y aceptó que, en algunas ocasiones, me hiciera acompañar de mis hijos.

Su casa era de una planta con tres recámaras, un baño con retrete, tina y lavabo; sala muy amplia, comedor y cocina.

En el solar trasero, cubierto de aguacates y palmares, estaba una enorme pileta de agua, donde se lavaba la ropa.

 Don Paracelso Piñeiro apenas podia mover su huesamenta. Durante cuarenta años trabajó en el Ministerio de Bienestar Social y conocía al dedillo los lugares más pobres de Chile.

El hombre simpatizaba con la democracia cristiana y consideraba que, de gobernar en coalición con los socialistas, la miseria y el desempleo podrían ser erradicados.

El anciano decía que durante los veintisiete años de gobierno de los radicales, las grandes corporaciones extranjeras se habían enriquecido, generando miseria y violencia en el país.

Por prudencia, yo guardaba silencio y apresuraba la faena para regresar temprano a la casa y atender a mis cabros.

Cada semana recibía mi paga.

De inmediato convertía ese poco dinero en comida, medicinas, ropa y calzado para mis cabros.

Consuelo acudía a una escuela cercana, donde cursaba la primaria. Su padre, en algunas ocasiones, cuidaba a Víctor Hugo, Centia, Futuario y Cleyda.

Tardaría dos años para volver a ser madre. No porque así lo planeara.

En la década de los sesenta no existían las pastillas anticonceptivas o algún artilugio que ayudara a la mujer a no embarazarse.

En junio de 1962, al cumplir 31 años de edad, empecé a marearme y regurgitar.

Doña Carolina, al observar mi palidez y el desvarío de la mirada, profetizó:

—Vos estás nuevamente preñada y por el color de tus ojos, segurito que será niño…

Y no erró en su predicción.

El 30 de marzo de 1963, al mediodía, nació mi hijo Alex Zagalo. Lo hizo en la casa de  adobe y bajo la supervisión del doctor Demu, que laboraba en la clínica maternal.

Alex vino al mundo precisamente diez días después de iniciarse el equinoccio otoñal y tornarse amarillentas las hojas de los árboles.

HEMEROTECA:tevenotoct

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CLEYDA

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—No soporto los espasmos…

Norma Luisa tuvo que recostarse y aguardar la presencia de doña María, la madrota.

Consuelo fue quien la puso al tanto de lo que le ocurría a su madre.

Aun no amanecía.

Víctor Hugo, Centia y Futuario dormían en la cama contigua.

Doña  María comprobó que en cualquier momento Norma Luisa daría a luz. Difícilmente alcanzaría a llegar a la clínica de maternidad.

—¿Y por qué vos dejó ir a su marido, vecina? Ahora es cuando lo necesitaba.

—Ay Mary, Manuel Ernesto tiene que trabajar… Ya no puede faltar… ¿Y uno qué va a saber?

Sin embargo, al despertar durante la madrugada, su marido intentó permanecer en casa, ante lo avanzado del embarazo.

—Yo puedo decir en mi trabajo que me quedé cuidándote, mujer…—insistió.

—No, no… vos vete a trabajar… Necesitamos la plata

Manuel Ernesto tuvo que ceder. A las cuatro de la mañana partió a Valparaíso.

 Era jueves.

Antes del 20 de septiembre tendría que terminar el embobinado de un generador auxiliar del tren intercontinental La Estrella del sur. En setenta y dos horas resolvería el trabajo.

Durante el día, absorto y atribulado, trabajó en la estación ferroviaria de Playa Ancha.

Habían transcurrido los nueve meses de embarazo de su mujer. Estaba consciente que necesitaba acompañarla en esos difíciles momentos.

El médico le advirtió que Norma Luisa presentaba síntomas de anemia y fatiga.

El parto podría adelantarse.

Por desgracia, el cambio de domicilio alteró la economía familiar y empezó a resentirse la falta de dinero.

—Después que nazca nuestro cabro, voy a buscar un trabajo en Villa Alemana, aunque sea limpiando casas o lavando ropa ajena –le había advertido su esposa.

—Estás loca, cuida a nuestros hijos y yo veré como me las arreglo para traer la plata

Tres meses después de la discusión, los problemas económicos se agudizaron. Manuel Ernesto concluyó que tendría que dormir dos o tres noches por semana en casa de su madre para ahorrar dinero.

Doña Carmen tambien lo había sugerido e incluso propuso cuidar a Víctor Hugo, en caso de una urgencia familiar.

—Lo mejor sería que cambiara de trabajo, ando algo cabreado —dijo Manuel Ernesto—, así puedo estar más tiempo con la familia. Soy electricista y no necesito depender de un salario… Abriría mi propia compañía…

—Los pitutos no tienen futuro, recuérdalo… —sentenció el chef.

Su padrastro recordó que en Ferrocarriles del Estado tenia garantizado su sustento, una pensión digna y otras prestaciones que beneficiarían a su familia.

El presidente Alessandri Rodríguez soñaba en convertir a Chile en una gran empresa privada, donde cada chileno fuera un administrador responsable de su propio hogar y empleo.

Lo ocurrido en Cuba, el 1 de enero de 1959, aceleró una campaña mediática para intentar aislar del ánimo popular cualquier aspiración socializadora, alentada por la izquierda democrática o radical.

Un grupo de guerrilleros barbados, de ideología marxista, habían derrocado al gobierno castrense del general Fulgencio Bautista. Su ejemplo podría cundir en otros países pobres de Latinoamérica y el Caribe.

El Frente de Acción Popular, el FRAP, tenía ascendencia en el treinta por ciento de la población chilena y era liderada por el dos veces candidato presidencial y marxista declarado, Salvador Allende.

Manuel Ernesto no quiso profundizar en las palabras de su padrastro. Confiaba en su propia iniciativa para abrir una empresa. Así como lo machacaba la radio

La propaganda oficial lo tenía convencido.

 Norma Luisa, confiaba en la capacidad profesional de su marido, pero también conocía sus oscuras debilidades de hombre: la juerga, el derroche y las maracas.

Dejar un empleo que le demandaba responsabilidad y puntualidad, significaba quedar libre y treparse al vagón de lo ahuevonados.

No era un hombre capaz de administrar correctamente su tiempo o interrelacionarse en los problemas diarios de sus hijos y esposa.

Los excesivos cuidados de su madre lo convirtieron en un desobligado, derrochador y mujeriego. Aun así, Manuel Ernesto se aferró a la idea de abandonar su empleo en Ferrocarriles del Estado y emprender una nueva aventura como pequeño empresario.

Estar en sintonía a lo promovido mediáticamente por el gobierno neoliberal del septuagenario presidente, Alessandri Rodríguez.

El miércoles 16 de septiembre, antes de retornar de Valparaíso a Villa Alemana, se lo confió a su madre:

—Creo que voy a dejar mi trabajo y pasar más tiempo con mi familia…

—¿Y cómo piensas vos sacar la plata, hijo?

—Soy electricista y puede hacer trabajos a domicilio. Villa Alemana es una comuna que cada día se llena de nuevas familias y necesitan electricistas, albañiles, plomeros y carpinteros para levantar sus casas o negocios, madre…

—Mejor piénsatelo vos y no echés por tierra lo que te dijo mi marido…

Como sucedía a menudo, la luna estaba en su cenit cuando arribó a su modesta vivienda. Por tratarse de una luna menguante, la oscuridad era mayor, apenas iluminada por las bombillas de los inmuebles aledaños.

La calle Williamson era muy estrecha y frente a la casa de los Avilés González sobresalía un Albergue Escolar, rodeado de tela alambrada y tres lámparas encendidas en la fachada.

Al trasponer la puerta, lo primero que enfrentó fue la algarabía de sus hijos.

Víctor Hugo y Consuelo lo abrazaron y le dieron la noticia.

—Papi, papi… ya nació nuestra hermanita y está en la cama con mi mami…—exclamó Consuelo.

Cleyda Elisa nació a las once de la mañana, del miércoles 16 de septiembre.

Lo hizo en la cama de sus padres y con la ayuda de doña María, la legendaria madrota de Villa Alemana.

Su nombre se lo impuso su madre al soñar, una semana antes del alumbramiento, con una niña enfundaba en un largo vestido rojo. Iba caminando por una vereda terregosa, sitiada por potentes árboles de hojas celestes y troncos luminosos, como antorchas.

“¿Cuál es tu nombre?”, le preguntó Norma Luisa.

 “Cleyda”, respondió la infanta.

Y ambas se fundieron en un largo y cálido abrazo.

HEMEROTECA: parte de guerra monsivais scher – user

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VILLA ALEMANA

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La gran burbuja, cargada de ilusiones y felicidad, empezó a desinflarse, al observar el rectángulo agreste de Villa Alemana. Ocurrió el mismo día que los dos, como padres de cuatro infantes, nos enfrentamos al nuevo escenario, bañado por un sol otoñal, cálido.

Los niños quedaron bajo el resguardo de mi suegra.

Manuel Ernesto y yo comprobamos que el terreno de seiscientos metros cuadrados —pedregoso y con yerbajos y alimañas—, requería adecuarse para levantar nuestra chabola.

Una fecha imborrable en mi vida: sábado  25  de Abril de 1959.

Llevaba cuatro meses de embarazo.

Tendríamos que reinventarnos para evitar los “no” imperativos de futuros caseros y prevenir los males respiratorios de nuestro cuarto cabro.

El sacrificio seria enorme.

Por la mirada apesumbrada de Manuel Ernesto, comprendí que la infelicidad se colaría por nuestra puerta.

Llenaría de moho y humedad la tranquilidad y felicidad de la familia.

Villa Alemana, como ocurrió en San Francisco de Limache, nació en 1894. Ocurrió tras construirse una estación de ferrocarril, el de Peña Blanca.

Ese punto geográfico era el paso obligado del trayecto Villa del Mar-Santiago o Valparaíso-Santiago.

Los pobladores de algunas rancherías aledañas emigraron y se establecieron en una Villa Alemana rodeada de hortalizas, trigales y viñedos.

El estero de Quilpué alimentaba sus tierras.

El clima, templado de diciembre a mayo, generaba grandes cosechas y empleos temporales.

En autobús o ferrocarril era posible viajar a Villa del Mar, Valparaíso y Santiago. En nuestro caso, requeríamos invertir un par horas para visitar a mis suegros o cuarenta minutos, si deseábamos convivir con los Shaw, en San Francisco de Limache.

Sin embargo, mi marido no la tenía fácil. Su trabajo estaba en Valparaíso.

Por lo mismo, necesitaría viajar entre cinco a seis horas diarias, de lunes a sábado, para no faltar a su empleo.

Mi quinto embarazo demandaba de su apoyo.

Nuestros cabros eran pequeños. Consuelo, la primogénita, en octubre cumpliría nueve años y me sería de gran utilidad, en caso de algún inconveniente.

El predio, adquirido por mi suegra, estaba ubicado en la calle Williamson, en el lado oriente de Villa Alemana.

En la década de los cincuenta, la población aún era reducida.

El flujo migratorio lo convirtió a Villa Alemana en un importante centro productor y comercial de la provincia de Marga Marga.

En el año 2016, según el censo oficial, ciento veinte mil habitantes radicaban en Villa Alemana.

Manuel Ernesto solicitó un permiso de una semana, en la Empresa de Ferrocarriles del Estado, donde laboraba como electricista.

La razón que presentó —el tener una esposa embarazada y mudarse de casa  de Valparaíso a Villa Alemana—, sensibilizó a los directivos del sindicato y la empresa.

El permiso le fue concedido de inmediato.

 Mientras Manuel Ernesto contrataba gente para limpiar el predio y cavar las zanjas para levantar los cimientos, yo sacaba los permisos de construcción en el ayuntamiento de la comuna y compraba la madera, las láminas de fonola (zinc), clavos, puertas, marcos de ventana, brea, manguera plástica y cableado para la instalación eléctrica.

Los vecinos de las casas adyacentes —solidarios desde nuestro arribo— nos proporcionarían el agua potable y la electricidad, mientras el gobierno municipal hiciera su parte. Tardaría entre tres o cuatro semanas, de acuerdo a lo dicho por un avinagrado burócrata del ayuntamiento.

El trabajo fue arduo y en silencio.

Todos los días, casi al anochecer, retornábamos a Valparaíso para dormir en la casa de mi suegra.

Madrugábamos.

Después de recorrer, en dos horas, los ciento treinta kilómetros de vía ferroviaria, continuábamos la dura faena en Villa Alemana.

En algunas ocasiones, nuestros hijos nos acompañaban. Mi suegra tenía un poco de descanso.

Mientras Manuel Ernesto y los dos ayudantes levantaban la casa, Consuelo jugaba con sus hermanitos.

Yo preparaba los alimentos, lijaba maderos o realizaba las compras.

Me tranquilizaba saber que, a cinco bloques de nuestra casa, había una clínica maternal con atención médica las veinticuatro horas.

Temía perder al bebé, por no comer bien y realizar trabajos extenuantes.

Mi suegra y los vecinos estuvieron presentes al inaugurar la casa.

La construcción la realizamos en una semana.

El domingo 3 de mayo, Carmen y su marido hicieron su arribo en un camión de mudanzas, contratado en Valparaíso.

No faltaron manos y ánimo para descargar la unidad y colocar los muebles y ropa en un gran cuarto. Por el momento, el inmueble carecía de baño y una habitación para cocinar y lavar los trastos.

Poco a poco resolveríamos tales deficiencias para recuperar la armonía familiar.

—¿Quieres vos que Consuelo o Víctor Hugo estén con nosotros un tiempecito, hijo? —se ofreció mi suegra.

Me adelanté, antes de que Manuel Ernesto contestara:

—No suegra, prefiero tener a todos mis cabros con nosotros, porque se tienen que apoyar y además, Consuelo ya está en edad para ir a la escuela…

—Pero les viene otro crio, Normita —recordó el chef, aun sudoroso por el esfuerzo de la mudanza.

—Ya verá vos que nos las arreglaremos, suegro… Me han dicho que hay una madrota en la otra cuadra y se llama María… Mañana iré a buscarla para que también esté muy al pendiente de mi embarazo…

   Mientras Carmen y su marido se alejaban, a bordo del camión de mudanzas, pude observar la calle polvosa y solitaria.

En esos instantes, el atardecer era devorado por la noche. Sentí desasosiego al  intuir que mi vida en matrimonio dejaría de ser armoniosa y frugal.

El dinero empezaría a escasear. De eso estaba segura.

Mi marido tendría que realizar constantes viajes a Valparaíso, donde trabajaba.

Además, en septiembre, pariría a mi quinto crio.

En junio, los aguaceros harían tamborilear el techo de nuestra humilde chabola.

El suelo podría reblandecerse y derrumbarse y temía por la seguridad de mis hijos.

HEMEROTECA: tevenot