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NO TE EQUIVOQUES

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisaje

                         …es un hijo no sabio, porque ya hace tiempo que no debiera detenerse al punto mismo de nacer.

Libro de Oseas

Despertaba puntual y me preparaba para ir de visita y recuperar con la vista o el subconsciente las arboledas cubiertas de hojas secas de roble y piñas de pino.

El retorno era obligado antes del desayuno. Ahora sería distinto. De ahí mi limpieza y peinado.

Y mientras descendía por la escalinata de piedra poma que terminaba en el portón con techo arqueado, pensaba en el reencuentro con Imelda Aragón, la hija de don Silvestre, el mayoral del rancho Nomeolvides.

—Algo importante tengo que decirte —me dijo con ojos de angustia, después de misa, en el atrio—. No faltes y llega solo…

Oseas es mi nombre. Y Arquímedes Covarrubias los apellidos.

Imelda asegura que Oseas fue un profeta hebreo que, por mandato de Dios, procreó hijos con una prostituta.

En Huayacocotla es el trabajo quien imprime nuestros códices de convivencia. No la religión o el ocio.

Es nuestro caso.

Mi padre dejó de ir a la iglesia desde que mi madre huyó del pueblo con el sacerdote. Mi hermano Arnulfo tenía seis años y yo acababa de cumplir tres.

El ascenso por la floresta del barrancón de San José me permitía aspirar las fragancias del abeto, roble y pino mezcladas con la podredumbre de los helechos e hinojo. Olores agradables, relajantes que me alejaban de los problemas familiares y la falta de dinero.

La pobreza es una virtud, repetía Aldegundo Barragán, el repartidor de leche bronca.

Y lo afirmaba cuando me notaba recaído o corajudo. Nunca me negaba un jarro de leche de cabra. Era un viejo ermitaño, enhuarachado y con un sucio sayal a la espalda, como capa. Nunca le conocí esposa o familia.

Todo esto lo recuerdo mientras escalo el lomo de la cumbre de piedra caliza, humedecida por la bruma del amanecer. Mi padre jamás quiso construir un sendero para no atraer miradas y evitar murmuraciones. A  nadie le pertenecía esta parte de la floresta. La asamblea ejidal determinó destinarla para ser una extensión del camino real de San José a Los Naranjos.

Los hermanos Luis y Jacobo Liceaga se apoderaron del terreno escarpado bajo el argumento de contar con una concesión para extraer minerales liberada por el gobierno federal.

Don Fulgencio Ríos apareció muerto junto al arroyo de Los Álamos un mes  después de protestar por esa decisión avalada por el alcalde en una reunión de cabildo. Hay rumores de que fue mi padre el brazo ejecutor.

Y lo creo.

Casimiro Arquímedes era capaz de hacer eso y más. Y Dios sabe que no miento.

Tu retratito lo traigo en mi cartera

donde se guarda el tesoro más querido

y puedo verlo a la hora que yo quiera

aunque tu amor para mi ya esté perdido…

Cantar en la marcha es el mejor remedio para espantar los malos pensamientos. De tanto oír el corrido por la radio, los versitos entraron a mi cabeza y ahora son míos.

No es que te amague solamente te lo advierto

que aunque no quieras yo estaré seguir mirando

pues tu bien sabes que lo nuestro fue muy cierto

y tu retrato me lo está justificando.

Y cuando alcanzo la parte del estribillo, mi voz estalla como un trueno y rebota de árbol en árbol hasta alcanzar la cima, donde seguramente me aguarda Imelda con sus trenzas de chapopote y rebozo de lana.

Yo te he de ver y te he de ver y te he de ver

aunque te escondas y te apartes de mi vista

y si yo pierdo mi cartera sin querer

de nueva cuenta te mando un retratista.

La vida es tan simple como esta canción.

Es lo único que me conecta con el mundo exterior, con la gran capital, con los personajes de habla rápida, repetitiva, que promueve productos de consumo ajenos a mi alcance económico.

Sin la XEW la voz de América latina desde México, mi cabeza estaría llena de reproches, números y nombres históricos asimilados en la escuela. Y otro tanto con los insultos y quejumbres de mi padre.

La canción seguía viva, alegre, deseosa de salir por mi boca.

Por la mañana te miro muy temprano

luego te guardo y te miro más al rato

y por la noche te tiento con la mano

aunque no sea más que el puro retrato.

Imelda no era de ruidos, sino de silencios. En nuestros encuentros hablaba poco. Y aun así la amaba. Estaba loco por ella. Usaba enaguas de manta bordada por imposición de su madre, doña Silvina, tan mocha como las monjas del colegio de San Ignacio de Loyola.

Por eso mi alma te pido que comprendas

y sin recelos me den la vida entera

y no hay motivo para que tu te ofendas

de todos modos te traigo en mi cartera.

Y así, con la misma entonación de pregonero logré llegar al punto de encuentro. Aun tuve tiempo de rematar, por treceava vez, el pegajoso estribillo de…

Yo te he de ver y te he de ver y te he de ver

aunque te escondas y te apartes de mí vista

y si yo pierdo mi cartera sin querer

de nueva cuenta te mando un retratista.

—¡Eres un loco Oseas! —exclamó Imelda con una mueca de fastidio apenas dibujada en su rostro bronceado de labios delgados y ojos de arándano.

Los dos éramos muy semejantes de edad. Celebraría mis quince años un mes antes que ella, en noviembre. Terminamos juntos la primaria en la escuela federal Wilfrido García.

Y Arnulfo era el responsable de llevarnos a casa, de cuidarnos, a pesar de estar en el mismo grado escolar que nosotros. Y hasta ahoritita no lo extraño. Solo mi padre lo evoca cada vez que anda pítimo o enmariguanado.

—Si me has de decir algo desagradable, es mejor que lo sueltes —pedí al notar la dureza de su mirada.

—Voy a casarme con tu padre —soltó sin dar muestras de tristeza o enojo—. Mis padres ya se apalabraron con Casimiro y yo acepté…

Y entonces me vino a la memoria la cara ensangrentada de Arnulfo jurándome que nada tenía que ver con Imelda.

—¡No soy yo el que la ronda, Oseas… hermanito, no te equivoques! —insistió antes que le soltara el segundo machetazo en la cabeza.

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RINA LUZARDO

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisaje1

En tres días celebraré mis 32 años de vida. Nada de que alegrarme.

Algo ha cambiado en mi paso por la tierra. Únicamente me preocupan mis hijos.

La lejanía confirma una de las diez reglas que me tracé al separarme de su padre.

No ser vencida por la adversidad. Únicamente trabajar duro para acercarme a ellos en condiciones menos desfavorables.

Una mujer infeliz hace infelices a sus descendientes.

El hombre que abonó con su savia mi vientre — Arthur Connery — en México optó por aislarme dentro de un espacio irregular, amueblado y contaminado por sus reclamos, aceite comestible, flatulencias y sudoraciones rancias.

No fui concebida y educada por padres perfectos, fieles, justos y amorosos. Mi hermano Belisario, dos años menor que yo, experimentó la desdicha de convivir con nuestra madre, después de sobrevivir a un infarto coronario.

Nuestro entorno fue de chismes y fiesta.

Los parientes utilizaban el poder de la palabra para martirizarme al intentar ser distinta.

Mi nombre es Rina Luzardo y anhelo ser una persona de éxito.

La preparación es la llave del éxito, estoy consciente.

Y en parte, así lo creo.

Es importante la apariencia física, emitir confianza y no entregar tu dignidad por hambre, pereza o miedo.

Nací en la cabecera municipal de Yautepec. Dentro de una colonia popular, La Estación.

Mi bisabuelo Francisco Vega alquiló cuarenta años su fuerza de trabajo en un  ingenio azucarero, el de Oacalco. El sindicato le vendió a bajo precio una casa reconstruida, de dos recámaras.

Ahí vivimos y en ella murió mi bisabuela Refugio Villalba, analfabeta y enferma de mutismo. Una mujer resignada. Y fue su manera de ser buena esposa y madre.

Mi bisabuela parió seis hijos —cuatro mujeres y dos hombres— y  Sofía, la mayor, fue la madre de mi madre.

Mi abuela Tania, durante treinta y dos años, laboró de enfermera en una clínica de salud de Yautepec.

—Témele al fracaso —sentenciaba la abuela—, porque el fracaso es el que te hace infeliz.

Es posible que, en esas fechas, sus palabras no tuvieran destinatario.

Tania fue madre soltera.

Y Camelia, mi madre, terminó viviendo sola con sus hijos: yo y Belisario.

Orfelio Luzardo, se desatendió de su responsabilidad paterna bajo el pretexto de ser un empleado de confianza en Petróleos Mexicanos. Por lo mismo, sus ausencias eran obligadas.

En parte decía la verdad.

Su trabajo consistía en intervenir en litigios intersindicales e informar del resultado al secretario general de la sección 23 del Sindicato Nacional de Trabajadores de Pemex. Ocho veces al mes permanecía en  Coatzacoalcos y Villahermosa.

Poca atención tuvo con Camelia y sus hijos.

La aprehensión de su jefe, por un asunto de corrupción, alteró radicalmente nuestra vida.

Mi padre tuvo que huir a Canadá y solicitar refugio político.

En esos momentos, Belisario y yo tuvimos la oportunidad de seguirlo a Montreal y alejarnos de nuestra madre y abuela.

En mi caso, me vi obligada a separarme de mis hijos gemelos, de cuatro años: Ángel Gabriel y Ángel Miguel.

Mi madre no pudo viajar a Canadá. El médico le prohibió abordar el avión, por su problema de salud.

Cuando aún era menor edad, me enamoré de la persona equivocada: un escoces proveniente de Arizona. Era ingeniero industrial y vivió seis meses en Yautepec.

El gobierno federal lo contrató, a través de una compañía estadounidense, para reparar dos molinos de caña de azúcar.

Arthur Connery tenía lo suyo: corpulencia, arrogancia, juventud, labia (hablaba a la perfección el castellano) y dinero.

No me adelantaré y prefiero abundar sobre algunos aspectos de mi infancia cargada de altibajos.

Mi aspecto físico, muy piropeado por el sexo opuesto, alteró la percepción de las cosas. Las palabras de halago de mis pretendientes me hicieron creer que era distinta a las otras mujeres.

Primas y vecinas de mi edad no disimulaban su malestar —o tal vez envidia— por mi manera de vestir o al comportarme como una diva.

Me coloreaba las mejillas y labios con pitaya.

Nunca dejé que me cortaran el cabello.

Y preparaba mis propios champús con aceite de coco, limón y miel de abeja.

Una de nuestras vecinas, doña Liboria Ríos, me regalaba un menjurje para fortalecer mi cabellera. Lo elaboraba con verbena, jengibre, cola de caballo y ortiga.

La vieja chamana vivía sola. Leía las cartas del Tarot, hacia limpias y ayudaba a recuperar maridos o esposas infieles. Hizo lo imposible para protegerme del mal de ojo y enseñarme algunos de sus secretos herbolarios y de adivinación.

Mi abuela la estimaba. Dos veces al mes le regalaba alimentos enlatados y una botella de aguardiente de Yecapixtla.

La pobre mujer, ya reumática, tenía problemas al caminar. Cada vez que la encontraba en la plaza, demandaba mi ayuda para abordar la combi.

—Te voy a heredar mis secretos —ofrecía en actitud maternal—, pero siempre estarás condenada a vivir lejos del hombre indicado…

Yo era ajena a sus sortilegios.

Mi despertar sexual estuvo concatenado a los piropos que empecé a recibir en el aula escolar desde el cuarto año de primaria.

Tendría trece años cuando sobresalí por distinguirme de las otras adolescentes. Mi cuerpo experimentó cambios, después de tener mi primer periodo menstrual.

Desde ese instante, como lo anoté al principio, mi vida dio un vuelco radical.

Y la adversidad se inoculó en mi destino.

El atractivo físico y mi apego a evadir cualquier sesgo de autoridad abonaron el comburente idóneo para bordear el espinoso territorio de la infelicidad.

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SAL O AZÚCAR…

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisajeAzúcar o sal. Un simple estado de ánimo.

El champurrado de la calle no tiene olor y sabor. Cada peatón es una almendra.

—No creo que volvamos a encontrarnos —repite Marie-Reneé después del último beso.

No hay lágrimas.

Sal o azúcar.

La misma respuesta. Por el momento, mi estado de ánimo no es el mejor.

—Espero lo reconsideres —digo.

Una relación de dos años o dos inviernos no puede llegar a su fin tan fácilmente.

Marie-Reneé dejó de ser la misma desde su reencuentro con Zénobe. Es doloroso.

El brasileño sobrevivió a sus lesiones. Durante dos años permaneció en estado comático.

—Es mi marido —me lo recuerda—. Y tu su médico…

Nuestra mesa, cercana a la ventana, nos permite observar la caída de la nieve.

Azúcar o sal.

Calle y banquetas cintilan por el reflejo de la luz solar y la alfombra blanca.

—Te entiendo…

Evito ver sus ojos sombríos, cansados. Su párpado izquierdo tiembla.

La taza de café sigue intacta, como el rímel de sus labios.

Zénobe merecía vivir. No por su esposa e hijos. Sin su oportuna presencia en el quirófano, seguramente Jane ahora no me aguardará  en casa con su frágil anatomía, pero siempre optimista y alegre.

Un riñón ajeno hizo el milagro.

Jamás creí que un asunto común —como el trasplantar el órgano de un sujeto atropellado— se complicara al enamorarme de la mujer equivocada. Precisamente la esposa de un donante fortuito.

Y así fue.

Ahora enfrento las consecuencias.

Depende de mí perder mi libertad o recuperar el cariño de Marie-Reneé.

Zénobe solo es un paciente del hospital donde trabajo. Soy su neurólogo.

Sal y azúcar.

Un mismo efecto visual, sin resentir el frio que, seguramente, existe en la calle.

Y pienso:

La sal que escurre en sus mejillas exige que me aleje de ella… Es una advertencia…

Mi café empalaga. Exceso de azúcar.

Debo ser prudente.

Y pienso:

De una sola dosis de pentobarbital depende la felicidad de cuatro enamorados.

—Salúdame a tu esposa —murmura Marie-Reneé en el instante que se desliza del sillón para alcanzar el pasillo.

—Lo haré, gracias…

Y sale de la cafetería sin volver la cabeza.

La puerta giratoria del hospital se encuentra al borde de la banqueta contraria.

Los granos de sal o azúcar forman una cortinilla borrosa en el cristal.

En cada mesa sus ocupantes han experimentado el mismo sentimiento.

Y concluyo:

Debo velar por mi libertad y no perder la carcajada franca y ruidosa de Jane…

HEMEROTECA: El arte de la negociacion – Donald J Trump

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 EL LENGUAJE DEL INSTINTO

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisajeCamina, camina, camina…

No sueltes el cajón de bolear. Es el único medio de sobrevivencia.

Es la memoria viva de tu derecho a ser fuerte

La avenida está poco iluminada. Los aparadores de Liverpool te permiten observar los trajes de novia y los dos maniquíes blancos, desnudos y sin brazos.

Los respiraderos de hierro de la acera zumban y emiten un vaho caliente.

Es posible que ahí te reguarnezcas hasta el amanecer. No lo piensas, lo intuyes.

Eres un vagabundo intuitivo, no racional.

La calle te ha convertido en una bestia.

En pocas horas, de encontrarte al Boni, tus días estarían contados.

¿Recuerdas a El Duque?

¿Cómo lo descubriste al despertar en aquel sepulcro del panteón de San Fernando?

¿Ahora lo entiendes, verdad?

El cajón no es tuyo. Pensaste que al verlo despatarrado y desvalido en el estación del metro, no volvería a estar de pie y armado. No importa que sangrara.

Boni es un delincuente, no solo el vicioso y violento que crees conocer.

—¿Y de dónde eres, guey?

—De aquí…

—No te hagas pendejo, pinche escuincle

Apretaste los labios, embarrados de chocolate, y preferiste aguardar cualquier resquicio para echarte a correr.

Era feudo del Beni. Desde la Tabacalera al Centro Histórico de la Ciudad. A ningún vago suelto le era desconocida esa verdad.

Y tuviste la ocurrencia de abandonar tu casa de Netzahualcóyotl y refugiarte ahí, precisamente en torno a la Alameda Central y la Plaza Garibaldi.

El carnal Beni jamás olvidaba las caras, menos una como la tuya, asimétrica y perruna. Tu corta barbilla y las mejillas regordetas y caídas, en nada te diferenciaban a un bulldog.

La patada que te propinó en la espinilla te hizo dar varios saltos y gritar de dolor.

—Es una probadita, culero… Pa’la otra… mira lo que te pasa —y al decirlo sacó del cajón de bolear una charrasca y la restregó en la acera.

No dijo más y se alejó.

Ninguno de los vagabundos del polígono te dirigía la palabra. Pagaban su derecho de piso y nadie los molestaba.

Beni solo era un intermediario. Alguien de más arriba era el ganón.

La edad no fue un impedimento para cobrártela.

Y decidiste continuar tu marcha por aquel territorio vetado.

Y evitaste internarte en los parques y el zócalo.

Lo tuyo era la Lagunilla y el Barrio Chino.

En ambos territorios sobraba comida. No necesitabas dinero.

El único ser que tuvo las agallas de pegarse a ti, fue el esquelético perro color salmón de las orejas mochas y un manchón blanco desde la frente al hocico. Le compartiste unos mendrugos de pan y huesos de pollo, de la media pechuga frita que rescataste de un contenedor.

El Duque era su nombre. Tú no se lo impusiste. Los mariachis de Garibaldi así le gritaban.

En los escalones de acceso al museo Franz Mayer pudiste refugiarte sin que te molestaran.

Hasta ahí llegó El Duque, casi raspando la acera con el hocico y agitando la cola. Se echó a tu lado y se dejó acariciar. Estaba tan solo y hambriento como tú.

Y antes del amanecer, el enflaquecido pastor ovejero cruzado con terrier, te lamió la cara para despertarte. Después, soltó un ladrido.

Sin cavilar sobre lo que ocurría, simplemente te desembarazaste, abandonaste el cartón y los periódicos que te sirvieron de aposento, y seguiste al animal.

Así conociste el solar que te serviría de refugio y sanitario.

Únicamente los audaces y valientes se hubiesen atrevido a permanecer en aquel pequeño espacio bordeado de cruces y sepulcros.

El Panteón de San Fernando olía a cempazuchitl y tierra podrida.

Tu escondrijo —o el escondrijo de El Duque—, te permitía observar la cúpula y las dos torretas de la iglesia de San Hipólito y San Casiano.

Y tú mismo instinto de sobrevivencia te acercó al portal de la Zarco. El Duque te acompañaba.

Y los pocos feligreses que cruzaban el atrio para adentrarse al templo, se apiadaban de ti —al fin un niño de nueve años— y te regalaban monedas.

Poco te duró el gusto.

Beni se enteró de tus correrías y contraatacó.

Una semana después de tu estancia en el cementerio, al despertar, descubriste a tu amigo colgado en una cruz de concreto. Medio cuerpo descansaba sobre una plancha lamosa y ennegrecida por la humedad. En ella se leía el nombre su propietario: Ernesto Mondragón Carranza.

No lloraste.

Descolgaste a El Duque y en el solar cavaste un hoyo y lo enterraste.

Y desde entonces no paraste de caminar.

Durante el día evitabas hacerte visible. Por las noches, hurgabas en los contenedores de los restaurantes y edificios cercanos al mercado de La Lagunilla.

Tu reencuentro con el Beni fue casual. Ocurrió la madrugada de un lunes frio y poco concurrido. Tu adversario dormía en el túnel de acceso a la estación del metro Hidalgo, a un costado del ex Convento de San Hipolito.

El alcohol y la mariguana lo invalidaron, sin representar un peligro en esos momentos. Un cajón de bolear con las letras BP y dos suásticas dibujadas con pintura negra yacía a la altura de su cabeza rapada y tatuada.

Sin pensarlo, agarraste el cajón de madera y del interior extrajiste la charrasca que Beni utilizaba para quitar los residuos de lodo seco en el calzado que lustraba.

Y sin pensarlo, como siempre le ocurre a un niño de la calle, liberaste tu instinto: la charrasca cortó limpiamente el cuello del Beni.  Y fascinado observaste cómo empezó a emanar de la herida una sangre negruzca y viscosa, como si borbotara de una botella de aceite.

Y te alejaste, aun con el cajón de bolear y la charrasca.

No soltaste el trozo de segueta afilada hasta que estuviste en la tumba de tierra y piedras de El Duque.

Te lavaste las manos con el agua sucia de los floreros de una tumba.

Algo no encajaba en lo ocurrido. Beni jamás protestó al ser atacado. Ni siquiera abrió los ojos o gesticuló con desesperación, como le sucedía a los moribundos de las películas.

Por esa razón, te quedaste con la certeza de no haber acabado con la vida del Beni.

Y desde entonces, mientras caminas, caminas y caminas, temes encontrártelo.

Y tu miedo se acrecentó, desde que empezaste a oler thinner y pegamento de calzado.

HEMEROTECA: pro26ene20

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CHANDRA

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisaje2

Emile Bigot fue generoso al contratar los servicios de Chandra, nuestra Carita de luna.

¿Nuevamente? ¿Necesitas repetir la toma?

No. Okay, ma chérie.

Como decía, Emile no dudó en contratarla.

 Chandra es muy dulce, muy paciente y honesta.

Y fue precisamente su honestidad la que allanó el camino para conseguir la plaza.

Todo padre ve a sus hijos hermosos e inteligentes.

Chandra no es la excepción. Es bajita de estatura, como una muñequita de ébano, y de cara oval y cabello largo y oscuro. Su mirada irradia paz, como si tuviera en el interior un puñado de luciérnagas.

Es de naricita respingona, con una pequeña hendidura en la punta. Su tamaño resalta el grosor de los labios, siempre carmesíes, y el contorno del mentón.

Aclaro: antes del incidente, nuestra hija nunca dio visos de debilidad o tristeza.

Por el contrario, era hiperactiva y de risa fácil.

Como ocurre con la mayoría de los hijos e hijas de migrantes, Chandra aprendió a hablar en francés, inglés y las lenguas de sus padres. En este caso, el español e hindi.

Alentamos su pasión por los idiomas para obtener mejores herramientas de sobrevivencia.

Emile quedó deslumbrado al confiarle que uno de sus invitados a su mesa, de origen indiano, hizo un comentario inapropiado.

—Debe ser cuidadoso, Monsieur… —le recomendó y alertó, después de abandonar el restaurante los tres elegantes clientes que lo acompañaron en  el privado—. El hombre que estaba a su derecha, al ir al sanitario, dijo por teléfono, en hindi, que su oferta era una porquería y que retrasaran la paga para doblegarlo.

En meses posteriores, nuestra hija se enteraría que Emile negociaba precursores químicos, importados ilegalmente de Rusia e India. Eran fenil y propanona.

Emile utilizaba la ruta del mar siberiano para traficar los productos que almacenaba en varias bodegas de una población rusa, llamada Lavrentiya. Los nativos de ese helado lugar, los chukchi, son los responsables de cargar y descargar las avionetas que posteriormente vuelan a Juneau y Kelowna.

   Emile trabajaba solo, sin ostentaciones que llamaran la atención. Tampoco era un Don o un dealer de baja estofa. Simplemente, como empresario visionario, aprovechaba las debilidades de los sistemas políticos y financieros de Canada, Estados Unidos y Rusia para traficar con los precursores químicos.

En este caso, contaba con un importante aliado en el Servicio Canadiense de Inteligencia de Seguridad que ubicó a los pakistaníes e indianos. Y después de un fructífero interrogatorio fueron deportados.

  Chandra dejó su plaza de camarera y fue contratada como empleada de confianza de una de las empresas de Emile.

En Montreal.

Su trabajo consistía en atender a los extranjeros que visitaban las oficinas centrales de la compañía Bigot. Iba a recogerlos  al aeropuerto y en limosina los trasladaba al hotel donde se hospedarían.

 En otras ocasiones, Emile requería de sus servicios como interprete.

  Cada palabra que vierto para ustedes, como podrán darse cuenta en las imágenes, tiene mucho de verdad.

Chandra heredó el gusto de la fotografía, como su madre, y el material de archivo que les presentamos es de su autoría.

No queremos dejar un mal sabor al concluir el documental.

En las pocas ocasiones que coincidíamos en la mesa, nuestra hija nos hablaba de las bondades de la empresa. Se sentía valorada.

Madrugaba y regresaba a la medianoche al departamento.

En contadas ocasiones se ausentaba los fines de semana. Emile y su asistente general, monsieur Fernand Benzoni, la llevaban por aire a los lugares donde tendría lugar algún encuentro de trabajo.

Por ejemplo, a Vancouver, Kelowna, Nuevo Brunswick o la Isla del Príncipe Eduardo.

Nunca le escuchamos una queja. Normalmente sus comentarios estaban cargados de optimismo.

En el primer año, le declaró a Revenue Quebec ingresos por sesenta mil dólares. Por lo mismo, durante sus tres semanas de vacaciones viajó a Nueva Delhi para conocer a sus tíos y primos.

De boca de ellos se enteró que sus abuelos huyeron de la India, porque mi madre se negó a casarse con un comerciante adinerado. Había pagado la dote exigida por la familia.

Mi madre prefirió amar a mi padre, un humilde vendedor de mariscos del mercado de Chandni Chowk.

 Arya ha aportado parte del material videograbado de nuestra hija durante diferentes etapas de su infancia y adolescencia.

Tiempos luminosos, donde ningún nubarrón ensombrecía el bienestar de nuestro hogar.

Ustedes pueden confirmar por sus correrías, gracias y travesuras que nunca limitamos la felicidad de Chandra.

Cada cumpleaños era un gran día, como lo es hasta ahora.

 El 12 de agosto celebraremos sus 36 años de estar en el mismo techo de la familia.

Los vecinos jamás les negaban a sus hijos su derecho a disfrutar un trozo de pastel en nuestra mesa.

Por ser día soleado, preparábamos un barbiquiu en el pateo trasero e instalábamos un brincolín y otros juegos mecánicos.

Bien, es tiempo de regresar al sótano.

Arya no pierde detalle de mis palabras y movimientos.

Es lo último que tendrán ante sus ojos.

Y estoy convencido que de esta manera ustedes serán menos severos en sus juicios.

HEMEROTECA: Philips Bilal – Entendiendo Al Islam Y Los Musulmanes

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DEJÉMOSLO DESCANSAR

Salvador Dali La aparición de la cara de Afrodita de Cnidus en el contexto del paisaje1

Mi esposa es enfermera —como yo— y estudió cine, en el Cégeps de Cartierville. De ahí su propuesta de grabar la cirugía y dejar un testimonio visual de un hecho reivindicativo y cuestionable.

Vida por vida, lo he intitulado.

El primer registro, como ustedes se dieron cuenta, fue de Emile Bigot.

Un gran close up permitió conocer su portento varonil y la tranquilidad como duerme.

Perdonen la ironía.

Es un hombre exitoso. Un empresario de valía. Un gigante de los negocios. Un estadista con presencia universal. E incluso, un padre de familia inigualable.

La prensa de Quebec se ha encargado de dar detalles de su vida.

Merecía, por lo tanto, ser uno de los protagónicos de este testimonio videograbado.

La sinuosidad de sus cejas cobrizas, como usted lo pudo confirmar, resalta cada detalle de su rostro ario. Desde el hueso frontal, convexo y sin arrugas, que posiblemente proyecte inteligencia y despreocupación. No son palabras mías, sino de sus aduladores.

Lo mismo, la fina caída de su nariz afrancesada que separa unos ojos gatunos, almendrados, protegidos por unas pestañas largas y torcidas hacia arriba.

Y al final, su cara cuadrada, maciza, resalta un mentón simétrico, sombreado por los rastros de una tupida barba rasurada. 

Chandra, mi carita de luna, siempre admiró el atractivo físico de este hombre de labios carnosos, en perenne sonrisa y blancura.

—No importa la edad —repetía sin disimular su admiración—, es un hombre atractivo desde el remolino de la cabellera a los pies…

Por el momento, no debería aludir a mi hija, pese a ser la causa principal de esta historia.

Arya, su madre, sufre con solo mencionarla.

Y la entiendo.

Soy argentino, pero de padres indianos, de Nueva Delhi.

Por cuestiones que luego aclararé, nací en una caleta argentina del océano Atlántico. En Cabo Raso, una casi inexistente localidad de la Patagonia, bañada de aguas heladas y donde conviví con leones, lobos y elefantes marinos.

 Mi padre era pescador. Gracias a su sudor y desvelos, jamás dejamos de alimentarnos de cangrejos, salmones y pejerreyes.

Por un problema familiar huyó con mi madre de la India y terminó en ese solitario lugar, donde vivió de niño el presidente Juan Domingo Perón.

Mi padre trabajó hasta su último aliento como transportista de barcazas.

El 28 de enero, el día de Santo Tomas, celebro mi cumpleaños setenta

Y aquí recibiré esa fecha, no con la algarabía que quisiera. Arya, Chandra y Emile me acompañaran.

Me negué a comenzar el video con una bata y un tapaboca blanco salpicado de sangre.

Arya intentó convencerme que trastocáramos el orden del argumento. Preferí que no hubiese sorpresas.

Quien encuentre este material videograbado tendrá que pelear con sus propios demonios, azuzados por sus creencias religiosas.

Me importa un pito poner en tela de juicio nuestra cordura.

Si hemos llegado hasta nuestra cabaña de Saint-Adolphe es porque jamás renunciamos al propósito de morirnos en santa paz.

Invertimos quince años en levantar este refugio y de hacernos del instrumental de cirugía, el mobiliario y los medicamentos.

No pierdan detalle, por favor.

Lo que observan al fondo es un esterilizador para cubrir todos los estándares de asepsia, después de utilizar cada instrumento de cirugía.

No queremos que Emilie vaya a enfrentar los sinsabores de posibles daños posoperatorios: infecciones o sangrados, por un simple descuido de esterilización.

Nada de óxido. Nada de corrosión. Nada de picaduras en el metal. Todo impoluto, aséptico y sin contaminación microbiana.

 —Gracias, amor… por apoyar mis palabras con imágenes…

Bajo la cabaña edificamos la sala de operaciones. No fue un trabajo fácil.

El arquitecto que la construyó con hierro y placas de acero inoxidable, por desgracia ya no habita en Montreal. Fue deportado, después de perder el juicio migratorio. Claro, no lo desamparé económicamente.

Por un problema renal, Micky Lerma falleció hace tres años en su amado Paraguay.

Murió convencido que bajo la cabaña edificó un bunker para almacenar víveres y sobrevivir una década, en caso de una hecatombe nuclear.

Micky creyó que me tragué su historia del avenimiento de la tercera guerra nuclear. Difundía sus apocalípticas predicciones a través de un semanario latino que nunca le pagaba.

El editor lo utilizaba como simple llena planas.

De inmediato lo contacté.

Y durante una cena en nuestro departamento, le aseguré que coincidía con su tesis apocalíptica.

Necesitábamos, le dije, contar con un refugio antinuclear de tal calado.

Y por una cantidad de dinero acordada, pasaría una buena temporada en nuestro retiro de Saint-Adolphe.

De Montreal a nuestra cabaña de descanso es necesario conducir en auto durante más de cinco horas.

La distancia entre Montreal y Saint-Adolphe es de 350 kilómetros.

Primero, sin intervalos, es necesario llegar a la ciudad de Quebec. De ahí ascender por la autoruta 73 hasta la 175 y tomar el camino de Saint-Edmond que conduce a Saint-Adolphe.

En invierno, el lugar se vuelve intransitable y solitario.

Arya fue quien tuvo la idea de adquirir el inmueble.

Un granjero retirado e interno del hospital habló de su propiedad de Saint-Adolphe. Acababa de enviudar y prefirió vender su granja de cerdos antes de ser destruida por el hollín y la humedad. Sus dos hijos abalaron la operación al cubrir con parte del dinero sus adeudos bancarios.

La fotografía que observan es de la granja antes de ser reparada por Micky.

En esta otra fotografía, aparece el antiguo propietario. Fue tomada por una compañera de trabajo con mi teléfono celular,

El viejo rapado de la cama, entre mi esposa y yo —en bata— es Grenier, el granjero. No sobrevivió al cáncer pulmonar.

Lo sacaron en un féretro de roble laqueado, tres meses después de vendernos su propiedad.

Hasta aquí, mi amor, detengamos un poco la filmación y vayamos a cenar.

Nuestro amigo Emilie no despertará hasta mañana. Dejémoslo descansar.

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