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Vejestorias de la pandemia

EL VIACRUCES DE ANDRÉ

vejestorias¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es que habiten los hermanos juntos en armonía!

Salmos 133:1

 

Los dos de la mano y con el nasobuco en el rostro confeccionado por Ángela Capriles.

La guardería Les enfants de María aceptó recibir a André.

Marcel Olivier logró convencer a su esposa para que su hijo permaneciera este día bajo el cuidado de una educadora, mademoiselle Jamet.

—Aprovechemos el sábado para hacer unos cuantos dólares y visitemos a Benjamín y Louise —propuso Marcel.

El niño de cinco años jugaba en la sala con sus carritos eléctricos y, a la vez, veía caricaturas en el televisor.

El Covid 19 hizo el milagro de reconciliarlos.

Pero nada era fortuito.

Después de siete años de casados, la realidad canadiense los alejó físicamente. Ni siquiera el nacimiento de André, en un hospital privado, contrarrestó el deterioro afectivo de la pareja.

La eterna maldición de los quebequés.

Ángela, a sus treinta y un años, dejó que la grasa y el estrés le ancharan el vientre, la espalda y las caderas. Lo mismo ocurrió con Marcel, pero a la inversa.

Los huesos amenazaban con salírsele de la piel, desde el cráneo a los talones.

Ambos eran quebequés de nacimiento, pero Ángela tenía sangre venezolana. De ahí el bronceado natural de su piel.

Los dos hablaban francés, inglés y castellano.

Marcel y Ángela obtenían ingresos económicos con la venta de tarjetas telefónicas de larga distancia.

Trabajaban en una compañía indiana asentada en Montreal. Sus principales clientes eran los propietarios de pequeños supermercados (depanneurs) de origen asiático y latino.

La pandemia los obligó a promover las tarjetas por las redes sociales. Tuvieron éxito. Latinos, africanos, árabes, polacos, rusos y ucranianos demandaban su producto.

Marcel, en bicicleta, hacia las entregas y cobros.

En tiempos de normalidad, por separado, vendían las tarjetas —de uno o cinco dólares— en las calles.

Sus barrios de acción eran Rosemount, Côte de Neige, La Petite Italie, Hochelaga y la parte norte de Montreal, donde tenía sus dominios la gente asalariada, inmigrante y no blanca.

Por lo mismo, André creció bajo el cuidado de los abuelos maternos.

El permanecer tantas horas en la calle provocó que Marcel y Ángela conocieran personas de su edad.

Y sin proponérselo, cada uno inició relaciones amorosas de corto alcance.

Un simple distraimiento para tener sexo y un consumo moderado de alcohol y marihuana.

Y llegó la pandemia a Montreal.

Los abuelos tuvieron que aislarse de André por sugerencia médica.

Durante dos meses —marzo y abril— los Olivier-Capriles tuvieron que recogerse en su departamento.

El principal beneficiado fue André. Sus padres permanecían casi todo el día a su lado.

Por las noches, Marcel y Ángela fumaban un par de porros de cannabis y veían películas porno. El deseo sexual resurgió y mejoró el carácter de ambos.

E incluso, Ángela le prometió que haría ejercicio físico y moderaría su gusto por los alimentos grasos.

En mayo, la falta de dinero los obligó a promover sus tarjetas por Internet. La compañía, tras el pago por PayPal, les enviaba el producto por correo.

—Los dos podemos hacer más dinero, si yo atiendo a nuevos clientes —sugirió Ángela.

—¿Y André? Alguien tiene que cuidarlo…

—Yo tambien necesito distraerme un poco, amor…

—El gobierno de Montreal ayuda con la guardería a los padres que quieran laborar y tengan bajos ingresos… La aplicación se hace por Internet…

—Pero al niño lo exponemos, puede correr peligro —alertó con cierto temor Ángela—. No conocemos a las personas que ahí laboran.

—No seas negativa —cuestionó Marcel—, todo irá bien. ¿Quieres o no? Porque necesitamos dinero…

En una semana recibieron del ayuntamiento una respuesta favorable.  Tendrían que ponerse en contacto con mademoiselle Darelle Jamet.

La guardería Les enfants de María proporcionaba el servicio de cuidado de lunes a domingo.

Y el viacrucis de André empezaría el sábado 13 de junio. El mismo día en que 47 personas murieron y 158 se infectaron del virus del Covid en Quebec, según el boletín del Ministerio de Salud.

Hasta ese momento, en la provincia, cinco mil 195 habían fallecido y 53 mil 824 estaban enfermos por el Covid. En los hospitales permanecían 788 contaminados y 102, por su gravedad, en cuidados intensivos.

André lloró, gritó y pataleó al poner sus piecitos en la administración de la guardería.

Y recibieron al niño un guardia uniformado de piel oscura y mademoiselle Jamet de semblante hosco, mirada inquisidora e hiyab.

Después de firmar la responsiva impresa, Marcel y Ángela dejaron el inmueble sin importar los llamados desesperados de su hijo.

Ya no miraron el instante en que mademoiselle Jamet casi arrastró al niño para llevarlo al salón de juegos, donde otro infante de seis años los aguardaba.

En la calle y de la mano, Marcel y Ángela deambulaban tranquilamente.

André ya no los tendría en permanente alerta. Era molesto.

Y el barbijo logró ocultar la evidencia física de su satisfacción.

HEMEROTECA: La Sagrada Familia – Karl Marx

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PANDEMOARIOS

NUESTRA FAMILIA

pandemoarioEl individuo real sólo es un accidente, un vaso terrestre de la crítica crítica que se revela en él como la sustancia eterna.

Engels y Marx/La sagrada familia

 

Y de repente

como en vigilia

se hizo presente

nuestra familia.

 

Nadie aguadaba

bello milagro

con la llegada

de aquel deflagro.

 

Ya los infantes

no terrenales

viajan errantes

por ser virtuales.

 

Todo cambió

con la pandemia

reverberó

la hipoglucemia.

 

Y de repente

como en vigilia

se hizo presente

nuestra familia.

 

Humor de perros

por el encierro;

hombres-cencerros

pulen su fierro.

 

Y las mujeres,

damas de acero,

dejan quehaceres,

pulen su agujero.

 

La cama arde,

el hielo es seco;

ya no hay alarde,

retumba el eco.

 

Y de repente

como en vigilia

se hizo presente

nuestra familia.

 

Los niños juegan

en cielo ajeno

y cuando alegan

se escapa el trueno.

 

Zeus protesta,

Hera reclama,

suena la orquesta

desde la cama.

 

Los héroes hablan

tras la pantalla

ambos se endiablan

en la batalla.

 

Y de repente

Como en vigilia

Se hizo presente

Nuestra familia.

 

De marzo a julio

Marvel asigna

por el peculio.

falsa consigna

 

Adiós bohemia.

Adieu el baile.

su día le apremia

al padre fraile.

 

Y por la noche

sobre el desvelo

habrá derroche

de toro en celo.

 

Y de repente

como en vigilia

se hizo presente

nuestra familia.

 

La reina exige

verdura fresca

y el rey se aflige

está en su bresca.

 

El lecho real,

vino de cava,

es un corral,

de sexo y lava.

 

La hija clama

su Burger King.

Maldito drama

no tiene fin.

 

Y de repente

como en vigilia

se hizo presente

nuestra familia.

 

La casa olvida

su santo don,

ya no es guarida

sino prisión.

 

Y los amigos,

seres virtuales,

corren postigos,

sueltan sus males.

 

Los voyeristas

mas descarados;

falsos artistas,

venden pecados.

 

Y de repente

como en vigilia

se hizo presente

nuestra familia.

 

Un clan severo

deja su casa,

parte de cero,

y vuelve a la caza.

 

La madre astuta

otrora honrada

ya es prostituta

en su morada.

 

El hombre serio,

padre ejemplar,

sin monasterio

volvió a engañar.

 

Y de repente

como en vigilia

se hizo presente

nuestra familia.

 

Los hijos sanos

en sus cabales

son marihuanos,

monos virtuales.

 

La vida sigue

tras la pandemia;

regresa el ligue

y la academia.

 

El ser infiel

vuelca sonrisas,

lisonja y hiel

con las sumisas.

 

Y de repente

como en vigilia

se hizo presente

nuestra familia.

HEMEROTECA: pro21juin20

 

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El relincho del miedo

¡MORELIA!

relincho del miedo portadaLos sueños son una prolongación de las falsas intenciones. De ello están conscientes los escritores profesionales. Un algo interior —¿Musas? —  permite reconstruir relatos maquinados en el subconsciente y logran conmover al propio autor.

Decirles tal monstruosidad a los alumnos nada significa. Depende de ellos asumir su responsabilidad creativa, sin esperar reconocimientos o dinero.

 Escribir es una vocación, un oficio y requiere disciplina.

—¿Quieres escribir?, escribe, es todo.

Lutero Rojas es conciso en sus respuestas.

En esta ocasión, los muchachos de uniforme naranja aguardaron los rigores del embalaje de imágenes dispersas que carecían de nudo y un desenlace sorpresivo.

Les recordó el momento que el país enfrentaba, a pesar de vivir bajo una civilización tejida con tecnología y mortero.

—El individuo, en su lógica de ocio, es el punto de partida, porque al final podría transformarse en un revolucionario de ideas afines a la demanda de justicia social y felicidad compartida.

De la masa inconforme chorrea lo mejor y transforma al país.

Un tallerista sobresaliente, Carlomagno Kelowna, intentó refutar su tesis. Le recordó que en su pesadilla anterior pudo permanecer al lado de un personaje de cabello relamido, cargado de años e imbuido en un traje gris cincuentero con grandes hombreras y corbata de moño.

El hombre lo adoptó como su hijo y convirtió en su asistente sin nombramiento oficial.

Lancelot Cage era el jefe del área de los archivos criminales. Su trabajo consistía en almacenar la información recabada en los lugares donde yacían los cadáveres humanos.

—¿Y cómo llegaste a su casa?

La pregunta de Marc-André a nadie sorprendió.

El formato del relato exigía un planteamiento inicial con todos los personajes principales. En este caso, Carlomagno y Lancelot ya existían en el imaginario del grupo y, por lo tanto, Carlomagno Kelowna tendría que continuar con la acción y presentarles el poder de la contraparte para enfrentar el bien contra el mal.

Premiar al fuerte.

Maldad e inteligencia, en ambos polos, sin distingo moral.

—Llegué y punto… —subrayó Carlomagno y su oscura caparazón, muy semejante a un rudo boxeador de peso completo, volvió a enjaretarse al asiento.

El rostro de mejillas chupadas y pálidas de Lune Carey sobresalía del mesabanco.

Lutero Rojas lo recibió con agrado.

La jovencita tenia madera de narradora. Le sorprendió su relato relacionado al Papa Francisco enfrentando con rigor al sicario con leucemia que le provocó una caída ante la mirada de millones de feligreses.

El líder mundial de la grey católica visitaba un miserable suburbio de Michoacán.

Morelia era el título del relato.

Le aclaró que, de publicarse, posiblemente lo llamaría ¡No sea egoísta!*.

La historia abordaba el tema de un asesino arrepentido con una enfermedad terminal. Supuso que podría sanar con solo tocar la casulla papal.

En la reconstrucción de lo ocurrido recuperó la verdadera esencia humana del anciano irascible que reaccionaba a una agresión involuntaria.

Lune se puso de pie y frotándose las manos con evidente nerviosismo dirigió sus cuestionamientos a Carlomagno.

—¿Por qué antes de comentarnos tu trabajo no aclaraste que se trató de un sueño inducido por la mariguana? ¿Por qué crees que tu historia está ambientada en la década de los cincuenta sin precisar lugar? y ¿Por qué no desarrollaste con más detalle el aislamiento del burócrata y lo que realmente lo motivó a compartirte una de las recámaras de su aristocrático departamento de Montreal?

Lune evitó ahondar sobre el propósito creativo de los villanos o villanas que le darían sentido al thriller.

El principal interés lo encauzó a dos grandes temas humanos, poco explorados: amistad y soledad.

El mal y el bien eran unos asuntos literarios recurrentes y podrían sortearse con facilidad. Describir el submundo de la inconformidad individual significaba entrar en el terreno del psicoanálisis o la psicología inductiva.

Una sola persona podría cambiar el destino del mundo.

—Por ley y para su estudio —sugirió— deberían preservarse los cerebros de la gente sobresaliente en un centro de neurología.

Lutero Rojas, sin disimular su satisfacción ante los alumnos, confirmó que Lune Carey coincidía abiertamente con su tesis sobre el comportamiento humano desde la soledad y sus silencios.

Y confirmó que no araba en el desierto al impartir clases de arte creativo en el taller de literatura de la prisión de Bordeaux de Montreal.

Lo importante era defender al individuo libre, sin perder el sentido de humanidad y amor al prójimo.

En su celda y frente al ordenador intentaría desarrollar mejor su idea.

Lo haría antes de ser deportado a España por el asunto de la independencia de Cataluña y los bombazos de la Plaza Mayor de Madrid.

*Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, realizó una gira pastoral en México del 12 al 17 de febrero de 2016. En Morelia, Michoacán ocurrió el incidente. El causante de su caída no fue un criminal, sino un feligrés entusiasta que acudió a un estadio deportivo al encuentro de jóvenes católicos. ¡No sea egoísta! fue la expresión lanzada por el Papa.

HEMEROTECA: El Vaticano Como Nunca Te Lo Habian Contado

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Vejestorias de la pandemia

CLARO DE LUNA

vejestoriasVotre ame est un paysage choisi

que vont charmant masques et bergamasques…

Paul Verlaine/Clair de lune

 

Viajar es sencillo.

Solo es cosa de cerrar los ojos, aflojar el cuerpo, juntar las yemas de los dedos pulgar e índice y aspirar profundo.

Y un poco de música de fondo.

Mozart no es recomendable, menos Tchaikovski o Beethoven. Demasiado atormentados.

Schubert, Bach o Debussy son más relajantes, menos ríspidos.

Y entonces, primero recorra con el pensamiento cada rincón de su cuerpo. Imagine sus cabellos o calva, la frente, el entrecejo, las cejas, los parpados, las pestañas, los ojos, la nariz de cacahuate…

No se detenga.

La voz femenina se esfuerza por  no ser ríspida.

El viejo Zénobe Horguelin prefiere hacer el recorrido anatómico pero del cuerpo que produce el sonido.

Cuello, senos, hombros estrechos, vientre plano, ombligo profundo, pubis velludo y fresco, muslos…

No se detiene…

E inicia el viaje.

Claude Debussy lo acompaña con su piano. Los arpegios disminuidos del Claro de luna lo sumergen en las aguas cristalinas del lago de Los Castores.

Es un niño rosado, rubio, pecoso y bien portado.

Rosaire y sus dos acompañantes lo observan.

—Cuando termines tu putin lávate las manos —le dice a Horguelin—. Y no te metas al agua…

—Pero quiero nadar, ma…

—En hora y media…

Colores inmensos, apabullantes, a lo largo y ancho del valle. Begonias blancas, gazanias con tonalidades naranjas, girasoles de un amarillo intenso, petunias malvas con riachuelos amoratados…

…y las verdolagas blancas y rojas con filamentos amarillos…

Los ageratos, tan semejantes físicamente al virus del Covid, llaman la atención del niño.

El color lavanda con crestas de un morado amatista parece desprenderse y ensuciar a la verde floresta que forma en el valle diversos subibajas.

El niño teme manchar su ropa alba con ese color mortuorio.

Alguien repite desde el cielo.

—Veinte partículas del virus por minuto no matan… Preocúpate si son mil…

Es verano.

Horguelin no lo comprende. Su madre ha sido clara.

—Es martes, recuérdalo —dijo antes de abordar la Van blanca y dejar a sus espaldas el polvoso edificio donde habitan—. Viernes 12 de junio… El horror quedó atrás…

—No es así ma —aclara el niño pelando sus ojitos azules, limpios, transparentes—. Mi maestra me dijo que hoy murieron 43 personas y 181 enfermaron…

—Son números, olvídalo —corta su madre, güera y rubia como su hijo—. Seguramente tambien te dijo que 840 están hospitalizadas y 107 en cuidados intensivos… No te olvides que en Quebec habitamos nueve millones… Si han muerto cinco mil 148 o infectado 53 mil 666 por el Covid, poco significa… Lo importante es que tú y yo vencimos la pandemia e iremos a un día de campo…

—Si tú lo dices, ma…

¿Y su padre?

Una brisa caliente se deja sentir. El cielo es de un azul turquesa sin pisca de nubes. El sol en el cenit y las montañas, manchones lavandas —como gigantescos ageratos— impiden descubrir lo que existe más allá del horizonte.

El lago de los Castores o Lac aux Castors no parece alterarse ante el paso de la brisa. Su agua es un enorme cristal aplanado, aparentemente sin vida. Es rodeado por altos arces de hojas triangulares, de un verde vivo, intenso.

Horguelin se confunde.

La presencia de las flores que antes lo maravillaron, principalmente las begonias y verdolagas albas —como su piel— amenazan fundirse con lo negro de la tierra aun sin plantar.

Y supuso que la salvación estaba dentro del bosque y en las aguas azul turquesa del lago.

Nunca imaginó que tres años antes, cuando aún no apagaba las seis velitas del pastel, su padre fue arrojado a esas aguas por dos desconocidos, después de atropellarlo.

Debussy y Paul Verlaine nada le dicen. Tampoco su madre.

Lo observan mientras el sol desaparece.

El cielo se enciende bajo el Claro de luna

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Vejestorias de la pandemia

EL HOMBRE AGRADECIDO

vejestoriasTodo ocurre tan de prisa que poco tiempo tenemos para reflexionarlo.

Preocuparse es el principal deporte del momento.

Las noticias nos obligan a estar alertas. El teléfono portátil y la computadora son instrumentos vitales para no distanciarnos de los familiares y amigos.

Hoy me enteré que nuevamente el Covid hizo de las suyas en Quebec. Mató a 24 personas e infectó a 144. La información fue oficial. Esto ocurrió en menos de 24 horas.

En el pizarrón que cuelga en la sala, junto al refrigerador, anoto las cifras. Entonces me doy cuenta que de finales de febrero al jueves 11 de junio, cinco mil 105 quebequés murieron y 53 mil 485 se infectaron. Los más graves —871— fueron hospitalizados y 114 intubados.

Las malas noticias vuelan.

Y no ocurre lo mismo con las buenas. Tarde me enteré que mi amigo Prudencio Sanjuán ahora es regidor de San Eustaquio, porque el regidor titular pereció por el Covid.

Leoncio Arriaga era un hijo de la chingada. Protegía a delincuentes y traficaba con el dolor humano. Yo perdí a mi única hermana por trabajar de administradora en su hostal para montañistas. Olga escuchó cosas que pagó con su vida. Sobreviví al huir a tiempo.

El ser huérfano impidió que Leoncio Arriaga y sus socios se ensañaran con mis familiares cercanos.

Canada me ha dado todo.

En treinta y seis años he cosechado lo que merezco.

En Montreal, desde el momento que descendí del autobús foráneo, recibí solidaridad y comprensión. El gobierno me cuidó durante el año y medio que duró mi proceso de francesación.

Y fue en el centro comunitario donde conocí a mi esposa, tambien mexicana. No me deslumbró su físico, sino su carácter. Poco se enojaba y siempre procuraba el bienestar de la familia.

Jazmín Zamarripa era zacatecana. Y escribo en tiempo pasado, porque desgraciadamente murió por la diabetes. Afortunadamente nuestros dos hijos eran mayores cuando esto sucedió.

Su ausencia me caló durante un par de años.

Mi hija Raquel, sin consultármelo, se deshizo de todas las fotografías, trastos y ropa que tuviesen relación con su madre.

—Debes reinventarte, padre —me dijo antes de reclamarle—. Ella así nos lo pidió en su lecho de moribunda. Nos insistió: Carmelo tiene derecho a ser feliz. Dejen que rehaga su vida con otra mujer.

Mi hijo Alejandro respaldó la recomendación. Me habló por teléfono desde Los Ángeles, California —donde vende comida rápida al lado de sus suegros— y dijo que su madre ya sabía de mis andanzas amorosas con una de sus mejores amigas.

—Tu sabes cómo era mi madre —evocó con un dejo de tristeza—. Siempre quiso que fueras feliz, aunque lo engañaras con doña Amandita…

Jamás dudé de Jazmín. A pesar de su obesidad —tambien heredada por mis hijos— siempre intentó verse atractiva y alegre. Le gustaba la música grupera, alternar con sus amigas e ir de compras a los Mall.

Nunca faltaron los dólares en casa. Los dos trabajábamos duro. Ella en una nevería, atendiendo a la clientela, y yo en la industria de la construcción. Me hice un profesional de la plomería y electricidad.

Por desgracia, Jazmín falleció antes de obtener su jubilación por vejez. El dinero del seguro de vida lo recibieron nuestros hijos. La casa, por estar a su nombre, fue liberada de la hipoteca. Así se estila en Quebec. Los deudos de sangre no heredan las deudas del titular del adeudo bancario.

La pandemia trastocó la tranquilidad de todos. Mis hijos, por su obesidad viven con pánico. Yo soy una bolsa escurrida rellena de huesos y achaques. Jamás sobrepasé los sesenta kilos. Amanda, tambien de carnes magras, ironizaba con mi matrimonio.

—Como le haces para intimidar —reiteraba al meterse media botella de whisky en la barriga—. Es mucho jamón para tan poco chorizo

Ahora Amanda sufre las consecuencias del alcoholismo y tabaquismo. Sus pulmones e hígado están por arrastrarla al crematorio.

Ni su marido e hijos quieren informarme de su estado de salud. Los entiendo. Amanda nunca les ocultó nuestra relación.

En Canada las mujeres están empoderadas. Ella siempre se partió el lomo para no depender económicamente de Matías y sus cinco hijos.

Mientras observo la gráfica de los decesos y enfermos por la pandemia, le doy gracias de Dios por haberle evitado a Jazmín tanto dolor físico y  tristeza.

Ya pronto estaré a su lado para pedirle perdón y agradecerle todo lo bueno que le dio a mi vida.

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Vejestorias de la pandemia

LEGADO DE SANGRE

vejestoriasNo puedo respirar. La nueva consigna en el mundo contra el racismo.

George Floyd, un estadounidense de piel negra, sembró la revuelta al ser ejecutado por un policía blanco.

El video que registró el crimen en Minneapolis —el lunes 25 de mayo— sacudió las conciencias y provocó saqueos y marchas masivas.

En mi caso, saberlo poco importa. Mi prioridad es otra: librar la pandemia y regresar a las calles.

Me queda poca sangre en el frigorífico.

Luigi acaba de fallecer por beber el producto equivocado. Su desesperación provocó el suicidio involuntario.

—Se lo advertimos hermano Girard y el muy sotaco se tapó las orejas y mira… —me lo informó Sophie aun en confinamiento.

Creer que somos especiales fue un error. Tal vez hay razón al concluir que pertenecemos a una clase de semihumanos con capacidades diferentes.

No llamamos Les suprêmes de la mémoire vivante.

Todo ser —no el vegetal— se alimenta de sangre.

Y nosotros no somos la excepción. El problema es que, en nuestro caso, la consumimos sin otros nutrientes, como verduras, frutas, granos o carnes.

¿De nuestra especie, a quién le puede interesar que las células humanas se alimentan de sangre? ¿O que los glóbulos rojos las oxigenan y los blancos o leucocitos las protegen de los microorganismos letales?

En estos momentos de pandemia el principal problema es la escases de sangre limpia, no contaminada del virus Sars-CoV.

Hemos logrado superar la xerodermia pigmentosa gracias a un fármaco inventado por el doctor Jakub Hansen.

El sol ya no es un problema a vencer. Es el hambre y la sed. Corremos el riesgo de morir por inanición y autoincinerarnos.

En Montreal aun habitamos treinta y cuatro familias con las mismas características orgánicas. Intentamos ayudarnos en estos difíciles momentos, pero las reservas de sangre empezaron a agotarse.

No tengo ideas de mi apariencia física. Sin embargo, me he considerado un tipo atractivo, jovial y dinámico. El amante perfecto para la dama insatisfecha.

La sexualidad nos anima y divierte. Es el principal distractor de nuestros actos.

Y ahora todo se fue a la basura.

Mao Che, desde Beijing, nos lo advirtió en agosto del año pasado.

—Prepárense a lo peor… Este virus provocado por los murciélagos puede exterminarnos…

Sophie regresó de inmediato. Paris no le garantizaba sobrevivir durante la pandemia. En el viaje únicamente llevó una corta reserva en cápsulas y bajo receta médica. Pudo allegarse de hemoglobina a través del laboratorista del hospital La fois.

El doctor Jean-Anneau lo hizo antes de que el maldito virus sobrepoblara los hospitales y funerarias.

—Intenta administrar la poca sangre que congelas —me recomendó Sophia al recogerla en el aeropuerto internacional—. Jean-Anneau me pronosticó tiempos funestos para nosotros…

Lo cierto es que, en lo que a nosotros se refiere, estamos exentos de aparecer en la lista de fallecidos o contaminados por  el Covid.

El número de plaquetas que poseemos en la sangre —no roja sino magenta— es superior a la del humano común. En segundos —no en días— superamos cualquier lesión exterior o interior.

La cicatrización es milagrosa.

Madame Pushkina, un bello ejemplar humano de la cabeza a los pies, en una ocasión quedó impactada al yo recibir, durante un asalto callejero, una puñalada en el antebrazo izquierdo. Iba a llamar a la policía y se lo impedí.

—Mi sistema linfático es muy distinto al común de la gente —le dije— y por favor no te asustes… Es un don hereditario que está bajo estudio médico…

Es miércoles y compruebo la fecha: 10 de junio. Solo 52 muertes por el Covid 19 han sido reportadas. Hay 156 nuevos infectados. La lista no cede.

En la provincia de Quebec, hasta el día de hoy, han muerto cinco mil 81 humanos, 53 mil 341 enfrentan los dolores de la enfermedad, únicamente 914 requirieron hospitalización y 117 respiración artificial.

Ninguno de nuestra especie corre el riesgo de sufrir los mismos efectos de la enfermedad. Estamos condenados a morir envenenados y desaparecer de la faz de la tierra.

El Ya no puedo respirar de George Floyd en nada se compara al infierno que enfrentaremos si el Covid contamina toda la sangre de la humanidad y las bestias.

Les suprêmes de la mémoire vivante dejarán de existir.

Y sin memoria, la vida omnipresente y cognoscitiva de la tierra, terminará en el cerebro de un ordenador.

El amor y la pasión serán solo un recuerdo.

HEMEROTECA: tele16jui20

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Vejestorias de la pandemia

UNA NOCHE CON FIDEL

vejestorias—¿Seguro que a las nueve?

—Tengo que esperar que el niño se duerma —justificó Velda aun con el sacaleche en el seno y bombeando la perilla—. Precisamente ahorita me estoy sacando un poco de leche para dejarle la manila en la boca…

—Déjame un poco, mamita —clamó Fidel Cañedo metido en la tina del baño con un mojito en la diestra.

—No podré quedarme toda la noche, te lo advierto Negro —afirmó la mulata a través del teléfono portátil—. Acuérdate que estoy sola y no hay alguien que me cuide al crio…

—Si no fuera por esto de la pandemia, mi vida —aclaro el afro de bigote plomizo y cabeza rapada—, ten la seguridad que estaríamos los tres en el departamento…

—Claro —suspiró la mujer de cabello hirsuto y espeso y labios carnosos, carmesís—. Además lo tengo un poco malito del estómago… La papilla de zanahoria no le cayó bien y tiene diarrea…

—La leche materna es una maravilla —exclamó el negro—, mira como me tienes de chévere mi negra

—Baboso —exclamó la cubana sin contener la risa.

Los separaban dos pisos. Ella ocupaba el departamento 16 y Fidel el 201. En octubre del año anterior se conocieron en el cuarto de lavandería del edificio. Desde el primer encuentro hablaron de sus vidas y aspiraciones.

François Mercier,  quien le dio la ciudadanía a Velda, fue hospitalizado por un mal cardiaco. Por la pandemia le impedían tener contacto con su joven esposa.

 La anciana canadiense que ayudó a Fidel a vivir en Canada, radicaba en Vancouver. Permanecieron tres años juntos, conforme lo acordado, y madame Stella White, sin objeción, le dio la ciudadanía canadiense y el divorcio.

François Mercier era un viejito tacaño. Velda, como la mayoría de cubanos en el exilio, apoyaba económicamente a sus padres y dos hijos adolescentes.

Fidel, por cada encuentro sexual le regalaba —o pagaba— cien dólares americanos. Trabajaba en una granja de cannabis y pepino. El gobierno provincial no limitó las actividades en las granjas agrícolas por considerarlas esenciales.

El veinte por ciento de la población quebequés, mayor de trece años, fumaba marihuana.

Cerca de las diez de la noche, Velda abandonó su departamento. Únicamente cubrió su codiciado cuerpo con una bata de bañó y zapatillas rojas con tacón de aguja. Dejó al bebé de nueve meses en el cunero con un chupón de la mamila en la boca.

No tuvo necesidad de tocar la puerta. Fidel le había proporcionado una copia de la llave.

—¿Sigues en la tina, Negro? —preguntó al trasponer la puerta.

Una oleada de marihuana achicharrada entró por su pequeña nariz nórdica.

Su padre biológico, al que nunca conoció, era noruego, según su madre. Sin embargo, creció bajo el cuidado de su padrastro, un campesino de Santa Clara.

—Si mamita —escuchó el vocerrón aterciopelado del cubano—. En la mesa está todo para que te prepares un mojito y me traigas una cerveza… Ya bebí demasiado ron…

La televisión estaba encendida. Mientras preparaba su bebida con una rama de menta, jugo de limón, miel de maple y hielo, Velda se enteró por la televisión del parte oficial de los muertos e infectados por el Covid 19.

El martes 9 de junio se habían registrado 45 decesos —por lo que la cifra general ascendió a cinco mil 29— y 138 se infectaron. Significaba que 53 mil 185 experimentaban los efectos de la enfermedad. De estos, 961 estaban hospitalizados y 961 entubados en ventiladores mecánicos para poder respirar.

En el departamento de la cubana, su bebe —de nombre François, como su padre— hizo un movimiento brusco con los bracitos y el pequeño cojín con figuritas de Mickey Mouse y el Pato Donald rodó sobre su carita sonrosada.

Su madre estaría ausente tres o cuatro horas, según el comportamiento de la libido y los efectos físicos y emocionales provocados por el ron y la marihuana.

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EL HOY CUENTA

vejestoriasDomingo 7 de junio.

Noticias alentadoras. El virus del Síndrome Respiratorio Agudo Severo CoV-19 solo mató a ocho personas, cinco de Montreal.

Etienne Brébeuf registró el hecho con prudencia. La cifra fue proporcionada por el primer ministro François Legault.

Y así Etienne se lo expresó a sus compañeros de departamento: un indiano y un irlandés,

De los tres, Etienne era el único interesado en seguir de cerca el desarrollo de la pandemia.

Manjit, a sus sesenta y cuatro años, prefería distraerse en la cocina y viendo películas tres equis, donde la protagonista fuera pakistaní.

William Wallace, obrero hasta el día de su jubilación, no se despegaba del televisor y el whisky. Un gran fanático del futbol soccer. Su equipo de cabecera era el Greenock Morton. En cada muro y rincón de su recámara conservaba banderines, afiches y réplicas de la escuadra albiazul.

La figura del portero Derek Gaston sobresalía en el buró, al lado de una cama con la bandera de Escocia como edredón.

Sin las habilidades del guardameta escoses, según su paisano, el Greenock Morton no tendría tantos seguidores.   

William Wallace nació en Greenock. Su familia poseía una casa a la vera del rio Clyde y sobrevivía del dinero obtenido en un astillero de capital inglés. Durante su adolescencia mató al hombre que violó a su hermana y huyó a Canada. Nunca se le persiguió, porque el muerto era un depredador sexual.

Etienne, a pesar de poseer sangre galesa, no comulgaba con las ideas separatistas de los quebequés. Por un tiempo, en los años ochenta, militó en la Internacional Comunista. Desde su trinchera —una gris oficina pública— promovía sus ideas de igualdad y fraternidad asimiladas en tesis marxistas-leninistas.

El Manifiesto Comunista y El Estado y la Revolución eran sus libros de cabecera. Ya viejo se distraía leyendo novelas policiacas, veía películas de acción y por las noches video interactuaba con mujeres solitarias, de diferentes partes del mundo, principalmente del caribe, México y Sudamérica.

—Por lo pronto —dijo antes de atacar la rebanada de pizza que le proporcionó Manjit— hasta hoy domingo 7 de junio no fuimos parte de los 225 nuevos infectados.

—Etienne intenta ser feliz —sugirió el escoses mientras cortaba un trozo de apio para remover su bloody Mary con chorritos de vodka y whisky—, no nos falta nada y aún seguimos vivitos y coleando…

—En esa te cabe la razón, amigo —asintió el viejo quebequés—, pero es mejor estar informado para trazar el siguiente movimiento…

—En la noche cenaremos trucha empanizada con repollo a la salvadoreña  —informó Manjit con su sonrisa falsa, muy blanca, y la cara oscura y semimarchita.

El glaucoma le había dañado el ojo izquierdo.

El indiano estaba por celebrar sus 65 años de vida. El primero de noviembre colgaría la filipina de chef y dejaría de ser un asalariado.

—La pensión —exclamaba cuando abusaba del vodka — me permitirá recuperar mi lengua e identidad, hermano Etienne… Ardo de deseos de regresar a Nueva Delhi y casarme con una buena mujer.

Por la pandemia del Covid 19 y la edad obtuvo un permiso de dos meses para no acudir al hospital judío donde laboraba como ayudante de cocina.

El quebequés era el titular del departamento. Después de ser abandonado por Aleida, una exuberante cubana de piel oscura, decidió compartirlo con dos personas de su edad.

El aviso que publicó en Le Journal de Montreal tuvo una rápida respuesta.

De los treinta dos demandantes, optó por el indiano y el escoses. No fumaban y tenían solvencia económica.

Nunca les reveló que fue abandonado por Aleida, a la que conoció en la Habana, en uno de sus viajes de verano. La mujer era treinta años más joven que él y trabajaba de prostituta o jinetera, como son llamadas en la isla.

La pasión lo consumió y a los sesenta y seis años pagaba las consecuencias.

Por fortuna, un problema en la próstata le permitió cortar temporalmente el abuso de la cerveza y café negro y corregirle un defecto físico del pene. La malformación o peyronie logró superarla al serle introducida una sonda plástica en la uretra para aligerarle la vejiga cargada de orines.

Aleida estuvo a su lado en esos momentos difíciles. Por desgracia, la falta de alcohol tuvo sus consecuencias emocionales en el anciano. Se volvió huraño, autoritario y celoso.

La joven decidió abandonarlo y vivir con un mexicano menos viejo y agraciado que Etienne.

Juan Luis trabajaba en una compañía de limpieza de supermercados y tenía esposa e hijos en la Ciudad de México.

Mariela, la cubana que le cortaba el cabello, fue quien se lo presentó. Ella era originaria de Camagüey y su esposo, de padres puertorriqueños. El mexicano rentaba un departamento en el edificio contiguo de la rue Fleury.

La pandemia le aligeró la soledad y frustración a Etienne. Tenía compañía permanente y el alimento no faltaba.

Y centró su atención en ver películas estadounidenses y francesas y releer las obras completas de Georges Simenon, Mickey Spillane, Ian Fleming, Raymond Chandler, Elmore Leonard, Agatha Christie, Jim Thompson, James M. Cain y  John Le Carré.

Su siguiente paso, según se lo hizo saber a sus compañeros de departamento, viajaría a Bolivia para convivir un par de meses con una mujer de la Paz, de 50 años, madre soltera y propietaria de un restaurante, especializado en preparar empanadas salteñas, chicha y api de maíz morado.

William Wallace, menos soñador y gran dipsómano como buen escoses, tras escuchar los propósitos de Etienne y Manjit, simplemente sentenciaba:

—Me dirán aguafiestas, compañeros, pero esta realidad es un lugar de privilegio donde podemos saborear un buen trozo de pizza… Dejen de masturbarse y vivan su día… Mañana tal vez se nos meta el virus del Covid en nuestra sangre… Y sus sueños terminaran en la taza del baño…

Hasta el domingo 7 habían muerto en Quebec cuatro mil 978 personas y 52 mil 849 se infectaron por la pandemia. 972, por los efectos de la enfermedad, se hospitalizaron y 128 terminaron en la sala de cuidados intensivos.

HEMEROTECA: El Cine Que Nos Abrio Los Ojos

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PANDEMOARIOS

NUEVA NORMALIDAD

pandemoario

…el Tiempo es únicamente una especie de Espacio.

HG Wells

 

 

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

Cava el pasado,

achata el rostro

y has cosechado

pus y calostro.

Irrealidad.

Hedor de paria.

Rivalidad.

La compra es diaria.

Despoja al pobre,

echa a tu madre;

mar no salubre

y el sol que ladre.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

Lanza mentiras,

quema verdades

y en esas piras

habrá desmadres.

Rasga en el viento

la soledad

y borra el mal tiempo:

tu mocedad.

Polvo de viejo,

arruga impar;

son el trebejo

para jugar.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

No seas como ellos

pepenadores de la piedad:

falsos plebeyos

sin voluntad.

En el espejo

naces de nuevo;

limpia lo añejo

cara de huevo.

Normalidad,

tras la pandemia

no hay novedad

sino leucemia.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

Duermo en tu cama

sueño contigo

y como un Lama

oro y maldigo.

Ahora encierro

bajo el dintel

dientes de perro

y virus sin piel.

Hey, vuelve pronto

cual moribundo:

el pobre tonto,

infiel e inmundo.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

Hay una cesta

bajo el regazo

y la floresta

huele a sargazo.

Pienso en la noche

que me besaste:

labios de broche

y voz del desastre.

Loma salvaje

por cada lado;

bebe el brebaje

lácteo sagrado.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

Y la pandemia

arroja el ancla;

el miedo apremia,

la sombra es blanca.

Bendita suerte

abrió la puerta

entra la muerte

y sigues inerte.

He estado solo

por largos meses

y en cada alveolo

te reguarneces.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

La edad te pudre,

cesa el engaño.

Sobre el capudre

un ermitaño.

Y en nuestra tumba

ningún cadáver;

la mosca zumba

Molesto scraber.

Las mismas caras,

los mismos locos

venden sus taras

y estafilococos.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

Larga la espera.

Tierra mojada.

Nadie se esmera

de madrugada.

Entre el calor

larva catracha,

ave, roedor

y cucaracha.

Y en la penumbra

sal encantada:

lodo que alumbra

la arena helada.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

Sueña despierto,

habla dormido:

es el injerto

del tiempo ido.

Jamás despiertas.

Montreal se empaña,

calles desiertas,

polvo y araña.

Vendrá la aurora.

Un viento suave

barre la eslora

y gira la llave.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

Nadie lo sabe

si he de volver

serás una ave

al renacer.

Ya la devoran

hongos voraces.

Los piojos oran:

ruidos mordaces.

Huyen los muertos

¡Estamos vivos!

Y medios tuertos

vamos esquivos.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

No habrá retorno

al nuevo mundo.

Después del horno

lo nauseabundo.

Rueda que rueda

la brasa eterna

y en su mirada

la vida es tierna.

Rueda que rueda

un triste ojo:

borla de seda

para el rastrojo.

Nube de pelos

cuerpo anudado

sombra de velos

Salmo parchado.

HEMEROTECA: pro14juin20

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El relincho del miedo

LOS SUEÑOS DE CHAMPLAIN

relincho del miedo portadaIntentas escribir y te detienes.

Debes terminar de leer el libro biográfico de Samuel de Champlain, fundador de la primera ciudad canadiense, Quebec.

Navegante y espía francés,

David Hackett Fisher realizó la portentosa investigación y fisgoneó en archivos inimaginables de Brouage, Paris, Londres, Quebec y Montreal.

No ha sido traducido al castellano. Champlain también incursionó territorios gringos y mexicas, en calidad de espía.

Lo hizo bajo el imperio español.

El libro de casi mil páginas: Le Rêve de Champlain.

La obra te obliga a sumergirte en los encuentros y desencuentros del navegante

 Des Sauvages: ou voyage de Samuel de Champlain (Salvajes o el viaje de Samuel de Champlain) te sorprende, al confirmar que fue un intelectual liberal y alentó el matrimonio entre nativos y europeos; respetó las diversas creencias religiosas y culturales de sus aliados algonquinos, hurones e iroqueses y llegó a suponer que, en la Nueva Francia, podría construirse una sociedad de iguales: cristianos, pacifistas y respetuosos de la ley y el orden.

Hackett aclara que llamar sauvages a los amerindios, significaba identificarlos como moradores de la foresta, no personas ignorantes, como pudiera creerse.

Tú piensas diferente.

Después de leer Des Sauvages: ou voyage de Samuel de Champlain compruebas que, el enviado del rey Enrique IV, tuvo comentarios desafortunados en contra los habitantes originales de Canadá.

Su propósito era someterlos y crear una nueva colonia francesa para comercializar pieles de castor, pescado —principalmente sardina—, plata y oro.

Sin embargo, no diezmó amerindios a la manera inglesa o estadounidense.

Su estadía en Tadoussac —la primera fortificación canadiense en territorio de Quebec— quedó consignada en sus memorias y mapas que elaboró con su propia mano.

De Champlain frisaba los 27 años cuando en 1603 arribó a ese pequeño saliente rocoso que bordea el rio Saint Lawrence, habitado en un principio —en 1535— por su paisano y excelente navegante, Jacques Cartier.

Champlain en un pasaje de su diario describió a grandes trazos  la presencia de los algonquinos que visitaron Tadoussac:

“Tous ces peuples, ce sont gens bien proportionnés de leurs corps, sans aucune difformité; ils sont dispos, et les femmes bien formées, remplies et potelées, de couleur basanée.”

(Todas esas personas eran gente bien proporcionada de sus cuerpos, sin ninguna deformidad; estaban dispuestos y las mujeres bien formadas, disciplinadas, satisfechas y rollizas, morenas).

Champlain aseguró que, después del saludo, las mujeres adultas y sus hijas adolescentes se desnudaron y empezaron a cantar y bailar.

—0—

El texto que has interrumpido, antes de sumirte en la vida y obra de Champlain —quien muriera por un infarto cerebral el 25 de diciembre de 1635—, intentaba ser un breve esbozo del origen de Acapulco, un puerto mexicano.

En esta ocasión, consignaste la presencia de un monje budista chino en territorio guerrerense.

Escribiste:

Fa Hsien era un monje budista y aventurero. Vivía en Hong Kong y se embarcó en un barco comercial de remos y aspas, construido de madera y juncos. Los trece navegantes invirtieron nueve días, sin tocar costas filipinas, para llegar a Nueva Guinea. Tuvieron que recorrer más de cuatro mil kilómetros de mar abierto. Uno de los tripulantes, avejentado y sin dientes, empezó a gimotear. Fa Hsien repitió un pensamiento de Siddhartha Gautama: “Si tiene solución, ¿por qué lloras? Si no tiene solución, ¿por qué lloras?”. Año 415 de nuestra era y Fa Hsien invertiría otros dos años para hundir sus deshilachadas sandalias en arenas acapulqueñas. El puerto estaba a quince mil kilómetros de Hong Kong, separado por la inmensidad aterradora del océano Pacifico, conocido entonces como el Mar del Sur.

—0—

Tu teléfono portátil lanzó pujidos sobre la mesa. Tras el oui, escuchaste la voz de Anne para recordarte que a las tres de la tarde partirían a Toronto.

Los ciento sesenta y tres sirios —hombres y mujeres— arribarán al aeropuerto Internacional Pearson.

Son los primeros refugiados acogidos por el gobierno y la sociedad canadiense. Parte de los veinticinco mil sirios beneficiados que huyen de la guerra en el Oriente Medio.

El sábado 12, otros ciento sesenta pisarán territorio quebequés. La mayoría ha sido apadrinada por familias montrealenses.

—No te olvides de tus botas de invierno, porque puede haber sorpresas durante el trayecto —recomienda Anne.

—Y un par de condones…

Lanzas la puya para recordarle sus deberes.

—Por supuesto… De eso nadie se salva…

—0—

La isla vive inmersa en el edredón del atardecer. Un olor a pimienta negra y clavo empieza a filtrarse a tu recámara.

Los vecinos del departamento de arriba iniciaron los preparativos de la cena. No tardarán en encender su televisor.

Seguramente en contra de tu voluntad tendrás que zamparte un concierto del egipcio Amr Diab o de la libanesa Elissa.

Todas las tardes ocurre lo mismo y no te quejas.

Bendita libertad…

HEMEROTECA: Las ensenanzas de don Juan – Carlos Castaneda