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Vejestorias de la pandemia

VEJESTORIAS DE LA PANDEMIA/PRÓLOGO

vejestoriasNo es fácil ejercer el oficio cuando la muerte intenta tocarte.

Dentro de los tres cubos alquilados —sala, recámara y baño— logré ser un testigo privilegiado de una hecatombe social provocada por un germen invisible.

En Montreal, de febrero a junio de 2020 me vi obligado a permanecer enclaustrado en los cubos de concreto y vidrio para no ser alcanzado por la pandemia.

Mi realidad —o rutina física— se volvió virtual y audible.

Y por teléfono y un ordenador pude darme cuenta que, en Quebec —la provincia donde radico—, murieron por el Covid 19 cinco mil 417 personas —tres mil 339 de Montreal— e infectado 54 mil 825.

El 95 por ciento de los muertos tenían entre 60 a 90 años de edad. La mayoría radicaba en casas de asilos, llamadas en francés, centres d’hébergement et de soins de longue durée (CHSLD).

En mi país de origen —México— allegados estimados tambien fueron alcanzados por la enfermedad.

Me vi precisado en registrar con palabras tipografiadas la trágica experiencia ocurrida en mi entorno. Pude haberlo hecho desde una visión periodística  —datos fríos sin adjetivos—, pero opté por escribir breves relatos donde predominaran los temas de la vejez, la soledad y el amor o desamor.

 El edificio donde habito me alimentó de ciertas escenas cotidianas.

Desde medios impresos y los ojos y oídos de mis vecinos me enteré de hechos relacionados a la pandemia. Lo mismo ocurría al ir de compras o acudir, dos veces al mes, a una lavandería pública.

El cubrebocas —o masque— se convirtió en el aderezo cotidiano de los montrealenses de a pie.

Bien predica quien bien vive, escribió Miguel de Cervantes en su don Quijote de la Mancha.

Y tenía razón.

La sociedad quebequés, como ocurría en todos los países del mundo, era informada del desarrollo de la pandemia por los canales oficiales. En Quebec, a través de tres altos burócratas de labia proelectorera: el primer ministro provincial, el director de salud pública o la titular del Ministerio de la Salud.

Los noticieros de radio y televisión y diarios impresos eran los responsables, día a día, de reproducir las cifras de los muertos e infectados por el Coronavirus.

El lunes 22 de junio fue una fecha importante para los habitantes de la provincia.

Por primera vez, los mensajeros de la muerte —François Legault, Horacio Arruda y Danielle McCann informaron que la parca detuvo su poda. La noticia fue resaltada por la prensa provincial: cero decesos por el virus del Covid.

Verdad o mentira, pero nos otorgó un poco de tranquilidad.

Este modesto testimonio, recogido en un volumen, de algo servirá para los curiosos de la historia. Lo escribí por entregas pensando en mis nietos y futuros descendientes.

Pero es necesario hacer una aclaración.

Lo ocurrido el 22 de junio resultó un espejismo.

En los días subsiguientes continuaron los decesos e infectados a consecuencia del mortal virus mata-ancianos (Sars-Cov2).

Y los estudiosos del tema —e incluyo a los científicos de la Organización Mundial de la Salud— adelantaron que los efectos del virus cesarían con el descubrimiento de una vacuna.

Y como simple registro periodístico: hasta el miércoles 1 de julio de 2020, murieron en el mundo por el Covid, 512 mil 332 personas y se infectaron 10 millones 512 mil 383.

En Canada, en el mismo lapso, ocho mil 615 decesos y 104 mil 271 infectados. En México, 27 mil 769 y 226 mil 89. Y en Estados Unidos, 128 mil 828 y dos millones 689 mil 107.

El virus tuvo un comportamiento democrático, desde que hizo su aparición pública por primera vez —diciembre de 2019— en la ciudad de Wuhan, China.

Ricos y pobres, de todas las razas y doctrinas, fueron contaminados o perdieron la vida.

Montreal, Quebec. Miércoles 1 de julio de 2020.

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LA BUENA NUEVA/Epilogo

vejestoriasSi dejo de pensar en ella, balbucea Moshe, es posible que ya esté muerto.

La conclusión lo horroriza.

Hace un gran esfuerzo por interrumpir el sueño. Titánica tarea.

Dulce, la musa, se lo impide. Su desnudez es absoluta.

No ha terminado de recorrer la senda de lentejuelas y fragancias que le inyectan placer y evocaciones gratas.

Cada letra traza una línea blanca para el reencuentro sexual.

¿Cuantas dunas, selvas y serranías tendremos que quemar para alcanzar la redención?

Es un recuerdo, machaca Moshe Lehmann.

Y sigue vivo mientras ella esté cerca.

Solo evócala y te acariciará las mejillas hasta el instante que despiertes.

Si Dulce existe, prosigue en su pesadilla, la redimo. Es urgente ofrecerle mirra y oro antes de morder la manzana.

Te hundes en lo imposible, pero te reivindicas. Es la amante perfecta en el paraíso del ensueño. 

Dulce, contrario al anciano palestino, sigue alerta con los ojos abiertos, brillantes como dos cuarzos oceánicos y de grandes pestañas onduladas.

La buena nueva está cerca. Algo dentro de Moshe lo hace extensivo.

Un lunes 22 de junio sin muertos, solo 69 infectados de Covid.

Una idea sobre otra. Los propósitos varían. Dulce es vida, placer, ventaja. La otra, horror y dolor. Luto, ausencia.

La burocracia, de donde proviene Moshe, mueve los hilos de la verdad. Ni en su sueño tienen cabida. Ni siquiera Dulce asiste al corredor de lentejuelas.

En los bordes hay zapatillas amontonadas de todos colores. Es el camino que puede conducirlo a su recamara.

Es Montreal la ciudad que lo acoge. No Dulce y su pernicioso modo de incomodarte. La carne y piel, en su cuerpo, provoca sudoraciones.

Y lo del cero decesos suena tan irreal, pero aferra a Moshe al mundo onírico, rico en imágenes y olores gratos.

El ciclo de la pandemia —de no mentir el primer ministro— cierra con cinco mil 417 muertos, tres mil 339 montrealenses.

¿Soledad, Soledad, no te cansas de vivir a mi lado?

Los infectados, como orugas, siguen enconchados. Moshe es uno más, de los 54 mil 825 contabilizados de marzo a la fecha. 27 mil cincuenta y siete le pertenecen a la isla.

Dulce algo quiere enseñarle. Mece la cadera y su cabellera se agita y resbala por su espalda.

Los diabéticos morirían de probarla.

El asunto es llegar a ubicar el lugar donde se produce el reencuentro. Nada le dicen las zapatillas apiladas y el desierto de lentejuelas que titilan.

Mar de estrellas.

La soledad consume el poco aire que aún conserva. La soledad es una estafa mal contada. Nunca habrá soledad mientras sueñes.

Ni siquiera la muerte de Aurora pudo sustraerle el piso. Quedó encadenado a los recuerdos. Le lloró en silencio, sin que sus hijos se unieran a la congoja. Fue algo muy personal. Si amas y eres feliz, ahorra lágrimas.

  Ni el espejo confirma su presencia. Soledad absoluta. Cadena liberada.

Dulce pudo reinventarlo en su pesadilla. La pandemia llenó de gente su aislamiento. La conciencia dictó sus leyes y las pobló de rostros intransigentes.

Esposa, hijos, padres, parientes, amigos, novias, amantes… Desfilan haciendo ruido con la boca y los talones.

Moshe dividió su paso por la tierra en siete ciclos de diez años, pero el último incompleto.

Dulce huele a madera selvática. Su cuerpo desnudo deja su estela de jazmín, sándalo, lavanda, jengibre, almizcle…

Moshe corre el riesgo de enloquecer…

El deseo carnal lo hace levitar, lanzar fuego por los poros…

Su sangre hierve, su respiración se agita…

El recorrido continúa. Mientras persigue su sueño, arroja a su paso la vestimenta de lino y lana y queda desnudo.

Tras él yacen el caftán de lana cruda, el ephod bordado con hilos de oro y seda y las sandalias de carnero…

 El hombre se niega a alterar un hecho que repite desde el primer encuentro con Dulce en Tel Aviv. La joven ya era madre. Su lengua, posiblemente sefardita, la alejaba de su entorno de palmeras y bromelias de un rojo sangre.

La pasión impide idiotizarse. El riesgo es cuando te esclavizas o enloqueces.

Moshe, como viejo burócrata, estaba al tanto de los riegos.

Era un maestro en incursionar en el hades de la concupiscencia.

Si las expectoraciones cesaran, repetía mentalmente, tendría suficiente tiempo para filosofar a sus anchas.

La buena nueva era que la fiebre le acortaría la marcha.

Moshe estaba consciente que la joven hebrea cedería de llegar a tocarla. Ignoraba, hasta ese momento, que ella amaba a un joven palestino de la región de Gaza.

 La tristeza será superada. Es la melancolía de la quimera.

Y la alegría poco a poco tendrá a desvanecerse. Entonces, el pesar de la desilusión inyectará el veneno de las desmemoria. Nada es duradero.

La fiebre y los graznidos que salen de su pecho, provocan a la joven.

Y la danza de Los siete velos es su última ofrenda.

VIDEOTECA:

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POR SOCIALISTAS…

vejestoriasDomingo 21 junio.

Los domingos son de mercadeo.

Norbert Duval contraataca:

—Es el Día del Señor…

Sus hijos repelan.

—Es día del parque, nos lo prometiste —insiste Henry, apenas un adolescente.

—Los centros comerciales están cerrados —les recuerda Martha, la madre.

Poco oculta su tristeza. Sin duda ha llorado.

—Los parques no —aclara Margo, aun plana de pecho y piel de cócora.

—Visitaremos un templo y oraremos un poco —anunció Norbert sin evidenciar muestras de debilidad.

Es el patriarca de los Duval.  Por su volumen físico, los hijos y esposa levantan la cabeza para verle el rostro liso, sin pelo.

Es amante del ejercicio y la buena nutrición. Y no se opone al consumo de carne de pescado y huevo de ave de corral.

Nada de carnes rojas.

Todo orgánico, la única salvedad.

La pandemia los tuvo arrinconados tres meses en el departamento, agarrados del ordenador, el televisor y las lecturas bíblicas.

En Montreal predominan los parques y comercios. En cada bloque existe un dépanneur, un restaurante de comida rápida  o una estética.

Por ser verano, los árboles visten hojas de un verde chillante. No dejan de agitar sus ramas. Y son indiferentes al sufrimiento humano.

Las autoridades de salud adelantaron que el lunes 22 de junio —o sea mañana— algunos establecimientos comerciales abrirán sus puertas.

Los montrealenses podrán desplazarse por calles y avenidas sin temor a ser reconvenidos por la policía.

—¿Iremos a la iglesia de Saint Pierre? —cuestiona Margo en piyama y con su peluche Winnie l’ourson en sus brazos.

—Es muy importante agradecerle a Dios lo bueno que ha sido con nosotros —le recordó su padre.

Todos ocupaban los sillones de la sala. Único lapso de tranquilidad para las dos computadoras, los dos teléfonos portátiles y las dos tabletas, en las tres recámaras.

El televisor gozaba de un fuero distinto.

Norbert justificaba el hecho de una manera práctica:

—Nos permite estar juntos en familia y unir criterios al ver una buena película o un espectáculo que nos olvide del dolor y llanto. La risa en familia es un bálsamo del alma.

Henry no coincidía, pero acataba. Ya habría tiempo para ajustar cuentas con quien se asumía como el líder de la familia.

Los juegos de mesa eran considerados juegos del pecado.

El Monopoly y el Twilight struggle mermaban la autoridad de Norbert.

Henry recibió los juegos durante su cumpleaños.  Y su padre, en tres ocasiones perdió ante su hijo y esposa.

 Y pacientemente aguardó tres semanas para deshacerse de ellos. Lo hizo después de la última derrota.

Los donó a l’Armée du Salut.

Margo era muy feliz con su familia. En su hogar nunca se discutía o carecía de alimentos, películas de Disney y ositos de peluche.

Antes de dormir, la niña hablaba por Zoom con sus abuelos paternos y maternos. Les reiteraba su amor. En contrapartida, recibía bendiciones y buenos deseos.

Martha le leía cuentos donde el oso vencía a los representantes del demonio.

La mayor ilusión de la niña era conocer Disneylandia y abrazar al auténtico Winnie l’ourson. El mismo personaje que aparecía estampado en su ropa, libros escolares, cepillo dental, edredón y en uno de los muros de su habitación.

El sábado por la noche, sus abuelos maternos estuvieron ausentes en la videollamada.

—Tuvo un desperfecto su computadora —fue la explicación que recibió de su madre.

Lo dijo atribulada y con ojos irritados, como si hubiese llorado.

En las últimas veinticuatro horas, nueve quebequés fallecieron por el Covid y 124 se infectaron. La lista de decesos se acrecentaba: cinco mil 406.

Y enfermaron por culpa del virus: 54 mil 674.

Henry conminó a Martha para que no les revelara a los niños lo ocurrido con los abuelos maternos: eran parte de los 529 enfermos hospitalizados y 62 entubados en respiradores mecánicos.

—Si tus padres no fueran ateos y de ideas socialistas aun estuvieran sanos y en casa —dijo Henry al enterarse de la enfermedad de sus suegros.

HEMEROTECA: Obras completas I – H. G. Wells

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…Y LO ESCRIBO…

vejestoriasY lo escribo mientras escucho el roce de las hojas al ser azotadas por el viento. Cada cual con su peso y volumen emocional, esperando el milagro.

Es una idea.

Edward L duerme. Oriana presume que está atento y la escucha. Habla con su hermano Geoffroy.

—La presión ha disminuido, pero duerme mucho y habla muy poco…

—Paciencia… Es lo único que puedo recomendarte…

—No quiero que dependa de los antidepresivos…

—La cercanía con la muerte siempre arrastra a ese estado de ánimo. El cuñado es un anciano, hermana, no un jovencito…

—Es buen hombre, no me arrepiento de haberlo seguido a Montreal. Me gusta la isla y su gente…

El bastidor de la puerta se cimbra, dicta su mensaje fúnebre, gotea armonías de duelo, segrega llantos que resuenan como bacanal de termitas. No cesa de llamar la atención… los travesaños sustraen el aliento…

Del otro lado, donde la gente se arremolina para observar el comportamiento de los dos paramédicos, la anciana aun aguarda el arribo de su hija. Tendrá que ser llevada de emergencia al hospital de Fleury. El dolor de pecho no cesa.

—Un minutito más, por favor —demanda desde la camilla.

Solo es posible verle el rostro y el cabello tan blanco como el algodón.

Casi se asfixia al insistir.

Nadie la escucha. Los curiosos empiezan a arremolinarse tras las ventanas.

Los paramédicos continúan ensimismados en su rutina: proteger con plásticos negros la nueva camilla de patas articuladas, descender la plataforma de la unidad —la 0220—  por donde desplazaran a la anciana. Y poner al tanto al radioperador de la central para confirmar si la paciente ya cuenta con una cama en el hospital asignado.

Y Edward L, atrás del muro del edificio, no duerme, piensa (o eso cree hacer)…

¿A quién puede interesarle lo que necesito, si no existo? ¿Qué escalón pisas aun si construir? ¿Hacia dónde vas ahora que no hay piso? ¿Respiras? ¿Escuchas? ¿Piensas?

Prefiero seguir en la prisión del miedo antes de remontar a la nada con palabras señeras o dibujar en paredes de arena recuerdos sepultados.

Tengo tanto que aprender en el colegio de los jardines arrasados, pero me faltan gardenias para sobornar a mi carcelero (al que contraté como guardaespaldas).

La espera será larga. No importa. Cuando despiertes, leerás en mis gemidos los besos de tu vientre.

¿El cataclismo de los enamorados?

Y arribará el perdón, la esperanza dañada. Y no volveré a verte, porque el otro, el renacido, nos ha robado la tranquilidad.

Por su lado, Oriana insiste en mentir. No lo ama. Es ajena a lo que ocurre del otro lado del muro. Geoffroy está atento de la maniobra de los paramédicos. Observa y escucha los reproches de su hermana.

Y como un ramalazo de fuego, pero con letras iluminadas, el nombre de la anciana se hace presente: Adele.

Su final está cerca. Hay certidumbre en la conclusión.

La mujer era un misterio. Salidas y entradas con mutismo. Poco social y militante del síndrome de Diógenes.

¿Cuantas botellas de vidrio o plástico ha acumulado en su departamento?

Geoffroy mueve su cabeza de muerto viviente con barba de pedigüeño y confirma que posee la misma pestilencia.

Los libros se desbordan de los sillones y la mesa. El desorden cunde.

—Deja dormir al cuñado —sugiere, teléfono en mano, sin despegar la vista del ventanal—. Es mejor eso que discutir…

—Ya no es capaz ni de cambiarse el pañal… Me da rabia…

Y Edward L en lo suyo:

Que fea es la vejez,

opina Fedra.

Piedra sobre piedra

enterrando al mes.

 

La vida se agota,

no hay resurrección.

Jota sobre jota

y as del corazón.

 

Cuando la tristeza

consume la risa,

adiós la destreza.

 

Y entre misa y misa

Dios y su realeza

reparten ceniza. 

Sin título el soneto.

Eso es, SIN TITULO.

Lo que pase en el edificio, como ocurre en Las Vegas, se queda en el edificio.

François Legault es el político virtual que terminó siendo el mensajero de las malas noticias. Los paramédicos lo saben y callan.  Sus 33 muertitos de hoy (sábado 20 de junio) en nada le conmueven. No hay palabras de confort para los deudos. El primer ministro es conservador y sabe que su gobierno descuido a los ancianos internados en casas de retiro.

Los 92 nuevos infectados tiemblan al saber que algunos podrían ser hospitalizados. Por lo pronto, Quebec ha enterrado a cinco mil 417 personas por culpa del Covid 19. Tiene 54 mil 766 enfermos, 521 internados en hospitales públicos y privados y 61 en las salas de cuidados intensivos.

Adele nunca pudo despedirse de su hija.

HEMEROTECA: Las esencias viajeras – Carlos Monsivais

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CEGUERA

vejestoriasDalila, en soledad, tantas cosas han ocurrido en la provincia que no me explico por qué no estamos en el mismo espacio y frente al mismo libro.

Yo, repitiéndote siempre lo que recopilé en mi marcha —incluyendo tu desnudez de maja desplazándome interminable y tú, intentando recuperar el coleto inerte de la sombra ensangrentada que algún día amaste.

Es tan difícil imaginarlo que, en mi lecho de moribundo, me niego a cerrar los ojos. El médico —ajeno a mis pensamientos— está impaciente.

Lo aguardan otros enfermos menos virulentos.

Los vecinos pelean en la habitación contigua, prisioneros como yo. Uno tose con fuerza y escupe sangre.

—Tienes los pulmones hechos garra…

—Por la anemia…

—Por el tabaco, no mientas.

Y tu Dalila, en tu planeta de ángeles y arcángeles, vives atada al púber de pies delicados y alas desteñidas. Te lo has robado de la selva amazónica.

No hay aleluyas.

El coro celeste aguarda la orden para reiniciar sus cantos.

Los libros sagrados vuelan.

Del desierto fuiste arrancada mientras cosechabas arena blanca para esparcirla en la selva de caoba, donde habitaba tu enamorado.

—No puedo separarme de Alba —dice el púber de piel-cacao, cabello-cactus y sin sacudir las alas.

No quiere partir.

Hay algo de ti que lo tiene atrapado.

Y yo, desde el basement intento levantarme. El médico ha pensado seriamente en inyectarme detergente líquido para terminar con mis quejumbres de pregonero.

—Necesito verla —digo—. Estoy seguro que en esta ocasión podré tocarle la espalda antes de meterse a la recámara… No importa que el rechazo vaya acompañado de una bofetada.

La imagen sigue calándote.

El tiempo, como siempre, corroe las evocaciones frescas y la neuronas.

Y en tu caso, no es así. Eres una iluminada.

La maja está presente. Abandona el baño, sale al corredor alfombrado, abre los dedos y cae la toalla.

Su cuerpo relumbra ante mi azoro.

Es esbelto, estrecho de cintura y ancho de cadera.

Su cabello oscuro se suelta y cubre parte de la espalda.

Una fragancia floral se esparce y paraliza.

Los reclamos de mis vecinos repuntan. Insisten en despedirse de mala manera. La enfermedad no es un impedimento para sacar el resentimiento que cargan desde el inicio del noviazgo.

De nada sirvieron los cuarenta años de convivencia y arrumacos.

Nunca imaginé que en un viernes —19 de junio— tú retornarías como un fantasma.

Gazanias y orquídeas, tan violáceas y extravagantes en un país lejano.

Y aún sigo al tanto de lo que ocurre durante la pandemia.

Desde el subsuelo de Montreal observo el discurrir de la Muerte. No deja de esforzarse. Guadaña al hombro recorre hospitales y departamentos.

Hoy, por ejemplo, dejaron de respirar 35 personas y 167 se contaminaron por el Coronavirus.

No pertenezco a esa lista.

Cinco mil 375 enfermos han dejado de existir. La Muerte ronda. 54 mil 550 infectados aguardan su porvenir. No todos viven enclaustrados en algún hospital, como yo. Solo 574.

—La mayoría muere de miedo —confía el medico con cuerpo de tinaco y rasgos mongoloides.

Me lo repite al oído.

Los 62 enfermos conectados a ventiladores mecánicos difícilmente la librarán. Ese es su mayor placer.

—Aléjate, desgraciado —digo a punto de sofocarme.

Dalila obedece.

—No, no tu —exclamo e intento tocarla con mi mano atada a un brazo de la cama—. Es a este carroñero al que le digo… Tu no, por favor… Deja de caminar… Sonríe, mírame con la misma mirada de coquetería, antes de meterte a tu habitación…

Si Alba, la mujer del Ángel púber, hablara contigo, es posible que la convencieras.

Para su comunidad, el divorcio es una palabra maldita. Tendría que suicidarse antes de romper el matrimonio.

Lo desconoces, Dalila.

Canada ha mermado tu sabiduría. Te mueve la carne, el deseo, la lujuria.

Todo ocurre tan rápido. Tan rápido. Tan rápido.

—Por fin, descanse en paz —escuchas que alguien lo dice, después de un profundo suspiro, en la habitación contigua.

—Será incinerado…

—No importa… Ha dejado de sufrir…

Si Dalila no fuera lo que es, yo nunca lamentaría el haber perdido mis ojos por ella.

HEMEROTECA: TELE30JU20

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NUESTROS PROPIOS VERDUGOS

vejestoriasHan transcurrido tres meses de aislamiento. La ciudad ya no es la misma. La gente ya no es la misma. Mi familia ya no es la misma. Mis vecinos ya no son los mismos.

Y yo he cambiado. Así lo creo.

Jueves 18 de junio.

Las calles Wellington y Léger tienen la apariencia de un set cinematográfico aun sin ocupar. Ningún extra activo. Sin luces y ventiladores.

Me dirijo al supermercado con la bolsa de hilaza que armó Xiang en sus horas de ocio.

La entiendo.

Sin nuestro hijo cerca es difícil conciliar el sueño.

Anabela no ha podido superar la fiebre.

En la videollamada de ayer nos fue imposible verla o hablar con ella. Nuestra nietecita es adolescente y contrajo el Covid por no acatar las recomendaciones de nuestro hijo Vicent.

En Montevideo la situación sanitaria está controlada. Se han registrado 20 o 25 muertes por el virus. Maravilloso. Sin embargo, nos sorprende que de sus 800 infectados, una sea nuestra Anabela.

—Nunca quiso cuidarse —informó mi nuera hipeando por el llanto—. Es una seguidora de Cabildo Abierto, una organización ultraderechista que se burla de la epidemia…

—Me imagino que solo para llevarle la contraria a Vicent…

—Así es… —confirmó Margaret—, odia tener contacto físico con la gente pobre de Montevideo… Los culpa de todos los males que hay en la tierra.

—Pero sabe que la Fundación tiene el propósito de combatir la miseria en Uruguay… Sin miseria menos enfermedades e inseguridad. Es una Organización No Gubernamental apoyada por gente caritativa de Quebec.

—No lo entiende —se lamentó mi nuera—. Y por asistir a fiestas privadas con sus amigos agarró el Coronavirus. Ahora está en peligro su vida. Y otra cosa, suegro: es adicta al crack

Las palabras de Margaret calan. Tal vez por las preocupaciones todo me parece distinto. Ni siquiera me es soportable aguardar el turno para ingresar al supermercado.

Las doce personas que me anteceden —de pie sobre círculos rojos con suelas impresas en color blanco— parecen zombis con el medio rostro cubierto.

Y se aferran a la pantalla del teléfono portátil.

Odio encontrarme en esta situación, domesticado por la necesidad. Por segundos —segundos, subrayo— pienso en el comportamiento de Anabela. Rebelarse al status quo le satisface.

Por desgracia, su basamento intelectual le impide visualizar los riegos a su salud por apoyar la doctrina racista y autoritaria de la ultraderecha. Tambien expone la vida y seguridad de sus padres y la Fundación.

Le corresponde a Vicent sensibilizarla.

Por ser jueves, el movimiento humano es ascendente en los supermercados.

La tienda Dollarama y el establecimiento de comida rápida, Subway, no han cerrado sus puertas. Tres o cuatro decenas de personas se encuentran formadas en el exterior.

El uso del cubrebocas es obligatorio.

 En mis cerca de cuarenta años de vivir en Montreal, es la primera vez que enfrento una pandemia de tal envergadura.

Durante mi infancia en dos ocasiones fui aislado en mi habitación al enfermar de viruela y tosferina. Me cubrían las ronchas con harina de arroz.

Hoy debo reencontrarme con Leslie en el parque Ahuntsic. Me pidió apoyo económico. Su marido murió el año pasado y el bar cerró por el Covid. Pobre.

—¿Por qué no le pides que se venga a vivir con nosotros? — preguntó Xiang al comentarle el infortunio de Leslie—. Tenemos una recamara vacía…

 Leslie fue mi primera esposa y nunca pudo embarazarse.

Xiang conoce a detalle nuestra relación. Y las dos terminaron siendo amigas.

Emmanuel Gaultier —antiguo compañero de oficina— fue muy injusto con Leslie. Llegó a golpearla cuando estaba ebrio y con problemas de dinero.

Su muerte fue un alivio para Leslie.

El asesino sigue libre.

La mujer que me antecede, en sandalias, short de mezclilla, sin sostén y playera holgada, levanta la voz al hablar por teléfono.

—Si —dice y gira la cabeza para mirarme con sus enorme ojos claros—, ya me hablaron de la clínica… Peter estuvo con la dentista… Si, a las doce diez… 42 muertos y 120 infectados, ese fue el informe que escuché… No, no… solo 65 se encuentran en cuidados intensivos… Ya hablaremos en casa… No, te digo… habló Peter y ninguno de los  637 hospitalizados se apellida Ferro…  Te repito… Okay… Hablamos más tarde…

—Disculpe, mademoiselle  —dije con voz pausada—, escuché las cifras que dio… ¿Se refiere a los efectos de la pandemia?

—Correcto…. —respondió con el semblante de pocos amigos—. Nadie se cuida y mire, en la provincia tenemos 54 mil 383 infectados y cinco mil 340 decesos… Yo trabajo en el Ministerio de la Salud… Y es desalentador comprobar que mucha gente no se cuida y pone en riesgo a sus familiares…

—El mundo está de cabeza —dijo en voz baja sin mirarle los ojos—. Ya nada es igual… Somos nuestros propios verdugos…

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CARAS VEMOS…

Solo la castidad a dúo es sujeto de crédito.

Carlos Monsivais/Las esencias viajeras

 

vejestorias—Buenos días, vecina…

—Buenos días, vecino…

—¿Ya se enteró?

—¿De los 27 muertitos de hoy por el Coronavirus?

—No, no… de los Marest…

—¿Los del nueve?

—Sí, de ellos… Pobres, salieron positivos en su test del Covid

—Muerte segura para la pobre mujer…

La vieja Ángela Arruma no disimulaba su satisfacción. Públicas eran sus diferencias con madame Órleme Marest.

Monsieur Jacquar-Jean tenía sus enredos amorosos con la paraguaya, esposa del conserje.

La edad no era un impedimento.

—¿O esa asquerosa latina o yo, Jac?—le expresó madame Marest a su marido al enterarse de la relación.

—Estás mal informada… —monsieur Marest intentó zafarse del embrollo—. Si he ido a su departamento es para pedirle aspirinas…

—¿Pero por qué lo haces cuando yo duermo?

—¿Cómo lo sabes?

—Me vas a matar, estúpido… No son tiempos de infidelidad… Ya estamos viejos…

Aquel drama se difuminó en el edificio como el virus del Covid por el mundo.

Por mi parte, preferí unirme al coro para aligerar el remordimiento.

 Seré honesto. La vieja paraguaya hace buenos trabajos sexuales y su tarifa no lastima nuestro presupuesto de jubilado.

De los cuarenta y dos inquilinos del edificio, todos sexagenarios, no menos de veinte intimidamos con Ángela bajo la tolerancia del marido, un anciano de pocas pulgas que sufre las inclemencias de la impotencia sexual.

La paraguaya tiene 59 años y aún conserva cierto atractivo físico. En sus tiempos mozos fue prostituta profesional.

De San Estanislao, donde nació, viajó a Asunción, después de la muerte de su padre.

Un cónsul canadiense la desvirgó por mil dólares estadounidenses o seis millones de guaraníes de los tiempos actuales.

El funcionario, oriundo de Quebec y padre de familia, se apasionó de Ángela y no dudó en convencerla para que viviera a su lado en Montreal.

La atractiva jovencita dejó el burdel para seguir al anciano quebequés.

Dos años después, terminó en brazos del chofer del cónsul, paraguayo como ella y actual conserje del edificio donde habito.

Domingo Olivares nunca pudo embarazarla.

El hijo de ambos, en realidad le pertenece al cónsul, pero nunca lo reconoció a pesar de tener los ojos azules, el pelo color trigo y la sonrisa de dandy.

El tipo, por traficar cocaína boliviana, fue arrestado en Buenos Aires, donde enfrenta una condena de veinte años de prisión.

Ángela Arruma cada mes les envía doscientos dólares a su nuera y dos nietos.

Los jubilados del edificio somos sus principales proveedores de dinero.

Y vale la pena el sacrificio.

Sin embargo, el asunto de los Marest nos pusieron los pelos de punta.

Este miércoles 17 de junio, bajo una temperatura menos fría que de costumbre, en Quebec se habían infectado 117 personas de Covid, pero en menos de tres meses, por el mismo virus, murieron cinco mil 298 y 54 mil 263 enfermaron.

Me tranquilizaba saber que solo 690 infectados permanecían hospitalizados y 72 en cuidados intensivos.

Aun así, no confiaba en las cifras vertidas por el gobierno provincial. Los empresarios, al confirmarse que la gente joven era más resistente al Covid,  presionaban para que se reabrieran  los establecimientos comerciales e industrias.

Les importaba un bledo el destino de los viejos, principales víctimas de la pandemia.

Ángela Arruma al verme en el vestíbulo —normalmente a las tres de la tarde bajo a buscar mi correspondencia— me puso al tanto de las tribulaciones de los Marest.

La esposa del conserje sabía que madame Órleme Marest estaba enferma de diabetes y de enfisema pulmonar. Difícilmente superaría los efectos del virus del Covid 19.

—¿Y tiene idea de cómo los Marest contrajeron la enfermedad? —pregunté sin ocultar mi preocupación—. Ellos no tienen hijos y desde que se declaró el estado de emergencia han permanecido en su departamento…

—Solo ellos lo saben… —respondió Ángela con cierta frialdad calculada—, caras vemos corazones no sabemos

Todos los viejos —fieles clientes de Ángela Arruma— estábamos al tanto de sus enredos de cama con Jacquar-Jean.

El miedo, desde entonces, me ha robado el apetito y el sueño.

HEWMEROTECA: Monsivais Carlos – El Genero Epistolar

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PASEO POR LAS NUBES

vejestoriasEl subconsciente es una especie de llave maestra que abre la puerta del instinto.

Es algo sorprendente.

Hoy, por ejemplo, hice un largo paseo por el viejo Montreal y saludé a mi madre.

No es la mujer que conocí a mis sesenta años: una pasa marchita, furibunda y malhablada.

Por el contrario, era una dama de cara deslavada, sin macula de tintura, y en la cabeza usaba un sombrero de ala ancha con una rosa blanca insertada en la copa.

El abrigo de franela algo cobrizo continuaba en el perchero de entrada.

El encuentro se realizó en una habitación del Hotel Hilton, el de la rue Cinema.

—¿Ya llegaste, hijo? —cuestionó al verme y de inmediato agregó con su tonito de diva—: ¿ya te vas?

Y al final terminamos juntos, con su brazo metido en mi antebrazo, recorriendo el atracadero de yates, después de visitar la capilla de Notre-Dame-de-bon-secours.

Me ofreció un diminuto champiñón azul para que lo compartiéramos.

—Me lo regaló la chamana María Sabina —dijo—, muérdelo tu primero…

Lo hice.

De inmediato descubrí que unas pequeñas alas blancas, como de paloma, brotaron de mis talones. Lo mismo le ocurrió a mi madre.

—No te preocupes —susurró sin soltarme el brazo— vamos a volar un poco para ver desde arriba mejor la isla…

Entonces comprendí el porque me insistió en enjaretarme un abrigo invernal antes de recogerla en el hotel.

Y aquí viene lo bueno.

En el recorrido aéreo pude reconocer a otros paseantes con alas en los talones. La mayoría, cercanos y no precisamente familiares.

Me entusiasmé verlos volar, tan anonadados y curioseando algunos recodos  del rio Saint-Lawrence, las techumbres del Centre des Sciences de Montreal, de los Palacios del Congreso y de Justicia, la basílica de Notre-Dame y el Centre Phie.

En silencio no miraban a los otros paseantes. Enfocaban sus ojos hacia las partes bajas.

El verlos aún con vida, ensimismados en su paseo y junto a sus padres, me permitió recordar bellos momentos vividos a su lado.

En uno de mis viajes a la Habana, Luigi N perdió su pasaporte y tuvo que negociar con un empleado del hotel para recuperarlo. La atractiva chica que conoció en el centro nocturno La Tropicana fue quien lo sustrajo.

Mary se llamaba y tenía las caderas del tamaño de un taburete.

—Es tu hermana —me susurró al oído mi madre—, no quiere cambiar…

Luigi era diputado local y contador público. La noche que anunció su próxima boda con Mary, el alcohol lo obligó a cambiar de planes. Su prometida despertó en los brazos de su compadre, quien sería su testigo de bodas.

El aguafiestas fue el primer ministro de Quebec. Su asistente —chiquilla de pelo amarillo y piel de sabana recién lavada— no paraba de retocarle con pintura plateada sus patillas de rocanrolero sesentero.

Colgaba de su costado una mochila escolar —sac de dos— de donde extraía volantes que entregaba a los paseantes aéreos.

Mi madre rechazó la hoja. Yo, por vivir permanentemente en la isla y ser temporada de pandemia, la acepté.

—Cuida tu mente, hijo —recomendó mi madre—, estos políticos saben que con miedo y odio logran controlarnos…

En el volante me enteré que el martes 16 de junio únicamente 27 personas fallecieron y 92 se infectaron por el virus del Covid.

Y que en el saldo general, desde el inicio de la pandemia, cinco mil 269 murieron asfixiados o infartados.

En la provincia, 54 mil 154 enfermaron y de ellos, 718 permanecían hospitalizados y 77 intubados para no morir de asfixia.

Los volantes, al tirarlos los paseantes, asumían la forma de cuervos violáceos de pico azul. Revoloteaban a lo largo y ancho del tradicional rio.

Alex Mora, mi compañero de aventuras periodísticas, algo le comentó a su padre que lo hizo sonreír. Me sorprendió verle los dientes al viejo por primera vez. Por lo regular era un hombre huraño, autoritario y violento con sus hijos.

—Aun vende ropa y tiene una docena de puestos en el mercado central —me chismeó mi madre—. Su esposa, mi comadre, es una santa…

Me extrañó la infidencia. En ambas muertes yo acudí al sepelio. Alex quedó al frente de los negocios antes de que la artritis le carcomiera los huesos.

El exilio nos distanció.

—Debo volver a mi departamento —le dije a mi madre—, recuerda que mi tipo de sangre es A positivo y estoy expuesto a contraer el virus y poner en riesgo mi vida…

—¿Te das cuenta de lo que dices? —cuestionó—. Tu egoísmo es lo que impide que vivamos juntos. Ni siquiera me has preguntado por Dalila, la madre de tus hijos…

En parte tenía razón, pero yo deseaba seguir en Montreal junto a mis hijos y nietos y celebrar mi cumpleaños número setenta y nueve en la Habana.

Ya tendríamos suficiente tiempo para convivir en el país de los muertos.

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LA CARA DEL ESPEJO

La luna es el espejo del tiempo.

Jorge Luis Borges

vejestorias¿Qué ocurre cuando escuchas tu voz y estás solo?

Tal vez le pongas poca atención al tipo cachetón de corbata rosada y pelo aplastado y brillante que no para de hablar en el televisor.

Mueves la boca y tuerces el labio superior, perceptible al despojarte del bigote de aguacero que siempre tiñes de negro para no envejecer.

—Solo 20 fallecidos y hago extensivo el pésame a sus familiares… Una oración a ellos…

En una franja roja con letras blancas es posible  leer que, en Quebec, han muerto cinco mil 242 personas y 50 mil 54 están infectados de Coronavirus.

Los médicos y enfermeras no tuvieron descanso el fin de semana. Y los imaginas agotados, conmovidos hasta el tuétano, al ver a sus pacientes —771 en esta ocasión— luchando para sobrevivir. 82 permanecen en salas de cuidados intensivos, enchufados a máquinas de oxigenación.

Lunes 15 de junio.

El arroz blanco, salado con salsa de soya, sigue intacto en el plato.

—Aun no abras el frasco —te ordenas y lo regresas al refrigerador.

La leyenda pegada en el vidrio te lo recuerda. El sábado envasaste el vinagre con las especies, chiles serranos y trozos de cebolla y zanahoria.

Tu madre siempre te recordó que después de cinco días podías comer el contenido.

—Un año duran sin descomponerse —te dijo la primera vez que la ayudaste a preparar los chiles en vinagre—. El secreto está en hervir los frascos y meter las verduras al vacío…

Tiene setenta y tres años. La evocas. Y no a tu padre, un excelente ebanista y herrero.

Cuando recorres la habitación es posible cruzarte con la otra persona muy parecida a ti: enorme, peludo, narigón, seco de carnes, frente estrecha, cara triangular, sombría, y orejas de buñuelo.

Tus ojos han perdido el color de la grama, son más oscuros y sin reflejo.

El día que murió tu madre tuviste la oportunidad de observarla detenidamente. Nunca le soltaste las manos. Te diste cuenta de su muerte cuando en sus pupilas lograste reflejarte.

Durante seis o siete horas permaneciste en su cama, recostado a su lado. Nunca se lo comentaste a Tania, menos a tus hijos y hermanos.

Mercedes vivía sola en la rue Longue al lado de dos gatos y un perro chihuahua.

Un día antes de morir envenenó a sus mascotas. Ella creía que la guiarían por el camino correcto para llegar al Paraíso.

—Si nuestros nietos o las nuevas generaciones aprendieran los secretos de la encurtiduría se acabaría el hambre —reflexionaba tu madre cada vez que ayudabas en la cocina—. Es criminal echar a la basura tantas verduras y frutas que no se venden en los supermercados…

No estaba tan equivocada.

En algunas ocasiones llegaste a planear instalar una agroindustria casera especializada en el envasado de verduras.

En la mueblería donde laboraste treinta y dos años se lo hacías saber a tus compañeros. Algunos llegaron a interesarse, pero nunca materializaste tus dichos.

Lo único que obtuviste fue el apodo de Avinagrado.

Por tu carácter agrio y la cara de pocos amigos el sobrenombre se arraigó entre el personal de la empresa.

Hasta la propietaria, madame Giselle Gillam te decía, sin perder el estilo, monsieur Le Vinaigre.

Nunca protestaste. En varias ocasiones pensaste utilizar la permetrina que recuperaste al fallecer tu madre.

Un poco en el agua del garrafón te permitiría acabar con los ácaros parlantes que tanto aborrecías.

Tania te pidió solicitar por teléfono dos raciones de comida china —arroz frito con camarones— y lavar la ropa de cama.

Todas las tardes, de cuatro a doce de la noche, Tania cuidaba a dos niños de un departamento cercano. Sus padres trabajaban en el área de intendencia de un hospital polaco.

—Y así voy salir, aunque se burlen —repetías con el mismo tono de voz de tu madre al escuchar los zumbidos del timbre—. Rigoberto que se vaya al carajo por desguevado y Avinagrado…

No eras el mismo cada vez que te veías en el espejo de luna.

El maquillaje y la peluca lograron transformarte y envalentonarte.

La falda rosa y el blusón guinda de Mercedes resaltaban la flaccidez de tus brazos y piernas. No te importó. La felicidad te embargaba.

 Madre-madre o hijo-madre…

—Seguro que el chino del Ling Food se pondrá cachondo cuando lo haga pasar y le invite un tazón con verduras encurtidas y jamón ahumado…

El comentarista del televisor, muy boquiflojo, insistía en sugerir el uso del cubrebocas cuando se abordara el transporte público.

—Protéjase y proteja a su familia…

VIDEOTECA:

HEMEROTECA: Psicosis – Robert Bloch

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RESISTIR…

…y veían también la tierra toda y la ciudad antigua ebria de alegría y de sueños y de primavera, y los silencios encantados de las plazoletas borrachas de luna.

Thomas Wolfe/Del tiempo y el río

vejestoriasAun desconozco el motivo de plantarme frente al ordenador.  Es medianoche.

El edificio sigue rodeado de silencios y ruidos provocados por el viento.

La gente se halla enclaustrada.

Y en la esquina de Saint Jacques, donde antes del 23 de marzo aguardaba la presencia de los niños de suéter colorado y pantalón o falda negra.

—Buenos días, monsieur Almerrrra… —recitaban los escolapios al mirarme con mi paletón de lámina con la palabra Arrêtez y un chaleco naranja fosforescente.

—Almeira —corregía— sin hacer rrrrrr, sino er… suavecito…

La misma aclaración de siempre. Bueno, de lunes a viernes y durante el periodo escolar.

Hoy no puedo decir lo mismo.

El colegio está cerrado por la pandemia.

Saint Jacques reabrirá el martes 1 de septiembre si los contagios ceden.

En Montreal soy un cotorro viejo que habla francés sin conocer sus reglas gramaticales. Lo aprendí en los cursillos exprés regalados por el gobierno provincial.

Mi mujer, nicaragüense como yo, enfrenta el mismo dilema. Por fortuna hay comunidad latina en el barrio. Nos ha sido posible socializar.

Los años pasaron muy rápido. Envejecimos y quedamos al garete, bajo los silencios obligados de una isla poblada de exiliados.

—No puedo permanecer en el departamento sin ser productivo —le dije a Camelia—, odio estar ahuevado contemplando cómo la vejez nos consume…

—Viajemos —sugirió Camelia al día siguiente de recibir el primer depósito de la pensión—. En Estelí nadie nos conoce… Los bochinches quedaron superados…

En Managua éramos respetados, por ser maestros en una primaria regular de Ciudad Sandino.

Todo se descarriló hace cuarenta años al oponernos a las expropiaciones de fincas e inmuebles aplicados por el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Los dos acordamos emigrar a Canada, sin ser perseguidos o amenazados por el incipiente gobierno sandinista.

Hay recuerdos que lastiman. Atrás quedaron nuestros padres y hermanos. La orfandad arribó sin ser esperada.

—Murió mamá —me informaron una mañana de octubre por teléfono.

Solo pude llorar, lamentar la partida. Eran tiempos de carencias. Camelia y yo trabajábamos sin descanso para cubrir nuestras deudas, alimentarnos, vestir y enviar dinero.

Lo mismo le sucedió a mi esposa. Nuestros dos hijos aun eran muy pequeños.

Mis padres se ausentaron, como le ocurrirá lo mismo a Edén y Lisandra, que ahora son adultos y nada quieren saber de Nicaragua.

La falta de sueño me tiene atornillado en el sillón.

Las dos chelas no resultaron eficientes en la búsqueda del sueño.

Camelia duerme. Tiene el televisor encendido y con el volumen alto. Se ha vuelto muy chillona.

—Si Olguita se nos adelantó  —le aclaré hace cuatro días— no significa que la muerte esté cerca, tranquilízate…

—Es un aviso —contestó ella sin soltar el rosario y de rodillas ante el cuadro de la Virgen de la Inmaculada Concepción.

La miro con profunda melancolía. Está muy delgada y ha dejado de usar su prótesis dental. No me gusta que esté chintana y pase por alto el baño.

Soy quien tiene ordenado el departamento y preparo los alimentos. Ella es un año mayor que yo, pero el exilio, la maternidad y el trabajo en la fábrica la golpearon con dureza.

Este domingo —14 de junio— solo han fallecido 27 personas en Quebec por el virus del Covid.

Y, de acuerdo al gobierno, 127 se han infectado en las últimas veinticuatro horas.

 La información la recibo con cierta reticencia, porque los empresarios presionan para que se reabran sus negocios. El desempleo ya alcanzó a más de un millón de quebequés.

Hasta el momento, de los nueve millones de habitantes, cinco mil 222 han muerto por el Coronavirus.

De los 53 mil 952 infectados, solo 684 están hospitalizados y 85 entubados a respiradores mecánicos.

Los viejos somos los más afectados.

Debo resistir.

Mi nuera está a punto de ser madre por segunda ocasión y quiero conocer a mi nieto.

Le prometí a Edén que iré en diciembre con su madre a Vancouver.

Es posible que Lisandra y su marido estén presentes. Todo depende del comportamiento de la pandemia en Tokio.

Debo ser prudente y no embolarme en estos momentos…

HEMEROTECA: te23ju20